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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Leonard Cohen]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/leonard-cohen/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Leonard Cohen]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Tres canciones]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tres-canciones_129_11396629.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4d8dab24-0bdb-4d92-9ae9-f6e4f02c949f_16-9-discover-aspect-ratio_default_1095845.jpg" width="1904" height="1071" alt="Tres canciones"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En una de ellas se habla de una misteriosa dama de mangas verdes; en otra de algo tan tenue como la sombra de una sonrisa; y en la tercera se queman cartas de amor.  Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><h3 class="article-text">1.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&ldquo;Greensleeves&rdquo; (an&oacute;nimo del Siglo XVI)</h3><p class="article-text">
        &ldquo;La dama de las mangas verdes&rdquo; es una canci&oacute;n folkl&oacute;rica. Y, como todo folklore, es tanto aquello que viene de la tradici&oacute;n &ndash;o de varias tradiciones&ndash; como lo que se la ha ido agregando. Lo poco que se sabe de ella es que es inglesa, que las primeras fuentes en las que aparece son de fines del siglo XVI y que est&aacute; concebida sobre un bajo (es decir una secuencia de acordes) muy com&uacute;n en Italia, pero oriundo de Espa&ntilde;a, el bajo de la romanesca.
    </p><p class="article-text">
        Eso ya descarta una de las leyendas e incluso los cr&eacute;ditos autorales en varias de las numerosas versiones grabadas en disco: que la canci&oacute;n la compuso <strong>Enrique VIII</strong> para <strong>Anne Boleyn</strong>, cuando intentaba seducir a la hija m&aacute;s joven del Conde de Wiltshire, y que la frase &laquo;cast me off discourteously&ldquo; se refer&iacute;a al rechazo de la futura reina (y, ya se sabe, futura ex reina). El bajo de la romanesca no lleg&oacute; a Inglaterra hasta bastante despu&eacute;s de la muerte de Enrique VIII (en 1548). Y las primeras referencias a la canci&oacute;n son de 1580 &ndash;una pieza registrada en la London Stationer's Company (Compa&ntilde;&iacute;a de Impresores de Londres) con el t&iacute;tulo &rdquo;A New Northern Dittye of the Lady Greene Sleeves&ldquo; de la que no se conserva copia alguna&ndash; y 1584 (&rdquo;A New Courtly Sonnet of the Lady Green Sleeves&ldquo;, incluida en la colecci&oacute;n <em>A Handful of Pleasant Delights</em>. Es posible &ndash;la palabra &rdquo;new&ldquo; en ambos t&iacute;tulos as&iacute; lo sugiere&ndash; que hubiera alguna canci&oacute;n m&aacute;s antigua en la que se hubiera hecho referencia a la dama de las mangas verdes pero lo que se sabe con certeza es que la canci&oacute;n hoy conocida como &rdquo;Greensleeves&ldquo; form&oacute; parte del repertorio del palacio de <strong>Isabel I </strong>y de las compa&ntilde;&iacute;as de teatro callejeras. De hecho, en <em>Las alegres comadres de Windsor</em>, escrita por <strong>William Shakespeare</strong> alrededor de 1602, el personaje de Anna Ford menciona dos veces la canci&oacute;n. Y, si se da cr&eacute;dito a los testimonios de la &eacute;poca de que las barber&iacute;as colgaban en sus paredes la&uacute;des para que quienes esperaban se entretuvieran cantando y tocando baladas, es m&aacute;s que probable que la canci&oacute;n estuviera entre los hits de una &eacute;poca y de una ciudad en la que la cultura circulaba de manera fluida entre la corte y las calles.
    </p><p class="article-text">
        La pieza sobrevivi&oacute; de muchas maneras, entre ellas con otra letra, &laquo;Old England Grown New&raquo;, como emblema de un regimiento de la Guardia Real y, como canci&oacute;n navide&ntilde;a, con otro texto, escrito en 1865 por<strong> William Chatterton Dix</strong>, y otro t&iacute;tulo, &ldquo;What Child is This?&rdquo;. Tambi&eacute;n hay una letra muy posterior, de <strong>Sammy Cahn</strong>, &ldquo;Home in the Meadow&rdquo; (&lsquo;La casa de la pradera&rsquo;), que cantaba&nbsp;<strong>Debbie Reynolds</strong> en una pel&iacute;cula de 1962, How the West Was Won (C&oacute;mo se gan&oacute; el Oeste). Nada de esto contradice la hip&oacute;tesis m&aacute;s aceptada, que es que la dama de las mangas verdes era una prostituta y que la menci&oacute;n del verde era una forma elegante de decir que se hab&iacute;a estado revolcando sobre la hierba. Ni tampoco alcanza para explicar la extra&ntilde;a supervivencia de la canci&oacute;n y, mucho menos, que llegara a convertirse en un <em>standard</em> de jazz, con 264 versiones registradas por la enciclopedia <em>The Jazz Discography</em>, de <strong>Tom Lord</strong>.
