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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - El mar]]></title>
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      <title><![CDATA[Sobre el mar: nada puede pasarnos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/mar-pasarnos_129_9033576.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bdcd4460-dee5-41f5-ac2c-d93fd7e36bc3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sobre el mar: nada puede pasarnos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle"></p></div><p class="article-text">
        Estoy tratando de recordar la primera vez que fui al mar, o al menos la primera vez que me llegue a entrar en la memoria, porque s&eacute; que hasta que se muri&oacute; mi pap&aacute;, cuando yo ten&iacute;a cinco, verane&aacute;bamos en una casa de su familia en Punta del Este a la que despu&eacute;s medio que nos prohibieron la entrada, pero mis recuerdos empiezan justo en su muerte, as&iacute; que de esa casa no recuerdo nada. Pienso en despu&eacute;s: s&eacute; que una vez vine a Mar del Plata, al Hotel Manantiales, con mi mam&aacute; y mis hermanas, pero ya era un poco m&aacute;s grande. Antes de eso creo que un novio de mi mam&aacute; nos llev&oacute; a Santa Ana, en Uruguay, pero tampoco puede haber sido la primera vez, ni siquiera la primera vez despu&eacute;s de los cinco a&ntilde;os. En fin. No logro encontrar ninguna sensaci&oacute;n de virginidad en el mar. Ninguna memoria emotiva de descubrimiento. Tampoco tengo grandes historias de amor en el mar. No tengo relatos impulsivos de tipos que te conocen poco y te dicen de arrancarse a la playa, prefiero creer que esas cosas mucho no pasan para no suponer que no me pasan a m&iacute; o a<em> las chicas como yo</em>. Tengo algunas prolijas semanas en pareja, tengo viajes con amigas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace una semana escrib&iacute; sobre la soledad, y se ve que estoy obsesionada. <strong>No logro desatar el recuerdo del mar de la falta de autonom&iacute;a.</strong> Cuando era chica, irse a la playa era, como lo eran todos los viajes, perder la libertad; as&iacute; se sent&iacute;an las vacaciones para m&iacute;. Dejar el cuarto en el que dorm&iacute;a sola y ocupar uno con mi mam&aacute; y mis hermanas. Perder ese tiempo m&aacute;gico que aparec&iacute;a cuando mi mam&aacute; trabajaba y tener que convivir con la disponibilidad infinita de mi mam&aacute;. Lo escribo y me da culpa, sobre todo porque de grande me enter&eacute; de que no todo el mundo experiment&oacute; las vacaciones familiares de esa manera y lo m&iacute;o seguramente fuera alguna forma de respuesta postraum&aacute;tica; pero el postrauma es la &uacute;nica personalidad que conozco y la &uacute;nica vida interior que tengo, as&iacute; que si se trata de lo que siento sobre el mar es lo que puedo contar. Las sensaciones f&iacute;sicas de la playa se pegaban a eso que ya tra&iacute;a: la incomodidad de la arena en los pliegues de la piel, en lugar de ser aventura, era una met&aacute;fora del pegote que es la familia. No hab&iacute;a miedo a lo desconocido porque tampoco me dejaban meterme demasiado hondo, y yo era una nena demasiado flaca y friolenta para que me importara lo suficiente nadar y pelear por eso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hay solo dos partes del mar que recuerdo bien, en el sentido de recordarlas como buenas: la primera es el ruido de las olas que se rompen, que todav&iacute;a es mi cosa favorita del mar. Me parec&iacute;a m&aacute;gico, me parece m&aacute;gico, que algo blando pueda hacer tanto ruido. Si se lo cuento a mis amigas que creen en la astrolog&iacute;a calculo que dir&aacute;n algo sobre mi sol en piscis, mi Venus en piscis, mi <em>carta llena </em>de piscis, eso mismo que explica que <em>I fall in