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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Arbolito]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/arbolito/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Arbolito]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Dólar blue otra vez en alza y las 25 formas de llamar a los 19 tipos de cambio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/economia/dolar-blue-vez-alza-25-formas-llamar-19-tipos-cambio_1_8936025.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7346c064-3dab-40e3-a376-c00285e048ed_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Dólar blue otra vez en alza y las 25 formas de llamar a los 19 tipos de cambio"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Criatura que atraviesa con su rayo de omnisciencia nuestro maltratado ser social, fijado en la cabeza y el cuerpo desde que nacemos a la actividad económica y a la propia sobrevida. El autor, que trabajó como arbolito, narra y analiza el bajofondo de la compra y venta, para zafar y llegar a fin de mes.</p><p class="subtitle">¿Te gusta leer en papel? - Este artículo pertenece a la próxima edición de la revista que elDiarioAR regala a sus socias y socios. Si querés recibir la próxima publicación, asociate antes del 30 de abril y, así también, apoyás a este proyecto periodístico.</p></div><p class="article-text">
        La moneda de los Estados Unidos de Am&eacute;rica, el d&oacute;lar: he ah&iacute; nosotros. Martes, once de la ma&ntilde;ana. <strong>Cuento 53 personas entre Avenida de Mayo y Corrientes, yendo por Florida, conmigo, 54. Todas hacemos lo mismo. A diez sujetos por cuadra podemos promediar uno cada diez metros. </strong>Es decir, cada diez pasos que das alguien te ofrece pesos a cambio de tus d&oacute;lares. Hac&eacute;s diez pasos m&aacute;s y, otra vez: pesos a cambio de tus d&oacute;lares. <strong>No hay forma de llegar a la esquina sin que la Argentina sic&oacute;tica de la cotizaci&oacute;n y la divisa te lo digan, te informen, te lo hagan saber si no lo sab&iacute;as o recordar si es que lo hab&iacute;as olvidado: el d&oacute;lar es un hecho vivo</strong>, su cuerpo urgente nos habita, nos atornilla, nos cala, nos constituye, nos acompa&ntilde;a en la curva de la vida hasta que morimos y entonces nos meten en un caj&oacute;n, nos velan, nos entierran, los servicios de la cocher&iacute;a tienen un costo, ese costo var&iacute;a con los meses (no con los a&ntilde;os, con los meses) as&iacute; que depender&aacute; de cu&aacute;ndo te mueras cu&aacute;nto deber&aacute;n pagar por tu muerte los que vayan a hacerlo. A menos que la coticen en d&oacute;lares. Ah&iacute; no importa cu&aacute;ndo te mueras, en d&oacute;lares tu muerte siempre costar&aacute; m&aacute;s o menos lo mismo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>El d&oacute;lar no se mueve, es nuestro tuit fijado de la Historia. Nosotros nos movemos alrededor de &eacute;l.</strong>
    </p><p class="article-text">
        En el diccionario runfla de la lengua, sin c&aacute;non, en la estrofa de la calle, donde se cuece el puchero del habla, estos 53 que acabo de contar (54, conmigo) se llaman, nos llamamos, <em>arbolitos</em>. Estamos ac&aacute; desde las 10:30 de la ma&ntilde;ana hasta las cinco de la tarde d&aacute;ndole &uacute;ltimo fondo y condici&oacute;n rastrera a la cadena alimentaria de las finanzas de los pobres: el grillo devora la hoja, el rat&oacute;n devora al grillo, la serpiente devora al rat&oacute;n, el &aacute;guila devora la serpiente. Ning&uacute;n &aacute;rbol. Lo que nos cabe es el diminutivo. Porque los arbolitos somos la hoja.
    </p><p class="article-text">
        Ac&aacute;, cada uno viene con su conurbano. Pav&oacute;n arriba, Camino Negro, la rotonda de Lavallol, la Ruta 3. De los que conoc&iacute;, el que la tiene m&aacute;s cerca tiene una horita y media arriba del 22 saliendo de Sarand&iacute;. Ida.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">En el diccionario runfla de la lengua, sin cánon, en la estrofa de la calle, donde se cuece el puchero del habla, estos 53 que acabo de contar (54, conmigo) se llaman, nos llamamos, arbolitos</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        En un d&iacute;a donde Dios lo acompa&ntilde;a, el arbolito se vuelve al pago con tres mil pesos limpios. Pero &iquest;c&oacute;mo explicar &ldquo;tres mil pesos limpios&rdquo; en la l&iacute;nea de tiempo de este pa&iacute;s? En febrero de 2012, un d&oacute;lar era igual a cuatro pesos con treinta y cuatro centavos. En febrero del 2022, fue igual a ciento seis con cincuenta. Hace diez a&ntilde;os, tres mil pesos eran casi setecientos d&oacute;lares. Hoy son veintiocho.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tenemos una moneda nacional que no se define por cu&aacute;nto vale sino por cu&aacute;ndo lo vale.
