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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Georges Perec]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/georges-perec/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Georges Perec]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La prescripción de la madurez]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/prescripcion-madurez_129_9160953.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/08f4294e-afc3-475e-9de6-f002d791faa0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La prescripción de la madurez"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Uno de los modos en los que estamos atravesados por el paradigma nefasto de la normalidad es aspirar a la madurez y a la adultez: a que sean, per se, una virtud, escribe Alexandra Kohan en esta columna.</p></div><p class="article-text">
        Hace poco, en una fiesta, alguien dijo de una persona que se hab&iacute;a ido para ver un partido de f&uacute;tbol: &ldquo;qu&eacute; infantil, d&iacute;ganle que madure&rdquo;. Primero sent&iacute; pena por ese hombre que se vio conminado a expresarse as&iacute;, asumi&eacute;ndose mejor por elegir esta fiesta en la que est&aacute;bamos, y no la fiesta que para el otro significa el f&uacute;tbol (me acord&eacute; de que <a href="https://filba.org.ar/archivo/las-fiestas-y-yo_130" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Mart&iacute;n Kohan</a> dijo alguna vez que las fiestas burguesas lo aburren y, en cambio, &ldquo;las fiestas populares me gustan mucho m&aacute;s. Conozco bien las que suscita el f&uacute;tbol, esas me encantan. Me encantan sus zafarranchos, su lubricidad, su barullo, su mucho cuerpo, su mucho grito; me encantan su soltura, su estridencia, su carnaval, y ese fondo poderoso de resistencia pol&iacute;tica que esgrimen de hecho los que en general la pasan mal, cuando se deciden a pasarla bien. Ese gesto, ese desaf&iacute;o, me entusiasma, me conmueve, y me impulsa a disfrutar estas fiestas, a bailar y cantar hasta tarde&rdquo;). Primero, entonces, sent&iacute; pena por esa clase de gente habitada por pasiones tristes, esa que no soporta la diferencia y se obliga a pronunciarse sin advertir nada de lo que est&aacute; diciendo. Y un poco despu&eacute;s me qued&eacute; pensando, no ya en la forma de su expresi&oacute;n -la de rechazar al otro-, sino en el contenido mismo de su expresi&oacute;n: &ldquo;lo infantil&rdquo; concebido peyorativamente, la ilusi&oacute;n de que existir&iacute;a la madurez y adem&aacute;s que esa madurez vendr&iacute;a asociada a estar en una fiesta como esa en la que &eacute;l estaba. Y entonces pienso que uno de los modos en los que estamos atravesados por el paradigma nefasto de la normalidad es aspirar a la madurez y a la adultez: a que existan y a que sean, <em>per se</em>, una virtud. El ideal de madurez, la aspiraci&oacute;n a &ldquo;ser adultos&rdquo; se corresponde, sin dudas, con la pretensi&oacute;n de normalidad, acaso el gesto m&aacute;s estridente del disciplinamiento del que somos objetos, incluso o sobre todo, cuando nos auto percibimos abiertos a la diversidad. Las formas habituales en las que se rechaza lo que se designa como &ldquo;inmadurez&rdquo; y las formas habituales en las que se esperan y se prescriben madurez y adultez -definidas previamente seg&uacute;n la ocasi&oacute;n- no son sino modos de rechazar la infancia y el juego, para consolidarnos en una solemnidad y en una rigidez cada vez m&aacute;s notables.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Pienso que uno de los modos en los que estamos atravesados por el paradigma nefasto de la normalidad es aspirar a la madurez y a la adultez: a que sean, per se, una virtud. El ideal de madurez se corresponde, sin dudas, con la pretensión de normalidad, </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        En la serie de textos que conforman <a href="http://www.polvo.com.ar/tag/jose-luis-juresa/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">La infancia que insiste</a>, <strong>Jos&eacute; Luis Juresa </strong>dice de la infancia que se trata de &ldquo;eso que resulta inatrapable, eso que se escapa habiendo pasado por nuestro cuerpo, como un fantasma, eso que nos mantiene en vilo y nos excita y nos proyecta por el simple deseo de volver a vivir su presencia (...). Eso que nos mantiene en la idea de algo por venir creyendo que estuvo en alg&uacute;n momento de nuestro pasado (...) la manera de nombrar una relaci&oacute;n &uacute;nica e irrepetible, que se tiene cuando se es ni&ntilde;o, con lo indescriptible, con lo inmanejable, con lo que nos causa y nos hace humanos, m&aacute;s ac&aacute; y antes de toda racionalidad (...). Disciplinar la irracionalidad es exactamente lo que se hace con la infancia, a trav&eacute;s de las etapas de la educaci&oacute;n pedag&oacute;gica&rdquo;. Y agrega que no est&aacute; planteando que la educaci&oacute;n sea nociva en s&iacute; misma, pero s&iacute; que &ldquo;trata de alinear a todo el mundo en las exigencias del sistema de producci&oacute;n y consumo&rdquo;. No se trata s&oacute;lo de la educaci&oacute;n formal, sino de los constantes discursos que pedagogizan y que pretenden asir lo inatrapable, aplastar el deseo, controlar las pasiones.
