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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - vuvuzelas]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - vuvuzelas]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Las vuvuzelas, la canción de La Mosca y otros ruidos permitidos durante el Mundial]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/deportes/mundial-qatar-2022/vuvuzelas-cancion-mosca-ruidos-permitidos-durante-mundial_129_9801576.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/67e54893-361c-4a60-bca0-c4d9b8559acb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las vuvuzelas, la canción de La Mosca y otros ruidos permitidos durante el Mundial"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">“Muchachos” es una suerte de manual imaginario del esencialismo y parece destinado a alguien que no es argentino. El daño de las vuvuzelas, sostiene Abel Gilbert, es mucho mayor: puede generar la pérdida auditiva permanente. Entre los ruidos y sonidos finales Qatar asoma la voz operística de Víctor Hugo Morales.</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;El ruido es lo sucio, el mal, aquello que parasita. Todo es ruidoso para aquellos que tienen miedo&rdquo;, dice el music&oacute;logo Alessandro Arbo. La Argentina ha experimentado esa idea en 1973, cuando comenz&oacute; el tercer gobierno de Juan Per&oacute;n y desde la municipalidad de la ciudad de Buenos Aires se lanz&oacute; la campa&ntilde;a &ldquo;el silencio es salud&rdquo;. Lo que en un principio se hab&iacute;a pensado como un intento de mejorar la ecolog&iacute;a sonora del entorno urbano pronto se transform&oacute; en un llamado a callarse &ndash;una orden pol&iacute;tica- que tambi&eacute;n se escuch&oacute; en las canchas: &ldquo;chu chu chu, el silencio es salud&rdquo;. &iquest;Qui&eacute;n quisiera llamarse a silencio por estas horas? <strong>La relaci&oacute;n entre el f&uacute;tbol y el ruido es ensordecedora por la presencia en las calles de las vuvuzelas.</strong> El nombre de esa nefasta trompeta-cotill&oacute;n deriva del zul&uacute; y quiere decir &ldquo;ba&ntilde;o de sonido&rdquo;. El bramido elefanti&aacute;sico&nbsp;tiene una intensidad de 127 decibelios, un poder s&oacute;nico equivalente al motor de un avi&oacute;n al despegar. De acuerdo con Mutualidad Argentina de Hipoac&uacute;sicos, esas emisiones pueden provocar en las personas que se encuentran a una corta distancia la p&eacute;rdida auditiva permanente. El o&iacute;do interno se lesiona en la zona de la c&oacute;clea.
    </p><p class="article-text">
        Pero, as&iacute; como suele decirse que Par&iacute;s bien vale una misa, un Mundial tambi&eacute;n puede valer un t&iacute;mpano. <strong>Julio Cort&aacute;zar abandon&oacute; Buenos Aires porque, siempre se dijo, altavoces y bombos limitaban su goce musical</strong>. Si el bombo ha tenido siempre la marca de lo popular, por lo tanto, propenso a ser aborrecido, el cotill&oacute;n sudafricano es, en cambio, de uso consensuado. Y eso muestra hasta qu&eacute; punto se llega a aceptar e incluso abrazar el ruido de acuerdo con las situaciones espec&iacute;ficas en las que es percibido. El chirrido de los frenos de una formaci&oacute;n de subterr&aacute;neos, tan <em>natural</em> ac&aacute;, puede resultar intolerable mientras no se lo espera (aunque se sabe: llegar&aacute;). Lo mismo que <em>La pasi&oacute;n seg&uacute;n San Mateo </em>que escucha un vecino no invitado a semejante recogimiento de los sublime. Del otro lado de la pared se recibe como un molesto <em>nonsense</em>. Quiz&aacute; al amante de Bach le ocurra lo mismo si el <em>otro, </em>que no ser&aacute; la patria,<em> </em>hace que de un parlante explote la voz de L-Gante. Bien, un mundial, o, mejor dicho, el goce que provoca la posibilidad de ganarlo, resignifica lo que, en otro contexto, ser&iacute;a inaceptable. En una plaza de Jap&oacute;n, una artista del <em>noise</em>, lanza chirridos que apichonar&iacute;an a cualquier ejecutante de vuvuzela. La gente sale corriendo. Si ella hubiera estado celebrando la clasificaci&oacute;n del seleccionado nip&oacute;n posiblemente esos hombres y mujeres espantados se habr&iacute;an sumado al ritual estent&oacute;reo.
