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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Joni Mitchell]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/joni-mitchell/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Joni Mitchell]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El jazz de Joni]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/jazz-joni_129_12599954.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cbc532bb-b6d1-4c38-b6ef-4392db7471a6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El jazz de Joni"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La legendaria compositora y cantante lee su obra buscando las señales que el jazz dejó sembradas en ella y muestra cómo el diálogo con el género atraviesa toda su trayectoria. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        El disco tuvo, en el arte, un efecto similar al de las pinacotecas renacentistas. Puso en escena que una obra, junto a otras, ten&iacute;a un significado totalmente distinto que a solas. Obviamente las canciones, y los cuadros, continuaron sus propias vidas pero no era lo mismo escuchar &ldquo;Alfonsina y el mar&rdquo; despu&eacute;s de dar vuelta <em>Mujeres argentinas</em> y haber o&iacute;do todo el Lado A que hacerlo por separado, de la misma manera que &ldquo;Helter Skelter&rdquo; no ten&iacute;a el mismo efecto como pieza aislada que explotando despu&eacute;s de &ldquo;Sexy Sadie&rdquo; e iluminando, a su extra&ntilde;a y oscura manera, &ldquo;Long, Long, Long&rdquo; y, luego, &ldquo;Revolution 1&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Enrique Pezzoni</strong>, un gran pensador en la literatura y en la teor&iacute;a del arte, dec&iacute;a que la frase que comenzaba y terminaba el poema &ldquo;Los heraldos negros&rdquo;, de <strong>C&eacute;sar Vallejo</strong> &ndash;&ldquo;Hay golpes en la vida, tan fuertes&hellip; yo no s&eacute;!&rdquo;&ndash;, no era la misma en las dos ocasiones. Al principio era, en s&iacute;, un golpe; al final, despu&eacute;s de haber le&iacute;do todo el poema e inmediatamente a continuaci&oacute;n de los versos &ldquo;&hellip;vuelve los ojos locos, y todo lo vivido/ se empoza, como un charco de culpa, en la mirada&rdquo;, llegaba transfigurada. El efecto que unas obras ten&iacute;an sobre otras era tambi&eacute;n el que unas palabras ejerc&iacute;an en las dem&aacute;s. Cada parte transformaba el todo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Joni Mitchell</strong> acaba de agregar un nuevo volumen a sus <em>Archives</em>. El cap&iacute;tulo anterior, comentado <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/sonidos-buena-memoria_129_11747167.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">en esta columna en octubre del a&ntilde;o pasado</a>, recorr&iacute;a el per&iacute;odo comprendido entre <em>Hejira</em> y <em>Shadows and Light</em> (1976-1980). Aquel en el que irrumpi&oacute; en su m&uacute;sica la voz &uacute;nica de <strong>Jaco Pastorius</strong>, en el bajo el&eacute;ctrico sin trastes. Y, lejos del &uacute;ltimo lugar en importancia, en el que comenz&oacute; su larga colaboraci&oacute;n con el saxofonista <strong>Wayne Shorter</strong>, fundador del grupo Weather Report del que Pastorius fue miembro entre1976 y 1981. Ambos llegaron a trabajar con Mitchell por v&iacute;as separadas y, para los dos, la alianza creativa con ella fue la m&aacute;s larga mantenida por fuera de aquel grupo &ndash;en el caso de Shorter durante m&aacute;s de veinte a&ntilde;os&ndash;. Aquel cuarto volumen de sus notables archivos enmarcaba, en rigor, el contacto de Joni Mitchell con m&uacute;sicos de jazz, que culmin&oacute; con la s&uacute;per banda de <em>Shadows and Light</em> &ndash;con <strong>Michael Brecker</strong>, <strong>Pat Metheny</strong> y Pastorius&ndash; y, a partir de esos encuentros, con el jazz en su conjunto. El de la conversi&oacute;n de la cantante folk que nunca hab&iacute;a sido del todo en una de las mejores int&eacute;rpretes de jazz imaginables.
    </p><p class="article-text">
        Y el quinto archivo se llama <em>Joni&rsquo;s Jazz</em>. Un conjunto de cuatro Cds &ndash;o su versi&oacute;n virtual&ndash; u ocho LPs, en ambos casos con bell&iacute;sima presentaci&oacute;n en forma de libro. M&aacute;s all&aacute; de los in&eacute;ditos &ndash;pocos pero significativos&ndash; y el hecho de incluir material de &aacute;lbumes realizados para sellos diversos y a lo largo de toda su carrera, y participaciones de la cantante en discos de otros &ndash;en particular con <strong>Herbie Hancock</strong>, otra de las relaciones art&iacute;sticas mantenidas a lo largo de muchos a&ntilde;os&ndash;, de lo que se trata aqu&iacute; es de ese viejo asunto de las pinacotecas renacentistas. De c&oacute;mo el conjunto resignifica a sus componentes; de c&oacute;mo cada canci&oacute;n lee a las otras y es le&iacute;da por ellas. Porque en esta antolog&iacute;a &ndash;las modas dictar&iacute;an en este caso hablar de &ldquo;curaci&oacute;n&rdquo;&ndash; no solo est&aacute; lo evidente. &ldquo;Blue&rdquo;, por ejemplo, no parece emparentarse con el jazz en una primera instancia. Pero est&aacute; esa palabra, &ldquo;blue&rdquo;, que no es s&oacute;lo la del azul de la tapa del disco que alberg&oacute; aquella canci&oacute;n y tom&oacute; como propio su t&iacute;tulo, sino la apelaci&oacute;n a la tristeza y a un g&eacute;nero que est&aacute; en la ra&iacute;z del jazz. Y, adem&aacute;s, a aquello que <strong>Miles Davis</strong>, con su seminal <em>Kind of Blue</em> &ndash;y con el timbre de su trompeta con sordina&ndash;, convirti&oacute; en marca de f&aacute;brica. &ldquo;Blue&rdquo; abre este &ldquo;jazz de Joni&rdquo; y eso provoca, de por s&iacute;, una escucha diferente. Est&aacute;, por otra parte, la palabra de la propia Joni en las notas del libro adjunto: &ldquo;Blue&rdquo;, en su cabeza, siempre estuvo atravesada por la trompeta asordinada de Miles y, obviamente, por su &ldquo;clase de blue&rdquo;. Y es que, en efecto, esa primera palabra &ndash;&ldquo;blue&rdquo;&ndash; cantada por ella, ese sonido oscurecido, velado en el comienzo y su melisma posterior, parece ser la continuaci&oacute;n m&aacute;s exacta de Miles y su inolvidable contenci&oacute;n en &ldquo;It Never Entered my Mind&rdquo;, grabada en 1954 junto con <strong>Horace Silver</strong> en piano, <strong>Percy Heath</strong> en contrabajo y <strong>Art Blakey </strong>en bater&iacute;a.
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        La segunda canci&oacute;n, si bien no es un in&eacute;dito, es posible que implique un descubrimiento para la mayor&iacute;a de los oyentes.En &ldquo;Trouble Man&rdquo;, una pieza de <strong>Marvin Gaye</strong> que &eacute;l hab&iacute;a grabado en 1972, Mitchell es la cantante invitada de la big band del contrabajista y compositor de m&uacute;sica de pel&iacute;culas <strong>Kyle Eastwood</strong>. El registro fue editado en 1998 y el arreglador fue <strong>Vince Mendoza</strong>, el mismo que firm&oacute; las suntuosas orquestaciones de <em>Both Sides Now</em>, publicado en 2000, y de <em>Travelogue</em>, de 2002. Le siguen dos demos nunca antes publicados, los de &ldquo;Moon at the Window&rdquo; y &ldquo;Be Cool&rdquo;, ambos temas pertenecientes a <em>Wild Things Run Fast</em>, de 1982. En la prehistoria del per&iacute;odo Shorter se incluye la magn&iacute;fica &ndash;y terrible&ndash; &ldquo;Cold Blue Steel and Sweet Fire&rdquo;, con <strong>Tom Scott</strong> en saxo soprano &ndash;del disco <em>For the Roses</em> (1972)&ndash;. Scott se hace presente tambi&eacute;n, junto con la guitarra de Larry Carlton &ndash;el mismo que particip&oacute; en <em>Clics Modernos</em> de <strong>Charlie Garc&iacute;a</strong>&ndash; en &ldquo;Like a Train&rdquo;, un tema de <em>Court and Spark</em>, de 1974, un &aacute;lbum del que tambi&eacute;n se incluye &ldquo;Twisted&rdquo;. &ldquo;Marcie&rdquo;, una canci&oacute;n en la que se acompa&ntilde;a &uacute;nicamente con su guitarra de cuerdas de acero y que, por s&iacute; sola, alcanza para mostrar la inmensa originalidad de Mitchell como compositora e int&eacute;rprete, pertenece a su primer disco de estudio, <em>Song to a Seagull</em> (1968), producido por David Crosby.
    </p><p class="article-text">
        Shorter y Pastorius son, desde ya, presencias protag&oacute;nicas en el resto del material. Herbie Hancock, fue el anfitri&oacute;n &ndash;y el homenajeante&ndash; de Mitchell en dos de sus discos, <em>Gershwin World</em>, donde ella cant&oacute;, conmovedora, &ldquo;The Man I Love y <strong>River.</strong><em>The Joni Letters</em>, donde ella canta &rdquo;The Tea Leaf Prophecy (Lay Down your Arms)&ldquo;. En ambas canciones participa Shorter y las dos son parte de <em>Joni&rsquo;s Jazz</em>. La &uacute;ltima grabaci&oacute;n de este &aacute;lbum fue en el escenario del Newport Folk Festival de 2022, en esa especie de reuni&oacute;n de admiradores y amigos que se gener&oacute; por iniciativa de <strong>Brandi Carlile</strong>y se present&oacute; con el nombre de <em>The Joni Jam</em>. Mitchell interpreta &rdquo;Summertime&ldquo;, esa peque&ntilde;a aria de <em>Porgy &amp; Bess</em>, la &rdquo;&oacute;pera folk&ldquo; &ndash;as&iacute; la bautiz&oacute; <strong>George Gershwin</strong>&ndash; en que Clara, un personaje secundario, canta, casi al principio, una canci&oacute;n de cuna a su hijo que acab&oacute; convirti&eacute;ndose en una de las canciones m&aacute;s famosas del jazz. Mitchell, que hab&iacute;a cre&iacute;do que no volver&iacute;a a cantar, lo hace con su expresividad de siempre pero con una sabidur&iacute;a infinita. Ese podr&iacute;a haber sido el cierre del &aacute;lbum. Pero, ya se ha dicho, en este caso el relato, la manera en que se engarzan las piezas, es la obra. Y esta Obra de Obras que cuenta al jazz seg&uacute;n Joni Mitchell no se rige por la cronolog&iacute;a sino por reglas m&aacute;s secretas. El final es &rdquo;If&ldquo;, un tema del disco <em>Shine</em>. Y es que Mitchell sabe que todo final es condicional.
