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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Yiya Murano]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/yiya-murano/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Yiya Murano]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[Hasta que un día llegaron ellos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/dia-llegaron_1_9848034.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3fa3ba8d-ea91-414c-836a-d32603e296f0_16-9-discover-aspect-ratio_default_1063905.jpg" width="1313" height="738" alt="Hasta que un día llegaron ellos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El asesinato de Fernando Báez Sosa retiene las claves de lo que somos. Mirarlo de cerca es mirarnos de cerca. Crimen, clase y pigmentación en la historia trágica de la Argentina matanegros.
</p><p class="subtitle">Primera semana de audiencias del juicio por el crimen de Fernando: “Todo duele porque estamos viendo cómo mataron a nuestro hijo”</p><p class="subtitle">Los 8 rugbiers: quién es y qué hizo cada uno de los acusados de matar a Fernando</p></div><p class="article-text">
        Si todo preso es pol&iacute;tico,<strong> todo crimen es cultural</strong>. Las masitas de <strong>Yiya Murano </strong>entregan una cartograf&iacute;a bastante completa de las se&ntilde;oras de clase media, toda esa nomenclatura del t&eacute;, la vajilla y los modales puesta a matar para evadir pagar&eacute;s. Asesinato en el mundo de las finanzas de barrio, prestamistas de ac&aacute; a la vuelta, la Argentina que cacarea amistad y te sirve cianuro.
    </p><p class="article-text">
        Nadie se hubiera fascinado con unos rulos morochos, pero los de <strong>Carlos Robledo Puch</strong> eran el mism&iacute;simo sol de la bandera. Y como el hombre que muerde al perro, <strong>el rubio que mata es noticia.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Porque el negro mata.&nbsp; El rubio en cambio lleva encima la pigmentaci&oacute;n ang&eacute;lica de las criaturas de Dios. <em>El &Aacute;ngel</em>, la pel&iacute;cula que narra la vida de Robledo Puch, tramit&oacute; estos consensos. Llegar al cine es llegar a un umbral de los consenos p&uacute;blicos: te&ntilde;&iacute; esos rulos con negro Issue y te qued&aacute;s sin estreno.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Las masitas de Yiya Murano entregan una cartografía bastante completa de las señoras de clase media, toda esa nomenclatura del té, la vajilla y los modales puesta a matar para evadir pagarés."
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            <span class="title">
                Las masitas de Yiya Murano entregan una cartografía bastante completa de las señoras de clase media, toda esa nomenclatura del té, la vajilla y los modales puesta a matar para evadir pagarés.                            </span>
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        A los cr&iacute;menes de lesa les corresponde otra escala: no hay crimen m&aacute;s crimen que el crimen de lesa humanidad. Ahora, el resto del devenir criminal es ejecutado hacia el interior de nuestra condici&oacute;n dom&eacute;stica: el robo del siglo son unos tipos que hab&iacute;an visto pel&iacute;culas de robos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>El crimen como una operaci&oacute;n de dragado cultural, como una excavaci&oacute;n al fondo marr&oacute;n de lo que somos.</strong>
    </p><p class="article-text">
        El crimen como un absceso, como una gota de pus sobre el tejido urgente de la consciencia. El absceso es una acumulaci&oacute;n de gl&oacute;bulos blancos y bacterias (pus) que el cuerpo crea para provocar dolor y encender as&iacute; el alertas de la infecci&oacute;n. Despu&eacute;s el dolor se purga. Pero no hay cura sin tajo.
    </p><p class="article-text">
        Diez rugbiers matan al hijo de un encargado paraguayo a la salida de una disco con nombre franc&eacute;s en un balneario inventado por el hippismo argentino. Hablemos de qui&eacute;nes somos.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Deporte y clase</strong></h3><p class="article-text">
        En 2008 fui Santa Fe a conocer a don Amilcar Brusa, el tipo que fabric&oacute; a <strong>Carlos Monz&oacute;n</strong> como campe&oacute;n del mundo. Lo encontr&eacute;, con m&aacute;s de 80 a&ntilde;os, en un gimnasio de UPCN haciendo guantear a los pibes que llegaban de las villas. Una noche, comiendo chup&iacute;n de s&aacute;balo en el quincho de Chiquito, me lo dijo as&iacute;:
    </p><p class="article-text">
        -<em> Los chicos que vienen a verme pelean para comer.</em>
    </p><p class="article-text">
        Al d&iacute;a siguiente fuimos a un entrenamiento. El &uacute;nico rival que subi&oacute; al ring era la condici&oacute;n de clase porque peleaban contra uno otro, pero en rigor peleaban con el hambre.