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        <strong>De ah&iacute; que el ruido mundialista sea </strong><em><strong>democr&aacute;ticamente </strong></em><strong>tolerado con un l&iacute;mite: nunca podr&iacute;amos imaginar a Juan Jos&eacute; Sebreli con una vuvuzela ni haciendo el </strong><em><strong>aguante </strong></em><strong>en Callao y Santa Fe</strong>. Es el fondo no monetario y permanente de un carnaval curioso: las tribunas de argentinos de clase media alta y mucho m&aacute;s all&aacute; imitan los ademanes y gestos vocales de las hinchadas que son proclives a veces a repudiar si piensan en su extracci&oacute;n social (y ese comportamiento se repite en bucle ac&aacute;). Un canto plano y <em>planero,</em> adoptado solo para circunstancias en los que una necesidad mayor requiere horizontalidad.&nbsp; Pasado el mi&eacute;rcoles de ceniza todo volver&aacute; a su lugar: las vuvuzelas, las camisetas, las jerarqu&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;En Argentina nac&iacute;, tierra de Diego y Lionel / de los pibes de Malvinas que jam&aacute;s olvidar&eacute; / No te lo puedo explicar, porque no vas a entender&rdquo;, se canta  en todos los estamentos, incluso entre los jugadores seleccionado.<strong> La letra de &ldquo;Muchachos&rdquo; es una suerte de manual imaginario del esencialismo.</strong> Erige adem&aacute;s una sant&iacute;sima trinidad alrededor de Diego, al incluir a la madre y el padre que, tambi&eacute;n, otean desde arriba a Messi. La canci&oacute;n parece en rigor destinada a alguien que no es argentino (&iquest;un turista o un antrop&oacute;logo? &iquest;a uno mismo en estado de enajenaci&oacute;n?) y que &ldquo;no puede&rdquo; comprender lo que la mayor de las pasiones. Una exaltaci&oacute;n de lo inefable y que, en rigor, avisa el d&iacute;ptero mayor, es decir, el calvito que se para frente al micr&oacute;fono, tampoco deber&iacute;a ser &ldquo;explicado&rdquo;. Pero si no se comprende lo que puede ser esencial, aunque fuera invisible a los ojos, qu&eacute; hacemos con los colores. El texto carece de sentido quiz&aacute; porque al cantarlo se renuncia de antemano a ello. &iexcl;Igual funciona (cosa que, hemos comprobado, no sucedi&oacute; con el &ldquo;si la tocan a Cristina&rdquo;: no toda canci&oacute;n genera en un hecho)! La reputaci&oacute;n art&iacute;stica de La Mosca es en ese aspecto irrelevante. La apropiaci&oacute;n multitudinaria de su cantito pone en suspenso toda valoraci&oacute;n sobre el gusto: es, ante todo, un artefacto social. Ser&iacute;a un fracaso de antemano buscar algo m&aacute;s. El efecto de &ldquo;Muchachos&rdquo; tendr&aacute; la duraci&oacute;n de las ilusiones futbol&iacute;sticas que frizan los antagonismos pol&iacute;ticos de un pa&iacute;s abismado. A nadie se le ocurrir&iacute;a que una voz cultivada se encargara de transmitir las emociones que suscita este acontecimiento.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;A nadie?
