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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Resistencia peronista]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/resistencia-peronista/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Resistencia peronista]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Al rescate de las memorias del último Uturunco]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/politica/rescate-memorias-ultimo-uturunco_1_8937477.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e81515cb-e59a-4023-9857-ebd1e56c4a43_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Al rescate de las memorias del último Uturunco"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un retrato del exdiputado, uno de los fundadores del grupo guerrillero surgido en Santiago del Estero a finales de los '50 a la luz de la experiencia del Che Guevara en Cuba y en el marco de la resistencia peronista. Su relación con Juárez, su encuentro con Perón y su paso por los gobiernos de Menem, Duhalde y Kirchner en el ámbito de la inteligencia.</p></div><p class="article-text">
        No le cost&oacute; mucho esfuerzo, a sus diecisiete a&ntilde;os, robarse un cami&oacute;n. Unas horas antes de la Nochebuena de 1959, las familias cenaban en sus casas: las calles de la ciudad de La Banda, en Santiago del Estero, estaban oscuras y vac&iacute;as. En el taller de Obras Sanitarias hab&iacute;an fichado un Ford celeste con una caja de carga de hierro y madera, lo suficientemente grande para llevar las armas. Hab&iacute;a un solo sereno. Luis Uriondo &ndash; por entonces un adolescente huesudo y de ojos grandes y tristes, como de perro batata &ndash; apareci&oacute; entre las sombras y at&oacute; al guardia. No hubo resistencia. Lo dej&oacute; a un costado del taller mientras escapaba con el veh&iacute;culo junto a un compa&ntilde;ero cuatro a&ntilde;os mayor que &eacute;l.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A Luis le dec&iacute;an El Negro. Pero su nombre de guerra, esa noche, era <em>Facundo</em>. F&eacute;lix Serravalle, el l&iacute;der del grupo santiague&ntilde;o, iba como <em>Comandante Puma</em>. Empleado de Vialidad de la Naci&oacute;n, se hab&iacute;a criado en una familia de anarquistas y su padre hab&iacute;a sido dirigente gremial ferroviario. En 1959 ten&iacute;a 34 a&ntilde;os y hac&iacute;a tres que se hab&iacute;a integrado al Comando 17 de Octubre, fundado por la resistencia peronista en Tucum&aacute;n. En Santiago, Serravalle hab&iacute;a reunido un grupo peque&ntilde;&iacute;simo: eran seis audaces que llevaban dos meses entrenando t&eacute;cnicas de supervivencia en el monte y combate con cuchillos a orillas del R&iacute;o Dulce. Todos ven&iacute;an de familias humildes, menos el Negro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El 24 de diciembre se reunieron en La Banda con una columna de quince tucumanos que ven&iacute;an bajo el mando de Genaro Carabajal, que aquella noche iba como <em>comandante Alhaja</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En enero de ese mismo a&ntilde;o, el Che hab&iacute;a entrado triunfante en La Habana despu&eacute;s de pasar tres a&ntilde;os en Sierra Maestra. Inspirados en los revolucionarios cubanos, el grupo de los <em>Uturuncos </em>&ndash; uturunco significa hombre-puma en quichua &ndash;estaba decidido a armar un campamento guerrillero en los cerros tucumanos para conseguir tres objetivos: reclamar el regreso de Per&oacute;n, la reforma agraria y convocar a la lucha armada en defensa del patrimonio nacional. 
    </p><p class="article-text">
        *
    </p><p class="article-text">
        Lo vi una sola vez: la tarde del 7 de octubre de 2021. Y me enter&eacute; de su muerte el martes 19 de abril de 2022, menos de seis meses despu&eacute;s de aquel encuentro. &Eacute;l viv&iacute;a hac&iacute;a mucho en Buenos Aires y en Santiago era casi una leyenda. Todos conoc&iacute;an al Negro Uriondo. Al menos de nombre y cada qui&eacute;n, m&aacute;s o menos, algunas de sus historias rocambolescas. Yo las hab&iacute;a escuchado durante a&ntilde;os: que hab&iacute;a sido el integrante m&aacute;s joven del primer grupo guerrillero argentino, que fue el principal hombre de confianza de Carlos Ju&aacute;rez en los setenta, que se iba al campo haci&eacute;ndose pasar por Abal Medina y le&iacute;a cartas falsas de Per&oacute;n para ganar adeptos al juarismo, y que despu&eacute;s de unos a&ntilde;os replegado, hab&iacute;a atravesado las presidencias de Menem, De La R&uacute;a y Kirchner como hombre fuerte de los servicios de inteligencia de Argentina.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a que acept&oacute; que lo entrevistara, nos encontramos en avenida Corrientes al 3200. Hablaba como porte&ntilde;o, con voz arenosa y potente.<strong> Se vest&iacute;a como estanciero: campera de carpincho, jean y pa&ntilde;uelo de seda al cuello.