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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Ricardo Zelarayán]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Ricardo Zelarayán]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La obsesión del espacio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/obsesion-espacio_129_9241882.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0ef7c4a6-5f29-44b2-8fc3-23451dd0a070_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La obsesión del espacio"></p><p class="article-text">
        Giovanni Drogo se est&aacute; vistiendo en el cuarto de su casa materna para ir a ocupar un lugar en la Fortaleza Bastiani, donde, despu&eacute;s de ser nombrado oficial, tiene que cumplir con su servicio. Cuando sale de la ciudad a caballo para dirigirse hacia el desierto donde est&aacute; su lugar de destino, empieza percibir cierta nota amarga en el &aacute;nimo. La Fortaleza, de la que tanto le hablaron, parece no estar nunca a su alcance. Como en una apor&iacute;a griega, se va alejando a medida que avanza. <em>El desierto de los t&aacute;rtaros</em> es una obra maestra de Dino Buzzati, una obra kafkiana sobre la presi&oacute;n que ejerce sobre nosotros cierta fuerza misteriosa que, parece, nos va a atacar de un momento a otro. No tengo mucha experiencia en colapsos nerviosos, pero vi lo que pueden producir. 
    </p><p class="article-text">
        Buzzati escribe como los dioses. Cuando Drogo est&aacute; remontando una loma en ese incesante viaje a su lugar de destino, de golpe se hace de noche en el valle: &ldquo;Miren a Giovanni Drogo y su caballo, qu&eacute; peque&ntilde;os sobre el flanco de unas monta&ntilde;as que cada vez resultan m&aacute;s grandes y salvajes. El sigue subiendo para llegar a la Fortaleza de d&iacute;a, pero m&aacute;s ligeras que &eacute;l suben las sombras. En cierto momento se encuentran justo a la altura de Drogo en la vertiente opuesta de la garganta, parecen disminuir su carrera por un instante, como para no desalentarlo, despu&eacute;s se deslizan hacia arriba por riscos y pe&ntilde;ascos y el jinete se ha quedado debajo&rdquo;. <strong>M&aacute;s ligeras que &eacute;l suben las sombras.</strong> Esa frase da una potencia a todo el p&aacute;rrafo. 
    </p><p class="article-text">
        En un momento, Drogo llega a la Fortaleza y lo que encuentra ah&iacute; es una cantidad de gente repitiendo h&aacute;bitos d&iacute;a tras d&iacute;a, ruidos que no paran de canillas mal cerradas, pasadizos oscuros: no es una Fortaleza para vigilar una zona fronteriza, es una prisi&oacute;n que cierto grupo de hombres elige para soportar la existencia. Del otro lado est&aacute; el desierto con la promesa de que, tal vez, los t&aacute;rtaros -a los que nadie nunca ha visto por ah&iacute;- se decidan a atacar y le den un destino &eacute;pico a esas vidas met&oacute;dicas y chirles. Lo incre&iacute;ble es que Drogo ni bien llega pide su traslado, pero cuando se lo est&aacute;n por dar con licencia m&eacute;dica, decide, empujado por una fuerza misteriosa, quedarse. Es como entrar a una religi&oacute;n: el mundo est&aacute; lleno de dolor y tristeza, lo que m&aacute;s abunda es la impermanencia, el ox&iacute;geno y la estupidez. <strong>La culpa de todo la tiene el deseo, el deseo engendra dolor.</strong> Entonces me alejo de la gente y me voy debajo de un &aacute;rbol a meditar. La iluminaci&oacute;n, el led que se produce, es una forma de volver visible el miedo. Tal vez Buda haya sido el hombre m&aacute;s miedoso que existi&oacute;. 
