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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Italo Calvino]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/italo-calvino/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Italo Calvino]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Nadie puede parar al zahorí]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/nadie-parar-zahori_129_9765681.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2fcd703f-1d1c-4a41-8f9c-833f9ec831ed_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Nadie puede parar al zahorí"></p><p class="article-text">
        Lo &uacute;nico que te salva a veces es aplicar el desatino controlado. Saber que las cosas no tienen sentido y hacerlas como si lo tuvieran. Por eso cuando mi amiga me llama esta tarde y me pide que haga una cosa sin sentido, le digo que s&iacute; inmediatamente. Estamos en primavera pero ya hace un calor pesado que prefigura el verano. El sol entra de otra manera en la casa, directo, desde temprano, por encima del natatorio de enfrente. Puedo cruzar en malla a nadar, casi descalzo, como lo hace Neddy Merrill en el cuento de <strong>John Cheever </strong>cuando decide nadar desde donde est&aacute; &ndash;en la piscina de unos amigos, tomando tragos- cruzando el condado , saltando de pileta en pileta, hasta llegar a su casa. Hay un r&iacute;o subterr&aacute;neo, nos dice Cheever y como un zahor&iacute; &nbsp;hay que buscarlo, recorrerlo, a&uacute;n cuando en este viaje quedemos exhaustos. 
    </p><p class="article-text">
        Los domingos pueden ser d&iacute;as mortales. Recuerdo a mi madre y mi t&iacute;a viendo por la noche <em>Teatro como en el teatro</em> con Dar&iacute;o Vittori, y a nosotros apurar la cena porque al otro d&iacute;a ten&iacute;amos que ir al colegio. Ver mi guardapolvo almidonado esper&aacute;ndome. &iquest;C&oacute;mo pod&iacute;an ver teatro televisado? &iquest;Era eso otra cosa sin sentido? &iquest;Por eso lo hac&iacute;an? Puedo ir al cine y disfrutar el momento previo -aunque ahora los cines son un lugar hostil, donde la gente come papafritas y sorbe gaseosas- pero nunca disfruto completamente ir al teatro porque ah&iacute; los actores -lo s&eacute; bien- est&aacute;n vivos y pueden fallar. <strong>El teatro es aur&aacute;tico y fatal. No hay vuelta atr&aacute;s. Es riesgoso. Ten&eacute;s que tener una memoria postraum&aacute;tica que te haga olvidar qui&eacute;n sos para poder actuar. Las pel&iacute;culas me conmueven, el teatro, cuando es genial, me emancipa. </strong>
    </p><p class="article-text">
        En definitiva, los relatos de Cheever son notables porque tienen una potencia religiosa escondida. <strong>Malcom de Chazal </strong>dec&iacute;a: &ldquo;Depositamos en el Diablo todos los aspectos de Dios que no entendemos. Por eso el Diablo es mucho m&aacute;s misterioso que Dios&rdquo;. Creo que Cheever invierte esta frase. Su Dios es incomprensible. En sus diarios vemos c&oacute;mo pasa una semana letal perturbando al mundo a diestra y siniestra, agobiado por una bisexualidad que le genera culpa, molestando a sus hijos, recibiendo el desprecio caritativo de su esposa y no importa, porque el domingo va&nbsp;a misa y se cura: no porque &eacute;l crea en algo sobrenatural, sino porque se siente acompa&ntilde;ado por lo que los otros creen. En definitiva, siempre es mejor perdonar que ser perdonado. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Cuando me saluda me apreta la mano fuerte, como se debe. Siento gratitud. Me dice que cree que ya nos habíamos conocido. Dice que una vez en una fiesta estuvimos borrachos y abrazados, riendo.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        En fin, es domingo, como ven&iacute;a diciendo, y estoy en el patio de un museo. El patio es colonial, hermoso. Est&aacute; rodeado de &aacute;rboles. Victoria me dice que ya lo conoc&iacute;a, que estuvo hace mucho trabajando en un libro y que ven&iacute;a seguido a este lugar. Mi amiga, la que me llam&oacute;, organiza lo que venimos a hacer: una lectura de una obra de teatro de un dramaturgo ingl&eacute;s extinguido hace mucho. Tengo un regalo. Conozco a Mauricio. Un hombre especial. Es tremendamente c&aacute;lido. Se parece a <strong>Neil Young</strong>, es un post punk que no ha sido domesticado, se resisti&oacute; dulcemente. Cuando me saluda me apreta la mano fuerte, como se debe. Siento gratitud. Me dice que cree que ya nos hab&iacute;amos conocido. Dice que una vez en una fiesta estuvimos borrachos y abrazados, riendo. Pero yo pienso que no lo vi nunca hasta hoy. A la noche, cuando pase la tormenta que barri&oacute; las calles y mitig&oacute; el calor, me&nbsp;doy cuenta de que Mauricio ten&iacute;a raz&oacute;n, lo conozco desde hace mucho. Estuvo prefigurado en todas esas personas -mujeres u hombres - que me ense&ntilde;aron cosas potentes. Esa gente de la que habla <strong>Italo Calvino</strong> en el final de <em>Las ciudades invisibles</em>: ver qui&eacute;n en medio del infierno no es infierno, identificarlo y hacerlo crecer a nuestro lado. 
