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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Forestación]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Forestación]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Villa Paranacito: pese a todo, todavía hay vida en el humedal (y se pelea por ella)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/villa-paranacito-pese-todavia-hay-vida-humedal-pelea_1_9033533.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/dc968b7a-1e81-424d-859c-9091e457f2c8_16-9-discover-aspect-ratio_default_1048900.jpg" width="880" height="495" alt="Villa Paranacito: pese a todo, todavía hay vida en el humedal (y se pelea por ella)"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Es la puerta de acceso a uno de los grandes humedales y la mayor cuencia productora de álamos de la Argentina. La cooperativas del delta entrerriano alternan la forestación con la ganadería, una actividad que llegó en los últimos años a la región. Los productores advierten que todo lo que se está discutiendo en el Congreso en torno a una nueva Ley de Humedales los ignora por completo. Y se rebelan a lo que parece un destino sellado.</p></div><p class="article-text">
        En la cooperativa de productores del delta entrerriano, cuya sede se ubica cuando termina la costanera de Villa Paranacito, los directivos est&aacute;n de reuni&oacute;n y por eso nos entretenemos mirando las cosas que se venden a los m&aacute;s de 150 socios desde un peque&ntilde;o galp&oacute;n: hay enormes machetes, botas de goma, motores fuera de borda y alg&uacute;n producto veterinario. Estamos en la<strong> puerta de entrada a uno de los grandes humedales que tiene la Argentina.</strong> La sede social de la entidad da directamente al r&iacute;o. Algunos clientes suelen llegar por tierra, pero la mayor&iacute;a lo hace por agua.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El oto&ntilde;o maquilla al delta con colores de ensue&ntilde;o. Si Mendoza es hermosa en esta &eacute;poca del a&ntilde;o, esta zona del sur entrerriano, equidistante de los diferentes brazos del Paran&aacute; y del r&iacute;o Uruguay, no tiene nada que envidiarle. <strong>Es que esta es la mayor cuenca productora de &aacute;lamos de la Argentina.</strong> Las hojas de ese &aacute;rbol caen plateadas sobre el c&eacute;sped, mientras el r&iacute;o se llena de camalotes y de otras plantas acu&aacute;ticas que descontroladas van estrechando los cauces por donde deben pasar las embarcaciones. &ldquo;Ser&aacute; as&iacute; hasta la primera helada&rdquo;, nos dicen. La primera gran helada matar&aacute; esas plantas y despejar&aacute; los caminos.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                José Jacobsen, nieto de daneses en Entre Ríos.                            </span>
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        Jos&eacute; Jacobsen sale a nuestro encuentro, apurando el final de la reuni&oacute;n porque ellos est&aacute;n muy interesados en mostrar su realidad a los periodistas, porque <strong>creen que todo lo que se est&aacute; discutiendo en torno a una nueva Ley de Humedales los ignora por completo</strong> y temen que los legisladores terminen dictando una ley que omita por completo la opini&oacute;n de los habitantes. Jos&eacute; es el presidente de la cooperativa y ya forma parte tambi&eacute;n del paisaje: su abuelo lleg&oacute; de Dinamarca y se instal&oacute; en el sur bonaerense hasta que a fines de los a&ntilde;os 20, viajando en tren de Necochea a Buenos Aires, se cruz&oacute; con un extra&ntilde;o que lo tent&oacute; ofreci&eacute;ndole las escrituras de 700 hect&aacute;reas de campos en el delta de Entre R&iacute;os, sobre el Brazo Chico. El viejo Jacobsen acept&oacute; con temeridad y muy pronto estaba abriendo surcos a machete para instalarse con su familia. Luego llegaron los t&iacute;os, los primos, los hermanos. La colonia danesa de isle&ntilde;os es desde entonces una de las m&aacute;s numerosas y activas.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                José Luis Peter, descendiente de alemanes.                            </span>
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        Los descendientes de los alemanes que se instalaron en el delta tambi&eacute;n son bastantes. Jos&eacute; Luis Peter es uno de ellos y su familia tiene en las islas casi tanto tiempo o m&aacute;s que la de Jacobsen: son hist&oacute;ricos vecinos aunque sus casas queden en diferentes islas y a media hora de lancha de distancia. El abuelo y el padre de Peter se dedicaron casi siempre a la forestaci&oacute;n pero tambi&eacute;n al transporte fluvial, ya sea de madera o m&aacute;s recientemente del ganado que comenz&oacute; a poblar este lugar de la Argentina. Seg&uacute;n datos oficiales hubo casi 350 mil cabezas en el departamento Islas del Ibicuy, que incluye esta zona.<strong> Luego de la &uacute;ltima gran crecida de 2016 hubo que evacuar y ahora quedan 240 mil.&nbsp;</strong>
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                Mapa catastral de Villa Paranacito.                            </span>