    </p><p class="article-text">
        Siempre te preguntan qu&eacute; libro te llevar&iacute;as a una isla desierta. <strong>Pero, a una isla desierta, uno tendr&iacute;a que llevarse un rev&oacute;lver, porque los libros se pueden leer en soledad, pero son para estar con la gente, para querer estar con la gente. </strong>
    </p><p class="article-text">
        Cada uno en su prisi&oacute;n piensa en la llave, dice un verso de <em>The Waste Land</em>, de T.S. Eliot. Y ahora, como Giovanni Drogo, camino por una prisi&oacute;n, por una Fortaleza que ha dejado de existir para lo que fue creada y es un set de filmaci&oacute;n. Estoy en la ex c&aacute;rcel de Caseros un d&iacute;a gris y muy fr&iacute;o. Antes de la pandemia, Rodrigo Moreno me hab&iacute;a hablado de una pel&iacute;cula que pensaba filmar y me hab&iacute;a dicho que ten&iacute;a en mente un personaje que era un profesor de literatura que le da clases de poes&iacute;a a los presos. Especialmente, Rodrigo estaba&nbsp;maravillado con la obra de Ricardo Zelaray&aacute;n, con el poema <em>La gran salina</em>. Me pregunt&oacute; si yo quer&iacute;a hacer de ese profesor. Le dije que s&iacute;, porque me gustan sus pel&iacute;culas y me agrada su persona. Pas&oacute; el tiempo y la pel&iacute;cula se empez&oacute; a concretar y Rodrigo me llam&oacute; para que filmemos la escena. La hicimos. Ahora estoy almorzando con todo el equipo en un patio que debe haber sido el lugar en el que los presos pod&iacute;an salir a caminar. Pensando, quiz&aacute;, que como dice Ver&oacute;nica que &ldquo;la vida es una c&aacute;rcel con las puertas abiertas&rdquo;. Cambi&aacute;ndose cigarrillos, inventando un lenguaje que no pueda ser comprendido por el pan&oacute;ptico policial. En un costado, donde se han montando unas carpas para el catering, hacia arriba, hay un cesto de b&aacute;squet, o lo que queda de &eacute;l. La oscura y fr&iacute;a metaf&iacute;sica de la c&aacute;rcel sigue estando ac&aacute;. Es como un ser alien&iacute;gena que est&aacute; esperando, en letargo, que alguien rompa una pared por descuido y lo saque del encierro y nos envenene a todos. 
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Me pregunto si Ricardo todavía tiene wifi y busco un lugar de la casa donde pueda volver a escucharlo. Acá, cerca de la cama de mis hijos. Me arrodillo y hago silencio: hay señal. 
</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Cuando vuelvo a casa pienso en Zelaray&aacute;n. En la amistad que tuvimos. En sus camisas arremangadas en verano, en el pucho al costado de la boca. En el d&iacute;a que me regal&oacute; su libro de poemas <em>La obsesi&oacute;n del espacio</em> -una obra maestra-&nbsp;y que me sorprendi&oacute; porque hab&iacute;a tachado la tapa con un marcador grueso porque no le gustaba. Recuerdo cuando le&iacute; <em>La piel de caballo</em>, un libro s&iacute;smico donde los p&aacute;rrafos se mueven, como lo hace la piel del caballo para espantar a las moscas. <strong>Zelaray&aacute;n escrib&iacute;a como Joyce, cuando los personajes se van a dormir, el lenguaje se va a dormir. </strong>Pero mientras cae la noche sobre el balc&oacute;n de mi casa, no quiero leer a Ricardo sino volver a escucharlo. <strong>Lo que m&aacute;s extra&ntilde;o de las personas que se fueron, es su voz.</strong> Me pregunto si todav&iacute;a algo de su cuerpo, alg&uacute;n resto de lo que fue Ricardo sigue a&uacute;n entre nosotros: en una peque&ntilde;a tela de ara&ntilde;a, en el viento que viene de a r&aacute;fagas.
    </p><p class="article-text">
         Como dec&iacute;a Spinoza, nadie sabe todo lo que puede un cuerpo. Me pregunto si Ricardo todav&iacute;a tiene wifi y busco un lugar de la casa donde pueda volver a escucharlo. Ac&aacute;, cerca de la cama de mis hijos. Me arrodillo y hago silencio: hay se&ntilde;al. Una voz ronca, que se mueve de a saltos, me dice: &ldquo;La locomotora ilumina la sal inmensa,/ los bloques de sal de los costados/ los yuyos mezclados con sal que crecen entre las v&iacute;as/ Yo vacilo&hellip;/ Y callo&hellip;/ porque estoy pensando en los trenes de carga/ que pasan de noche por la Gran Salina&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                La obsesión del espacio, de Ricardo Zelarayán                            </span>
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      <dc:creator><![CDATA[Fabián Casas]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 13 Aug 2022 04:33:48 +0000]]></pubDate>
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