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, si esa l&iacute;nea de tiempo tuviera una sujeci&oacute;n, un plantado, un lugar donde detenerla. Pero no, tampoco. Porque la cuenta anterior est&aacute; hecha sobre la base de un tipo de cotizaci&oacute;n, la oficial. Y nosotros, los 54, estamos ac&aacute; vendiendo otro d&oacute;lar, uno ilegal que vale el doble, entonces la cuenta cambia.
    </p><p class="article-text">
        Otro d&oacute;lar: la Argentina no te multiplica los panes pero con los tipos de cambio despliega su metralla. Veamos.
    </p><p class="article-text">
        Hay un d&oacute;lar oficial, institucional, un d&oacute;lar que rige al resto de los d&oacute;lares, un d&oacute;lar blanco, consagrado, un d&oacute;lar marido para llevar a los cumplea&ntilde;os familiares y con el que la Naci&oacute;n est&aacute; santamente casada. El d&oacute;lar vaticano de nuestro sistema financiero, el d&oacute;lar del Banco Central de la Rep&uacute;blica Argentina.
    </p><p class="article-text">
        A sus espaldas, arranca una larga lista de otros d&oacute;lares cuyo rangos de oficialidad van mutando conforme va apreci&aacute;ndose o sucumbiendo la clase que los administra.
    </p><p class="article-text">
        Este d&oacute;lar nuestro, el que estamos queriendo cambiarle a alguien en el largo de estas seis cuadras y en el ancho de esta ma&ntilde;ana es m&aacute;s bien un d&oacute;lar de caja chica, pelagato como el paisaje que nos rodea, un d&oacute;lar extra&iacute;do de su canuto que est&aacute; en el fondo de una media que est&aacute; en el fondo de un caj&oacute;n y con el que alguien sobrevive un mes m&aacute;s. Un d&oacute;lar desesperado por cubrir el m&iacute;nimo de la tarjeta. Un d&oacute;lar de rastr&oacute;n. Nadie, en todo el d&iacute;a, va a ofrecerme cambiar m&aacute;s de dos billetes de cien. Tres. Cara grande, obvio, que paga mejor.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;-&iquest;Cara grande de qui&eacute;n?- me pregunta un se&ntilde;ora, yo dir&iacute;a que en sus sesentis, con unos ojos acuosos donde se lee sin esfuerzo el lamento, la desesperanza, que siente por haber tenido que salir a cambiar.
    </p><p class="article-text">
        Entre 1914 y 1996, el dise&ntilde;o del billete de cien d&oacute;lares mantuvo su escala, con el dibujo de Benjamin Franklin en el centro exacto de su rect&aacute;ngulo. Cara chica. A partir de entonces y hasta el 2003, el retrato del padre fundador creci&oacute; y el marco que lo conten&iacute;a alcanz&oacute; los bordes mismos del billete. Cara grande. Y entre el 2004 y la actualidad, el marco desapareci&oacute; del dise&ntilde;o, la cara creci&oacute; a&uacute;n m&aacute;s y se incorpor&oacute; una banda azul. Cara grande, grande.
    </p><p class="article-text">
        Entonces lo que tenemos es una nueva criatura, m&aacute;s f&iacute;sica, material, un billete-objeto cuya cotizaci&oacute;n final depender&aacute; del momento en el que fue fabricado.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Entonces, existen en total&hellip;Total que existen:
    </p><p class="article-text">
        Oficial. Blue (o paralelo, o informal, o simplemente ilegal). Blue cara chica. Blue cara grande. Blue cara grande, grande. Reci&eacute;n estamos arrancando y ya tenemos cuatro d&oacute;lares diferentes con ocho nombres posibles. Esto sigue.
