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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - destrato]]></title>
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      <title><![CDATA[Pequeños destratos de la vida cotidiana]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/pequenos-destratos-vida-cotidiana_129_9259657.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/940d6f08-34ac-4648-91f5-4151819e24cf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pequeños destratos de la vida cotidiana"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Hay días en los que el destrato de los otros se siente más", sostiene la autora. Puede tener que ver "con las maneras en las que uno puede o no puede, dependiendo de una cantidad de cosas, desentenderse del otro y sus formas".</p></div><p class="article-text">
        <em>Para Jos&eacute; Luis Juresa</em>
    </p><p class="article-text">
        Me gusta detenerme en las formas de decir. Porque si algo tienen esas formas, es que no est&aacute;n separadas de lo que se dice. Esas formas hacen al contenido. No est&aacute;n las cosas en su esencia por un lado y el lenguaje que las expresa por el otro, sino que las cosas cobran realidad material en el decir. Y no todos los modos de decir son lo mismo, aunque el referente sea el mismo. Tengo un vicio: no puedo dejar de leer la enunciaci&oacute;n desde la que se profiere un enunciado. Podr&iacute;a consolarme con la frase que le quita peso a lo dicho y que relativiza y neutraliza los efectos: &ldquo;es una manera de decir&rdquo;. Pero no puedo. S&oacute;lo concibo el decir en su forma, en su manera. Y es que, como dice Barthes, &ldquo;la palabra es irreversible, &eacute;sa es su fatalidad&rdquo;. Entiendo que se puede revisar lo que uno dijo, pensarlo, sopesarlo, escucharlo ah&iacute; donde no lo hab&iacute;amos escuchado; pero no creo que se pueda anular lo que se dijo - retirar lo dicho es s&oacute;lo una ilusi&oacute;n neur&oacute;tica-. Est&aacute; lo que se dijo y est&aacute; tambi&eacute;n la enunciaci&oacute;n, esa que dispone los enunciados de una manera, esa que porta, aunque no lo sepamos, una verdad que se precipita como efecto. Esa enunciaci&oacute;n est&aacute; hecha de gestos, de tonos, de formas de decir; esa enunciaci&oacute;n es el lugar desde el cual decimos lo que decimos. Est&aacute; hecha tambi&eacute;n de matices a veces imperceptibles, de peque&ntilde;os movimientos, de pausas, de zozobras, de oscilaciones. Todo eso que no elegimos de manera voluntaria.
    </p><p class="article-text">
        Y entonces hay d&iacute;as en los que molestan especialmente ciertas formas de decir, ciertas enunciaciones: hay d&iacute;as en los que el destrato de los otros se siente m&aacute;s -lo que sea que el destrato signifique para cada uno-. Por supuesto que no s&oacute;lo tiene que ver con los otros, tambi&eacute;n tiene que ver con las maneras en las que uno puede o no puede, dependiendo de una cantidad de cosas, desentenderse del otro y sus formas. Hay muchas veces en las que ese destrato de los otros, esas formas de decir, esa enunciaci&oacute;n, no son personales. Es decir: no habla de nosotros, no se refiere a nosotros, sino a lo que el otro nos supone y a lo que supone de s&iacute; mismo -acaso de esa manera est&eacute; hecha la transferencia anal&iacute;tica, pero no es a eso a lo que me estoy refiriendo ac&aacute;-. Sin embargo, saberlo a veces no alivia del todo. Porque ese otro no habla de nosotros, pero es nuestro cuerpo el que ataja los efectos de lo que dice. Uno puede pensar: no es a m&iacute; a quien le est&aacute;n hablando, puede salirse de ah&iacute;, puede no hacerse destinatario de eso, puede incluso no responder o responder evidenciando la cosa. Pero no siempre puede hacer que el cuerpo no quede afectado, porque no elegimos los modos en los que nuestro cuerpo queda tocado por las palabras y por las formas de decir de los otros.