    </p><p class="article-text">
        Cuando<strong> Jacques Lacan</strong> se ocup&oacute; de discutir vehementemente con cierto psicoan&aacute;lisis de su &eacute;poca, lo hizo especialmente denunciando, entre otras cosas, que ese psicoan&aacute;lisis pretend&iacute;a producir sujetos adaptados a la realidad del modelo productivista que predominaba en Norteam&eacute;rica. Hoy en d&iacute;a esa ideolog&iacute;a subsiste en algunas posiciones que prescriben madurez y adultez en los tratamientos que conducen. Como dice Jorge Jinkis, &ldquo;algunos c&iacute;rculos anal&iacute;ticos que saben flotar se encuentran con una pr&aacute;ctica cuyo objetivo es lo que la psicolog&iacute;a tradicional llama la transformaci&oacute;n autopl&aacute;stica. El campo de disputa es la adaptaci&oacute;n social&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La normalizaci&oacute;n, ejercida muchas veces por las mismas voces que la denuncian, pretende que ser adultos, que ser maduros, son signos de salud y de bienestar. La infancia y lo infantil -aunque no sean estrictamente lo mismo- son sistem&aacute;ticamente se&ntilde;alados como aquello que debe ser censurado, aplacado, domesticado. A veces los padres tambi&eacute;n les piden a los ni&ntilde;os que se comporten &ldquo;como adultos&rdquo;. Otras, los conciben como tales y los exponen en las redes sociales haciendo &ldquo;cosas de adultos&rdquo;. O les arrasan un poco las infancias al exponerlos constantemente como objetos de sus miradas, para lucirse ellos como padres -&ldquo;miren el hijo (falo) que tengo&rdquo;-.
    </p><p class="article-text">
        Cuando Lacan se dedica a leer <em>El chiste y su relaci&oacute;n con lo inconsciente</em>, de Freud, subraya especialmente que la fuente de placer que procura el chiste -y la risa concomitante- se halla en relaci&oacute;n con un per&iacute;odo l&uacute;dico de la actividad infantil que incluye la actividad verbal, el &ldquo;jugueteo con las palabras&rdquo; -por eso el ni&ntilde;o, dice Agamben, &ldquo;nunca est&aacute; tan contento como cuando inventa una lengua secreta&rdquo;-. Lacan subraya entonces: fuente de placer y v&iacute;as por las que el placer <em>pasa</em>, esas &ldquo;v&iacute;as antiguas&rdquo; que han sido taponadas por &ldquo;el control del pensamiento del sujeto en su progreso hacia el estado adulto&rdquo;. El &ldquo;estado adulto&rdquo; se sostiene a condici&oacute;n de obturar el placer, de obturar esa v&iacute;as infantiles por las que pasaba, de obturar el juego y de obturar cierto grado de libertad. El juego, la risa: ese <em>bypass</em> de las arterias del placer taponadas por las exigencias del &ldquo;mundo adulto&rdquo; cuando no de la voz del supery&oacute; que nos obliga a &ldquo;ser adultos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Agamben hace un elogio de la profanaci&oacute;n y ubica el juego como una de las maneras de profanar lo sagrado. Y dice contundente: &ldquo;el juego como &oacute;rgano de la profanaci&oacute;n est&aacute; en decadencia en todas partes (...). Restituir el juego a su vocaci&oacute;n puramente profana es una tarea pol&iacute;tica&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y pienso entonces en esta &eacute;poca en la que la solemnidad, la seriedad y la constante pedagogizaci&oacute;n nos empujan y nos obligan a hacer siempre &ldquo;lo que corresponde&rdquo;, a comportarnos siempre &ldquo;como se espera&rdquo;, a vigilar constantemente qu&eacute; decimos y c&oacute;mo, a estipular anticipadamente de qu&eacute; podemos o no podemos re&iacute;rnos, a tomar posici&oacute;n y reaccionar ante los hechos de la