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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Mehran Karimi Nasseri]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/mehran-karimi-nasseri/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Mehran Karimi Nasseri]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La vida, los misterios y las lecciones de 'sir Alfred', el hombre de la terminal]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/mundo/vida-misterios-lecciones-sir-alfred-hombre-terminal_129_9747843.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3b5607dc-c7fb-4ef6-923b-89866dc28ab1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La vida, los misterios y las lecciones de &#039;sir Alfred&#039;, el hombre de la terminal"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Mehran Karimi Nasseri llegó al aeropuerto Charles de Gaulle en 1988 sin papeles y vivió allí durante 18 años. Volvió al aeropuerto hace unas semanas, poco antes de morir, como cuenta aquí el autor de sus memorias.
</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Lleva casi 20 a&ntilde;os viviendo en un aeropuerto&rdquo;, dijo mi agente. Mi ma&ntilde;ana de escritura se hab&iacute;a visto felizmente interrumpida por el encargo inesperado. Ten&iacute;a que coger el Eurostar de Londres a <a href="https://www.eldiario.es/temas/paris/" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">Par&iacute;s</a> para llegar al aeropuerto Charles de Gaulle &ldquo;antes de las tres de la tarde, si es posible&rdquo;. Era esa clase de encargo con la que so&ntilde;amos los autores y que no suele hacerse realidad.
    </p><p class="article-text">
        En el aeropuerto Charles de Gaulle deb&iacute;a encontrarme con &ldquo;<em>sir </em>Alfred Mehran&rdquo;, un refugiado pol&iacute;tico ap&aacute;trida que en ese momento (2004) ya llevaba 16 a&ntilde;os viviendo en un banco de la sala de embarque de la terminal 1. Si nos ca&iacute;amos bien, &iacute;bamos a escribir entre los dos su autobiograf&iacute;a. Se llamar&iacute;a<a href="https://www.andrewdonkin.co.uk/the_terminal_man_by_andrew_donkin/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> </a><a href="https://www.andrewdonkin.co.uk/the_terminal_man_by_andrew_donkin/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>El hombre de la terminal</em></a><a href="https://www.andrewdonkin.co.uk/the_terminal_man_by_andrew_donkin/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">. </a>
    </p><p class="article-text">
        Mehran Karimi Nasseri era el nombre completo de <em>sir </em>Alfred. Hab&iacute;a llegado al aeropuerto sin la documentaci&oacute;n adecuada y all&iacute; se hab&iacute;a quedado atrapado. No pod&iacute;a subirse a un avi&oacute;n sin pasaporte y, si sal&iacute;a del aeropuerto, en Francia lo detendr&iacute;an por no llevar documentos de identificaci&oacute;n. El aeropuerto era tierra de nadie, un limbo interminable del que nunca podr&iacute;a salir.
    </p><p class="article-text">
        Barbara Laugwitz, la editora alemana que me hab&iacute;a hecho venir desde Londres, fue la que me llev&oacute; hasta <em>sir</em> Alfred, fallecido a principios de este mes. El director de cine Steven Spielberg hab&iacute;a adquirido los derechos de una ficci&oacute;n cinematogr&aacute;fica usando la historia de <em>sir</em> Alfred para el Tom Hanks de <a href="https://youtu.be/eW8MuKTjuc4" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">la pel&iacute;cula </a><a href="https://youtu.be/eW8MuKTjuc4" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank"><em>La terminal</em></a>. Pero <em>sir </em>Alfred quer&iacute;a contar la verdadera historia de su vida en la forma que a &eacute;l le gustaba m&aacute;s: por escrito.
    </p><h3 class="article-text">&iquest;C&oacute;mo lleg&oacute; a ser nombrado caballero?</h3><p class="article-text">
        Habl&eacute; durante horas con <em>sir</em> Alfred mientras la vida ef&iacute;mera del aeropuerto transcurr&iacute;a a nuestro alrededor. Ten&iacute;a unos 50 a&ntilde;os. Era alto, de pelo negro y escaso, ten&iacute;a ojos brillantes y despiertos. Su banco estaba rodeado por carritos de equipaje, con un mont&oacute;n de cajas y bolsas en las que se iban acumulando sus pertenencias. El lugar parec&iacute;a un nido.