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; si ser&aacute; el hecho de que la pandemia dispuso los cuerpos de otra manera, pero se escucha a menudo que las personas est&aacute;n cansadas y que ese cansancio no responde s&oacute;lo a c&oacute;mo se desencajaron algunas escenas laborales, c&oacute;mo se expandieron y se desdibujaron los l&iacute;mites de las escenas. Hay algo m&aacute;s y es que, muchas veces, ese cansancio est&aacute; hecho tambi&eacute;n de m&uacute;ltiples cuestiones que vinieron a hacerse m&aacute;s estridentes ahora. Alguna vez escrib&iacute; ac&aacute; mismo sobre el <a href="https://docs.google.com/document/u/0/d/1a7jfrRCPEV-42To8O596l4HJ2XZ9g38bpnkmYMVoYgQ/edit" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">cansancio</a> y sobre esa manera tan molesta de algunos de desentenderse de lo que quieren y transferirlo a los otros. Esos que dan vuelta la demanda y el que queda debiendo algo es uno: en lugar de pedir, de explicitar lo que quieren, lo dejan a cuenta del otro. Hacen pasar su pedido por ofrecimiento, se borran de la escena, la dejan a cuenta de los otros. Pero hay otra forma de esa hostilidad que noto ahora -seguramente estuvo siempre, pero ahora se nota m&aacute;s- que es la siguiente: alguien nos pide algo, decimos que no podemos -incluso a veces tenemos el gesto de explicar las razones de la negativa- y ese otro no contesta m&aacute;s. Evidencia de esa manera, lo sepa o no, cierta enunciaci&oacute;n: s&oacute;lo le interes&aacute;bamos si acced&iacute;amos a su pedido. La sensaci&oacute;n que muchos tienen ante estos gestos desagradables es la de la descartabilidad, la de sentirse intercambiables, la de que al otro le da lo mismo el <em>qui&eacute;n</em> mientras haya alguien -cualquiera- que acceda a su demanda. Ah&iacute; otra vez se pone en juego una verdad: no es personal, no es a nosotros a quien se dirig&iacute;a el pedido, sino a cualquiera, indistintamente. Pero esta vez, esta manera del &ldquo;no es personal&rdquo;, deja evidenciado el sesgo objetualizador tan de estos tiempos. <strong>Renata Salecl</strong> dice que hoy en d&iacute;a &ldquo;hay cada vez m&aacute;s apego a los objetos y menos a las personas&rdquo;.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Si el infierno son los otros, como decía Sartre, a veces también somos nosotros los que podemos volvernos infernales para los demás.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Advierto tambi&eacute;n en estos tiempos la necesidad de un refugio de la hostilidad, no solamente la del mundo, sino especialmente la del mundo m&aacute;s cercano. La necesidad de replegarse un poco de ciertos espacios y de ciertas relaciones que evidencian la imposibilidad de algunas personas de privarse de la hostilidad y la imposibilidad de recoger los efectos de sus actos. &ldquo;Existen personas que son lugares&rdquo;, me dijo hace poco Ramiro Hern&aacute;ndez, y entonces pienso en esos amigos que son un refugio, esos amigos que no quieren entrar en guerra. Estar dispuestos a leer lo que dijimos, o lo que hicimos, incluso eso que no sab&iacute;amos que dec&iacute;amos o que hac&iacute;amos y que afect&oacute; a los otros, resulta fundamental para construir lazos menos hostiles. Estar dispuestos a revisar c&oacute;mo afectamos a los otros, aun cuando no haya sido intencional, resulta fundamental para apaciguar, al menos un poco, los efectos indeseados de las peque&ntilde;as guerras cotidianas. No desentenderse de los efectos que producimos en el otro, dici&eacute;ndole por ejemplo que <em>es</em> o que est&aacute; muy sensible, o que <em>es</em> un exagerado, es en principio alojar a ese otro como otro, como <em>alguien</em> al que le pasan cosas. <strong>Anne Dufourmantelle</strong> escribi&oacute; un libro que ac&aacute; se tradujo como <em>Potencia de la dulzura</em> (Nocturna/ Archivida ediciones). Pero prefiero las otras acepciones de <em>douceur</em>, las que refieren a suavidad, a tranquilidad, a lentitud (de todas esas acepciones se ocupa <strong>Mar&iacute;a del Carmen Rodr&iacute;guez</strong>, traductora del libro, en la nota inicial). Las prefiero porque nos recuerdan que en el otro tambi&eacute;n hay fragilidades. Como en el ingl&eacute;s <em>handle with care</em>, que implica el agarrar con cuidado porque se puede romper; no es que se vaya a romper, es que <em>puede</em> romperse. Dufourmantelle dice: &ldquo;Ser dulce [suave] con las cosas y los seres es comprenderlos en su insuficiencia, su precariedad, su inmadurez, su tonter&iacute;a (...). Es (...) inventar el espacio de una humanidad sensible, de una relaci&oacute;n con el otro que acepta su debilidad o lo que pueda en s&iacute; decepcionar. Y en esta comprensi&oacute;n profunda compromete una verdad&rdquo;. Tampoco creo que la cosa pase por decirle a alguien &ldquo;no te enganches&rdquo;, apelando a una especie de prescindencia por momentos algo c&iacute;nica. M&aacute;s all&aacute; de lo que cada uno pueda pensar acerca de qu&eacute; lo engancha de lo que el otro hace, creo que hay que intentar alojar tambi&eacute;n la posibilidad de que ciertas desconsideraciones de la vida cotidiana nos afecten, a&uacute;n si se las concibe peque&ntilde;as. No hace falta medir. Alguien se siente afectado y eso es atendible. El ejercicio anal&iacute;tico se trata de eso mismo. Me gusta cuando Dufourmantelle dice que &ldquo;un psicoanalista, hasta cuando es abrupto, no escucha sin dulzura [suavidad/lentitud/tranquilidad], ya que ella participa en un gesto que invita al otro&rdquo;. Pero fuera del an&aacute;lisis es otra cosa. Si el infierno son los otros, como dec&iacute;a Sartre, a veces tambi&eacute;n somos nosotros los que podemos volvernos infernales para los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto suena en m&iacute; <em>Tr&aacute;tame suavemente</em>, de <strong>Daniel Melero</strong>, tocada por <strong>Soda Stereo</strong>:
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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        <em>AK</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Kohan]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 23 Aug 2022 10:50:52 +0000]]></pubDate>
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