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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Fernando Vaca Narvaja]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/fernando-vaca-narvaja/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Fernando Vaca Narvaja]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El pelotón y el comandante: Vaca Narvaja, Montoneros y un diálogo imaginario]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/peloton-comandante-vaca-narvaja-montoneros-dialogo-imaginario_129_9243445.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7b34d01e-ea58-4976-ac50-044a3365f66b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt=""></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una entrevista a Fernando Narvaja reactivó el recuerdo de la contraofensiva montonera, las caricaturas fáciles sobre la conducción y una organización política que nunca asumió su derrota. Muy lejos de allí, en el mundo popular, los 70 vuelven entre fantasmas y espíritus.</p></div><p class="article-text">
        El comandante del sue&ntilde;o de Akira Kurosawa (en <em>El t&uacute;nel</em>) camina <em>despu&eacute;s de la guerra</em>. Vuelve a casa, cruza ese t&uacute;nel. Va a paso firme hasta que aparece, caminando de atr&aacute;s, un soldado muerto, un soldado que ignora su propia muerte. Tiene la cara azul. Hablan. El muerto mira en una colina la casa encendida de sus padres, se la se&ntilde;ala: <em>hay luz en casa, me esperan</em>. Pero el comandante lo convence de que est&aacute; muerto. Y ocurre algo peor: del t&uacute;nel aparece un batall&oacute;n entero. Muertos, formados y marchando. Ahora el comandante quiere convencer a todos de que perdieron, de que est&aacute;n muertos. Con la culpa encima del que dio las &oacute;rdenes, &eacute;l les cuenta su propio calvario en un campo, les jura que tambi&eacute;n hubiera preferido morir, hasta que finalmente decide darles una &uacute;ltima orden militar (una que reabsorbe todas): acepten la muerte. El pelot&oacute;n da media vuelta y regresa, se pierden en el t&uacute;nel caminando.
    </p><p class="article-text">
        La historia invertida: <strong>a un comandante no lo persigue un pelot&oacute;n sino que a un pelot&oacute;n lo persigue un comandante.</strong> Fernando Vaca Narvaja es como el sue&ntilde;o al rev&eacute;s. Camina detr&aacute;s de un pelot&oacute;n que vuelve a casa, y ese pelot&oacute;n, formado entre vivos, muertos, sobrevivientes, quiz&aacute;s alg&uacute;n d&iacute;a lo convencer&aacute; de que el proyecto muri&oacute;. Quiz&aacute;s, incluso, entre la tropa lleven la cabeza del padre del comandante Vaca Narvaja. Vaca Narvaja es una <a href="https://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-236721-2013-12-30.html?mobile=1" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">familia diezmada</a>. Una familia cruzada por el dolor argentino. Y la cabeza del padre la cortaron los impiadosos que no pudieron cort&aacute;rsela a &eacute;l, a ese hombre, que es un hombre del que nadie podr&aacute; decir: fue un cobarde. Pero el comandante del sue&ntilde;o que dice <em>perdimos y morimos</em> ac&aacute; funciona en espejo: el pelot&oacute;n le dir&iacute;a &ldquo;perdimos y morimos, comandante&rdquo;. Porque nunca dijo &iexcl;guarisover!, nunca dijo la conducci&oacute;n: &ldquo;perdimos, volvamos a casa&rdquo;. Falt&oacute; ese retorno. Quiz&aacute;s el &ldquo;sesgo de clase&rdquo;, de elite, de la conducci&oacute;n montonera resida tambi&eacute;n ah&iacute;: en su exitismo. <strong>No perdimos. Vamos a pelear que tuvimos raz&oacute;n hasta el &uacute;ltimo d&iacute;a.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Habr&aacute; que hacer mejor una cuenta que no se puede posponer: la democracia que est&aacute; por cumplir cuarenta a&ntilde;os finalmente comienza de qu&eacute; derrota y de qu&eacute; victoria. 1979, el a&ntilde;o de la primera Contraofensiva montonera, cuando emit&iacute;an &oacute;rdenes de guerra vestidos de fajina a miles de kil&oacute;metros, es tambi&eacute;n el a&ntilde;o del paro sindical de Sa&uacute;l Ubaldini y la visita de la Comisi&oacute;n Interamericana de Derechos Humanos porque al movimiento de derechos humanos no lo par&oacute; nadie. Derechos humanos, resistencia sindical y partidaria. Cambiaron las condiciones para derrotar la dictadura: no se la iba a derrotar militarmente. El campo de batalla ya estaba en otro lado. La dictadura empezaba a retroceder ante las reacciones a su plan econ&oacute;mico y ante lo que se iba conociendo que hac&iacute;an en la mesa de torturas. <strong>En eso tiene raz&oacute;n Vaca Narvaja: los militares no se fueron por la derrota de Malvinas. M&aacute;s bien fueron a la guerra para no perder el poder. Y despu&eacute;s perdieron todo junto.</strong> Pero a Fernando Vaca Narvaja lo persigue la historia. Oculta con estilo las canas, lleva una barba prolija, se lo ve: escapa del tiempo. Camina en el t&uacute;nel.