    </p><p class="article-text">
        Hay un d&oacute;lar minorista, para peque&ntilde;os inversores, personas f&iacute;sicas que fueron autorizadas a comprar hasta 200 unidades pero que pagan el 65 por ciento de impuestos por hacerlo. Es el d&oacute;lar del BCRA menos la tasa.
    </p><p class="article-text">
        Y si existe uno minorista es porque existe uno mayorista, que es el d&oacute;lar que compra el Banco Central para tramitar reservas, y tambi&eacute;n las entidades bancarias autorizadas.
    </p><p class="article-text">
        Hay un d&oacute;lar Banco Naci&oacute;n, probablemente el m&aacute;s barato del mercado. Un d&oacute;lar ahorro, o solidario, que vale la cotizaci&oacute;n oficial m&aacute;s el 20 por ciento en concepto de adelanto por el impuesto a las Ganancias y los Bienes Personales.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un d&oacute;lar turista para viajar. Un d&oacute;lar tarjeta para pagos online. Un d&oacute;lar Bolsa, o d&oacute;lar MEP, para la compra de bonos en pesos que despu&eacute;s te permitan obtener, suenan las fanfarrias, m&aacute;s d&oacute;lares. Un d&oacute;lar ContadoConLiquidaci&oacute;n, el d&oacute;lar Liqui, para cambiar pesos argentinos en el exterior mediante la compra de acciones o t&iacute;tulos de deuda.&nbsp; Un d&oacute;lar CeDeAr, Certificado de Dep&oacute;sitos Argentinos, cuya explicaci&oacute;n lleva una cantidad de palabras que a esta altura a qui&eacute;n le importan.
    </p><p class="article-text">
        Un d&oacute;lar Soja o Agro. Un d&oacute;lar AFIP. Un d&oacute;lar Cripto. Un d&oacute;lar Linked, t&iacute;tulos que ajustan su cotizaci&oacute;n seg&uacute;n la del d&oacute;lar oficial y s&oacute;lo se compran y se venden en pesos.
    </p><p class="article-text">
        Hay un d&oacute;lar que se llama Pur&eacute;. De verdad, eso existe. Es el d&oacute;lar que compr&aacute;s en blanco y vend&eacute;s en negro. Me lo vend&eacute;s a m&iacute;, o a cualquiera de estas 53 personas que lealmente me compiten. Igual, m&aacute;s de 200 no vas a poder comprar a menos que te vuelvas un colero, es decir, un sujeto que le pide a amigos y familiares que compren sus 200 d&oacute;lares disponibles, que se los paga en pesos, a la cotizaci&oacute;n oficial. Y despu&eacute;s vende en la cueva todos los d&oacute;lares que fue capaz de conseguir.
    </p><p class="article-text">
        En s&eacute;ptimo grado, en la hora de la merienda, nos daban unas galletitas que probablemente hayan sido unas Okeb&oacute;n, tres por alumno. Luis P&eacute;rez Cuesta esperaba el reparto, te daba unos minutos para com&eacute;rtelas y despu&eacute;s pasaba banco por banco a pedirte las que te hubieran sobrado. Pod&iacute;as darle una, dos, tres o ninguna. &Eacute;l te agradec&iacute;a igual. Todos los d&iacute;as se iba a la casa con una cifra similar a varios paquetes de Okeb&oacute;n. La se&ntilde;orita &Aacute;ngela era una maestra de temer. Cuando descubri&oacute; a Luis lo mand&oacute; a direcci&oacute;n e hizo llamar a su padres. Bueno, Luis era un colero. La se&ntilde;orita &Aacute;ngela era el Fisco, el ojo del Estado Nacional.