</strong> El bigote gris le bajaba por las mejillas: un bigote de tipo duro. Los mismos ojos de perro batata que hab&iacute;a visto en las fotos de juventud. Casi un metro noventa. Entr&oacute; al caf&eacute; saludando a los mozos por su nombre, metiendo panza y sacando pecho. Lo segu&iacute; hasta que llegamos a una mesa del fondo, desde donde pod&iacute;a verse todo el bar y no le d&aacute;bamos la espalda a nadie. En un bar o en cualquier lugar, hab&iacute;a que tener la retaguardia cubierta y buen panorama. Ah&iacute; el Negro Uriondo me dijo que estaba contento porque en enero iba a cumplir ochenta. Durante cuatro horas, mientras afuera bajaba el sol, escuch&eacute; en primera persona las historias que, con matices, tanto hab&iacute;a o&iacute;do antes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me dijo que podr&iacute;a haberse hecho peronista por herencia familiar: su padre hab&iacute;a sido ministro durante el primer gobierno de Carlos Ju&aacute;rez, y su t&iacute;o, el teniente Oscar Uriondo, hab&iacute;a sido uno de los fundadores del GOU y amigo personal de Per&oacute;n. Pero no. <strong>El Negro Uriondo se hizo peronista por la crueldad de los gorilas.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Recordaba dos visiones de la infancia. Una: en septiembre de 1955, cuando derrocaron a Per&oacute;n, vio pasar por la vereda de su casa en el centro santiague&ntilde;o una camioneta llena de gente que arrastraba por la calle la cabeza de piedra de una mujer atada a una cadena. Era un busto de Evita, y desde la caja de la camioneta, uno que conoc&iacute;a a Luis y a su familia grit&oacute; se&ntilde;al&aacute;ndolo con el dedo:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -&iexcl;Un pich&oacute;n de peronista!&iexcl;Hay que matarlo!
    </p><p class="article-text">
        Santiago era una ciudad peque&ntilde;&iacute;sima y todos se conoc&iacute;an. Sab&iacute;an de la familia del Negro. Y aunque la camioneta sigui&oacute; de largo, &eacute;l sinti&oacute; un miedo que le dur&oacute; toda la vida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La otra visi&oacute;n, de unos a&ntilde;os despu&eacute;s, s&iacute; incluy&oacute; una muerte. Uno de sus compa&ntilde;eros de escuela era Pancho Gonz&aacute;lez, hijo de don Francisco Javier Gonz&aacute;lez, dirigente sindical bancario que hab&iacute;a sido gobernador entre 1953 y 1955, y que estaba preso desde que se hab&iacute;a levantado la Libertadora. Luis y Pancho iban juntos a dejarle la vianda a don Francisco a la c&aacute;rcel. Hasta que en noviembre del 57 fueron a la visita y se encontraron con el relato del dentista Guillermo Elman, compa&ntilde;ero de celda: al pap&aacute; de Pancho le hab&iacute;a dado un ataque al coraz&oacute;n y aunque Elman se cans&oacute; de gritar y pedir ayuda, los guardias se hicieron los distra&iacute;dos; <strong>nadie de la c&aacute;rcel vino a responder al pedido de auxilio hasta que el ex gobernador estuvo bien muerto.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        En medio de las amenazas y el peligro de la &eacute;poca, a comienzos de su adolescencia el Negro Uriondo se acerc&oacute; a los pocos peronistas sueltos que intentaban organizar la resistencia en una provincia lejana y sin influencia. Le dec&iacute;an Negrito. Lo usaban para los mandados y para darle manija a un mime&oacute;grafo con el que imprim&iacute;an volantes revoltosos en el estudio de Isaac Juli&aacute;n, un contador de ascendencia &aacute;rabe que reun&iacute;a en clandestinidad casi traviesa a los hu&eacute;rfanos santiague&ntilde;os de Per&oacute;n. En esas reuniones conoci&oacute; a uno de los audaces que ya entrenaba con Serravalle en el r&iacute;o, <strong>y lo convencieron de pasar del mime&oacute;grafo a las armas.</strong>
    </p><p class="article-text">
        *
    </p><p class="article-text">
        Abajo soldados. Esa era la clave. Agazapados en la caja del cami&oacute;n, los veinte hombres ten&iacute;an que esperar el grito del <em>comandante Alhaja, </em>que hab&iacute;a entrado en soledad por la puerta principal de la comisar&iacute;a de Fr&iacute;as, a 148 kil&oacute;metros de la capital santiague&ntilde;a, y a 215 de la entrada a Tucum&aacute;n. Hab&iacute;an pensado en robar la Jefatura de Polic&iacute;a de la capital, pero escapar de ah&iacute; iba a ser m&aacute;s dif&iacute;cil. Fr&iacute;as era un desv&iacute;o a un objetivo m&aacute;s o menos tranquilo para acopiar las primeras armas que necesitaban para su plan.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El &uacute;nico que conoc&iacute;a la comisar&iacute;a &ndash; aunque solo desde afuera &ndash; era el Negro Uriondo, que hab&iacute;a&nbsp; viajado a Fr&iacute;as varias veces con su padre. Les hab&iacute;a dibujado a sus compa&ntilde;eros uturuncos un muy r&uacute;stico plano con un palo en la tierra. Les explic&oacute; que hab&iacute;a un jard&iacute;n en el frente, cu&aacute;les eran las entradas, y que hab&iacute;a una planta baja y primer piso. Una rareza para un pueblo tan peque&ntilde;o como Fr&iacute;as.