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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Juan Bautista Alberdi]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/juan-bautista-alberdi/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Juan Bautista Alberdi]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Liberalismo y democracia en Argentina]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/liberalismo-democracia-argentina_129_11432249.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4e6de5e2-7d3a-4242-929b-9965b8853efa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Liberalismo y democracia en Argentina"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿De qué hablamos cuando hablamos del liberalismo argentino? ¿Cuáles son sus cualidades más distintivas? ¿Son las ideas económicas del liberalismo su dimensión más importante? </p></div><p class="article-text">
        &iquest;Es posible asegurar que los liberales en nuestro pa&iacute;s son intr&iacute;nsecamente conservadores, incluso autoritarios? &iquest;C&oacute;mo entender el v&iacute;nculo entre liberalismo y democracia en Argentina?
    </p><p class="article-text">
        En este episodio, Leandro Losada ofrece algunas claves para responder estos interrogantes a partir de una mirada hist&oacute;rica, atenta a los procesos de mediano y largo plazo de la pol&iacute;tica y del debate de ideas en nuestro pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Conducci&oacute;n: Juan Buonuome
    </p><p class="article-text">
        Producci&oacute;n y edici&oacute;n de sonido: Ian Guti&eacute;rrez
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <a href="https://open.spotify.com/show/6ZzcVyIlDzcz3YaXAb7KEg" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">HistoriAr</a>&nbsp;es un podcast creado y producido por la&nbsp;<strong>Asociaci&oacute;n Argentina de Investigadores en Historia&nbsp;</strong>(<strong>AsAIH</strong>)<strong>.</strong>&nbsp;Cada episodio aborda un tema espec&iacute;fico de historia argentina, latinoamericana o mundial.
    </p><p class="article-text">
        <em>AsAIH</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Asociación Argentina de Investigadores en Historia (AsAIH)]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/liberalismo-democracia-argentina_129_11432249.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 08 Jun 2024 03:03:11 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Liberalismo y democracia en Argentina]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Historia Argentina,Liberalismo argentino,Juan Bautista Alberdi]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De Sarmiento a Fernández, ascenso y ocaso de la figura presidencial]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/sarmiento-fernandez-ascenso-ocaso-figura-presidencial_129_9195356.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e15e58b5-a3ff-4617-9949-2607eb5b2fb2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De Sarmiento a Fernández, ascenso y ocaso de la figura presidencial"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Juan Bautista Alberdi habló de la desgracia de ocupar la difícil silla presidencial. Sarmiento fue un presidente duro y batallador; Yrigoyen quiso una presidencia omnipresente, pero silenciosa y enigmática; Perón se propuso convertirla en la única voz autorizada para hablar en nombre de la nación. Con Alberto Fernández, sostiene el autor, la investidura presidencial es agredida por propios y extraños.</p></div><p class="article-text">
        En 2019 comenz&oacute; un experimento que carece de antecedentes en la historia moderna de nuestro pa&iacute;s: el arribo a la Casa Rosada, mediante elecciones libres y sin proscripciones, de un presidente que <strong>no constituye el v&eacute;rtice indiscutido del sistema de poder.</strong> Mucho se ha dicho y mucho se ha escrito sobre los pobres resultados de esta singular iniciativa, cuyo futuro es cada vez m&aacute;s incierto e inquietante. Quisiera volver sobre este problema a la luz de algunos apuntes sobre la historia de la figura presidencial. Y esto porque los atributos y las caracter&iacute;sticas de la primera magistratura de la rep&uacute;blica no deben verse solamente como un hecho cristalizado -el producto de un dise&ntilde;o institucional o de una relaci&oacute;n de fuerzas entre actores de la vida p&uacute;blica- sino, tambi&eacute;n, como el resultado de una trabajosa construcci&oacute;n. Una larga y dif&iacute;cil construcci&oacute;n que hoy est&aacute; sometida a grandes tensiones, y que sufre un da&ntilde;o que no ser&aacute; sencillo reparar.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Juan Bautista Alberdi constituye un buen punto de partida para reconstruir el proceso de construcci&oacute;n de la figura presidencial en nuestro pa&iacute;s.</strong> Alberdi vivi&oacute; en un tiempo en el que una presidencia poderosa, e incluso la existencia misma del estado argentino, no eran m&aacute;s que una posibilidad entre muchas, apenas un dibujo en la arena. Como todos sabemos, su libro<em> Bases y</em><span class="highlight" style="--color:white;"><em> puntos de partida para la organizaci&oacute;n pol&iacute;tica de la Rep&uacute;blica Argentina</em></span> (1852) tuvo una considerable influencia sobre los redactores de la Constituci&oacute;n de 1853. All&iacute;, Alberdi formul&oacute; la idea de que el pa&iacute;s requer&iacute;a &ldquo;reyes con el nombre de presidente&rdquo;, esto es, ejecutivos fuertes, s&oacute;lo limitados por la ley.