    </p><p class="article-text">
        La afinidad con ese g&eacute;nero tal vez haya estado relacionada con uno de los usos m&aacute;s frecuentes de la canci&oacute;n, como base para sucesivas variaciones cada vez m&aacute;s virtuosas, una t&eacute;cnica que consiste en utilizar cada vez notas m&aacute;s breves &ndash;y por lo tanto un fraseo cada vez m&aacute;s &aacute;gil&ndash; que en el Renacimiento llamaban &ldquo;disminuci&oacute;n&rdquo;&ndash; y que fue central en el jazz desde sus or&iacute;genes. Esa estructura, una secuencia de acordes repetida &ndash;aquella vieja romanesca&ndash; fue, en ese sentido, lo que hizo a la canci&oacute;n tan atractiva para los maestros laudistas del 1600, para quienes improvisaban en la flauta de pico &ndash;con variaciones que alguien se dedicaba a anotar&ndash; y, mucho tiempo despu&eacute;s, para una larga lista que incluye al organista <strong>Jimmy Smith</strong>, al notable (y casi olvidado) trompetista <strong>Joe Wilder</strong>, al guitarrista <strong>Kenny Burrell</strong>, y a saxofonistas tan distintos entre s&iacute; como solo pod&iacute;an serlo el siempre perfecto <strong>Paul Desmond</strong>, que la grab&oacute; junto al guitarrista <strong>Jim Hall</strong> y, en vivo, como invitado del <strong>Modern Jazz Quartet</strong>, y <strong>John Coltrane</strong>, siempre al borde del abismo.
    </p><p class="article-text">
        El compositor ingl&eacute;s <strong>Ralph Vaughan Williams</strong>, tambi&eacute;n recopilador de canciones folkl&oacute;ricas, utiliz&oacute; la canci&oacute;n como parte de una escena del acto 3 de su &oacute;pera <em>Sir John in Love</em>, cuyo personaje principal es Falstaff &ndash;el mismo que aparece en <em>Las alegres comadres</em>&hellip;&ndash; , y luego realiz&oacute; un arreglo para piano a cuatro manos y autoriz&oacute; la que tal vez sea la versi&oacute;n m&aacute;s conocida de la obra, una transcripci&oacute;n para arpa y orquesta de cuerdas realizada en 1934 por <strong>Ralph Greaves</strong>. La canci&oacute;n tuvo, por otra parte, nuevas relecturas: &ldquo;Stay Away&rdquo; por <strong>Elvis Presley</strong>, &ldquo;Leaving Green Sleeves&rdquo; de <strong>Leonard Cohen</strong> y &ldquo;Sixteenth Century Greensleeves&rdquo;, por <strong>Rainbow</strong>, el grupo post <strong>Deep Purple</strong> del guitarrista <strong>Ritchie Blackmore</strong>. Incidentalmente, la dama de las mangas verdes, ya idealizada y convertida en el mejor s&iacute;mbolo posible de lo antiguo y de lo ingl&eacute;s, fue pintada por <strong>Dante Gabriel Rossetti</strong>, uno de los fundadores de la hermandad prerrafaelita, en 1863.
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    </figure><h3 class="article-text">2.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&ldquo;The Shadow of your Smile&rdquo; (Johnny Mandel-Francis Webster)</h3><p class="article-text">
        La pel&iacute;cula fue dirigida por <strong>Vincent Minelli</strong>. Ten&iacute;a entre sus libretistas a <strong>Dalton Trumbo</strong> y sus protagonistas eran <strong>Elizabeth Taylor</strong> y <strong>Richard Burton</strong>. Fue estrenada en 1965 y, podr&iacute;a pensarse, r&aacute;pidamente olvidada. Su t&iacute;tulo original era <em>The sandpiper</em> (en referencia a un pajarito playero) y se lo tradujo &ndash;es una forma de decir&ndash;&nbsp;como <em>Almas en conflicto</em> (en Latinoam&eacute;rica) y <em>Castillos en la arena</em> &ndash;en Espa&ntilde;a&ndash;. Casi nadie recuerda el fogoso romance entre la madre soltera y rebelde y el severo maestro que debe encauzar a su hijo. En cambio, la m&uacute;sica que acompa&ntilde;aba los cr&eacute;ditos iniciales, y las ins&iacute;pidas im&aacute;genes del mar, playas, cielos y acantilados, result&oacute; inolvidable.
