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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Bob Hoskins]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/bob-hoskins/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Bob Hoskins]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Una noche en el taxi de Kojak]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/noche-taxi-kojak_129_9255455.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0ef7c4a6-5f29-44b2-8fc3-23451dd0a070_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una noche en el taxi de Kojak"></p><p class="article-text">
        Hace mucho est&aacute;bamos en un muelle con un amigo y con el hijo insufrible de un m&uacute;sico famoso. Es incre&iacute;ble lo que le puede producir a una persona ser el hijo de un enfermo mental. El pibe rapeaba sin parar y nosotros est&aacute;bamos esperando una lancha que nos llevara tres muelles m&aacute;s atr&aacute;s donde nos esperaban otros amigos. Mi amigo no sab&iacute;a nadar, yo s&iacute;. De manera que decid&iacute; terminar de escuchar el rap del hijo del m&uacute;sico e ir nadando hasta el muelle en cuesti&oacute;n donde estaba la casa de mis amigos. Nadar en el r&iacute;o es un experiencia intensa. Hay remolinos, peque&ntilde;os movimientos que parecen estar toc&aacute;ndote. El agua marr&oacute;n, como escribi&oacute; Eliot: un Dios pardo. Cuando pasaban las lanchas particulares o las lanchas colectivas, las olas me empujaban contra la orilla pero la idea de tener que retroceder y volver a estar con el hijo del m&uacute;sico era mi combustible. 
    </p><p class="article-text">
        En una &eacute;poca de depresi&oacute;n &iacute;bamos a nadar al r&iacute;o con Fogwill y ese acto de nadar era clave para sostener algo que yo no ten&iacute;a de manera natural: el buen estado de &aacute;nimo. Ahora, cuando algo me molesta o me agobia, voy y nado, me alejo. 
    </p><p class="article-text">
        Me acord&eacute; del d&iacute;a que me zambull&iacute; para huir del hijo del m&uacute;sico porque estuve un d&iacute;a en el Tigre con amigos y volv&iacute; tarde, por la noche, a la Capital. Y me tom&eacute; un taxi para que me llevara a mi casa. El tachero, de quien yo s&oacute;lo ve&iacute;a su nuca y su calva, era muy parecido a Telly Savalas, el actor que protagonizaba esa serie extraordinaria llamada <em>Kojak</em> y que yo sol&iacute;a ver con mis padres. Kojak era un detective que casi nunca sacaba el revolver ni resolv&iacute;a las cosas de manera violenta, m&aacute;s bien le gustaba analizar los casos. Y en vez de fumar -a la manera estereotipada de los policiales- Kojak com&iacute;a chupetines, posiblemente, porque hab&iacute;a dejado de fumar. &ldquo;No hay serie mejor que Kojak&rdquo; dice un verso de un poema de Mart&iacute;n Gambarotta, de su libro <em>Punctum</em>.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y c&oacute;mo estamos?, me pregunt&oacute; Kojak. Bien, le dije. A veces trato de no hablar mucho con los tacheros porque pueden empezar a decir cualquier cosa. Pero era de noche, yo hab&iacute;a vuelto del r&iacute;o, mis hijos no estaban conmigo, sent&iacute;a saudade. As&iacute; que le dije que estaba bien y le pregunt&eacute; c&oacute;mo estaba &eacute;l. Me dijo que estaba bien, que hab&iacute;a decidido salir para trabajar hasta las dos de la ma&ntilde;ana. Eran las once. Le dije que era bueno que no tuviera que trabajar mucho tiempo. Kojak me dijo que el taxi era un trabajo que ten&iacute;a cuando estaba en tierra. Yo ven&iacute;a del r&iacute;o, &eacute;l ven&iacute;a del mar. Me dijo que formaba parte de la tripulaci&oacute;n de un barco, su actividad principal era ser mercante. Le cont&eacute; que un amigo de mi viejo hab&iacute;a sido mercante y que pasaba muchos meses afuera del pa&iacute;s, una vida n&oacute;made. Me dijo que hace poco hab&iacute;a estado siete meses afuera y que termin&oacute; anclado en Filipinas. Me acord&eacute; que en ese pa&iacute;s los Beatles la hab&iacute;an pasado mal. Pero no le dije nada. 
    </p><p class="article-text">
        El auto de Kojak estaba impecable. Ten&iacute;a un andar silencioso. Creo que le hab&iacute;a puesto cierto desodorante con olor a lim&oacute;n. Se notaba que era algo que cuidaba. Entonces me dijo que hab&iacute;an llegado a Filipinas porque su barco se hab&iacute;a escorado y estuvo a punto de naufragar. Me habl&oacute; de manera t&eacute;cnica, lo que entend&iacute; es que el barco se hab&iacute;a inclinado hacia un lado peligrosamente y que las olas eran de m&aacute;s de diez metros. Me dijo que en el lugar estaban todos muy nerviosos. Hay tres tipos de alerta, me dijo. Nosotros est&aacute;bamos en la m&aacute;s peligrosa. As&iacute; que en un momento decidimos ponernos todos los chalecos salvavidas, me dijo Kojak. 