    </p><p class="article-text">
        Sus pertenencias m&aacute;s preciadas eran las numerosas cajas llenas de folios A4 en los que hab&iacute;a escrito su diario. <em>Sir</em> Alfred me explic&oacute; que llevaba m&aacute;s de una d&eacute;cada usando para su diario el papel que le donaba el amable m&eacute;dico del aeropuerto. Hice un r&aacute;pido c&aacute;lculo a partir del n&uacute;mero de cajas. &ldquo;Debe de haber 10.000 p&aacute;ginas ah&iacute;&rdquo;, aventur&eacute;. &ldquo;M&aacute;s, porque escribo por las dos caras para ahorrar papel&rdquo;, respondi&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo lleg&oacute; a ser nombrado caballero (el t&iacute;tulo real por el que se utiliza el <em>sir</em>)? Con una sonrisa de oreja a oreja me explic&oacute; que hab&iacute;a pedido ayuda por escrito a la embajada brit&aacute;nica en Bruselas. La carta de respuesta que recibi&oacute; comenzaba con la frase &ldquo;Estimado <em>sir</em> Alfred...&rdquo;. El papel llevaba el membrete de la embajada brit&aacute;nica: &ldquo;&iquest;c&oacute;mo no iba a ser un t&iacute;tulo de caballero?&rdquo;, me pregunt&oacute; con una sonrisa. Yo siempre lo llamaba &ldquo;<em>sir</em> Alfred&rdquo;. Le quedaba bien.
    </p><p class="article-text">
        Para vender ejemplares, la mayor&iacute;a de las autobiograf&iacute;as se anuncian como reveladoras de la verdad. Pero pronto qued&oacute; claro que en los antecedentes de <em>sir</em> Alfred, y de sus papeles perdidos, la verdad exacta de lo ocurrido era tan dif&iacute;cil de saber  para &eacute;l como para el resto de la humanidad. A lo largo de los a&ntilde;os, ha habido infinidad de leyendas y rumores sobre su extraordinaria historia: que si lo hab&iacute;an expulsado de Ir&aacute;n, que si lo hab&iacute;an torturado, que si hab&iacute;a perdido sus propios documentos, que si su madre hab&iacute;a sido una enfermera inglesa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Le suger&iacute; otro enfoque a mi nueva editora. &ldquo;En lugar de que nuestro libro se limite a exponer los hechos, &iquest;qu&eacute; tal si exploramos la historia de <em>sir</em> Alfred en un banco rojo de la terminal de un aeropuerto como un acertijo envuelto en un misterio y dentro de un enigma?&rdquo;, le dije. Laugwitz se pens&oacute; un instante la poco com&uacute;n propuesta. &ldquo;Conf&iacute;o en ti&rdquo;, respondi&oacute;.
    </p><h3 class="article-text">Siempre en escena</h3><p class="article-text">
        Pas&eacute; tres semanas con <em>sir</em> Alfred para que me contara la historia de su vida. Hablamos un mont&oacute;n.&nbsp;Estar atrapado en una terminal de aeropuerto significaba la falta total de estructura, por lo que <em>sir</em> Alfred se arm&oacute; &eacute;l mismo una rutina. Todas las ma&ntilde;anas, antes de que el aeropuerto se llenara de gente, dejaba su banco y se dirig&iacute;a a un ba&ntilde;o donde se afeitaba y lavaba para &ldquo;asegurar la mejor presentaci&oacute;n de s&iacute; mismo&rdquo;. <em>Sir</em> Alfred siempre era extremadamente educado.
    </p><p class="article-text">
        A continuaci&oacute;n, compraba el desayuno en el McDonald's y visitaba el quiosco de la terminal para comprar (o que le dieran) entre uno y tres peri&oacute;dicos. Luego regresaba a su banco a desayunar mientras el aeropuerto se llenaba de vida a su alrededor. Los pasajeros pasaban por delante de su banco ignor&aacute;ndolo. Salvo los que se quedaban mirando la cantidad de equipaje de mano que parec&iacute;a llevar.
    </p><p class="article-text">
        <em>Sir</em> Alfred comenzaba entonces la actividad que le ocupaba gran parte del d&iacute;a: escribir su diario. Llenaba una p&aacute;gina tras otra con aquella letra en negro y dif&iacute;cil de entender que corr&iacute;a por p&aacute;ginas sin rayas ni cuadr&iacute;cula. Lo escrib&iacute;a todo. Cuando alguna vez yo lo dejaba para ir a buscar comida, al regresar lo encontraba transcribiendo fren&eacute;ticamente nuestras conversaciones, tratando de anotar todas las palabras que pudiera antes de mi vuelta.