    </p><p class="article-text">
        Los reencuentros entre ex combatientes &ndash;como entre soldados argentinos y brit&aacute;nicos&ndash; pueden ser conmovedores. Hay una camarader&iacute;a prudente entre quienes dieron la vida cada uno por su pa&iacute;s y se reconocen ahora, en los a&ntilde;os despu&eacute;s, sobre una piedad final. Un honor militar. El terrorismo de Estado quit&oacute; ese honor militar de cualquier escena. Cuando el campo de batalla es la mesa de torturas el honor militar se pierde.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Las reglas del m&eacute;todo</strong></h3><p class="article-text">
        En &ldquo;El m&eacute;todo&rdquo; de Tom&aacute;s Rebord toc&oacute; un d&iacute;a la entrevista a Fernando Vaca Narvaja. Como <a href="https://panamarevista.com/el-discurso-del-metodo/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">apunt&oacute; Mariano Schuster</a>, la idea del programa est&aacute; basada en que el entrevistado construya su &ldquo;auto narraci&oacute;n&rdquo;. Son invitados a jugar su juego. Pero tambi&eacute;n, quiz&aacute;s, y aunque suene instructivo, el juego de los autonarrados cumple un acuerdo t&aacute;cito: <em>dentro de la democracia todo, fuera de la democracia nada</em>. Corach &ndash;un pol&iacute;tico profesional&ndash;, Moreno &ndash;un violento de circo&ndash;, Maslat&oacute;n &ndash;un pol&iacute;tico influencer&ndash;, distintos personajes est&aacute;n ah&iacute;, dentro del amplio juego donde cada dos a&ntilde;os se votan inquilinos nuevos. Productos de la democracia. Pero la entrevista con Vaca Narvaja puso al l&iacute;mite justamente el m&eacute;todo: trajo el agujero negro de la historia que no puede &ldquo;contener&rdquo; el formato. O que lo altera.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Luego se desatan las reacciones previsibles sobre todo ante la bolilla negra de la memoria montonera: las contraofensivas. Hern&aacute;n Confino, autor de <em>La Contraofensiva: el final de Montoneros</em>, dice que &ldquo;la contraofensiva no se entiende sin las memorias sobre la contraofensiva, pero el tema es qu&eacute; hacemos despu&eacute;s si las queremos entender hist&oacute;ricamente&rdquo;. El historiador Christopher Hil suma esto en <em>El mundo trastornado</em>: &ldquo;La historia tiene que ser reescrita en cada generaci&oacute;n porque, aunque el pasado no cambia, el presente s&iacute; lo hace; cada generaci&oacute;n se hace nuevas preguntas sobre el pasado y encuentra nuevas &aacute;reas de sinton&iacute;a conforme vuelve a vivir diferentes aspectos de la experiencia de sus predecesores&rdquo;, escribi&oacute;&nbsp;
    </p><h3 class="article-text"><strong>Las dos cartas</strong></h3><p class="article-text">
        <strong>El extremo maniqueo de hacernos creer que la militancia estaba hecha de &ldquo;perejiles&rdquo; que iban al muere no nos puede omitir el tabicamiento de informaci&oacute;n y la diferencia entre la capacidad decisoria de la conducci&oacute;n y la de los conducidos. Las organizaciones armadas no votaban en asamblea sus decisiones.