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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Apollo 11]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Apollo 11]]></description>
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      <title><![CDATA[Una obra maestra de la realidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/obra-maestra-realidad_129_9667679.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ed1b2868-be85-454d-b6ac-f1fcde4540d3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una obra maestra de la realidad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No es por humanismo que se viaja al espacio, ni por poder: es por curiosidad infantil, sostiene Juan José Becerra y escribe sobre Apollo 11, un documental que cuenta una de las proezas del siglo XX que generan una duda no menor: ¿realmente los astronautas norteamericanos llegaron a la luna?</p></div><p class="article-text">
        Si el hombre lleg&oacute; o no lleg&oacute; a la Luna es una discusi&oacute;n que no va a ganar nunca nadie mientras a la verdad que estuviera dirimi&eacute;ndose, ya enterrada en el pasado, se la sigan disputando los ej&eacute;rcitos de la verosimilitud y la paranoia.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Igualmente, hay un m&aacute;s all&aacute; po&eacute;tico de esa disputa, y est&aacute; en el hecho de que la fe que mueve la llegada del hombre a la Luna es la del cuento infantil, g&eacute;nero preferido de los adultos aficionados a las m&aacute;quinas y al futuro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Son las ilusiones de Julio Verne, H. G. Wells y Georges M&eacute;li&eacute;s llevadas al extremo de la materialidad, a tal punto que de las ilusiones s&oacute;lo queda la materia, y no justamente la materia fingida de una ficci&oacute;n sino la materialidad militar de la NASA, competencia natural de Hollywood en la carrera por hacerse ver.
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>Apollo 11</strong></em><strong> (2019),</strong> el documental de Todd Douglas Miller reci&eacute;n colgado de Netflix, seg&uacute;n los cr&eacute;ditos, jam&aacute;s tan arrogantes del cine, est&aacute; protagonizado por Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins. Como si en una pel&iacute;cula sobre la Batalla de Dresde figurara como protagonista Napole&oacute;n. <strong>&iquest;Qu&eacute; arte dram&aacute;tico de composici&oacute;n podr&iacute;a competir con astronautas que cursaron 384 mil kil&oacute;metros de sombras para traernos unos polvos y unas piedras del Mar de la Tranquilidad?</strong>
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        Pero esa materia, reducida al milagro tecnol&oacute;gico desde que la proeza de julio de 1969 atont&oacute; al mundo y saci&oacute; moment&aacute;neamente la curiosidad por lo desconocido, no es solo un despliegue de metales inteligentes y combustibles voladores. Hay, por si alguien lo olvid&oacute;, recursos humanos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Neil Armstrong ha atravesado todas las fronteras de la adaptaci&oacute;n, entrado a los simuladores de 1/6 de gravedad y entrenado en los Vought F-8 Crusader a 2000 k/h. Es un guerrero del espacio, pero su coraz&oacute;n, conectado desde la cabina del m&oacute;dulo Eagle con las terminales de control cl&iacute;nico de Houston, marc&oacute; 156 pulsaciones durante el alunizaje. Preciosa taquicardia que s&oacute;lo se manifiesta en cuerpos celestes. Es en esos detalles desclasificados por la NASA, detectados en largas horas filmadas hasta la extenuaci&oacute;n, donde <em>Apollo 11</em> se convierte en una obra maestra de la realidad.
    </p><p class="article-text">
        El documento verbal en contraste con el terror que despierta la misi&oacute;n en las profundidades de sus protagonistas, es el factor clave de una electricidad que carga el ambiente de las cabinas, las torres de mando y las costas en las que miles de americanos se han instalado en carpas y casillas rodante a ver c&oacute;mo es, c&oacute;mo puede ser cierto, que un b&oacute;lido de 4 mil toneladas se lance al espacio.
    </p><p class="article-text">
        Las im&aacute;genes de Collins en el momento en que abandona la base para entrar a la m&aacute;quina de calor que lo va a llevar al punto m&aacute;s lejano que un hombre estuvo de su casa, tienen una belleza hasta ahora desconocida en la que se combinan el deseo que es de &eacute;l pero sobre todo de su especie, y el p&aacute;nico de estar yendo a cumplirlo. <strong>&ldquo;Espeluznante&rdquo; es la palabra que emplea Armstrong cuando les describe a los controladores de Houston la corona del Sol asom&aacute;ndose detr&aacute;s de la Luna en los segundos en los que avanzan hacia la &oacute;rbita lunar.</strong> Todos los sue&ntilde;os de literatura infantil que han cabido en las cabezas de los astronautas se cristalizan en la palabra riesgo, un riesgo total, mortal, y a la vista de todo el planeta.
