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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Vladimir Nabokov]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/vladimir-nabokov/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Vladimir Nabokov]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Freud, el novio gede]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/freud-novio-gede_129_9924772.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ed1b2868-be85-454d-b6ac-f1fcde4540d3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Freud, el novio gede"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Charlatán vienés" en palabras de Vladimir Nabokov, Sigmund Freud se revela en sus cartas de amor a Martha Bernays tan denso y seguidor como "perro de sulky". </p></div><p class="article-text">
        Sigmund Freud fue un escritor compulsivo de cartas. De cartas rescatadas, como las que les correspondi&oacute; a sus hijos y a Carl Jung, y r&aacute;pidamente agregadas a su obra; y de cartas perdidas o apenas entrevistas. Por lo que desde cierta perspectiva libre de los hechos no habr&iacute;a que avergonzarse por considerarlo un hipergrafista especializado en eventos epistolares, incluso un despachador adicto de cartas.
    </p><p class="article-text">
        Las casi 9 mil p&aacute;ginas compactadas en los 25 tomos de Amorrortu (equivalentes a dos veces y media de <em>En busca del tiempo perdido</em>) no deber&iacute;an impresionar a los freud&oacute;logos. Seguramente han de ser m&aacute;s las consignadas al rubro cartas, si se deduce por su correspondencia marginal la compulsi&oacute;n a escribirlas y enviarlas del Padre del Psicoan&aacute;lisis, curioso nombre de fantas&iacute;a ed&iacute;pico con el que lo describen muchos de sus ac&oacute;litos, pero bastante m&aacute;s llevadero que el que le puso Nabokov, que lo llam&oacute; &ldquo;charlat&aacute;n vien&eacute;s&rdquo;.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las cartas secundarias de Freud dan, como m&iacute;nimo, para darle la importancia de un caso. En <em>Viena y Manchester - Correspondencia entre Sigmund Freud y su sobrino Sam Freud </em>(1911- 1938), publicado en 2000 por Editorial S&iacute;ntesis de Madrid, el asunto es la pobreza, y la codicia al por menor. Freud, que ha clasificado a su familia entre miembros activos y pasivos, no deja de pedirle a su sobrino Sam, pr&oacute;spero empresario textil en Inglaterra, el env&iacute;o de alimentos y lujos que no se encuentran en Viena despu&eacute;s de la Primera Guerra Mundial.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Son peque&ntilde;os museos de la demanda, en los que Freud no para de pedir &ldquo;manteca, carne de vaca, coco, t&eacute;, pasteles ingleses&rdquo;. Casi nada lo aparta de sus solicitudes de t&iacute;o exp&oacute;sito, ni siquiera la carta que escribe <strong>el 26 de enero de 1920, en la que reci&eacute;n luego de una introducci&oacute;n formal, y de menciones precisas a asuntos de encomiendas, comidas y dinero, encuentra el momento de decir: &ldquo;Ahora debo darte una noticia amarga. Mi hija Sophia -&iquest;te acuerdas de ella?- muri&oacute; ayer de gripe&nbsp;y neumon&iacute;a&rdquo;</strong>. Primero lo primero.
    </p><p class="article-text">
        Algunas de las 1500 cartas a Martha Bernays antes de contraer matrimonio con ella en 1986 (<em>Cartas de amor,</em> de Sigmund Freud; Ediciones Bronte, 2016) y, por suerte para &eacute;l, mucho antes de desarrollar su concepto de neurosis, presentan la figura de un Freud denso, seguidor como perro de sulky, gede. No la deja desear a la do&ntilde;a. Se entiende que al libro lo hayan marcado con la palabra &ldquo;amor&rdquo;, pero debieron agregarle la palabra &ldquo;control&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Cuando el vien&eacute;s merquero (as&iacute; podr&iacute;a haberlo llamado Nabokov) desliza sus sentimientos por esos p&aacute;rrafos inolvidables, sobre todo los que se desbordan, los intratables, los instantes monstruosos del enamorado que el propio enamorado espera sentir al costo de perderse, las cartas se inflaman de belleza y encuentran en la cursiler&iacute;a su v&iacute;a regia. Ah, las palabras de amor: aquello que <em>va a darnos</em> verg&uuml;enza en el fr&iacute;o del futuro, ese reflejo idiota que no sienten los locos, mucho menos los locos de amor, una vez que esas palabras se escapan del cuerpo como g&eacute;iseres de sangre. Es la &uacute;nica desgracia con toda la suerte del mundo, y vale para todos, incluso para los seres humanos &ldquo;analistas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El 19 de junio de 1882, Freud