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        Peter nos muestra el mapa catastral de Villa Paranacito que est&aacute; colgado en la oficina local del Senasa. Se percibe a simple vista que este lugar de la Argentina alberg&oacute; a mucha gente y en alg&uacute;n tiempo<strong> registr&oacute; un acelerado proceso de divisi&oacute;n de la propiedad:</strong> m&aacute;s cerca del pueblo las fincas son peque&ntilde;as pero largas, van desde la orilla del r&iacute;o a la espesura de cada isla. Los campos m&aacute;s grandes reci&eacute;n comienzan a aparecer un poco m&aacute;s al norte, yendo hacia Ceibas, donde la tierra parece un poco m&aacute;s firme. De all&iacute; hacia Diamante, recostado sobre el Paran&aacute;, el delta entrerriano <strong>matiza con miles de hect&aacute;reas de campos que todav&iacute;a son fiscales. </strong>Peter nos dice que suele ser all&iacute; donde se originan los incendios que cada tanto inundan de humo las grandes ciudades.&nbsp;
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                Un tacón de árbol recién cortado.                            </span>
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        Aprendemos que los tacones de los &aacute;rboles reci&eacute;n cortados muestran en tonos m&aacute;s oscuros o azulados los a&ntilde;os que pasaron bajo la inundaci&oacute;n. <strong>En todas las charlas con los isle&ntilde;os es recurrente la invocaci&oacute;n a las grandes crecientes</strong>. Es que ellas explican por s&iacute; solas muchas de las cosas que han sucedido en el lugar y tambi&eacute;n el acelerado proceso de despoblamiento de las islas, donde en los buenos tiempos lleg&oacute; a haber once clubes sociales y deportivos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los ciclos econ&oacute;micos y productivos tienen mucho que ver con la inundaci&oacute;n y sobre todo con <strong>cu&aacute;nto tiempo le llev&oacute; a las islas volver a emerger de abajo de las aguas</strong>. Hubo una grande en los a&ntilde;os 50 que arras&oacute; con casi toda la cultura frutihort&iacute;cola desplegada por los abuelos de Jacobsen y de Peter, y de muchos otros productores que aprovechaban la cercan&iacute;a de Buenos Aires para cosechar frutas y verduras que se descargaban luego en el puerto de frutos de Tigre.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                La forestación como opción de supervivencia en Villa Paranacito, hoy aletargada.                            </span>
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        A partir de all&iacute; apareci&oacute;<strong> la forestaci&oacute;n como opci&oacute;n de supervivencia:</strong> la instalaci&oacute;n de las grandes empresas celul&oacute;sicas (una de ellas es la controvertida Papel Prensa, que tiene su planta en San Pedro), provoc&oacute; que el delta se convirtiera en la principal cuenca de salic&aacute;ceas del pa&iacute;s. Los &aacute;lamos y sauces crecen r&aacute;pido y ofrecen una madera blanda que puede ser f&aacute;cilmente procesada para convertirla en papel.
    </p><p class="article-text">
        La gran creciente de 1983, con el regreso de la democracia, dur&oacute; mucho m&aacute;s tiempo y <strong>provoc&oacute; heridas muy profundas: todo se inund&oacute; por largos meses.</strong> Los m&aacute;s de treinta aserraderos que exist&iacute;an en las islas y compet&iacute;an por la madera disponible con las grandes celulosas no pudieron continuar con su actividad. Hoy solo permanecen activas dos plantas que trabajan con el &aacute;lamo, una madera que antes se utilizaba mucho para hacer cajas (por ejemplo, las de cerveza o las de gaseosa) y ahora es requerida para la confecci&oacute;n de econ&oacute;micos ata&uacute;des. Esas dos empresas est&aacute;n ubicadas a reparo de las aguas, en el camino de acceso a Villa Paranacito. Con semejante cuadro tambi&eacute;n <strong>la forestaci&oacute;n ingres&oacute; en un periodo declinante del que todav&iacute;a no puede resurgir.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Los socios de la cooperativa de productores est&aacute;n interesados en nuestra visita porque les permitir&aacute; mostrar qu&eacute; tanto queda de todo aquello, pero sobre todo las chances productivas que -aseguran- sigue teniendo este enorme humedal que muchos ambientalistas quieren congelar y convertir en un santuario donde no pueda hacerse casi nada.Nos llevar&aacute;n a recorrer las islas y para nuestro asombro lo primero que hacen es invitarnos a subir a una camioneta. Es que un poco m&aacute;s all&aacute; de la cooperativa desde hace unos pocos a&ntilde;os funciona una balsa que nos permitir&aacute; cruzar el r&iacute;o hasta la isla 9. El barco v&aacute; y viene, de una orilla a la otra, y es capaz de cargar grandes camiones repletos de rollizos. Conseguir la balsa cost&oacute; sangre, sudor y l&aacute;grimas a los pobladores del lugar, tanto como ahora les cuesta el gasoil que permite encender los motores. Pero mucho m&aacute;s tiempo y trabajo les llev&oacute; convencer al departamento de Vialidad de que hab&iacute;a que hacer un camino que rodeara toda esa gran isla, conectando a los vecinos tambi&eacute;n por tierra.