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        <em>DF/MF</em>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 13 Sep 2025 03:02:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Joni Mitchell]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[El hombre que inventaba]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/hombre-inventaba_129_12249444.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f8e4ed62-412b-4285-be25-87005819788b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El hombre que inventaba"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Charles Mingus tocó en Buenos Aires en 1977. Estaba ya enfermo, aunque no lo sabía, y cerca de su muerte. Pero la música que tocó transmite una vitalidad y una alegría asombrosas. La grabación de sus dos actuaciones porteñas, el 2 y el 3 de junio, acaba de publicarse por primera vez en disco, en una edición ejemplar. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        <strong>Charles Mingus</strong>, el hombre que en su autobiograf&iacute;a dijo de todo menos la verdad, lleg&oacute; a Buenos Aires en junio de 1977. Lo aquejaba una enfermedad degenerativa, aunque a&uacute;n no lo sab&iacute;a. Caminaba con dificultad. Estaba de mal humor. Dio una conferencia de prensa a la que no fue casi nadie. Los diarios principales no se enteraron &ndash;o no quisieron hacerlo&ndash; de que aqu&iacute; estaba uno de los m&uacute;sicos m&aacute;s importantes de su &eacute;poca, el mismo que hab&iacute;a tocado con <strong>Charlie Parker</strong>, el que con <em>Ah Um</em> hab&iacute;a llegado a una de las posibles &ndash;no ser&iacute;a la &uacute;ltima&ndash; cimas del jazz y al que apenas dos a&ntilde;os despu&eacute;s <strong>Joni Mitchell</strong> rendir&iacute;a el m&aacute;s extraordinario de los homenajes. 
    </p><p class="article-text">
        Al frente de un quinteto fant&aacute;stico, Mingus dio dos conciertos, el 2 en el Teatro Coliseo y el 3 en el SHA, el auditorio de la Sociedad Hebraica Argentina, donde, en esos a&ntilde;os de dictadura, se refugiaban los ciclos de la Cinemateca Argentina y el Cine Club N&uacute;cleo. La grabaci&oacute;n de lo que sucedi&oacute; en esas dos noches porte&ntilde;as acaba de publicarse en disco por primera vez. El sello <strong>Resonance</strong>, el mismo que edit&oacute; los memorables registros de <strong>Bill Evans</strong> en esta ciudad, y gracias a la misma fuente &ndash;el acceso a las cintas guardadas por <strong>Carlos Melero</strong>, quien fue el sonidista de aquellas presentaciones, y las gestiones realizadas por el periodista <strong>Roque Di Pietro</strong>&ndash;, edit&oacute; un lujoso &aacute;lbum de tres LPs, <em>Mingus in Argentina. The Buenos Aires Concerts</em>, con una versi&oacute;n en 2 cds &ndash;que aqu&iacute; pueden conseguirse en la disquer&iacute;a especializada <strong>Minton&rsquo;s</strong>, en la Galer&iacute;a Apolo&ndash; , tambi&eacute;n obtenible, en su versi&oacute;n virtual y en alta resoluci&oacute;n, en la plataforma <strong>Bandcamp </strong>&ndash;que incidentalmente tambi&eacute;n permite el streaming&ndash;: <a href="https://charlesmingusmusic.bandcamp.com/album/in-argentina-the-buenos-aires-concerts" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">https://charlesmingusmusic.bandcamp.com/album/in-argentina-the-buenos-aires-concerts</a>.
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        La grabaci&oacute;n realizada por Melero recoge el sonido de la consola y, como era habitual para &eacute;l, es de una ejemplar claridad de planos, timbres y matices. Y la restauraci&oacute;n sonora y masterizaci&oacute;n del vinilo, realizada a partir de las cintas originales por Matthew Luthans, es excelente. La secci&oacute;n de vientos &ndash;el gran <strong>Ricky Ford</strong> en saxo tenor y uno de los mingusianos m&aacute;s fieles, el trompetista <strong>Jack Walrath</strong>&ndash; suena como la versi&oacute;n reconcentrada y esencial de una big band. El grupo se completaba con <strong>Robert Neloms</strong> en el piano, en bater&iacute;a <strong>Dannie Richmond</strong> (compa&ntilde;ero de ruta de Mingus desde los fundantes <em>The Clown</em> y <em>Mingus Three</em>, ambos registrados veinte a&ntilde;os antes) y, en contrabajo y dos improvisaciones al piano, a la estrella, el hombre que ment&iacute;a y que inmortaliz&oacute; al sombrero de <strong>Lester Young</strong> en la pieza que, el 2 de junio de 1977, abri&oacute; el primer concierto en Buenos Aires, &ldquo;Goodbye Pork Pie Hat&rdquo;.
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    </figure><p class="article-text">
        En su autobiograf&iacute;a, <em>Menos que un perro</em>, publicada en castellano por Mondadori, Mingus dialoga, entre otros, con su psicoanalista &ndash;un invento&ndash; y le dice: &ldquo;Yo soy tres. Un hombre que permanece siempre en medio, despreocupado, inm&oacute;vil, observando, esperando a que le sea permitido expresar lo que ve a los otros dos. El segundo hombre es como un animal asustado que ataca por miedo a ser atacado. Luego est&aacute; la persona extremadamente cari&ntilde;osa y amable que admite a la gente en el templo m&aacute;s sagrado de su ser y soporta los insultos y es confiado y firma los contratos sin leerlos&rdquo;. <strong>Joni Mitchell</strong>, en su homenaje, llamado simplemente <em>Mingus</em>, cantaba, con la m&uacute;sica de &ldquo;Dios debe ser el hombre de la bolsa&rdquo; y partiendo de esa frase: &ldquo;&iquest;Cu&aacute;l va a ser, Mingus uno, dos o tres? &iquest;Cu&aacute;l de ellos pens&aacute;s que &eacute;l querr&iacute;a que el mundo viera?&rdquo;. 
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    </figure><p class="article-text">
        Pero si se busca una biograf&iacute;a confiable, el texto obligado es <em>Mingus: A Critical Biography</em>, escrito por el cr&iacute;tico ingl&eacute;s <strong>Brian Priestley</strong>, que es quien escribi&oacute; las notas originales para la edici&oacute;n de Resonance, que se completa con un extracto de <em>Grandes del jazz internacional en Argentina (1956-1979)</em>, el libro de <strong>Claudio Parisi</strong> publicado por la editorial <strong>Gourmet Musical</strong> en 2019, y nuevas entrevistas a Ford y Walrath. 
    </p><p class="article-text">
        El repertorio incluy&oacute; cl&aacute;sicos como el del adi&oacute;s al sombrero pastel de cerdo y &ldquo;Fables of Fablus&rdquo;, temas recientes como &ldquo;Three or Four Shades of Blues&rdquo;, dos declaraciones de fe ellingtoniana &ndash;&ldquo;Duke Ellington&rsquo;s Sound of Love&rdquo; y &ldquo;For Harry Carney&rdquo;, dedicada al c&eacute;lebre saxo bar&iacute;tono de la orquesta de <strong>Duke Ellington</strong>, un homenaje a <strong>Charlie Parker </strong>con &ldquo;Koko/ Cherokee), un largo fragmento (16 minutos&rdquo;) de &ldquo;Sue&rsquo;s Changes&rdquo;, dos breves improvisaciones y la notable pieza que el hombre con insomnio, el mismo que compuso un tema llamado &ldquo;Extra&ntilde;a pesadilla&rdquo;, ide&oacute; a partir de un sue&ntilde;o y de una pel&iacute;cula fallida: &ldquo;Cumbia &amp; Jazz Fusion&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El film, que no lleg&oacute; siquiera a rodarse, se tratar&iacute;a del tr&aacute;fico de drogas entre Colombia y los Estados Unidos. El asesor musical <em>latino</em> fue <strong>Justo Almario</strong>, un saxofonista colombiano que hab&iacute;a llegado a los Estados Unidos a los 16 a&ntilde;os como parte de un proyecto fracasado, <em>Cumbia Colombia</em>, perge&ntilde;ado por el empresario <strong>Chucho &ldquo;el Conga&rdquo; Fern&aacute;ndez</strong>, que hab&iacute;a sido becado en el c&eacute;lebre Berklee College de Boston y que dirig&iacute;a musicalmente la banda del conguero cubano <strong>Mongo Santamar&iacute;a</strong>. Hubo varios encuentros, en los que participaron tres percusionistas latinos, y donde se escuch&oacute; m&uacute;sica: <strong>Los Gaiteros de San Jacinto</strong>, la orquesta de <strong>Lucho Berm&uacute;dez</strong>. Y, como resultado, hubo un disco, <em>Cumbia &amp; Jazz Fusion</em>, grabado tambi&eacute;n en 1977.
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    </figure><p class="article-text">
        Pero all&iacute; no hubo gaitas &ndash;el oboe ind&iacute;gena del Caribe colombiano que se convirti&oacute; en marca de f&aacute;brica de porros y cumbias&ndash; ni ca&ntilde;as de millo &ndash;otro instrumento folkl&oacute;rico con una ca&ntilde;a vibratoria que ocasionalmente reemplaza a la gaita&ndash;. A cambio, se utilizaron oboe, corno ingl&eacute;s, clarinete bajo y fagotes y, en lugar de la percusi&oacute;n tradicional colombiana, congas centroamericanas. Y, pese al enojo de Mingus, tampoco estuvo Almario, que debi&oacute; partir de gira con Santamar&iacute;a. La versi&oacute;n del quinteto que lleg&oacute; a Buenos Aires, tal vez el grupo de Mingus menos conocido, omite los rasgos m&aacute;s pintoresquistas de lo t&iacute;mbrico y acent&uacute;a, en cambio, la aventura r&iacute;tmica.
    </p><p class="article-text">
        Hay, en este Mingus tard&iacute;o, tres o cuatro sombras de blues. Seis meses despu&eacute;s de su gira le diagnosticaron esclerosis lateral amiotr&oacute;fica y apenas un a&ntilde;o m&aacute;s tarde, el 5 de enero de 1979, muri&oacute; a los 56 a&ntilde;os. En la m&uacute;sica, no obstante, hay una vitalidad y una alegr&iacute;a asombrosas. No se trata solo de grandes int&eacute;rpretes tocando a la perfecci&oacute;n un material excepcional sino de algo que estuvo presente desde los tempranos workshops que Mingus dirigi&oacute; (y que grab&oacute; en su propio sello, Debut) y que permaneci&oacute; en su herencia, tanto en la Mingus Dinasty como en la Mingus Big Band y, por supuesto, en ese inigualable <em>Mingus </em>de Joni Mitchell donde el hombre que inventaba ya no toca pero inunda todo con su esp&iacute;ritu. Contrabajista, compositor y pianista genial y, probablemente, uno de los m&uacute;sicos m&aacute;s intelectuales y reflexivos del jazz, supo rescatar algo de las viejas ra&iacute;ces &ndash;y, claro, de Ellington&ndash;: la fiesta. Una clase de improvisaci&oacute;n donde lo m&aacute;s intrincado de los ritmos o las armon&iacute;as jam&aacute;s se impone al mero placer. Al disfrute de tocar e improvisar en conjunto. Ese antiguo secreto.