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        En ese comienzo, quien tocaba la melod&iacute;a principal era el trompetista <strong>Jack Sheldon</strong>. En el final, el tema reaparec&iacute;a cantado por un coro y con letra de&nbsp;<strong>Paul Francis Webster</strong>. La m&uacute;sica hab&iacute;a sido creada por el gran <strong>Johnny Mandel</strong> y el t&iacute;tulo de la canci&oacute;n era &ldquo;The Shadow of your Smile&rdquo; (&ldquo;La sombra de tu sonrisa&rdquo;). La pieza gan&oacute; ese a&ntilde;o el Oscar a mejor canci&oacute;n original y el Grammy para la mejor canci&oacute;n de 1965. Y su entrada en el mundo de la m&uacute;sica popular no podr&iacute;a haber sido m&aacute;s espectacular. Antes de que terminara ese a&ntilde;o ya la hab&iacute;an grabado <strong>Barbra Streissand</strong>, <strong>Wes Montgomery</strong>, <strong>Gerry Mulligan</strong>, <strong>Carmen McRae</strong>, <strong>Chris Connor </strong>y <strong>June Christy</strong> &ndash;dos de las mejores cantantes blancas del jazz&ndash;&nbsp;y la entonces popular&iacute;sima <strong>Astrud Gilberto</strong> &ndash;lo que quiz&aacute; tuvo que ver con que en muchas versiones posteriores se le adosara una r&iacute;tmica de bossa nova que estaba ausente en el original&ndash;. Y en 1966 se sumaron <strong>Tonny Bennett</strong>, <strong>Bobby Darin</strong>, <strong>Frank Sinatra</strong> con <strong>Count Basie</strong>, en el Sal&oacute;n Copa del Hotel Sands de Las Vegas &ndash;el 27 de enero, en que la presentan como &ldquo;una nueva canci&oacute;n&rdquo;&ndash;, <strong>Ella Fitzgerald</strong>, <strong>Johnny Mathis</strong> y <strong>Sarah Vaughan</strong>. Seg&uacute;n la mencionada Jazz Discography, solo entre 1965 y 1966 se registran m&aacute;s de 100 grabaciones en el terreno del jazz. Con un total de 707 interpretaciones en n&oacute;mina, las grabaciones van raleando a lo largo de los a&ntilde;os, se marcan preferencias (fue un tema muy elegido por organistas), se comprueba que <strong>Jack Sheldon</strong> lo grab&oacute; infinidad de veces, que en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas se convierte en territorio casi exclusivo de m&uacute;sicos japoneses o viejas estrellas que graban repertorio muy tradicional en ese pa&iacute;s y, claro, de relecturas como la de <strong>Bill Frisell</strong> en 2015, con <strong>Tomas Morgan</strong> en contrabajo, <strong>Eyvind Kang</strong> en viola, <strong>Rudy Royston</strong> en bater&iacute;a y <strong>Petra Haden</strong> en voz, para el &aacute;lbum <em>When You Wish Upon a Star</em>, dedicado a pizas ligadas al cine. Entre sus hitos resulta inevitable mencionar dos versiones de <strong>Bill Evans</strong>, una en d&uacute;o consigo mismo, en 1967, y la otra en vivo en el Village Vanguard, el a&ntilde;o siguiente, en tr&iacute;o con&nbsp;el contrabajista <strong>Eddie Gomez </strong>y el baterista <strong>John Dentz</strong>, la grabaci&oacute;n de la orquesta de <strong>Henry Mancini</strong> en 1967, con Sheldon iluminado en el solo de trompeta, la de un inspirad&iacute;simo <strong>Dexter Gordon</strong>, en 1969 y en Copenhagen, con una base extraordinaria (<strong>Kenny Drew</strong> en piano, <strong>Niels-Henning Orsted Pedersen</strong> en contrabajo y&nbsp;<strong>Art Taylor </strong>en bater&iacute;a, la de <strong>Lee Konitz</strong> en saxo alto y <strong>Art Pepper </strong>en clarinete, la del trompetista <strong>Art Farmer</strong> con <strong>Jimmy Heath</strong> en saxo tenor y <strong>Harold Mabern</strong> en piano y, por supuesto, la del saxofonista <strong>Archie Shepp</strong> en una lecci&oacute;n de expresividad junto con <strong>John Hicks</strong> en piano, el contrabajista <strong>George Mraz</strong> y, en bater&iacute;a, <strong>Idris Muhammad</strong>.&nbsp;
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    </figure><h3 class="article-text">3.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&ldquo;Cartas de amor que se queman&rdquo; (Cuchi Leguizam&oacute;n-Manuel Castilla)</h3><p class="article-text">
