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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Herman Cornejo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/herman-cornejo/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Herman Cornejo]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Un Dios que sabe bailar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/dios-bailar_129_9802379.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/09bef02c-9e9d-4f4c-a282-28ea632aacca_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un Dios que sabe bailar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Herman Cornejo, uno de los mejores bailarines del mundo, acaba de estrenar Anima Animal, indagación sobre Caaporá, un ballet argentino de comienzos del siglo pasado. Virgina Cosín, escritora y amante de la danza, viajó a San Juan a ver la obra y se detiene en Cornejo: un hombre, escribe, que carga, como todos nosotros, con un cuerpo, el mismo cuerpo que es, a la vez, fuente de dolor, de incomodidad, de malestar y también de placer.</p></div><p class="article-text">
        La historia empieza en el a&ntilde;o 1916, cuando dos j&oacute;venes porte&ntilde;os y encumbrados con inquietudes art&iacute;sticas e intelectuales, Ricardo G&uuml;iraldes y el artista pl&aacute;stico Alfredo Gonz&aacute;lez Gara&ntilde;o, se re&uacute;nen para poner en marcha un proyecto: la composici&oacute;n de un ballet. Falta todav&iacute;a un tiempo para que a G&uuml;iraldes le llegue la consagraci&oacute;n tan ansiada con Don Segundo Sombra. Por el momento est&aacute; experimentando y no le va tan bien. Un a&ntilde;o antes publica la novela <em>El cencerro de cristal</em>, que resulta un fracaso y un libro con t&iacute;tulo &ldquo;quiroguiano&rdquo; al que no le ir&aacute; mejor: <em>Cuentos de muerte y de sangre</em>. De la experiencia del viaje en barco a Jamaica que en el a&ntilde;o 1915 hace con su mujer, Adelina del Carril, y el matrimonio Gara&ntilde;o, extrae el material para elaborar una novela de impronta autobiogr&aacute;fica, (Xaimaca), que va a publicar en 1923. Mientras tanto, en la convivencia a bordo y el vaiv&eacute;n ondulante sobre las aguas del mar, se gesta la idea del ballet que, desde su origen, <strong>es concebido en el entrelazamiento y la mixtura de tiempos, espacios y tradiciones.</strong> G&uuml;iraldes, cuyos modelos literarios los constitu&iacute;an escritores modernistas europeos, escribi&oacute; el libreto. Gara&ntilde;o, que se hab&iacute;a formado, como todo ni&ntilde;o bien, con profesores de arte pl&aacute;stico en Par&iacute;s, confeccion&oacute; los dibujos y pinturas que ser&iacute;an los bocetos de la escenograf&iacute;a y el vestuario. La obra original entrelaza dos leyendas ind&iacute;genas: la del p&aacute;jaro Uruta&uacute; y la de Caapor&aacute; (Dios de la desgracia).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El argumento reproduce una estructura que se repite en la literatura fant&aacute;stica de distintas procedencias. Pone en escena el romance de dos j&oacute;venes de tribus enemigas: la princesa &Ntilde;eambi&uacute;, hija de un cacique y Cuimba&eacute;, pr&iacute;ncipe tup&iacute;. Caapor&aacute;, con su fuerza m&aacute;gica, es el encargado de impedir que se consuma la uni&oacute;n, insuflando un maleficio a la princesa, que cae en un sue&ntilde;o profundo a lo Bella durmiente en medio de la selva. El desenlace de la trama tiene un viso tr&aacute;gico, pero con un final m&aacute;s esperanzador que el de Romeo y Julieta: el agorero de la tribu intenta deshacer el maleficio, pero s&oacute;lo consigue despertar a la princesa de su letargo dici&eacute;ndole al o&iacute;do que Cuimba&eacute; ha muerto. &Ntilde;eambi&uacute; reacciona, pero una vez consciente, embargada por el dolor, se metamorfosea en Uruta&uacute;, el ave cuyo canto remitir&aacute;, desde entonces, al lamento por la muerte de su amado.
