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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Adultez]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/adultez/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Adultez]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Fiestas de egresados]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fiestas-egresados_129_12857656.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5cc0f785-0119-42fe-8b99-b00ad01b126e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Fiestas de egresados"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">
¿Será que estamos destinados a regresionar hasta esa etapa efusiva y dilapidatoria que es la adolescencia? ¿El “egreso” será el único ritual que nos va quedando y, por lo tanto, se lo usa para todo?</p></div><p class="article-text">
        Hace poco un amigo me cont&oacute; que despu&eacute;s de una jornada profesional sobre consumos problem&aacute;ticos, el evento concluy&oacute; con una fiesta en la que estuvieron todos drogados. Lo que &eacute;l se&ntilde;alaba era la contradicci&oacute;n entre lo planteado en un &aacute;mbito y lo realizado en el otro, pero lo que a m&iacute; interes&oacute; fue otra cuesti&oacute;n: &iquest;por qu&eacute; no pudieron celebrar de otro modo?
    </p><p class="article-text">
        Unos d&iacute;as despu&eacute;s vi en las redes el video de un casamiento al que los novios llegaban a las corridas y dando saltos y, cada uno con su grupo de amigos, se abrazaron y terminaron en una especie de pogo al grito de &ldquo;Eh eh eh&rdquo;. Es una de las cosas m&aacute;s extra&ntilde;as que vi en el &uacute;ltimo tiempo. La celebraci&oacute;n de un matrimonio parec&iacute;a una fiesta de egresados.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Por cierto, es notable c&oacute;mo en los &uacute;ltimos a&ntilde;os se festejan no solo los egresos de los secundarios, sino tambi&eacute;n el fin de la primaria y, m&aacute;s recientemente, la salida del jard&iacute;n de infantes. Seguramente ustedes tambi&eacute;n han visto ni&ntilde;os con buzos de &ldquo;egresaditos&rdquo; y alg&uacute;n nombre o apodo estampado en la espalda.
    </p><p class="article-text">
        Es evidente que no son los ni&ntilde;os los interesados en esa promoci&oacute;n. Somos nosotros, los padres, los que proyectamos alg&uacute;n tipo de emoci&oacute;n en esa instancia de pasaje. Ahora bien, &iquest;cu&aacute;l es el motivo por el que el pasaje se vive con la f&oacute;rmula del egreso? &iquest;De qu&eacute; ser&aacute; que no podemos salir, para festejar de este modo?
    </p><p class="article-text">
        Para los adolescentes se trata de un acto comprensible; se trata de un ritual que celebra la mayor&iacute;a de edad. El egreso determina el pasaje al mundo adulto y, como todo rito, va de la mano de excesos que los j&oacute;venes toman de la parodia adulta (consumos de sustancias m&aacute;s o menos prohibidas).
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Cu&aacute;l es la adultez en juego para un ni&ntilde;o que termina el jard&iacute;n de infantes o la escuela primaria? Como dije antes, somos m&aacute;s bien nosotros, los padres, los que &ndash;pareciera que&ndash; tenemos que hacer un duelo para aceptar una p&eacute;rdida, del ni&ntilde;o peque&ntilde;o, del advenimiento a la pubertad, etc. 
    </p><p class="article-text">
        El punto es que hacemos ese duelo con una exaltaci&oacute;n juvenil. &iquest;Ser&aacute; que no somos lo suficientemente adultos, como para que nuestros hijos crezcan? Por otro lado, &iquest;por qu&eacute; tantas fiestas de fin de a&ntilde;o laborales toman la forma de remedos de fiestas de egresados? Lo dicho al principio sobre una jornada profesional se extiende a muchos casos en estos d&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        Un hombre me cuenta que organiza la fiesta de fin de a&ntilde;o de su empresa. Es en un t&iacute;pico boliche para j&oacute;venes y contratan a una banda de las que suelen tocar en el Movistar Arena. Se tiene la impresi&oacute;n de que es algo distinguido. Uno de los gerentes avisa que llevar&aacute; pastillas y se produce gran expectativa entre los empleados.