</strong> Las contraofensivas parecen el cap&iacute;tulo final y m&aacute;s terrible de la lectura errada de la conducci&oacute;n montonera sobre la coyuntura real. Donde &ldquo;la Orga&rdquo; qued&oacute; atrapada en lo que el propio Rodolfo Walsh adelant&oacute; en su documento cr&iacute;tico a la conducci&oacute;n, en <em>la otra carta</em>. Walsh escribi&oacute; la Carta abierta a la Junta Militar y antes escribi&oacute; la <a href="https://revistasudestada.com.ar/articulo/453/los-papeles-de-walsh-critica-a-la-conduccion-de-montoneros/index.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Carta cerrada a la Junta Militante</a>. Las claves de la cr&iacute;tica interna a la conducci&oacute;n montonera est&aacute;n todas contenidas ah&iacute;. Luego, la carta abierta, la que firma con nombre y apellido, es la que tambi&eacute;n quiere decirle al mundo: ac&aacute; la guerra termin&oacute;, la tortura no conoce l&iacute;mites y la miseria ser&aacute; planificada. No firma como jefe de contrainteligencia de un ej&eacute;rcito montonero sino que vuelve a ser el escritor que le cuenta a la sociedad y al mundo lo que pasa en la Argentina por fuera de un l&iacute;mite. Walsh &ldquo;vuelve a operar&rdquo; en sus dos cartas. <strong>Es pol&iacute;tico hasta el final.</strong> La contraofensiva cumple sus profec&iacute;as cr&iacute;ticas: Montoneros ya no entend&iacute;a el pa&iacute;s que quer&iacute;a revolucionar. &iquest;M&aacute;s militarismo iba a derrotar a la dictadura o el militarismo construy&oacute; las condiciones y legitimidad del <em>Proceso</em>? Qued&oacute; entonces la mancha de esa &ldquo;lectura coyuntural&rdquo; profundamente necia y un manto de sospecha sobre por qu&eacute; fueron al muere decenas de militantes. Y esa mancha act&uacute;a hasta el l&iacute;mite de imaginar una &ldquo;entrega&rdquo;, en una versi&oacute;n absurda que sus errores tozudos hacen veros&iacute;mil. Conozco a Vaca Narvaja y a su familia, tengo respeto y afecto hacia &eacute;l. Quisiera verlo m&aacute;s ah&iacute;, en esos &ldquo;apuros&rdquo;, ya no como comandante de un ej&eacute;rcito imaginario sino como responsable de un pedazo de la historia.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>La dirigencia montonera, los sobrevivientes de esa conducci&oacute;n, no parecen haber elegido colectivamente la luz p&uacute;blica para reformular su relaci&oacute;n con la historia y la pol&iacute;tica. </strong>Algunos, como el propio Vaca Narvaja, quiz&aacute;s lo intentaron marginalmente, sin &eacute;xito. Pero Montoneros se diluy&oacute; sin creer del todo oportuna una visi&oacute;n autocr&iacute;tica com&uacute;n, una mirada adaptada a las condiciones de la &eacute;poca. Entonces veamos algo al respecto. <strong>En Argentina hay un uso (y abuso) de la referencia moral de Pepe Mujica. Por izquierda, por derecha. A Mujica se lo coloca en el lugar del viejo vizcacha rioplatense y el santo padre por un hecho: el hombre es &eacute;tico, no rob&oacute;, su casa humilde lo testimonia.</strong> Resulta evidente esa lavada de conciencia que significan las visitas a su chacra, el paseo entre sus perros, las fotos con el tractor viejo, sus remolachas agroecol&oacute;gicas y el gesto de quienes escuchan con ojos entrecerrados el sabio de una moral basada en un secreto: <em>no robar</em>. No es menor. <strong>Pero hay algo m&aacute;s en Mujica y los Tupamaros: el modo contundente en que de jefes guerrilleros se convirtieron en pol&iacute;ticos de una democracia. Lo hicieron de cara al sol, de frente, en plazas, en &ldquo;mateadas&rdquo;, escuchando a los indiferentes a su &eacute;pica, contemplando todo lo que la misma democracia tiene de derrota hist&oacute;rica y de oportunidad real. Las dos cosas. No dijeron </strong><em><strong>ganamos</strong></em><strong>, dijeron </strong><em><strong>perdimos</strong></em><strong>.