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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Fernando de Magallanes]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/fernando-de-magallanes/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Fernando de Magallanes]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Magallanes, una gesta planetaria con su momento argentino]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/magallanes-gesta-planetaria-momento-argentino_129_9297994.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2ce7932d-e862-481b-b875-e9fae5b6efe0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Magallanes, una gesta planetaria con su momento argentino"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Esta semana se cumplen quinientos años de la primera vuelta al mundo de Fernando de Magallanes. Varias de sus momentos más dramáticos ocurrieron en lo hoy es la Argentina y en particular en la Patagonia.</p></div><p class="article-text">
        Hubiera bastado con el nombre: Sanl&uacute;car de Barrameda. Pero si hubiese sido solamente por el nombre se me hubiese presentado un problema, porque esa zona de Andaluc&iacute;a es especialmente pr&oacute;diga en nombres compuestos y encantadores: Los Ca&ntilde;os de Meca, Vejer de la Frontera, Zahara de los Atunes. La raz&oacute;n por la que fui a Sanl&uacute;car, y no a alguna de las otras localidades, es porque ah&iacute; el Guadalquivir desemboca en el mar y porque de ah&iacute; sali&oacute; a dar la vuelta al mundo, a circunnavegar la tierra, en 1519, Fernando de Magallanes. Y ah&iacute; lleg&oacute;, en 1522, Sebasti&aacute;n Elcano.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        																					***&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Espa&ntilde;a y Portugal se hab&iacute;an repartido el mundo. Una l&iacute;nea vertical cruzaba el Atl&aacute;ntico y divid&iacute;a el mundo en dos mitades. De ah&iacute; para la izquierda las cosas y las gentes eran de Espa&ntilde;a: casi toda Am&eacute;rica. Para la derecha se&ntilde;oreaban los portugueses: Brasil y &Aacute;frica y la India. Esto supon&iacute;a un perjuicio para Espa&ntilde;a, porque el camino a las &ldquo;m&aacute;s orientales tierras, donde se ferian las especias&rdquo; (Francisco L&oacute;pez de G&oacute;mara, <em>Historia general de las Indias</em>, cap&iacute;tulo XCI) era propiedad de los portugueses: los espa&ntilde;oles no pod&iacute;an llegar a Oriente porque no pod&iacute;an pasar por &Aacute;frica y la India. Entonces Magallanes le propuso al rey de Espa&ntilde;a, que ten&iacute;a dieciocho a&ntilde;os, llegar a Asia por el occidente y cumplir de una vez por todas el anhelo original de Crist&oacute;bal Col&oacute;n: ir a las Molucas, las islas en las que se feriaban las especias, navegando hacia la izquierda del mapa. No atravesar&iacute;an mares portugueses.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        		S&oacute;lo se interpon&iacute;a Am&eacute;rica, una inmensa pared que corr&iacute;a de polo a polo. Hab&iacute;a que encontrar un paso. Apunta L&oacute;pez de G&oacute;mara: &ldquo;Era larga esta navegaci&oacute;n, dif&iacute;cil y costosa, y muchos no la entend&iacute;an, y otros no la cre&iacute;an&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        																						***&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>La vuelta al mundo capitaneada por Magallanes primero y por Sebasti&aacute;n Elcano despu&eacute;s abarc&oacute; tantos momentos y tantos paisajes que parece injusto recortarla.</strong> La expedici&oacute;n sali&oacute; de Andaluc&iacute;a, hizo la escala de rigor en Canarias, cruz&oacute; el Atl&aacute;ntico, estacion&oacute; un tiempito en la bah&iacute;a de Guanabara, cruz&oacute; el Pac&iacute;fico, salud&oacute; los atolones de la Polinesia, descubri&oacute; las Filipinas, alcanz&oacute; Indonesia y Malasia, toc&oacute; en el Cabo de Buena Esperanza en la actual Sud&aacute;frica, par&oacute; en las islas de Cabo Verde y finalmente volvi&oacute; a Andaluc&iacute;a. Considerada un&aacute;nimemente el primer hecho planetario, su escenario fueron los cinco continentes y los siete mares. Hoy hay monumentos a sus protagonistas en Filipinas y Chile, en Italia y en Malasia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        		Sin embargo basta leer algunos de los muchos libros dedicados a la haza&ntilde;a inmortal para enterarse de que <strong>varias de sus escenas m&aacute;s dram&aacute;ticas tuvieron lugar en lo que hoy es territorio argentino. Primero en el R&iacute;o de la Plata (una de las primera cosas que hizo Magallanes despu&eacute;s de cruzar el Atl&aacute;ntico fue explorarlo) y despu&eacute;s en la Patagonia.</strong>
    </p><p class="article-text">
        																							***&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sobre el R&iacute;o de la Plata dej&oacute; escrito Antonio Pigafetta, el cronista de la expedici&oacute;n: &ldquo;todos pens&aacute;bamos que se pasaba desde all&iacute; al mar del Sur&rdquo;. Lo mismo hab&iacute;a pensado Juan D&iacute;az de Sol&iacute;s, el descubridor del r&iacute;o: D&iacute;az de Sol&iacute;s tambi&eacute;n hab&iacute;a buscado, como ahora buscaba Magallanes, el paso a oriente (la b&uacute;squeda de una ruta a los archipi&eacute;lagos asi&aacute;ticos yac&iacute;a en fondo de todas expediciones descubridoras), y hab&iacute;a terminado sus d&iacute;as comido por los indios charr&uacute;as.