    </p><p class="article-text">
        Deporte y clase es un tag que las narrativas period&iacute;sticas argentinas han tipificado lateralmente, en general a trav&eacute;s de una historia superadora que postula inspiraci&oacute;n. Pero la trama cultural, historicista, nunca queda dicha en esos cuentos del d&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        <strong>En contrasimter&iacute;a al boxeo, el polo est&aacute; igualmente atravesado por la circunstancia de clase</strong>. Hasta el plan quinquenal de Per&oacute;n, que masific&oacute; la moto Puma y el Rastrojero Diesel, el caballo era todav&iacute;a un bien utilitario del argentino suburbano. De hecho el Turf era el f&uacute;tbol antes de f&uacute;tbol, un asunto de masas que ten&iacute;a en <strong>Irineo Leguizamo</strong> a su D10S y en <strong>Carlos Gardel</strong>, al potro que lo cantaba. La industrializaci&oacute;n desplaz&oacute; al animal y la tracci&oacute;n a sangre fue quedando sumergida hasta alcanzar la &uacute;ltima napa de la indigencia cartonera. Hacia el v&eacute;rtice superior de la pir&aacute;mide social, en cambio, el caballo se volvi&oacute; el Lotus de un patriciado criollo reducido al haras de su expresi&oacute;n estanciera.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Los pobres son pobres, los ricos son ricos, la diversidad -en cambio- es una pertenencia de clases medias.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Los caddies del golf, tenis deporte blanco, negro tumba del ring. En el paisaje que se forma cuando deporte y clase obtienen su cruce, el rugby tambi&eacute;n se deja leer aunque como una expresi&oacute;n menos definitiva que el polo o el boxeo. Es l&oacute;gico: <strong>los pobres son pobres, los ricos son ricos, la diversidad -en cambio- es una pertenencia de clases medias. </strong>Clases de clase media: la ilustrada, la cuentapropista, clase media empleada, pyme, propietaria, clase media que alquila. Clase media progre, clase media gorra. LGTB+ y mataputo. Peronista y antiperonista. Abortera y antiderecho. De la avenida Santa Fe y de Montes de Oca al fondo. El mosaico es ancho y el rugby expresa uno de esos bordes, uno de los tantos bordes de clases medias que tenemos, la m&aacute;s aspiracional seg&uacute;n la s&iacute;ntesis del imaginario, ese tanteo de la verdad que construimos entre todos.<strong> No corresponde ubicar al capital simb&oacute;lico del rugby en un tejido de clases altas, sino en un deseo de cierta clase media por percibirse alta</strong>. Ning&uacute;n joven de clase verdaderamente acomodada veranea en Villa Gesell. El rugby es una conjetura social.
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                Nadie se hubiera fascinado con unos rulos morochos, pero los de Carlos Robledo Puch eran el mismísimo sol de la bandera. Y como el hombre que muerde al perro, el rubio que mata es noticia.                            </span>
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        La clase media del rugby es Homero Simpson, el flojo, celebrando su musculatura en el espejo.