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>Alhaja </em>entr&oacute; confiado en las instrucciones del m&aacute;s joven de los suyos, transpirando el uniforme militar que hab&iacute;an hecho coser a mano, y armado con una ametralladora de utiler&iacute;a, que sirvi&oacute; para asustar a los pocos guardias que estaban en el lugar. Eran las cuatro y diez de la madrugada:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -&iexcl;La revoluci&oacute;n ha triunfado! &iexcl;Abajo soldados! -grit&oacute; el <em>comandante Alhaja</em>, y saltaron todos a la carga.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los Uturuncos cortaron los cables de tel&eacute;fono, rompieron a golpes la radio policial y se pertrecharon con las armas que hab&iacute;a en el lugar:<strong> siete fusiles, dos rev&oacute;lveres 38, y una pistola 45. Con eso iban a hacer la revoluci&oacute;n. </strong>El Negro Uriondo subi&oacute; a la planta alta donde dorm&iacute;a el comisario. Lo despert&oacute; hinc&aacute;ndolo en la panza con la punta de uno de los fusiles que se hab&iacute;an robado. Metieron a los polic&iacute;as en el calabozo y a los diez minutos ya estaban todos en el cami&oacute;n rumbo a la ruta otra vez.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El 25 de diciembre la noticia del asalto a la comisar&iacute;a se conoci&oacute; en todo el pa&iacute;s y el ministro del interior del presidente Frondizi, Alfredo V&iacute;tolo, tuvo que dar detalles del caso. El gobierno de la Naci&oacute;n hab&iacute;a empezado la cacer&iacute;a, mientras los veinti&uacute;n uturuncos empezaban a subir a pie el cerro, dispuestos a crear su foco guerrillero siguiendo el ejemplo de los revolucionarios cubanos.
    </p><p class="article-text">
        *
    </p><p class="article-text">
        -Yo no s&eacute; si soy bueno o soy malo. Lo que s&iacute; s&eacute; es que no soy cagador, ni soy traidor, ni soy zurdo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sentado en el bar de avenida Corrientes, en septiembre de 2021, el Negro Uriondo eleg&iacute;a definirse por lo que no era. A pesar de que a sus diecisiete <strong>hab&iacute;a intentado imitar al Che en nombre de Per&oacute;n, </strong>se esforz&oacute; en remarcar que su camino hab&iacute;a sido otro. Despu&eacute;s del derrotero en los cerros tucumanos, fue el &uacute;nico uturunco que logr&oacute; escapar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En 1961, el Negro Uriondo se fue a Buenos Aires en un avi&oacute;n de la compa&ntilde;&iacute;a Transcontinental y se instal&oacute; en un hotel en El Bajo. Tocaba la guitarra y cantaba bastante bien. As&iacute; empez&oacute; a frecuentar bares y pe&ntilde;as y a rondar concili&aacute;bulos de organizaciones peronistas. Recordaba una reuni&oacute;n con Alberto Ezcurra, en la sede del Movimiento Tacuara, en Tucum&aacute;n 141. <strong>Ah&iacute; le dijeron camarada y el respondi&oacute; compa&ntilde;ero, </strong>pensando que camaradas eran los comunistas, y conociendo las &iacute;nfulas fascistas de aquel movimiento nacionalista que se hab&iacute;a formado en el 57.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En junio de 1961, cuando Dardo Cabo y Edmundo Calabr&oacute; lideraron un grupo que se separ&oacute; de Ezcurra para formar el Movimiento Nueva Argentina, el Negro Uriondo se fue con ellos. Durante a&ntilde;os particip&oacute; de las reuniones que el grupo manten&iacute;a en una vieja casona en la esquina de French y el pasaje Bollini. Fue parte de los preparativos del Operativo C&oacute;ndor. El Negro Uriondo qued&oacute; fuera cuando se sortearon los nombres de quienes ocupar&iacute;an los dieciocho puestos en el avi&oacute;n comercial que secuestrar&iacute;an para volar a Malvinas y reclamar la soberan&iacute;a, en septiembre del 66.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s del aterrizaje en las islas, que termin&oacute; con los militantes argentinos detenidos por la polic&iacute;a kelper y enviados en barco al continente para ser puestos a disposici&oacute;n de la justicia argentina, el Negro Uriondo se repleg&oacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aprovech&oacute; sus v&iacute;nculos familiares y consigui&oacute; un empleo. El general Carlos Uriondo &ndash; hermano del t&iacute;o Oscar del GOU y tan pariente del Negro como &eacute;l &ndash; hab&iacute;a sido compa&ntilde;ero de caballer&iacute;a de Juan Carlos Ongan&iacute;a, que lo design&oacute; interventor militar en Santiago del Estero cuando se puso al frente del gobierno de facto en 1966. All&iacute; el Negro Uriondo fue a parar en un puesto administrativo en la Casa de Santiago en Buenos Aires, enviado por su t&iacute;o.