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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Umbanda]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Umbanda]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Formas de cruzar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/formas-cruzar_129_9010737.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/418b7902-e095-49b2-aca9-070437323efd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Formas de cruzar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El recuerdo de cruzar las vías del tren con su abuela y el de encontrar macumbas sobre las vías. Dolores Reyes escribe sobre su infancia, las curanderas y los sueños que anuncian el paso entre el mundo de los vivos y los muertos.</p></div><p class="article-text">
        Mi abuela viv&iacute;a frente a las v&iacute;as del tren San Mart&iacute;n, pero el centro comercial de mi barrio quedaba del otro lado. Para cruzar por la estaci&oacute;n hab&iacute;a que desviarse muchas cuadras, as&iacute; que ella y yo directamente cruz&aacute;bamos por las v&iacute;as. No hab&iacute;a barrera ni paso a nivel ni nada, s&oacute;lo cruzar intentando pisar sobre los durmientes de madera de un tren que todav&iacute;a no era el&eacute;ctrico, para esquivar el barro y la grasa de m&aacute;quina que no sal&iacute;a nunca m&aacute;s de la ropa. Alrededor todo era tierra y algunos &aacute;rboles repletos de p&aacute;jaros. Cuando llov&iacute;a, el cruce se transformaba en un lodazal imposible.
    </p><p class="article-text">
        Yo trataba de que ella no se cayera al piso, cosa que por m&aacute;s cuidado que tuvi&eacute;ramos, suced&iacute;a dos por tres. Entonces mi abuela se raspaba, se reventaba las rodillas, se hac&iacute;a hematomas que a veces duraban semanas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Eso significaba que no iba a haber ni ferias ni mercados para m&iacute; hasta que las piernas de mi abuela se recuperasen un poco. Yo la miraba desde abajo, me parec&iacute;a que ten&iacute;a unas piernas muy flacas y huesudas como para que la pudieran sostener bien. Una vez, caminando por una plaza conmigo de la mano, un pibito la atropell&oacute; con un carting y le rompi&oacute; una arteria de una pierna. Yo ni siquiera sab&iacute;a que una abuela pudiera tener tanta sangre metida adentro del cuerpo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mi abuela nunca iba al hospital pero conoc&iacute;a a muchos curanderos. Su madre hab&iacute;a parido doce veces en el campo y sus hijos hab&iacute;an nacido todos vivos. En cambio a ella con sus partos de quir&oacute;fano solo le sobrevivieron dos hijas, una era mi t&iacute;a y la otra, mi madre. Entre las dos, mi abuela hab&iacute;a parido una infinidad de beb&eacute;s varones y ninguno hab&iacute;a sobrevivido al hospital. Ahora que hasta el marido se le hab&iacute;a muerto de c&aacute;ncer de huesos sin que los m&eacute;dicos lo hubieran podido evitar, &iquest;para qu&eacute; iba a volver a ese lugar?
    </p><p class="article-text">
        Mi abuela no le ten&iacute;a miedo a nada excepto a so&ntilde;ar con su padre sentado en la cabecera de la mesa. De un lado estaban los hermanos muertos, del otro, los que continuaban vivos. Doce hermanos y un padre comiendo como si se tratara de la &uacute;ltima cena, todos en silencio hasta que el hombre en la cabecera levantaba la voz para ordenar que tal o cual hermano pasara del otro lado de la mesa. Hab&iacute;a que obedecer: un hermano de los vivos se paraba de su silla y cruzaba del otro lado sin chistar para sentarse con el resto de los que ya se hab&iacute;an ido. Mi abuela sab&iacute;a que despu&eacute;s de ese sue&ntilde;o era cuesti&oacute;n de d&iacute;as para recibir la noticia de la muerte de ese hermano. Su sue&ntilde;o no fallaba nunca.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Mi abuela no le tenía miedo a nada excepto a soñar con su padre sentado en la cabecera de la mesa. De un lado estaban los hermanos muertos, del otro, los que continuaban vivos</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Nosotros, sus nietos, s&oacute;lo &eacute;ramos cuatro hermanos. Cuando alguno andaba resfriado, mi abuela y yo atraves&aacute;bamos esas mismas v&iacute;as para juntar hojas de eucaliptos, las lav&aacute;bamos bien y yo me sentaba en el patio de su casa con un repasador sobre las rodillas, para secar y separar hoja por hoja de los tallos. Mientras, ella preparaba la olla y la pon&iacute;a a hervir. Cuando echaba los manojos de hojas frescas al agua caliente, la casa se empapaba de la transpiraci&oacute;n de los eucaliptos y nosotros tambi&eacute;n. El aire tibio y h&uacute;medo se nos met&iacute;a en el cuerpo aliviando cualquier dolor de garganta o catarro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tampoco &iacute;bamos nunca al hospital. A lo sumo a la salita si hab&iacute;a un accidente, como cuando mi hermano perdi&oacute; las llaves y quiso meterse por la ventana con tanta mala suerte que un vidrio se le vino encima. En la salita le dieron siete puntos en la frente. Para todo lo dem&aacute;s estaban los curanderos. Las farmacias, en nuestro mundo, casi no exist&iacute;an.