    </p><p class="article-text">
        Si Alberdi cre&iacute;a necesario instituir un Poder Ejecutivo &ldquo;republicano en la forma y casi mon&aacute;rquico en el fondo&rdquo; era porque el mundo pol&iacute;tico de su tiempo estaba dominado no por la concentraci&oacute;n sino por la dispersi&oacute;n del poder. En esa Argentina sin centro, la primera magistratura no estaba apoyada sobre una autoridad incontrastable. As&iacute; lo dejaba entrever cuando afirmaba, en el cap&iacute;tulo XXXIV de las <em>Bases</em>, que &ldquo;una vez elegido, sea quien fuere el desgraciado a quien el voto del pa&iacute;s coloque en la silla dif&iacute;cil de la presidencia, se le debe respetar con la obstinaci&oacute;n ciega de la honradez, no como a hombre, sino como a la persona p&uacute;blica del presidente de la Naci&oacute;n&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Por bastante tiempo, la presidencia de la rep&uacute;blica fue un espacio de autoridad discutido e inestable. Sus ocupantes tuvieron grandes dificultades para imponer su voluntad sobre una ciudadan&iacute;a d&iacute;scola y para acallar a figuras que contaban con recursos de poder de similar o mayor envergadura. Los mandatarios de las provincias m&aacute;s importantes estaban en esa categor&iacute;a de pares del presidente. Mitre y Sarmiento no tuvieron m&aacute;s remedio que convivir con el poderoso Urquiza, y Avellaneda no siempre logr&oacute; llamar al orden al gobernador de Buenos Aires. 
    </p><p class="article-text">
        Sarmiento (1868-1874) fue quiz&aacute;s el primer presidente que trabaj&oacute; de manera sistem&aacute;tica para torcer eso que Alberdi llam&oacute; la desgracia de ocupar la dif&iacute;cil silla de la presidencia. Tuvo m&aacute;s espacio pol&iacute;tico que Mitre pero tambi&eacute;n m&aacute;s vocaci&oacute;n centralizadora. Si Mitre fue ante todo un negociador, Sarmiento fue un duro y agresivo batallador. Contra la imagen algo c&aacute;ndida del presidente educador, el sanjuanino siempre dobl&oacute; la apuesta. Estaba convencido de la necesidad de fortalecer la figura presidencial, tanto en el plano institucional como en el pol&iacute;tico. Para afirmar la autoridad del ejecutivo nacional decidi&oacute; ir a una costosa guerra civil en Entre R&iacute;os (1870-73), y apunt&oacute; sus ca&ntilde;ones contra todos aquellos que bregaban por construir una rep&uacute;blica m&aacute;s federal, con m&aacute;s autonom&iacute;a para los estados provinciales.<strong> </strong>Sarmiento cre&iacute;a en el poder de los s&iacute;mbolos y los rituales del poder y por eso realiz&oacute; muchos gestos para realzar la visibilidad y la magnificencia de la primera magistratura: quiso una Casa de Gobierno m&aacute;s moderna e imponente, mand&oacute; importar un carruaje principesco, cre&oacute; un cuerpo especial de escolta presidencial, integrado por soldados de estatura elevada y porte marcial.<strong> </strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Para Sarmiento, la afirmaci&oacute;n simb&oacute;lica de la investidura presidencial y la formaci&oacute;n de un Estado m&aacute;s poderoso iban de la mano.</strong> Los partidarios de la austeridad republicana no se cansaron de criticarlo. Pero el segundo presidente de la Argentina unificada sab&iacute;a bien que no habr&iacute;a construcci&oacute;n pol&iacute;tica perdurable si no se asentaba sobre la creencia de que el hombre que ocupaba la Casa Rosada era el que estaba al mando. Y para mostrarlo incluso estuvo dispuesto a humillar a su vice, Adolfo Alsina, declarando a quien quisiera escucharlo que s&oacute;lo necesitaba al gran caudillo popular de Buenos Aires para &ldquo;tocar la campana del Senado&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;En d&eacute;cadas posteriores, conforme el poder ejecutivo fue ganando m&uacute;sculo, la figura presidencial continu&oacute; acrecentando su relieve. La contribuci&oacute;n de Roca a la unificaci&oacute;n pol&iacute;tica es conocida. El tucumano tambi&eacute;n fijo su atenci&oacute;n en cuestiones referidas a la simbolog&iacute;a del poder: fue el creador de la Casa Rosada tal como hoy la conocemos. En su segundo mandato, adem&aacute;s, Roca volvi&oacute; a dar vida a<span class="highlight" style="--color:white;">l&nbsp;regimiento de granaderos a caballo con que San Mart&iacute;n hab&iacute;a iniciado su carrera militar; en 1907,&nbsp;durante el mandato de Jos&eacute; Figueroa Alcorta, el regimiento de granaderos se convirti&oacute; en escolta presidencial. </span>