    </p><p class="article-text">
        Mientras escrib&iacute;amos el libro, <em>sir </em>Alfred hac&iacute;a grabaciones de nosotros escribiendo el libro. Era todo muy <em>meta</em>. En muchos sentidos, <em>sir</em> Alfred fue la primera estrella de la telerrealidad: permanentemente en escena. Su propia vida era en parte real y en parte un montaje. Era muy bueno para recapitular acontecimientos que acababan de producirse. A su vida en el aeropuerto solo le faltaban las c&aacute;maras, un presentador, un programa y un p&uacute;blico que lo adorase.
    </p><h3 class="article-text">Los peri&oacute;dicos  </h3><p class="article-text">
        Tras actualizar su diario (algo que segu&iacute;a haciendo durante todo el d&iacute;a, a medida que se iban desarrollando los acontecimientos), se acomodaba y comenzaba a leer los peri&oacute;dicos. A <em>sir </em>Alfred le encantaba leer y debatir sobre pol&iacute;tica internacional. En el aeropuerto hab&iacute;a aprendido a leer franc&eacute;s y alem&aacute;n usando los peri&oacute;dicos correspondientes y diccionarios. Era un hombre muy culto y no le gustaba perder el tiempo.
    </p><p class="article-text">
        El almuerzo casi siempre era la hamburguesa de pescado de McDonald's. Durante un a&ntilde;o coquete&oacute; brevemente con el Burger King, pero la m&aacute;quina de patatas fritas se les estrope&oacute; unos d&iacute;as y <em>sir</em> Alfred los consider&oacute; poco fiables a partir de entonces. En aquella &eacute;poca, a los pilotos y a la tripulaci&oacute;n de cabina les entregaban vales para comer en el aeropuerto. Muchos tra&iacute;an sus almuerzos de casa y entregaban a <em>sir</em> Alfred los vales cuando pasaban junto a su banco. Gracias a eso, ten&iacute;a un suministro casi infinito de un men&uacute; muy limitado.
    </p><p class="article-text">
        El resto del d&iacute;a pod&iacute;a dedicarlo a leer las noticias, a escribir su interminable diario, o a ser entrevistado por cualquier miembro de la prensa internacional que pasara por all&iacute;. <em>Sir</em> Alfred no ten&iacute;a tel&eacute;fono m&oacute;vil y nadie, yo tampoco, pod&iacute;a concertar una cita con &eacute;l. Lo &uacute;nico que pod&iacute;as hacer era presentarte en el lugar. Una forma de aislamiento que hoy en d&iacute;a resulta casi inimaginable.
    </p><p class="article-text">
        Casi con toda seguridad, la cena era una segunda hamburguesa de pescado. Mientras estuve all&iacute;, intent&eacute; convencer a <em>sir</em> Alfred de que probara una cadena italiana o el Burger King con su m&aacute;quina de patatas fritas a pleno rendimiento. &Eacute;l reflexionaba sobre mi propuesta como el padre que finge meditar sobre la conveniencia de un helado a medianoche sabiendo que no es buena idea. &ldquo;Podr&iacute;amos, pero creo que hoy me quedo con el pescado&rdquo;, dec&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        El aeropuerto se hac&iacute;a m&aacute;s silencioso hacia la medianoche, aunque en realidad solo se deten&iacute;a durante unas pocas horas. Mientras trabaj&aacute;bamos en el libro, yo me quedaba en un hotel de aeropuerto en las inmediaciones, pero para entender de verdad la vida de<em> sir </em>Alfred decid&iacute; pasar algunas noches en el duro banco met&aacute;lico que hab&iacute;a al lado del suyo. Las luces segu&iacute;an encendidas toda la noche y los anuncios por megafon&iacute;a solo se interrump&iacute;an entre la 1 y las 4.30 de la madrugada. Los bancos eran inc&oacute;modos y estrechos, con el riesgo constante de caerse durante el sue&ntilde;o. Aquello era todo un trabajo. Despu&eacute;s de tres noches as&iacute;, un d&iacute;a a la hora de comer interrump&iacute; nuestra labor por una &ldquo;llamada editorial urgente&rdquo; y me fui a dormir un poco.