    </p><p class="article-text">
        Hay m&aacute;s d&oacute;lares que conocer: el d&oacute;lar Supermercado, que es la cotizaci&oacute;n de Coto, o Carrefour, o D&iacute;a%, o donde compres tu leche y el cajero te los tome. Hay un d&oacute;lar ladrillo, el d&oacute;lar en el que se pactan algunas operaciones inmobiliarias, tambi&eacute;n conocido como d&oacute;lar celeste porque cotiza entre el blanco y el blue.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Y finalmente llegamos a mi d&oacute;lar favorito (en este pa&iacute;s, todos deber&iacute;amos tener uno), el d&oacute;lar Tinder.</strong> Su nombre cient&iacute;fico es Senebi, que significa Segmento de Negociaci&oacute;n Bilateral, pero como se trata de un moneda negociada entre dos agentes burs&aacute;tiles que <em>matchean </em>dentro de la Bolsa de Valores de Buenos Aires, hay quienes lo ven como un d&oacute;lar sobre el que se ha formado una pareja. La del comprador y el vendedor a partir del precio que pacten entre ambos, libremente, tan como libre es el amor.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Les ahorro la cuenta: hay 19 tipos de dólares dando vueltas en la Argentina. Y unas 25 formas de llamarlos. La suma de todos ellos produce el dólar número 20, uno que no cotiza en pizarra ni tiene más nombre que el que le conocemos.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <strong>Les ahorro la cuenta: hay 19 tipos de d&oacute;lares dando vueltas en la Argentina. Y unas 25 formas de llamarlos.</strong> La suma de todos ellos produce el d&oacute;lar n&uacute;mero 20, uno que no cotiza en pizarra ni tiene m&aacute;s nombre que el que le conocemos. Es el d&oacute;lar de la cultura que somos, la criatura que atraviesa con su rayo de omnisciencia nuestro maltratado cuerpo social, el harto d&oacute;lar que llevamos en la cabeza, en el cuerpo, desde que nacemos a la actividad econ&oacute;mica, a la propia sobrevida, hasta que ya no.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dice Bloomberg L.P., la consultora estrella de la asesor&iacute;a burs&aacute;til de los Estados Unidos, que la econom&iacute;a China probablemente sea la primera del mundo hacia el a&ntilde;o 2031, desplazando despu&eacute;s de un siglo a cualquier otra. Tal vez las vidas de nuestros nietos est&eacute;n cruzadas por el Yen, y piensen en yenes y en yenes compren sus casas. No lo sabremos nunca.
    </p><p class="article-text">
        Lo que sabemos es lo que hemos vivido, lo que seguimos viviendo. Entonces, vamos de vuelta: la moneda de los Estados Unidos de Am&eacute;rica, el d&oacute;lar, he ah&iacute; nosotros.
    </p><h3 class="article-text"><strong>La patria es la infancia</strong></h3><p class="article-text">
        La primera expresi&oacute;n de un billete argentino es de 1822 y b&aacute;sicamente se trat&oacute; de un rect&aacute;ngulo de papel grabado con el nombre del &ldquo;Banco de Buenos Ayres&rdquo;, una banderola lateral y un espacio donde completar, a mano, el valor del instrumento. Fue el objeto que inaugur&oacute; la vida nacional del papel moneda y nuestras relaciones carnales con &eacute;l. El trabajo del grabador franc&eacute;s Jos&eacute; Rousseau era simple, pr&aacute;ctico, pero demasiado f&aacute;cil de falsificar. Dos a&ntilde;os m&aacute;s tarde Buenos Aires ya ten&iacute;a sus hacedores de estampas adulteradas, sus falsarios y artistas de la impostura. El m&aacute;s famoso de ellos, Marcelo Valdivia, fue ejecutado en la Plaza del Retiro, hoy Plaza San Mart&iacute;n, en 1824.
    </p><p class="article-text">
        Pero la pena de muerte no asust&oacute; a nadie y para 1827 el problema persist&iacute;a. Hubo que encargar entonces la confecci&oacute;n de los billetes a quien pudiera garantizar la seguridad jur&iacute;dica del papel. La American Bank Note Co., con sede en Nueva York, tom&oacute; el trabajo y envi&oacute; a Buenos Aires un tipo de billete con el valor ya impreso. Hab&iacute;a denominaciones de 1 peso, de 10, de 20 y de 50. Y dos rostros en los bordes: el de Sim&oacute;n Bol&iacute;var y el de George Washington. Es decir.
    </p><p class="article-text">
        En la infancia de la patria, cuando a&uacute;n deb&iacute;a secarse el primer barro de nuestras constituciones, apenas nacida, la cabeza de Washington ya estaba ah&iacute;, mir&aacute;ndonos desde el valor que supone el dinero convertido en representaci&oacute;n f&iacute;sica papel. Es, casi, lo primero que vimos cuando vimos un billete.
