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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Katherine Mansfield]]></title>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Una tecnología perfecta]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tecnologia-perfecta_129_9177467.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bdcd4460-dee5-41f5-ac2c-d93fd7e36bc3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una tecnología perfecta"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En Sopa de ciruela, Katherine Mansfield escribe sobre la comida y y todo lo que pasa alrededor de la comida: los amores, los salarios, las reuniones, los conocidos, el trabajo, la salud, la lluvia y lo difícil que es salir de la cama.</p></div><p class="article-text">
        Leo <em><strong>Sopa de ciruela</strong></em><em> </em>de <strong>Katherine Mansfield </strong>y pienso que cuando trato de ordenar mi vida empiezo por intentar ordenar lo que como. Para las personas que vivimos solas hacer comidas de verdad &mdash;un desayuno, un almuerzo y una cena, en lugar de picar estupideces a cualquier hora&mdash; es un pilar de la vida digna y de la autoconciencia de la adultez. Es lo que nos separa de los veintea&ntilde;eros que no traen vino cuando vienen a cenar porque evidentemente no entienden el concepto de cena, y lo que estructura un d&iacute;a que si no estar&iacute;a solamente organizado por el trabajo. En las familias est&aacute; el trabajo, est&aacute; el colegio, est&aacute; la coincidencia de los trabajos y el colegio, la posibilidad del encuentro de todos, es eso lo que vertebra la vida cotidiana. Hay algo que siempre es un poco absurdo, viviendo sola, de elegir una hora para comer cuando podr&iacute;a ser cualquiera, poner un mantel, servir un plato como si alguien fuera a verlo. Todos los bordes que tiene la vida son arbitrarios pero algunos se sienten m&aacute;s arbitrarios que otros.
    </p><p class="article-text">
        <em>Sopa de ciruela </em>es una recopilaci&oacute;n curiosa de los cuadernos de Katherine Mansfield, que toma como eje la comida; en palabras de la contratapa, la comida como refugio. No es estrictamente un libro <em>sobre</em> comida, en el sentido de que los textos la tengan como su tema principal; hay cartas, hay cuentos, hay entradas de diario, hay recetas, hay listas; hay una parte dedicada a los caf&eacute;s, pero que tampoco est&aacute; dedicada a los caf&eacute;s, sino que re&uacute;ne textos en los que aparecen caf&eacute;s y que muestran la importancia que estos espacios ten&iacute;an en la vida de Mansfield. En el fondo, supongo que un libro sobre comida es exactamente esto: un libro que es a la vez sobre el placer y lo molesto de la comida, sobre higos de esos enormes de piel fina que se deshacen entre los dedos y tienen sabor a vino y miel y sobre esa tarde en que se hacen los cinco y el marido reclama que es la hora del t&eacute;, el mismo que despu&eacute;s no piensa ni siquiera enjuagar las tazas y tirar las hebras; un libro sobre todas las cosas que pasan alrededor de la comida, los amores, los salarios, las reuniones, los conocidos, el trabajo, la salud, la lluvia y lo dif&iacute;cil que es salir de la cama, pero que al mismo tiempo hace esfuerzos f&iacute;sicos, emotivos y literarios por contar c&oacute;mo se siente la comida, ponerle palabras a la textura de un pl&aacute;tano o al modo en que una torta se hace migas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ya lo he contado en esta columna alguna vez: mi primer trabajo como escritora fue de columnista gastron&oacute;mica. Los gastron&oacute;micos de esta ciudad no me dejan mentir: es un ambiente chico, y todos ellos me conocen desde hace como diez a&ntilde;os, cuando empec&eacute; a rese&ntilde;ar bares de tragos porque los periodistas que estaban haci&eacute;ndolo antes que yo empezaron a tener beb&eacute;s y pocas ganas