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo algunas fiestas de fin de a&ntilde;o de otra &eacute;poca, cuando lo interesante &ndash;para m&iacute;&ndash; era poder ver a alguno de mis jefes en un rol que no fuera el formal. Ah&iacute; conoc&iacute;a, detr&aacute;s del jefe, al padre, al hombre, la sensibilidad detr&aacute;s de la norma, un gusto singular (quiz&aacute;s alg&uacute;n hobbie) detr&aacute;s de la instrucci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Ser&aacute; que, en este mundo sin padres ni hombres, estamos destinados a regresionar hasta esa etapa efusiva y dilapidatoria que es la adolescencia? El egreso &iquest;ser&aacute; el &uacute;nico ritual que nos va quedando y, por lo tanto, se lo usa para todo? Lejos de una ampliaci&oacute;n de la capacidad de disfrute, esto habla de todo lo contrario.
    </p><p class="article-text">
        En este punto, &iexcl;quiero aclarar que no estoy en contra de las fiestas! S&iacute; me pasa que no me est&aacute;n gustando las fiestas de hoy, cuando todo se festeja de la misma manera. Tengo m&aacute;s bien la impresi&oacute;n de que la madurez no implica dejar de ir o hacer fiestas; su esencia est&aacute; en reconocer que los modos del festejo se diversifican. 
    </p><p class="article-text">
        Es cierto que, cada tanto, alguien puede mandarse una regresi&oacute;n a la juventud y vivir la noche del recuerdo (como cuando se junta con los amigos del secundario), pero ese revival es acartonado y su valor est&aacute; en la eventualidad. Otra cosa es la fiesta de egresados devenida en modelo de simbolizaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Los adultos de esta &eacute;poca parecemos capturados en una madurez larvada, que no termina de hacer el pasaje y, por lo tanto, precisa recrearlo indefinidamente. Nos dedicamos a nuestros asuntos m&aacute;s o menos serios, pero despu&eacute;s tenemos que festejarlos de un modo que los ponga en cuesti&oacute;n &ndash;como si esa seriedad fuera artificial.
    </p><p class="article-text">
        Este es el prejuicio adolescente de creer que madurar es perder espontaneidad, resignar y hacer cosas obligadas. La ritualidad de la fiesta de egresados es una desmentida de nuestra adultez, que nos incomoda, a la que no le terminamos de creer. Creemos que ser grandes es hacer cosas de grandes, no serlo.
    </p><p class="article-text">
        LL/MF
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fiestas-egresados_129_12857656.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Dec 2025 09:22:00 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La peluquería como territorio: belleza, cuidado y autonomía después de los 80]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/punto-de-encuentro/peluqueria-territorio-belleza-cuidado-autonomia-despues-80_3_12632633.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bacc52b6-11b1-4f73-8dc9-cb01ddd573d8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La peluquería como territorio: belleza, cuidado y autonomía después de los 80"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En las sillas de dos peluquerías de barrio, mujeres mayores se encuentran, se cuidan y se reconocen. Las fotografías de María Eugenia Cerutti registran un tiempo lento donde la coquetería se vuelve afirmación, la complicidad se convierte en intimidad y el cuidado propio en resistencia frente a la invisibilidad.</p></div><p class="article-text">
        En una peluquer&iacute;a de barrio el tiempo parece correr distinto. No es solo el ritmo de los secadores o el olor a tintura lo que marca esos minutos: es la posibilidad de estar, de cuidarse, de reconocerse. Mujeres de m&aacute;s de 80, algunas mayores de 90, ocupan las sillas como quien encuentra un espacio propio en el mundo. Algunas llegan solas. Otras acompa&ntilde;adas por sus cuidadoras que las dejan por algunas horas y luego vendr&aacute;n a buscarlas. Unas horas de autonom&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Son tambi&eacute;n unas horas de cuidado: las peluqueras entienden lo que ese espacio representa en la vida de sus clientas y lo resguardan. A veces ellas mismas van a buscarlas si tienen dificultad para llegar solas hasta el local.