    </p><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/hombre-inventaba_129_12249444.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 26 Apr 2025 03:00:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El hombre que inventaba]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Charles Mingus,Joni Mitchell,Charlie Parker]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un veraniego viaje de invierno]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/veraniego-viaje-invierno_129_11920615.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/55600573-d968-43db-b1ff-4a27db889117_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un veraniego viaje de invierno"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Espíritu navideño. O su contraparte: la tristeza más profunda. Canciones, de Joni Mitchell al Cuchi Leguizamón o Daniel Viglietti, oratorios, himnos y hasta variaciones del Modern Jazz Quartet para tiempos más bien oscuros, sin noches blancas, sin renos, sin nieve y sin ríos tan largos donde poder enseñar a los pies a volar. 
</p></div><p class="article-text">
        <em>Qu&eacute; bello es vivir</em> (<em>It&rsquo;s a Wonderful Life</em>), la pel&iacute;cula que <strong>Frank Capra</strong> dirigi&oacute; en 1946, es el cuento de navidad perfecto. Transcurre en el primer diciembre posterior a la Segunda Guerra Mundial. Hay un buen hombre, George Bailey, encarnado por <strong>James Stewart</strong>, y un malvado banquero, Henry Potter, personificado por <strong>Lionel Barrimore</strong>. Bailey ha logrado permanecer fuera de las garras de Potter hasta que un pr&eacute;stamo impagable lo pone frente al abismo y lo decide a suicidarse. Su &aacute;ngel de la guarda, en la v&iacute;spera navide&ntilde;a, lo disuade al mostrarle &ndash;pel&iacute;cula dentro de la pel&iacute;cula&ndash; lo que hubiera sido la vida &ndash;o la muerte&ndash; de sus personas queridas y de su comunidad de no haber sido por &eacute;l. El film est&aacute; basado en el relato &ldquo;El regalo m&aacute;s grande&rdquo;, publicado por <strong>Philip Van Doren Stern</strong> en 1943 y este a su vez es una adaptaci&oacute;n de la novela <em>Una canci&oacute;n navide&ntilde;a</em>, escrita por <strong>Charles Dickens</strong> cien a&ntilde;os antes. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Hans Christian Andersen</strong> era un admirador de Dickens. Como &eacute;l estaba preocupado por las condiciones de vida de los m&aacute;s pobres y, como &eacute;l, fue un estudioso y un defensor del folklore, ese conjunto de costumbres y producciones populares a las que esa nueva palabra &ndash;saber del pueblo&ndash;&nbsp;acu&ntilde;ada en 1846 por el coleccionista y escritor <strong>William John Thoms</strong>, hab&iacute;a dado entidad propia. Dickens tuvo entre sus preocupaciones la de la recuperar, defender y promocionar la fiesta &ndash;y el esp&iacute;ritu&ndash; navide&ntilde;o. Andersen lo visit&oacute; en dos oportunidades. En la primera, en 1947, todo anduvo bien. En la segunda, diez a&ntilde;os despu&eacute;s, el dan&eacute;s vivi&oacute; en la casa del ingl&eacute;s y se instal&oacute; all&iacute; cinco semanas provocando el odio de toda su familia y del escritor mismo, que lo satiriz&oacute; en Uriah Heep, uno de los personajes de <em>David Copperfield</em> y el nombre que, en 1969, tomar&iacute;a para s&iacute; una de las bandas precursoras del heavy metal.
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        Andersen, hu&eacute;rfano de padre y abusado repetidamente por uno de sus maestros &ldquo;para forjar su car&aacute;cter&rdquo;, hab&iacute;a llegado a ser famoso como autor teatral y, sobre todo, por sus colecciones de &ldquo;Cuentos de hadas&rdquo;. Uno de ellos, publicado en 1845 &ndash;y all&iacute; no hab&iacute;a hadas aunque s&iacute; una intervenci&oacute;n fant&aacute;stica, como en <em>Qu&eacute; bello es vivir</em>&ndash;, fue el m&aacute;s perfecto anti cuento de navidad&nbsp;jam&aacute;s escrito. Una ni&ntilde;a pobr&iacute;sima, vendedora de f&oacute;sforos, mor&iacute;a de fr&iacute;o en la calle viendo tras las ventanas la fiesta de una familia feliz (y rica). Hab&iacute;a, en el final, una suerte de redenci&oacute;n feliz. La ni&ntilde;a encend&iacute;a todos los f&oacute;sforos que ten&iacute;a y en esa luz ve&iacute;a a su abuela muerta, erguida como nunca, que la llamaba para que fuera con ella y la abrazaba. &ldquo;Pero en el &aacute;ngulo de la casa, la fr&iacute;a madrugada descubri&oacute; a la chiquilla, rojas las mejillas, y la boca sonriente&hellip; Muerta, muerta de fr&iacute;o en la &uacute;ltima noche del A&ntilde;o Viejo. La primera ma&ntilde;ana del Nuevo A&ntilde;o ilumin&oacute; el peque&ntilde;o cad&aacute;ver, sentado, con sus f&oacute;sforos, un paquetito de los cuales aparec&iacute;a consumido casi del todo. &laquo;&iexcl;Quiso calentarse!&raquo;, dijo la gente. Pero nadie supo las maravillas que hab&iacute;a visto, ni el esplendor con que, en compa&ntilde;&iacute;a de su anciana abuelita, hab&iacute;a subido a la gloria del A&ntilde;o Nuevo&rdquo;, conclu&iacute;a el cuento pero lo de la gloria divina pasaba bastante desapercibido frente a la miseria mundana.
    </p><p class="article-text">
        Hubo una pel&iacute;cula en 1928, dirigida por <strong>Jean Renoir</strong>, <em>La petite marchande d'allumettes</em>. Se la puede ver en Youtube pero se recomienda hacerlo sin volumen pues la m&uacute;sica que le agregaron es totalmente inadecuada (el <em>Blues</em> de la segunda <em>Sonata para viol&iacute;n y piano</em> de <strong>Maurice Ravel</strong>, estrenada en 1927 y con la duraci&oacute;n casi exacta del film, puede ser una mejor opci&oacute;n).
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    </figure><p class="article-text">
        Y hay dos &oacute;peras sobre ese cuento infantil &ndash;o de terror, tal vez sea lo mismo&ndash;, creadas por dos de los compositores m&aacute;s importantes de la actualidad y desde est&eacute;ticas poco menos que opuestas &ndash;ambas fueron representadas en el Teatro Col&oacute;n hace unos a&ntilde;os, una en el CETC en ese entonces dirigido por <strong>Miguel Galper&iacute;n</strong> y la otra en el Ciclo Contempor&aacute;neo creado por <strong>Mart&iacute;n Bauer</strong>&ndash;. <strong>Helmut Lachenmann</strong> compuso en 1997 <em>Das M&auml;dchen mit den Schwefelh&ouml;lzern</em> una pieza en gran escala, en la que el cuento de Andersen es intervenido por textos de &nbsp;<strong>Leonardo da Vinci</strong> y <strong>Friedrich Nietzsche </strong>entre otros, y donde los personajes son m&aacute;s bien los sonidos. El norteamericano <strong>David Lang</strong>, parte del colectivo <strong>Bang on a Can</strong>, cre&oacute; en 2007 <em>The Little Match Girl Passion</em>, para voces y percusi&oacute;n: una <em>Pasi&oacute;n</em> a la manera bachiana &ndash;aunque sin nada de <strong>Johann Sebastian Bach</strong>&ndash; en la que tambi&eacute;n el texto original es interpelado por otros. Y los dos cuentan la historia como si se tratara de un sue&ntilde;o. O una enso&ntilde;aci&oacute;n, en todo caso, es la que da cuenta de ese universo de sonidos subdivididos, espejados y proliferados hasta el infinito, en Lachenmann, y de esa suerte de letan&iacute;a que cuenta sin pasi&oacute;n la <em>Pasi&oacute;n</em> de una ni&ntilde;a golpeada por su padre, tratando de vender f&oacute;sforos en una noche de navidad, viendo la alegr&iacute;a detr&aacute;s de las ventanas ajenas mientras muere de fr&iacute;o en la calle. Como en sue&ntilde;os, pasado y presente, el propio mundo y el ajeno, el sufrimiento y la esperanza transitan por ese relato sin fronteras, con la misma naturalidad con que, en los sue&ntilde;os, la habitaci&oacute;n conocida se transforma en un pasillo sin final, en una ca&iacute;da interminable.
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        En la navidad se canta, por lo menos en la Europa protestante &ndash;y en el mejor heredero de su cultura, los Estados Unidos de Am&eacute;rica&ndash; y existe una larga tradici&oacute;n de canciones navide&ntilde;as. Las cl&aacute;sicas son las que cantan espec&iacute;ficamente temas relacionados con el nacimiento de Jes&uacute;s. Est&aacute;n las que simplemente se refieren al esp&iacute;ritu festivo, las que apenas mencionan la navidad como tel&oacute;n de fondo y, cr&eacute;ase o no, largas listas &ndash;y varias en Spotify que dan cuenta de ellas&ndash; de canciones tristes de navidad. Historias de soldados que no pueden llegar a sus casas, de personas ausentes, de p&eacute;rdidas irreparables y amores abandonados. En ninguna de esas listas falta &ldquo;River&rdquo;, de <strong>Joni Mitchell</strong> y muchos aseguran que es la m&aacute;s triste de todas. No s&eacute; si es as&iacute; pero, con certeza, se trata de una de las mejores. Mitchell la incluy&oacute;, acompa&ntilde;ada s&oacute;lo por su piano, en el &aacute;lbum <em>Blue</em>, de 1971 &ndash;existe una versi&oacute;n con cornos en el final, incluida entre los demos de la edici&oacute;n conmemorativa del 50 aniversario del disco&ndash;. El acompa&ntilde;amiento cita &ldquo;Jingle Bells&rdquo; &ndash;algo que la versi&oacute;n del musical <em>High School,</em> cantada por <strong>Olivia Rodrigo</strong>, pone en primer plano&ndash; y la voz de Mitchell cuenta que &ldquo;est&aacute; llegando la &nbsp;Navidad/ est&aacute;n talando &aacute;rboles/ est&aacute;n poniendo renos&rdquo; y se lamenta: &ldquo;Oh, desear&iacute;a tener un r&iacute;o/ podr&iacute;a patinar/ pero aqu&iacute; no nieva&rdquo;. Ella hizo llorar a su &ldquo;chico&rdquo;. &Eacute;l se ha ido (y &eacute;l es <strong>Graham Nash</strong>, nosotros lo sabemos). Y ella canta &ldquo;ojal&aacute; tuviera un r&iacute;o tan largo/ ense&ntilde;ar&iacute;a a mis pies a volar./ Oh, desear&iacute;a tener un r&iacute;o/ podr&iacute;a patinar./ Hice que mi chico dijera adi&oacute;s./ Est&aacute; llegando la navidad/ est&aacute;n talando &aacute;rboles/ est&aacute;n poniendo renos/ cantando canciones de alegr&iacute;a y paz./ Ojal&aacute; tuviera un r&iacute;o/ podr&iacute;a patinar&rdquo;. Entre las versiones m&aacute;s bellas de esta canci&oacute;n extraordinaria, no deber&iacute;an faltar la de <strong>James Taylor</strong>, que aparentemente fue el primero en escucharla, en su casa, en la fiesta de navidad de 1970, la de <strong>Linda Ronstadt</strong> con un arreglo de cuerdas <em>&agrave; la Eleanor Rigby</em>, la de <strong>Madelaine Peyroux</strong> en d&uacute;o con <strong>K. D. Lang</strong>&nbsp;y las dos de <strong>Herbie Hancock</strong>, una de 2007 con la cantante <strong>Corinne Bailey Rae</strong>, <strong>Lionel Loueke</strong> en guitarra, <strong>Dave Holland</strong> en contrabajo, <strong>Wayne Shorter</strong> en tenues pinceladas de saxo soprano y <strong>Vinnie Colaiuta </strong>en bater&iacute;a y la otra con la propia Mitchell, en vivo en el Festival Yahoo, nuevamente con Shorter, Holland y Colaiuta.