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, no siempre el rugby contuvo en su naci&oacute;n intramuros esta expresi&oacute;n desencantada de violencia tilinga. Hay un dato sorprendente, o por lo menos inesperado, que reubica a la familia del rugby argentino en un contexto de trascendencia pol&iacute;tica: <strong>de los 220 deportistas desaparecidos por la dictadura c&iacute;vico militar, 150 son rugbiers. </strong>Es decir, cuando hubo que enfrentar el terrorismo de Estado, el rugby puso los muertos.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">De los 220 deportistas desaparecidos por la dictadura cívico militar, 150 son rugbiers. Es decir, cuando hubo que enfrentar el terrorismo de Estado, el rugby puso los muertos</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo se explica? En los setenta, la impronta simb&oacute;lica de <strong>Ernesto Guevara Lynch de la Serna</strong>, el Che, muerto en 1967, se extend&iacute;a con la fuerza de su arquetipo: el joven de clases altas que juega al rugby y decide que le dar&aacute; la espalda a sus procedencias para dejar la vida combati&eacute;ndolas. Antes de remera, Guevara fue ejemplo de una praxis y el deporte que practicaba form&oacute; parte de esa edificaci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El personaje y su mito, sin embargo, son insuficientes para agotar la respuesta, lo que produce la necesidad de afinar la pregunta: &iquest;c&oacute;mo se narra la curva que va de la juventud rugbier revolucionaria de los setenta a la bulla de pendejos que veranean en Gesell creyendo que se broncean bajo el sol de Jos&eacute; Ignacio?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Los rugbiers desaparecidos eran estudiantes de la universidades p&uacute;blicas&rdquo;</em>, dice Gustavo Veiga, autor de <em>Deporte, desaparecidos y dictadura</em> (Ediciones Al Arco, 2006). Sigue Veiga: <em>&ldquo;yo jugu&eacute; al rugby en los setenta, lo hice en un club de Lan&uacute;s. Entren&aacute;bamos en el campito, de noche, porque todos labur&aacute;bamos. Nos toc&oacute;, por supuesto, jugar contra Newman o Champagnat, y ah&iacute; se ve&iacute;a claramente un perfil de clase que es el que se impuso como totalidad del rugby, pero esa totalidad es un estigma. Hay, tambi&eacute;n, un rugby popular&rdquo;</em>.
    </p><p class="article-text">
        El club de rugby que m&aacute;s desaparecidos tiene es La Plata Rugby Club, con 20 jugadores -Dios m&iacute;o, esa ciudad.
    </p><p class="article-text">
        Dice Juan Branz, doctor en Comunicaci&oacute;n Social de la Universidad de La Plata, autor de <em>Machos de verdad - Masculinidades, clase y deporte en Argentina</em> (Ed. Mascar&oacute;, 2020), investigador CONICET y ex jugador de rugby, que el rugby divide para distinguirse. La divis&oacute;n es entre macho y puto, entre blancos y negros. Dice que el rugby obtura el pleno acceso a partir de esa escisi&oacute;n estructural de su comportamiento social. Cito a Branz de su texto publicado en la revista Anfibia:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Hacer deporte entre varones no es constatar cu&aacute;n heterosexual sos, pod&eacute;s ser o deb&eacute;s ser. Por el contrario: compartir un espacio deportivo con otros varones es exponerte a la medici&oacute;n de cu&aacute;n &rdquo;puto&ldquo; sos. Esto no implica &ndash;necesariamente- que te gusten tus compa&ntilde;eros o alg&uacute;n otro pibe extragrupo. No. Esto significa cooperar en un espacio donde no se admite &lsquo;lo otro&rsquo;. Convertir al otro en puto es convertirse uno mismo: la constituci&oacute;n propia a partir de nombrar al otro. Perpetrar al otro mediante violencias (simb&oacute;lica y f&iacute;sica) es la celebraci&oacute;n de la propia masculinidad que no acepta otro modo de vincularse con otro var&oacute;n.&rdquo;</em>
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, no hay forma de desentramar g&eacute;nero y clase. El hombre puto est&aacute; haciendo un viraje hacia la mujer. Y el hombre negro est&aacute; haciendo un viraje hacia el pobre. Ambos, en el paradigma de la clase media que se desmarca de s&iacute; misma, merecen violencia f&iacute;sica y simb&oacute;lica. Contini&uacute;a Branz:
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;La negritud reside en una diferencia de estilo y de clase. La negritud tiene correlaci&oacute;n con lo que, en tendencia, la grupalidad del rugby denomina como &lsquo;grasa&rsquo;. Lo que no es &lsquo;fino&rsquo;. Lo que no resiste un est&aacute;ndar refinado de costumbres tales como &lsquo;hablar correctamente&rsquo;, &lsquo;estar instruido&rsquo;, &lsquo;vestirse mal&rsquo; u &lsquo;oler mal&rsquo;, &lsquo;tener mal gusto&rsquo;. Pero esta divisi&oacute;n trae consigo la separaci&oacute;n moral del mundo entre &lsquo;blancos&rsquo; y &lsquo;negros&rsquo;, que es la correlaci&oacute;n del &lsquo;nosotros&rsquo; y &lsquo;ellos&rsquo; y del &lsquo;buenos&rsquo; y &lsquo;malos&rsquo;, respectivamente.&rdquo;</em>
    </p><p class="article-text">
        Lo que le gritaron a Fernando B&aacute;ez Sosa antes de matarlo entre ocho, fue: negro de mierda. Y lo que hicieron despu&eacute;s, esos ocho, fue matarlo por negro.