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La fot&oacute;grafa Mar&iacute;a Eugenia Cerutti retrat&oacute; estos encuentros a lo largo de varios d&iacute;as en peluquer&iacute;as de Colegiales y Almagro. La peluquer&iacute;a puede parecer un territorio lleno de mandatos e ideas arquet&iacute;picas de lo femenino. Al poner la mirada en mujeres de m&aacute;s de 80 Cerutti dio con un espacio que es tambi&eacute;n comunidad.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Qu&eacute; lindo verte&rdquo;, le dice una se&ntilde;ora a otra. Son amistades de ocasi&oacute;n, intimidades que se construyen bajo una rutina de peinado y que a veces tienen continuidad fuera de la peluquer&iacute;a. Los servicios que se hacen son los t&iacute;picos: lavado, corte, tintura y manos. Pero all&iacute; hay algo m&aacute;s que belleza: &ldquo;Queremos estar lindas aunque nadie nos mire&rdquo;, dice una de ellas. Otra confiesa: &ldquo;Salgo de ac&aacute; y soy otra&rdquo;. La peluquer&iacute;a se vuelve un territorio de afirmaci&oacute;n, un espacio donde la coqueter&iacute;a se convierte en resistencia frente a la invisibilidad que suele acompa&ntilde;ar la edad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Estas mujeres representan una generaci&oacute;n bisagra: sostuvieron mandatos, desafiaron otros y se encuentran aqu&iacute; solo por esa coincidencia de turno y coqueter&iacute;a compartida. La peluquer&iacute;a funciona como una l&iacute;nea de ensamblaje por la que ellas van circulando, una coreograf&iacute;a de belleza donde el movimiento de las sillas y de los cuerpos se acompa&ntilde;a de conversaciones, silencios y miradas c&oacute;mplices.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hablan de sus vidas, de su juventud, de cuando se casaron, y tambi&eacute;n de sus familias hoy. Se muestran fotos de nietos, se escuchan historias de resiliencia: &ldquo;Me cuido mucho el pelo porque pas&eacute; 80 sesiones de quimioterapia&rdquo;, explica una. &ldquo;Te gano: yo pas&eacute; 120&rdquo;, responde otra. Se miran y se entienden. Es otra manera de hablar de lo que seguramente fueron experiencias dif&iacute;ciles. Una de ellas agrega: &ldquo;La visi&oacute;n de la vida me cambi&oacute; despu&eacute;s del c&aacute;ncer, ahora soy m&aacute;s agradecida&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El trabajo de Cerutti permite mirar este universo con atenci&oacute;n: mostrar que el cuidado, la autonom&iacute;a y los rituales de intimidad no desaparecen con la edad. La peluquer&iacute;a no es solo un espacio de belleza; es un territorio de memoria, de encuentro, de resistencia y de visibilidad. Un lugar donde el tiempo lento, el cuidado propio y la complicidad entre mujeres mayores se vuelven profundamente significativos, y donde cada gesto, cada conversaci&oacute;n y cada corte de pelo cuentan una historia de vida.
    </p><p class="article-text">
        <em>MEC / MA</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[María Eugenia Cerutti]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/blog/punto-de-encuentro/peluqueria-territorio-belleza-cuidado-autonomia-despues-80_3_12632633.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Sep 2025 03:01:27 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La peluquería como territorio: belleza, cuidado y autonomía después de los 80]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Punto de encuentro,Peluqueros,Adultez]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La falsa adultez]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/falsa-adultez_129_12536446.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e5088f6e-7930-450d-8209-4b2045553f5f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La falsa adultez"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un hombre de mediana edad atraviesa un pasaje trunco hacia la adultez: su regresión narcisista lo lleva a que solo encuentra placer cuando está solo porque los estímulos sociales lo agobian y el trabajo ya no lo desafía para nada.</p></div><p class="article-text">
        Un hombre cuenta que hace tiempo que no est&aacute; bien. Solo encuentra placer cuando est&aacute; solo. Atraviesa lo que se llama &ldquo;mediana edad&rdquo; y &ndash;recuerda&ndash; dej&oacute; atr&aacute;s esos a&ntilde;os en que salir de noche era una opci&oacute;n esperada.