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        Casi al mismo tiempo, en 1970, se edit&oacute; <em>Navidad con Mercedes Sosa</em>. Ella, con la voz cristalina, casi a&eacute;rea, est&aacute; en su mejor momento y el repertorio no incluye los previsibles villancicos sino canciones nuevas, como &ldquo;Navidad en verano&rdquo; de la dupla <strong>Ariel Ram&iacute;rez</strong>-<strong>F&eacute;lix Luna</strong>, &ldquo;La cruz del ni&ntilde;o&rdquo;, de <strong>Oscar Alem</strong> y <strong>Hamlet Lima Quintana</strong>, &ldquo;Negrita Martina&rdquo; de <strong>Daniel Viglietti</strong>, &ldquo;Navidad 2000&rdquo; de <strong>Hilda Herrera</strong> y <strong>Antonio Nella Castro</strong> o la hermosa &ldquo;Navidad de Juanito Laguna&rdquo;, del <strong>Cuchi Leguizam&oacute;n</strong> y <strong>Manuel Castilla</strong>. La guitarra de <strong>Kelo Palacios</strong> es impecable, como siempre, y los arreglos de <strong>Oscar Cardozo Ocampo</strong> a veces, solo a veces, conceden a una ampulosidad indeseable y eclipsan en algo la claridad de <strong>Mercedes Sosa</strong>.
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        Un cl&aacute;sico, en todos los sentidos posibles, es el <em>Oratorio de Navidad</em> de Bach. Se incluye aqu&iacute; la versi&oacute;n completa, dirigida por <strong>Sir John Eliot Gardiner</strong>, con una orquesta que reproduce lo que se sabe de la conformaci&oacute;n instrumental y de las pr&aacute;cticas interpretativas de la &eacute;poca en que fue compuesta (1734). Pero quienes no tengan ganas &ndash;o tiempo&ndash; de escucharla completa pueden empezar con la magn&iacute;ifica explosi&oacute;n del comienzo y pasar a la pista 8, con el aria para bajo y trompeta obligada, la <em>siciliana</em> con oboes solistas (pista 10) y una de las arias m&aacute;s perfectas y hermosas de la producci&oacute;n bachiana, &ldquo;Duerman mis m&aacute;s amados&rdquo; (pista 19). Menos conocidos &ndash;pero no menos valiosos&ndash; los oratorios navide&ntilde;os de <strong>Georg Philipp Telemann</strong> complementan el panorama de la navidad luterana y los <em>No&euml;ls</em> de la corte francesa, en una magn&iacute;fica producci&oacute;n del sello del Festival de Versailles, as&iacute; como la <em>Cantata de navidad</em> de <strong>Alessandro Scarlatti</strong> y el <em>Concerto Grosso para la noche de Navidad</em> de <strong>Arcangelo Corelli</strong> permiten ampliar la visi&oacute;n al barroco del resto de Europa. Y, ya en el Siglo XX, &ldquo;In The Bleak Mid-Winter, de <strong>Gustav Holst</strong>, y <em>Ceremony of Carols</em>, de <em>Benjamin Britten</em> son ejemplos de bell&iacute;sima m&uacute;sica inspirada en la fecha. Y, como&nbsp;final, una cita, la que el <strong>Modern Jazz Quartet</strong> hace de un carol an&oacute;nimo, con <strong>John Lewis</strong> en clave y con el agregado de un grupo de bronces, en &rdquo;Variations on a Christmas Theme&ldquo;.
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        <em>Diego Fischerman es autor del blog &ldquo;El sonido de los sue&ntilde;os&rdquo;:&nbsp;</em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/veraniego-viaje-invierno_129_11920615.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 21 Dec 2024 14:10:56 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un veraniego viaje de invierno]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Sonidos de la buena memoria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/sonidos-buena-memoria_129_11747167.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/46c2a2cd-471c-417c-adde-a0ad361fc1de_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sonidos de la buena memoria"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En el cuarto volumen de sus “Archivos”, la gran Joni Mitchell reconstruye sus memorias –y su memoria–. Los demos de Hejira, algunas piezas perdidas del rompecabezas Don Juan’s Reckless Daughter,  las grabaciones ocultas de una primera versión del disco Mingus, con Gerry Mulligan, Eddie Gomez, Tony Williams y Phil Woods entre sus músicos, y el registro de una actuación en el Estadio de Tenis de Forest Hills, con la misma banda de Shadows and Light, son apenas algunas de las nuevas joyas reveladas.</p></div><p class="article-text">
        No hay nada m&aacute;s falso que una autobiograf&iacute;a. Pero, como saben los detectives de las novelas negras &ndash;y, tal vez, los psicoanalistas&ndash;, no hay verdad m&aacute;s profunda que la que se cuenta con mentiras. <strong>Charles Mingus</strong> escribi&oacute; <em>Menos que un perro</em>, donde se cuenta a s&iacute; mismo inventando casi todo &ndash;al fin y al cabo de eso se trata el jazz&ndash;. Y <strong>Joni Mitchell</strong>, a quien el m&uacute;sico le compuso seis piezas para que ella escribiera las letras &ndash;y las cantara&ndash;, que convers&oacute; con &eacute;l, que grab&oacute; esas charlas, y que construy&oacute; <em>Mingus</em>, un &aacute;lbum magistral publicado en 1979, a partir de esas piezas, de esas falsas memorias y de las verdades que all&iacute; anidaban, tambi&eacute;n recorre y reconstruye su pasado en su notable serie de <em>Archives</em>. Acaba de publicarse el cuarto volumen, el que abarca el lapso entre 1976 y 1980. El per&iacute;odo de dos discos revolucionarios &ndash;<em>Hejira </em>y <em>Don Juan&rsquo;s Reckless Daughter</em>&ndash; y el de otros dos en que la hero&iacute;na del folk que jam&aacute;s hab&iacute;a pertenecido al folk se convert&iacute;a en la mejor cantante de jazz posible, <em>Mingus </em>y uno de los registros en vivo m&aacute;s extraordinarios de todos los tiempos, <em>Shadows and Light</em>. 
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    </figure><p class="article-text">
        Los libros de memorias, las cartas, los apuntes y borradores de los escritores, los bocetos de los pintores, los demos o las partituras inconclusas de los m&uacute;sicos &ndash;o las maledicencias de Borges acunadas por Bioy&ndash; funcionan como una especie de Lado B. Resignifican al Lado A y se resignifican con &eacute;l. De alguna manera son incapaces de funcionar si no es en t&aacute;ndem con <em>La Verdadera Obra</em>. Y, desde ya, escuchar los demos de &ldquo;Amelia&rdquo; (&iquest;es que hay palabras para hablar de esas palabras: &ldquo;Amelia, fue s&oacute;lo una falsa alarma&rdquo;?), de &ldquo;Black Crow&rdquo; &ndash;con <strong>Chaka Khan</strong> en segunda voz&ndash; o de &ldquo;Furry Sings the Blues&rdquo; opera de esa manera. Como si se espiara a trav&eacute;s de la cerradura el momento exacto en que la obra maestra ya estaba esculpida pero a&uacute;n no hab&iacute;a empezado a ser la que ser&iacute;a. Pero, a diferencia de otros conjuntos de rarezas, intentos fallidos o esbozos&nbsp;encontrados &ndash;e incluso del material de los tres vol&uacute;menes de <em>Archivos</em> de Mitchell publicados con anterioridad&ndash;, en este caso &ndash;como en ese tratado de <strong>Arist&oacute;teles</strong> sobre la Comedia que <strong>Umberto Eco</strong>, en <em>El nombre de la rosa</em>, imagina silenciado por la Iglesia&ndash; la revelaci&oacute;n de ciertas piezas faltantes cambia la totalidad del rompecabezas. 
    </p><p class="article-text">
        La versi&oacute;n en vivo de &ldquo;A Chair in the Sky&rdquo;, en d&uacute;o con <strong>Herbie Hancock</strong>, no es un mero apunte a la incluida en <em>Mingus</em>. 
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    </figure><p class="article-text">
        Las disonancias del comienzo en el piano, la manera en que Hancock se balance entre las funciones arm&oacute;nicas y percusivas y hasta color&iacute;sticas de los acordes, el scat de Mitchell, la asombrosa conexi&oacute;n entre ambos, hacen de esta una verdadera revelaci&oacute;n. Y lo mismo sucede con el d&uacute;o siguiente: nada menos que &ldquo;Pork Pie Hat&rdquo;, el tema que Mingus hab&iacute;a compuesto en homenaje a Lester Young, con una letra de Mitchell que parece haberle pertenecido desde el primer momento. &ldquo;&iquest;Cu&aacute;l va a ser, Mingus 1, 2 o 3/ &iquest;Cu&aacute;l de ellos pens&aacute;s que &eacute;l querr&iacute;a que el mundo viera?/ Bueno, la opini&oacute;n del mundo no es de mucha ayuda/ cuando un hombre s&oacute;lo est&aacute; intentando saber/ como sentirse acerca de s&iacute; mismo./ En el plan/ (en ese borrador de un plan) Dios debe ser el Hombre de la Bolsa&rdquo;, se canta en &ldquo;God Must Be A Boogie Man&rdquo;, aqu&iacute; en una versi&oacute;n primitiva del disco, con un plantel totalmente distinto del que finalmente vio la luz, con <strong>Jan Hammer</strong> en un solo en sintetizador, el prominente contrabajo de <strong>Eddie Gomez</strong> y <strong>Tony Williams</strong> en bater&iacute;a. 