    </p><h3 class="article-text">Un aviso de bomba</h3><p class="article-text">
        Una ma&ntilde;ana, la sexta que pas&aacute;bamos juntos, los anuncios en franc&eacute;s de la megafon&iacute;a cambiaron repentinamente de tono y los pasajeros empezaron a salir a toda velocidad de la terminal. &ldquo;Dicen que hay una bomba&rdquo;, anunci&oacute; <em>sir </em>Alfred mientras se&ntilde;alaba con despreocupaci&oacute;n hacia nuestra zona. Mir&eacute; detr&aacute;s de nosotros y all&iacute; estaba: una maleta solitaria en el pasillo ahora desierto. Unos 50 metros detr&aacute;s, media docena de agentes de seguridad del aeropuerto. Uno de ellos me hizo un peque&ntilde;o saludo por encima de su escudo antiexplosivos.
    </p><p class="article-text">
        <em>Sir</em> Alfred no ten&iacute;a ninguna intenci&oacute;n de evacuar la zona. No quer&iacute;a abandonar las numerosas cajas con las p&aacute;ginas A4 de su diario. &ldquo;En realidad nunca es una bomba, ocurre a menudo, un turista se olvida la maleta&rdquo;, dijo encogi&eacute;ndose de hombros, con la seguridad de un hombre que ya ha visto muchas veces al peque&ntilde;o robot abri&eacute;ndolas con su sierra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Estaba claro que yo iba a tener que tomar una decisi&oacute;n. No quer&iacute;a que mi carrera como bi&oacute;grafo oficial de <em>sir </em>Alfred terminara antes de empezar, pero tampoco quer&iacute;a estropear nuestro v&iacute;nculo creciente huyendo a la primera de cambio. As&iacute; que me qued&eacute; y volv&iacute; a preguntarle sobre su estancia en Berl&iacute;n Occidental durante el invierno de 1977.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por encima de su hombro, reflejada en una ventana que iba desde el suelo hasta el techo se distingu&iacute;a la hoja giratoria de la motosierra en miniatura con que el peque&ntilde;o robot comenzaba a cortar la maleta. Bajo la mesa, sin que lo viera <em>sir </em>Alfred, yo estaba cruzando los dedos. Un pijama sali&oacute; de la maleta abierta cuando &eacute;l terminaba de describir su viaje en tren hacia un Berl&iacute;n Occidental nevado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;Esto suele pasar?&rdquo;, le pregunt&eacute;. &ldquo;Puede que una vez por semana&rdquo;, respondi&oacute;. Est&aacute;bamos en 2004. Hab&iacute;an pasado poco m&aacute;s de dos a&ntilde;os desde el atentado de las Torres Gemelas. Recuerdo haber pensado que tal vez la contaminaci&oacute;n no era el mayor peligro que afrontaba <em>sir </em>Alfred all&iacute;.
    </p><h3 class="article-text">Sabidur&iacute;a zen</h3><p class="article-text">
        <em>Sir </em>Alfred ten&iacute;a muchos momentos de sabidur&iacute;a zen. Disfrut&eacute; viendo sus interacciones con periodistas de otros pa&iacute;ses que aparec&iacute;an en el lugar, a veces cargados de ni&ntilde;os en viaje de vacaciones, pidiendo desesperadamente una entrevista de 20 minutos. Me encantaba ver c&oacute;mo <em>sir</em> Alfred <a href="https://youtu.be/ictt-Kzm2C4" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">respond&iacute;a a las diferentes personalidades y a las mismas preguntas</a>.
    </p><p class="article-text">
        Al final de una de esas entrevistas, un periodista dijo que envidiaba la libertad de <em>sir</em> Alfred: &ldquo;Me gustar&iacute;a vivir libre como usted, sin preocupaciones&rdquo;, le dijo. <em>Sir </em>Alfred se&ntilde;al&oacute; a su alrededor y respondi&oacute;: &ldquo;Hay muchos bancos&rdquo;. En vez de aceptar la invitaci&oacute;n a una nueva vida en el aeropuerto, el periodista tom&oacute; su vuelo hacia el Caribe.
