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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - diego fischerman]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/diego-fischerman/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - diego fischerman]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Melissa Aldana, la primera mujer en entrar en la lista de los 5 mejores intérpretes de saxo tenor del mundo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/melissa-aldana-primera-mujer-entrar-lista-5-mejores-interpretes-saxo-tenor-mundo_129_10398077.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/45c76320-1bc1-40ff-bcf6-ddd68f8b5a25_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Melissa Aldana, la primera mujer en entrar en la lista de los 5 mejores intérpretes de saxo tenor del mundo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La saxofonista chilena se presentará el 24 y 25 de julio en el Bebop Club de Buenos Aires. </p></div><p class="article-text">
        La lista de los cinco mejores int&eacute;rpretes de saxo tenor, en la &uacute;ltima encuesta entre cr&iacute;ticos de jazz de la revista especializada Down Beat &ndash;el prestigioso <em>Critics Poll</em> que publica anualmente desde 1952&ndash;, incluye, junto a <strong>Charles Lloyd, Chris Potter, Joe Lovano</strong> y <strong>James Brandon Lewis</strong>, a <strong>Melissa Aldana</strong>. No resulta sorprendente, para cualquiera que haya escuchado su &uacute;ltimo disco, <em>12 Stars</em> &ndash;el primero en el sello Blue Note&ndash;, su solo en &ldquo;Goddess of The Hunt&rdquo;, el tema que abre el primer &aacute;lbum del grupo Artemis, o la extraordinaria versi&oacute;n, grabada en vivo, de &ldquo;The Peacocks&rdquo; en que se suma al d&uacute;o de la cantante <strong>C&eacute;cile McLorin Salvant </strong>y el pianista <strong>Sullivan Fortner.</strong>&nbsp;
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        Pero se trata de la primera vez que una mujer aparece en los primeros puestos de esa selecta lista en una categor&iacute;a como el saxo tenor, que hasta hace muy poco parec&iacute;a exclusivamente masculina &ndash;all&iacute; han estado <strong>John Coltrane, Sonny Rollins</strong> o <strong>Branford Marsalis</strong>, por solo nombrar algunos&ndash;. Y es la primera ocasi&oacute;n, tambi&eacute;n, en que una m&uacute;sica nacida en Chile merece tales honores. &ldquo;A partir de la pandemia comenc&eacute; a reflexionar bastante acerca de la responsabilidad que significa ser latinoamericana en ese contexto&rdquo;, dice Aldana a elDiarioAr en las v&iacute;speras de sus pr&oacute;ximas actuaciones en Buenos Aires. &ldquo;El folklore chileno no fue algo cercano para m&iacute; en mi infancia &ndash;cuenta&ndash;. En casa&nbsp; se escuchaba jazz&rdquo;. De hecho su padre, <strong>Marcos Aldana</strong>, tambi&eacute;n saxofonista, fue su primer maestro. &ldquo;Pero en los Estados Unidos, y en el jazz, &lsquo;latino&rsquo; significa caribe&ntilde;o. Y mi tradici&oacute;n es muy distinta. Pienso que una debe ser fiel a s&iacute; misma. Mi verdadera cultura es la de una hija de un saxofonista de jazz nacida en Santiago de Chile, una capital cosmopolita. No creo que sea honesto negar ninguna de esas cosas. Ni lo chileno ni el jazz. Posiblemente mi manera de tocar no sea exactamente igual a la de otros. Pero tampoco me interesa hacer postales falsas. Mi responsabilidad es ser yo misma.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        <a href="https://www.passline.com/eventos-plano/melissa-aldana-quartet-24072023-2000h" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">Melissa&nbsp;Aldana actuar&aacute; el lunes 24 y el martes 25, ambos d&iacute;as en dos funciones (a las 20 y a las 22.45) en el Bebop Club (Uriarte 1658)</a>. Estar&aacute;n junto a ella <strong>Lex Korten</strong> en piano, <strong>Pablo Menares</strong> en contrabajo y <strong>Kush Abadey </strong>en bater&iacute;a. &ldquo;Ser mujer y ser chilena tal vez me haya significado un esfuerzo mayor para convencer a otros. Pero desde que llegu&eacute; a los Estados Unidos hubo siembre m&uacute;sicos que me escucharon, me ense&ntilde;aron y me apoyaron&rdquo;. No es un dato menor que entre esos m&uacute;sicos hayan estado <strong>George Coleman, Jimmy Heath, Joe Lovano, Bill Pierce </strong>y <strong>Greg Osby</strong>. Ni que un jurado integrado entre otros por <strong>Wayne Shorter, Bobby Watson </strong>y <strong>Branford Marsalis</strong> le otorgara el Premio Thelonious Monk en 2013. De aquel tribunal tambi&eacute;n form&oacute; parte la gran <strong>Jane Ira Bloom</strong>, figura central en su instrumento, el saxo soprano. &ldquo;<em>12 Stars</em> es un disco m&aacute;s &iacute;ntimo que los anteriores &ndash;explica Aldana&ndash;. El t&iacute;tulo remite al Tarot y a la carta de la emperatriz. Y su m&uacute;sica es el producto de mis reflexiones en soledad, durante el confinamiento.&rdquo;