    </p><p class="article-text">
        Los curanderos eran en su mayor&iacute;a mujeres que ven&iacute;an de las provincias sabiendo curar orzuelos, empachos, mal de ojo, y cuestiones del coraz&oacute;n. Todas mujeres, menos Nardo.
    </p><p class="article-text">
        Nardo era un hombre de unos cuarenta, con la piel m&aacute;s oscura que hab&iacute;a visto en mi vida. Cuando me apareci&oacute; un sarpullido rojo zigzague&aacute;ndome en el pecho, enseguida me llevaron a su consulta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;l le dijo a mi abuela que yo ten&iacute;a culebrilla y que hab&iacute;a que actuar en seguida porque era peligroso dejarla crecerme en la piel. Las noches siguientes, yo me quedaba mirando la cabeza de la culebra y la cola que se iba estirando por mi pecho, pese a los rezos de Nardo, de mi abuela y sus aceites. Una v&iacute;bora brillante como un tatuaje movedizo sobre mi cuerpo y que, si la cabeza llegaba a morderse la cola, iba a asfixiarme. Odiaba sacarme la remera adelante de Nardo y que viera como la pubertad comenzaba a estallarme el pecho mientras me pasaba aceites apestosos antes de empezar con las oraciones. Pero gracias a sus semanas de rezos la culebrilla fue aflojando de a poco. Ya no me quemaba tanto ni me hac&iacute;a picar y nosotras dos volvimos de a poco a la feria y a las v&iacute;as del tren.
    </p><p class="article-text">
        Si en vez de los trenes de pasajeros era un carguero, para los adultos era una fatalidad. Esas formaciones cortaban todos los cruces durante horas y era muy com&uacute;n que se quedaran parados. Pero a m&iacute; me encantaba juntar los granos de ma&iacute;z que esos trenes de carga derramaban entre las piedras grises que separaban los durmientes para, despu&eacute;s, hacerlos germinar y ver que de cada uno de ellos saliera una planta nueva.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
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        Esas peque&ntilde;as magias suburbanas siempre estuvieron cerca y yo me hab&iacute;a vuelto tan buena en el arte de germinar semillas en un frasco -con papel secante y algod&oacute;n h&uacute;medo, para plantarlas despu&eacute;s en la tierra desnuda del fondo de casa-, que me la pasaba buscando granos de ma&iacute;z del cruce. Ni siquiera me preocupaba si estaban esparcidos alrededor de un gallo partido al medio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la monoton&iacute;a del barro, los gallos partidos al medio de las macumbas eran una fiesta de colores. Lo &uacute;nico que no me gustaba era el rojo de la sangre y el de las velas.
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a le solt&eacute; la mano a mi abuela para ir a juntar granos de uno de esos gallos que los umbandas del barrio descartaban despu&eacute;s de un ritual en los cruces de caminos y ella me vio.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Granos sobre las vías                            </span>
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        -No le tengo miedo. No son nada-,&nbsp;desafi&eacute; a mi abuela con esa adolescencia naciente que hab&iacute;a empezado a rebelarme. Ella me contest&oacute; seria:
    </p><p class="article-text">
        -Con las macumbas no se jode. No vuelvas a tocarlas nunca m&aacute;s-.
    </p><p class="article-text">
        Yo me re&iacute;, mir&eacute; al animal y vi que le hab&iacute;an puesto billetes de cotill&oacute;n de esos que hab&iacute;a muchas veces adentro de las pi&ntilde;atas y para demostrar mi valent&iacute;a, saqu&eacute; uno. El suelo se me vino hacia la cabeza. En menos de un parpadeo y sin que ni siquiera llegara a poner los brazos antes de estrellarme contra la tierra, me abr&iacute; la frente y pagu&eacute; con mi propia sangre los peque&ntilde;os robos al gallo muerto.
    </p><p class="article-text">
        Hasta el d&iacute;a de hoy sigo sin tenerle miedo a las macumbas, pero s&iacute; mucho respeto. Ahora las colocan en el paso a nivel que queda tres cuadras antes del cruce que atraves&aacute;bamos mi abuela y yo. Ese lugar ya no existe hace a&ntilde;os y, sin embargo, est&aacute; grabado de tal manera en mi cabeza que podr&iacute;a recorrerlo horas repasando cada detalle. Tan cerca y tan lejano como el padre de mi abuela al que no llegu&eacute; a conocer nunca, y que quiz&aacute;s se aparezca alg&uacute;n d&iacute;a en mis sue&ntilde;os para pedirme que lo acompa&ntilde;e a cruzar del otro lado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>DR</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Dolores Reyes]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 21 May 2022 04:10:12 +0000]]></pubDate>
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