</strong> Supieron fugarse de un penal y supieron fugarse de la c&aacute;rcel de la historia tambi&eacute;n, para hacer otra historia. Una con m&aacute;s l&iacute;mites, sin cielo por asalto, ni asaltos. Hablar. Escuchar. Escuchar a quienes invocaron representar. La democracia lenta, viejo camino de tierra. El eterno &ldquo;ah&iacute; vamos&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Pipo pescador</strong></h3><p class="article-text">
        Corre el a&ntilde;o 2010. Un s&aacute;bado a la ma&ntilde;ana entrevisto a Pipo Lernoud, en un bar de Bulnes y C&oacute;rdoba, cerca de su casa. Todas las cosas se ven como un s&aacute;bado a la ma&ntilde;ana. Nos sentamos en una mesa en medio del sal&oacute;n. Prendo el grabador y su historia se va soltando en sus cap&iacute;tulos conocidos entre Once, Plaza Francia, los <em>coiffeurs </em>de las comisar&iacute;as, el escape a la Ibiza hippie, la vuelta, pero hay un detalle cuando entramos a algo que promet&iacute;amos entrar: la relaci&oacute;n de la contracultura con la militancia pol&iacute;tica. Pipo me habla de su amistad con Manuel Belloni, militante de la FAP asesinado por la polic&iacute;a en 1971 en Rinc&oacute;n de Milberg. Me cuenta que tiempo antes Manuel lo cit&oacute; en un bar para despedirse. <em>No me vas a ver m&aacute;s. Paso a la clandestinidad</em>. Eso le dijo a Pipo y tiramos de esa soga, nos metemos en la lucha armada. <em>Nosotros no quer&iacute;amos tomar el poder, quer&iacute;amos evitar el poder, que se metan el poder en el culo</em>, dice Pipo y larga la cr&iacute;tica previsible a la militarizaci&oacute;n. De golpe voy al ba&ntilde;o. Cuando me paro, de casualidad, a dos mesas nuestras, contra una ventana, sentado, con pantal&oacute;n negro de jogging y campera deportiva, vestido como un hombre grande para ir un s&aacute;bado a comprar cosas al Easy con su mujer, est&aacute; el &ldquo;Pelado&rdquo; Perd&iacute;a. Nos mira fijo, no como desafiando, porque evidentemente ha escuchado todo, incluyendo el <em>sambenito </em>de una menci&oacute;n cr&iacute;tica a &ldquo;la conducci&oacute;n de Montoneros&rdquo;, sino como diciendo: <em>qu&eacute; punter&iacute;a, hermanos, ustedes ah&iacute;, yo ac&aacute;, y en el medio&hellip;</em> Pipo Lernoud y Roberto Perd&iacute;a a dos mesas de un bar porte&ntilde;o. Volv&iacute; del ba&ntilde;o, se lo mencion&eacute; en voz baja a Pipo. Pipo mir&oacute; de reojo. Y seguimos hablando, con volumen m&aacute;s bajo. &iquest;Qu&eacute; hubiera pasado si esos dos tipos se cruzaban antes? Los comandantes s&oacute;lo hablaban con subordinados y se quedaron solos. Cuando me volv&iacute; a dar vuelta ya no estaban Perd&iacute;a ni su mujer.. <strong>Ni cuarenta a&ntilde;os de democracia pudieron quebrar la distancia entre esas dos mesas. </strong>Florencia Angilletta trae: &ldquo;Al pus de los setenta, a sus dolores y agujeros, a&uacute;n le falta darle m&aacute;s lugar a los de los del mont&oacute;n, a las familias sin apellidos, a las historias <em>a la que te criaste</em>. Personas comunes que tambi&eacute;n vivieron esos a&ntilde;os. Las memorias son muchas, la militante es una, pero a veces la m&aacute;s inc&oacute;moda es la memoria popular de los setenta, donde no hay pol&iacute;tica y a veces ni siquiera hay rock&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Luna y Rosa</strong></h3><p class="article-text">