arranca tranquilo la primera carta de la serie: &ldquo;Sab&iacute;a que hasta que no te hubieses ido no podr&iacute;a darme cuenta realmente de toda mi felicidad vivida y tambi&eacute;n, &iexcl;ay!, de todo lo perdido&rdquo;. Y luego le baja los cambios a la moto del afecto en ausencia con una extra&ntilde;a precisi&oacute;n, obtenida por medio de la ambig&uuml;edad: &ldquo;No consigo tener una idea clara de lo nuestro&rdquo;. Traducido al discurso enciclop&eacute;dico, podr&iacute;a decirse que Freud dijo del amor que &ldquo;no se consigue tener una idea clara de lo que es&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El enamorado Freud anda dando vueltas por su casa con una fotito de Martha. &iquest;Qu&eacute; adulto no tiene, para calmar la sed de vivir, su objeto transicional? Desde una piedra cordobesa hasta una remera usada, cualquier ausencia se agiganta en los fetiches. &iquest;Qu&eacute; hace este exdivulgador de la hipnosis con su foto-peluche, deambulando como un yonqui? Le busca a la amada &ldquo;un sitio entre los dioses familiares&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Los encabezamientos son para una antolog&iacute;a del rococ&oacute;: &ldquo;Mi preciosa y amada ni&ntilde;a&rdquo;, &ldquo;Bella amada, dulce amor&rdquo;, &ldquo;Mi dulce y peque&ntilde;a ni&ntilde;a&rdquo;, &ldquo;Mi dulce Marty&rdquo;, &ldquo;Mi querido tesoro&rdquo;, &ldquo;Mi adorada princesa&rdquo;, &ldquo;Mi amada novia&rdquo;, &ldquo;Mi ni&ntilde;a&rdquo;, &ldquo;Mi dulce mujercita&rdquo;, Amada m&iacute;a&ldquo;, &rdquo;Altamente estimada princesa&ldquo;, &rdquo;Princesa, mi princesita&ldquo;. 
    </p><p class="article-text">
        El interior de las cartas es una galaxia en la que flotan planetas de distintas temperaturas. En una le dice que est&aacute; esperando que le traigan un caf&eacute; en un bar de Viena, en el que le dan poco az&uacute;car. Entonces, arremete: &ldquo;Mi Marty, me tendr&aacute;s que dar tu m&aacute;s az&uacute;car&rdquo;. O sea&hellip; Pero tampoco falta las amarguras, as&iacute; de agridulce es la vida humana. En otra carta le reprocha no haber roto relaciones con un tal Fritz Wahle, un amigo de Martha que Freud quiere bochar y, por lo tanto, obliga a Martha a mantener esa amistad en secreto. La irritaci&oacute;n de Freud es indisimulable y tienen el c&oacute;digo de advertencia de un oficial de la Gestapo: &ldquo;Espero que tales hechos no vuelvan a pasar jam&aacute;s entre nosotros&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Es que el amor de Freud por Martha, adem&aacute;s de remoto, es &ldquo;profundo&rdquo; e &ldquo;inflexible&rdquo;, cartas de porte para seguir descargando su perfil policial: &ldquo;Cuando me molesto contigo, como me ocurri&oacute; cuando me comunicaste tus ideas de viaje&hellip;&rdquo;; &ldquo;&iquest;Qu&eacute; puede ser lo que deseas y no quieres dec&iacute;rmelo?&rdquo;; &ldquo;A la pregunta de si te dejo patinar, te contesto rotundamente que no. Soy demasiado celoso para permitir tal cosa&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El Freud Jefe de Mantenimiento no es mejor: &ldquo;Te ruego me digas que tal est&aacute;s de aspecto. Si has engordado, si te sientes mejor y si tu piel est&aacute; m&aacute;s limpia de impurezas que cuando nos separamos&rdquo;. Solo le falt&oacute; preguntarle, como ese personaje que en una novela de Washington Cucurto le pregunta a la novia: &ldquo;&iquest;Cagaste lindo, amor?&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las ri&ntilde;as de los corresponsales son al menos de una por mes. Mientras, Freud le describe su car&aacute;cter irritable, cuya causa al parecer es la neuralgia (&ldquo;dolor de cara&rdquo;), para que ella tenga paciencia en dejarlo bajar. Dif&iacute;cil, porque lo que &eacute;l quiere es subir. El 26 de junio de 1884 le escribe una carta redactada con la ansiedad de alguien que est&aacute; colocado. Van a verse pronto, pero &eacute;l se muestra reacio a que ella lo espere en la estaci&oacute;n: &ldquo;No quiero que la estaci&oacute;n y el equipaje se inmiscuyan en nuestros primeros besos&rdquo;. Pero si a Martha no la &ldquo;ruborizan&rdquo; los hamburgueses y es capaz de darle un beso en cuanto se vean, &ldquo;y otro mientras vamos a Wandsbek, y un tercero&hellip;&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Y para que todos nos quedemos tranquilos, especialmente ella, que es quien lo va a recibir, le dice: &ldquo;No llegar&eacute; cansado, pues pienso hacer el viaje bajo la influencia de la coca&iacute;na para dominar mi terrible impaciencia&rdquo;. Podemos imaginar, si no los detalles dram&aacute;ticos, la velocidad supers&oacute;nica de ese arribo.