    </p><p class="article-text">
        En un primer momento, por cierta rigidez de car&aacute;cter y desvalorizaci&oacute;n de los afectos, pude pensar que se trataba del &ldquo;t&iacute;pico var&oacute;n obsesivo&rdquo; y, en particular, destaco lo de obsesivo, como forma de neurosis. Luego pens&eacute; que estaba haciendo un diagn&oacute;stico sin tener en cuenta para qu&eacute; lo quer&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Asimismo, hab&iacute;a un rasgo que &ndash;justamente&ndash; no estaba presente (es decir, no estaba ese rasgo) y que hubiera sido definitivo para hablar de neurosis obsesiva: la duda, respecto de uno o varios actos que reclaman alguna decisi&oacute;n. De todos modos, como escrib&iacute; reci&eacute;n, no supe hasta despu&eacute;s por qu&eacute; me precipit&eacute; en un diagn&oacute;stico.
    </p><p class="article-text">
        Esa precipitaci&oacute;n hablaba m&aacute;s de mi angustia que de una necesidad objetiva. Entonces, cuando supervis&eacute; esa angustia pude escuchar mejor. Se trata de un hombre que no puede hacer lo que hace la mayor&iacute;a de las personas de su edad: cada tanto juntarse con unos amigos y repetir conductas juveniles como forma de escape de la adultez.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;En qu&eacute; consiste esta adultez? En un falso movimiento de adaptaci&oacute;n. Alguien empieza a hacer cosas de adulto, pero conserva de manera latente un punto de fuga que, cada tanto, se actualiza; no solo en salidas en las que se recrea la juventud, ya que otras personas hacen lo mismo a trav&eacute;s de hobbies. 
    </p><p class="article-text">
        El hombre al que me refiero sufre porque no conserva nada del que fue y su regresi&oacute;n es m&aacute;s primitiva. No regresa a la adolescencia, tampoco a la infancia (como le ocurre a las personas que se apasionan por los juegos, desde un punto de vista t&eacute;cnico, sin que estos comporten una verdadera actitud l&uacute;dica) sino a una instancia previa: el narcisismo.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;En qu&eacute; consiste esta regresi&oacute;n narcisista? Este hombre descansa cuando est&aacute; consigo mismo. Los est&iacute;mulos sociales lo agobian, las relaciones con otros lo aburren, como todo lo que impone que salga de su &ldquo;burbuja&rdquo; &ndash;seg&uacute;n su expresi&oacute;n&ndash;. Podr&iacute;a decirse que sufre de alg&uacute;n tipo de depresi&oacute;n, pero no ser&iacute;a claro para qu&eacute; ser&iacute;a necesario el diagn&oacute;stico. Ser&iacute;a sucumbir de nuevo a una tentaci&oacute;n clasificatoria.
    </p><p class="article-text">
        Pensemos su caso desde un punto de vista existencial, no como si fuera la encarnaci&oacute;n de una categor&iacute;a formal ni una idea abstracta de patolog&iacute;a. Sufre porque no puede &ndash;tampoco le interesa&ndash; salir de s&iacute; mismo ni abandonar una soledad cuasi ontol&oacute;gica. En el despliegue de las circunstancias que lo llevaron a ese estado, cuenta una situaci&oacute;n particular.
    </p><p class="article-text">
        Desde que se convirti&oacute; en padre, empez&oacute; a sentirse m&aacute;s responsable &ndash;pero no de forma aut&eacute;ntica, sino a trav&eacute;s de un forzamiento, con preocupaci&oacute;n por las cuestiones que siente que tiene que asegurar&ndash;. Su relaci&oacute;n con el mundo adquiri&oacute; un estatuto operativo, que no incluye ning&uacute;n aspecto exploratorio. 
    </p><p class="article-text">
        Por otro lado, no es que el trabajo le cueste o le represente un desaf&iacute;o. Al contrario, a su edad ya tiene una posici&oacute;n consolidada y m&aacute;s bien pasa que el trabajo no lo desaf&iacute;a para nada ni espera una mayor realizaci&oacute;n en su campo. Sufre porque no tiene otro lugar donde estar, a no ser en s&iacute; mismo.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de escucharlo durante un tiempo, pienso que el drama que aqueja la vida de este hombre est&aacute; en un pasaje trunco hacia la adultez. Entonces recuerdo la situaci&oacute;n de otro hombre, que desde un primer momento hablaba de sus crisis de ansiedad.