    </p><p class="article-text">
        Bueno, V<strong>&iacute;ctor Hugo Morales no se considerar&iacute;a nunca due&ntilde;o de una voz oper&iacute;stica ni siquiera musical, pero su meloman&iacute;a, que lo ha llevado presenciar solo 50 veces </strong><em><strong>La traviata</strong></em><strong>, de Giussepe Verdi, en distintas salas l&iacute;ricas del mundo, desde el Bolshoi hasta el MET, pasando por el Col&oacute;n, claro, se le cuela en instantes de emoci&oacute;n.</strong> Escuchen (por favor) sino el modo en que relat&oacute; el tercer gol argentino ante Croacia, c&oacute;mo la palabra &ldquo;gol&rdquo; se afirma en el aire varios segundos. Clava el sonido, pero, de repente, la emisi&oacute;n se quiebra, queda entre el falsete y el error que se conoce como un gallo.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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        V&iacute;ctor Hugo toma aire y esta vez la voz se mantiene lo que dura el &ldquo;o&rdquo; en una altura definida, sube su intensidad como si en rigor no estuviera en Doha sino felizmente cantando bajo la ducha del ba&ntilde;o la canzonetta &ldquo;O sole m&iacute;o&rdquo;, que seguro &eacute;l conoce de memoria. Me recuerda una versi&oacute;n del tenor Beniamino Gigli. &iquest;Se filtr&oacute;, inconscientemente, en su locuci&oacute;n al estirar la vocal? Le falt&oacute; cantar &ldquo;o sol Leo m&iacute;o&rdquo;, porque es su r&iacute;tmica descripci&oacute;n del h&eacute;roe de Qatar, esas acentuaciones, enfatizadas con una mano en alto, siempre en sincron&iacute;a con lo dicho, la que, insisto, convoca otros cantos que pueblan su imaginario. A diferencia de lo que pudo suceder en 1986 con su relato del segundo gol de Maradona a los ingleses, estamos en condiciones de &ldquo;ver&rdquo; a V&iacute;ctor Hugo. Esa voz tiene un cuerpo y un repertorio de movimientos y gesticulaciones que, despu&eacute;s de que se extinguiera la &ldquo;l&rdquo; de &ldquo;gol&rdquo; le permiten hablar de la belleza del deporte y definir a Messi como un servidor del arte del f&uacute;tbol, un &ldquo;arlequino maravilloso, mimo incre&iacute;ble, Aladino eterno, due&ntilde;o de una zurda infinita&rdquo;. El<em> c&oacute;mo</em> lo dice lo acerca m&aacute;s al antiguo ejercicio de la declamaci&oacute;n que viene de la antig&uuml;edad greco latina y pas&oacute; luego a la escena teatral moderna.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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        	El esloveno Slavoj &#381;i&#382;ek cuenta una historia interesante al prologar <em>A voice and nothing more</em>, el ensayo de Mladen D&oacute;lar, que nos ayuda a enriquecer esta perspectiva. En medio de una batalla de trincheras de la Primera Guerra un comandante italiano pide a sus soldados que ataquen. Emite la orden con fuerza y claridad para que pueda captarse con tanto estruendo. Los subordinados no se mueven y la autoridad repite la orden, con m&aacute;s fuerza, una y otra vez. Un soldado, apenas uno, responde t&iacute;midamente desde la zanja. &ldquo;Qu&eacute; bella voz&rdquo;, dice. Para &#381;i&#382;ek, los soldados fallan en reconocerse a s&iacute; mismos en la apelaci&oacute;n del comandante. No cumplen con su deber militar.&nbsp; Aunque no se asumen como participantes de un conflicto armado, &ldquo;se constituyen como comunidad en respuesta al llamado, la comunidad de gente que puede apreciar la est&eacute;tica de una bella voz -que puede apreciarla aun cuando dif&iacute;cilmente sea &eacute;se el momento adecuado, y especialmente cuando dif&iacute;cilmente sea &eacute;se el momento para hacerlo&rdquo;. Los uniformados act&uacute;an finalmente como &ldquo;estereot&iacute;picos italianos en este otro sentido, digamos, como italianos amantes de la &oacute;pera&rdquo;. Hacen honor a otra reputaci&oacute;n: la de conocedores que pueden detectar &ldquo;una bella voz cuando la oyen aun en medio del fuego de artiller&iacute;a&rdquo;. Ellos fueron tomados por el s&uacute;bito inter&eacute;s est&eacute;tico. Creo que algo de