realidad cotidiana, a adaptarnos una y otra vez a las &ldquo;formas convenientes&rdquo;. Y pienso en el agobio que eso implica, al asedio que nos imponemos cuando nos decimos que debemos &ldquo;ser adultos&rdquo;, que debemos &ldquo;ser maduros''. Y pienso en<strong> Roland Barthes</strong>, que dice que la clasificaci&oacute;n de las edades &rdquo;es uno de los condicionamientos, por no decir una de las represiones, de toda sociedad&ldquo;, que decir que hay distorsi&oacute;n entre la edad cronol&oacute;gica y la edad mental no es sino la &rdquo;ideolog&iacute;a triunfante del n&uacute;mero como norma&ldquo;. Y me gusta much&iacute;simo cuando dice que &rdquo;s&oacute;lo el psicoan&aacute;lisis carece de discurso sobre las edades&ldquo;, aunque habr&iacute;a que decir que no todo el psicoan&aacute;lisis, porque los hay muchos y muy distintos. Para Barthes, los discursos acerca de la madurez, la adultez y las edades son normalizadores. Son, en definitiva, doxas, esas que censuran y vigilan. Y, como tales, cifran ideolog&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        Freud subray&oacute; la relaci&oacute;n entre el juego perdido y la literatura cuando dijo: &ldquo;todo ni&ntilde;o que juega se comporta como un poeta, pues se crea un mundo propio o, mejor dicho, inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le agrada (...). Lo opuesto al juego no es la seriedad, sino&hellip; la realidad efectiva&rdquo;. El juego acaso sea entonces ese modo de lidiar con el mundo, incluso el mundo familiar, el mundo de esos &ldquo;adultos&rdquo;, el mundo adulto. Ese otro mundo, el de los adultos, que muchas veces se nos viene encima y resulta aplastante, agobiante, asfixiante. Incluso cuando ya no somos ni&ntilde;os. No hablo de jugar a algo, sino de habilitar un juego, de habilitar el ponernos en juego, hablo de entrar en el juego. Entrar en el juego del encuentro con otro s&oacute;lo es posible si no se rechaza la infancia -la propia, la del otro-. Por eso Julia Kristeva habla del &ldquo;cuidado de lo infantil del otro&rdquo; y por eso Phillippe Sollers dice que uno s&oacute;lo podr&iacute;a amarse &ldquo;si se reconoce como ni&ntilde;o a trav&eacute;s y para el otro&rdquo;; y tambi&eacute;n dice que &ldquo;dos personas que se enamoran son dos infancias que se entienden&rdquo;. Kristeva agrega: &ldquo;mi compromiso con el psicoan&aacute;lisis s&oacute;lo puede entenderse como una prolongaci&oacute;n de esta evidencia infantil que tuvimos la suerte de recrear (en el amor)&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Georges Perec </strong>se&ntilde;ala el lazo entre infancia y literatura, de esta manera:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Creo que hay una cosa que define bastante bien la vida en primer lugar y despu&eacute;s la infancia y la escritura: es un ni&ntilde;o que juega al escondite. No se sabe muy bien qu&eacute; nos apetece m&aacute;s, si que nos encuentren o no; si nos encuentran se acab&oacute; el juego, pero si no nos encuentran a&uacute;n hay menos juego. Si uno se esconde tan bien que no lo vuelven a encontrar se muere de miedo, por eso cuando uno juega al escondite se las apa&ntilde;a siempre para que lo encuentren. Si no hubiera cosas escondidas no buscar&iacute;amos leer. El hecho mismo de leer es ir a buscar en un libro algo que no sabemos o que creemos no saber. Y eso hace que continuemos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/prescripcion-madurez_129_9160953.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 12 Jul 2022 10:42:28 +0000]]></pubDate>
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