    </p><p class="article-text">
        Este segundo hombre se describe a s&iacute; mismo como alguien que se hace &ldquo;mala sangre&rdquo;. &iquest;En qu&eacute; consiste lo que designa con esta expresi&oacute;n popular? A que tiende a ver las cosas de un modo eminentemente pr&aacute;ctico y, cuando tiene que cumplir con un objetivo, le cuestan los contratiempos.
    </p><p class="article-text">
        A esto se suma la satisfacci&oacute;n que obtiene de mostrar una imagen suya, como la de una persona &ldquo;resolutiva&rdquo;. En su relato biogr&aacute;fico, este tipo de personalidad no condice con lo que cuenta de su infancia, en la que fue un ni&ntilde;o intr&eacute;pido que tuvo la experiencia de ser libre. &iquest;Qu&eacute; pas&oacute; en el medio?
    </p><p class="article-text">
        En este punto, narra que transit&oacute; una adolescencia tortuosa, en la que &ndash;por diferentes motivos&ndash; sinti&oacute; un impacto en su autoestima; entonces se refugi&oacute; en una actitud complaciente para compensar el malestar. Los a&ntilde;os pasaron y se desarroll&oacute; adecuadamente, desde un punto de vista laboral y en t&eacute;rminos de constituir una pareja, pero ya no volvi&oacute; a sentir que era &eacute;l mismo y que su vida le gustaba.
    </p><p class="article-text">
        Volvamos al mecanismo de su sufrimiento. No puede admitir contratiempos y siempre est&aacute; pensando en el pr&oacute;ximo paso que debe realizar. Alcanza con que reciba un mensaje para que ya piense que es un est&iacute;mulo insidioso del que debe defenderse y reducir. Solo encuentra placer eventualmente, cuando escucha m&uacute;sica y entra en un estado parecido a un trance. 
    </p><p class="article-text">
        No es que le guste la m&uacute;sica en funci&oacute;n de sus g&eacute;neros, bandas, identificaciones con un estilo, etc. Le interesa el efecto de enso&ntilde;aci&oacute;n que adquiere cuando se pone los auriculares y, en cierta medida, se a&iacute;sla de un entorno agresivo para recrear un ambiente intraps&iacute;quico que se parece a la indiferenciaci&oacute;n pre-natal. En lugar de una regresi&oacute;n al narcisismo, como en el caso anterior, aqu&iacute; tenemos un repliegue que tal vez sea autoer&oacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        No es mi intenci&oacute;n justificar diagn&oacute;sticos ni precisar la pertinencia de los conceptos que mencion&eacute; (narcisismo, autoerotismo); mi inter&eacute;s al escribir estas l&iacute;neas est&aacute; m&aacute;s bien en situar lo que ambos casos comparten: una falla en el desarrollo ps&iacute;quico que, manifiesto en la adolescencia, no conserva los recursos de esta como habitualmente se hace, para ser un adulto a medias &ndash;que, a la primera, a&ntilde;ora su juventud&ndash; sino que plantea un regreso a instancias m&aacute;s primarias. 
    </p><p class="article-text">
        Parad&oacute;jicamente, estos dos hombres, porque no hacen lo que la mayor&iacute;a de las personas &ndash;actuar la vida que no tienen, en una pseudo-adaptaci&oacute;n&ndash; sufren m&aacute;s que otros, pero tambi&eacute;n tienen la chance de enfrentarse a s&iacute; mismos para dar pasos sobre seguro y tener una vida que sea aut&eacute;ntica. La cuesti&oacute;n no es desestimar un diagn&oacute;stico, sino qu&eacute; tan capaces somos de escuchar un modo de vida afectado.