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sigui&oacute; frecuentando c&iacute;rculos del peronismo y al poco tiempo se hizo amigo del publicista Osvaldo Agosto, veintea&ntilde;ero como el, que en el 63 se hab&iacute;a robado el sable de San Mart&iacute;n con la idea de mand&aacute;rselo a Per&oacute;n. En esa &eacute;poca hab&iacute;a que tener una haza&ntilde;a de esas en el prontuario. Agosto era, adem&aacute;s, jefe de prensa de Rucci y a trav&eacute;s de ellos, Uriondo se acerc&oacute; a Jorge Paladino, referente del Movimiento Nacional Peronista y representante oficial de Per&oacute;n en Argentina. En 1972, cuando era sabido que el l&iacute;der y conductor llegar&iacute;a al pa&iacute;s para reunirse con la militancia, el Negro recibi&oacute; la visita de un viejo conocido que se le present&oacute; frente a su escritorio en la Casa de Santiago:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Vos sos el negrito Uriondo? -le pregunt&oacute; el hombre: cincuent&oacute;n, de traje impecable, bigote negro y pelo engominado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -S&iacute; doctor -le dijo el Negro en seco, que lo escrut&oacute; con sus ojos de perro batata y lo reconoci&oacute; de inmediato.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Carlos Arturo Ju&aacute;rez, que hab&iacute;a sido gobernador de Santiago entre 1949 y 1952, y senador nacional entre el 52 y el 55, estaba en el llano desde hac&iacute;a m&aacute;s de quince a&ntilde;os. Le sac&oacute; conversaci&oacute;n: que tanto tiempo sin verlo, que c&oacute;mo estaba su familia, que recordaba alg&uacute;n almuerzo en su casa cuando su padre hab&iacute;a sido su ministro. Y despu&eacute;s del circunloquio que no lleg&oacute; a ser una conversaci&oacute;n, le lanz&oacute; la pregunta que hab&iacute;a ido a hacerle:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Me dijeron que vas a ir a verlo al General. &iquest;Es as&iacute;?
    </p><p class="article-text">
        -S&iacute; -le contest&oacute; el Negro. Ya sin el doctor, y levantando la guardia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Te tengo que pedir un favor. Si pod&eacute;s, en alg&uacute;n momento, entregale esta carta_-le dijo Ju&aacute;rez extendi&eacute;ndole un sobre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -S&iacute;, doctor -le contest&oacute; el Negro, otra vez impostando el clima de la charla.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Ju&aacute;rez era mala palabra para Per&oacute;n y el Negro Uriondo lo sab&iacute;a. </strong>Hab&iacute;an tenido diferencias hacia el final de su gobernaci&oacute;n y, para peor, en los 60, Ju&aacute;rez&nbsp; hab&iacute;a trabado amistad &iacute;ntima con <em>el Lobo</em> Vandor, apoyando el grupo que promov&iacute;a el peronismo sin Per&oacute;n. Por eso, el Negro dijo si doctor, pero cuando vio salir a Ju&aacute;rez por la puerta se guard&oacute; la carta. M&aacute;s tarde la abri&oacute; y la ley&oacute;. Ju&aacute;rez le relataba a Per&oacute;n como estaba el movimiento en Santiago, condenaba al Puka Abdulajad, que lideraba la izquierda peronista en la provincia, y se pon&iacute;a &eacute;l mismo a disposici&oacute;n para el futuro. El Negro se ri&oacute; y rompi&oacute; la carta. 
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                Luis Uriondo, en su juventud.                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        Hab&iacute;an dejado el cami&oacute;n al pie del cerro y empezaron a subir a pie. Los montes tucumanos alcanzaban 3.500 metros de altura y ellos iban a meterse entre las yungas, el barro y las espinas hasta encontrar un lugar donde hacer el campamento. El plan inclu&iacute;a otra parte fundamental. Algunos meses antes, Serravalle hab&iacute;a participado en una reuni&oacute;n en casa de Arturo Jauretche en Buenos Aires, donde el coronel Miguel &Aacute;ngel I&ntilde;iguez &ndash; hombre de la resistencia, que hab&iacute;a conspirado junto a los generales Valle y Tanco para el levantamiento del 56 &ndash; hab&iacute;a prometido acompa&ntilde;ar con una sublevaci&oacute;n militar en Buenos Aires y en la Patagonia una vez que ellos armaran el foco guerrillero en Tucum&aacute;n. Los Uturuncos deambularon por el cerro durante varios d&iacute;as. Escondidos.<strong> Sab&iacute;an que los estaban buscando</strong> porque llevaban un radio receptor con el que pod&iacute;an captar la se&ntilde;al de las emisoras de la zona. Tambi&eacute;n llevaban una radio de punto a punto con la que esperaban hacer contacto con I&ntilde;iguez. Pero el contacto nunca lleg&oacute;. Mientras que en LV12, extra&ntilde;amente, relataban enfrentamientos entre la polic&iacute;a y los guerrilleros &ndash; ellos, ellos eran los guerrilleros &ndash; que no hab&iacute;an ocurrido. En la radio dec&iacute;an, incluso, que ya hab&iacute;a muertos.