    </p><p class="article-text">
        Van dos siglos de Estado Naci&oacute;n y la cabeza, grande o chica, sigue donde siempre, doblada por la mitad en una pesta&ntilde;a rec&oacute;ndita de nuestras billeteras o enrollada en la trompa de un elefante de loza que est&aacute; juntando polvo en la repisa del living porque el d&oacute;lar de la suerte, ah, que no te falte tu d&oacute;lar de la suerte.
    </p><p class="article-text">
        Finales del XIX, todo el XX, principios del XXI. Tres siglos llevamos dentro de la &oacute;rbita de la misma mirada. Y as&iacute; como nada cambia que yo cambie no es extra&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Tres d&iacute;as bien llevados de arbolito pleno alcanzan para que <em>&ldquo;cambio, cambio&rdquo;</em> se descompongan como fonemas enunciados en repetici&oacute;n, como palabras ofertadas una detr&aacute;s de la otra, y muten hacia una pasta de sonido vac&iacute;o, una voz desfigurada, una iteraci&oacute;n: <em>&ldquo;cambio, cambio&rdquo;</em> se vuelve, m&aacute;s temprano que tarde, la degradaci&oacute;n de un chicle que lleva demasiado tiempo en la boca.
    </p><p class="article-text">
        Esta ma&ntilde;ana somos menos, quiz&aacute; porque mov&iacute; mi punto de oferta al frente de una galer&iacute;a sobre calle Lavalle. Pablo vende conmigo. Tiene 28 a&ntilde;os, el pelito rapado, es de Cat&aacute;n, boxea, dice que va a ser campe&oacute;n argentino. Yo le digo que s&iacute; pero para m&iacute; ya est&aacute; grandecito. Trabajamos para la casa de turismo que est&aacute; en el fondo, en el largo all&aacute; atr&aacute;s de nuestras espaldas. Nos dan 1 d&oacute;lar por cada 100 que llevamos a cambiar. Nos lo dan en pesos, seg&uacute;n cotizaci&oacute;n del d&iacute;a.
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                Dólar                            </span>
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        Al cabo de unas horas, el preg&oacute;n se entumece en el tracto de la oralidad y lo que dec&iacute;s ya no lo dec&iacute;s, lo mord&eacute;s. La &ldquo;KA&rdquo; de cambio, ese percutor inaugural de la oferta, tiene que entrar pateando las puertas pero sin volverse un grito: k&aacute;mbio. Y despu&eacute;s bajar porque el que quiera cambiar ya te escuch&oacute;: cam. Un estr&eacute;pito en disputa con su graf&iacute;a. Un ronquido. Una palabra de tres ojos. Dec&iacute; muchas veces las dos palabras juntas, tantas veces como hambre tengas ese d&iacute;a, tantas veces como sea necesario para llevarte una moneda a tu toldo del segundo cord&oacute;n. El arbolito es pobre, viene al centro a rascarse su periferia. Dice muchas veces las dos palabras juntas hasta que la &uacute;ltima s&iacute;laba de la primera se devora a la primera s&iacute;laba de la segunda y entre ambas hacen el instrumento de la voz con el que, hoy, come.
    </p><p class="article-text">
        Estrictamente, lo que tenemos con Pablo en las espaldas no es una galer&iacute;a sino un Paseo, el Luxor. Todo el desmoronamiento de este pa&iacute;s queda dicho en una foto del lugar. Tiene un local abierto junto a un local cerrado junto a un local abierto junto a un local cerrado y as&iacute; toda la vuelta en U. No s&eacute; si el Luxor habr&aacute; tenido su esplendor, pero debe haber tenido una dignidad. Hoy lo mir&aacute;s y ves un desdentado. La Argentina de las piezas faltantes.
    </p><p class="article-text">
        No hace falta una ma&ntilde;ana en el Paseo Luxor para darse cuenta del derrumbe de las cosas, alcanza con ir llegando. En el paisaje de Lavalle pos pandemia podemos hallar nuestra Mad Max, nuestro modesto postapocal&iacute;ptico, lo que sucumbe, el pa&iacute;s bald&iacute;o podemos hallar.