    </p><h3 class="article-text"><strong>El Negro argentino</strong></h3><p class="article-text">
        Para el 17 de Octubre de este a&ntilde;o, en Panam&aacute; Revista, el historiador Ernesto Sem&aacute;n traz&oacute; una historia breve del desclasado patrio que es, a la vez, signo del sustrato nacional y enemigo de la naci&oacute;n: el gaucho, el compadrito, el cabecita negra, el choriplanero. El siglo XIX, primera y segunda mitad del XX, actualizaci&oacute;n del XXI: he aqu&iacute; cuatro veces el negro argentino atravesando los tres siglos que llevamos de pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        La piba que me pari&oacute; era una adolescente que trabajaba en la limpieza, en la Rosario de principios de los setenta. Adem&aacute;s de joven, tambi&eacute;n era negra y era pobre. A tal punto que no pudo quedarse conmigo y arregl&oacute; mi adopci&oacute;n cuando todav&iacute;a me llevaba en la panza. Era muqui, como Nicole Unter&uuml;berbacher Neumann llam&oacute; a Pampita. As&iacute; que soy hijo de Muqui. Y si era Muqui, era negra. As&iacute; que soy hijo de negra. La familia que me adopt&oacute;, los seselovskys, me cri&oacute; en un tres ambientes de Barrio Norte, me llev&oacute; a Disney con el d&oacute;lar barato del a&ntilde;o 81, a GEBA durante el resto de la d&eacute;cada y cuando cumpl&iacute; los 18 me regalaron un Fiat Vivace cero kil&oacute;metro. As&iacute; que crec&iacute; como lo que Luis D&rsquo;El&iacute;a ha llamado un blanco del centro. Hab&iacute;a una tira en la contratapa de Clar&iacute;n de un sujeto que era periodista y se llamaba El Negro Blanco. Yo soy ese enunciado bic&eacute;falo, yo habito esa esquizofrenia de clase.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Fui tantas veces a Gesell y tantas veces a bailar a Le Brique que, reacomodadas las coordenadas de tiempo y lugar, ese negro de mierda al que le patearon la cabeza hasta matarlo podr&iacute;a haber sido yo.