    </p><p class="article-text">
        Roque S&aacute;enz Pe&ntilde;a (1910-14) constituye un importante eslab&oacute;n en esta historia de ascenso del poder presidencial. Fue el &uacute;nico jefe de estado que vivi&oacute; en la Casa Rosada, cuya ala norte reform&oacute; y cuyo personal de servicio acrecent&oacute; y jerarquiz&oacute;. S&aacute;enz Pe&ntilde;a rode&oacute; sus apariciones en p&uacute;blico de un ritual del poder m&aacute;s elaborado, que los socialistas en su momento denunciaron como propio de un &ldquo;presidente aristocr&aacute;tico&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, en el &uacute;ltimo gran mandatario de la era olig&aacute;rquica hab&iacute;a algo m&aacute;s que gusto por la pompa pagado con los impuestos de los contribuyentes. S&aacute;enz Pe&ntilde;a arrib&oacute; a la Casa Rosada convencido de que hab&iacute;a llegado el momento de abrir las puertas de la vida p&uacute;blica de par en par a la inspiraci&oacute;n democr&aacute;tica, e impuso ese norte a un Congreso por momentos renuente a acompa&ntilde;arlo. Que la ley de sufragio masculino secreto y obligatorio sea recordada con su nombre es un merecido homenaje a su proyecto m&aacute;s ambicioso. S&aacute;enz Pe&ntilde;a dio ese salto hacia lo desconocido confiado en que la Argentina estaba madura para asentar su orden pol&iacute;tico sobre un r&eacute;gimen m&aacute;s participativo e incluyente. Pero entend&iacute;a que, para que el r&eacute;gimen democr&aacute;tico funcionara de manera aceitada, no bastaba con confiar en el raciocinio de la ciudadan&iacute;a. Tambi&eacute;n hac&iacute;an falta iniciativas desde arriba. 
    </p><p class="article-text">
        El presidente reformista insisti&oacute; en la necesidad de promover la formaci&oacute;n de partidos m&aacute;s leg&iacute;timos y mejor enraizados socialmente. Y adem&aacute;s cre&iacute;a que, cuando el voto del hombre com&uacute;n pasara a marcar el ritmo de la vida p&uacute;blica, la figura presidencial deb&iacute;a aparecer bajo una luz m&aacute;s brillante y seductora. En la era de la pol&iacute;tica democr&aacute;tica, la austeridad republicana era un anacronismo peligroso. M&aacute;s que un presidente aristocr&aacute;tico, pues, lo que S&aacute;enz Pe&ntilde;a estaba balbuceando era la idea de que la pol&iacute;tica de masas requer&iacute;a rituales del poder m&aacute;s elaborados y de mayor alcance, puestos al servicio del engrandecimiento de la figura del presidente democr&aacute;tico. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>A lo largo del siglo XX, y bajo este nuevo imperativo, la figura presidencial fue sometida a distintos experimentos, siempre dirigidos a engrandecer su estatura p&uacute;blica.</strong> Yrigoyen la quiso omnipresente, pero silenciosa y enigm&aacute;tica. Per&oacute;n se propuso convertirla en la &uacute;nica voz autorizada para hablar en nombre de la naci&oacute;n y, en la deriva autoritaria que marc&oacute; su segundo mandato, aspir&oacute; a ocupar la totalidad del campo pol&iacute;tico. Si en Yrigoyen la imagen presidencial se multiplic&oacute; en mil afiches y carteles, en Per&oacute;n fue su voz, trasportada por la radio y el altoparlante a todos los rincones del pa&iacute;s, la que inund&oacute; el espacio p&uacute;blico. En la noche terrible de la dictadura, Videla quiso que la figura presidencial fuese la encarnaci&oacute;n de una autoridad erigida sobre una siempre apenas velada amenaza de la muerte.