        &ldquo;Los lugares son personas, s&oacute;lo que viven m&aacute;s&rdquo;, dec&iacute;a el escritor <strong>H&eacute;ctor Tiz&oacute;n</strong> que dec&iacute;a el m&uacute;sico <strong>Gustavo Leguizam&oacute;n</strong>. La cita hac&iacute;a referencia a una de las caracter&iacute;sticas m&aacute;s obvias de uno de los creadores m&aacute;s importantes de la m&uacute;sica argentina. La relaci&oacute;n de sus obras con el paisaje es tan real como indiscutible. Pero reducir su importancia a ese aspecto es como pretender que las canciones de <strong>The Beatles</strong> son geniales por la manera en que reflejan la vida en Liverpool o en Londres en los 60. Y hay una canci&oacute;n, extraordinaria, desesperada, en que no se habla del paisaje para nada. Parafraseando a Borges, all&iacute; el hombre del interior habla de lo que realmente le interesa, la soledad, el amor, la muerte. Y es que Leguizam&oacute;n, al fin y al cabo, era un m&uacute;sico curioso, moderno e informado; tanto el que compon&iacute;a canciones que estrenaban <strong>Los Fronterizos</strong> y hac&iacute;a los arreglos (complej&iacute;simos, raros, siempre musicales) para el <strong>D&uacute;o Salte&ntilde;o </strong>como el que escuchaba &ndash;y estudiaba&ndash; a Beethoven, Ravel o Satie.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Ay, ni&ntilde;a, no queda nada de todo lo que so&ntilde;amos&rdquo;, empieza diciendo la letra de <strong>Manuel Castilla</strong>. &ldquo;Nuestro amor son estas llamas que est&aacute;n quemando mis manos&rdquo;. La angularidad de la melod&iacute;a, sus saltos del grave al agudo, su crispaci&oacute;n y sus disonancias, son el sonido inevitable de las palabras: &ldquo;Son como un ala de luto/ volando papel quemado/ las cartas donde lloraba/ este pecho enamorado&rdquo;, Y el estribillo, que se repetir&aacute; al final, dice que quien quema cartas de amor no sabe que enluta su coraz&oacute;n. La primera grabaci&oacute;n de esta peque&ntilde;a obra maestra la registr&oacute; el D&uacute;o Salte&ntilde;o. Despu&eacute;s, mucho despu&eacute;s, lleg&oacute; la ejemplar y descarnada lectura &ndash;potente en su &iacute;ntimo recogimiento&ndash; de <strong>Liliana Herrero</strong> con el guitarrista <strong>Juan Fal&uacute;</strong>. <strong>Roxana Amed</strong> con <strong>Adri&aacute;n Iaies</strong>, <strong>Guillermo Klein</strong> y la <strong>Bruja Salguero</strong>, m&aacute;s alguna versi&oacute;n coral, documentan los viajes que una canci&oacute;n es capaz de emprender.
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    </figure><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog &ldquo;El sonido de los sue&ntilde;os&rdquo;: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tres-canciones_129_11396629.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 25 May 2024 15:49:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Tres canciones]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Gustavo "Cuchi" Leguizamón,Elvis Presley,Leonard Cohen]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[“Lo que entra y lo que sale de uno”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/entra-sale_1_10753620.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7963df21-3be4-4642-82f3-8a84d643c14e_16-9-discover-aspect-ratio_default_1086156.jpg" width="1526" height="858" alt="“Lo que entra y lo que sale de uno”"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Peter Gabriel pulió (y luchó con) su nuevo disco durante más de veinte años. Eligió, finalmente, no elegir y presentar dos versiones, una “brillante” y la otra “oscura”. Con la voz perfecta y arreglos exactos logra, como hubiera dicho el filósofo Edward Said, una muestra de estilo tardío. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        El fil&oacute;sofo <strong>Edward Said</strong>, cofundador de la orquesta juvenil palestino-israel&iacute; <strong>West Divan</strong>, junto con <strong>Daniel Barenboim</strong>, public&oacute; sus primeros ensayos en 1975. Y su tema eran, precisamente, los principios: <em>Comienzos: Intenci&oacute;n y M&eacute;todo</em>. En 2003, al morir, dej&oacute; inconclusa, &shy;aunque casi acabada&shy;, una serie de textos acerca de los finales: <em>Sobre el estilo tard&iacute;o (M&uacute;sica y literatura a contracorriente)</em>. Su punto de partida eran los escritos de <strong>Theodor Adorno</strong> sobre el &ldquo;estilo tard&iacute;o&rdquo; de <strong>Ludwig Van Beethoven</strong>. 