    </p><p class="article-text">
        A esta altura me preocupaba que est&aacute;bamos llegando a mi casa, yo quer&iacute;a escucharlo m&aacute;s. Le pregunt&eacute; si los chalecos salvavidas eran como los de los aviones. Me acord&eacute; de la fantas&iacute;a que suelen contarnos las azafatas cuando empieza un viaje de avi&oacute;n mostrando que vamos a descender sobre el agua -no se sabe por qu&eacute; siempre es sobre el agua- y que tenemos que inflar el salvavidas y ponernos las m&aacute;scaras primero nosotros para despu&eacute;s ayudar al que tenemos al lado. Kojak me dijo que el salvavidas no era como el de los aviones. Que estaba compartimentado para soportar un naufragio en el mar: que ten&iacute;a medicaci&oacute;n, comida y una inyecci&oacute;n para aplicarse en caso de entrar en p&aacute;nico. Eso me interes&oacute;. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Llegamos a la esquina de mi casa. Kojak apagó el medidor, prendió las luces del auto y se giró hacia mí. Tenía los ojos húmedos.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Le pregunt&eacute; qu&eacute; era lo que se inyectaba. Me dijo que no sab&iacute;a, pero que sab&iacute;a c&oacute;mo inyect&aacute;rsela en el brazo. Solt&oacute; brevemente el volante e hizo el gesto. A m&iacute; se me hizo un poco agua la boca pensando en esas noches de naufragio en las que podr&iacute;a ponerme el salvavidas de Kojak. Lo peor fue que empezaron -me explic&oacute;- a tener alucinaciones de rescate. Sent&iacute;a que ven&iacute;an por ellos desde el cielo, ve&iacute;an en el horizonte barcos que nunca llegaban. Hasta que una alucinaci&oacute;n fue tan real que se convirti&oacute; en un barco de pesca ruso que los enganch&oacute; y los llev&oacute;, finalmente, al puerto de Filipinas. Entramos un lunes de sol a las seis de la tarde, me dijo. 
    </p><p class="article-text">
        Apenas llegaron al puerto y despu&eacute;s de bajar de la adrenalina, Kojak decidi&oacute; salir a comer pizza. Fue a una pizzer&iacute;a que atend&iacute;a una mujer y compr&oacute; varias para llevar al barco. En Filipinas hab&iacute;a estallado una revuelta pol&iacute;tica y la cosa en la calle estaba candente. As&iacute; que cuando Kojak sali&oacute; con las pizzas, un tiro le peg&oacute; en una de las piernas y lo derrib&oacute;. La mujer de la pizzer&iacute;a sali&oacute; a socorrerlo y lo llev&oacute; al barco. Igual llegu&eacute; con las pizzas al barco, me dijo riendo. Ah&iacute; me atendieron. La cosa es que Kojak se enamor&oacute; de la mujer de la pizzer&iacute;a y estuvieron los meses que pas&oacute; rehabilit&aacute;ndose, juntos. 
    </p><p class="article-text">
        Llegamos a la esquina de mi casa. Kojak apag&oacute; el medidor, prendi&oacute; las luces del auto y se gir&oacute; hacia m&iacute;. Ten&iacute;a los ojos h&uacute;medos. Me dijo que extra&ntilde;aba mucho a esa mujer pero que &eacute;l tuvo que volver porque ten&iacute;a que ocuparse de un hijo que estaba pasando un mal momento. Le pregunt&eacute; si pensaba regresar a Filipinas. Si estaba en contacto con la mujer. Me dijo que estaba viejo, que ya era una persona mayor. Hicimos silencio. 
    </p><p class="article-text">
        Hace poco -le dije- vi una pel&iacute;cula con mis hijos que se llama <em>Jumanji</em>. B&aacute;sicamente es un grupo de gente que entra a un videojuego y viven aventuras virtuales. La cosa es que tienen que vencer a los enemigos para poder regresar a la vida real. Entre los que entraron al videojuego hay dos abuelos. Cuando finalmente ganan la batalla y tienen la posibilidad de salir del Jumanji y volver a su vida cotidiana, uno de ellos -que en el juego es un caballo alado- decide no regresar porque en esa vida virtual no es un viejo y puede volar. &ldquo;Me quedo, no voy a tener otra posibilidad as&iacute;&rdquo;, les dice a los dem&aacute;s que lo despiden apenados y lo ven c&oacute;mo se va volando. Los que regresan est&aacute;n en una buhardilla donde hab&iacute;an empezado a&nbsp;jugar el Jumanji. Y el abuelo que volvi&oacute; -encarnado por Bob Hoskins y cuyo avatar virtual es una chica japonesa- est&aacute; sentado con su nieto -quien tambi&eacute;n estuvo en la aventura virtual-. Y el nieto le dice: la vejez es una mierda , no? Y el viejo, que decidi&oacute; aceptar el paso del tiempo, la impermanencia de la cosas, le dice: la vejez, la verdad, es un regalo.
    </p><p class="article-text">
        <em>FC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Fabián Casas]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 20 Aug 2022 03:21:17 +0000]]></pubDate>
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