    </p><p class="article-text">
        		Magallanes pensaba que la corriente marr&oacute;n era el paso al otro mar, y por eso estuvo quince d&iacute;as explor&aacute;ndola. L&oacute;pez de G&oacute;mara escribi&oacute;: &ldquo;Como miraba las ensenadas para ver si eran estrecho, tardaba mucho en cada parte que llegaba&rdquo;. Algunas naves revisaban la banda occidental y otras la banda oriental. Uno de los pilotos era de Rodas, en el Egeo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        		Pero despu&eacute;s de quince d&iacute;as de tanteos rioplatenses, con los chaj&aacute;s y teruteros rasgando el silencio, Magallanes se dio cuenta en un segundo incandescente, y no muy lejos de donde escribo esto, de que aquello no era un paso a otro mar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        		Algunos historiadores sostienen que en ese segundo universal y un poco porte&ntilde;o empez&oacute; verdaderamente la odisea magall&aacute;nica. Hasta ese momento, argumentan, tanto el navegante como los heroicos forajidos que lo acompa&ntilde;aban se ilusionaban con que el r&iacute;o que hab&iacute;a descubierto D&iacute;az de Sol&iacute;s fuese la respuesta a la pregunta que tra&iacute;an. Y que cuando qued&oacute; claro que no lo era empez&oacute; la aventura propiamente dicha: ir hacia el sur a buscar un paso. Empezaba el momento patag&oacute;nico.
    </p><p class="article-text">
        																							***&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las cosas no estaban bien. Aceptar que el R&iacute;o de la Plata no era el anhelado paso implicaba aceptar que estaban a la deriva. Muchos quer&iacute;an volver a Espa&ntilde;a, mientras que Magallanes quer&iacute;a proseguir en la b&uacute;squeda. Y si bien Magallanes era el capit&aacute;n de la expedici&oacute;n, tambi&eacute;n es cierto que era portugu&eacute;s, o sea extranjero, lo cual hac&iacute;a casi inevitable una conspiraci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        		En esa tesitura los cinco barcos rumbearon al sur y decidieron hacer un alto en lo que hoy es la provincia de Santa Cruz. Ah&iacute; pasar&iacute;an el invierno. Antonio Pigafetta, el cronista de la expedici&oacute;n, escribi&oacute;: &ldquo;estuvimos en ese puerto, al que bautizamos Puerto de San Juli&aacute;n, cerca de cinco meses&rdquo;. G&oacute;mara hizo su aporte: &ldquo;estaba el cielo turbado, el aire tempestuoso, la mar brava y la tierra helada&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        																					***&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El mot&iacute;n empez&oacute; un d&iacute;a despu&eacute;s de bajar. Buena parte de la tripulaci&oacute;n tem&iacute;a por su vida y exig&iacute;a volver inmediatamente. Tambi&eacute;n varios de los otros capitanes, que eran espa&ntilde;oles. Entonces los capitanes rebeldes planearon capturar un barco todav&iacute;a fiel a Magallanes. Lo lograron, y desde ese momento ya eran tres los barcos rebeldes y solamente dos los que aceptaban sus ordenes. El portugu&eacute;s invit&oacute; a los sublevados a una comida para conversar pero ninguno fue. En ese momento terrible Magallanes le mand&oacute; una carta a uno de los capitanes rebeldes, y mientras este capit&aacute;n la le&iacute;a el mensajero le clav&oacute;, por orden de Magallanes, un cuchillo en la garganta. As&iacute; se apag&oacute; la rebeli&oacute;n, y la empresa descubridora volvi&oacute; a su cauce: Magallanes volv&iacute;a a tener la mayor&iacute;a de los barcos bajo su direcci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        																					 ***&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Un d&iacute;a apareci&oacute; algo raro en el horizonte: una silueta humana.</strong> El hombre era gigante; seg&uacute;n Pigafetta los europeos apenas le llegaban a la cintura.
