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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Sylvia Plath]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/sylvia-plath/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Sylvia Plath]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Problemas sin solución]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/problemas-solucion_1_10483802.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/462fb341-886d-41c3-a62c-4e658702ae1f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Problemas sin solución"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay asuntos que no tienen solución porque están en la raíz de nuestra subjetividad, de la pregunta por quiénes somos y qué nos hace sentir queridos o deseados.</p></div><p class="article-text">
        Dos de mis escritoras preferidas, <strong>Nora Ephron</strong> y <strong>Susan Sontag</strong>, escribieron ensayos sobre la belleza. El de Nora es ante todo gracioso. Hay algo profundo en la sencillez con la que se pregunta c&oacute;mo hubiera sido ir por la vida siendo bella, d&aacute;ndose cuenta en el camino de que por ser normalita y no una Miss Universo se perdi&oacute; estrictamente de pocas cosas valiosas (no se perdi&oacute; oportunidades profesionales, ni le faltaron amantes, ni le faltaron amigos), pero que igual le hubiera gustado conocer esa sensaci&oacute;n de triunfo ardoroso que, podemos imaginar, deben sentir las mujeres bellas cuando entran a un cuarto y todos se dan vuelta parar mirarlas. Es un texto liviano y rencoroso en el mejor de los sentidos, pero me parece que, incluso si Ephron no lo explicita, hay un hallazgo fundamental en la idea de que la belleza nos importa a las mujeres por razones instrumentales l&oacute;gicas y tangibles, pero no solo por eso. O m&aacute;s bien, que ninguna cosa que se trate del cuerpo se termina en esa l&oacute;gica instrumental, nada que involucre al cuerpo puede quedar sin sobregirar. Sontag, por su parte, reflexiona directamente sobre lo que la implicaci&oacute;n de las mujeres con la belleza les quita, en contraposici&oacute;n con lo que les sucede a los hombres de los que se espera que cultiven otras virtudes para desplegar su subjetividad: la belleza es un poder, dice Sontag, y est&aacute; bien que lo sea, pero es un poder bastante tramposo. Es un poder pasivo, un poder que siempre implica lograr que un hombre haga algo por una, m&aacute;s que un poder hacer.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Sylvia Plath</strong> tambi&eacute;n reflexion&oacute; bastante sobre la belleza en sus diarios y en su novela <em>La campana de cristal</em>. Muchas otras escritoras lo hicieron, lo siguen haciendo. Hay en todos estos textos muchas ideas valiosas, y sin embargo pienso que lo m&aacute;s importante ya lo dijo Foucault en el primer tomo de <em>Historia de la sexualidad</em>: el discurso supuestamente liberado sobre un tema (el sexo, o el imperativo de belleza, o lo que sea) no siempre implica m&aacute;s libertad, ni una experiencia m&aacute;s aut&eacute;ntica. Los discursos del autoamor o los cr&iacute;ticos de los c&aacute;nones hegem&oacute;nicos de belleza en general (lo que Sontag llama &ldquo;la era autoconsciente de la belleza&rdquo;) muchas veces parecen sumar poco. La sensaci&oacute;n es que, sobre ciertos temas, lo que necesitamos es pensar menos, hablar menos, tratar de que no ocupen tanto espacio en nuestras vidas. Esos discursos, adem&aacute;s, generan hartazgo. Hay una especie de crisis generalizada de la consigna &ldquo;lo privado es pol&iacute;tico&rdquo;; nadie quiere ya que le hablen de parejas, de monogamia o poliamor, de si est&aacute; bien o no ponernos un cachito de b&oacute;tox o hacer dietas dudosas que se venden como el santo grial de la salud esta semana pero que todas sabemos que hacemos para ser flacas, que si en el camino de bajar de peso se te descuajeringa alguna cosa en el fondo no es grave porque la salud nunca fue m&aacute;s que una excusa. Un poco lo entiendo, pero yo no soy tan descre&iacute;da respecto del debate p&uacute;blico como lo era Foucault, y creo que el feminismo en general tampoco (no tiene buenas razones para serlo: los cambios reales y concretos que produjo en la vida de las mujeres la puesta en circulaci&oacute;n de discursos feministas cr&iacute;ticos est&aacute;n a la vista). 