    </p><p class="article-text">
        La noci&oacute;n argentina (la naci&oacute;n tambi&eacute;n, pero la noci&oacute;n es un constitutivo anterior) ha sido atrapada, dicha, para siempre enunciada en una l&iacute;nea breve de naturaleza adversativa y conjunci&oacute;n en pugna, cimiento del edificio que somos, la l&iacute;nea que nos funda y nos matriza, el tuit fijado del siglo XIX: <strong>civilizaci&oacute;n o barbarie, los 23 caracteres del determinismo nacional</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Es cierto, en el original de Sarmiento la O es una Y, pero esa copulativa, como un falso 9, est&aacute; jugando de lo que no es. Civilizaci&oacute;n y barbarie significa civilizaci&oacute;n <em>O </em>barbarie, porque la copulativa ingresa lo que la adversativa excluye. Y no estaba hecho de inclusiones el proyecto del pa&iacute;s unitario. Si esa Y hubiera sido verdadera, el coronel Mansilla no hubiera fracasado cuando en 1870 volvi&oacute; de su excursi&oacute;n a los indios Ranqueles y le dijo a la sociedad porte&ntilde;a que el indio era tambi&eacute;n un argentino.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si <em>&ldquo;seamos libres que lo dem&aacute;s no importa nada&rdquo;</em> es la l&iacute;nea hacia afuera que tramita nuestra independencia,<em> &ldquo;civilizaci&oacute;n o barbarie&rdquo;</em> es la l&iacute;nea hacia adentro que tramita nuestra guerra civil, la voz que la sella y la valida. Es una l&iacute;nea cuya instauraci&oacute;n definitiva dice: son ellos o nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Mansilla fracas&oacute; pol&iacute;ticamente porque crey&oacute; en una conjunci&oacute;n que no era.
    </p><p class="article-text">
        Sarmiento se interes&oacute; por una civilizaci&oacute;n que, entre otras cosas, pasara a deg&uuml;ello al Gaucho. Roca ejecut&oacute; esa orden con el Indio. Al compadrito lo mat&oacute; la traza metalmec&aacute;nica de la urbe en expansi&oacute;n devorando la orilla. Al Cabecita lo mataron en la plaza del 55 y el choriplanero es asesinado todos los d&iacute;as en el timeline de nuestra conversaci&oacute;n nacional que usa nombres propios (el Braian, la Jessy) para consolidar el desprecio y atribuirse una supremac&iacute;a ya no pol&iacute;tica, ya no moral, sino est&eacute;tica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;La grieta es est&eacute;tica&rdquo;</em>, escribi&oacute;, sin verg&uuml;enza aparente de haberlo escrito, Javier Navia, director de La Naci&oacute;n Revista, el d&iacute;a que <strong>Alberto Fern&aacute;ndez</strong> asumi&oacute; la presidencia de la Naci&oacute;n. Esa tarde, con un calor de 40 grados, las mujeres conurbanas se refrescaron en el ag&uuml;ita de la fuente, los remerones haciendo vac&iacute;o contra las panzas alimentadas a olla, sus hijos en s&iacute;mil Crocs chapotenado en el pilet&oacute;n patrio del pobrer&iacute;o. Lo escribi&oacute;, Navia, porque no hay matices ni medias tintas en el tracto sentencioso de la historia argentina y porque la orden es una orden clara: el Negro, no. La deriva de esa negaci&oacute;n es la supresi&oacute;n. La deriva de esa supresi&oacute;n es la muerte. La l&iacute;nea que condensa todas estas derivadas es: al Negro se lo mata.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Clase y g&eacute;nero</strong></h3><p class="article-text">
        Matar al indio. Matar al negro. Matar al pobre. Matar a la mujer.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Hay 30 a&ntilde;os entre el caso Mar&iacute;a Soledad y el crimen de los rugbiers, y sin embargo es posible rastrear una conversaci&oacute;n entre ambos, alcanza con cruzar tres coordenadas comunes.</strong> Uno: ambos fueron perpetrados en grupo por, dos, hijos de una clase que se cre&iacute;a con privilegios sobre otra y que, tres, gozaron al matar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El femicidio de Mar&iacute;a Soledad Morales en la Catamarca de los Saadi inaugur&oacute; la conciencia sobre el pa&iacute;s del interior feudal, conciencia que fue rubricada 13 a&ntilde;os despu&eacute;s por el doble crimen de la D&aacute;rsena, en la Santiago del Estero de los Ju&aacute;rez.