    </p><p class="article-text">
        En 2001, al mismo tiempo que Said hab&iacute;a comenzado a darle forma al volumen, <strong>Peter Gabriel</strong> grababa <em>Up</em>, el que hasta ahora hab&iacute;a sido su &uacute;ltimo disco con material original. 22 a&ntilde;os despu&eacute;s vuelve a publicar un &aacute;lbum nuevo. Un &aacute;lbum, claro, ejemplar del &ldquo;estilo tard&iacute;o&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Su t&iacute;tulo es<em> i/o </em>y alude a las letras que suelen verse en la parte trasera de algunos equipos electr&oacute;nicos, las iniciales de <em>Input</em> y <em>Output</em>. Para Gabriel es una referencia &ldquo;a lo que sale y lo que entra de uno&rdquo;. El artista, de 73 a&ntilde;os, es uno de los compositores y cantantes m&aacute;s importantes de la m<strong>&uacute;sica art&iacute;stica de tradici&oacute;n popular desde que, en 1967, a&uacute;n en la escuela secundaria, fund&oacute; con cuatro amigos el grupo </strong>Genesis, o, para mayor precisi&oacute;n, desde el genial tercer disco de ese grupo, <em>Foxtrot</em>, publicado en 1971. La tapa de <em>i/o</em>, en blanco y negro, lo muestra con la cabeza entre las manos. Es un disco que parte de una crisis y de un dilema. Y que, en lugar de tratar de ocultarlo, no solo lo pone en escena sino que lo convierte en reflexi&oacute;n acerca de la obra de arte.
    </p><p class="article-text">
        Es que el disco no es uno sino dos &ndash;y en la edici&oacute;n f&iacute;sica de lujo son tres&ndash; exactamente con las mismas canciones y en el mismo orden. Lo que cambia es el concepto de producci&oacute;n y mezcla, explicitando que la obra no es ya sus materiales y ni siquiera los procedimientos compositivos &ndash;o interpretativos, esa forma de la composici&oacute;n heredada de lo popular&ndash; sino lo que con todo ello se hace en el estudio. Como ense&ntilde;aron <strong>The Beatles</strong> &ndash;y mostraron, did&aacute;cticos, los vol&uacute;menes de <em>Anthology</em> publicados entre 1995 y 1996&ndash; una canci&oacute;n podr&iacute;a haberse convertido en muchas otras. Y el compositor, en este caso &ndash;tal vez por eso se tome la cabeza entre las manos&ndash; no elige sino que deja que la decisi&oacute;n corra por cuenta de quien escuche. Las cuerdas <em>&agrave; la</em> <strong>George Martin </strong>a partir del minuto 1:14 de &ldquo;Live and Let Live&rdquo;, el tema que cierra <em>i/o</em>, por ejemplo, puede entenderse como una pieza esencial de la estructura &ndash;en la segunda versi&oacute;n, bautizada <em>Dark-Side Mix</em>&ndash; o como un sustrato casi enmascarado &ndash; en la <em>Bright-Side Mix</em>&ndash;. Sobre el final de esa misma canci&oacute;n, en la versi&oacute;n &ldquo;brillante&rdquo; sobresale la homogeneidad de unas cuerdas casi sensibleras mientras que en la del &ldquo;Lado oscuro&rdquo; asoman puntuaciones y contrapuntos r&iacute;tmicos y una trompeta que en la otra es parte de una bruma coral. Debo decir &ndash;cuesti&oacute;n de formaci&oacute;n o de personalidad, vaya a saberse&ndash; que prefiero por lejos al lado oscuro.
