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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Ana Montes]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/ana-montes/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Ana Montes]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[En el centro de todo, una mujer]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/centro-mujer_1_9790202.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/faf5ef8d-a2c3-4c5f-b582-4d7f87e5b153_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="En el centro de todo, una mujer"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Romina Paula recorre los cuentos de "Meditación madre", de la escritora y artista plástica Ana Montes, y recoge "voces que se astillan, se multiplican, como en un algoritmo donde el dolor de una es el de todas, el sufrimiento el de todas, el anhelo el de todas".</p></div><p class="article-text">
        Ana escribe.
    </p><p class="article-text">
        Ana pinta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la foto de perfil de whatsapp, Ana, en lugar de su cara, tiene el retrato de una ni&ntilde;a con un gesto serio, indescifrable. Hace a&ntilde;os que me mando mensajes con Ana, que hasta donde recuerdo, siempre tuvo esa cara en grises en su perfil, y nunca se me ocurri&oacute; preguntarme o preguntarle de qu&eacute; se trataba la imagen. Al menos saber si la pintura era obra de ella, o no.
    </p><p class="article-text">
        Tuve que leer <em>Meditaci&oacute;n madre </em>para enterarme de que se trata del recorte de una pintura, <em>El pocillo de caf&eacute;</em>, de la pintora argentina Emilia Guti&eacute;rrez, a quien Ana le dedica un cuento, <em>La flamenca</em>. En el cuento la narradora, que no tiene por qu&eacute; ser Ana, ve en el cuadro a una mujer, de sombrero con flores, miro el cuadro una vez m&aacute;s: veo a una ni&ntilde;a donde ella ve a una mujer. &iquest;Es una ni&ntilde;a jugando a tomar el t&eacute;? &iquest;Es una mujer que lo toma?
    </p><p class="article-text">
        Le pido a Ana que me mande fotos de sus cuadros, los que pinta ella, que no vi. Me manda varios. Confirmo la relaci&oacute;n entre su pintura y la fascinaci&oacute;n por la de Emilia Guti&eacute;rrez. Ambas pintoras pintan mayormente mujeres solas en interiores, con perspectivas personales. Perspectiva en sentido literal, el de la pintura, no metaf&oacute;rico, el de la mirada/mente. Los cuadros de Ana son m&aacute;s coloridos, Ana usa una paleta en colores m&aacute;s vivos, casi siempre. Pero en ambas los personajes parecen estar presos de algo, &iquest;esa habitaci&oacute;n? &iquest;Esa espera? &iquest;Estar siendo retratadas? &iquest;Estar, ser, en la ciudad? En los cuadros de Ana predominan los celulares, los gatos y los sillones. No hay ni una de las figuras de Ana que sea un hombre, ni&ntilde;o o adulto. Siempre est&aacute; en el centro de todo, una mujer. Una mujer que se qued&oacute; dormida, una mujer que pare un gato. Una o dos mujeres que sostienen gatos. Una que grita, una o varias que se aburren, por m&aacute;s celular que tengan en la mano. Una que duerme pero con el celular en la mano conectado por cable a una fuente, un cable que se parece a ese cord&oacute;n umbilical que otras manos cortan en la pintura de la que pare al gato en un charco de sangre.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo Ana no elige ni uno de sus cuadros ni uno de Emilia para la portada de su libro. Ana elige una pintura de otra pintora argentina contempor&aacute;nea que se llama Luc&iacute;a Gasconi. Podemos darnos cuenta de que no es una pintura de ella porque, por ejemplo, retrata un exterior. Es una mujer a la orilla de un mar, una escena apacible si no fuera por el rostro de la mujer, que no lo es, y su mirada, que tampoco lo es, y mira con miedo a un horizonte, direcci&oacute;n que no le permite ver/notar que el verdadero peligro est&aacute; ah&iacute; tan cerca, en forma de aleta de tibur&oacute;n, cerca y fuera de su campo visual, en ese terrible punto ciego que todxs tenemos, que hace que la tragedia aceche justo desde el &aacute;ngulo que no podemos ver.