    </p><p class="article-text">
        		El gigante parec&iacute;a contento. Se&ntilde;alaba el cielo: seguramente los cre&iacute;a enviados de alg&uacute;n m&aacute;s all&aacute;. Cantaba y bailaba, y Magallanes le orden&oacute; a uno de sus hombres que bailara igual que &eacute;l. Despu&eacute;s le acercaron comida (com&iacute;a mucho) y un espejo. Al verse peg&oacute; un salto que lastim&oacute; a varios. Siglos despu&eacute;s Borges escribir&iacute;a en su &laquo;Milonga del infiel&raquo;: &ldquo;Los dos indios se miraron / no cambiaron ni una se&ntilde;a, / Uno, &iquest;cu&aacute;l?, miraba al otro / como el que sue&ntilde;a que sue&ntilde;a&rdquo;. Lo bautizaron Juan y &eacute;l, contento, aprendi&oacute; a decir cosas como &ldquo;Jes&uacute;s&rdquo; y &ldquo;Juan&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        		Pero los hombres de Magallanes quer&iacute;an apresarlo y llevarlo a Espa&ntilde;a para mostrar lo que hab&iacute;a en el Nuevo Mundo. Entonces, para no enfrentarlo, tramaron lo siguiente: primero le dieron un mont&oacute;n de objetos, con lo cual ya ten&iacute;a las manos llenas. Y despu&eacute;s le mostraron unos grilletes como si fuesen un regalo m&aacute;s. Estos eran brillantes y hac&iacute;an un ruido nuevo. Pero Juan no pod&iacute;a agarrarlos. Entonces le ofrecieron estrech&aacute;rselos a los pies. Juan acept&oacute; y cuando entendi&oacute; la situaci&oacute;n ya era tarde: ahora daba alaridos. Pigafetta escribi&oacute;: &ldquo;el capit&aacute;n general llam&oacute; a los de este pueblo patagones&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        		Juan morir&iacute;a un buen tiempo despu&eacute;s, cuando la expedici&oacute;n atravesara el Pac&iacute;fico.
    </p><p class="article-text">
        																				***&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lleg&oacute; el momento de levar anclar y seguir rumbo a las ant&aacute;rticas regiones a buscar el bendito paso. En San Juli&aacute;n hab&iacute;an perdido un barco, as&iacute; que ahora eran cuatro los cascarones entre las olas y el viento. Siempre rumbo al sur bordeaban la costa de esa Patagonia reci&eacute;n bautizada por ellos mismos. Escribi&oacute; Stefan Zweig: &ldquo;y como se ensombrece su interior, se ensombrece tambi&eacute;n el mundo externo. La costa se muestra cada vez m&aacute;s ingrata, m&aacute;s desnuda y vac&iacute;a&rdquo;. Hasta que de repente vieron una peque&ntilde;a abertura y empezaron a recorrerla.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        		Terminaba as&iacute; el momento argentino de la empresa.
