<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Competencia oficial]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/competencia-oficial/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Competencia oficial]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiarioar.com/rss/category/tag/1038974/" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[Contra la ilusión de la importancia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/ilusion-importancia_129_8865598.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ed1b2868-be85-454d-b6ac-f1fcde4540d3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Contra la ilusión de la importancia"></p><p class="article-text">
        Una manera de decir poco o nada de <em>Competencia oficial</em> es considerarla apenas una comedia negra o, con algo m&aacute;s de profundidad, una comedia negra de enredos. Por supuesto, los enredos est&aacute;n, y se descargan en varias escenas hechas para la memoria. Como tambi&eacute;n est&aacute; la vertiente de &ldquo;lo negro&rdquo;, esa especie de acidez vital de Gast&oacute;n Duprat y Mariano Cohn (y de su guionista, Andr&eacute;s Duprat) que filtran desde siempre sus historias. Pero eso es lo dado. Digamos que la comedia negra y el enredo, esa interferencia en las series de eventos que degradan la solemnidad, son sus armas reglamentarias.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dadas su persistencia y, en cierto modo su halo de &ldquo;marca&rdquo;, habr&iacute;a que dejarlas de lado para estimular la lectura de una materia diferente. Si tiramos de los hilos de <em>Competencia oficial</em>, hay uno que nos tienta a que nos estacionemos. Es el que nos lleva al cine, o mejor dicho al arte, como espacio de autorreflexi&oacute;n. Aunque tambi&eacute;n podr&iacute;a considerarse un elemento &ldquo;de origen&rdquo; si se repara en que <em>El ciudadano ilustre</em> (2016) es una pel&iacute;cula sobre un escritor y el interior de la escritura; o si se recuerda que <em>Mi obra maestra</em> (2018) es la historia de un artista y el interior de la consagraci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Lo que ocurre en <em>Competencia oficial</em>, y esta contorsi&oacute;n la convierte en una pel&iacute;cula de mayor profundidad respecto de la familia a la que pertenece, es que detr&aacute;s de todas sus representaciones resplandece la m&aacute;s radical: <strong>la de la apariencia.</strong> No cuesta mucho, entonces, verla como un <em>trompe l&rsquo; oeil</em> narrativo en el que los reg&iacute;menes del enga&ntilde;o y la revelaci&oacute;n de los hechos de la realidad (una realidad sin verdad) se superponen, se intercambian y derivan en un combate que destroza los sentidos plenos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es un proceso de derretimiento de las identidades, agravado porque los personajes que lo encarnan son actores. Y, mucho m&aacute;s, porque los eventos cruciales, los de la pasi&oacute;n, suceden <em>en la vida</em>, por afuera del libreto, es decir al margen del control, los contratos y la ficci&oacute;n que sufre los desbordes de los acontecimientos espont&aacute;neos, verdaderas m&aacute;quinas de destruir lo que se espera de un trabajo encargado.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un briefing de <em>Competencia oficial</em>: un magnate de la industria farmac&eacute;utica manda a adaptar una novela y contrata a una directora de vanguardia y a dos de los m&aacute;s grandes actores (uno, pop; el otro, de estudio) para hacer una pel&iacute;cula que le d&eacute; el prestigio que su nombre no tiene. <strong>Llam&eacute;mosle al deseo de ese magnate deseo imb&eacute;cil, por la sencilla raz&oacute;n de que no tiene que ver con &eacute;l sino con lo que quiere producir en los dem&aacute;s.</strong> Eso es todo, salvo que los sucesos, el drama, las crisis, los incidentes, las performances de egolatr&iacute;a, el stress de la competencia, las falsas hermandades (y las verdaderas) ocurren en espacios intersticiales que desguazan por dentro la ficci&oacute;n que estos enfermos de vanidad y terror ensayan con amargura, d&aacute;ndole a lo que hacen la importancia que no tiene.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La ilusi&oacute;n de importancia. Ese es la primera revelaci&oacute;n y el primer gran golpe que Duprat y Cohn dan en los subsuelos de <em>Competencia oficial</em>, orient&aacute;ndolo hacia el mundo del que vienen, y en el que est&aacute;n cada vez m&aacute;s arriba. Porque no hay que olvidar que, adem&aacute;s del extraordinario Oscar Mart&iacute;nez, el tri&aacute;ngulo del drama se completa con Pen&eacute;lope Cruz y Antonio Banderas, dos industrias en s&iacute; mismas. De hecho, el personaje de Banderas se abastece en clave de parodia y, por lo tanto, de cierto rigor autobiogr&aacute;fico, de lo que es, tiene y representa en el <em>show businnes</em> el sujeto Antonio Banderas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Del interior de la narraci&oacute;n crucero (ese ensayo interminable en el que se lic&uacute;an la austeridad del teatro vocacional, la performance y <em>Dogville</em>, de Lars von Trier) brotan explosiones, escenas, cuadros en el que el idioma del naturalismo cinematogr&aacute;fico se entrega al &ldquo;concepto&rdquo; para que lo que sea que est&eacute; fluyendo se detenga en una imagen de escultura.