    </p><p class="article-text">
        Desde los tornillos mal ajustados en uno de los tanques de hidr&oacute;geno descubiertos poco antes del lanzamiento, hasta la temperatura de magma que va a tomar la nave durante la entrada en la atm&oacute;sfera, cada etapa de la misi&oacute;n fue un problema de vida o muerte en el que la ciencia aplicada a la tecnolog&iacute;a depend&iacute;a de la suerte como nosotros del aire.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ninguna previsi&oacute;n controlada hasta el desmayo pod&iacute;a compararse con el poder del vac&iacute;o a cuyos bordes se asomaban tres hombres. Ni siquiera <em>Mother country,</em> de John Stewart, sonando como un placebo de calma en lo alto del espacio pudo borrar la base de fragilidad en la que se apoyaba la megaloman&iacute;a de estado que hab&iacute;a puesto todo lo que ten&iacute;a (pol&iacute;tica, m&iacute;stica, conocimiento, fascinaci&oacute;n popular, propaganda, dinero, poder, mitolog&iacute;a y temeridad) al servicio de que quedara demostrada, por las v&iacute;as indirectas del &eacute;xito, la evidente peque&ntilde;ez de lo humano.
    </p><p class="article-text">
        Todo el efecto de hecho astrof&iacute;sico que Alfonso Cuar&oacute;n intent&oacute; darle a la inmensidad en <em>Gravedad </em>(2013)<em>, </em>toda la poes&iacute;a estelar de anticipaci&oacute;n que Stanley Kubrick predijo en <em>2001:Odisea del espacio </em>(1968), todas las maniobras de la ficci&oacute;n destinadas a producir un testimonio artificial del abismo en que vivimos, producen un previsible candor cuando comienza a tallar en nuestra imaginaci&oacute;n (que es la que nos manda) la realidad desclasificada por la NASA y entregada el montaje grandioso de Todd Douglas Miller.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No es un montaje ordinario de im&aacute;genes con im&aacute;genes, arte que tiene sus merecidos ases, sino de dos campos diferentes del drama de la conquista espacial. Un ej&eacute;rcito modesto pero vanidoso, el de los hombres, se interna en los dominios de la fuerza m&aacute;s poderosa: la de la oscuridad del Universo. Todo lo que se diga para matizar los hechos en nombre del progreso, cae por el peso del rid&iacute;culo. <strong>No es por humanismo que se viaja al espacio, ni por poder: es por curiosidad infantil, una curiosidad desesperada por traer algo (aunque sea mediante la dudosa experiencia de haber estado) de los infinitos campos de la ignorancia. </strong>Raz&oacute;n por la cual la NASA tiene, al margen de su marca guerrera, mucho de las jugueter&iacute;as Hamleys.
    </p><p class="article-text">
        En <em>Apollo 11</em>, uno de los dramas de la conquista del espacio sideral es el que nos muestra las im&aacute;genes de lo que podemos llamar el control remoto de la misi&oacute;n, un control al que la ciencia le sustrae el cuerpo mientras delega su responsabilidad en los protocolos de seguridad, la ingenier&iacute;a a&eacute;rea, la recorrida celosa por el espinel de la coheter&iacute;a intergal&aacute;ctica. En ese teatro, vemos a decenas de j&oacute;venes ante sus pantallas cat&oacute;dicas que, a&uacute;n antediluvianas respecto en la historia de las pantallas, no dejan de ser (ni dejar&aacute;n de serlo nunca) tanto o m&aacute;s futuristas que el futuro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El promedio de edad de esos lujosos operadores de call center era de 27 a&ntilde;os, y al verlos internados en la emoci&oacute;n no podemos no sentir que tienen algo de ingeniero de sonido operando la consola de Los Beatles. Les ha tocado aportar su grano de ma&iacute;z pisingallo explotado a una misi&oacute;n que empieza en Cabo Ca&ntilde;averal y termina en la Luna.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero ese mundo encantador, el de los que acompa&ntilde;an a los h&eacute;roes a embarcarse en sus naves, contrasta con violencia con los h&eacute;roes ya despachados hacia lo negro. Y es en esa diferencia garrafal donde puede verse que entre los que hacen y lo que miramos no hay, no puede haber nada en com&uacute;n. Mucho menos si lo que estamos viendo es el hecho que jam&aacute;s podremos protagonizar.
    </p><p class="article-text">
        Basta que se deslinden las diferencias de calidades entre un astronauta y, por ejemplo, yo, que escribo sobre ellos, para que la proeza que protagonizaron Aldrin, Collins y Armstrong en 1969 se agigante (aunque haya sido falsa, dado que si la imaginamos en todos sus t&eacute;rminos literarios ser&aacute; verdadera) y para que el choque de las voces entre los personajes voladores y los que los apoyan en tierra produzca dos especies diferentes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los astronautas que han ido a la Luna ya no ser&aacute;n del todo hombres, o lo ser&aacute;n de una manera que los separa para siempre de nosotros, los humanos del mont&oacute;n. Ellos fueron y volvieron. &iquest;Qu&eacute; trajeron? Un contacto inolvidable con la nada. Todo lo que pueden decir lo dice mejor el silencio. 
    </p><p class="article-text">
        <em>JJB</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan José Becerra]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/obra-maestra-realidad_129_9667679.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 30 Oct 2022 03:03:22 +0000]]></pubDate>
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