    </p><p class="article-text">
        *
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Usted qu&eacute; es del Negro Uriondo?
    </p><p class="article-text">
        Al general Oscar Uriondo le dec&iacute;an igual que a su sobrino Luis. Y el General Per&oacute;n, cuando le presentaron al joven santiague&ntilde;o en la residencia de Gaspar Campos, donde estaba recibiendo a la militancia desde que hab&iacute;a aterrizado en Buenos Aires el 17 de noviembre del 72, lo asoci&oacute; directamente con su viejo amigo del GOU. El m&aacute;s joven de los Uturuncos &ndash; que ya no hac&iacute;a tanta gala de su pasado guerrillero &ndash; iba de traje, acompa&ntilde;ando una delegaci&oacute;n de once dirigentes del peronismo que se sentaron junto al general alrededor de una mesa ratona. <strong>Le contest&oacute; que &eacute;l era el Negro Uriondo. Que a su t&iacute;o le dec&iacute;an igual.</strong> Cuarenta a&ntilde;os despu&eacute;s de aquel encuentro, sentado en el bar de avenida Corrientes, Uriondo no recordaba mucho de qu&eacute; hablaron. En cambio, record&oacute; que Per&oacute;n los escuchaba, distra&iacute;do con la ventana, donde pod&iacute;a ver c&oacute;mo iban y ven&iacute;an su esposa Isabel, el secretario L&oacute;pez Rega, y el jefe de la custodia, Juan Esquer. Y cuando los tres estuvieron lo suficientemente lejos, Per&oacute;n interrumpi&oacute; la conversaci&oacute;n y pregunt&oacute;:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Alguno de ustedes fuma?
    </p><p class="article-text">
        Per&oacute;n ten&iacute;a prohibido fumar. El Negro Uriondo no lo sab&iacute;a y rapid&iacute;simo sac&oacute; un paquete que ten&iacute;a en el bolsillo del saco y le extendi&oacute; la mano. Per&oacute;n agarr&oacute; un cigarrillo, que alg&uacute;n otro le prendi&oacute; sol&iacute;cito con un f&oacute;sforo. El General apur&oacute; dos pitadas r&aacute;pidas cerrando los ojos. Despu&eacute;s reparti&oacute;:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Tomen muchachos, tomen&hellip; fumen ustedes -dijo ofreciendo el cigarro humeante con dos dedos mientras volv&iacute;a a pispear la ventana -As&iacute; no piensen que el del olor soy yo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        *
    </p><p class="article-text">
        Pasaron seis d&iacute;as y seis noches dando vueltas en tirabuz&oacute;n por la monta&ntilde;a. Iban ya con los uniformes pegajosos y el tranco cada vez m&aacute;s pesado. Ya casi no hablaban entre ellos. El chillido de los p&aacute;jaros y los insectos era lo &uacute;nico que escuchaban en medio de la yunga. No hab&iacute;a se&ntilde;ales de I&ntilde;iguez. Y la estrategia de la polic&iacute;a funcion&oacute;. Las falsas noticias de los enfrentamientos empujaron a familiares y amigos en Santiago y Tucum&aacute;n a dar nombres y detalles de lo que sab&iacute;an que estaban haciendo los uturuncos. Sus seres queridos tem&iacute;an por sus vidas. <strong>LV12 empez&oacute; a poner al aire los mensajes de padres y madres pidi&eacute;ndoles que se entreguen</strong>. El <em>comandante Puma </em>y el <em>comandante Utrurungo</em> estaban desorientados y la tropa desanimada. El Negro Uriondo pidi&oacute; bajar. Confiaron en que antes que los atraparan &ndash; o que, incluso, quisieran matarlos &ndash; era mejor dispersarse y volver camuflados a Santiago y Tucum&aacute;n. Pero no iba a ser tan f&aacute;cil como eso. 
