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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - James Turrell]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/james-turrell/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - James Turrell]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Museo James Turrell: Arte moderno y camino de ripio en los Valles Calchaquíes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/museo-james-turrell-arte-moderno-camino-ripio-valles-calchaquies_1_9176216.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4e4f4bd7-fcee-481f-a654-8f176b05e6d6_16-9-discover-aspect-ratio_default_1052474.jpg" width="2013" height="1132" alt="Museo James Turrell: Arte moderno y camino de ripio en los Valles Calchaquíes"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Es uno de los artistas más reconocidos del arte moderno. Sus obras se exponen en el Tate Modern de Londres y el Guggenheim de Nueva York. Pero aquí, a más de cuatro horas de viaje de Salta capital, tiene un museo exclusivo para él.</p></div><p class="article-text">
        De chico, a James Turrell su casa le parec&iacute;a un despojo. No hab&iacute;a un s&oacute;lo objeto que careciera de utilidad. Todo deb&iacute;a cumplir una funci&oacute;n. La luz tambi&eacute;n entraba en esa categor&iacute;a de bien innecesario. Y como si fuera poco, parte de esa infancia la pas&oacute; aterrado por la llegada de bombarderos japoneses, por lo que las cortinas de casa estaban siempre bajas. La imagen de un hogar sin adornos, luces o cuadros, reflejaba la austeridad llevada a su m&aacute;xima expresi&oacute;n. Pero como era chico, lo que le sobraba era imaginaci&oacute;n. Entonces esos peque&ntilde;os hilos de luz que se filtraban por la trama de las cortinas fueron su mejor entretenimiento.
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                    alt="Una de las nueve obras que integran la colección del museo. Es una sala con una ventana en el techo para observar el cielo."
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                Una de las nueve obras que integran la colección del museo. Es una sala con una ventana en el techo para observar el cielo.                            </span>
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        James Turrel naci&oacute; en 1943 en Pasadena, California, en medio de una familia de cu&aacute;queros asustados por el ataque a Pearl Harbor, dos a&ntilde;os antes. Pero fue ese tiempo entre penumbras el que le dio la materia prima para construir su trabajo como artista. Si todo en su infancia ten&iacute;a que servir para algo, de grande hizo exactamente lo contrario, obras de arte en las que la luz es la base.
    </p><p class="article-text">
        Todo esto lo cuenta el propio Turrell en el video introductorio antes de ingresar al<a href="https://www.bodegacolome.com/en-el-corazon-del-museo-james-turrell-bodega-colome/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> </a><a href="https://www.bodegacolome.com/en-el-corazon-del-museo-james-turrell-bodega-colome/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong>&uacute;nico museo del mundo dedicado por completo a su obra</strong></a><a href="https://www.bodegacolome.com/en-el-corazon-del-museo-james-turrell-bodega-colome/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">.</a> El Tate Modern de Londres o el Guggenheim de Nueva York son algunos de los que expusieron sus piezas. Pero s&oacute;lo hay uno que exhibe nueve de sus obras y en las que no comparte cartel con nadie mas. Para llegar a &eacute;l habr&aacute; que armarse de paciencia, porque el Museo James Turrell est&aacute; en Salta, en medio de los Valles Calchaqu&iacute;es, <strong>a m&aacute;s de 2.300 metros de altura y a varias horas de camino de ripio, </strong>lleno de curvas y contracurvas que desaf&iacute;an el est&oacute;mago.
    </p><p class="article-text">
        Todo lo que rodea al museo resulta fascinante. Desde el viaje para llegar a el, hasta la bodega que lo alberga -la m&aacute;s antigua del pa&iacute;s- y el empresario suizo al que se le ocurri&oacute; que poner all&iacute; un museo pod&iacute;a ser una buena idea. Extra&ntilde;anamente, <strong>poco de esto aparece en las gu&iacute;as de turismo</strong> que promocionan lo seguro, el circuito tur&iacute;stico por Cafayate o el Tren de las Nubes.
    </p><p class="article-text">
        El museo, en cambio, es el lado B del turismo salte&ntilde;o. <strong>No es f&aacute;cil llegar. Tampoco barato. Pero vale la pena.</strong>
    </p><h3 class="article-text"><strong>Vino para la misa, el origen de todo</strong></h3><p class="article-text">
        Esta historia comenz&oacute; a escribirse en 1831, cuando Nicol&aacute;s Severo de Isasmedi y Echalar, el &uacute;ltimo gobernador colonial de la Intendencia de Salta, se le ocurri&oacute; fundar una bodega en medio de las tierras &aacute;ridas de los valles. En verdad, la idea no fue de &eacute;l, sino del cura de Molinos, donde estaba entonces la capital de la intendencia, que <strong>necesitaba vino para la misa</strong>. As&iacute; surgi&oacute; la Bodega Colom&eacute;.
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                Para llegar a la bodega hay que viajar horas por un camino sinuoso que cruza los Valles Calchaquíes.                            </span>
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        Don Isasmendi no alcanz&oacute; a ver como prosperaba su sue&ntilde;o porque muri&oacute; a los cinco a&ntilde;os. Fue en cambio su hija Ascenci&oacute;n, quien se cas&oacute; con Jos&eacute; D&aacute;valos, quien trajo de Francia cepas de Malbec y Cabernet Sauvignon. Son esos mismos vi&ntilde;edos  los hoy le siguen dando a la bodega  algunos de sus mejores productos. Fueron adem&aacute;s, los &uacute;nicos que se salvaron de la plaga filoxera que comenz&oacute; en 1860 y arras&oacute; con los cultivos de uva en todo el mundo. De tres de esos vi&ntilde;edos proviene el vino Colom&eacute; Reserva.