    </p><p class="article-text">
        Pienso que quiz&aacute;s lo agotador es el tono, que ya ni siquiera es necesariamente el tono de quien emite: no s&eacute; bien c&oacute;mo pas&oacute;, pero tanto en Internet como en la vida empezamos a leer todo como si fuera un mandato. Si alguien cuenta de la dieta que est&aacute; haciendo se lo entiende como un comentario sobre el cuerpo. Si alguien cuenta de su vida amorosa se entiende como una bajada de l&iacute;nea sobre la familia, o en contra de la familia. Es como la filosof&iacute;a de la sospecha, pero inflada con anab&oacute;licos: todo relato es sospechoso de ser una forma de vigilancia. Creo que es lo que dir&iacute;a Foucault, pero si realmente vamos a leernos entre todos con esa paranoia es imposible conversar, jugar con las ideas, ver a d&oacute;nde nos conducen. 
    </p><p class="article-text">
        Pienso que en parte tambi&eacute;n el hartazgo de las discusiones sobre el sexo, el amor y la belleza -adem&aacute;s del tono acusador que ya no s&eacute;, reitero, si est&aacute; en c&oacute;mo se habla o en c&oacute;mo se escucha- viene de la complicaci&oacute;n emotiva, filos&oacute;fica y pol&iacute;tica de quedarse con problemas sin soluci&oacute;n. El sexo, el amor y la belleza no tienen soluci&oacute;n, en dos sentidos importantes y relacionados entre s&iacute;. El primero es que, concretamente, hay muchas cuestiones sobre los imperativos de belleza que no se resuelven con pol&iacute;ticas p&uacute;blicas: podemos dar educaci&oacute;n sexual integral, y es important&iacute;simo y es una herramienta clave en la lucha contra la violencia sexual, pero no va a terminar con la violencia sexual, ni con la dificultad de separar lo que va de lo que no. 
    </p><p class="article-text">
        Lo mismo en el caso de la belleza: tienen que existir y funcionar los controles estatales sobre los tratamientos de belleza que se ofrecen, y podr&iacute;amos incluso prohibir publicidades de tratamientos como en alg&uacute;n momento se prohibieron las publicidades de cigarrillos, pero eso no va a detener una industria que vive de crear nuevas necesidades basadas en la necesidad m&aacute;s angustiante de que te miren y te quieran, que vive de mover cada vez un poco m&aacute;s la vara de lo que llamamos &ldquo;invasivo&rdquo; o &ldquo;preventivo&rdquo; o de los riesgos que estamos dispuestas a correr. El segundo sentido en que estos problemas no tienen soluci&oacute;n es m&aacute;s profundo: no tienen soluci&oacute;n porque est&aacute;n en la ra&iacute;z de nuestra subjetividad, de la pregunta por qui&eacute;nes somos y qu&eacute; nos hace sentir queridos o deseados, en la pregunta de qu&eacute; se juega en ser queridos o deseados, que dura toda la vida. No tienen soluci&oacute;n, tambi&eacute;n, porque ya lo dije, son problemas del cuerpo. 