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            <span class="title">
                Enero de 2020. Los rugbiers son detenidos acusados de haber asesinado a Fernando Báez Sosa.                            </span>
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        El asesinato de Fernando B&aacute;ez Sosa todav&iacute;a necesita el asiento de la historia y sus perspectiva para entregar un sentido acabado, pero puede leerse en &eacute;l, menos de un a&ntilde;o despu&eacute;s de haber ocurrido, una trama de g&eacute;nero: los rugbiers tambi&eacute;n son v&iacute;ctimas. Son asesinos y son v&iacute;ctimas. Del mandato patriarcal de la superioridad f&iacute;sica que valida una hombr&iacute;a entendida a partir de la violencia f&aacute;ctica. De la convicci&oacute;n aprendida hacia el interior del ghetto rugbier de que el macho real es el que pega m&aacute;s fuerte. Asesinos de Fernando, son. Y v&iacute;ctimas de un paradigma de la sociedad y la cultura, tambi&eacute;n.
    </p><p class="article-text">
        En el caso de los rugbiers hay una aspecto fuertemente diferencial con respecto a Mar&iacute;a Soledad:<strong> buscaron ser vistos al matar, quisieron producir espectadores</strong> -y esos espectadores produjeron prueba material. No fue solo un asesinato, fue tambi&eacute;n la vidriera de un asesinato. Miren c&oacute;mo pego, m&iacute;renme pegar. Miren c&oacute;mo mato, m&iacute;renme matar. Y de paso gr&aacute;benlo con sus celulares.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">En cada acción que llevaron adelante esa madrugada a la salida de Le Brique viaja la expectativa de un voyeur que asegure, con su voyeurismo, la victoria. Porque el triunfo debe ser triunfo atestiguado.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        En cada acci&oacute;n que M&aacute;ximo Thomsen; Ciro, Lucas y Luciano Pertossi; Enzo Comelli; Blas Cinalli; Ayrton Viollaz; Mat&iacute;as Benicelli; llevaron adelante esa madrugada a la salida de Le Brique viaja la expectativa de un voyeur que asegure, con su voyeurismo, la victoria. Porque el triunfo debe ser triunfo atestiguado.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;De todos ellos, fue Mat&iacute;as Benicelli, cuya camisa seg&uacute;n las pericias qued&oacute; impregnada con la sangre de Fernando B&aacute;ez Sosa, quien le grit&oacute;, despu&eacute;s de matarlo: &ldquo;ah&iacute; ten&eacute;s, negro de mierda&rdquo;. Eduardo Benicelli, padre de Mat&iacute;as, es cazador. Sube fotos con su hijo, un rifle y un ant&iacute;lope muerto. Un hijo que mata por placer con un padre que mata por placer.
    </p><h3 class="article-text"><strong>#Felizmente</strong></h3><p class="article-text">
        &iquest;Cu&aacute;nto dura una noticia en el cuerpo? Dos aviones se incrustan en las torres gemelas de New York, todos giramos la cabeza y nos quedamos mirando. Pasan unas semanas, unos meses, y la noticia empieza a ser la memoria de una noticia, va convirti&eacute;ndose en su propio aniversario. Un pa&iacute;s entero estaba mirando con espanto e indignaci&oacute;n los videos que llegaban desde Villa Gesell cuando alguien dijo: coronavirus.
    </p><p class="article-text">
        Y de golpe los rugbiers asesinos fueron desplazados por la potencia pand&eacute;mica de un acontecimiento planetario. El asunto podr&iacute;a ir quedando atr&aacute;s, entonces, hasta que se actualice con la novedad de la condena, si es que efectivamente los asesinos reciben la prisi&oacute;n perpetua que el expediente parece prometer. Pero en rugbiers hay algo m&aacute;s que un hecho con fuerza de tapa. <strong>Rugbiers es un crimen que retiene las claves de lo que somos. Mirarlo de cerca es mirarnos de cerca.</strong>
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; es de mierda, el negro? &iquest;En qu&eacute; v&eacute;rtice de la historia argentina fue escrita la l&iacute;nea que Mat&iacute;as Benicelli solt&oacute; la noche en que asesin&oacute; a Fernando B&aacute;ez Sosa? &iquest;C&oacute;mo viaj&oacute; desde el fondo de nuestras constituciones hasta su boca?