    </p><p class="article-text">
        <strong>La m&aacute;s clara terminaci&oacute;n nerviosa de esta formidable campi&ntilde;a de mugre y empobrecimiento es un local de ropa a dos cuadras del Luxor que ofrece remeras, pantalones y buzos, y lo hace directamente dentro de unas cajas de cart&oacute;n, con los precios exhibidos en hojas A4 salidas de un fotocopiadora cuyo t&oacute;ner no quiere m&aacute;s</strong>. Ocho honest&iacute;simos metros de vidriera c&eacute;ntrica que te est&aacute;n diciendo: entr&aacute;, revolv&eacute;, llevate alguna de estas mierdas, sent&iacute; que compr&aacute;s. Est&aacute; muy bien el local, asume de movida su condici&oacute;n reconfortante de venta abyecta. No hay nada para comprarle, quiz&aacute;, pero todo para creerle.
    </p><p class="article-text">
        En medio de este p&aacute;ramo en ca&iacute;da libre vendemos d&oacute;lares. Kambio. Cam.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Homo dolarensis</strong></h3><p class="article-text">
        <em>El d&iacute;a que las vacas vuelen y que en la Argentina baje la inflaci&oacute;n</em>. En las canchas de final de los setenta desde la tribuna propia le cantabas a tu rival que nunca iba a salir campe&oacute;n, o que en todo caso saldr&iacute;a el d&iacute;a que las vacas volaran, el d&iacute;a que en la Argentina se terminara el desprop&oacute;sito inflacionario. Debe ser cierto porque con 9 reci&eacute;n cumplidos se lo cant&eacute; a Rosario Central y llevan 35 a&ntilde;os sin ganar un t&iacute;tulo de liga.
    </p><p class="article-text">
        La inflaci&oacute;n argentina, mientras tanto, est&aacute; compitiendo duramente por ser la primera del mundo y en alguna cueva hay que meterse para que la intemperie de un peso sin peso no te desintegre el salario real que te llega a las manos. En realidad, el d&oacute;lar en s&iacute; no le importa a nadie, salvo en la medida en que constituye refugio. La inflaci&oacute;n argentina. La cueva, los cueveros, el d&oacute;lar encuevado, somos primates urbanos en trance de subsistencia financiera. As&iacute; que.
    </p><p class="article-text">
        Nos cuidamos. Nos protegemos. Y lo hacemos comprando d&oacute;lares, sorteando la lluvia &aacute;cida de la miseria bajo su paraguas de reclusi&oacute;n. Por eso.
    </p><p class="article-text">
        Hoy no voy a vender, hoy voy a comprar.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Usuario y clave</strong></h3><p class="article-text">
        Primero hubo que completar una considerable cantidad de formularios en red para informarle al Estado que no sacamos cr&eacute;ditos pand&eacute;micos, que no cobramos sueldos pand&eacute;micos, que no utilizamos refinanciaciones pand&eacute;micas y que no utilizamos ninguno de los beneficios que el Gobierno argentino dispuso entre abril de 2020 y hasta hace un par de meses para aliviar el destejido que el Covid-OVID 19 produjo en la microeconom&iacute;a de las personas.
    </p><p class="article-text">
        Una vez tildado este proceso, hubo que esperar la confirmaci&oacute;n del Banco Central. Y entonces s&iacute;, de golpe soy una persona f&iacute;sica habilitada a comprar d&oacute;lares.
    </p><p class="article-text">
        Doscientos d&oacute;lares. Y a cotizaci&oacute;n oficial. Hoy, mi&eacute;rcoles 6 de abril de 2022, 117 pesos por d&oacute;lar.
    </p><p class="article-text">
        Entro a mi homebanking, ese nuevo h&aacute;bitat donde las capas medias van a batirse contra la angustia y la exasperaci&oacute;n de sus finanzas personales. Ah&iacute; me espera el tren fantasma de mis vencimientos, el alacr&aacute;n de mis tarjetas y sus pagos m&iacute;nimos, las noticias gordas de las transferencias hechas y las flacas de las recibidas. Ah&iacute; me espera, en ese universo hecho de bytes, mi condici&oacute;n real, material, concretada, de monotributista descapitalizado.
    </p><p class="article-text">
        Pero bu&eacute;, al menos estoy listo para ahorrar mis 200 d&oacute;lares mensuales.
    </p><p class="article-text">
        Bueno, no todav&iacute;a. Doscientos no pod&eacute;s comprar porque pag&aacute;s Spotify, y no s&eacute; cu&aacute;ntos gigas de Google Drive, y eso se cancela en d&oacute;lar blanco, o sea que ya usaste unos&hellip; cinco. Vas a poder comprar, entonces, 195.