    </p><p class="article-text">
        Es l&oacute;gico y deseable que la militancia se concentre en los problemas que s&iacute; tienen soluci&oacute;n, en las partes de los problemas que s&iacute; se pueden atacar con pol&iacute;ticas de Estado o estrategias activistas; es entendible que moleste que hablemos cr&iacute;ticamente de cosas que no sabemos c&oacute;mo enfrentar, de vidas de las que no sabemos c&oacute;mo sustraernos porque no tienen un afuera; es perfectamente comprensible que nos incomode hablar de cosas en las que siempre sentimos que estamos en falta. Pero aunque eso no funcione bien en &eacute;pocas en que se supone que las teor&iacute;as tienen que ser terap&eacute;uticas y optimistas, aunque sea mucho menos esperanzador que las luchas con objetivos claros que podemos conseguir, el feminismo siempre se trat&oacute;, adem&aacute;s de conquistas, sobre permanecer con problemas sin soluci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/problemas-solucion_1_10483802.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 Sep 2023 03:01:11 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Nora Ephron,Susan Sontag,Sylvia Plath,Feminismos,Ensayo general]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De cómo conseguí determinados libros]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/consegui-determinados-libros_129_10140356.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/13aabdd7-3b31-4a9b-9313-16d8a1cc7acc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De cómo conseguí determinados libros"></p><p class="article-text">
        A veces todos los esfuerzos que pueda hacer&nbsp;una editorial para promocionar un libro no son suficientes. De hecho, los libros que m&aacute;s recuerdo son los que llegaron a m&iacute; de manera providencial. Por ejemplo, una noche voy a ver una pel&iacute;cula con un amigo. La pel&iacute;cula era <em>Despu&eacute;s de hora</em><strong> </strong>-un film bastante at&iacute;pico dentro de la filmograf&iacute;a de <strong>Martin Scorsese</strong>- y en ella hay una escena donde una chica est&aacute; sentada en un bar y est&aacute; leyendo T<em>r&oacute;pico de C&aacute;ncer,</em> de <strong>Henry Miller</strong>. En otra mesa est&aacute; un hombre. El tipo para tratar de ligar con la chica le recita el comienzo del libro: &ldquo;No tengo dinero ni recursos ni esperanzas, soy el hombre m&aacute;s feliz del mundo. Hace un a&ntilde;o, hace seis meses, pensaba que era un artista, ya no lo pienso, lo soy, todo lo que era literatura se ha desprendido de m&iacute;, ya no hay m&aacute;s libros que escribir, gracias a Dios&rdquo;. La chica qued&oacute; impactada, yo tambi&eacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mi mam&aacute; ten&iacute;a una amiga que se llamaba Elsa. Usaba poleras amarillas y fumaba sin parar. Eran buenas amigas a pesar de que a mi mam&aacute; la literatura le parec&iacute;a una p&eacute;rdida de tiempo y la filosof&iacute;a una manera de calentarse la cabeza con estupideces. Elsa, en cambio, adem&aacute;s de fumar, le&iacute;a mucho. Les cont&eacute; a las dos la escena de la pel&iacute;cula de Scorsese. Elsa sac&oacute; de su cartera <em>Tr&oacute;pico de c&aacute;ncer </em>y me lo regal&oacute;. Sub&iacute; a mi pieza y no par&eacute; hasta terminarlo. Era un libro vital, era como tomar whisky. Cuando pas&oacute; el tiempo y mi mam&aacute; se enferm&oacute; y estuvo varios d&iacute;as en coma, yo me la pasaba por los pasillos del hospital esperando las noticias de los m&eacute;dicos y sacaba del bolsillo de mi sobretodo el ejemplar de Miller y tomaba un trago. Era como tener una petaca para soportar el dolor. De esta manera consegu&iacute; <em>Tr&oacute;pico de c&aacute;ncer</em>.