    </p><p class="article-text">
        Sarmiento, el hombre que redact&oacute; los tutoriales de la patria, dedic&oacute; las p&aacute;ginas 238 y 239 de Facundo, seg&uacute;n mi edici&oacute;n 2011 de Eudeba, a la cuesti&oacute;n de la piel y de la raza. Cito a Domingo F., de su pu&ntilde;o y de su letra, haciendo espada de su pluma y su palabra:
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Existen en Buenos Aires una multitud de negros (...) que forman asociaciones seg&uacute;n los pueblos africanos a los que pertenecen, tienen reuniones p&uacute;blicas, caja municipal y un fuerte esp&iacute;ritu de cuerpo que los sotiene en medio de los blancos. (...) Rosas se form&oacute; una opini&oacute;n p&uacute;blica, un pueblo adicto en la poblaci&oacute;n negra de Buenos Aires. (...) Los negros, ganados as&iacute; para el Gobierno pon&iacute;an en manos de Rosas un celoso espionaje en el seno de cada familia por los sirvientes y esclavos, proporcion&aacute;ndole, adem&aacute;s, exclentes e incorruptibles soldados de una raza salvaje. (...) Felizmente, las continuas guerras han exterminado ya la parte masculina de esta poblaci&oacute;n</em>&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Pocos días después del crimen, el presidente Alberto Fernández recibió en su despacho de la Casa Rosada a Silvio Báez y Graciela Sosa, los padres de Fernando."
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            <span class="title">
                Pocos días después del crimen, el presidente Alberto Fernández recibió en su despacho de la Casa Rosada a Silvio Báez y Graciela Sosa, los padres de Fernando.                            </span>
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        Hashtag felizmente. Siempre hubo una Argentina que sinti&oacute; felicidad frente a la muerte del negro, frente a su matanza y desaparici&oacute;n. <em>&iquest;A contemplar el banco de su felicidad, entonces, se dio vuelta M&aacute;ximo Thomsen?</em> Esa Argentina sigue ah&iacute; y cuando no consigue matar al negro, cuando no consigue desaparecerlo, entonces le asigna la &uacute;lcera de un resentimiento. Felizmente muertos. Felizmente desaparecidos. Felizmente asesinados. Nadie adverbia como Sarmiento.
    </p><p class="article-text">
        Noche de entre semana, televisi&oacute;n abierta encendida, Cantando 2020, eso que desde hace 30 a&ntilde;os llamamos &ldquo;el programas de Marcelo&rdquo; es la caja de resonancia de nuestra rutina de masas, una terminaci&oacute;n nerviosa de la circunstancia social. Karina J&eacute;sica Tejeda, Princesita del pueblo cumbiero, artista estelar de Magenta Discos, sello insigne de la movida tropical, califica con un 1 la performance de Esmeralda Mitre. Esmeralda Mitre, chozna del dos veces presidente de la rep&uacute;blica Bartolom&eacute; Mitre, impulsor de la hegemon&iacute;a porte&ntilde;a y el unitarismo puro y duro, se molesta y renuncia. Despu&eacute;s declara:
    </p><p class="article-text">
        -Me cans&eacute; de las resentidas.
    </p><p class="article-text">
        La asignaci&oacute;n del resentimiento es un t&oacute;pico de las elites sociales y econ&oacute;micas, en general m&aacute;s preocupadas por la urgencia de usufructuar el mundo antes que por la demora de tener que explicarlo. Esta asignaci&oacute;n les entrega una comprensi&oacute;n r&aacute;pida y suficiente. &iquest;C&oacute;mo no vas a estar resentido si sos negro, si sos pobre? Esta bala suele perforar el cuerpo de los alegatos de izquierda y las discursivas populares, es decir, es un bala que entra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, no puedo estar de acuerdo con las respuestas que suelen organizarse, en especial cuando ese resentimiento es negado. Por supuesto que existe, por supuesto que es real. Solo que ese no es el punto, el punto es la doma de esa ofuscaci&oacute;n para la producci&oacute;n de una alquimia que haga del resentimiento, capital.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esta es una idea sobre la que suelo volver: el resentimiento es un enojo, una rabia, una furia. Como dijimos, una ofuscaci&oacute;n. Es decir, una energ&iacute;a. Es cierto que, a priori, pareciera negativa. S&iacute;, en su origen seguramente lo es porque es producida por un acto que se percibe injusto. Pero finalmente es tambi&eacute;n una fuerza, un vigor. Domar la enjundia del resentimiento y ponerla al servicio de una obra es obtener potencia para traccionar un proyecto, una empresa, una vida entera. El resentimiento bajo control, con distribuci&oacute;n ajustada, reconvertido en &iacute;mpetu, en br&iacute;o, en intensidad, en valor, en car&aacute;cter, en pujanza, en definitiva, en poder, puede llevarte lejos y un d&iacute;a sos Eva Per&oacute;n y al d&iacute;a siguiente sos Diego Maradona.