    </p><p class="article-text">
        Las pinturas de Ana tienen bastante de eso, los cuentos de Ana tienen mucho de eso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el cuento <em>Tierra salvaje</em>, que para mi funciona como puesta en abismo de los temas de todos, la narradora describe un cuadro, del siguiente modo:
    </p><p class="article-text">
        <em>Como en ese cuadro, El &Aacute;ngelus de Millet. La pintura es de dos campesinos mirando pronunciadamente al pasto donde se apoya una canasta de frutas. Me acuerdo de haber pasado varios minutos mirando la imagen sin entenderla, nadie fuerza su cuello as&iacute; solo para mirar unas frutas. A&ntilde;os despu&eacute;s le&iacute; que en un principio esa pintura representaba a una familia campestre mirando a su beb&eacute; muerto en una canasta. Sus padres permanec&iacute;an de pie, contempl&aacute;ndolo sin consuelo. La imagen perturb&oacute; tanto a los espectadores que el pintor decidi&oacute; retocarla para que quedara como la vemos hoy. Como la rid&iacute;cula imagen de unos padres destrozados contorsionando su cuerpo para llorarle a una canasta de frutas.</em>
    </p><p class="article-text">
        En esa observaci&oacute;n del cuadro de Millet hay mucho de la tesis del libro: la direcci&oacute;n de miradas, la maternidad, con m&aacute;s de trunco que de maternidad, con m&aacute;s de tr&aacute;gico que de c&aacute;ndido o feliz, con m&aacute;s de ausencia que de cualquier otra cosa. El gesto social que oculta, que necesita ocultar: convirtamos al beb&eacute; muerto en frutas que sino nadie lo puede soportar. Pero en el gesto de querer ocultar, al poner otra capa de pintura sobre el beb&eacute; y convertir la muerte en fruto, el dolor en los rostros genera a&uacute;n m&aacute;s inquietud, como el de la nena se&ntilde;ora frente al pocillo y la porci&oacute;n de torta que se abisma de la mesa y que a ella los brazos no le den nunca para evitar esa ca&iacute;da, de lo inermes que est&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Googleo esta historia del cuadro original de Millet que Ana menciona en su relato y una de las citas dice que&nbsp; <em>El autor buscar&aacute; retratar a la gente humilde y campesina en un gesto de admiraci&oacute;n por la gente pobre del mundo rural, seduciendo a los </em><a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Republicanismo" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>republicanos</em></a><em> y exasperando a la burgues&iacute;a por tratar esto como tema central en su obra.</em>
    </p><p class="article-text">
        El pintor retrata la vida en el campo con belleza, parsimonia y muerte. Pero para hacerlo tolerable para los burgueses que consumir&aacute;n esa obra, reemplaza la muerte por cosecha.
    </p><p class="article-text">
        Porque vivir en la ciudad es horrible, y si el burgu&eacute;s no puede proyectar ese idilio en ese otro lugar, &iquest;qu&eacute; le queda?
    </p><p class="article-text">
        Vivir en la ciudad no es f&aacute;cil. Tampoco es que sea dif&iacute;cil, es lo que es, con su carga de encierro y alienaci&oacute;n. Esto es algo que Ana sabe, y entonces las mujeres de sus relatos, como las de sus pinturas, viven atrapadas en interiores, o en interiores de interiores, o falsos exteriores, a trav&eacute;s de sus pantallas. En cajas de zapatos encimadas que en su cuadratura operan como marco, el marco que contiene una angustia, la de alguien encerrado en s&iacute; mismo, en su propio cuerpo, sin ir m&aacute;s lejos. Porque incluso cuando las mujeres en los relatos de Ana est&aacute;n en un exterior: en el mar en <em>Agua salada</em>, en el campo en <em>Un cuerpo m&aacute;s grande</em>, en la sierra en <em>Justo despu&eacute;s</em>, en una terraza en <em>Mar&iacute;a Luz </em>o en la sierra junto a un r&iacute;o en el mencionado <em>Tierra salvaje, </em>no hay nada de buc&oacute;lico en ese exterior y todo se parece m&aacute;s al mar de tiburones de la ilustraci&oacute;n que a una naturaleza amena. En la playa se le revientan los cr&aacute;neos a chicos en moto y las ni&ntilde;as se abandonan al mar; en el campo los cachorros se ahogan en piletas, y las terrazas de ciudad est&aacute;n demasiado cerca de antenas venenosas que irradian c&aacute;ncer.