    </p><p class="article-text">
        El tema siguiente, con la misma base, es una secuencia instrumental, un solo de <strong>Phil Woods</strong> en saxo alto, previsto para &ldquo;Old Fat Girl&rsquo;s Soul&rdquo;, un tema que no se incluy&oacute; en la edici&oacute;n definitiva del disco. Tampoco es un simple apunte al margen la versi&oacute;n temprana de &ldquo;Sweet Sucker Dance&rdquo;. La que form&oacute; parte del &aacute;lbum, con <strong>Jaco Pastorius</strong> en primer plano y <strong>Wayne Shorter</strong> en esas peque&ntilde;as pinceladas, como r&aacute;fagas fugaces, de los agudos del saxo soprano que caracterizaron sus intervenciones a lo largo de su prolongada colaboraci&oacute;n con Mitchell, es genial. La incluida aqu&iacute; no lo es menos, es absolutamente distinta y tiene como coprotagonista a Gerry Mulligan, uno de los m&uacute;sicos m&aacute;s inmediatamente reconocibles por su sonido, recorriendo las zonas m&aacute;s graves del saxo bar&iacute;tono, su grav&iacute;simo instrumento. &iquest;Cu&aacute;l va a ser, Mingus 1, 2 o 3? Cabe la pregunta, y m&uacute;ltiples respuestas, frente a la revelaci&oacute;n de estas grabaciones de toda una versi&oacute;n diferente de un disco famoso. En las notas de <em>Mingus</em> se mencionaba a estos m&uacute;sicos, que hab&iacute;an participado de las sesiones del disco pero que jam&aacute;s hasta ahora hab&iacute;an sido escuchados. 
    </p><p class="article-text">
        La culminaci&oacute;n de estos archivos invaluables es la grabaci&oacute;n de una actuaci&oacute;n anterior en pocos d&iacute;as a la de septiembre de 1979 en el Santa Barbara Bowl de California, que qued&oacute; fijada en la pel&iacute;cula y el &aacute;lbum <em>Shadows and Light</em>, publicado exactamente un a&ntilde;o despu&eacute;s. 
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        En este caso, el mismo grupo &shy;&ndash;un equipo irrepetible, conformado por Mitchell en guitarra r&iacute;tmica, <strong>Pat Metheny</strong> en guitarra el&eacute;ctrica, <strong>Michael Brecker</strong> en saxo tenor, Pastorius en bajo sin trastes, <strong>Lyle Mays</strong> en teclados y <strong>Don Alias</strong> en bater&iacute;a y percusi&oacute;n&ndash; toca pr&aacute;cticamente el mismo repertorio. Pero nada es igual. Con esos m&uacute;sicos hubiera sido imposible. Y la sutileza &ndash;y la contenci&oacute;n&ndash; de virtuosos de ese nivel contrasta con el nivel de energ&iacute;a que son capaces de poner en escena, por ejemplo en un final que anuncias como &ldquo;un poco de rock&rsquo;n roll&rdquo;, con &ldquo;Why The Fools Fall in Love&rdquo;. Todo eso sucedi&oacute; el 25 de agosto en Forest Hills. Y el volumen 4 de los archivos tiene una peque&ntilde;a coda. La canci&oacute;n &ldquo;Woodstock&rdquo;, tres d&iacute;as despu&eacute;s en Philadelphia y, como cierre, nuevamente Mitchell con Hancock &ndash;esta vez en piano el&eacute;ctrico&ndash; , el 13 de septiembre, con &ldquo;A Chair in the Sky&rdquo;. Esa silla en el cielo para el hombre con insomnio que, en 1960, compuso un un tema llamado &ldquo;Extra&ntilde;a pesadilla&rdquo;. La voz de Mingus, inventada y cantada por Mitchell &ndash;memorias de falsas memorias que cuentan verdades&ndash; dice, como para s&iacute; misma, &ldquo;Manhattan me retiene en una silla en el cielo, con un p&aacute;jaro pasando por mis o&iacute;dos, y barcos por mis ojos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog &ldquo;El sonido de los sue&ntilde;os&rdquo;: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/sonidos-buena-memoria_129_11747167.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 19 Oct 2024 13:40:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Joni Mitchell,Charles Mingus,Herbie Hancock,Jaco Pastorius]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Elogio de la nostalgia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/elogio-nostalgia_129_11488438.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/956bb82a-bcfb-4b28-b6a3-9ac4301b2930_16-9-discover-aspect-ratio_default_1098101.jpg" width="1220" height="686" alt="Elogio de la nostalgia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los recuerdos de otros traen recuerdos propios. Y dos ediciones de esta semana, la discografía de Joni Mitchell entre 1976 y 1980 y una lujosa presentación de Fragile, del grupo inglés Yes, abarcando cuatro Cds y numerosos inéditos, ponen en escena la añoranza. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Leo dos notas en este diario. Inevitablemente dialogo con ellas. En una, <strong>Fabi&aacute;n Casas</strong> habla sobre <strong>Werner Herzog</strong>. Recuerda una foto en que se ve al director de cine y escritor visitando el set de filmaci&oacute;n de la pel&iacute;cula argentina <em>Ya no hay hombres</em>, dirigida por <strong>Alberto Fischerman</strong>, mi t&iacute;o, con guion de la escritora <strong>Elsa Osorio</strong> (<em>Ya no hay hombres</em> es, adem&aacute;s, el t&iacute;tulo de <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/no-hay-hombres_129_11487421.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">esta &ldquo;columna n&oacute;made&rdquo;</a>). Casas menciona la granulosidad de las im&aacute;genes de Herzog y yo recuerdo a Alberto hablando del sue&ntilde;o de <strong>Kaspar Hauser</strong>. Un sue&ntilde;o filmado en 16 mm y llevado luego a 35 mm. Un sue&ntilde;o granuloso &ndash;arenoso&ndash; acerca de &ldquo;ein grosse caravana&rdquo;. A Alberto lo fascinaba el recurso y, sobre todo, esas palabras &ndash;y su entonaci&oacute;n&ndash;, donde el personaje recordaba algo nunca visto. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Agustina Larrea</strong>, por su parte, <a href="https://www.eldiarioar.com/sociedad/mil-lianas/puerta-nostalgia-crimen-inquietante_129_11484181.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">en su bella columna </a><a href="https://www.eldiarioar.com/sociedad/mil-lianas/puerta-nostalgia-crimen-inquietante_129_11484181.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Mil Lianas</em></a>, se refiere a la nostalgia, al di&aacute;logo que <strong>Liliana Heker </strong>mantuvo con <strong>In&eacute;s Garland</strong> en la &uacute;ltima Feria del Libro, a una cita de su reciente novela, <em>Noticias sobre el Iceberg</em> (&ldquo;&hellip;lo que siempre la ha invadido como una corriente de tristeza sin remedio, es la nostalgia de lo que nunca ha vivido&hellip;&rdquo;) y, de paso, a la controvertida aparici&oacute;n de la nostalgia, en el film <em>Intensamente 2</em>, de la f&aacute;brica Pixar, como una emoci&oacute;n a la que se le debe cerrar la puerta. <strong>Woody Allen</strong>, con m&aacute;s gracia, mayor tino y menor pacater&iacute;a, en uno de los cap&iacute;tulos de <em>Todo lo que usted quer&iacute;a saber sobre el sexo, pero tem&iacute;a preguntar</em>, contaba el cuerpo humano &ndash;de un hombre, claro&ndash; desde adentro. Se intentaba comandar, desde la sala de control, una escena amatoria aparentemente destinada a un (nuevo) fracaso y se descubr&iacute;a que la falla se deb&iacute;a a un sabotaje: encontraban un sacerdote en la sala de la conciencia. 
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; si ser&iacute;a posible vivir sin nostalgia, pero lo que, con certeza, no existir&iacute;a sin ella es el arte. Y, claro, algo que lo constituye: su manera de dialogar con la propia historia del arte. La escena de la pel&iacute;cula de Allen no existir&iacute;a sin <em>El viaje fant&aacute;stico</em>, de 1966, donde <strong>Raquel Welch</strong> era parte del equipo m&eacute;dico que, dentro de un submarino reducido a dimensiones microsc&oacute;picas, deb&iacute;a recorrer el flujo sangu&iacute;neo para realizar una complicada intervenci&oacute;n quir&uacute;rgica (incidentalmente, en ambos films el dise&ntilde;ador de producci&oacute;n fue el mismo, <strong>Dale Hennesy</strong>). Sin nostalgia no habr&iacute;a b&uacute;squedas de tiempos perdidos &ndash;ni t&eacute;s con madalenas&ndash; y a nadie le interesar&iacute;an dos extraordinarias ediciones discogr&aacute;ficas de esta &uacute;ltima semana, el segundo volumen dedicado a los &aacute;lbumes de <strong>Joni Mitchell</strong> editados por el sello Asylum, que re&uacute;ne lo publicado entre 1976 y 1980 &ndash;la etapa en que <strong>Jaco Pastorius </strong>entra en escena&ndash; y la nueva encarnaci&oacute;n, &ldquo;Super Deluxe&rdquo;, de <em>Fragile</em>, del grupo ingl&eacute;s <strong>Yes</strong>, remasterizada por Steven Wilson y abarcando cuatro Cds (la publicaci&oacute;n f&iacute;sica abarca tambi&eacute;n un vinilo y un disco Blue Ray) con tomas alternativas, actuaciones en vivo y temas no incluidos en el disco original, como la versi&oacute;n de &ldquo;America&rdquo; de <strong>Simon &amp; Garfunkel</strong>.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; del af&aacute;n enciclop&eacute;dico, la edici&oacute;n conjunta de <em>Hejira</em>, <em>Don Juan&rsquo;s Reckless Daugther,</em> <em>Mingus</em> y <em>Shadows and Light</em>, permite una escucha distinta, en serie &shy;&ndash;en di&aacute;logo&ndash;. Se establece &ndash;dir&iacute;an en Puan&ndash; un corpus. Ya no se trata de cuatro &aacute;lbumes sino de una obra compuesta por obras que, a su vez, forma parte de una Obra que la abarca. Hasta el momento se han publicado varias cajas recopilatorias: <em>The Reprise Albums 1968-1971</em>, <em>The Asylum Albums 1972-1975</em>, sus dos vol&uacute;menes de <em>Archives</em>, dedicados a demos, grabaciones caseras y tomas alternativas, <em>The Early Years (1963-1967)</em> y <em>The Reprise Years (1968-1971)</em> y <em>The Complete Geffen Recordings</em>, con sus discos malditos de la d&eacute;cada de 1980, maltratados en su momento por el sello discogr&aacute;fico (&ldquo;me dijeron que esos discos no estaban en sinton&iacute;a con el esp&iacute;ritu de los 80&rsquo;s; yo no estaba en sinton&iacute;a con el esp&iacute;ritu de los 80&rsquo;s, gracias a Dios&rdquo;, explic&oacute; la artista). El conjunto posibilita leer &ndash;escuchar&ndash; una trayectoria signada por el cambio y la b&uacute;squeda permanente y, al mismo tiempo, un estilo, una firma, que trasciende los buceos en distintos g&eacute;neros &ndash;y con m&uacute;sicos de distintas tradiciones, empezando por los saxofonistas <strong>Tom Scott </strong>(que toca en <em>For The Roses</em>), <strong>Wayne Shorter</strong> (que particip&oacute; en casi todos sus &aacute;lbumes a partir de <em>Don Juan&rsquo;s Reckless Daughter</em>) y <strong>Michael Brecker</strong> (descollante en <em>Shadows and Light</em>)- y las mutaciones de su voz, desde los agudos juveniles de las primeras grabaciones a la maravillosa rugosidad de la madurez y del folk al jazz y sus sat&eacute;lites. 