    </p><p class="article-text">
        Con mayor o menor suerte, la bodega continu&oacute; operando y as&iacute; se convirti&oacute; en la m&aacute;s antigua del pa&iacute;s en producir vino sin interrupciones y siempre en manos de los descendientes de Isasmendi.
    </p><p class="article-text">
        Pero la historia comenz&oacute; a cambiar cuando en 1998, el empresario suizo <strong>Donald Hess</strong> emprendi&oacute; un viaje en moto por Chile y Argentina en busca de aventuras y vi&ntilde;edos donde invertir. Despu&eacute;s de tres a&ntilde;os de negociaciones con la familia Isasmendi- D&aacute;valos, logr&oacute; quedarse con la bodega.
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s de los vinos, a Hess le gusta el arte, el moderno, en particular. Y sobre todo, las obras de Turrell. Tanto le gusta que decidi&oacute; comprar nueve de sus obras y construir un museo al lado de la bodega a la que se llega luego de respirar varias horas de polvo a menos, salvo que se tenga un helic&oacute;ptero como el que traslada a sus due&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        El Museo funciona desde 2009 y el propio Turrell viaj&oacute; a Salta para guiar la construcci&oacute;n y el montaje de las obras.
    </p><p class="article-text">
        El viaje -m&aacute;s de cuatro horas desde Salta capital- atraviesa algunos de los lugares m&aacute;s incre&iacute;bles de la provincia, como la Cuesta del Obispo, el Parque Nacional Los Cardones o Molinos, donde es posible alojarse en la misma casa de Don Isasmendi.
    </p><p class="article-text">
        Hess transform&oacute; la bodega en un hotel de lujo, con un restaurante exquisito, esos donde no hay que preocuparse por nada porque siempre habr&aacute; alguien que lo haga por uno. Las nuevas instalaciones siguen la misma l&iacute;nea de construcci&oacute;n que la bodega original, que todav&iacute;a se mantiene en perfectas condiciones. Pero al llegar, lo primero que sobresale es <strong>una estructura gigantesca de 5490 metros cuadrados</strong>. Una molde en medio de la nada.
    </p><h3 class="article-text">&iquest;Hay pared?</h3><p class="article-text">
        Franco es quien encabeza la visita guiada. Primero invita a recorrer una serie de cuadros en blanco y negro, y luego pide, casi que ordena, sentarse a escuchar el video en el que Turrell cuenta su vida. &ldquo;Presten atenci&oacute;n a todo, es muy importante&rdquo;, dice. Hasta all&iacute;, nada que llame la atenci&oacute;n. Pero apenas termina el video, Franco aparece con botas de friselina como las que se usan en los quir&oacute;fanos. &ldquo;Por favor, dejen los celulares y p&oacute;nganse esto en los pies&rdquo;, indica.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ldquo;D&eacute;jense llevar, no intenten encontrar una raz&oacute;n, es arte&rdquo;</strong>, anuncia, y abre una puerta donde s&oacute;lo se ve un cuadrado blanco sobre un fondo blanco. Hasta aqu&iacute;, nada que sorprenda. &ldquo;&iquest;Hay pared o no hay pared?, &iquest;est&aacute; o es una ilusi&oacute;n?&rdquo;. La pregunta, que resulta insignificante, se volver&aacute; a lo largo del trayecto.
    </p><p class="article-text">
        Lo que sigue empieza a ponerse bueno. Un pasillo conduce a trav&eacute;s de una serie de habitaciones, cada una con un color. No hay nada m&aacute;s. El efecto es hipn&oacute;tico, es como zambullirse dentro de un tarro de pintura, rojo, verde, violeta, azul, amarillo.
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                La casa de Don Isasmendi, en Molinos. Hoy es un hotel.                            </span>
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        Franco explica que todas las obras est&aacute;n iluminadas por luz natural, lo cual significa que cambian a lo largo del d&iacute;a. Avanzamos por otro pasillo hasta llegar a la estrella del Museo, Spread, algo as&iacute; como la Gioconda del Louvre. Es una sala en la que solo se ve un cuadrado de color celeste, intenso, similar al de las piletas de pl&aacute;stico. A lo largo de todo el recorrido, Franco repetir&aacute; que s&oacute;lo se puede caminar por el suelo negro. Pero esta vez dice que subamos la escalera y que demos un paso hacia ese m&aacute;s all&aacute; de color azul. No es una cuadrado pintado en la pared, tiene profundidad, mucha. Seguimos hasta sumergirnos dentro de esa pileta. Somos un grupo de diez y hay espacio suficiente para estar separados por varios metros. Es una inmensidad de color azul. &ldquo;&iquest;Hay pared o no hay pared?&rdquo;, vuelve a tirar Franco. Y no, la verdad es que es imposible adivinar donde termina, porque cuando uno cree ver el fin, Franco estira un pie y eso que parec&iacute;a suelo es vac&iacute;o, un vac&iacute;o de color azul. &ldquo;Mi deseo es crear una situaci&oacute;n en la que pueda involucrar al espectador y permitirle ver. Que se convierta en su experiencia&rdquo;, dice Turrell sobre su obra. Y es aqu&iacute;, en estos 1.200 metros cuadrados de pintura azul donde las palabras cobran sentido, donde la pregunta de Franco no tiene respuesta. No, es imposible saber si hay pared en este oc&eacute;ano de pintura azul.
    </p><p class="article-text">
        <em>MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Mariana García]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 16 Jul 2022 03:17:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Museo James Turrell: Arte moderno y camino de ripio en los Valles Calchaquíes]]></media:title>
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