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    </figure><p class="article-text">
        El escritor <strong>Raymond Carver </strong>dec&iacute;a que todo buen cuento debe ser inquietante. La definici&oacute;n bien puede extenderse a todo el arte. Y el estilo de Melissa Aldana lo es. En el centro hay una t&eacute;cnica deslumbrante, que le permite saltar hacia un agudo en pian&iacute;simo, casi en sordina, o hacia un grave extremo sin cambiar un &aacute;pice la intensidad del sonido (escuchar, por ejemplo, &ldquo;Los ojos de Chile&rdquo; en su &uacute;ltimo disco). O &ldquo;desafinar&rdquo; con precisi&oacute;n milim&eacute;trica los milagrosos microtonos en la lectura de &ldquo;The Peacocks&rdquo; mencionada con anterioridad (&ldquo;No fue nada preparado; me invitaron a subir al escenario, despu&eacute;s de un d&iacute;a en que hab&iacute;amos estado comiendo asado y tomando vino, y surgi&oacute; eso&rdquo;, relata). Pero ese es apenas el medio. Jam&aacute;s su control sobre el instrumento est&aacute; en primer plano. Lo que se escucha, en cambio, es esa inquietante contig&uuml;idad entre un sonido contenido hasta el extremo, usualmente sin vibrato alguno, casi implosivo, y desarrollos de ideas eruptivas, expansivas, hasta violentas. El sonido, la m&aacute;xima obsesi&oacute;n de los m&uacute;sicos de jazz, significa, en ese g&eacute;nero, mucho m&aacute;s que el timbre. Involucra el fraseo, las respiraciones, los impulsos. Es ni m&aacute;s ni menos que el estilo. Desde <strong>King Oliver</strong> en adelante todo m&uacute;sico de jazz ha buscado su propio sonido. <strong>Melissa Aldana </strong>lo ha encontrado.
    </p><p class="article-text">
        <em>DF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/melissa-aldana-primera-mujer-entrar-lista-5-mejores-interpretes-saxo-tenor-mundo_129_10398077.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 23 Jul 2023 03:01:26 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Del otro lado del espejo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/lado-espejo_129_10361088.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/411b74e0-69d7-4b86-9d05-29b99721d05c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Del otro lado del espejo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Meshell Ndegeocello crea en su último disco, The Omnichord Real Book, un mundo de reflejos e imágenes sonoras que se desplazan y ponen en escena la difuminación de límites, de género y de géneros. 
Novedades y rescates en la red, entre las redes.

</p></div><p class="article-text">
        Cruce de caminos, hubiera dicho <strong>Robert Johnson</strong>. Historias americanas (y habr&iacute;a que precisar: norteamericanas), como ense&ntilde;aron <strong>Carson McCullers, Dorothy Parker, Cormac McCarthy, Flannery O&rsquo;Connor</strong> o, desde el lado paranoico del espejo, <strong>Philip Dick</strong> y <strong>Thomas Pynchon</strong>. En todo caso, nada podr&iacute;a ser m&aacute;s (norte) americano que una estrella de un g&eacute;nero al costado de varios g&eacute;neros: rapper y bajista, compositora y cantante, sesionista de los Stones o de <strong>Madonna</strong> y fundadora de una suerte de neo-soul (o neo-pop o neo-jazz o neo-funk, vaya a saberse).