    </p><p class="article-text">
        Meses despu&eacute;s volv&iacute; al aeropuerto para entregarle a <em>sir </em>Alfred los ejemplares que le correspond&iacute;an como autor de nuestro libro, <em>El hombre de la terminal</em>. Como siempre, no fue posible llamarle antes por tel&eacute;fono. Yo estaba un poco nervioso, porque quer&iacute;a desesperadamente que le gustara. Cuando me acerqu&eacute; a su banco, me vio y su cara se ilumin&oacute; con una amplia sonrisa. Me hab&iacute;a preocupado innecesariamente. &ldquo;Es un triunfo&rdquo;, proclam&oacute; modestamente.
    </p><blockquote class="twitter-tweet" data-lang="es"><a href="https://twitter.com/X/status/1591584918903169025?ref_src=twsrc%5Etfw"></a></blockquote><script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script><p class="article-text">
        El gerente de la empresa que llevaba el quiosco de la terminal 1 hab&iacute;a encargado muchos ejemplares y estaba haciendo un gran negocio vendi&eacute;ndolos para que<em> sir</em> Alfred los firmara, cosa que &eacute;l hac&iacute;a encantado con todos los que se lo ped&iacute;an.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de que se publicara el libro, <em>sir </em>Alfred vivi&oacute; en el aeropuerto durante dos a&ntilde;os m&aacute;s. Hasta que sus problemas de salud y un mayor nivel de seguridad aeroportuaria hicieron que lo trasladaran. Hab&iacute;a pasado 18 largos a&ntilde;os viviendo all&iacute;, respirando un aire contaminado que no era bueno para &eacute;l, que padec&iacute;a graves infecciones respiratorias.
    </p><h3 class="article-text">Un aut&eacute;ntico caballero</h3><p class="article-text">
        Los a&ntilde;os que siguieron los pas&oacute; en un albergue para indigentes de un barrio perif&eacute;rico de Par&iacute;s. Me pregunt&eacute; c&oacute;mo ser&iacute;a eso para &eacute;l. Se hab&iacute;a construido toda una identidad como el tipo del aeropuerto y ahora hab&iacute;a pasado a ser el tipo que sol&iacute;a estar en el aeropuerto. Teniendo en cuenta la inestabilidad de su vida,<em> sir</em> Alfred fue un superviviente sensacional.
    </p><p class="article-text">
        Conocer a <em>sir </em>Alfred me ha hecho pensar mucho. Sobre todo, en la importancia de esos peque&ntilde;os trozos de papel llamados pasaportes que hacen legales los movimientos entre pa&iacute;ses. M&aacute;s de diez a&ntilde;os despu&eacute;s, esa semilla de una idea rebrot&oacute; y me puse a trabajar con el escritor Eoin Colfer y el artista Giovanni Rigano en <a href="https://www.alianzaeditorial.es/libro/libros-singulares-ls/ilegal-comic-eoin-colfer-9788491048121/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Ilegal</em></a><a href="https://www.alianzaeditorial.es/libro/libros-singulares-ls/ilegal-comic-eoin-colfer-9788491048121/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">, una novela gr&aacute;fica </a>que sigue a dos hermanos mientras tratan de cruzar el Mediterr&aacute;neo sin documentos.
    </p><p class="article-text">
        Me ca&iacute;a muy bien <em>sir</em> Alfred. Era un aut&eacute;ntico caballero. <a href="https://www.theguardian.com/world/2022/nov/12/iranian-man-who-lived-in-paris-charles-de-gaulle-airport-for-18-years-dies" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">Me entristeci&oacute; mucho su muerte</a> pero me consol&oacute; saber que hab&iacute;a vuelto al aeropuerto para pasar en &eacute;l sus &uacute;ltimas dos semanas en la Tierra. Despu&eacute;s de tantos a&ntilde;os, el aeropuerto hab&iacute;a terminado por convertirse en su verdadero hogar. Espero que le reconfortara volver a &eacute;l y sentarse en su antiguo banco, listo para el &uacute;ltimo viaje.
    </p><p class="article-text">
        <em>Traducci&oacute;n de Francisco de Z&aacute;rate.</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Andrew Donkin]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/mundo/vida-misterios-lecciones-sir-alfred-hombre-terminal_129_9747843.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 27 Nov 2022 03:02:37 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Mehran Karimi Nasseri,La Terminal]]></media:keywords>
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