    </p><p class="article-text">
        Ciento noventa y cinco d&oacute;lares a 117 pesos cada uno son 22.815 pesos. Listo. Comprar.
    </p><p class="article-text">
        Bueno, no todav&iacute;a. Porque ten&eacute;s que pagar el impuesto PAIS, que se llama as&iacute; porque es &ldquo;Para una Argentina Inclusiva y Solidaria&rdquo;, y es del 30 por ciento, lo que en este caso suma $ 6.844,50.- Listo, ahora s&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Pero no, tampoco. Porque ten&eacute;s que pagar la Percepci&oacute;n del 35 por ciento en adelanto por el grav&aacute;men de Ganancias y Bienes Personales. En este caso, unos $ 7.985,25.-
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Ya puedo comprar mis 195 d&oacute;lares a 37.644,75 pesos? No, tampoco. Primero ten&eacute;s que declarar bajo juramento que no sos ni funcionario p&uacute;blico, que no hiciste operaciones en moneda extranjera ni aqu&iacute; ni en el exterior y tildar y dar por le&iacute;da y aceptada una cantidad de letra chica que llena el <em>scroll</em> del mouse hasta que ya no hay m&aacute;s d&oacute;nde bajar y, ahora s&iacute;, pod&eacute;s hacer click en confirmar.
    </p><p class="article-text">
        Camino el microcentro con 195 d&oacute;lares en el bolsillo buscando el arbolito que me ofrezca la mejor cotizaci&oacute;n. Paso por el frente abierto del Paseo Luxor pero Pablo no est&aacute;. Nadie trabaja de <em>arbolito </em>mucho tiempo. Veo que pusieron unos palets de madera bruta y montaron sobre ellos, en medio del Paseo, d&aacute;ndole al Paseo su boulevard, unos termotanques y unas cocinas, todo marca culo y a financiar con tarjetas reci&eacute;n creadas. Veo que cerr&oacute; <em>Che, cuero</em>, la casa de camperas. Y tampoco abre hoy Tatoo Art ni Par&iacute;s Lencer&iacute;a. Cada vez menos dientes, la sonrisa del Luxor.
    </p><p class="article-text">
        El centro de Buenos Aires te pone a andar. Por derrumbado que est&eacute;, o tal vez precisamente por lo derrumbado que est&aacute;. Entrega, con las cuadras, su fascinante toxina de la ciudad chatarra hormigueando entre hamburguesas, el fich&iacute;n perimido, las Saladitas al paso.
    </p><p class="article-text">
        De todas sus criaturas sobrevivientes, los kioscos de diarios y revistas parecen los m&aacute;s sobrevivientes de todos. Pedazos de lat&oacute;n del siglo XX todav&iacute;a respirando en un borde de Florida, de Diagonal Norte, de calle San Mart&iacute;n. Hay uno que tiene las ediciones antiguas de <em>El arte de Tejer</em> junto a unos n&uacute;meros de <em>El Gr&aacute;fico</em> con Passarella t&eacute;cnico en la tapa m&aacute;s un pelot&oacute;n de revistas <em>Chiquititas</em> con entrevista exclusiva a Millie Stegman, hace m&aacute;s de 10&nbsp; a&ntilde;os retirada de su profesi&oacute;n. Es un daguerrotipo, un festival del tiempo, un museo de lo que fuimos hasta hace poco: no es antiguo, es viejo.
    </p><p class="article-text">
        Me detengo frente a &eacute;l como se detiene el arque&oacute;logo frente a su hallazgo. Mientras Estoy chequeando si vende algo que haya sido impreso en este siglo, cuando desde el interior de la estructura asoma la cabeza un hombre joven, digamos en sus 40 a&ntilde;os, la cara fresca, la sonrisa optimista y contagiosa del vendedor. , asoma la cabeza y me pregunta sin vueltas:
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Cambio?
    </p><p class="article-text">
        <em>Esta nota se termin&oacute; de escribir el 6 de abril, cuando el d&oacute;lar blue cotizaba a 196 pesos. Ayer, esa cotizaci&oacute;n lleg&oacute; a 203 pesos.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>AS/SB</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Seselovsky]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/economia/dolar-blue-vez-alza-25-formas-llamar-19-tipos-cambio_1_8936025.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 Apr 2022 03:03:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Dólar blue otra vez en alza y las 25 formas de llamar a los 19 tipos de cambio]]></media:title>
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