    </p><p class="article-text">
        La obra llev&oacute; d&eacute;cadas y todav&iacute;a no est&aacute; concluida, no cerr&oacute; el c&iacute;rculo. Pero todos aqu&iacute; coinciden en que ya transform&oacute; por completo la relaci&oacute;n entre los isle&ntilde;os y el entorno natural que los contiene. La met&aacute;fora del plato nos fue muy &uacute;til para comprenderlo. En su estado natural, las islas del delta son como un plato playo y sus bordes suelen ser un poquito m&aacute;s elevados que el centro. Para trazar el camino circundante es necesario hacer un alteo que convierte la isla en un plato sopero: los bordes se elevan artificialmente y el interior queda m&aacute;s protegido de los desbordes. Es el principio de un incipiente proceso de manejo de las aguas.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Carlos Schaaber. Su familia llegó a las islas en el primer gobierno de Juan Perón, a fines de los 40.                            </span>
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        Carlos Schaaber tiene apellido alem&aacute;n pero en realidad su familia lleg&oacute; a las islas en el primer gobierno de Juan Per&oacute;n, a fines de los 40, desde la provincia del Chaco. All&iacute; con el correr de los a&ntilde;os su padre pudo montar un almac&eacute;n de ramos generales de esos que ofrecen de todo, incluyendo dos viejos surtidores para que las lanchas repongan combustible. Hoy tiene 83 a&ntilde;os y su hijo atiende el negocio, mientras su nieta le hace reportajes jugando a ser periodista para un trabajo escolar. <strong>Son cuatro generaciones de isle&ntilde;os a los que el camino les facilit&oacute; mucho la vida. </strong>Carlos conserva la historia viva de esa gesta en una vieja carpeta llena de documentos. La del camino fue sin duda la lucha m&aacute;s importante de su vida.
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                El cementerio de Villa Paranacito.                            </span>
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        El cementerio de Villa Paranacito est&aacute; ubicado cerca del viejo almac&eacute;n, en la misma isla. Hasta que lleg&oacute; el camino interno, los cortejos f&uacute;nebres se formaban con botes y lanchas (existe todav&iacute;a incluso una embarcaci&oacute;n mortuoria) porque solo se pod&iacute;a llegar por agua hasta al lugar. Los ata&uacute;des se bajaban a un amplio muelle hecho de largas maderas que se hund&iacute;an en las aguas marrones. Jacobsen y Peter conversan entre ellos: que all&iacute; est&aacute; enterrado mi padre, que m&aacute;s all&aacute; est&aacute; el cuerpo de mi abuelo.<strong> Ellos mismos confiesan que jam&aacute;s se ir&iacute;an y que quieren terminar sus d&iacute;as en este mismo lugar.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El mapa productivo desde 1935 hasta la fecha viene de la mano de las familias productoras. Reci&eacute;n a partir de los 70 se instalan dos empresas importantes (en referencia a Papel Prensa y a Celulosa Argentina), pero en el departamento alrededor de 60% de las explotaciones pertenecen a la agricultura familiar&rdquo;, nos dice Hugo Benav&iacute;dez, que es t&eacute;cnico del INTA de Villa Paranacito y un estudioso de la constante evoluci&oacute;n de las islas. <strong>Al letargo de la forestaci&oacute;n, el especialista remarca que se ha sumado en los &uacute;ltimos quince a&ntilde;os una nueva posibilidad, que es la ganader&iacute;a.</strong> En el INTA apuestan sobre todo a los planteos silvopastoriles, que son los que combinan bosques con bovinos, y que hasta imaginan vendiendo bonos de carbono al actuar como sumideros. &ldquo;La ganader&iacute;a no es antag&oacute;nica a la forestaci&oacute;n y por suerte en los &uacute;ltimos a&ntilde;os tambi&eacute;n se han advertido efectos beneficiosos de este planteo conjunto&rdquo;, informa Hugo.