    </p><p class="article-text">
        Si el cambio es una constante en Joni Mitchell, en el per&iacute;odo de esta &uacute;ltima edici&oacute;n aparece en primer plano. En <em>Hejira</em>, adem&aacute;s de algunas de sus canciones m&aacute;s importantes &ndash; &ldquo;Amelia&rdquo;, &ldquo;Coyote&rdquo;, &ldquo;Furry Sings The Blues&rdquo;, &ldquo;Black Crow&rdquo;&ndash;, hay un tratamiento instrumental totalmente novedoso, con el bajo sin trastes de Pastorius en permanente contrapunto con la voz. &ldquo;Supongo que un mont&oacute;n de personas podr&iacute;an haber escrito muchas de mis otras canciones&rdquo;, dijo Mitchell alguna vez. &ldquo;Pero siento que las de <em>Hejira</em> s&oacute;lo podr&iacute;an haber salido de m&iacute;&rdquo;. De la misma manera, s&oacute;lo podr&iacute;an haber sido las que son con Pastorius. Y, de hecho, en el futuro, por ejemplo en la suntuosa relectura de <em>Travelogue</em>, debi&oacute; convertirse en otra cosa. Y lejos del &uacute;ltimo lugar en importancia, all&iacute; est&aacute; tambi&eacute;n la guitarra de <strong>Larry Carlton</strong>.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Lo mejor que se puede decir de <em>Don Juan's Reckless Daughter</em> es que es un fracaso instructivo&rdquo;, escribi&oacute; la revista <em>Rolling Stone</em>, como siempre no entendiendo nada cada vez que algo se alej&oacute; de los moldes. &ldquo;Est&aacute; lleno de ideas que deber&iacute;an haber seguido siendo caprichos, melod&iacute;as que deber&iacute;an haber sido riffs, y canciones que tendr&iacute;an que haber permanecido como fragmentos&rdquo;, dictaminaba acerca de uno de los discos m&aacute;s importantes de su &eacute;poca. Un disco en que una artista ya consagrada se arriesgaba adonde nunca hab&iacute;a ido, con zonas de improvisaci&oacute;n colectiva y una excitaci&oacute;n y electricidad que, evidentemente, result&oacute; incomprensible par quienes segu&iacute;an esperando la introspecci&oacute;n de <em>Blue</em> y <em>Hejira</em>. 
    </p><p class="article-text">
        Y despu&eacute;s lleg&oacute; <em>Mingus</em>, ese retrato de hombre con sombrero &ndash;&ldquo;pastel de cerdo&rdquo;&ndash;, dedicado a quien hab&iacute;a tocado con <strong>Thelonious Monk</strong> y con <strong>Charlie Parker</strong>, a quien hab&iacute;a sido capaz de mirar a <strong>Duke Ellington</strong> desde un &aacute;ngulo nuevo y hab&iacute;a convertido al blues y las plegarias matinales &ndash;de nuevo&ndash; en una de las bellas artes. Pastorius era nuevamente una pieza fundamental y junto con &eacute;l estaban Shorter en saxo soprano, <strong>Herbie Hancock</strong> en piano el&eacute;ctrico y <strong>Peter Erskine </strong>en bater&iacute;a. <em>Shadows and Light</em>, grabado en septiembre de 1979 en el Santa Barbara Bowl, es, sencillamente, uno de los mejores discos en vivo de todos los tiempos. Mitchell se ha convertido ya en otra clase de cantante, y la banda, con Brecker en saxo tenor, Pastorius, desde ya, y <strong>Pat Metheny</strong> en guitarra, est&aacute; en estado de gracia. Y la nueva edici&oacute;n aporta, adem&aacute;s de la visi&oacute;n de conjunto, una remasterizaci&oacute;n notable, en la que afloran infinidad de detalles nuevos que, no obstante, siempre estuvieron all&iacute; para ser descubiertos.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        El grupo Yes, como Mitchell, pertenece a una &eacute;poca en que la m&uacute;sica no solo se transformaba a s&iacute; misma sino que transformaba vidas. Tal como suced&iacute;a con <em>Hejira</em>, o antes con <em>For The Roses</em> o <em>Blue</em>, la escucha de <em>Fragile</em>, que se public&oacute; en 1971, descubr&iacute;a un mundo nuevo. Suele ponerse el acento en los teclados acromeg&aacute;licos de <strong>Rick Wakeman</strong>. Para m&iacute;, aquello que vuelve a este grupo &ndash;y a este disco&ndash; en &uacute;nico es el entretejido del bajo de <strong>Chris Squire</strong>, la bater&iacute;a de <strong>Bill Brufford</strong> y <strong>Steve Howe</strong> en guitarra. Es posible que ning&uacute;n otro grupo haya tocado con el ajuste y esa extra&ntilde;a y m&aacute;gica conjunci&oacute;n entre detalle y fuerza arrolladora que caracterizaba los pasajes m&aacute;s intrincados y fren&eacute;ticos. Esta exhaustiva edici&oacute;n incluye no s&oacute;lo la reveladora y meticulosa remasterizaci&oacute;n de Wilson sino versiones tempranas de algunas de las piezas y numerosas tomas in&eacute;ditas, algunas de ellas en vivo, registradas durante la gira de presentaci&oacute;n del &aacute;lbum. 
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog &ldquo;El sonido de los sue&ntilde;os&rdquo;: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/elogio-nostalgia_129_11488438.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 29 Jun 2024 14:40:32 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Elogio de la nostalgia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Joni Mitchell,Yes]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Solo tengo que hacer un disco mejor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/disco-mejor_129_10677407.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2bf9e7dc-8942-40b4-bd3b-8d751745dc3a_16-9-discover-aspect-ratio_default_1082610.jpg" width="3112" height="1750" alt="Solo tengo que hacer un disco mejor"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Taylor Swift no es graciosa, ni carismática. Lo único que realmente le interesa es hacer música. No arma su persona pública en internet, como los chicos del siglo XXI, sino que sobre todo construye su yo poético, un yo que habla en sus canciones mucho más que en sus entrevistas.</p></div><p class="article-text">
        A m&iacute; me gusta <strong>Taylor Swift </strong>porque me gusta el siglo XX. Lo descubr&iacute; hace poco, no sin cierta zozobra. Siempre pens&eacute; que ten&iacute;a un temperamento abierto y orientado hacia el abrazo de lo nuevo. De hecho, mucha gente probablemente piensa que gustar de Taylor Swift es una muestra de eso, de estar dispuesta a abordar lo nuevo; pero no, es esto que digo, otra prueba de amor al siglo que nos negamos a abandonar.
    </p><p class="article-text">
        Me conmueve m&aacute;s el talento que el carisma. No sirvo para la gente que no hace nada, ni para la gente cuya supuesta especialidad es tener onda, vestirse de una manera determinada. No sirvo para los youtubers ni para los influencers. Hace poco una amiga me hablaba de otra chica (que sal&iacute;a, por supuesto, con un chico que a ella le gustaba, un tropo muy de Taylor Swift antes del giro feminista) y me dec&iacute;a que claro, que c&oacute;mo no van a gustar de ella los muchachos, con lo cool que es ella. Sab&iacute;a de qui&eacute;n hablaba, y me indign&eacute;: &iquest;qu&eacute; va a tener de cool una chica que no es artista, ni dirigente, ni arquitecta, una chica que no hace nada? &iquest;Por la ropa que usa? &iquest;Por c&oacute;mo sale en las fotos? No tengo paciencia para este tiempo. Tampoco la tengo para la gente que hace algo pero no tiene inter&eacute;s en ser la mejor: lo lamento. Me deprimen los traperos cuando hablan de que son todos amigos como si eso me tuviera que importar, que lo bueno de la escena es que se adoran como la familia Ingalls. Qu&eacute; me importa si son todos amigos. Por m&iacute; que se quieran o que se quieran matar, me da exactamente igual. A m&iacute; lo que me conmueve, ya lo dije, es el talento. El talento y las canciones.
    </p><p class="article-text">
        Taylor Swift tiene talento, y tiene canciones. Es una estrella del siglo XX: su personaje p&uacute;blico, en el fondo, no tiene gusto a nada. Jam&aacute;s podr&iacute;a ser, como Rihanna, un &iacute;cono pop que en alg&uacute;n momento simplemente dej&oacute; de sacar m&uacute;sica, porque no tiene momentos emblem&aacute;ticos en redes sociales, pongamos, ni es r&aacute;pida para tirar frases ingeniosas u originar memes; lo &uacute;nico que la salva, como a muchas divas del siglo XX que en el fondo deb&iacute;an ser personas aburrid&iacute;simas, es el halo de misterio que arma manteni&eacute;ndose escondida. Taylor no es graciosa, ni carism&aacute;tica. No es una chica con la que me interese, por ejemplo, comer. En el documental <em>Miss Americana</em> (2020), de <strong>Lana Wilson</strong>, se nota bastante que Taylor no tiene gracia. Lo &uacute;nico que realmente le interesa es hacer m&uacute;sica: mi momento favorito, por lejos, es cuando se entera de que no la nominaron para el Grammy por su disco <em>Reputation</em>: &ldquo;I just need to make a better record&rdquo;, dice Taylor, preocupada pero en eje. Solo tengo que hacer un disco mejor. La gente la consuela. Yo sonr&iacute;o: me gusta que Taylor crea en la objetividad de lo bueno, en que hay discos indiscutiblemente mejores que otros y que esos son los discos que reciben premios. Nadie cree en esas cosas en el siglo XXI. Solo ella.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No me interesa para nada comer con Taylor, ya lo he dicho; no tiene buenas an&eacute;cdotas, no parece que le guste coger lo suficiente como para que me den ganas de escuchar sus historias, ni que sobre alg&uacute;n otro tema tenga alg&uacute;n deseo u opini&oacute;n que podamos compartir. S&iacute; me gustar&iacute;a, en cambio, estar con ella en un estudio de grabaci&oacute;n. Algo de esa magia en crudo se ve en el documental, pero la evidencia m&aacute;s grande est&aacute;, por supuesto, en su obra: por m&aacute;s que tenga a los mejores productores y compositores de la escena a su servicio (tampoco hace falta negarlo: Taylor Swift no es <strong>Joni Mitchell</strong>), Taylor Swift es Taylor Swift, porque si <strong>Jack Antonoff</strong> pudiera inventar otra Taylor Swift ya lo hubiera hecho. Taylor ha probado sonidos relativamente diversos dentro del espectro de lo popular, desde el country de sus comienzos (que haya salido de una tradici&oacute;n tan fundamentalmente conservadora como esta es, probablemente, el secreto de su &eacute;xito: no importa cu&aacute;nto lo intente, Taylor es una chica que para hacer m&uacute;sica tuvo que aprender a tocar la guitarra, no va a ser nunca una cantante salida de Tik Tok) hasta el pop m&aacute;s puro de<em> 1989</em>, pasando por los temas bailables, las baladas y llegando a esta especie de adult contemporary para treinta&ntilde;eras nost&aacute;lgicas de unos a&ntilde;os noventa que casi no recordamos que inaugur&oacute; en <em>Evermore</em>. 