    </p><p class="article-text">
        																			     ***&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tardaron un mes en cruzar la peque&ntilde;a abertura, porque estaba llena de bifurcaciones y en cada bifurcaci&oacute;n las naves se separaban explorando las distintas posibilidades para luego volver al punto de reuni&oacute;n. Lo que los alentaba era que el agua era siempre de mar y siempre salada, que nunca se estrechaba y que pod&iacute;an notar los movimientos de la marea: nada de esto hab&iacute;a sucedido en el R&iacute;o de la Plata. Hasta que de repente se abri&oacute; ante ellos el anhelado Mar del Sur y Magallanes llor&oacute; de alegr&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        		Segu&iacute;an festejando cuando se dieron cuenta de que uno de los barcos que ven&iacute;an detr&aacute;s estaba tardando demasiado. Pensaron que se hab&iacute;a perdido y dejaron cartas clavadas en la tierra para decirles d&oacute;nde estaban, hasta que intuyeron lo que en verdad hab&iacute;a pasado: ese barco se hab&iacute;a vuelto a Espa&ntilde;a. Y con la mayor&iacute;a de las provisiones.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        		Quedaban tres fr&aacute;giles barquichuelos, ya muy maltratados, para completar el viaje planetario.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        																				***&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hab&iacute;an encontrado el paso, pero ahora se abr&iacute;a ante ellos la Mar del Sur, a la que sintieron muy pac&iacute;fica y por supuesto bautizaron. Lo que no sab&iacute;an era el tama&ntilde;o. Pensaban que era m&aacute;s chica, porque en los mapas de la &eacute;poca se dibujaba a Am&eacute;rica muy cerca de las verdaderas Indias. Adem&aacute;s, las condiciones eran las peores: su viaje hab&iacute;a empezado hac&iacute;a demasiado y los esperaba a&uacute;n una inmensidad desconocida. Tomaban el agua que les quedaba con la nariz tapada para evitar la hediondez.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        		Los barcos maltrechos llegaron finalmente al Oriente. Poco despu&eacute;s, y ya habiendo logrado lo que anhelara Col&oacute;n, Magallanes muri&oacute; en una batahola en una playa filipina. El que tom&oacute; el mando de la expedici&oacute;n fue Juan Sebasti&aacute;n Elcano, que en el mot&iacute;n se hab&iacute;a puesto del lado de los sublevados. Elcano eligi&oacute; no volver por donde hab&iacute;a venido sino navegar por los mares portugueses hacia el oeste, bordeando India y &Aacute;frica y tratando de que los lusitanos no lo vieran. Eso significaba cubrir de un tir&oacute;n la distancia que hay entre los archipi&eacute;lagos asi&aacute;ticos y Sanl&uacute;car de Barrameda.
    </p><p class="article-text">
        		Habiendo logrado esta nueva haza&ntilde;a, que se sumaba a las anteriores, Elcano aport&oacute; en Sanl&uacute;car y, desde el barco, le escribi&oacute; a Su Majestad. &ldquo;Saber&aacute; tu alta magestad como somos llegado diez e ocho onbres solamente con una de las &ccedil;inco naos que tu alta magestad enbi&oacute; en descubrimiento de la Espe&ccedil;iar&iacute;a&rdquo;. El rey le otorg&oacute; un escudo en el que pueden verse ramas de canela, nueces moscadas y clavos de olor. [&ldquo;escudo armas elcano, hay especias!&rdquo;]&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;		Hoy en d&iacute;a, en una calle de Sanl&uacute;car, un azulejo reproduce la carta de Elcano pero en vez de &ldquo;Espe&ccedil;iar&iacute;a&rdquo; dice &ldquo;Especier&iacute;a&rdquo;. El sustantivo, que designaba aquellas &ldquo;m&aacute;s orientales tierras donde se ferian las especias&rdquo;, ha dejado de usarse. Pero basta con traerlo para que, lleno de resonancias, nos deje el sabor de una antigua aventura hecha de madera y viento. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        																							***&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Solamente con una de las &ccedil;inco naos&rdquo;, escribi&oacute; Elcano. En efecto, s&oacute;lo una de las cinco naves complet&oacute; el viaje: la Santiago fue destrozada por una tormenta en Santa Cruz. La San Antonio desert&oacute; en el Estrecho de Magallanes y se volvi&oacute; a Espa&ntilde;a. La Concepci&oacute;n fue incendiada a prop&oacute;sito en las Filipinas, porque no hab&iacute;a tripulaci&oacute;n suficiente para manejarla. Y la Trinidad se averi&oacute; en el archipi&eacute;lago de las Molucas, en la actual Indonesia. Solamente la Victoria complet&oacute; la vuelta al mundo.
    </p><p class="article-text">
        		En esto no hay escalafones oficiales, pero la Victoria es, entre las naves legendarias que protagonizaron la Era de los Descubrimientos, de las m&aacute;s queridas, si no la m&aacute;s. Basta, para enaltecerla, con imaginarla en su peque&ntilde;ez, con unos cuarenta hombres adentro, resbalando rudimentariamente por el planeta. Pues bien: al principio del viaje el capit&aacute;n de la Victoria era Luis de Mendoza, que fue uno de los conspiradores y que muri&oacute; en lo que hoy es territorio argentino: es aquel al que Magallanes le mand&oacute; una carta a su barco y, mientras la le&iacute;a, el mensajero le clav&oacute; un pu&ntilde;al en la garganta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        		<strong>Todo eso pas&oacute; en la actual Santa Cruz y es, si no me equivoco, la p&aacute;gina m&aacute;s deslumbrante en la historia de lo que m&aacute;s tarde ser&iacute;a el suelo provincial.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>AD</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Droznes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/magallanes-gesta-planetaria-momento-argentino_129_9297994.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 08 Sep 2022 12:12:22 +0000]]></pubDate>
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