    </p><p class="article-text">
        En su &uacute;ltimo disco, eventualmente, Peter Gabriel canta &ndash;&shy;como siempre&ndash; como los dioses. No hay rastro de envejecimiento ni hast&iacute;o en su voz. Y entre las canciones, que a manera de auto limitaci&oacute;n Gabriel se oblig&oacute; a terminar de a una por mes, en cada luna llena de 2023, hay piezas extremadamente bellas y exactas: la melancol&iacute;a minimalista de &ldquo;Playing For Time&rdquo;, &ldquo;Four Kinds of Horses&rdquo;, la mencionada &ldquo;Live and Let Live&rdquo;, &ldquo;So Much&rdquo;, las reminiscencias africanas en &ldquo;Olive Tree&rdquo;, &ldquo;Love Can Heal&rdquo; con el exquisito contraste entre la voz y el coro &ndash;que recuerda a la <strong>Kate Bush</strong> de &ldquo;Dont Give Up&rdquo;&ndash; por un lado y un acompa&ntilde;amiento obsesivamente repetitivo por el otro. La base instrumental est&aacute; en manos de viejos conocidos, el percusionista <strong>Manu Katch&eacute;</strong>, el bajista <strong>Tony Levin </strong>y el guitarrista <strong>David Rhodes</strong>, quienes se suma el c&eacute;lebre <strong>Brian Eno</strong> en teclados, programaci&oacute;n, electr&oacute;nica y dise&ntilde;o de sonido. Y obviamente tanto <strong>Mark 'Spike' Stent</strong> &ndash;responsible del mix &ldquo;brillante&rdquo;&shy;&ndash; como <strong>Tchad Blake</strong> &ndash;que firm&oacute; el &ldquo;lado oscuro&rdquo;&ndash; son protagonistas. 
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    </figure><p class="article-text">
        Said y Adorno basan sus reflexiones acerca del estilo tard&iacute;o en el an&aacute;lisis de los borradores de Beethoven. All&iacute; aparece un procedimiento escult&oacute;rico m&aacute;s que pict&oacute;rico. El pulido de una idea no lleva a un mayor embellecimiento o una progresiva sofisticaci&oacute;n &ndash;por lo menos no en su sentido habitual&ndash; sino, m&aacute;s bien a una tosquedad casi brutal. Beethoven, en sus &uacute;ltimas obras, saca en lugar de agregar y va qued&aacute;ndose con el n&uacute;cleo. Con una cierta idea de desnudez. La monumental fuga del primer movimiento de su <em>Sonata Op.106 &ldquo;Hammerklavier&rdquo;</em> (teclado a martillos, el nombre alem&aacute;n del pianoforte) es, en ese sentido, ejemplar. No hay complacencia alguna, ni con el int&eacute;rprete ni con sus oyentes. M&aacute;s bien, m&uacute;sica pura, si es que tal cosa existe. Fuera de &eacute;poca &ndash;de cualquier &eacute;poca&ndash; (la fuga comienza en el minuto 5:13, en la extraordinaria interpretaci&oacute;n de <strong>Ronald Brautigam</strong> en una reproducci&oacute;n actual de un piano de la &eacute;poca de Beethoven).
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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        Los 22 a&ntilde;os transcurridos entre <em>Up</em>, grabado en 2001, y el reciente <em>i/o</em> &ndash;22 a&ntilde;os de pulido, o de lucha, con una idea&ndash; permiten preguntarse acerca del estilo tard&iacute;o en Peter Gabriel &ndash;una renuncia al ornamento, la elecci&oacute;n de la sencillez, letras que hasta parecen pueriles&ndash; y llegar incluso m&aacute;s all&aacute;. A si existe algo similar al estilo tard&iacute;o en la m&uacute;sica art&iacute;stica de tradici&oacute;n popular. Si no hay algo que une, por ejemplo, a <em>Blackstar</em> de <strong>David Bowie</strong>, <em>You Wanted Darker</em> de <strong>Leonard Cohen</strong> o, por supuesto, la trilog&iacute;a de discos finales que lidian con la imposibilidad de un disco final en la trayectoria de The Beatles: el <em>Doble Blanco</em> &shy;&ndash;la dispersi&oacute;n de los elementos despu&eacute;s de la explosi&oacute;n de Sgt Pepper y Magical Mistery Tour&ndash;, <em>Let It Be</em> &nbsp;&ndash;el in&uacute;til intento de recoger los fragmentos&ndash; y <em>Abbey Road</em> &ndash;la s&iacute;ntesis de canciones perfectas como &ldquo;Come Together&rdquo;, &ldquo;Something&rdquo; y &ldquo;Oh Darling&rdquo; y la implosi&oacute;n de su Lado B&ndash;. O, yendo a otros g&eacute;neros, el abismo entrevisto en <em>Interstellar Space</em>, el disco en d&uacute;o de <strong>John Coltrane </strong>y el baterista <strong>Rashied Ali</strong>, el recital de <strong>Edith Piaf </strong>en el Olympia de Par&iacute;s en 1961 o esa descarnada &ldquo;Canci&oacute;n para un ni&ntilde;o en la calle&rdquo; que dej&oacute; como legado <strong>Mercedes Sosa</strong> junto con <strong>Calle 13</strong>.