    </p><p class="article-text">
        Sus canciones se volvieron m&aacute;s sofisticadas y refinadas con el tiempo, y por eso muchas que la conocemos de siempre pero no la ven&iacute;amos siguiendo empezamos a escucharla con m&aacute;s atenci&oacute;n (personalmente, adem&aacute;s, le respeto mucho que no haya tenido ning&uacute;n coqueteo con los g&eacute;neros urbanos: estamos hablando, tal vez, de la &uacute;nica estrella pop masiva de la actualidad que jam&aacute;s ha intentado ser negra, ni por cuatro compases; ni <strong>Lana del Rey</strong> se salva de eso).
    </p><p class="article-text">
        Taylor ha crecido, ha aprendido y ha mejorado, pero en un sentido importante, como siempre pasa con la gente que adem&aacute;s de trabajo y disciplina tiene talento puro, todo estaba ya en su primer hit, &ldquo;Our song&rdquo;, una canci&oacute;n que escribi&oacute; para un show de talentos cuando ella y todo el resto de la clase 89 est&aacute;bamos todav&iacute;a en el colegio. Es un tema plenamente country, con banjo y armon&iacute;a a tres voces en el estribillo, pero ya tiene esa redondez de una melod&iacute;a precisa e infalible que no tiene ni una nota que no sea la que debe ser, ese fraseo que en la estrofa sigue sobre todo un ritmo de lo hablado como para que la centralidad de la letra quede clara desde el principio, ese tono &iacute;ntimo y a la vez un poquito gen&eacute;rico que es el mix perfecto de Taylor Swift, la chica que siente todo con mucha intensidad pero no siente nada que no hayas sentido vos tambi&eacute;n, nada demasiado original.
    </p><p class="article-text">
        Es esa mezcla de o&iacute;do y modestia lo que le permite hacer crecer una identidad yendo de sonido en sonido, de color en color, de era en era, como dicen sus fans; melod&iacute;as que nunca se pasan de listas y en cambio avanzan a paso firme sobre los recursos que Taylor va incorporando con los a&ntilde;os; melod&iacute;as, adem&aacute;s, suficientemente cristalinas como para no hacerle sombra a la textualidad de Taylor, que no arma su persona p&uacute;blica en internet, como los chicos del siglo XXI, sino que sobre todo construye su yo po&eacute;tico, un yo que habla en sus canciones mucho m&aacute;s que en sus entrevistas. Un yo que crece con su audiencia, que acompa&ntilde;a lo que sabemos de sus amantes (pero otra vez, m&aacute;s como en el siglo XX que como en el XXI, m&aacute;s como seguimos las historias de amor de <strong>Fito P&aacute;ez</strong> a trav&eacute;s de sus discos y sus etapas emotivas que como seguimos las de <strong>Olivia Rodrigo</strong>), pero que antes que contar la historia espec&iacute;fica de Taylor lo que hace es ir escribiendo una gram&aacute;tica emocional para estas chicas que como yo, como ella, no saben bien en qu&eacute; &eacute;poca viven, y por eso aman como en las novelas de antes, pero en el fondo no se bancan lo que viene con eso; as&iacute; nos va, supongo.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nunca so&ntilde;&eacute; con Taylor, ni creo que lo haga, pero me gusta su manera de so&ntilde;ar, me identifico con ella. <strong>Fernando Pessoa</strong> escribi&oacute; que ten&iacute;a dentro de s&iacute; todos los sue&ntilde;os del mundo; Taylor, y en eso es que me representa, es del tipo de gente que solo tiene un sue&ntilde;o, m&aacute;s de la escuela de <strong>Oscar Wilde</strong>, que dec&iacute;a que el castigo de los so&ntilde;adores que encuentran el camino solo a la luz de la luna es que ven el amanecer antes que el resto. Taylor todav&iacute;a no tiene marido, y eso en Hollywood a los casi 34 es bastante grave; dir&iacute;a, igual, que lo de verla antes que el resto por ahora le viene saliendo bastante bien.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>(Este texto sali&oacute; como pr&oacute;logo del libro &ldquo;Ayer so&ntilde;&eacute;&rdquo; con Taylor, editado por Paz Azc&aacute;rate y Jos&eacute; Bellas para Planeta, en el que una serie de swifties cuentan sus sue&ntilde;os, fantas&iacute;as e ilusiones con Taylor)</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>TT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/disco-mejor_129_10677407.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 12 Nov 2023 03:01:24 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Solo tengo que hacer un disco mejor]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Taylor Swift,Joni Mitchell,Lana del Rey]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De vez en cuando (ahora y entonces)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/vez-ahora_129_10657282.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6d5a8f5f-2d82-4a5d-921c-be1c79023552_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De vez en cuando (ahora y entonces)"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Lo nuevo (¿lo nuevo?) de The Beatles. El peor disco del jazz convertido en el mejor. Y los luminosos recortes del pasado de Joni Mitchell. O lo que la historia y la cultura construyen con las obras. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Dos bastidores con sus telas en blanco. Uno est&aacute; en la casa de alguien que estudia Bellas Artes. Acaba de comprarlo. Nunca hasta el momento ha pintado al &oacute;leo. El otro cuelga en una galer&iacute;a de arte. Es la &uacute;ltima obra de una celebridad. Alguien que ha pintado durante a&ntilde;os. Y est&aacute; rodeado por los complej&iacute;simos, casi barrocos, cuadros creados en el &uacute;ltimo quinquenio. Los dos bastidores son iguales. Hasta podr&iacute;an ser intercambiados. Y, sin embargo, no son lo mismo. Uno es una obra de arte. Expresa algo sobre el arte &ndash;la negativa a pintar, un posible vac&iacute;o existencial, el eventual hartazgo de quien ha pintado&ndash;. El otro no. Y lo que diferencia a esos dos objetos aparentemente iguales es algo que no est&aacute; en los objetos mismos sino en aquello que se sabe de ellos.
    </p><p class="article-text">
        En un sentido similar, el c&eacute;lebre pianista <strong>Glenn Gould</strong>, en uno de sus breves films documentales, habla del hipot&eacute;tico descubrimiento de un manuscrito con la partitura de una obra en estilo mozartiano. Si el hallazgo llevara a la conclusi&oacute;n de que se trata de una composici&oacute;n perdida de Mozart no tendr&iacute;a la misma importancia que si se comprobara que no fue escrita por el bueno de Wolfgang. Si, por otra parte, las investigaciones llevaran a la conclusi&oacute;n de que la obra antecede a Mozart en cien a&ntilde;os se tratar&iacute;a de la revelaci&oacute;n de un genio. Y si, por el contrario, se constatara que el manuscrito en cuesti&oacute;n es actual, posiblemente un ejercicio de composici&oacute;n de alguien que estudia esa materia, el hallazgo no significar&iacute;a nada de nada. Obviamente la partitura, al ser tocada, sonar&iacute;a exactamente igual en todos los casos. Pero tampoco en este caso ser&iacute;a la misma obra. Y lo que la har&iacute;a distinta ser&iacute;a, como en el caso de los bastidores, algo que se sit&uacute;a afuera del objeto en s&iacute; &ndash;las telas en blanco, las notas en estilo mozartiano&ndash; pero que es lo que acaba confiri&eacute;ndole su esencia y su valor.
    </p><p class="article-text">
        Una muy linda canci&oacute;n pop, de estilo indudablemente Beatle, cantada por una voz juvenil, tan parecida a la de <strong>John Lennon</strong> aunque m&aacute;s delgada &nbsp;&ndash;&iquest;ser&aacute; un imitador? &iquest;Uno de sus hijos?&ndash; podr&iacute;a no ser nada m&aacute;s que eso: una canci&oacute;n m&aacute;s, destinada en el mejor de los casos, como tantas, a alg&uacute;n &eacute;xito fugaz y un duradero olvido. Pero, claro, no lo es. Y es que se trata, ni m&aacute;s ni menos, que de una canci&oacute;n Beatle. Fantasmal, extra&ntilde;a, lograda en parte gracias a la Inteligencia Artificial y elaborada en una suerte de viaje temporal de m&aacute;s de cuatro d&eacute;cadas entre una grabaci&oacute;n casera de Lennon y su versi&oacute;n final, publicada ayer con el t&iacute;tulo de &ldquo;Now and Then&rdquo;. El demo de Lennon era de fines de los setenta. En 1995, &eacute;poca de las <em>Anthology,</em> McCartney, Harrison y Starr ya le hab&iacute;an dado vueltas a ese registro en casette. Voz y piano, latosos ambos, m&aacute;s un zumbido inevitable. George lleg&oacute; a grabar algunas partes de guitarra pero el proyecto fue abandonado por imposible hasta la aparici&oacute;n, ayer nom&aacute;s, del programa MAL, el mismo con el que se logr&oacute; aislar las voces con las que se construy&oacute; el monumental documental <em>Get Back</em>. Paul, Ringo y MAL se juntaron y, Abracadabra, hay una nueva canci&oacute;n de <strong>The Beatles</strong>.
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    </figure><p class="article-text">
        &nbsp;La cuesti&oacute;n no es tan nueva. Al fin y al cabo nadie conoce el <em>Requiem</em> de Mozart sin lo que <strong>Franz Xaver S&uuml;ssmayr </strong>(el MAL de su &eacute;poca) le agreg&oacute; a partir de los apuntes del compositor (los demos, podr&iacute;a pensarse) una vez que este ya hab&iacute;a muerto. Y los propios Beatles ya hab&iacute;an dejado jurisprudencia, a partir de <em>Revolver</em> y con toda claridad en <em>Abbey Road</em>, acerca de que una canci&oacute;n pod&iacute;a componerse en el laboratorio &ndash;el estudio de grabaci&oacute;n&ndash; a partir de fuentes y materiales m&uacute;ltiples. Las <em>Anthology</em> y las distintas versiones de <em>Leti t Be / Get Back</em> (desnudo o re vestido) no hicieron otra cosa que refrendar esa idea y ya &ldquo;Free as a Bird&rdquo;, hace casi treinta a&ntilde;os, se hab&iacute;a tratado de un experimento post mortem. Tal vez <strong>Umberto Eco</strong> se refiriera a esto al hablar de la &ldquo;obra abierta&rdquo;. Algo que termina de conformarse con todo lo que la cultura elabora con ella. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Now and Then&rdquo; no ser&iacute;a nada m&aacute;s que una canci&oacute;n bonita si no supi&eacute;ramos que es de los Beatles. Pero es de los Beatles. Un caso testigo es el del disco del sexteto de <strong>Miles Davis</strong>, con <strong>John Coltrane</strong>, <strong>Bill Evans</strong>, <strong>Cannonball Adderley</strong>, <strong>Paul Chambers</strong> y <strong>Jimmy Cobb</strong> &ndash;el mismo del can&oacute;nico <em>Kind of Blue</em>&ndash; en vivo en Newport en 1958 y de c&oacute;mo se convirti&oacute; del peor disco imaginable &ndash;de hecho su publicaci&oacute;n se demor&oacute; seis a&ntilde;os&ndash;, con el registro de una actuaci&oacute;n que en su momento se consider&oacute; simplemente mala, en uno de los mejores discos de la historia. No hay ning&uacute;n secreto. 