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hija de un sargento mayor del ej&eacute;rcito que tocaba el saxo, nacida en uno de los lados de Berl&iacute;n (cuando se llamaba Occidental) con el nombre de Michelle Lynn Johnson y bautizada a s&iacute; misma como <strong>Meshell Ndegeocello</strong>, que en swahili significa &ldquo;libre como un p&aacute;jaro&rdquo;, negra, queer, contestataria y experimental, ella acaba de sacar un nuevo disco en cuyo t&iacute;tulo se homenajea a la vez la idea del <em>Real Book</em> &ndash;la Biblia del jazz, donde figuran la melod&iacute;a y el cifrado arm&oacute;nico de todos los temas cl&aacute;sicos del g&eacute;nero&ndash; y un instrumento japon&eacute;s de pl&aacute;stico, el omnichord, tan despreciado por la <em>inteligentsia</em> como valorado por personajes como <strong>Brian Eno, Joni Mitchell </strong>y <strong>Damon Albarn</strong>. En <em>The Omnichord Real Book</em>, no obstante, es bueno saber que el instrumento del t&iacute;tulo aparece bajo una capa de elaboraci&oacute;n (o de elaboraciones sucesivas) en la que participan, adem&aacute;s, notables de muy variadas extracciones: el pianista <strong>Jason Moran</strong>, el trompetista <strong>Ambrose Akinmusire</strong>, el guitarrista <strong>Jeff Parker, Joel Ross</strong> en vibr&aacute;fono y la arpista <strong>Brandee Younger.</strong>
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    </figure><p class="article-text">
        Por otra parte, nada podr&iacute;a ser m&aacute;s (sud) americano &ndash;cuestiones de la distribuci&oacute;n de m&uacute;sica en el patio trasero del patio trasero y de la falta de canales de divulgaci&oacute;n que hablen de lo que el mercado no habla&ndash; que el hecho de que una artista multipremiada y con una carrera de treinta a&ntilde;os plagada de hallazgos y sorpresas, sea aqu&iacute;, donde actu&oacute; en 2016, mucho menos conocida que lo que merecer&iacute;a. Sus primeros discos, <em>Plantation Lullabies</em> (1993) y <em>Peace Beyond Passion</em> (1996) circulan por los l&iacute;mites (o exactamente sobre los l&iacute;mites) del funk. El tercero, <em>Bitter,</em> de 1999, los traspasa. Ya la introducci&oacute;n del cuarteto de cuerdas en &ldquo;Adam&rdquo; y la exquisita, hipn&oacute;tica, balada que le sigue, &ldquo;Fool of Me&rdquo;, hablan de otra cosa. De algo que se expandir&iacute;a en el inclasificable <em>The Spirit Music Jamia: Dance of the Infidel</em> editado en Francia en 2005. All&iacute;, en un &aacute;lbum que no es de jazz pero que usa al jazz como uno de sus materiales, participan m&uacute;sicos como <strong>Oliver Lake, Don Byron, Kenny Garrett</strong> o <strong>Jack DeJohnette</strong> &ndash;todos ilustres m&uacute;sicos de jazz&ndash; y en un tema, &ldquo;The Chosen&rdquo; canta <strong>Cassandra Wilson.</strong>&nbsp;
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        <em>The Omnichord Real Book</em>, el debut de Ndegeocello en el sello Blue Note, como mucho de lo que est&aacute; viendo la luz &uacute;ltimamente, tuvo su g&eacute;nesis durante el confinamiento a causa de la pandemia de Covid. Experimentos con el famoso omnichord que despu&eacute;s fueron derivando hacia un disco en que el eclecticismo y la heterogeneidad &ndash;o las maneras de bordear estilos sin acabar de fijarlos en la imagen&ndash; se convierte en norma. La primera canci&oacute;n, &ldquo;Georgia Ave&rdquo;, sobre un ostinato r&iacute;tmico, va sumando capas de peque&ntilde;os comentarios instrumentales. La que le sigue, &ldquo;An Invitation&rdquo;, parte del m&aacute;s banal de los comienzos y tambi&eacute;n en este caso va convirtiendo ese material primigenio en irreconocible. En &ldquo;Call The Tune&rdquo; son las voces las que rarifican la pintura original y en &ldquo;Towers&rdquo; unos acordes casi Beatles derivan hacia un mundo sonoro donde el pop aparentemente sencillo de la superficie es permanentemente interpelado, desplazado o difuminado. El primer tema t&iacute;pico del disco es el m&aacute;s at&iacute;pico de todos, una especie de balada en la que Jason Moran, desde el piano, va moviendo permanentemente el fondo para desfigurar la figura. Todo el &aacute;lbum es una especie de juego de reflejos falsos y fantasmas, donde nada es exactamente lo que parece en primera instancia. Eventualmente, la trompeta de Akinmusire en &ldquo;Burn Progression&rdquo; &ndash;nuevamente en un tema que se va astillando y transformando en su transcurso&ndash; est&aacute; entre lo mejor de un &aacute;lbum en el que no podr&iacute;a haber mejor cierre que el de &ldquo;Virgo 3&rdquo;, con una guitarra r&iacute;tmica casi &ldquo;disco&rdquo;, arreglos del vanguardista <strong>Oliver Lake,</strong> una plegaria (&ldquo;They&rsquo;re calling me&rdquo;) que parece evocar el &ldquo;A Love Supreme&rdquo; de <strong>John Coltrane</strong>, un arpa que recuerda a su esposa Alice y, como sustrato, un bajo ultra funk y, claro, el omnichord.