    </p><p class="article-text">
        Una bomba en un transformador alcanz&oacute; para dejar ocho manzanas del centro santiague&ntilde;o sin luz, la calurosa noche del verano de 1972 en que H&eacute;ctor C&aacute;mpora hab&iacute;a llegado a Santiago para apoyar la candidatura de Francisco L&oacute;pez Bustos para gobernador de la provincia. Carlos Ju&aacute;rez los enfrentaba en una lista aparte, con el sello del Frente Justicialista de Liberaci&oacute;n Nacional. La proclamaci&oacute;n de la f&oacute;rmula de L&oacute;pez Bustos ser&iacute;a en el Club Estudiantes, una peque&ntilde;a cancha de b&aacute;squet donde C&aacute;mpora, Abal Medina y Lorenzo Miguel se reunieron para realizar un acto que qued&oacute; a oscuras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El mitin debi&oacute; trasladarse a las escaleras del Gran Hotel, en la esquina de Independencia y Avellaneda, frente a la plaza central de la ciudad. El Negro Uriondo, que hab&iacute;a puesto la bomba en el transformador con la ayuda de otros dos j&oacute;venes militantes juaristas, se escabull&oacute; entre la multitud que empez&oacute; a api&ntilde;arse alrededor de las escaleras del hotel. Bien entrada la noche, C&aacute;mpora y L&oacute;pez Bustos salieron a hablar, flanqueados por Lorenzo Miguel y Juan Abal Medina. El Negro Uriondo cargaba un racimo de bombas de estruendo envueltas en papel de diario que dej&oacute; al borde del cord&oacute;n de la vereda. Uno de los suyos prendi&oacute; el papel de diario y sigilosos se alejaron.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un instante despu&eacute;s, <strong>el estallido de las bombas interrumpi&oacute; el discurso.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        En medio de la confusi&oacute;n, C&aacute;mpora se desliz&oacute; al interior del hotel, la multitud se abri&oacute; y corri&oacute; despavorida hacia la plaza. Las bombas de estruendo pod&iacute;an ser otras bombas, o balas. No hab&iacute;a mucho para pensar. Entre la humareda gris y el olor a p&oacute;lvora, la reuni&oacute;n hab&iacute;a terminado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los visitantes se volvieron a Buenos Aires sin poder terminar el acto y en las elecciones del 11 de marzo hubo empate entre Ju&aacute;rez y L&oacute;pez Bustos, que debieron ir a una segunda vuelta esperada para septiembre. Ju&aacute;rez, que debi&oacute; rearmarse de cero y sin el respaldo del peronismo nacional, se apoy&oacute; en el Negro Uriondo y sus v&iacute;nculos en Santiago. &Eacute;l cre&iacute;a que la carta a Per&oacute;n hab&iacute;a llegado y que el general lo hab&iacute;a ninguneado. El Negro, que con la apertura democr&aacute;tica quer&iacute;a hacerse un lugar, se apoy&oacute; en Ju&aacute;rez porque, seg&uacute;n &eacute;l, &ldquo;el sector de L&oacute;pez Bustos estaba lleno de zurdos&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Durante los seis meses entre la primera y la segunda vuelta electoral, Santiago continu&oacute; con movilizaciones y enfrentamientos entre los dos sectores. Tanto que lleg&oacute; a la provincia la televisi&oacute;n de Buenos Aires. El periodista C&eacute;sar Massetti entrevist&oacute; a los protagonistas. <strong>La acusaci&oacute;n del peronismo oficial era que el sector juarista compraba a los manifestantes con vino. </strong>El que habl&oacute; en nombre de Ju&aacute;rez &ndash; que no daba la cara a la prensa &ndash; fue el propio Uriondo. A sus 31 a&ntilde;os, enfundado en una campera negra, con un brazalete de la JP y con los bigotes de tipo duro m&aacute;s amenazantes que nunca, le contest&oacute; desafiante al periodista que no necesitaban estimulantes alcoh&oacute;licos, porque estaban luchando por una ideolog&iacute;a. <a href="https://youtu.be/d-tAWqKX01Q?t=41" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">El video de aquella entrevista</a> todav&iacute;a puede verse en Youtube.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuarenta a&ntilde;os despu&eacute;s, en el bar de Corrientes, el Negro Uriondo rememoraba aquel episodio sosteniendo el vaso con dos hielos en el que el mozo le serv&iacute;a la tercera medida de whisky de la tarde:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Serv&iacute; como la gente, hermano, que yo soy cliente de toda la vida. No le pijotees.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Recordaba entonces que despu&eacute;s de que Ju&aacute;rez gan&oacute; la segunda vuelta, decidi&oacute; no asistir al acto de asunci&oacute;n, decepcionado. Esperaba que lo designaran en alguna secretar&iacute;a o ministerio, y no lig&oacute; nada. Termin&oacute; otra vez en Buenos Aires, como administrativo de la Corporaci&oacute;n del R&iacute;o Dulce, en una oficina que el ente provincial ten&iacute;a en la capital. H&aacute;bil para hacer amigos y tejer redes, desde all&iacute; empez&oacute; a construir los v&iacute;nculos con el peronismo que despu&eacute;s lo ubicar&iacute;an en otro nivel de la red de poder pol&iacute;tico en la Argentina. 
