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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Alejandro Caravario]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/alejandro-caravario/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Alejandro Caravario]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El fin del periodismo y otras historias]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/periodismo-historias_129_9885982.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ed1b2868-be85-454d-b6ac-f1fcde4540d3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El fin del periodismo y otras historias"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Cualquiera escribe una novela", afirma el autor, y se explaya: Consiste en dos operaciones: empezarla y terminarla. Algo tan fácil como encender y apagar una lámpara". Apuntes sobre la nueva novela de Alejandro Caravario.</p></div><p class="article-text">
        Cualquiera escribe una novela. Es un derecho de las personas alfabetizadas, y de las analfabetas tambi&eacute;n, porque no hay por qu&eacute; acordar con una lengua dada para escribirla: se la puede inventar. El rencor de Saer con &ldquo;el escribano jubilado que escribe su novela&rdquo; no tiene justificaci&oacute;n. Est&aacute; fundado en un prejuicio aristocr&aacute;tico, y en un indisimulable tufillo a concebir la novela, en todo caso a aceptarla, bajo la condici&oacute;n de que sea un asunto de profesionales, de entendidos en una materia de la que nadie est&aacute; en condiciones de dar c&aacute;tedra.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; tendr&iacute;a de inaceptable que, por dar un ejemplo cualquiera, Mauricio Macri se levantara de la cama como todos los mediod&iacute;as y dijera: &ldquo;voy a escribir una novela&rdquo;? Tiene asesores literarios de primer nivel que podr&iacute;an imprimirle y subrayarle unos briefs para entrenarlo acerca de todo Cervantes, Proust, Balzac, Stendhal y Andahazi, y el cabo de una o dos jornadas intensivas (mejor una) en las que se descargar&iacute;an tormentas de tramas, personajes y emociones, darle la oportunidad de experimentar la ilusi&oacute;n de libertad m&aacute;s grande que se pueda tener sobre esta tierra inviable.
    </p><p class="article-text">
        Cualquiera puede escribir una novela por la sencilla raz&oacute;n de que escribir una novela es cualquiera (lo que le inyecta garrafas, damajuanas de iron&iacute;a a las palabras &ldquo;novela&rdquo; y &ldquo;novelista&rdquo;). Consiste en dos operaciones: empezarla y terminarla. Algo tan f&aacute;cil como encender y apagar una l&aacute;mpara. O m&aacute;s f&aacute;cil todav&iacute;a: encenderla, y esperar que se apague sola. Y despu&eacute;s es cuesti&oacute;n de ver c&oacute;mo el mercado de la suerte interviene sobre el producto, y c&oacute;mo la o &eacute;l novelista ambientan su figura para cazar compradores de libros desarmados. Se puede contratar una gigantograf&iacute;a en la Avenida Lugones, plotear las lunetas de los bondis con retratos de los artistas que den un efecto de sabidur&iacute;a, usar tiradores, hacerse amigo de famosos o directamente serlo.
    </p><p class="article-text">
        Esos, m&aacute;s todos los habitantes del mundo, son los novelistas &ldquo;de derecho&rdquo;, y ojal&aacute; alg&uacute;n d&iacute;a no le quede a nadie una novela por hacer. Los novelistas &ldquo;de hecho&rdquo; son menos abundantes y m&aacute;s discretos. Uno de ellos, emblem&aacute;tico por su manera de sustraerse al traj&iacute;n de los escenarios, es <strong>Alejandro Caravario</strong>, que acaba de publicar <em>Una isla argentina</em> (H&iacute;brida Editora, 2022) y que es &iquest;qu&eacute;? No es f&aacute;cil saberlo, lo que no implica dificultades en la relaci&oacute;n con el libro sino asumir sin deprimirnos que el &iquest;qu&eacute;? de las historias, para no hablar del &iquest;qui&eacute;n?, tiene la estructura de una ilusi&oacute;n rota.