    </p><p class="article-text">
        																				***
    </p><p class="article-text">
        <strong>En la otra punta del mundo vive otra leyenda: Vaslav Nijinski</strong>. &iquest;C&oacute;mo se explican los dones, los atributos que, vistos desde la distancia que se interpone entre una butaca y el escenario, parecen otorgados por la gracia divina a alguien que es nada m&aacute;s y nada menos que un hombre? Quienes lo ve&iacute;an bailar, ve&iacute;an a un dios. A Nijinski lo descubre Diaghilev, el empresario y creador de la compa&ntilde;&iacute;a que revoluciona el mundo de la danza: Les Ballet Russes. La carrera de Nijinski es deslumbrante y mete&oacute;rica: el bailar&iacute;n despega hasta traspasar las capas de la atm&oacute;sfera terrestre, se convierte en un astro inigualable y en la cumbre de su esplendor se extingue, acosado por la monstruosidad de su propia brillantez.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En dos ocasiones, antes del declive definitivo, Nijinski viene a Buenos Aires para bailar con la compa&ntilde;&iacute;a de Diaghilev en el Teatro Col&oacute;n. Es en el transcurso de esos viajes que Nijinski toma contacto con G&uuml;iraldes y Gara&ntilde;o, se interesa en el ballet Caapor&aacute; y juntos empiezan a trabajar en una coreograf&iacute;a con m&uacute;sica compuesta especialmente por Stravinsky. Pero la obra no se realiza nunca. Nijinski vuelve a Rusia y ofrece una funci&oacute;n que deja al p&uacute;blico espantado. En su diario, que testimonia la genialidad y el raye, el tironeo desgarrado de una sensibilidad inflamada y permeable capaz de contener en s&iacute; todas las batallas del deseo,&nbsp; escribe sobre esa &uacute;ltima funci&oacute;n: <em>&ldquo;Mi mujer me ama mucho. Tiene miedo por m&iacute;, pues hoy me he mostrado muy nervioso en mi actuaci&oacute;n. He actuado as&iacute; a prop&oacute;sito, pues el p&uacute;blico me comprender&aacute; mejor si estoy nervioso. No comprenden a los artistas que no son nerviosos. Hay que ser nervioso&rdquo;</em> y, un poco m&aacute;s adelante:&nbsp; <em>&ldquo;Quieren que baile cosas alegres. No me gusta la alegr&iacute;a. Amo la vida.&rdquo; </em>Poco despu&eacute;s, va a ser internado en una cl&iacute;nica psiqui&aacute;trica de la que no saldr&aacute; nunca, hasta su muerte.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        																				***
    </p><p class="article-text">
        Ciento cinco a&ntilde;os m&aacute;s tarde, el mundo entero, por primera vez en la historia, vive una desgracia: un virus nuevo y desconocido ataca con ferocidad inaudita a la humanidad, los contagios se multiplican, los medios de todos los pa&iacute;ses reproducen noticias desoladoras: internaciones, enfermedad, muertes a raudales. En las ciudades el sonido omnipresente es el de las sirenas de las ambulancias. Las personas se repliegan en sus casas, aisladas, obligadas a practicar de un d&iacute;a para el otro nuevos modos de transitar la cotidianeidad y de experimentar el tiempo, de trabajar, ganar dinero, estudiar, maternar, paternar, amar, y, en el medio, intentar no enloquecer.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Viviendo en Nueva York estaba, en ese momento, <strong>Herman Cornejo</strong>, que naci&oacute; en Villa Mercedes, San Luis, y desde el a&ntilde;o 2003 es el principal dancer del American Ballet Theater, reconocido como uno de los mejores bailarines del mundo. Acostumbrado a viajar continuamente, a entrenar y ensayar, el inquieto Herman empieza a moverse, pero en otras direcciones. Recuerda una conversaci&oacute;n que hab&iacute;a mantenido hac&iacute;a unos a&ntilde;os con la investigadora Patricia Casa&ntilde;es sobre el proyecto trunco de Nijinski &ndash;en quien Herman est&aacute; especialmente interesado&ndash; y, con el impulso de Mar&iacute;a Jos&eacute; Lavandera, pareja del bailar&iacute;n, decide presentar una propuesta a la New York University (NYU) para reelaborar la obra. La universidad le otorga una beca y Herman Cornejo se pone manos a la obra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        																					***