    </p><p class="article-text">
        Ahora s&iacute; nos subimos a una lancha y surcamos las aguas marrones a gran velocidad: mucho menos suntuosas, finalmente son ellas las 4x4 de los productores de las islas. Nos metemos en el brazo Bravo del Paran&aacute; y nos sentimos &iacute;nfimos en medio de la enorme masa de agua que fluye debajo nuestro. Desde hace mucho tiempo que las lanchas colectivas no prestan servicio en<strong> la zona de Villa Paranacito porque la mayor parte de la poblaci&oacute;n ahora vive del empleo p&uacute;blico y ha migrado hacia &ldquo;el pueblo&rdquo;</strong>, dejando taperas en muchas islas. Los que aguantan all&iacute; viven o de las actividades productivas, o de la pesca, o acaso de un incipiente desarrollo del turismo. Todas esas actividades son m&aacute;s sencillas en aquellas zonas del delta donde, como aquel camino, la mano del hombre ha hecho algunos &ldquo;ataja repuntes&rdquo;, como llaman los lugare&ntilde;os a los peque&ntilde;os diques para regular las aguas y que a la vez hacen de caminos internos y les permiten dominar el territorio.
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                    alt="Los jóvenes Gottert. La ganadería, una chance para no tener que migrar del lugar."
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                Los jóvenes Gottert. La ganadería, una chance para no tener que migrar del lugar.                            </span>
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        En la casa de la familia Gottert, el abuelo Don M&aacute;ximo recuerda an&eacute;cdotas que reflejan la intensa vida social que exist&iacute;a en aquellas islas de anta&ntilde;o, donde incluso se sol&iacute;an hacer bailes de carnaval. Fue all&iacute; donde &eacute;l se anim&oacute; a cortejar (aunque quiz&aacute;s haya sido al rev&eacute;s) a una joven danesa pelirroja, que terminar&iacute;a siendo la madre de sus cinco hijos. Uno de ellos es Haraldo Gottert, que sigue al frente de la explotaci&oacute;n familiar de unas 300 hect&aacute;reas. All&iacute; conviven una hermosa forestaci&oacute;n de &aacute;lamos que se acercan a la anhelada &eacute;poca de corte (tardan al menos 15 a&ntilde;os en lograr su estatura comercial), con un rodeo de vacas de cr&iacute;a que manejan sus j&oacute;venes hijos.<strong> Es la conjunci&oacute;n de actividades de la cual nos hablaba Benav&iacute;dez. </strong>Los chicos andan de a caballo, pero con botas de goma. <strong>Parece una postal gauchesca de San Antonio de Areco, pero entre bosques y en medio del gran humedal.</strong>
    </p><p class="article-text">
        El planteo productivo de los Gottert es la s&iacute;ntesis perfecta del paso del tiempo por <strong>este delta bendecido por la naturaleza y maldecido tambi&eacute;n de vez en cuando, en &eacute;pocas de creciente</strong>. El abuelo se radic&oacute; cuando esta zona funcionaba como la huerta de los porte&ntilde;os, el padre creci&oacute; al amparo de un modelo m&aacute;s industrial que requer&iacute;a madera para celulosa y los nietos <strong>ven en la ganader&iacute;a una buena chance para no tener que migrar del lugar</strong>, pues logran interesantes &iacute;ndices reproductivos alimentando a su plantel de madres con un pastizal natural que de otro modo se acumular&iacute;a y ser&iacute;a materia altamente combustible demasiado peligrosa en tiempos de sequ&iacute;a. Ellos mismos ya lo vivieron y perdieron muchos &aacute;rboles en un feroz incendio que no pudieron controlar. Por eso Haraldo acept&oacute; finalmente incorporar las vacas.<strong> &ldquo;Son el mejor bombero que hay&rdquo;,</strong> reconoce ante la mirada c&oacute;mplice de sus hijos.&nbsp;
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                Juan Antonio González. Cría 50 vacas y otras tantas ovejas en su pequeño campo                            </span>