    </p><p class="article-text">
        Una noche volv&iacute;a tarde a mi casa en el subte de la l&iacute;nea E. Entr&eacute; a un vag&oacute;n vac&iacute;o y en uno de los asientos alguien se hab&iacute;a olvidado un libro boca abajo. Me acerqu&eacute; y lo di vuelta -como cuando alguien da vueltas un naipe para ver de qu&eacute; se trata el destino- el libro era <em>La Campana de Cristal</em>, de <strong>Sylvia Plath</strong>. Le&iacute;: &ldquo;Era un verano extra&ntilde;o y sofocante, el verano en que electrocutaron a los Rosemberg, y yo no sab&iacute;a que estaba haciendo en Nueva York. Le tengo man&iacute;a&nbsp;a las ejecuciones. La idea de ser ejecutada me enferma y eso era lo &uacute;nico de que hablaban todos los peri&oacute;dicos -titulares que, como ojos saltones me miraban fijamente&nbsp;en cada entrada mohosa y oliente a man&iacute; del subterr&aacute;neo-. No ten&iacute;a nada que ver conmigo, pero no pod&iacute;a evitar preguntarme qu&eacute; se siente al ser quemada viva de la cabeza a los pies&rdquo;. El libro era de la editorial Tiempo Nuevo, estaba usado y subrayado por alguien. Lo encontr&eacute; de esta manera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me gustaba caminar por la ciudad saltando entre librer&iacute;as de usados. En una de la Avenida de Mayo, encontr&eacute; una mesa de saldo muy grande. Me puse a escarbar. Saqu&eacute; un libro de poes&iacute;a. Parec&iacute;a una edici&oacute;n de autor o una edici&oacute;n de esas impresiones fantasmas, esas editoriales que nacen para sacar uno o dos libros y nada m&aacute;s. Abr&iacute;, le&iacute; uno de los poemas porque me atrajo el t&iacute;tulo &ldquo;Basuras al amanecer&rdquo;, supongo porque hasta ese momento asociaba a la poes&iacute;a con los poemas de amor, los cantos a la naturaleza del romanticismo, pero no con los residuos de nuestra cultura. Le&iacute;: &ldquo;Esta madrugada/ en la calle/ dominado por una especie/ de curiosidad sociol&oacute;gica/ hurgu&eacute; con un palo en el mundo surrealista/ de algunos tachos de basura./ Comprob&eacute; que las cosas no mueren sino que son asesinadas./Vi ultrajados papeles, c&aacute;scaras de fruta, vidrios/de color in&eacute;dito, extra&ntilde;os y atormentados metales,/ trapos, huesos, polvo, sustancias inexplicables/ que rechaz&oacute; la vida. Me llam&oacute; la atenci&oacute;n/ el torso de una mu&ntilde;eca con una mancha oscura,/ una especie de muerte en un campo rosado./ Parece que la cultura consiste/ en martirizar a fondo el material y empujarlo/ a lo largo de un intestino implacable./ Hasta consuela pensar que ni el mismo excremento/ puede ser obligado a abandonar el planeta&rdquo;. Me qued&eacute; tieso. La forma extra&ntilde;a de adjetivar, los versos que pod&iacute;an ser muy cortos o largos, prosaicos, una m&uacute;sica rara que gestaba el poema me conmovi&oacute;. Hab&iacute;a algo ah&iacute;, un logaritmo nuevo que yo no entend&iacute;a del todo. Y si bien el poema afirmaba algo en su eficacia conclusiva, todo estaba puesto en estado de pregunta. El poeta se llamaba <strong>Joaqu&iacute;n Giannuzzi</strong>, compr&eacute; el libro por unos pocos pesos&nbsp;y decid&iacute; copiarlo palmo a palmo en los poemas que yo quer&iacute;a escribir alg&uacute;n d&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ahora estoy en Salta, hace varios meses que estoy viajando. Fue