de ir un martes a probar cinco tragos a uno de todos esos bares de tragos que abrieron en la &eacute;poca dorada del kirchnerismo, siempre con problemas de provisi&oacute;n de botellas importadas pero jam&aacute;s con problemas de clientela. Por supuesto que ese periodismo tiene f&oacute;rmulas, y una vez que las vas aprendiendo puede parecerse m&aacute;s a un juego que consiste en incluir ciertas palabras a modo de contrase&ntilde;a (como ciertos rincones de la filosof&iacute;a contempor&aacute;nea, por otra parte; yo el h&aacute;bito lo saqu&eacute; de ah&iacute;) que a una tarea aut&eacute;nticamente creativa; pero cuando una tiene un trabajo de escribir, o al menos cuando yo tengo uno, cuando una sabe que tiene la suerte escas&iacute;sima de que le paguen por eso, siempre hay un esfuerzo aunque sea m&iacute;nimo de convertirlo en algo que cueste, en algo para lo que sea un desaf&iacute;o encontrar la palabra precisa. Y siempre me pareci&oacute; dificil&iacute;simo, realmente, contar a qu&eacute; huele un licor, c&oacute;mo se siente un postre en la boca, qu&eacute; es lo que va pasando en el cuerpo y en el alma &mdash;cosa en la que en general no creo pero que se siente muy aut&eacute;nticamente al comer algo rico&mdash; a medida que avanza una comida. Me gusta, entonces, lo que hace Katherine Mansfield: est&aacute; la b&uacute;squeda de ese vocabulario, pero est&aacute; tambi&eacute;n la conciencia de que el retrato completo de esa experiencia no es un c&uacute;mulo de adjetivos o descriptores de aromas. Contar una comida es siempre buscar c&oacute;mo contar esa sensaci&oacute;n pero tener presente que lo que se siente va mucho m&aacute;s all&aacute; del paladar. Los gastron&oacute;micos, cocineros y mozos que m&aacute;s me gustan son los que tienen eso presente;<strong> los que saben que lo m&aacute;s importante de una comida siempre va a ser la ocasi&oacute;n y la compa&ntilde;&iacute;a, </strong>y no te queman el cerebro para que <em>el producto </em>se convierta en la experiencia de la noche.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mansfield habla, igual que en todo lo que he le&iacute;do de sus diarios, much&iacute;simo de plata. &ldquo;Me preocupan tus finanzas&rdquo;, le dice a su marido, y es evidente que constantemente le preocupan las suyas propias. El libro est&aacute; lleno &mdash;igual que su diario&mdash; de alusiones a cheques por llegar o por cobrar y tambi&eacute;n de listas de compras registradas con la obsesi&oacute;n de a quien nada le sobra; y sin embargo, por supuesto, hay un apartado entero de todas las veces en que Katherine Mansfield se escapa a un caf&eacute; a hacer de la vida algo un poco menos insoportable, igual que lo hago yo, igual que lo hacen casi todos los porte&ntilde;os que conozco. Es curioso; siempre pienso que hay algo burgu&eacute;s en escribir sobre comer, y finalmente debe ser uno de los consumos m&aacute;s democr&aacute;ticos que tengo. Festejar con un asado, pedir una pizza un domingo a la noche; comer rico es el lujo de todo el mundo, ese gasto que puede ser un agujero en el fin de mes pero el m&aacute;s finito que se puede hacer a cambio de una poca de ilusiones. Pienso eso, en Katherine Mansfield haciendo tr&aacute;mites, haciendo colas para cobrar una plata que le deben y sent&aacute;ndose en un caf&eacute; en el que no deber&iacute;a sentarse a mirar el barrio pasar, y me parece incre&iacute;ble que sus textos tengan m&aacute;s de cien a&ntilde;os, me parece incre&iacute;ble que la humanidad haya llegado a dise&ntilde;ar una tecnolog&iacute;a tan perfecta e inmejorable como la de sentarse en una mesa delante de algo ef&iacute;mero y que te merec&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tecnologia-perfecta_129_9177467.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 17 Jul 2022 03:03:13 +0000]]></pubDate>
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