love too easily</em>, me enamoro de cualquiera como Chet Baker para despu&eacute;s pasarme la vida encerr&aacute;ndome en ba&ntilde;os para que nadie me hable, pero medio que ya lo dice la misma canci&oacute;n, <em>I fall in love too terribly hard </em>/ <em>For love to ever last</em>. Mis amigas dir&iacute;an eso, entonces, que por eso me gusta del mar que sea una cosa blandas que hace ruido. Yo creo que me hace acordar a los rollos de tela de mi barrio, que hacen un sonido maravilloso cuando los apoyan en los camiones o en el piso, y son la otra cosa que conozco que hace ruido sin ser dura. Y algo sobre el cuerpo, que seguro se relaciona con lo de ser pisciana y enamorarse mal: soy muy sensible a esos sonidos graves que te retumban en el centro del pecho, como el ruido del mar, los que se sienten adentro, en un lugar del que solo me hago consciente cuando escucho esas frecuencias. Los r&iacute;os, salvo que sean muy r&aacute;pidos, hacen sonidos m&aacute;s agudos que se te mueren en la superficie de la piel.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lo otro bueno que tiene el mar y que entiendo desde chica es la sal, m&aacute;s espec&iacute;ficamente, la sensaci&oacute;n de la sal del mar en las heridas abiertas. Siempre tengo heridas abiertas: me lastimo con mis propias u&ntilde;as largas, las que antes me dejaba crecer para morderlas y hoy llevo largas y sin pintar para tocar la guitarra. Tambi&eacute;n soy de caerme y chocarme con las cosas, de tener frutillas, raspones, cut&iacute;culas sueltas, ampollas. Suelo tener tantas roturas en el cuerpo que ni siquiera s&eacute; cu&aacute;ntas tengo a la vez, hoy mismo no s&eacute; exactamente cu&aacute;ntos moretones tengo en las piernas, y lo que me parec&iacute;a espectacular era que entraba al mar y ah&iacute; s&iacute; pod&iacute;a contarlas todas. No las sent&iacute;a en general: sent&iacute;a arder la sal en cada una. El mar me dibujaba en el cuerpo un mapa de todo lo abierto que me quedaba. Desde siempre es eso lo que me gusta del dolor: en un mundo ambiguo, el dolor pone todo en su lugar. <strong>El dolor sirve para encontrar los lugares donde pasan las cosas.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Es invierno. No hay chances de remojar las cicatrices, pero vine a Mar del Plata a trabajar, la forma que descubr&iacute; de estar sola sin que nadie me pregunte por qu&eacute;; o m&aacute;s bien, sin yo preguntarme por qu&eacute;, quiero decir, ya soy grande y s&eacute; que a nadie le importa lo que hago o dejo de hacer ni con qui&eacute;n estoy o dejo de estar. Es invierno y no se entra al mar pero se lo escucha, y duermo sola y nadie sabe lo que hago mientras no tengo que estar en alguna de las mesas o las lecturas. Camino al lado del agua, en p&uacute;blico y a la vista de todos pero con la tranquilidad que en la infancia y la adolescencia solo encontraba leyendo en el piso del ba&ntilde;o con la puerta trabada. Caminando reci&eacute;n descubr&iacute; otra cosa que me gusta del mar: el olor a arena y sal, un olor que no es limpio, como los olores que me gustan a m&iacute; que desprecio los perfumes porque no te dejan oler las personas y las cosas. De las frases que me resuenan me aparece la de la telenovela esa, <em>Verano del 98</em>, que mir&eacute; en alg&uacute;n hotel de playa en el verano correspondiente, se me mezclan siempre las frases de los libros y las canciones con las de las telenovelas porque en esa &eacute;poca para m&iacute; toda la cultura era lo mismo, los mejores a&ntilde;os de mi mente: nada nos puede pasar. &nbsp; 
    </p><p class="article-text">
        <em>TT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/mar-pasarnos_129_9033576.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 May 2022 03:03:05 +0000]]></pubDate>
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