    </p><p class="article-text">
        En esa ocasi&oacute;n, Coltrane no escuch&oacute; a nadie, Evans toc&oacute; a solas, Adderley ni se inmut&oacute; e hizo de cuenta que estaba en cualquier banda de hard bop y Davis estuvo audiblemente malhumorado. Faltaba la pieza clave del jazz: la interacci&oacute;n. Cada uno estuvo por su lado. Un verdadero fracaso. Salvo que se sepa &ndash;algo imposible en ese momento&ndash; ad&oacute;nde fue estil&iacute;sticamente cada uno de ellos a partir de all&iacute;. A menos que la historia convierta &ndash;como lo hizo&ndash; a ese disco en un <em>Big Bang</em> del jazz por venir.
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                Joni Mitchell                            </span>
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        Ninguna obra est&aacute; totalmente cerrada. La <em>Pasi&oacute;n seg&uacute;n San Mateo</em> o las <em>Variaciones Goldberg</em> de Johann Sebastian Bach no sonar&iacute;an igual sin la mitolog&iacute;a que existe a su alrededor. Y, en particular, las canciones populares, como demuestra el brillante <em>Las mil y una vida de las canciones</em>, compilado por <strong>Abel Gilbert</strong> y <strong>Mart&iacute;n Liut</strong> y publicado por Gourmet Musical con un notable pr&oacute;logo de <strong>Pablo Sem&aacute;n</strong>, son indivisibles de sus funcionamientos culturales. Una canci&oacute;n casi improvisada por una joven compositora y cantante, junto con amigos es algo totalmente diferente cuando se conoce esa canci&oacute;n en su versi&oacute;n final y cuando la joven artista es<strong> Joni Mitchell </strong>y sus amigos se llaman <strong>David Crosby</strong>, <strong>James Tylor</strong>, <strong>Graham Nash</strong> y <strong>Neil Young</strong>. Como en el <em>Borges</em> de Bioy Casares, aunque sin maledicencias, o en los estudios de Rembradt, en los geniales <em>Archives</em> con los que Mitchell est&aacute; curando su propia memoria &ndash;acaba de publicarse el tercer volumen, dedicado al per&iacute;odo 1972-1975, en que grab&oacute; para el sello Asylum los discos <em>For The Roses</em>, <em>Court and Spark</em>, <em>Miles of Aisles</em> y <em>The Hissing of Summer Lawns</em>&ndash; se asiste a un Lado B de las cosas que es mucho m&aacute;s que eso. En este caso se trata de otra cosa. No es solo la historia y lo que se sabe acerca de la obra y del artista lo que convierte en joyas a esas 50 piezas que la componen, entre demos, versiones primitivas de canciones e interpretaciones en vivo. Son joyas.
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        <em>Diego Fischerman es autor del blog El sonido de los sue&ntilde;os:</em> <a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">https://xn--sonidodesueos-skb.com/</a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/vez-ahora_129_10657282.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Nov 2023 13:23:48 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Joni Mitchell, el regreso de quien tiene el derecho a irse]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/joni-mitchell-regreso-derecho-irse_129_9213207.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bdcd4460-dee5-41f5-ac2c-d93fd7e36bc3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Joni Mitchell, el regreso de quien tiene el derecho a irse"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La cantante parece creer que ya dijo lo que tenía que decir, que ya puso en el mundo la música que vino a poner y puede invocar un derecho: el derecho a irse.</p></div><p class="article-text">
        Esta semana reapareci&oacute; <strong>Joni Mitchell</strong>. Digo que reapareci&oacute; porque, en general, Joni Mitchell no aparece; en general, Joni Mitchell no est&aacute;. Pienso mucho en la presencia de los artistas. Hace unos a&ntilde;os, en Berl&iacute;n, compr&eacute; un libro de una editorial alemana independiente que publicaba textos en ingl&eacute;s, fundamentalmente ensayos sobre ciencias sociales y teor&iacute;a del arte. El libro se llamaba <em><strong>Tell Them I Said No</strong></em><em> </em>(&ldquo;deciles que dije que no&rdquo;, ya lo he mencionado alguna vez en estas columnas) y contaba las historias de varios artistas visuales que se hab&iacute;an <em>retirado de la escena</em>: ya no participaban de muestras colectivas y pr&aacute;cticamente tampoco de exhibiciones individuales, no circulaban por eventos, no sal&iacute;an en revistas ni hablaban p&uacute;blicamente de su obra en ning&uacute;n otro contexto. Sencillamente desaparec&iacute;an. Martin Herbert, el autor del libro, trataba de iluminar a trav&eacute;s de cada ensayo el conflicto evidente que existe entre la necesidad econ&oacute;mica de los artistas de mantenerse siempre en el centro de la mirada p&uacute;blica &mdash;para ganar premios y subsidios, para vender obra&mdash; y la necesidad igualmente de importante de replegarse sobre una misma y tener un cierto silencio para crear. Algunos artistas hablaban del &ldquo;derecho a irse&rdquo;: despu&eacute;s de a&ntilde;os de construir una reputaci&oacute;n y pagar ciertas deudas a la opini&oacute;n p&uacute;blica, un artista ha construido las condiciones que le permiten desaparecer.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mirando los videos de Joni Mitchell en Newport Folk, festival en el que hab&iacute;a tocado por &uacute;ltima vez en 1969 &mdash;cuando ninguna de las personas que la acompa&ntilde;aron esta vez en el escenario hab&iacute;an nacido&mdash; pens&eacute; que, m&aacute;s all&aacute; de que Joni Mitchell definitivamente se gan&oacute; el derecho a irse, hay artistas que no se encierran para seguir creando: sencillamente se van del todo, deciden que la parte p&uacute;blica de sus vidas art&iacute;sticas ya ha terminado y que no quieren producir obra nueva, ni sacar discos nuevos ni sacar temas nuevos ni seguir girando para siempre como los Rolling Stones. El paradigma de la vitalidad ser&iacute;a ese, el de los que hace sesenta a&ntilde;os est&aacute;n ah&iacute; como el primer d&iacute;a.<strong> Y en cambio Joni hace d&eacute;cadas que da la sensaci&oacute;n de creer que ya dijo lo que ten&iacute;a que decir, que ya puso en el mundo la m&uacute;sica que vino a poner.</strong> Incluso desde antes podr&iacute;amos decir que su camino fue sinuoso; despu&eacute;s de <em>Blue</em>, su disco emblem&aacute;tico, Joni se dedic&oacute; a seguir haciendo lo que quer&iacute;a. El disco de hits le hab&iacute;a salido por casualidad, no en el sentido de que le faltara cuidado sino de que su b&uacute;squeda no era la de sonar para siempre ni en la radio ni en la cabeza de nadie, y no parec&iacute;a tener ning&uacute;n inter&eacute;s en convertirlo en una f&oacute;rmula a repetir. Los discos que sac&oacute; despu&eacute;s la llevaron para un sonido m&aacute;s oscuro y m&aacute;s jazzero, y para una po&eacute;tica m&aacute;s extra&ntilde;a, lejos de la voz asopranada y la dulzura c&aacute;lida y juvenil que hab&iacute;an enamorado a los fans de su primera etapa, muchos de los cuales probablemente prefirieron quedarse con lo que ya les gustaba y no seguirle la carrera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con los a&ntilde;os, Joni se empez&oacute; a interesar m&aacute;s en la pintura y en reversionar cada tanto su m&uacute;sica de siempre, hasta que directamente fue dejando de hacer hasta eso. En 2015 tuvo un aneurisma y entre todas las cosas que olvid&oacute; (cuando ten&eacute;s un aneurisma no te acord&aacute;s ni de c&oacute;mo sentarte en una silla, dijo hace poco en una entrevista) estuvo la habilidad de tocar la guitarra. De aqu&iacute; a entonces, volvi&oacute; a autoense&ntilde;arse c&oacute;mo hacerlo mirando videos de YouTube, como lo hacen millones de chicos en todo el mundo en las habitaciones de las casas de sus padres: si est&aacute;s leyendo esta columna y aprend&eacute;s arpegios con videos, existe la probabilidad de que, en estos &uacute;ltimos a&ntilde;os, Joni Mitchell y vos hayan aprendido con el mismo. De los &uacute;ltimos videos que circularon de su presentaci&oacute;n en Newport los m&aacute;s repetidos fueron aquellos en los que canta, pero la sonrisa visible e invisible que la toma cuando toca el solo de guitarra de Just Like This Train es lo que m&aacute;s me conmovi&oacute;. Da la sensaci&oacute;n, mir&aacute;ndola, que no se sent&oacute; a estudiar de nuevo para volver a los escenarios: lo hizo como alguien se dispone a hacer una rehabilitaci&oacute;n, como alguien aprender a caminar o a hablar, a hacer las cosas que necesita para vivir que no necesariamente son p&uacute;blicas ni nuevas. Hablo sobre todo desde mis prejuicios, quiero decir, contra mis prejuicios: soy yo la que piensa que una vejez vital, que seguir estando viva, es hacer cosas nuevas, seguir creando cosas que antes no exist&iacute;an. Soy yo la que se siente desafiada por la vida contemplativa de Joni Mitchell, por <strong>el coraje de su ausencia del candelero.</strong>
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        Y as&iacute; y todo, es evidente que Joni cree en la novedad, en el sentido de que si vamos a hacer m&uacute;sica es para hacerla toda de nuevo, para que cada vez que saquemos una guitarra para cantar la canci&oacute;n que sabemos todos sea un acontecimiento &uacute;nico en el mundo. Con la voz que le dej&oacute; el cigarrillo, Joni canta en Newport versiones &uacute;nicas: repiensa letras y melod&iacute;as con el instrumento que tiene ahora, jam&aacute;s se pone nerviosa ni parece, al menos musicalmente, extra&ntilde;ar nada que no sea el presente. Produce un momento sagrado cuando versiona con calma parsimoniosa pero tempo infalible, aceptando y agradeciendo la ayuda que le ofrecen los m&uacute;sicos que la acompa&ntilde;an. No es solemne el momento sagrado: Joni les pide a todos los que la saben que canten con ella, no necesita reverencia ni silencio. Y s&iacute;, son las canciones de siempre, pero ella tiene plena conciencia de que las est&aacute; haciendo todas de nuevo, cuando canta esas canciones de chica de treinta a&ntilde;os reflexionando sobre la vida que se o&iacute;an dulces y melanc&oacute;licas hace casi sesenta a&ntilde;os y en la octava de arriba, y que hoy, en el cuerpo usado de quien hizo lo que quiso y pag&oacute; todos los precios, dicen algo completamente diferente, algo que antes no hubieran podido decir y que hoy tampoco puede explicarse con palabras. 
    </p><p class="article-text">
        <em>TT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/joni-mitchell-regreso-derecho-irse_129_9213207.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 31 Jul 2022 03:01:41 +0000]]></pubDate>
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