un viaje largo de dos a&ntilde;os a lo largo de buena parte de Am&eacute;rica, tengo 21 a&ntilde;os. Entro en una librer&iacute;a y me encuentro una edici&oacute;n de la obra completa de <strong>Juan</strong> <strong>Gelman</strong> editada por Corregidor. La trato de robar porque no ten&iacute;a un peso, pero el librero era como esos marcadores centrales italianos que no te dan respiro. As&iacute; que vuelvo al camping donde estaba parando con mis compa&ntilde;eros de filosof&iacute;a y busco entre mis cosas. Me acuerdo que el sereno del camping me hab&iacute;a elogiado mis botas na&uacute;ticas que estaban debajo del alero de la carpa. Se las vendo. Voy y compro el libro. A los dos d&iacute;as me entero que al sereno lo echaron por robar de las carpas. &iquest;Por qu&eacute; me pag&oacute; por mis botas si me las podr&iacute;a haber robado? De esta manera consegu&iacute; el libro de Gelman que ahora, con el paso del tiempo, se ha ido desgajando. Cuando muchos a&ntilde;os despu&eacute;s conoc&iacute; a Gelman, le mostr&eacute; el libro y &eacute;l me dijo que estaba lleno de erratas. Pero yo no me di cuenta de eso, para m&iacute; las erratas eran genialidades de Gelman.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Volv&iacute; al pa&iacute;s. Pas&oacute; el tiempo. Estoy en otro camping. En Miramar. Mi amigo Fafa est&aacute; en la carpa de al lado. Una noche me dice que ya no puede pagar m&aacute;s el camping y que como est&aacute; debiendo plata, se va a ir sin pagar, me pide que le desarme la carpa durante la noche y que la esconda en la m&iacute;a. As&iacute; que Fafa se las toma y yo voy con una linterna y le desarmo la carpa. De golpe algo se cae al pasto. Lo alumbro con la linterna y veo que es un libro. En la contratapa, bajo la luz de mi linterna y el cuidado de una luna inmensa, observo por primera vez la cara extraordinaria de <strong>Samuel Beckett</strong>. Me pareci&oacute; que esa cara no pod&iacute;a escribir mal. El libro se llamaba <em>Molloy</em> y era su primera novela escrita en franc&eacute;s. Este libro no ten&iacute;a una trama convencional, parec&iacute;a escrito por un enfermo mental. Me hizo revisar todo lo que pensaba hasta ese momento sobre escribir novelas.
    </p><p class="article-text">
        Estamos en los a&ntilde;os noventa. Voy a una de esas fiestas improvisadas en las casas de amigos, esas en las que &eacute;ramos mortales porque no hab&iacute;a nadie dici&eacute;ndote por el celular que hab&iacute;a otra fiesta mejor en otro lado. Cuando entr&aacute;bamos a esas casas, hab&iacute;a una cama o un sill&oacute;n, donde dej&aacute;bamos los abrigos. Yo usaba un sobretodo negro, de bolsillos largos. En alg&uacute;n momento abandono la fiesta y salgo a caminar. Noto que en mi bolsillo hay algo que pesa un poco. Es un libro, <em>Cicatrices</em> de <strong>Juan Jos&eacute; Saer.</strong> &iquest;Qui&eacute;n se equivoc&oacute; y lo puso ah&iacute;? Conoc&iacute;a a Saer de nombre pero nunca lo hab&iacute;a le&iacute;do. Me fui al Astral, un bar de la calle Corrientes que estaba abierto toda la noche. Empec&eacute; a leer <em>Cicatrices</em> y no lo pod&iacute;a creer. Era casi contempor&aacute;neo de <em>Rayuela</em>, pero hab&iacute;a esquivado todos los recursos promocionales, no pertenec&iacute;a a ning&uacute;n boom, no parec&iacute;a venir de ning&uacute;n lado.