    </p><p class="article-text">
        *
    </p><p class="article-text">
        Ning&uacute;n cristiano hab&iacute;a bajado nunca por aqu&iacute;. Eso les dijo, asombrado, el padre de la familia que viv&iacute;a en el &uacute;nico rancho aislado en medio de aquel rinc&oacute;n insondable de la espesura del cerro. El Negro Uriondo y los otros cuatro santiague&ntilde;os que hab&iacute;an bajado en uno de los grupos en los que se dispersaron los Uturuncos, pidieron alojamiento y comida a punta de pistola. El Puma Serravalle se hab&iacute;a quedado arriba. A los cinco fugitivos, la familia del rancho les dieron sopa y una cabeza de chancho. En aquel lugar dejaron las insignias de los uniformes. Dejaron las armas. Y siguieron bajando. Pensaban en hacerse los tontos. Si los encontraban, pod&iacute;an decir que estaban haciendo otra cosa. Eso cre&iacute;an ellos. No sirvi&oacute; de nada. Ya los estaban buscando y los ten&iacute;an identificados con foto, nombre y apellido. Siguieron andando hasta la orilla del r&iacute;o Las Pavas, cerca de Catamarca. Cuando se aprestaban para cruzar el agua, los rode&oacute; una patrulla rural. 
    </p><p class="article-text">
        *
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El civil que dirige a los militares&rdquo;, dec&iacute;a el t&iacute;tulo de una larga nota publicada en el diario Clar&iacute;n en 2004 sobre el Negro Uriondo. Hac&iacute;a hincapi&eacute; en que era la primera vez que un civil ocupaba el cargo de la Direcci&oacute;n Nacional de Inteligencia Estrat&eacute;gica Militar. Uriondo ten&iacute;a 62 a&ntilde;os. &iquest;C&oacute;mo hab&iacute;a llegado hasta ah&iacute;?
    </p><p class="article-text">
        Los v&iacute;nculos sangu&iacute;neos con los militares lo hab&iacute;an ayudado al Negro a pasar desapercibido despu&eacute;s del golpe del 76. Se dedic&oacute; a trabajar en una empresa privada en Santiago durante esos a&ntilde;os y, con el regreso de la democracia volvi&oacute; a militar en el peronismo local. En el 83 coquete&oacute; otra vez con Carlos Ju&aacute;rez pero milit&oacute; en un grupo que lo enfrent&oacute;, sin &eacute;xito, en las internas de ese a&ntilde;o. A finales de la d&eacute;cada hizo la movida que le trajo suerte: en medio de la interna peronista para las presidenciales del 89, en que la provincia se referenciaba en Cafiero &ndash; que era amigo de Carlos Ju&aacute;rez &ndash; <strong>Uriondo trajo a Santiago a Carlos Menem y le arm&oacute; un imponente acto de recepci&oacute;n.</strong> Al riojano, Ju&aacute;rez lo hab&iacute;a hecho declarar &ldquo;persona no grata&rdquo;, en un congreso nacional del PJ que se hab&iacute;a hecho poco antes en Las Termas de R&iacute;o Hondo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aquella puerta abierta al menemismo le vali&oacute; al Negro Uriondo una banca como diputado nacional a partir de 1989, cuando en Santiago ya la gobernaba C&eacute;sar Iturre, ex ministro de Ju&aacute;rez, que se hab&iacute;a despegado del liderazgo del caudillo. En el Congreso, Uriondo se hizo amigo de Miguel Angel Toma, con quien particip&oacute; en la redacci&oacute;n de la Ley de Inteligencia y la Ley de Seguridad Interior. Cuando Toma fue designado secretario de la SIDE en 2000, Uriondo fue como<strong> integrante del Consejo de Seguridad Interior, ocupando un asiento en la comunidad de inteligencia.</strong> Ya gobernaba la Alianza. Cuando De La R&uacute;a lo design&oacute; en el cargo, un periodista le pregunt&oacute; si hab&iacute;a sido una nominaci&oacute;n consultada con el Partido Justicialista:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -No -contest&oacute; De la R&uacute;a -Con &eacute;l no m&aacute;s. Personalmente, pienso que puede prestar un buen servicio al pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        En aquel momento &ndash; otra de las veces en que apareci&oacute; fugazmente en la prensa &ndash; el diario La Naci&oacute;n traz&oacute; un perfil cort&iacute;simo de Uriondo: &ldquo;Es justicialista. Fue diputado nacional por Santiago del Estero y se lo considera un hombre l&uacute;cido, de buen trato e, incluso, de un excelente humor, que lo convert&iacute;a en uno de los visitantes m&aacute;s requeridos en la sala de periodistas del Palacio Legislativo&rdquo;. Ni una l&iacute;nea del pasado guerrillero.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Veinte a&ntilde;os despu&eacute;s, en el bar de avenida Corrientes, Uriondo recordaba:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -&Eacute;ramos muy amigos con Fernando. Hab&iacute;a estado en el Congreso la misma &eacute;poca que yo. In&eacute;s, la esposa, era amiga de mi mujer. Y cuando me llama para el Consejo de Seguridad es porque &eacute;l sab&iacute;a que yo andaba en esas cosas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ocup&oacute; el cargo con un perfil baj&iacute;simo y sigui&oacute; durante todo el gobierno de Duhalde. Cuando N&eacute;stor Kirchner asumi&oacute; la presidencia design&oacute; a Pampuro en el ministerio de Defensa. Pampuro era uno de esos amigos &iacute;ntimos que Uriondo hab&iacute;a cosechado en el Congreso, y lo convoc&oacute; para la Direcci&oacute;n de Inteligencia Militar:
    </p><p class="article-text">
        -Mir&aacute; que yo no tengo nada que ver con Kirchner -le advirti&oacute; Uriondo a Pampuro. -<strong>Yo no soy zurdo </strong>-le remarc&oacute;, como si tuviera que aclararlo siempre.