    </p><p class="article-text">
        <strong>Desde que era chiquita mi mam&aacute; me llevaba al ballet. Ella quer&iacute;a que fuera bailarina, o al menos fantaseaba con que cumpliera su sue&ntilde;o. </strong>Mis maestros dec&iacute;an que ten&iacute;a condiciones, aunque ahora s&eacute; que la &uacute;nica condici&oacute;n para dedicarse a la danza es la de querer con determinaci&oacute;n dedicarse a bailar y s&oacute;lo a bailar, que el deseo de otro nunca va a realizar lo que puede el propio deseo. Yo no sab&iacute;a lo que quer&iacute;a, o quer&iacute;a demasiadas cosas. Nunca prosper&eacute; como ejecutora de ese deseo ajeno, pero aunque no le di el gusto a mi mam&aacute; de bailar sobre un escenario, amaba ir a ver danza con ella. Presenciar la manifestaci&oacute;n del movimiento encarnado en una compa&ntilde;&iacute;a que sincroniza hasta los gestos, los bailarines que ofrecen su resistencia y parecen flotar no a pesar de, sino con el esfuerzo &ndash;los cuerpos cincelados, puro m&uacute;sculo pegados a sus mallas, sosteniendo toda esa fragilidad en equilibrio inestable&ndash; siempre fue para m&iacute; una fuente de placer y regocijo que no puedo comparar con ninguna otra experiencia esc&eacute;nica. Juntas vimos&nbsp; bailar a varias leyendas de la danza: a Maya Plis&eacute;tskaya cuando ya estaba muy grande y bailaba sin resignaci&oacute;n y con sabidur&iacute;a, a Mija&iacute;l Bar&yacute;shnikov todav&iacute;a joven, espl&eacute;ndido y endiabladamente magn&eacute;tico y, much&iacute;simas veces, a Julio Bocca que, adem&aacute;s, me miraba desde el p&oacute;ster en blanco y negro que ten&iacute;a colgado en mi cuarto de adolescente, al lado de mi otro santo patrono de lo extra&ntilde;o y lo bello: el flaco Spinetta. A Julio Boca una vez lo persegu&iacute; durante dos cuadras, corriendo al lado del auto al que acababa de subirse. &iquest;Qu&eacute; quer&iacute;a? &iquest;Qu&eacute; esperaba? Nunca habr&iacute;a hecho semejante esc&aacute;ndalo por ning&uacute;n artista, por m&aacute;s &iacute;dolo que fuera. De los artistas lo que me interes&oacute; siempre son sus obras, lo que admiro es lo que hacen y dejan, no me importan en tanto personalidades. Pero es que un bailar&iacute;<strong>n no es lo que interpreta, sino lo que hace con el cuerpo, es&nbsp; el anudamiento que se produce entre la experiencia, las sensaciones, el pensamiento, la imaginaci&oacute;n y las formas en que el cuerpo se manifiesta.</strong> El propio Nijinski lo anota en su diario: &ldquo;Trabajo con los brazos y las piernas y la cabeza y los ojos y la nariz y la lengua y el cabello y la piel y el est&oacute;mago y los intestinos&rdquo;. Pens&aacute;ndolo mejor, lo que hace el bailar&iacute;n no es interpretar, sino leer. Porque, como dice&nbsp; Alexandra Kohan: &ldquo;No hay cuerpo sin lectura &rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
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    </p><p class="article-text">
        En el 2017 fuimos mi hija &ndash;que hered&oacute;, a su vez, ese amor y esa fascinaci&oacute;n por la danza&ndash; mi mam&aacute; y yo a Nueva York y vimos, en el Lincoln Center, un programa que reun&iacute;a varias obras de distintos core&oacute;grafos. En algunas de esas obras bailaba Herman Cornejo. No s&eacute; explicar muy bien qu&eacute; es lo que hace que la mirada se detenga particularmente en un s&oacute;lo bailar&iacute;n cuando es todo un cuerpo de baile&nbsp; el que se despliega en un escenario, pero ninguna de las tres pod&iacute;amos mirar a otro que no fuera a Herman. <strong>Hab&iacute;a algo vigoroso y a la vez delicado, sutil, p&iacute;caro, poderosamente atractivo, l&uacute;dico y orgulloso en su interpretaci&oacute;n.