    </p><p class="article-text">
        Estoy convencido de que yo no hubiera podido escuchar m&aacute;s atentamente a estos dos hombres si, a trav&eacute;s de la supervisi&oacute;n de sus casos, no hubiera advertido que comparto sus preguntas &iacute;ntimas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/falsa-adultez_129_12536446.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 15 Aug 2025 03:02:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La falsa adultez]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Adultez,Narcisismo,Autoerotismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La prescripción de la madurez]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/prescripcion-madurez_129_9160953.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/08f4294e-afc3-475e-9de6-f002d791faa0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La prescripción de la madurez"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Uno de los modos en los que estamos atravesados por el paradigma nefasto de la normalidad es aspirar a la madurez y a la adultez: a que sean, per se, una virtud, escribe Alexandra Kohan en esta columna.</p></div><p class="article-text">
        Hace poco, en una fiesta, alguien dijo de una persona que se hab&iacute;a ido para ver un partido de f&uacute;tbol: &ldquo;qu&eacute; infantil, d&iacute;ganle que madure&rdquo;. Primero sent&iacute; pena por ese hombre que se vio conminado a expresarse as&iacute;, asumi&eacute;ndose mejor por elegir esta fiesta en la que est&aacute;bamos, y no la fiesta que para el otro significa el f&uacute;tbol (me acord&eacute; de que <a href="https://filba.org.ar/archivo/las-fiestas-y-yo_130" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Mart&iacute;n Kohan</a> dijo alguna vez que las fiestas burguesas lo aburren y, en cambio, &ldquo;las fiestas populares me gustan mucho m&aacute;s. Conozco bien las que suscita el f&uacute;tbol, esas me encantan. Me encantan sus zafarranchos, su lubricidad, su barullo, su mucho cuerpo, su mucho grito; me encantan su soltura, su estridencia, su carnaval, y ese fondo poderoso de resistencia pol&iacute;tica que esgrimen de hecho los que en general la pasan mal, cuando se deciden a pasarla bien. Ese gesto, ese desaf&iacute;o, me entusiasma, me conmueve, y me impulsa a disfrutar estas fiestas, a bailar y cantar hasta tarde&rdquo;). Primero, entonces, sent&iacute; pena por esa clase de gente habitada por pasiones tristes, esa que no soporta la diferencia y se obliga a pronunciarse sin advertir nada de lo que est&aacute; diciendo. Y un poco despu&eacute;s me qued&eacute; pensando, no ya en la forma de su expresi&oacute;n -la de rechazar al otro-, sino en el contenido mismo de su expresi&oacute;n: &ldquo;lo infantil&rdquo; concebido peyorativamente, la ilusi&oacute;n de que existir&iacute;a la madurez y adem&aacute;s que esa madurez vendr&iacute;a asociada a estar en una fiesta como esa en la que &eacute;l estaba. Y entonces pienso que uno de los modos en los que estamos atravesados por el paradigma nefasto de la normalidad es aspirar a la madurez y a la adultez: a que existan y a que sean, <em>per se</em>, una virtud. El ideal de madurez, la aspiraci&oacute;n a &ldquo;ser adultos&rdquo; se corresponde, sin dudas, con la pretensi&oacute;n de normalidad, acaso el gesto m&aacute;s estridente del disciplinamiento del que somos objetos, incluso o sobre todo, cuando nos auto percibimos abiertos a la diversidad. Las formas habituales en las que se rechaza lo que se designa como &ldquo;inmadurez&rdquo; y las formas habituales en las que se esperan y se prescriben madurez y adultez -definidas previamente seg&uacute;n la ocasi&oacute;n- no son sino modos de rechazar la infancia y el juego, para consolidarnos en una solemnidad y en una rigidez cada vez m&aacute;s notables.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Pienso que uno de los modos en los que estamos atravesados por el paradigma nefasto de la normalidad es aspirar a la madurez y a la adultez: a que sean, per se, una virtud. El ideal de madurez se corresponde, sin dudas, con la pretensión de normalidad, </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        En la serie de textos que conforman <a href="http://www.polvo.com.ar/tag/jose-luis-juresa/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">La infancia que insiste</a>, <strong>Jos&eacute; Luis Juresa </strong>dice de la infancia que se trata de &ldquo;eso que resulta inatrapable, eso que se escapa habiendo pasado por nuestro cuerpo, como un fantasma, eso que nos mantiene en vilo y nos excita y nos proyecta por el simple deseo de volver a vivir su presencia (...). Eso que nos mantiene en la idea de algo por venir creyendo que estuvo en alg&uacute;n momento de nuestro pasado (...) la manera de nombrar una relaci&oacute;n &uacute;nica e irrepetible, que se tiene cuando se es ni&ntilde;o, con lo indescriptible, con lo inmanejable, con lo que nos causa y nos hace humanos, m&aacute;s ac&aacute; y antes de toda racionalidad (...). Disciplinar la irracionalidad es exactamente lo que se hace con la infancia, a trav&eacute;s de las etapas de la educaci&oacute;n pedag&oacute;gica&rdquo;. Y agrega que no est&aacute; planteando que la educaci&oacute;n sea nociva en s&iacute; misma, pero s&iacute; que &ldquo;trata de alinear a todo el mundo en las exigencias del sistema de producci&oacute;n y consumo&rdquo;. No se trata s&oacute;lo de la educaci&oacute;n formal, sino de los constantes discursos que pedagogizan y que pretenden asir lo inatrapable, aplastar el deseo, controlar las pasiones.