        &iquest;Hay alguna palabra sobre los otros muertos que no sean s&oacute;lo las de Ceferino Reato? Palabras que no le bajen el precio a la desproporci&oacute;n del terrorismo de Estado pero que pongan la cuchara tambi&eacute;n en historias como las de Hermindo Luna, un h&eacute;roe popular en Formosa. Se cava un t&uacute;nel adentro de otro y de otro.
    </p><p class="article-text">
        Rosa vivi&oacute; esos a&ntilde;os en un barrio del Oeste del Gran Buenos Aires. Una noche pas&oacute; el infierno: buscaban a la hermana montonera de su esposo. Cortaron clavos rodeados de milicos, con hijos chiquitos. Se fueron. Los siguieron un tiempo. El tiempo pas&oacute;. Lleg&oacute; la democracia, las crisis. Bolsillo mata memoria. Pero Rosa despu&eacute;s, en los primeros dos mil, empez&oacute; a trabajar en el mantenimiento y la limpieza de un ex centro clandestino. Entr&oacute; a ese trabajo por necesidad. Cada vez que entraba a alg&uacute;n lugar, a alguna oficina o sala donde hab&iacute;a funcionado el campo se persignaba. &ldquo;Cuando reci&eacute;n empez&aacute;bamos yo estaba en mantenimiento, despu&eacute;s pas&eacute; a estar en la entrada. Y m&aacute;s tarde me fui como cuidadora de sala. Un d&iacute;a me visit&oacute; un yerno y cuando lleg&oacute; a la puerta se descompuso, me dijo que vio un mont&oacute;n de cosas. Se desmay&oacute;. Ese es un lugar de mucho respeto, y cualquiera tiene respeto por ese lugar.&rdquo; Su yerno apenas sab&iacute;a de o&iacute;do lo que pas&oacute; ah&iacute;. La historia lo arremolin&oacute; en segundos.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Cuando empezamos fue duro, porque los lugares a la noche no ten&iacute;an ni luz. A veces pienso que tengo diabetes de tanto aguantarme el pis para no ir una cuadra al ba&ntilde;o.&rdquo; Despu&eacute;s hicieron un ba&ntilde;o en la guardia. &ldquo;Yo soy muy humana y me da mucha pena todo. Y una vez cuando sub&iacute; al primer piso sent&iacute; cosas, ten&iacute;a el llavero en la mano y pens&eacute; que hab&iacute;a visto a la Virgen del Rosario de San Nicol&aacute;s. Despu&eacute;s baj&eacute; y le cont&eacute; a una amiga, porque el llavero era de ella y guard&aacute;bamos cosas en ese piso. Entonces, ella me dice que esa no era la Virgen sino un grillo. Yo mir&eacute; as&iacute; nom&aacute;s, pero vi a la Virgen. Ten&iacute;a y tengo mucha fe, y por eso no ten&iacute;a tanto miedo. Pero s&iacute; sent&iacute;a cosas. En otro momento nos encontraremos con mis compa&ntilde;eros y nos contaremos todas las cosas que vimos ah&iacute;.