</strong> El aire se cortaba con cada salto y, cuando llegaba al piso despu&eacute;s de una pirueta, parec&iacute;a que tuviera algodones en las zapatillas, como si caer fuera algo si no sencillo, al menos satisfactorio, nada grave. Adem&aacute;s, por qu&eacute; no decirlo, su belleza nos embruj&oacute;. Cada rasgo de su cara aindiada creaba una armon&iacute;a aparte: p&oacute;mulos, quijada, labios anchos, ojos negros como peque&ntilde;os escarabajos brillantes, pelo oscuro y encrespado, con ondas que se resist&iacute;an al peinado y le ca&iacute;an sobre la frente. <strong>Soy amante de la danza, una amateur,</strong> ninguna experta. No puedo precisar nada acerca de su t&eacute;cnica, s&oacute;lo puedo decir que el efecto fue absolutamente cautivante y que cuando termin&oacute; la obra y los int&eacute;rpretes salieron de a uno a saludar y le toc&oacute; el turno a Herman, el teatro casi se viene abajo por la fuerza de los aplausos y las ovaciones.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
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    </p><p class="article-text">
        Pero volvamos a su departamento en Nueva York. Ya est&aacute; decidido a trabajar con el material original de Caapor&aacute;, cuyo manuscrito, de pu&ntilde;o y letra de G&uuml;iraldes y los bocetos de Gara&ntilde;o, que constituyen, en s&iacute; mismos, obras de arte, se encuentran en el museo Ricardo G&uuml;iraldes en San Antonio de Areco, donde el escritor ten&iacute;a su estancia. Pero los tiempos son otros. La fuerza de la obra, piensa Herman, est&aacute; en la ra&iacute;z de la leyenda que exige ser rele&iacute;da y reinterpretada desde el presente, desde ese presente de la pandemia, un tiempo fuera de quicio, con otra perspectiva, otra mirada. No la mirada encuadrada en los ideales europeos, sino hundida en las ra&iacute;ces de la tierra de la que es originaria. Al comienzo el nombre del proyecto es: Reimaginando a Nijinski. Con esta idea germinal empieza a buscar, con los recursos que tiene m&aacute;s a mano, es decir, en internet, colaboradores. As&iacute; es como mirando horas de videos en Youtube encuentra a la core&oacute;grafa argentina Anabella Tuliano que es la fundadora y, desde hace m&aacute;s de diez a&ntilde;os, la directora de la compa&ntilde;&iacute;a de danza contempor&aacute;nea Cadabra. Anabella recibe un sorpresivo mail en cuyo remitente figura el nombre de Herman Cornejo y al principio no cae. Despu&eacute;s, cuando confirma que es cierto, que est&aacute; siendo convocada por el prestigioso bailar&iacute;n, va a encargarse de reescribir la obra original y componer una nueva coreograf&iacute;a. Despu&eacute;s se sumar&aacute; al proyecto el resto del equipo.
    </p><p class="article-text">
        Al tiempo de trabajar en un solo (que al comienzo constitu&iacute;a todo el proyecto para presentar a la universidad) a distancia, con las dificultades de la tecnolog&iacute;a &ndash;el delay, las interrupciones de se&ntilde;al, la ausencia de planos en m&uacute;ltiples dimensiones&ndash; lleg&oacute; el ofrecimiento <strong>del Teatro del Bicentenario de San Juan</strong> para ampliar el experimento y convertirlo en un espect&aacute;culo hecho y derecho que pudiera presentarse ante el p&uacute;blico.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando Herman pudo por fin viajar para continuar los ensayos en Buenos Aires con todos los miembros de la compa&ntilde;&iacute;a Cadabra, la obra ya estaba en buena parte armada. Fueron aproximadamente doce meses de ensayos en los que Herman iba y ven&iacute;a de una ciudad a otra hasta que lleg&oacute; la fecha del estreno, el 2 de diciembre.