    </p><p class="article-text">
        -No importa -le insisti&oacute; Pampuro. -Vos vas a ser colaborador m&iacute;o, no de Kirchner.&nbsp; 
    </p><p class="article-text">
        *
    </p><p class="article-text">
        -Irresponsable -le murmur&oacute; entre dientes Eduardo Miguel, el gobernador de Santiago del Estero: un &aacute;rabe grandote, de cabeza completamente calva, mirada severa y ment&oacute;n de boxeador -&iquest;Qui&eacute;n te manda a hacer estas cosas? Tus padres est&aacute;n desesperados.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la comisar&iacute;a de Concepci&oacute;n de Tucum&aacute;n, la m&aacute;s cercana al lugar a donde los hab&iacute;an atrapado, el Negro Uriondo <strong>recibi&oacute; el reto casi paternal del gobernador. </strong>En la sala estaban los otros cuatro uturuncos santiague&ntilde;os, el gobernador de Tucum&aacute;n, Celestino Gelsi y el comisario panz&oacute;n de Fr&iacute;as, al que el Negro hab&iacute;a despertado con la punta del fusil una semana antes. Les dieron un serm&oacute;n y al rato se le acerc&oacute; un militar, que lo llev&oacute; a un costado:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -As&iacute; que vos sos Uriondo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -S&iacute; -contest&oacute; el Negro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Bueno, yo soy el Mayor D&iacute;az S&aacute;nchez Toranzo. Soy tu pariente. Estoy a cargo de la operaci&oacute;n. Ahora van a ir todos a la c&aacute;rcel de Villa Urquiza. Vos vas a estar unos d&iacute;as, pero como sos menor, vamos a arreglar para que te manden a tu casa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Record&oacute; el negro Uriondo, sentado en el bar de Corrientes, que escuch&oacute; las sirenas de A&ntilde;o Nuevo en el momento en que se abr&iacute;an las compuertas del Penal de Villa Urquiza, en la capital tucumana, y entraban los cinco detenidos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando lo llevaron de vuelta a Santiago, el resto de los Uturuncos segu&iacute;a preso, o todav&iacute;a deambulando por el cerro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        *
    </p><p class="article-text">
        En los d&iacute;as posteriores a su muerte varios recordaron al Negro Uriondo. Su nombre sali&oacute; del perfil bajo que habitaba. En Twitter le dedicaron despedidas sentidas sus amigos Jorge Asis, el Tata Yoffre, y el C&iacute;rculo de Legisladores, una instituci&oacute;n donde trabaj&oacute; en sus &uacute;ltimos a&ntilde;os. Durante la pandemia se hab&iacute;a dedicado a cantar y tocar la guitarra y el bombo por Youtube. Hay decenas de <a href="https://www.youtube.com/watch?v=LGQmISn-7qE" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">videos de tangos</a> <a href="https://www.youtube.com/watch?v=eTFayxp2v_Q" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">y chacareras</a> del Negro Uriondo en internet. Pero segu&iacute;a rosqueando en pol&iacute;tica:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Estuvimos ayer en una reuni&oacute;n para lanzar un partido del Peronismo Republicano, queremos proyectarlo a Miguel Pichetto -me cont&oacute; aquella tarde en el bar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Pero Pichetto estaba con Cambiemos -le recrimin&eacute;, como si ya fu&eacute;ramos amigos, despu&eacute;s de las horas de charla. Era el efecto que causaba el hombre.
    </p><p class="article-text">
        -Pero los partidos est&aacute;n destruidos -me contest&oacute;. -Hay que recuperar el peronismo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;Y el peronismo qu&eacute; es para usted?
    </p><p class="article-text">
        Silencio. Pens&oacute; un instante.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con la mirada de perro batata perdida en el tiempo, volvi&oacute; a Per&oacute;n. Regres&oacute; a la residencia de Gaspar Campos, en aquel encuentro en que vio por &uacute;nica vez al General:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Cuando nos despedimos para irnos de aquella reuni&oacute;n,<strong> yo agarr&eacute; el pucho que hab&iacute;a fumado Per&oacute;n. Me lo llev&eacute;.</strong> Y lo tuve a&ntilde;os en un sobre, como un amuleto. Hace poco, cuando tuve un infarto y me internaron, estuve un tiempo afuera de casa. Alguien entr&oacute; a&nbsp; limpiar y lo tiraron. Los quer&iacute;a matar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>EP/CC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ernesto Picco]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/politica/rescate-memorias-ultimo-uturunco_1_8937477.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 Apr 2022 03:03:08 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Al rescate de las memorias del último Uturunco]]></media:title>
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