    </p><p class="article-text">
        <strong>En las &uacute;ltimas cuatro d&eacute;cadas, tras encarrilarse en la senda democr&aacute;tica, la sociedad argentina se torn&oacute; m&aacute;s diversa y plural.</strong> De la agenda de g&eacute;nero a la crisis clim&aacute;tica, de las clases altas y medias globalizadas a los pobres que viven al d&iacute;a, las expectativas y las demandas que la animan son cada vez m&aacute;s complejas y heterog&eacute;neas, y m&aacute;s dif&iacute;ciles de sintetizar en una sola imagen o una sola voz. Sin embargo, la figura presidencial continu&oacute; ocupando un lugar de extraordinario relieve en la escena p&uacute;blica. Y esto es as&iacute; porque los enormes desaf&iacute;os que el pa&iacute;s debi&oacute; enfrentar en esta etapa una y otra vez colocaron al presidente en el foco de la atenci&oacute;n ciudadana. 
    </p><p class="article-text">
        Gracias a su enorme visibilidad y su posici&oacute;n central en el proceso pol&iacute;tico, las personas que ocuparon el cargo de jefe de estado pudieron reclamar cr&eacute;dito por los triunfos del momento. Nuestra historia reciente gir&oacute; en torno a tres epopeyas. En los a&ntilde;os ochenta, Ra&uacute;l Alfons&iacute;n hizo crecer la envergadura de la figura presidencial alzando la bandera de la democracia pluralista y los derechos humanos. Su sucesor Carlos Menem tuvo sus d&iacute;as de gloria y alcanz&oacute; la reelecci&oacute;n como promotor de la modernizaci&oacute;n del anquilosado y exhausto capitalismo nacional. Y en la primera d&eacute;cada del siglo XXI, los Kirchner se rodearon de calor popular gracias a que dieron estabilidad a la nave del estado tras la crisis de 2001-2 y reformularon la idea de justicia social para adaptarla a la era de la desocupaci&oacute;n estructural. Pero como estos logros pronto fueron opacados por fracasos estruendosos, y porque nuestro pa&iacute;s se caracteriza por veloces tr&aacute;nsitos del entusiasmo a la frustraci&oacute;n, el panorama resultante fue, como nos recuerda un estudio de An&iacute;bal P&eacute;rez Li&ntilde;&aacute;n (chrome-extension://efaidnbmnnnibpcajpcglclefindmkaj/https://www.redalyc.org/pdf/3871/387133948016.pdf), una serie de &ldquo;ciclos r&aacute;pidos y dram&aacute;ticos de acumulaci&oacute;n y disoluci&oacute;n del poder presidencial&rdquo;. De hecho, de las tres grandes promesas presidenciales de la etapa inaugurada en 1983 &ndash;democracia, crecimiento econ&oacute;mico, justicia social&ndash;, s&oacute;lo la primera puede considerarse satisfecha. Y hay que notar que, pese a la importancia de esta conquista, Alfons&iacute;n no pudo cosechar sino p&oacute;stumamente un amplio reconocimiento por semejante logro. 
    </p><p class="article-text">
        En 2019, la consagraci&oacute;n de una f&oacute;rmula presidencial integrada en segundo t&eacute;rmino por una figura que, aunque debilitada y en declinaci&oacute;n, es considerablemente m&aacute;s gravitante que la persona designada para encabezar el poder ejecutivo, introdujo una novedad radical en esta trayectoria. La audaz iniciativa de Cristina Fern&aacute;ndez le permiti&oacute; al justicialismo regresar a la Casa Rosada, pero a costa de sembrar de piedras el camino hacia adelante. Una vez que se corri&oacute; el velo que la pandemia hab&iacute;a puesto sobre los problemas permanentes del pa&iacute;s, se volvi&oacute; evidente que este artefacto disfuncional es incapaz de imprimirle a la acci&oacute;n del Estado un rumbo coherente. Es deficiente en el plano pol&iacute;tico y en el econ&oacute;mico. Y es deficiente no s&oacute;lo porque agrava el desconcierto que un panorama de pobreza fiscal impone a las distintas facciones de un grupo dirigente que, pese a todas sus diferencias internas, s&oacute;lo parece capaz de predicar el evangelio de la distribuci&oacute;n, o por la naturaleza por momentos extremadamente ego&iacute;sta y autorreferencial de las iniciativas pol&iacute;ticas que parten de su figura de mayor relieve, la titular del Senado. Tambi&eacute;n es defectuosa porque la Argentina no se parece a la Rusia de la d&eacute;cada de 2000, que pod&iacute;a funcionar con Dmitri Medvedev como presidente t&iacute;tere y Vladimir Putin como el verdadero poder detr&aacute;s del trono. 