    </p><p class="article-text">
        A m&iacute; que me den todo el resentimiento del mundo, yo me encargo despu&eacute;s de ponerlo en bidones y volverlo nafta.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Asunci&oacute;n</strong></h3><p class="article-text">
        Dos contra uno es de cagones. Ocho contra uno no se me ocurre c&oacute;mo nombrarlo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ser&aacute; que nos merecemos un crimen as&iacute;. Como sociedad, como conjunto de personas que comparten devenir y lo hacen sobre un mismo territorio y bajo una misma bandera. Ser&aacute; que nos corresponde esta verruga de espanto, muerte y dolor aparecida sobre la extensi&oacute;n de nuestra piel com&uacute;n. Ser&aacute; que no tenemos piel com&uacute;n.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Rugbiers es un crimen que retiene las claves de lo que somos. Mirarlo de cerca es mirarnos de cerca.                            </span>
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        Entre la profusi&oacute;n de notas, informes especiales, m&oacute;viles desde la puerta de Le Brique, guardias a los familiares y otras narrativas de la indignaci&oacute;n urgente, en Infobae pudimos leer una columna del periodista Lalo Zanoni que, despu&eacute;s de un descripci&oacute;n del historial de violencia que le toc&oacute; atestiguar como ex jugador, ped&iacute;a la autocr&iacute;tica de la familia rugbier argentina. <em>&ldquo;Fernando B&aacute;ez Sosa es el Croma&ntilde;&oacute;n del rugby&rdquo;</em>, escribi&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Nueve meses despu&eacute;s, me cruzo con un flyer de la Uni&oacute;n de Rugby de Buenos Aires, la URBA. Se trata de una invitaci&oacute;n a una charla por Zoom cuyo t&iacute;tulo es:&nbsp; &ldquo;Rugby y masculinidades&rdquo;. Dentro de la URBA, la que organiza el evento es la Comisi&oacute;n Para la Formaci&oacute;n Integral y Mejora del Comportamiento. Va de nuevo: Mejora del Comportamiento. Es maravillosa la capacidad del nombre para contener la asunci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Es, este flyer, una victoria? &iquest;Implica, esta invitaci&oacute;n, alguna clase de triunfo pol&iacute;tico, social, cultural, de g&eacute;nero? Yo aguantar&iacute;a la respuesta, yo esperar&iacute;a que responda la Historia.
    </p><p class="article-text">
        Cualquier d&iacute;a de estos vamos a estar mirando un partido de Aldosivi y de golpe una placa de noticiero va a farolear su &uacute;ltimo momento: CONDENAN A LOS RUGBIERS QUE MATARON A FERNANDO, dir&aacute;. Entonces este pa&iacute;s ser&aacute; el mismo, pero no exactamente el mismo.
    </p><p class="article-text">
        <em>AS</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>(Este texto fue publicado en la edici&oacute;n papel de la </em><a href="https://www.instagram.com/aguinaldorevista/?hl=es" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Revista Aguinaldo,</em></a><em> N&uacute;mero 3, Diciembre del 2020)</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro Seselovsky]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/dia-llegaron_1_9848034.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 07 Jan 2023 03:25:17 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Hasta que un día llegaron ellos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Fernando Báez Sosa,Caso Báez Sosa,Yiya Murano,Robledo Puch,Desaparecidos]]></media:keywords>
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