    </p><p class="article-text">
        Los personajes de Ana no est&aacute;n a salvo nunca, ni adentro ni afuera. Ni siendo madre ni no pudiendo serlo. Ni con novios comprensivos ni sin ellos. Ni con madres protectoras ni de las otras, ni con amigas en fiestas. Los personajes de Ana sienten dolor, que es una de las palabras que m&aacute;s aparece en sus relatos, googlean tragedias cuando no las viven pero nunca dejan de actuar. Actuar en el sentido de hacer, de accionar. Las mujeres de Ana piensan, eval&uacute;an, contemplan pero tambi&eacute;n: hacen. Si en sus pinturas Ana las retrata en quietud, en sus relatos sus mujeres tienen hijos para s&iacute; o para otras, son madres presentes o deficientes, viajan, escriben, pintan, siembran, cosechan, envenenan, alientan, sufren, desean. Dice otra narradora en el relato <em>Truco de magia</em>:
    </p><p class="article-text">
        <em>Siempre mir&eacute; a las mujeres compulsivamente. En subtes, en fiestas, en escaleras, en internet. Aprend&iacute; a escanearlas de arriba a abajo. A prestar atenci&oacute;n a sus detalles. El grosor de sus tobillos, la calidad de su pelo, la terminaci&oacute;n de la comisura de sus labios, la cantidad de pliegues de sus axilas, las capas de ropa que decidi&oacute; apilar. Le&iacute; en un libro, y me sent&iacute; menos rara al ver mi man&iacute;a impresa en papel, que esa mirada experta entre nosotras viene de los juegos de infancia. Las ni&ntilde;as se miran entre s&iacute; y fantasean con eso, con volverse otra.</em>
    </p><p class="article-text">
        Si en su primera novela <em>Poco frecuente</em> Ana se encarga de reconstruir la historia de su enfermedad y hace un retrato de una ni&ntilde;a adolescente y joven aprendiendo a vivir con esa condici&oacute;n, en <em>Meditaci&oacute;n madre </em>las voces se astillan, se multiplican, como en un algoritmo donde el dolor de una es el de todas, el sufrimiento el de todas, el anhelo el de todas, el miedo a no poder con todo en el mundo tambi&eacute;n, como le hace decir Ana a su personaje en <em>Tierra salvaje, </em>cuando dice
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Y entonces siento un dolor que me atraviesa las entra&ntilde;as. Un dolor que m&aacute;s que dolor es un vac&iacute;o viejo, ilocalizable, porque pasa a trav&eacute;s de m&iacute; como un viento, como un temporal. Ese mismo dolor que sent&iacute; cuando pas&oacute; lo que pas&oacute;. Me acuerdo que la enfermera, mientras me cambiaba las vendas, me dijo: no es todo tuyo ese dolor, est&aacute;s canalizando el dolor de otros, son dolores ancestrales que se est&aacute;n alojando en vos. Ten&eacute;s que dejarlos pasar.&rdquo;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>RP</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Romina Paula]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/centro-mujer_1_9790202.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Dec 2022 11:16:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[En el centro de todo, una mujer]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ana Montes,Romina Paula]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Meditación madre]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/meditacion-madre_1_9790298.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e9188ad1-6a92-4aa1-bf7c-6ce5f6caf7a9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Meditación madre"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En su segundo libro publicado por Concreto, el primero fue la novela "Poco frecuente", la escritora y artista plástica Ana Montes reúne en "Meditación madre" once cuentos. A continuación uno de ellos, el que da título al volumen.</p></div><p class="article-text">