eso tambi&eacute;n sucede con los arrebatos <em>l&iacute;ricos </em>de V&iacute;ctor Hugo (en su doble acepci&oacute;n). Hincha, qu&eacute; duda cabe, por la celeste y blanca, pero su camiseta escondida es la del verismo. &ldquo;Verdi, Verdi, cant&aacute; conmigo, que un amigo vas a encontrar&hellip;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        	El relato futbol&iacute;stico y la m&uacute;sica se han cruzado a veces de una manera singular. Pensemos en &ldquo;Tiruliruli&rdquo;, la pieza que Hermeto Pascoal compuso en 1984 a partir de la descripci&oacute;n que hace Osmar Santos, un conocido periodista radiof&oacute;nico de Brasil, del gol que el gran S&oacute;crates se aprestaba con Corinthians. Pascoal hablaba del &ldquo;sonido del aura&rdquo; para explicar sus complejas composiciones basadas en voces corrientes y a partir de una escucha prodigiosa de sus inflexiones. El &ldquo;sonido del aura&rdquo;, dec&iacute;a el prodigioso instrumentista, es la vibraci&oacute;n sonora de cada persona, reflejada en su habla. Corr&iacute;an aun tiempos anal&oacute;gios, y Hermeto construy&oacute; un loop de manera artesanal. Sobra la voz de Santos, respetando su entonaci&oacute;n y sin modificar artificialmente las frecuencias, a&ntilde;adi&oacute; la m&uacute;sica. &ldquo;&iquest;Por qu&eacute; la voz es el instrumento m&aacute;s rico que existe? Porque tiene todas las tonalidades, es totalmente natural. Puedes hacer una cosa en cualquier tonalidad, incluso algo entre un tono y otro. Lo que la gente llama habla es lo que estamos cantando&rdquo;.&nbsp;
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            </figure><p class="article-text">
        	&ldquo;Turiluri&rdquo; fue apenas una de las composiciones de Pascual realizadas sobre este concepto que tuvo una r&eacute;plica personal en Buenos Aires. Siete a&ntilde;os atr&aacute;s, Sales de ba&ntilde;o, un grupo argentino liderado por el colombiano Carlos Quebrada, utiliz&oacute; el relato de V&iacute;ctor Hugo del segundo gol de Maradona a los ingleses coda de una pieza compleja que oscila entre el free-jazz y el rock. Las palabras comienzan a perder legibilidad. Se transforman en textura. Y as&iacute; se cierra el disco <em>Horror Vacui</em> que el mel&oacute;mano relator deber&iacute;a conocer. Mucho m&aacute;s conmovedor es lo que hizo en setiembre pasado el Coro Municipal de C&oacute;rdoba al estrenar &ldquo;El gol del siglo&rdquo;. La obra, escrita y dirigida por Tom&aacute;s Arinci tambi&eacute;n dialoga con la narraci&oacute;n del mismo gol de M&eacute;xico 86. El coro mixto transforma primero el &ldquo;ol&eacute;, ol&eacute;, Diegooo&rdquo; en material de una suerte de responso y homenaje al &iacute;dolo muerto mientras, como viniendo de otro lugar, de una vieja radio, se describen sus acciones en aquel estadio Azteca. V&iacute;ctor Hugo es, luego, acompa&ntilde;ado por una versi&oacute;n coral de &ldquo;Greensleeves&rdquo;, una muy tradicional balada inglesa, cuyo origen se remonta al renacimiento. Lo m&aacute;s extraordinario sucede de inmediato. Es cuando Maradona comienza a apilar rivales, el coro se pliega a la voz de V&iacute;ctor Hugo, ambos conforman una homoritmia que diluye la relaci&oacute;n entre fondo y figura. Estamos ante una misma masa sonora, un colectivo sincronizado que, sin correrse del solista, repite todo aquello que se viene escuchando desde hace d&eacute;cadas: golazo, viva el f&uacute;tbol, es para llorar, barrilete c&oacute;smico, de qu&eacute; planeta viniste.&nbsp; El coro vuelve m&aacute;s tarde al &ldquo;ol&eacute; ol&eacute;&rdquo;, pero ha dejado una estela extraordinaria, un recordatorio de hasta qu&eacute; punto el f&uacute;tbol construye su propia teor&iacute;a de los afectos en el reino de la misma m&uacute;sica.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        JJB
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Abel Gilbert]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 17 Dec 2022 03:17:02 +0000]]></pubDate>
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