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    </figure><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog El sonido de los sue&ntilde;os:</em>&nbsp;<a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">https://xn--sonidodesueos-skb.com/</a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/entra-sale_1_10753620.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 09 Dec 2023 14:31:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[“Lo que entra y lo que sale de uno”]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Peter Gabriel,The Beatles,David Bowie,Leonard Cohen,Mercedes Sosa,Calle 13]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Primavera negra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/primavera-negra_129_9564518.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2fcd703f-1d1c-4a41-8f9c-833f9ec831ed_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Primavera negra"></p><p class="article-text">
        El cazador te caza porque sabe a qu&eacute; hora baj&aacute;s a tomar agua del pozo. Los grandes cazadores son La Angustia, El Ego, la Depresi&oacute;n y La Venganza. Por eso una persona no debe tener rutinas. 
    </p><p class="article-text">
        Cuando estuve en Iowa como escritor residente, hubo un suceso que me llam&oacute; la atenci&oacute;n. Al poeta Michael Dumanis, su ex pareja -que tambi&eacute;n escrib&iacute;a poes&iacute;a- le puso una perimetral para que no escribiera sobre sus hijos. Consider&oacute; que era violencia familiar eso. A mi no me llam&oacute; la atenci&oacute;n ya que si la mujer escrib&iacute;a o le&iacute; poes&iacute;a sab&iacute;a la potencia que pueden tener ciertas palabras. Lo raro es que alguien se decida a prohibirle cosas a otro. Esa medida de agrimensor, de delimitar. 
    </p><p class="article-text">
        No son muchas las letras que separan la palabra poes&iacute;a de polic&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Igual hay gente que quiere prohibir cualquier cosa. Ayer escuch&eacute; a una persona que dec&iacute;a, en el subte, que &ldquo;habr&iacute;a que prohibir la primavera&rdquo; porque le produc&iacute;a alergia por ese polvillo maldito que cae de los &aacute;rboles. Septiembre es el mes m&aacute;s cruel, amigo, engendra polvillo de los pl&aacute;tanos, me hubiera gustado decirle. 
    </p><p class="article-text">
        Dumanis me dijo, sonriendo, mientras tom&aacute;bamos algo en el porche de su casa de Iowa City, y detr&aacute;s nuestro ca&iacute;a la nieve sucia, la nieve de Oga&ntilde;o, como dice Oscar Hahn en ese maravilloso poema, que lo tentaba bastante escribir las palabras prohibidas para ver si de esa manera llegaba la polic&iacute;a a buscarlo y ve&iacute;a que la poes&iacute;a pod&iacute;a producir algo. Hace mucho que no veo ni s&eacute; nada de Dumanis, pero me hizo pensar en este poema de Boy Fracassa, un poeta yanqui que vivi&oacute; en el Amazonas y que escribi&oacute; tanto en ingl&eacute;s como en portugu&eacute;s -de hecho public&oacute; en Brasil- y a quien yo le&iacute; por primera vez mientras estaba exiliado en la casa de Gast&oacute;n Gaudio. Gigi, el campe&oacute;n de Roland Garros y yo, el Campe&oacute;n de Roland Garr&oacute;n, sol&iacute;amos leer los poemas de Fracassa en portugu&eacute;s. El libro se llama <em>The Sert&oacute;n</em> (yo creo que est&aacute; inspirado en la literatura genial de G&uuml;imaraes Rosa) y tiene este poema que habla de la restricci&oacute;n que me gust&oacute; mucho: &ldquo;Quiero decirte esto/ sos el peor karateca que tuve/ s&iacute; Sensei, lo s&eacute;/ te pido que seques el dojo/ de la transpiraci&oacute;n de tus compa&ntilde;eros/ y ni siquiera eso pod&eacute;s hacer bien/ s&iacute;, Sensei lo s&eacute;/ no te dan las cuentas, no?/ hay una restricci&oacute;n que deber&iacute;a ser / la madre de la invenci&oacute;n/ S&iacute;, Sensei lo s&eacute;/ Bueno, basta de ch&aacute;chara/ mover&eacute;!&rdquo;. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">No son muchas las letras que separan la palabra poesía de policía.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Me gustaba la idea de tomar la restricci&oacute;n como la madre de la invenci&oacute;n (Fracassa escribe en los sesenta, cuando el grupo de Frank Zappa la estaba rompiendo en Los &Aacute;ngeles) y me gustaba tambi&eacute;n ese final &ldquo;mover&eacute;!&rdquo;. Uno esperaba que dijera el Sensei: Movete! Pero dice &ldquo;mover&eacute;!&rdquo; Qui&eacute;n lo dice. Me gusta preguntarle cosas al poema. &iquest;Acaso el Sensei estaba hablando sobre s&iacute;&nbsp;mismo en una conversaci&oacute;n imaginaria? O se superpone la voz del cojai y es &eacute;l quien dice, convencido: &ldquo;mover&eacute;!&rdquo; Qui&eacute;n sabe. Los buenos poemas est&aacute;n hechos de preguntas, aunque aparenten afirmar algo. De esa manera, los que leemos podemos meter nuestra propia experiencia. En un bloque s&oacute;lido, duro, uno no puede meter nada: eso es la publicidad. 