        Volver al lugar de vacaciones de la infancia es un viaje inevitable al pasado. Le mando a mam&aacute; una foto con Fede para decirle que llegamos bien y me contesta que le emociona que est&eacute; ah&iacute;, pero adulta y con novio. En cambio, yo con Fede me siento un poco adolescente. Tenemos un amor de secundaria: nos nombramos con apodos cursis, nos besamos mucho y festejamos los aniversarios.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Caril&oacute; est&aacute; igual que hace veinte a&ntilde;os: la peatonal llena de negocios, el Sacoa en el local de siempre, la costa que parece un tetris de carpas amarillas, verdes y azules, las calles de arena entre bosques y los hoteles con nombres como Luz de mar, Brisa de sol o Playa serena. El nuestro se llama Piedras Doradas y queda justo detr&aacute;s del restor&aacute;n al que &iacute;bamos a comer todas las noches con mi familia durante los quince d&iacute;as que pas&aacute;bamos ac&aacute;. Me subo al tronco en el que hac&iacute;amos equilibrio con mi hermana mientras esper&aacute;bamos una mesa y me decepciona lo cerca que estoy del piso ahora.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me encanta hacer pis en el mar. Caminar a la orilla con un secreto entre las piernas. Fingir que miro las olas, terminar casualmente tapada por el agua y ah&iacute; largar el chorro calentito que se mezcla con el fr&iacute;o del Atl&aacute;ntico. En la playa, Fede es el encargado de poner la sombrilla. Hace estrategias con el viento, eval&uacute;a los riesgos, dedica varios minutos a pensar todas las variables antes de hundir el palo en la arena. A veces pienso que exagera y despu&eacute;s me acuerdo de las veces en que en esta misma playa vi volar sombrillas mal clavadas. Mi mam&aacute; le pagaba a un chico del balneario para que la pusiera bien firme porque ella no ten&iacute;a la fuerza suficiente. A simple vista mi mam&aacute; parece muy fr&aacute;gil, es flaqu&iacute;sima y de huesos chicos. A m&iacute; siempre me pareci&oacute; que estaba expuesta al peligro, como si un viento la pudiera volar de un momento a otro como a una sombrilla, como si no advirtiera el peso de lo que est&aacute; a su alrededor. Sin embargo, tengo la certeza de que es fuerte. 
    </p><p class="article-text">
        En uno de sus libros, Laurie Anderson escribe sobre la Meditaci&oacute;n madre, un ejercicio budista que consiste en encontrar un momento en el que tu madre realmente te am&oacute; sin reservas y enfocarse en ese momento para aplicarlo a toda la gente, para darle tu propio amor sin reservas al mundo como si fueras su madre. Laurie dice que ese momento siempre se le escapa y me angustia que a m&iacute; tambi&eacute;n se me escape a menudo. Me cuesta mirar a mam&aacute;, siempre le tem&iacute; a ese espejo que pod&iacute;a llegar a ser. Pero estando ac&aacute; me siento cercana a ese centro de amor sin reservas. No lo puedo ver en una imagen concreta, pero me llega con el olor a choclos con manteca de la orilla.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &Uacute;ltimamente le presto especial atenci&oacute;n a los nenes en todas partes, en la playa est&aacute; lleno. Cuando los miro hay algo se despierta, lo siento en los &oacute;rganos. Siento c&oacute;mo mis entra&ntilde;as me piden un hijo al que darle todo de m&iacute;. S&eacute; que cuando tenga uno voy a poder mirar m&aacute;s a mi mam&aacute;. Me la imagino como una abuela genial, amorosa y cuidadosa. Un beb&eacute; entre nosotras. El eslab&oacute;n perfecto que nos despegue y nos acerque a la vez.