    </p><p class="article-text">
        Es que la densidad que la figura presidencial ha adquirido a lo largo de la historia que aqu&iacute; hemos bosquejado, as&iacute; como la importancia de los recursos de poder que coloca a disposici&oacute;n del primer mandatario, no admiten ese desdoblamiento ni siquiera en el caso de un hombre al que, como Cristina Fern&aacute;ndez siempre intuy&oacute;, le resulta muy dif&iacute;cil concebirse como el n&uacute;mero uno. Al mirar su imagen reflejada en el espejo de nuestra tradici&oacute;n pol&iacute;tica, y al sentir el peso del bast&oacute;n y la banda presidencial, incluso un dirigente de segunda l&iacute;nea y de pobre imaginaci&oacute;n pol&iacute;tica como Alberto Fern&aacute;ndez no puede sino resistirse a adoptar el papel de un mero presidente vicario. Los ecos de una historia m&aacute;s que centenaria, que se remonta a ese Sarmiento que ya en 1868 trabajaba para confinar a su vice Alsina a la tarea de &ldquo;tocar la campana del Senado&rdquo;, siguen habitando los salones y los pasillos de la Casa Rosada. El resultado es un choque de fuerzas que paraliza al gobierno y da&ntilde;a a la sociedad y que, adem&aacute;s, humilla y deshonra a la figura presidencial.
    </p><p class="article-text">
        A&uacute;n si la investidura presidencial hoy es agredida por propios y extra&ntilde;os y, lo que es peor, tambi&eacute;n sufre el maltrato que le prodiga el encargado de custodiarla, no es f&aacute;cil demoler en pocos a&ntilde;os un edificio pol&iacute;tico-cultural que se erigi&oacute; a lo largo de tantas d&eacute;cadas. Alcanzado este punto, muchas preguntas quedan abiertas. &iquest;En qu&eacute; condiciones llegar&aacute; la nave de la presidencia de Alberto Fern&aacute;ndez-Cristina Fern&aacute;ndez de Kirchner a esa costa todav&iacute;a muy lejana que es el 10 de diciembre de 2023? Cuando se produzca el recambio de autoridades, &iquest;vendr&aacute; acompa&ntilde;ado de un movimiento del p&eacute;ndulo en sentido inverso, esto es, de afirmaci&oacute;n de la figura del primer mandatario, como el que N&eacute;stor Kirchner lider&oacute; en 2003? &iquest;Esa recuperaci&oacute;n del prestigio y la autoridad de la figura presidencial servir&aacute;n para revitalizar lo mejor o acentuar lo peor de nuestra tradici&oacute;n pol&iacute;tica? &iquest;O el mezquino experimento que nos condujo a esta tormenta dejar&aacute; un legado perdurable, dif&iacute;cil de remontar? 
    </p><p class="article-text">
        A esta altura, estos interrogantes no tienen respuesta. En todo caso, en momentos dif&iacute;ciles como los que hoy atraviesa el pa&iacute;s, el sentido del pedido de clemencia en favor de los ocupantes de &ldquo;la silla dif&iacute;cil de la presidencia&rdquo; formulado por Alberdi en 1852 vuelve a adquirir plena vigencia. Sobre todo porque -como insist&iacute;a el arquitecto de nuestra constituci&oacute;n enfatizando que es muy importante distinguir entre el individuo que circunstancialmente ocupa el cargo y la m&aacute;s permanente investidura del presidente-, &ldquo;cuanto menos digno de su puesto&rdquo; es el primer mandatario, mayor debe ser el cuidado con que debemos tratarlo. En beneficio, concluye con raz&oacute;n Alberdi, no de la persona indigna de esa enorme responsabilidad que por un tiempo preciso y limitado ocupa la Casa Rosada sino de la castigada comunidad pol&iacute;tica que en esa figura simb&oacute;lica se encuentra sintetizada y reflejada. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>RH</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Roy Hora]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/sarmiento-fernandez-ascenso-ocaso-figura-presidencial_129_9195356.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 Jul 2022 03:01:59 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Juan Bautista Alberdi,Domingo Faustino Sarmiento,Hipólito Yrigoyen,Juan Perón,Raúl Alfonsín,Carlos Menem,Néstor Kirchner,Cristina Fernández de Kirchner,Alberto Fernández,Argentina,Presidentes]]></media:keywords>
    </item>
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