    </p><p class="article-text">
        Mi amigo Rucho me manda en esta ma&ntilde;ana de sol primaveral este poema: &ldquo;Dice que quiere matarnos/ lo dice a menudo/ cu&eacute;ntale que lo amas/ y su actitud se suavizar&aacute;/ esperemos un poco/ esperemos un poco m&aacute;s/ el enemigo gana fuerza/ esperemos hasta que se haga m&aacute;s fuerte&rdquo;. Me dice que lo que le gusta del poema es esta idea de esperar que el enemigo se potencie. Me manda otro poema del mismo poeta: &ldquo;El enorme jacarand&aacute; malva/ de la calle South Tremaine/ todo en flor/ dos pisos de alto/Me hizo tan feliz/ Y despu&eacute;s/ Las primeras cerezas de la estaci&oacute;n/ en el Mercado de los Granjeros en Palisades/ el domingo por la ma&ntilde;ana/ &rdquo;Qu&eacute; bendici&oacute;n&ldquo;/ Exclam&eacute; a Anjani/ Y luego los trocitos sobre el papel encerado/ de pastel de crema de banana/ y pastel de crema de coco/ No soy un amante de los pasteles/ pero reconoc&iacute; el don de la repostera/ y la salud&eacute; toc&aacute;ndome el sombrero/Un leve frescor en el aire/ parec&iacute;a pulir la luz del sol/y conferir el estatus de belleza/ a cada objeto que contemplaba/ Rostros senos frutos encurtidos huevos verdes/ beb&eacute;s reci&eacute;n nacidos/ en ingeniosos arneses de lujo/ Cu&aacute;nto agradezco/ mi nuevo antidepresivo&rdquo;. Le pregunto qui&eacute;n es el poeta y me dice que son poemas del &uacute;ltimo libro de Leonard Cohen, <em>La llama</em>, un libro escrito sobre la vejez, haciendo equilibrio en el acantilado de la muerte. Me acuerdo que Adam, el hijo de Leonard, sol&iacute;a decir que cuando le ped&iacute;a plata a su padre para comprar caramelos, este le dec&iacute;a que buscara en los bolsillos de su saco y que siempre encontraba peque&ntilde;as libretas donde Cohen anotaba versiones de poemas en proceso. Y que una vez encontr&oacute;, congelada, una libreta de apuntes en la heladera. 
    </p><p class="article-text">
        Pas&oacute; esta cosa extra&ntilde;a: le ped&iacute; a Rucho que me regalara el libro de poemas de Leonard Cohen. Me dijo que s&iacute;. Al rato fui a la biblioteca a buscar <em>El libro del anhelo</em>, de Cohen, para releerlo. Me gusta tanto ese libro. Y en otro lugar de la biblioteca, de manera inesperada, estaba <em>La llama</em>, de Cohen, el libro que Rucho me prometi&oacute; regalarme. &iquest;De d&oacute;nde hab&iacute;a salido? &iquest;C&oacute;mo entr&oacute; a mi casa sin que lo viera? La amistad tiene esas cosas geniales. 
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>FC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Fabián Casas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/primavera-negra_129_9564518.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 24 Sep 2022 04:07:11 +0000]]></pubDate>
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