    </p><p class="article-text">
        Cuando<strong> Jacques Lacan</strong> se ocup&oacute; de discutir vehementemente con cierto psicoan&aacute;lisis de su &eacute;poca, lo hizo especialmente denunciando, entre otras cosas, que ese psicoan&aacute;lisis pretend&iacute;a producir sujetos adaptados a la realidad del modelo productivista que predominaba en Norteam&eacute;rica. Hoy en d&iacute;a esa ideolog&iacute;a subsiste en algunas posiciones que prescriben madurez y adultez en los tratamientos que conducen. Como dice Jorge Jinkis, &ldquo;algunos c&iacute;rculos anal&iacute;ticos que saben flotar se encuentran con una pr&aacute;ctica cuyo objetivo es lo que la psicolog&iacute;a tradicional llama la transformaci&oacute;n autopl&aacute;stica. El campo de disputa es la adaptaci&oacute;n social&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La normalizaci&oacute;n, ejercida muchas veces por las mismas voces que la denuncian, pretende que ser adultos, que ser maduros, son signos de salud y de bienestar. La infancia y lo infantil -aunque no sean estrictamente lo mismo- son sistem&aacute;ticamente se&ntilde;alados como aquello que debe ser censurado, aplacado, domesticado. A veces los padres tambi&eacute;n les piden a los ni&ntilde;os que se comporten &ldquo;como adultos&rdquo;. Otras, los conciben como tales y los exponen en las redes sociales haciendo &ldquo;cosas de adultos&rdquo;. O les arrasan un poco las infancias al exponerlos constantemente como objetos de sus miradas, para lucirse ellos como padres -&ldquo;miren el hijo (falo) que tengo&rdquo;-.
    </p><p class="article-text">
        Cuando Lacan se dedica a leer <em>El chiste y su relaci&oacute;n con lo inconsciente</em>, de Freud, subraya especialmente que la fuente de placer que procura el chiste -y la risa concomitante- se halla en relaci&oacute;n con un per&iacute;odo l&uacute;dico de la actividad infantil que incluye la actividad verbal, el &ldquo;jugueteo con las palabras&rdquo; -por eso el ni&ntilde;o, dice Agamben, &ldquo;nunca est&aacute; tan contento como cuando inventa una lengua secreta&rdquo;-. Lacan subraya entonces: fuente de placer y v&iacute;as por las que el placer <em>pasa</em>, esas &ldquo;v&iacute;as antiguas&rdquo; que han sido taponadas por &ldquo;el control del pensamiento del sujeto en su progreso hacia el estado adulto&rdquo;. El &ldquo;estado adulto&rdquo; se sostiene a condici&oacute;n de obturar el placer, de obturar esa v&iacute;as infantiles por las que pasaba, de obturar el juego y de obturar cierto grado de libertad. El juego, la risa: ese <em>bypass</em> de las arterias del placer taponadas por las exigencias del &ldquo;mundo adulto&rdquo; cuando no de la voz del supery&oacute; que nos obliga a &ldquo;ser adultos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Agamben hace un elogio de la profanaci&oacute;n y ubica el juego como una de las maneras de profanar lo sagrado. Y dice contundente: &ldquo;el juego como &oacute;rgano de la profanaci&oacute;n est&aacute; en decadencia en todas partes (...). Restituir el juego a su vocaci&oacute;n puramente profana es una tarea pol&iacute;tica&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y pienso entonces en esta &eacute;poca en la que la solemnidad, la seriedad y la constante pedagogizaci&oacute;n nos empujan y nos obligan a hacer siempre &ldquo;lo que corresponde&rdquo;, a comportarnos siempre &ldquo;como se espera&rdquo;, a vigilar constantemente qu&eacute; decimos y c&oacute;mo, a estipular anticipadamente de qu&eacute; podemos o no podemos re&iacute;rnos, a tomar posici&oacute;n y reaccionar ante los hechos de la realidad cotidiana, a adaptarnos una y otra vez a las &ldquo;formas convenientes&rdquo;. Y