    </p><p class="article-text">
        En esos pasajes museogr&aacute;ficos, la historia descansa o acelera su precipitaci&oacute;n, en todo caso altera su velocidad, que en el fondo est&aacute; puesta al servicio de otra cosa. Porque si el primer golpe de <em>Competencia oficial</em> <strong>es contra la ilusi&oacute;n de importancia, el segundo est&aacute; destinado a revelar el vuelo y la ca&iacute;da de la apariencia. </strong>Algo de esos programas de desciframientos de los c&oacute;digos de la magia (generalmente encabezados por magos conversos) comienza a operar en la pel&iacute;cula, que si pone en escena el pase m&aacute;gico es para que se trasluzca el truco que lo sostiene.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La mentira es un efecto, y es en la administraci&oacute;n m&aacute;gica, literaria o cinematogr&aacute;fica de sus causas donde encuentra una justificaci&oacute;n. Pero la verdad tambi&eacute;n lo es, aunque por razones compositivas diferentes. La escena en la que el personaje de Banderas habla de su enfermedad terminal, o la de Mart&iacute;nez ensalzando a su rival (o el momento clave de la historia, que es una cosa pero parece otra), est&aacute;n montadas para que el efecto de realidad se apoye en la fe, su principal insumo. Ver y escuchar para creer. Pasa en todos lados. Ese es el signo de la fatalidad que le da ilusi&oacute;n de sentido a este mundo inventado por Shakespeare.
    </p><p class="article-text">
        Volviendo a lo que <em>Competencia oficial</em> tiene de comedia, la pel&iacute;cula parece cuadrarse al lado de lo que Herni Bergson dijo sobre la comicidad en su libro sobre la risa. Si un hombre dice todo lo que piensa porque es un mis&aacute;ntropo, y otro dice por afabilidad lo que quieren escuchar de &eacute;l, ninguna de esas situaciones es c&oacute;mica. &ldquo;Es vida&rdquo;, dice Bergson. Pero si uno imagina esas dos condiciones juntas y &ldquo;r&iacute;gidas&rdquo; en una persona, o sea si se encuentra &ldquo;un mecanismo dentro de un ser vivo&rdquo;, el efecto es risible. Querer ser verdaderos siendo <em>tan</em> falsos es lo que convierte a los personajes de <em>Competencia oficial</em> en marionetas de carne y hueso, o sea en seres humanos de la realidad.
    </p><p class="article-text">
        El nocturno de Chopin en el que confluyen y se cobijan como bajo un paraguas de tiempo todas las fuerzas dispersas de la historia, lo que es y lo que no es, lo verdadero y lo falso, lo patente y lo latente, lo grandilocuente y lo mersa, la frialdad y el dolor y, sobre todo, la turbulencia del desenlace que casi nadie comprende cuando sucede, se entrega a la idea de que la vida es <em>exclusivamente</em> teatro. No se puede no vivir en la representaci&oacute;n de alg&uacute;n drama. No hay espacios libres de escenarios. <strong>&iquest;Qui&eacute;n hace las obras que representamos? Alguien, algo. Nosotros, no.&nbsp; &nbsp; </strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>JJB</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan José Becerra]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/ilusion-importancia_129_8865598.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 27 Mar 2022 03:04:28 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/ed1b2868-be85-454d-b6ac-f1fcde4540d3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="437120" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/ed1b2868-be85-454d-b6ac-f1fcde4540d3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="437120" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Contra la ilusión de la importancia]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/ed1b2868-be85-454d-b6ac-f1fcde4540d3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Competencia oficial]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