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        Juan Antonio Gonz&aacute;lez, de 63 a&ntilde;os, no tiene registro de cu&aacute;ndo sus antepasados llegaron a las islas. Irrefutablemente criollo, &eacute;l tambi&eacute;n cr&iacute;a 50 vacas y otras tantas ovejas en su peque&ntilde;o campo ubicado en la Isla n&uacute;mero 6, que a diferencia de la 9 nunca ha recibido los beneficios de tener un camino. Como todos aqu&iacute;, Gonz&aacute;lez sabe que las retroexcavadoras ser&aacute;n bienvenidas. No celebra el hecho de que en su isla no se haya podido mover todav&iacute;a la tierra para hacer mejores protecciones. &ldquo;Donde usted puede cerrar el campo, pueda hacer un ataja repunte, ah&iacute; s&iacute; que el campo empieza a servirle, y tres veces m&aacute;s que lo que sirve cuando es campo natural&rdquo;, afirma.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Vamos volviendo hacia la Villa. Pero Peter se reserv&oacute; la parada final para mostrarnos un viejo campo que ha comprado su familia de la quiebra de una empresa forestal a muy bajo precio, porque suele inundarse ante una m&iacute;nima creciente. Salvo por los descuidados sauces all&iacute; plantados, est&aacute; en estado casi virgen y se nos hace muy dif&iacute;cil descender de las lanchas. Ni bien lo logramos, los mosquitos del atardecer nos rodean y se hacen un festival. Podemos caminar unos metros al interior de la isla solo porque hay un viejo tendido de v&iacute;as oxidadas, por donde circulan algunos carros que se utilizan para sacar la madera del lugar acerc&aacute;ndola hacia la orilla. Caminamos sobre los rieles. De otro modo ser&iacute;a casi imposible ingresar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Antes de la d&eacute;cada del 90 el mayor porcentaje de las islas eran como esto, al menos en esta zona de Entre R&iacute;os. No hab&iacute;a manejo del agua. Pero, bueno, esto tiene su contratiempo. Ac&aacute; no pod&eacute;s poner un tractor ni ning&uacute;n tipo de m&aacute;quina. Tampoco pod&eacute;s traer hacienda. Esto es inundable, no tiene ninguna defensa, no tiene ning&uacute;n reparo&rdquo;, nos muestra. <strong>El entorno es hostil, sin duda. Peter dice que hasta la fauna aut&oacute;ctona de la zona prefiere ir a pasar sus d&iacute;as en campos m&aacute;s confortables.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Emprendemos nuestro regreso y las conclusiones son casi obvias: <strong>todav&iacute;a hay vida en el humedal. </strong>La hubo mucho m&aacute;s antes que ahora y los que quedan se ilusionan con que se podr&iacute;a recuperar. Nos dicen los productores que hay una enorme porci&oacute;n del delta entrerriano que est&aacute; casi despoblada e improductiva, expuesta a cazadores furtivos e incendios. Afirman que ellos, los pobladores, son los mejores custodios de este entorno natural. <strong>Piden un plan.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Jacobsen, que lleva toda su vida all&iacute;, <strong>se rebela ante una derrota que parece cantada.</strong> Y lo mismo sucede con Peter y con tantos otros m&aacute;s. &ldquo;Con una Ley de Humedales de las m&aacute;s duras, como las que proponen la mayor&iacute;a de los proyectos, nosotros <strong>no vamos a poder producir y no vamos a existir m&aacute;s</strong>. Esto no es tierra fiscal, esto es una propiedad, pagamos impuesto inmobiliario, Ingresos Brutos, IVA y Ganancias. Pagamos todos los impuestos que hay. Con una ley que no te permita trabajar, todo eso no se va a poder cobrar m&aacute;s. Todos los proyectos de ley dicen que hasta 5% del Presupuesto Nacional se destinar&iacute;a para el cuidado de los humedales. Con esa plata me parece que se podr&iacute;an hacer un mont&oacute;n de obras para poder repoblar la zona. Y creo que <strong>el Estado deber&iacute;a hacer hincapi&eacute; en la forestaci&oacute;n que es una actividad que genera trabajo, captura carbono </strong>y bueno, que se yo. Yo lo que har&iacute;a si fuese Estado ser&iacute;a promover la producci&oacute;n en vez de prohibirla&rdquo;, expone Jos&eacute; Luis antes de lanzar la amarra hacia el muelle y comenzar la despedida.
    </p><p class="article-text">
        <em>CC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Matías Longoni]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 May 2022 03:01:56 +0000]]></pubDate>
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