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a que naci&oacute; mi mam&aacute;, mi abuela complet&oacute; uno de esos cuadernos del beb&eacute; que vienen con preguntas predeterminadas. Color de ojos: azules. Color de pelo: indefinido. Peso: 3 kilos. Medida: 50 cm. Descripci&oacute;n del beb&eacute;: horrible, muy hinchada. Eso fue lo primero que mi abuela escribi&oacute; sobre mi mam&aacute;. Hoy es una an&eacute;cdota familiar graciosa. Mi mam&aacute; conserva el libro y mi abuela dice, cada vez que sale el tema, que a los dos d&iacute;as se puso preciosa y que, de verdad, estaba muy hinchada al nacer. Hace un tiempo mam&aacute; me dej&oacute; leer su diario de cuando ten&iacute;a doce a&ntilde;os. En una entrada escribe que no se puede dormir porque es la chica m&aacute;s horrible de todo el mundo entero, los planetas y el universo. Que los chicos gustan de todas sus amigas menos de ella, que en los bailes primero sacan a bailar a Ver&oacute;nica, despu&eacute;s a Gabriela, despu&eacute;s a Cynthia y a Patricia, y a ella la sacan &uacute;ltima porque les da l&aacute;stima que se duerma, pero que, en realidad, no la deben querer sacar porque es horrible. En otra entrada sue&ntilde;a que todas sus amigas se besan con chicos sentadas en las ramas de un &aacute;rbol y ella los mira desde abajo, sola. Cuando le&iacute; el diario me llam&oacute; mucho la atenci&oacute;n, vi fotos de mi mam&aacute; en su adolescencia y era objetivamente hermosa. Pienso en la conexi&oacute;n invisible entre esos dos relatos, el que mi abuela fund&oacute; con sus palabras cuando mi mam&aacute; naci&oacute; y el que ella construy&oacute; desde ah&iacute; hasta hoy. Esas primeras palabras fueron un conjuro que nunca se pudo sacar de encima.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hacemos lo que el clima quiere que hagamos. Hoy llueve y caminamos hasta una casa de t&eacute; alemana. Pedimos dos tortas, a m&iacute; me sobra la mitad y la pido envuelta para llevar. Fede siempre come la porci&oacute;n que le dan, sea gigante o sea chica. Nunca un poco m&aacute;s o un poco menos. No s&eacute; qu&eacute; dice eso sobre &eacute;l. Despu&eacute;s dormimos una siesta en nuestra habitaci&oacute;n, que da al mar, y me parece que somos bastante afortunados. Me basta pensar en eso antes de dormir para levantarme de mal humor, Fede ni se da cuenta. &Eacute;l no parece ocultarme nada ni buscar nada que yo le oculte. Usa mi celular como si fuera suyo, mira las fotos que sacamos, escucha m&uacute;sica y a m&iacute; me da bronca que no aproveche la oportunidad para revisar algo m&aacute;s privado. Muy seguido me preocupo por el provecho de las cosas. Cuando estoy en la playa y no miro el mar por mucho rato me agarra culpa de estar desaprovechando eso que vine a ver y que despu&eacute;s anhelo todo el a&ntilde;o. Fede dice que siempre estoy queriendo estar en donde no estoy.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La frescura del verano se me escurre entre los dedos y de pronto estamos de vuelta en un micro de larga distancia que para de ciudad en ciudad hasta llegar a Retiro. En la cola para bajar, veo a una nena que desploma todo su peso sobre su madre, que tambi&eacute;n carga con dos bolsos. La nena est&aacute; dormida y la madre hace malabares para sostenerle la cabeza, que le cuelga, mientras bajan las escaleras para salir. La luz de la terminal es muy fuerte, la nena abre un poco los ojos y se queja, no parece querer despertar. La madre le acaricia el pelo, le besa la frente y yo pienso que ah&iacute; est&aacute;, ah&iacute; est&aacute; su amor sin reservas. Ojal&aacute; que se acuerde.
    </p><p class="article-text">
        <em>AM</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ana Montes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/lecturas/meditacion-madre_1_9790298.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 15 Dec 2022 10:03:41 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Meditación madre]]></media:title>
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