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El sentido de la vida, ¿existe? ¿Existe realmente? ¿O es un sticker aleatorio que se le pega a la vida de una manera tan arbitraria como se le podría poner cualquier nombre a cualquier cosa? </p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        La primera postulaci&oacute;n de <em>Una isla argentina, </em>que ya hab&iacute;a sido formulada en su novela anterior, <em>Librer&iacute;as Palmer</em> (Hojarasca, 2021), con esa delicadeza que tiene Caravario para llevar la reconstrucci&oacute;n de experiencias al campo de la traducci&oacute;n emotiva, en las que rozan sus filamentos los ej&eacute;rcitos a menudo enfrentados de los pensamientos y los sentimientos, es la siguiente: no hay unidad. De nada. No la hay en el individuo, ni en los hechos, ni en los recursos con que se pueden contar los hechos. Lo que hay son enigmas de la existencia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El narrador de <em>Una isla argentina</em> no sabe qu&eacute; est&aacute; contando. Esa ignorancia tiene todo el sentido del mundo por una causa determinante: est&aacute; hablando de &eacute;l, y lo hace en un intersticio que se abre entre el cementerio del pasado (plagado de muertes del &ldquo;yo&rdquo;) y un futuro en el que lo que se espera puede y no puede ocurrir. Nunca se &ldquo;es&rdquo; nada. Siempre se &ldquo;era&rdquo; alguien. En el caso del personaje de Caravario, que cuenta su historia recibiendo los efectos de incertidumbre del tiempo real, fue un cronista de ciclismo que cae por el palo enjabonado de la desocupaci&oacute;n y la inutilidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De las crueldades inducidas por lo que el narrador de Caravario, llamado Solito (lo que pide el diminutivo es piedad), considera El Sistema, hay que anotar la farsa de obtener la identidad personal a trav&eacute;s de la identidad laboral. Ambas son falsas, y se desploman juntas, y es en ese desplazamiento hacia abajo en el que ocurre <em>Una isla argentina</em>. Con una paradoja vinculada a la altura.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Solito va heredar la fortuna de su padre, un lobo de la especulaci&oacute;n financiera, a cuya mansi&oacute;n de barrio cerrado regresa luego de una doble desocupaci&oacute;n (a la laboral se le agrega la matrimonial). La deriva podr&iacute;a tener un sentido ascendente si se juzgan los beneficios materiales del porvenir inmediato, pero para Solito, el salto de clase hacia arriba no puede sino ser una ca&iacute;da al vac&iacute;o. Es la lectura implacable de la existencia propia lo que est&aacute; en juego, no la vulgaridad del confort concedido por la loter&iacute;a de la sangre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El sentido de la vida, &iquest;existe? &iquest;Existe <em>realmente</em>? &iquest;O es un sticker aleatorio que se le pega a la vida de una manera tan arbitraria como se le podr&iacute;a poner cualquier nombre a cualquier cosa? Para no entrar en los terrenos de la solemnidad, en los que Caravario se niega a poner un pie, ese sentido, el que sea que se haga presente o le falte a la vida, se vuelca sobre los hechos cotidianos. Respecto del trabajo, reflexionando en estado de resignaci&oacute;n sobre la muerte del periodismo, y no solo del de bicicletas. La disciplina ya no existe en general, nadie la pr&aacute;ctica. Su reemplazo se ha consolidado en favor de la tendencia que la consagra como un entretenimiento malo, mal&iacute;simo, de chispas negras, que mantienen vivo el malestar social y la acumulaci&oacute;n de poder.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ya no hay aire en el ambiente, excepto el irrespirable. Solito conoce el asunto, como conoce &ldquo;la potencia del deseo verdadero&rdquo; (aquel que tiene &ldquo;m&aacute;s intensidad que la vida&rdquo;), las diferencias entre &ldquo;estar con alguien y amar&rdquo; y el misterio de vivir, de haber vivido, dado que &ldquo;no hay modo de que el pasado no vuelva como enigma&rdquo;, que es lo que por lo general se dice del futuro.
    </p><p class="article-text">
        El poder de Caravario para escribir sus historias en las que el pasado est&aacute; siempre por delante (son historias de un pasado que <em>todav&iacute;a</em> no pas&oacute;) se ejerce por discreci&oacute;n. Uno puede detenerse en su prosa con la lupa en la mano, mirarla del derecho y del rev&eacute;s, someterla a la luz y revisarla letra por letra, y lo que va a resplandecer es el don de alguien que convierte las joyas en bloques de oro. Una especie de refinamiento invertido, de voluntad esencialista, que nos ilusiona con la idea de que la literatura puede regresar a la vida de la que sali&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        <em>JJB</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan José Becerra]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/periodismo-historias_129_9885982.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Jan 2023 03:02:26 +0000]]></pubDate>
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