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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Moira Soto]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/moira-soto/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Moira Soto]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El increíble caso del chino menguante]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/increible-caso-chino-menguante_129_8983182.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2cfdef07-77f8-4e2d-a930-ef22949703ec_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt=""></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En los '50, Jack Arnold filmó El increíble hombre menguante. La historia de un hombre que se reducía se convirtió en un clásico del cine fantástico, una operación que desde hace un tiempo se observa en los productos de las góndolas en el súper chino, observa Moira Soto en esta columna.</p></div><p class="article-text">
        En mar abierto, paseando relajadamente en un barquito con su esposa, un hombre com&uacute;n y corriente de clase media es alcanzado por una extra&ntilde;a niebla. De regreso al hogar, con el correr de los d&iacute;as empieza a achicarse. Primeramente, nota que la ropa de siempre le queda un tanto holgada. Al poco tiempo, ante la inquietud creciente de su mujer, advierte que su tama&ntilde;o va menguando paulatinamente. El hombre, ciudadano estadounidense, va al m&eacute;dico, le hacen estudios, sigue encogi&eacute;ndose. Cuando llega al tama&ntilde;o del Ken de Barbie, su sufrida esposa, que le hace el aguante, le arma una casa de mu&ntilde;ecas (foto), le cose ropita ad hoc. Afuera, enterada la prensa, los paparazzi acechan. Adentro, el tipo se sigue achicando, el gato de la casa deviene un monstruo enorme que lo persigue como a un ratoncito y lo lleva a huir hacia el s&oacute;tano, donde se topa con una temible ara&ntilde;a que le hace sombra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A esta altura, m&aacute;s peque&ntilde;o que un liliputiense, el hombre la enfrenta con alfiler de costura y logra huir hacia el exterior. Deja atr&aacute;s la vida que hab&iacute;a tenido en un final ins&oacute;lito para el Hollywood de los a&ntilde;os cincuenta, &eacute;poca en que Jack Arnold, bas&aacute;ndose en la estupenda novela de Richard Matheson (quien tambi&eacute;n particip&oacute; de la escritura del guion), dirigi&oacute; <strong>El incre&iacute;ble hombre menguante</strong>. Una pel&iacute;cula que result&oacute; exitosa pese a no ofrecer el convencional final feliz que quer&iacute;an los productores del sello Universal. Y que, con el tiempo, se convirti&oacute; en un muy estimado cl&aacute;sico del g&eacute;nero fant&aacute;stico de la serie B (por Budget, presupuesto).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ah, el se&ntilde;or de marras hab&iacute;a sido alcanzado por una nube radioactiva, detalle que implicaba una cr&iacute;tica velada a la carrera armamentista en plena guerra fr&iacute;a. Y tambi&eacute;n una reflexi&oacute;n sobre los riesgos de ciertas experimentaciones de la ciencia, am&eacute;n del ya citado cierre con meditaci&oacute;n filos&oacute;fica sobre el sentido de la vida. Obviamente lejos de la era digital, este film se las apa&ntilde;&oacute; con convincentes trucos mec&aacute;nicos y un decorado que va creciendo desde la nueva perspectiva del protagonista que, entre otros aprendizajes, descubre que el suyo no es un mundo dispuesto a aceptar a los diferentes. O a los disminuidos, para m&aacute;s exactitud. Arnold -un cineasta talentoso, humanista y un toque ecologista- entre westerns y policiales, se mand&oacute; joyas del g&eacute;nero como <strong>El monstruo de la Laguna Negra</strong> (1954, que depred&oacute; y edulcor&oacute; Guillermo del Toro en <strong>La forma del agua</strong>, 2017) o <strong>Tar&aacute;ntula </strong>(1955).
    </p><p class="article-text">
        En vez de achicarse, cualquiera que haya estado yendo durante la pandemia al chino de la esquina para abastecerse de vituallas, pudo haber sufrido esa vacilaci&oacute;n propia del fant&aacute;stico frente a un quiebre de su mundo familiar: &iquest;el local estaba menguando o &eacute;l/ella estaba creciendo? Porque que los precios aumentaran no era ninguna novedad, pero que las galletitas de agua, el envase del queso crema, el rollo del papel higi&eacute;nico -cuyo peso y medidas conoc&iacute;a de memoria- se hubieran empeque&ntilde;ecido, s&iacute; que era algo inaudito, tirando a alarmante. No es que este tipo de reducci&oacute;n no sucediera en las grandes cadenas de supermercados o, incluso por caso, en el tama&ntilde;o de ciertos alfajores tradicionales que anta&ntilde;o solo se consegu&iacute;an viajando a Mar del Plata&hellip;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Cualquiera que haya estado yendo durante la pandemia al chino de la esquina para abastecerse de vituallas, pudo haber sufrido esa vacilación propia del fantástico frente a un quiebre de su mundo familiar</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Pero ya sabemos que el chino m&aacute;s cercano es el lugar al que acudimos siempre en un apuro, de una corrida por un ingrediente que nos falta o por una botella de vino (que ya se fue a las nubes tambi&eacute;n en estos enclaves). Y varias cosas en las g&oacute;ndolas de nuestro chino hace meses que comenzaron a decrecer. Que estos negocios sean habitualmente lugares menos luminosos, a veces con mercader&iacute;a api&ntilde;ada en el suelo para ganar espacio, no es &oacute;bice para que al tomar un paquete de esas crackers que conocemos al dedillo, hayamos dejado de advertir a trav&eacute;s del celof&aacute;n que, en primera instancia, quedaba un espacio libre para dos galletitas. Y que, unos pocos meses despu&eacute;s -adaptadas las maquinas empaquetadoras- el envoltorio se ajustaba correctamente, pero ya con las galles m&aacute;s peque&ntilde;as que las originales.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Durante el confinamiento, inflaci&oacute;n y cuidados de por medio, aprendimos a probar productos de segunda marca m&aacute;s baratos y a evaluar su calidad (veces, de primera); asimismo, notamos que volvernos un cachito minimalistas como consumidores no le hace mal a nadie y beneficia el medio ambiente (menos basura, menos pl&aacute;sticos, menos bosques reventados), y quiz&aacute;s tratamos de ir dejando de lado lo que Edgard Morin llama &ldquo;la adicci&oacute;n a productos de valor ilusorio o imaginario, a veces t&oacute;xicos&rdquo;. O sea, a elegir en lo posible lo necesario y dejar de lado lo superfluo. Pero, &iquest;por qu&eacute; tenemos que bancarnos esta inflaci&oacute;n solapada del papel higi&eacute;nico menguante, de las servilletas que no traen doble capa y absorben menos, de los 200 gramos de queso crema que se convirtieron sin aviso en 180 o 190? Y si nos desviamos de los s&uacute;pers orientales u occidentales, de los bares que te sirven por 300 pesos un caf&eacute; intomable que parece homenajear al jugo de paraguas <em>d&rsquo;altri tempi,</em> podemos arrimarnos a alguna sucursal de nombre germano que vende excelentes hogazas integrales org&aacute;nicas y comprobar in situ que, adem&aacute;s de subir los precios, achicaron sus panes. Que se sepa, ninguno de los fabricantes de productos menguantes fue atacado por una niebla radioactiva.
    </p><p class="article-text">
        <em>MS</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Moira Soto]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/increible-caso-chino-menguante_129_8983182.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 11 May 2022 10:56:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Moira Soto,Inflación,Supermercados,Cine]]></media:keywords>
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