pienso en el agobio que eso implica, al asedio que nos imponemos cuando nos decimos que debemos &ldquo;ser adultos&rdquo;, que debemos &ldquo;ser maduros''. Y pienso en<strong> Roland Barthes</strong>, que dice que la clasificaci&oacute;n de las edades &rdquo;es uno de los condicionamientos, por no decir una de las represiones, de toda sociedad&ldquo;, que decir que hay distorsi&oacute;n entre la edad cronol&oacute;gica y la edad mental no es sino la &rdquo;ideolog&iacute;a triunfante del n&uacute;mero como norma&ldquo;. Y me gusta much&iacute;simo cuando dice que &rdquo;s&oacute;lo el psicoan&aacute;lisis carece de discurso sobre las edades&ldquo;, aunque habr&iacute;a que decir que no todo el psicoan&aacute;lisis, porque los hay muchos y muy distintos. Para Barthes, los discursos acerca de la madurez, la adultez y las edades son normalizadores. Son, en definitiva, doxas, esas que censuran y vigilan. Y, como tales, cifran ideolog&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        Freud subray&oacute; la relaci&oacute;n entre el juego perdido y la literatura cuando dijo: &ldquo;todo ni&ntilde;o que juega se comporta como un poeta, pues se crea un mundo propio o, mejor dicho, inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le agrada (...). Lo opuesto al juego no es la seriedad, sino&hellip; la realidad efectiva&rdquo;. El juego acaso sea entonces ese modo de lidiar con el mundo, incluso el mundo familiar, el mundo de esos &ldquo;adultos&rdquo;, el mundo adulto. Ese otro mundo, el de los adultos, que muchas veces se nos viene encima y resulta aplastante, agobiante, asfixiante. Incluso cuando ya no somos ni&ntilde;os. No hablo de jugar a algo, sino de habilitar un juego, de habilitar el ponernos en juego, hablo de entrar en el juego. Entrar en el juego del encuentro con otro s&oacute;lo es posible si no se rechaza la infancia -la propia, la del otro-. Por eso Julia Kristeva habla del &ldquo;cuidado de lo infantil del otro&rdquo; y por eso Phillippe Sollers dice que uno s&oacute;lo podr&iacute;a amarse &ldquo;si se reconoce como ni&ntilde;o a trav&eacute;s y para el otro&rdquo;; y tambi&eacute;n dice que &ldquo;dos personas que se enamoran son dos infancias que se entienden&rdquo;. Kristeva agrega: &ldquo;mi compromiso con el psicoan&aacute;lisis s&oacute;lo puede entenderse como una prolongaci&oacute;n de esta evidencia infantil que tuvimos la suerte de recrear (en el amor)&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Georges Perec </strong>se&ntilde;ala el lazo entre infancia y literatura, de esta manera:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Creo que hay una cosa que define bastante bien la vida en primer lugar y despu&eacute;s la infancia y la escritura: es un ni&ntilde;o que juega al escondite. No se sabe muy bien qu&eacute; nos apetece m&aacute;s, si que nos encuentren o no; si nos encuentran se acab&oacute; el juego, pero si no nos encuentran a&uacute;n hay menos juego. Si uno se esconde tan bien que no lo vuelven a encontrar se muere de miedo, por eso cuando uno juega al escondite se las apa&ntilde;a siempre para que lo encuentren. Si no hubiera cosas escondidas no buscar&iacute;amos leer. El hecho mismo de leer es ir a buscar en un libro algo que no sabemos o que creemos no saber. Y eso hace que continuemos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/prescripcion-madurez_129_9160953.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 12 Jul 2022 10:42:28 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La prescripción de la madurez]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Sigmund Freud,Adultez,Jacques Lacan,Georges Perec]]></media:keywords>
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