    </p><p class="article-text">
        La modalidad gede del novio Freud para vincularse con Martha, en la que es evidente que interviene la presi&oacute;n masculinista de la &eacute;poca, se disuelve cuando entra un poco de ox&iacute;geno a su prosa y Martha ya no es ella, al menos no solo ella y, en cambio, es un ejemplar del g&eacute;nero amado: &ldquo;Eres tan buena y, entre nosotros, escribes con tan inteligencia y eficacia, que me das un poco de miedo. Todo esto contribuye a demostrar, una vez m&aacute;s, la superioridad de la mujer sobre el hombre&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>JJB</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan José Becerra]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/freud-novio-gede_129_9924772.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 05 Feb 2023 03:05:42 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Sigmund Freud,Martha Bernays,Vladimir Nabokov,Cartas de amor]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Nadie recuerda al guante que se perdió]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/nadie-recuerda-guante-perdio_129_9585512.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2fcd703f-1d1c-4a41-8f9c-833f9ec831ed_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Nadie recuerda al guante que se perdió"></p><p class="article-text">
        Vladimir Nabokov pensaba que cada uno de nosotros deb&iacute;a descubrir por s&iacute; mismo la particularidad del mundo. Sin duda alguna, afirmaba, hay una realidad &ldquo;media&rdquo; percibida por todos nosotros , pero esa no es la verdadera realidad, s&oacute;lo es la realidad de las ideas&nbsp;generales, de las formas convencionales, de la monoton&iacute;a.&nbsp;Me puse esta semana a pensar en Nabokov porque estuve trabajando en mis cursos sobre el poema &ldquo;Betularia&rdquo; del libro magistral que acaba de publicar Sergio Raimondi que se llama <em>Lexik&oacute;n</em>. 
    </p><p class="article-text">
        En ese poema se narra, de alguna manera, la velocidad en la que una especie de mariposas mut&oacute; de color para no ser atrapada por los predadores. Se habla del vapor de las m&aacute;quinas industriales. Y el poema -de manera impersonal- se sorprende de c&oacute;mo una especie puede resolver miles de a&ntilde;os de evoluci&oacute;n en un segundo mientras -piensa uno- nosotros todav&iacute;a no sabemos qu&eacute; mierda hacer con el d&oacute;lar. 
    </p><p class="article-text">
        Le hago notar a los alumnos que, en el poema de Raimondi, no se puede hablar de un poeta detr&aacute;s de los versos sino que es mejor, m&aacute;s preciso, hablar de un poema. Es el poema el que habla. Decidir si el poema es algo en s&iacute; o es sobre algo es un momento central. Como cuando la gente decide qu&eacute; tipo de cristiano es, de los que piensan que Cristo volvi&oacute; de entre los muertos o que, en realidad, la resurrecci&oacute;n debe tomarse en t&eacute;rminos simb&oacute;licos ya que nadie vuelve de la muerte. Estos &uacute;ltimos piensan que Cristo hizo el bachillerato con los esenios y despu&eacute;s sali&oacute; a difundir sus ense&ntilde;anzas. 
    </p><p class="article-text">
        Nabokov pensaba que los insectos no se mimetizaban por temor al depredador, para protegerse. Para eso contaba que se hab&iacute;a abierto la panza de un oso hormiguero y se hab&iacute;a comprobado que el oso se hab&iacute;a comido la misma cantidad de insectos mimetizados que los que no lo estaban. &iquest;Conclusi&oacute;n? La naturaleza se mimetiza por amor al arte, porque s&iacute;, como uno se viste para salir o se pone un tatuaje. Nabokov despreciaba el arte socialista. En realidad, lo que importa es que m&aacute;s all&aacute; de que estemos de acuerdo o no con los motivos de la betularia para mimetizarse, uno puede apreciar el poema de Raimondi o la idea de Nabokov, puede disfrutar de la belleza de la conjetura, si necesidad de compartirla. Porque el poema es algo, no sobre algo. 