    </p><p class="article-text">
        FC
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Fabián Casas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/consegui-determinados-libros_129_10140356.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 Apr 2023 03:42:01 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Fabián Casas,Henry Miller,Sylvia Plath,Joaquín Giannuzzi,Juan Gelman,Samuel Beckett]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sobre las miserias del post matrimonio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/miserias-post-matrimonio_129_9285842.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0ef7c4a6-5f29-44b2-8fc3-23451dd0a070_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sobre las miserias del post matrimonio"></p><p class="article-text">
        Tengo una imagen que debe ser implantada, es una imagen muy antigua, pero estoy de la mano de mi madre atravesando una plaza y, a lo lejos, vemos una casa iluminada y rodeada de gente y mi madre me dice: Ah&iacute; est&aacute;n velando a Aramburu. Me acuerdo que esa fue la primera vez que tuve noticias de esa pr&aacute;ctica llamada secuestro. Tiempo despu&eacute;s, segu&iacute; por los diarios el secuestro de Aldo Moro y su posterior asesinato por la Brigadas Rojas de Renato Curcio. No se me borr&oacute; a&uacute;n de la cabeza&nbsp;la foto del cuerpo de Moro, con un balazo, fotografiado en la parte de atr&aacute;s de una camioneta. En ese momento pens&eacute; que secuestrar era una derrota moral para cualquier grupo revolucionario. De la misma manera que no se puede hacer una revoluci&oacute;n sin alegr&iacute;a. Cuando los grupos revolucionarios militarizan el &aacute;nimo, ya est&aacute;n derrotados. 
    </p><p class="article-text">
        En el secundario un compa&ntilde;ero secuestr&oacute; a una compa&ntilde;era. El caso dur&oacute; dos d&iacute;as y todos quedamos pasmados. Nuestra compa&ntilde;era -a la que llamar&eacute; Momi- era la hija de un industrial. Nuestro compa&ntilde;ero -al que llamar&eacute; el Negro P&eacute;rez- era un repetidor compulsivo. La polic&iacute;a vino al colegio y nos interrog&oacute; a todos los compa&ntilde;eros de Momi y, sobre todo, &ldquo;apretaron&rdquo; a Sebasti&aacute;n, su novio, principal sospechoso. A los dos d&iacute;as, la encontraron a Momi fumando porro con el Negro P&eacute;rez, su captor, en una quinta de su padre. Fue una variante barrial del s&iacute;ndrome de Estocolmo. 
    </p><p class="article-text">
        A fines de 1970, en Corea del Norte Kim Jong-il, quien durante la dictadura de su padre -Kim Il Sumg- era el titular de la propaganda estrat&eacute;gica del partido, ten&iacute;a un obsesi&oacute;n por el cine, que lo llev&oacute; a acumular la mayor cantidad, tal vez, de pel&iacute;culas de todos los tiempos. Trat&oacute; de que ir al cine en Corea del Norte fuera obligatorio, pero no lograba que las pel&iacute;culas que buscaban defender al r&eacute;gimen no fueran sopor&iacute;feras. As&iacute; que se le ocurri&oacute; un plan genial: secuestrar a Madame Choi -una estrella de cine de Corea del Sur- y a su ex marido Shin Sang-Ok quien era el director de cine m&aacute;s importante de Corea del Sur. Lo que lo volv&iacute;a loco a Kim Jong-IL era que el r&eacute;gimen de Se&uacute;l ten&iacute;a una floreciente producci&oacute;n cinematogr&aacute;fica que aumentaba su prestigio. &iquest;Parece el argumento de una pel&iacute;cula de <em>Misi&oacute;n Imposible</em>, no? La cosa es que agentes secretos secuestraron a la actriz y al director y despu&eacute;s de cuatro a&ntilde;os de encierro lograron quebrarlos y ellos hicieron algunos films colaborando con el r&eacute;gimen del dictador cin&eacute;filo. De ah&iacute; sale <em>Pulgasari</em>, una pel&iacute;cula de monstruos que quiz&aacute; sea la que tuvo m&aacute;s repercusi&oacute;n debido a su calidad f&iacute;lmica. <em>Pulgasari </em>es una especie de remake de <em>Godzilla</em>, pero en este caso el monstruo ayuda a los campesinos a rebelarse. Gracias a la ayuda de un periodista japon&eacute;s la actriz y el director pudieron escapar del r&eacute;gimen de Corea del Norte y pedir asilo en la embajada de Estados Unidos. Despu&eacute;s volvieron a Se&uacute;l. Ahora est&aacute;n muertos. 