    </p><p class="article-text">
        Leemos durante dos horas, sentados, la obra. Me duele la espalda cuando terminamos. Y el cuello. 
    </p><p class="article-text">
        Al otro d&iacute;a voy a una clase de karate. El sensei se empecina en que tiremos ushiro geris altas, que aprendamos a rotar el pie de apoyo. <strong>Hace quince a&ntilde;os que hago karate y no tengo ni idea c&oacute;mo se hace. Pero la repetici&oacute;n de venir igual hace crecer una fe en m&iacute; desconocida. </strong>Cuando salgo del dojo vuelvo caminando a mi casa. Me encuentro con un conocido &iquest;pero de d&oacute;nde lo conozco? El me habla bajo, me dice si se mejoraron las cosas. &iquest;Qu&eacute; cosas, pienso? Me dice que ya va a pasar. Estoy pensando si me confundi&oacute; con otra persona. 
    </p><p class="article-text">
        En una &eacute;poca, Ricardo Zelaray&aacute;n estaba empantando con una novela que ven&iacute;a tratando de escribir -<em>Lata peinada</em>- y pasaba por mi casa a tomar algo. Me dec&iacute;a: &ldquo;Ya s&eacute; lo que tengo que hacer. Tengo que volver a mi provincia, recuperar los lugares de mi infancia, concentrarme, escuchar&rdquo;. Es de noche ahora, dejo el bolso con el karategui h&uacute;medo adentro. Y agarro la bicicleta. Pedro antes de irse a Uruguay me regal&oacute; su casco y una luz intermitente para poner detr&aacute;s de la bicicleta, para andar de noche. Ese d&iacute;a yo estaba en su casa porque nos hab&iacute;amos reunido varios amigos a cenar, llovi&oacute; mucho y yo hab&iacute;a ido en bicicleta. Ahora me doy cuenta de que el casco y la luz no eran para esa noche sino para ahora que en el cielo est&aacute; la tormenta perfecta. Los amigos tienen esos dones adivinatorios. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Cuando dejamos este lugar y nos fuimos a la otra casa, mi padrino se lamentó por haber perdido este guante. Y empezó a usar el que le quedó, de cuero marrón, para sacar el pollo con papas que hacía al horno.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Cruzo la ciudad nocturna hasta llegar a la casa donde nac&iacute;. Hay un cartel de venta en la puerta y la vieja casa est&aacute; derruida. Estoy por atar la bici en la calle, pero para qu&eacute;. La dejo ah&iacute;, puedo volver caminando. Trepo por encima del cartel y pateo un postigo viejo y entro a la casa que fue de mis vecinos. Hay olor a humedad y tambi&eacute;n est&aacute; ese olor que quedaba en la escuela despu&eacute;s de desinfectarla. Salgo al patio de la casa y salto la medianera que comunica al pasillo que lleva a mi casa. Camino bajo la luz lunar. Hay una m&uacute;sica mel&oacute;dica que viene de los edificios laterales. Gente con la ventana abierta, espirales,&nbsp;televisores ronroneando, el sonido del clonazepam civilizado. La puerta de mi casa est&aacute; semi abierta. Pens&eacute; que me iba a impactar m&aacute;s caminar por este lugar despu&eacute;s de miles de a&ntilde;os. Los cuartos vac&iacute;os, oscuros, el patio hecho bolsa. Algo impidi&oacute; que se pudiera vender y el terreno bald&iacute;o va ganando lugar. Paso el primer patio, llego al del fondo. Ah&iacute; est&aacute; la escalera que llevaba a los cuartos de arriba y en la que mi hermano menor se rompi&oacute; la crisma (que no se duerma, que no se duerma, dec&iacute;a mi mam&aacute;). Entonces veo el guante de cuero de mi padrino Bruno, tirado a un costado de lo que era la parrilla, y sobre la tapa del pozo s&eacute;ptico. Cuando dejamos este lugar y nos fuimos&nbsp;a la otra casa, mi padrino se lament&oacute; por haber perdido este guante. Y empez&oacute; a usar el que le qued&oacute;, de cuero marr&oacute;n, para sacar el pollo con papas que hac&iacute;a al horno. Agarro el guante y me lo pongo. Cuesta que mi mano entre, es un guante rudo, que ha sido olvidado, no es f&aacute;cil de domesticar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>FC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Fabián Casas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/nadie-parar-zahori_129_9765681.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 03 Dec 2022 02:52:22 +0000]]></pubDate>
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