    </p><p class="article-text">
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    </p><p class="article-text">
        Un tiempo antes, Herman Cornejo hab&iacute;a estado en Buenos Aires, adem&aacute;s, para protagonizar en el Teatro Col&oacute;n Romeo y Julieta, de Kenneth MacMillan, con otros bailarines invitados del American Ballet. Cada vez que ven&iacute;a a bailar a Buenos Aires en una nueva obra, con mi hija intent&aacute;bamos conseguir entradas, pero conseguir una entrada para una funci&oacute;n de ese nivel en el Col&oacute;n sin tener un abono, aunque sea en la pajarera m&aacute;s alejada del escenario, es m&aacute;s dif&iacute;cil que atrapar una luci&eacute;rnaga con palitos chinos. As&iacute; que, cuando vimos que estaban agotadas, mi hija hizo un peque&ntilde;o drama. Desde ese viaje a Nueva York fantaseaba con volver a presenciar la magia de Herman, pero estaba empezando a perder la ilusi&oacute;n. Un tiempo despu&eacute;s vi, en Instagram, el anuncio de la obra que iban a presentar en el Teatro del Bicentenario y que hab&iacute;an rebautizado Anima Animal. Hab&iacute;a videos que reproduc&iacute;an en blanco y negro peque&ntilde;os fragmentos de los ensayos y esas im&aacute;genes funcionaron como el p&eacute;ndulo de un hipnotizador. Le di clic al link que nos dirig&iacute;a a la boleter&iacute;a virtual, saqu&eacute; dos entradas para la &uacute;ltima funci&oacute;n (ser&iacute;an tres en total) y, despu&eacute;s, dos pasajes a la ciudad de San Juan.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Rajarnos. Eso hicimos mi hija y yo durante los cuatro d&iacute;as que estuvimos en San Juan. Dos d&iacute;as en una posada a una hora de la ciudad, en donde s&oacute;lo hab&iacute;a una habitaci&oacute;n (un cuarto, un ba&ntilde;o y nada m&aacute;s) construida en el centro de un terreno enorme, a unos metros de un vi&ntilde;edo y al lado de una pileta que era como un oasis en medio del calor abrasante. Dos d&iacute;as silenciosos y tranquilos en los que el tiempo se expand&iacute;a como el pl&aacute;stico expuesto a altas temperaturas, tiempo de no hacer nada, s&oacute;lo esperar que llegara la noche de la funci&oacute;n. Dos d&iacute;as a cielo abierto, un cielo que de tan azul quemaba, un sol que se alzaba con el esplendor de los astros que todo lo pueden y despu&eacute;s se escond&iacute;a detr&aacute;s de las monta&ntilde;as, fosforeciendo anaranjado y desplegando sus rayos como extremidades que se estiran hasta languidecer.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Anima Animal empieza as&iacute;: un mont&iacute;culo de cuerpos descubiertos, expuestos, casi desnudos, movi&eacute;ndose con la armon&iacute;a ininterrumpida del agua, s&iacute;mbolo del comienzo de la vida y tambi&eacute;n de la destrucci&oacute;n, al comp&aacute;s de la m&uacute;sica. Cuerpos que se funden, se confunden, recortados sobre el escenario negro en cuyo fondo se distingue una cascada de luz que proyecta su brillo sobre la superficie trabajada de cada m&uacute;sculo. Las caras en sombra se repliegan, repliegan su singularidad distintiva, lo que se ve es una sola forma, una imagen de la totalidad que pronto va a derramarse para dar paso a lo m&uacute;ltiple.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y es que de eso se trata rajarse (en el sentido que le da la fil&oacute;sofa y bailarina Marie Bardet): no s&oacute;lo irse, huir, escapar, evadirse, sino tambi&eacute;n abrirse, hendirse, multiplicarse, quebrarse, florecer, abrir espacios, discontinuidades.