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Lo que se o&iacute;a, las visiones, las premoniciones, todo ese murmullo, eso que vibraba, era uno de los temas de conversaci&oacute;n. Rosa ten&iacute;a un compa&ntilde;ero que era bravuc&oacute;n, dec&iacute;a que no cre&iacute;a en nada. La limpieza y el mantenimiento lo hac&iacute;an personas que cumpl&iacute;an el laburo muchas veces ah&iacute; como en cualquier otro. Pero una noche este compa&ntilde;ero estaba de guardia y dice que se le pas&oacute; una nena en camis&oacute;n, caminando por delante de &eacute;l. &ldquo;Se vino para la guardia, estaba a cuatro cuadras. El muchacho era manda parte pero se fue y no volvi&oacute; m&aacute;s. No quiso estar m&aacute;s ah&iacute;, se peg&oacute; un susto terrible.&rdquo; &ldquo;Otros compa&ntilde;eros iban, ven&iacute;an y ve&iacute;an cosas, pero Dios me protegi&oacute;&rdquo;, dice Rosa. Ella rezaba por todo lo que hab&iacute;a pasado ah&iacute; (&ldquo;hubo mucho sufrimiento&rdquo;).
    </p><p class="article-text">
        Una suerte de espiritismo envuelve la historia tambi&eacute;n. <strong>Una religiosidad con restos de voces. Un corredor de gritos y de silencios. La historia no pasa s&oacute;lo por los libros: hay un juego de la copa popular, que trae sus esp&iacute;ritus, sus relatos contados a media voz, sus visiones.</strong> Tambi&eacute;n es donde lo popular mete sus manos en la historia con may&uacute;scula. Como el yerno de Rosa que parece decir: <em>no tengo idea de la Historia pero abr&iacute; la puerta y se me vino toda encima</em>. Dice el antrop&oacute;logo Pablo Sem&aacute;n que hace veinte a&ntilde;os &eacute;l, en San Mart&iacute;n, cerca de unas instalaciones del ej&eacute;rcito pas&oacute; con un remisero joven, que se refiri&oacute; con temor a lo que suced&iacute;a en la zona. &ldquo;Yo no entend&iacute; bien, despu&eacute;s me di cuenta de que estaba hablando de almas en pena, y entonces le pregunt&eacute; a qu&eacute; se refer&iacute;a.&rdquo; El remisero le dijo: &ldquo;A toda a esa gente con la que hicieron todas esas cosas&rdquo;. Esa era la manera que ten&iacute;a para entender lo que fue el terrorismo de Estado y el respeto a las v&iacute;ctimas. &ldquo;Esa es una de las formas en las que se acerc&oacute; una buena parte de la sociedad argentina, un poco bajo la idea de no se puede hacer eso con otro cristiano, con otro argentino, con otro hermano. Y eso implica que la sociedad argentina repudi&oacute; desde un lugar que no es el de la historia oficial, o el de los grupos que se enfrentaron pol&iacute;ticamente, pero tampoco desde una neutralidad o teor&iacute;a de los dos demonios. M&aacute;s bien, una visi&oacute;n distante de la violencia y en defensa del respeto por el hecho de que esos a&ntilde;os estuvieron habitados por un material inflamable, ominoso y demon&iacute;aco.&rdquo; Esa sensaci&oacute;n se oye y viaja entre voces, la de Rosa, la del remisero. <strong>&ldquo;Tambi&eacute;n &ndash;dice Sem&aacute;n&ndash; habla de una altura a la que estuvo una parte de la sociedad argentina que generalmente no es invocada y su voz es nuestra gu&iacute;a al concierto de las memorias&rdquo;.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>A veces nos enteramos que todav&iacute;a caminamos entre fantasmas.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>MR</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Martín Rodríguez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/peloton-comandante-vaca-narvaja-montoneros-dialogo-imaginario_129_9243445.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 14 Aug 2022 03:01:10 +0000]]></pubDate>
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