    </p><p class="article-text">
        Hace muchos a&ntilde;os Robert Lowell cambi&oacute; el rumbo de la poes&iacute;a norteamericana, con su libro <em>Life Studies</em>, que produjo un shock en los lectores que lo amaron y lo odiaron en partes iguales. Para catalogar este libro, donde Lowell -experto en colapsos nerviosos e internaciones- escrib&iacute;a poemas en carne viva, la cr&iacute;tica hall&oacute; el nombre de &ldquo;Poes&iacute;a confesional&rdquo;. Es una l&iacute;nea po&eacute;tica que influenci&oacute; a Sylvia Plath y llega hasta nuestros d&iacute;as con Sharon Olds. Hay un poema en <em>Life Studies</em> que es magistral y que se titula &ldquo;Hablando sobre la miseria del matrimonio&rdquo;. Hoy uno podr&iacute;a escribir una versi&oacute;n m&aacute;s nueva de ese viejo poema y titularlo &ldquo;Hablando sobre la miseria del post matrimonio&rdquo;. Y una de esas miserias es la manera en que ciertas madres suelen secuestrar a los hijos a cambio de plata. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Pensé durante mucho tiempo que lo que se iba a derrumbar era la civilización, pero el que se derrumbó fui yo. Fue la tarde en que no pude ver a mis hijos.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Alexandra Kohan en una nota brillante publicada en la revista Polvo y titulada <em>La Madre: el tab&uacute; de la feminidad</em>, da cuenta de este fen&oacute;meno: &ldquo;Que los ni&ntilde;os son rehenes de sus padres separados se ha repetido hasta el cansancio. Pero se elude, sin embargo, pronunciar la palabra secuestro. Apoyo la igualdad de g&eacute;nero en lo que a derechos y obligaciones se refiere. En ese sentido entiendo que la manutenci&oacute;n debe ser igual para ambos progenitores que ambos son importantes e indispensables en la crianza. Tambi&eacute;n entiendo que hay parejas que no necesitan recurrir a la Justicia para arreglar esos asuntos, que el acuerdo existe sin que medien cartas documentos y que, en ese sentido se preservan de la incidencia de terceros&nbsp;en las decisiones de crianza. Tambi&eacute;n s&eacute; que hay padres que no se responsabilizan y se ausentan y en esos casos la justicia ayuda. Ahora bien, quiero referirme al modo en que en algunos casos de padres presentes, se superponen los dos planos: dinero a cambio del hijo. Si hay dinero, el padre puede ver al hijo, si no lo hay, no. &iquest;No es acaso esa la formula del secuestro? &iquest;Dinero a cambio de liberar al reh&eacute;n? (&hellip;) Me pregunto por qu&eacute; no existe mas visibilidad todav&iacute;a sobre el modo&nbsp;en que se manipula y se cosifica a los ni&ntilde;os, me pregunto porque est&aacute; tan naturalizado que una madre es m&aacute;s imprescindible&nbsp;que un padre, me pregunto porque no repudiamos un poco m&aacute;s estridentemente esta forma del abuso infantil y me respondo, un poco conjeturalmente, que advertir la cosificaci&oacute;n de los hijos por parte de estas mujeres conducir&iacute;a a pensarlas en un lugar activo y violento, cuesti&oacute;n de la que, seg&uacute;n parece, nada queremos saber&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Pens&eacute; durante mucho tiempo que lo que se iba a derrumbar era la civilizaci&oacute;n, pero el que se derrumb&oacute; fui yo. Fue la tarde en que no pude ver a mis hijos. La justicia y la burocracia suelen ser hermanas gemelas y, en los casos de familia, hay un consenso: el padre es el macho proveedor y la madre es cuidadora y protectora. El padre es alguien que viene de visita, como un visitador m&eacute;dico. A veces alguien te dice: cuando te liberes de los ni&ntilde;os nos vemos. Pero yo no me libero de los ni&ntilde;os, mis hijos me liberan.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>FC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Fabián Casas]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 03 Sep 2022 03:06:43 +0000]]></pubDate>
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