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la versi&oacute;n de Cornejo y Tulliano, que investigaron las diferentes variantes de la leyenda, los amantes son Guyra (Cornejo) e Ivy (Ximena Pinto). El conflicto ya no es externo, el villano no es el dios terrible Caapor&aacute; sino que son las propias contradicciones las que desgarran al h&eacute;roe, tan noble como ambicioso, tan generoso como mezquino, tan capaz de amar como de odiar, las que van a desencadenar el drama. Ivy tambi&eacute;n est&aacute; tironeada, dividida: ama a Guyra, pero le teme, es fr&aacute;gil y a la vez, fuerte. El argumento pone en escena el peligro al que se exponen los hombres cuando se creen dioses, la amenaza de desconocer los l&iacute;mites, de hacer un uso desorbitado de su poder sobre la naturaleza y sobre el otro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Anima Animal apuesta todo a la potencia de las torsiones, los roces y los pliegues que se producen al enlazar en un mismo tejido materiales de distintas fuentes, al mestizaje de&nbsp; t&eacute;cnicas, el contagio, ya no de un virus letal, sino de otra clase de influencia, la que resulta en verdaderas obras de arte.</strong> Cornejo brilla como siempre, pero no opaca ni impone su destreza ante la gracia y el entrenamiento de cada uno de los miembros de la compa&ntilde;&iacute;a Cadabra. Tulliano, en lugar de limar los bordes, trabaja con la yuxtaposici&oacute;n y juega con lo que ofrecen las diferencias. Cuando la imagino, la veo, como en un cuento de hadas,&nbsp; dirigiendo con una varita m&aacute;gica en la mano.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El final es, como dir&iacute;a mi hija:, &ldquo;&eacute;pico&rdquo;. El guerrero Ivy, trastornado por el dolor de haber provocado la muerte de su amada, se transforma en p&aacute;jaro y el cuerpo del bailar&iacute;n se contorsiona hasta cobrar la forma del animal para culminar volando en el aire.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa noche mi hija y yo volvimos a nuestro hotel en la ciudad chochas de contentas. Nos quedaba todo un d&iacute;a para no hacer nada. A la ma&ntilde;ana siguiente, mientras desayun&aacute;bamos, los vimos. Eran ellos. Estaban en la mesa de al lado desayunando, como personas normales. Los bailarines y la directora de la obra. Al rato, apareci&oacute; Herman. A pesar de que mi hija me rog&oacute; que no lo hiciera, me acerqu&eacute;. Quise decirle algo de todo lo estoy escribiendo ahora, pero las palabras no sal&iacute;an de mi boca, s&oacute;lo pod&iacute;a tartamudear. El hombre que estaba frente a m&iacute; no ten&iacute;a para nada la actitud de una estrella distante y magn&iacute;fica, me miraba con compasi&oacute;n y dulzura, esperando que yo lograra desenredar alguna frase coherente. Me sent&iacute; muy est&uacute;pida y desamparada: &iquest;qu&eacute; iba a ser de m&iacute; si perd&iacute;a la capacidad de articular el lenguaje? Entonces se par&oacute; de su silla y por un segundo me abraz&oacute;. Despu&eacute;s fue hasta la mesa en donde mi hija nos miraba ya no s&eacute; si con verg&uuml;enza o con emoci&oacute;n, a saludarla a ella. Al rato, como mortales que somos, est&aacute;bamos todos d&aacute;ndonos chapuzones en la pileta del hotel.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Yo no creer&iacute;a en un dios que no supiera bailar&rdquo; escribi&oacute; una vez F. Nietzsche. Y de lo que hablaba era de que lo divino, lo espiritual, la inteligencia, no puede &ndash;no debe&ndash; separarse de los goces del cuerpo. Eso es lo que se ve cuando Herman Cornejo baila: a un hombre que carga, como todos nosotros, con un cuerpo, el mismo cuerpo que es, a la vez, fuente de dolor, de incomodidad, de malestar y tambi&eacute;n de placer. El mismo cuerpo que se fortalece y se deteriora, que cambia. El cuerpo que se manifiesta hambriento, voluptuoso, que se enferma. Con ese cuerpo el bailar&iacute;n baila. Herman Cornejo, a quien escuch&eacute; decir en una entrevista:<strong> &ldquo;Yo nac&iacute; para la danza&rdquo;</strong> es alguien que sabe, con un saber no sabido, o mejor: sin la pesadez que el saber supone, ser ligero.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>VC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Virginia Cosin]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/dios-bailar_129_9802379.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 17 Dec 2022 03:17:03 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un Dios que sabe bailar]]></media:title>
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