    </p><p class="article-text">
        En alg&uacute;n momento de la clase recomend&eacute; la lectura de <em>P&aacute;lido fuego</em>, de Nabokov, novela que admiro profundamente y cuyo personaje central, Charles Kinbote, me divierte mucho. Dije que me gustaba mucho el ep&iacute;grafe de esta novela: &ldquo;Nadie recuerda al guante que se perdi&oacute;&rdquo;. Pero despu&eacute;s cuando fui a buscar la novela en mi biblioteca me di de frente conque ese ep&iacute;grafe no estaba en <em>P&aacute;lido fuego</em>. &iquest;D&oacute;nde estaba? Busqu&eacute; en otros libros de Nabokov y nada. Estoy seguro que no lo invent&eacute; y que debe estar en alg&uacute;n libro y por alg&uacute;n motivo que no puedo discernir ahora se lo adjudiqu&eacute; a <em>P&aacute;lido fuego</em>. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Como no tienen flores para dejar en la tumba de Borges, Berger piensa “¿Y si le dejo uno de los guantes?”</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        La misma tarde que habl&eacute; del guante en los cursos, Eduardo, que asiste a ellos en las horas de la tarde, me prest&oacute; un libro de John Berger, que se llama <em>All&iacute; nos vemos</em>. Es una recopilaci&oacute;n de memorias, muy lindas. Berger cuenta ah&iacute; que va a Ginebra a visitar a su hija -ella trabaja en un teatro,  escribiendo los programas de las &oacute;peras- y que ambos deciden ir a la tumba de Borges. Cuando llegan Berger describe la tumba, las inscripciones en n&oacute;rdico -es una tumba extremadamente literaria- y la pena que siente por no haber llevado flores. Berger y la hija van en moto hasta el lugar, Berger conduce y lleva guantes para manejar la moto a pesar del verano. En un p&aacute;rrafo explica por qu&eacute; los motociclistas usan guantes: &ldquo;Los motociclistas usan guantes de piel fina incluso en los d&iacute;as m&aacute;s t&oacute;rridos del verano por una raz&oacute;n especial. En teor&iacute;a, los guantes le protegen a uno de que se produzca una ca&iacute;da, adem&aacute;s de aislar las manos de la goma pegajosa del manillar. Pero m&aacute;s &iacute;ntimamente , sin embargo, los llevan para protegerlas del aire, pues aunque muy agradable cuando hace calor, reduce la sensibilidad del tacto. Los motociclistas llevan guantes en verano por el placer de la precisi&oacute;n&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Como no tienen flores para dejar en la tumba de Borges, Berger piensa &ldquo;&iquest;Y si le dejo uno de los guantes?&rdquo; Pero deja la idea de lado r&aacute;pidamente y deciden volver con la hija al d&iacute;a siguiente a traer flores para Georgie. Cuando lleva a la hija de nuevo hacia su trabajo, se da cuenta de que perdi&oacute; un guante. No lo puede creer. Yo s&iacute;. 
    </p><p class="article-text">
        En una serie notable que se llama <em>Line of duty</em>, los pol&iacute;c&iacute;as se ponen guantes de l&aacute;tex, celestes, cada vez que van a tocar objetos que son evidencias de un crimen para no contaminarlos o cuando quieren esconder que son ellos los que mueven las evidencias. Los guantes tambi&eacute;n son para el fr&iacute;o intenso. Son objetos de lujo de cuero negro que usan los asesinos. En un poema de Wystan Hugh Auden, en se&ntilde;al de duelo por la muerte de un ser querido, &eacute;l imagina que los polic&iacute;as de tr&aacute;nsito se ponen guantes negros, a m&iacute; me gustar&iacute;a que los obreros de vialidad se pusieran guantes negros. Porque est&aacute;n de luto por todo lo que perdimos, por todas las estupideces que cometimos por el maldito ego. 
    </p><p class="article-text">
        Mi padrino Bruno -un ser central en mi vida- sol&iacute;a tener un par de guantes que trajo de la guerra en la que combati&oacute;. Uno se le perdi&oacute; y me acuerdo que le dio l&aacute;stima. Eran unos guantes marrones, de cuero. Bruno sol&iacute;a cocinarnos un pollo al horno con papas descomunal. Como era lo &uacute;nico que sab&iacute;a cocinar le pon&iacute;a garra.&nbsp;Un mediod&iacute;a lo veo sacando la bandeja del horno caliente con la mano enguantada. El &uacute;nico guante marr&oacute;n que ahora le quedaba, segu&iacute;a siendo &uacute;til. &Eacute;l no paraba nunca.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>FC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Fabián Casas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/nadie-recuerda-guante-perdio_129_9585512.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Oct 2022 03:02:26 +0000]]></pubDate>
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