    </p><p class="article-text">
        <em>DF&nbsp; </em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/lado-espejo_129_10361088.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 08 Jul 2023 03:05:21 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Nadie recuerda a Dick Haymes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/nadie-recuerda-dick-haymes_129_10342479.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9f402a01-6781-4687-8235-91bb6d028cf7_16-9-discover-aspect-ratio_default_1076466.jpg" width="879" height="494" alt="Dick Haymes."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Nació en la Argentina. Fue una de las grandes voces del Siglo XX. Cantó con las mejores orquestas. Grabó con los arreglos más sofisticados. Rivalizó con Sinatra. Fue una estrella de Hollywood y se casó con Rita Hayworth. Pero nadie recuerda a Dick Haymes. Novedades y rescates en la red, entre las redes.

</p></div><p class="article-text">
        Perdieron todo con la sequ&iacute;a de 1921. El R&iacute;o Salado era un hilo de agua. El Samboromb&oacute;n se cruzaba a pie. Los pastos, amarillos, estaban quemados por el sol. Les hab&iacute;an dicho que en esas tierras bajas el peligro mayor ser&iacute;an las inundaciones. Pero ese a&ntilde;o no vieron llover y, en cambio, el ganado se les iba muriendo de a poco. De hambre y de sed. Ella, una irlandesa que hab&iacute;a cantado en comedias musicales, empez&oacute; a dar clases de canto en los peque&ntilde;os pueblos del sudeste de Buenos Aires: Dolores, Castelli, Pila. &Eacute;l, un ingl&eacute;s que hab&iacute;a manejado ganado en su pa&iacute;s y en Escocia, se sumi&oacute; en la depresi&oacute;n. Su hijo, <strong>Richard Benjamin Haymes</strong>, ten&iacute;a tres a&ntilde;os.&nbsp;
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                Dick Haymes se casó con Rita Hayworth en 1953.                            </span>
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        A partir de all&iacute;, las diferentes biograf&iacute;as cuentan cosas distintas. Que sus padres se separaron y que la madre puso primero una tienda de ropa en R&iacute;o de Janeiro y luego se fue a Par&iacute;s, donde educ&oacute; a su hijo. O que juntos viajaron por distintos lugares hasta recalar en los Estados Unidos. Y tal vez sea ese el primer misterio relativo a ese argentino que veinte a&ntilde;os despu&eacute;s fue presentado por <strong>Frank Sinatra</strong> a <strong>Tommy Dorsey</strong> para que lo reemplazara como cantante principal de su orquesta (ya lo hab&iacute;a hecho con <strong>Harry James</strong>) y que se convirti&oacute;, seg&uacute;n <strong>Louella Parsons</strong>, la influyente periodista de espect&aacute;culos, en uno de los tres cantantes m&aacute;s importantes de la &eacute;poca, junto con Sinatra y <strong>Bing Crosby</strong>. Lo que se sabe es que, en 1935, el peque&ntilde;o granjero argentino, ya se llamaba Dick, trabajaba como doble de riesgo en la industria del cine y que a fines de esa d&eacute;cada, a los 19 a&ntilde;os, se mud&oacute; a Nueva York y comenz&oacute; a cantar con las principales orquestas de la &eacute;poca.&nbsp; Se sabe que fue una estrella, y se cas&oacute; con <strong>Rita Hayworth</strong>, y se neg&oacute; a ser reclutado como soldado, en la Segunda Guerra Mundial, aduciendo que era argentino y ciudadano de un pa&iacute;s neutral. Y que en 1955 su carrera se hab&iacute;a terminado con la misma velocidad con la que hab&iacute;a comenzado, que despu&eacute;s fue olvidado por casi todos y que hoy son muy pocos los que saben qui&eacute;n fue <strong>Dick Haymes</strong>, el argentino que rivaliz&oacute; con Sinatra.
    </p><p class="article-text">
        Haymes ten&iacute;a todo para desplazarlo, empezando por una mayor apostura f&iacute;sica y por una voz de bar&iacute;tono de una belleza sobrenatural. Y, de hecho, en alg&uacute;n momento lleg&oacute; a ser m&aacute;s popular que &eacute;l. Grab&oacute; en d&uacute;o con <strong>Helen Forrest </strong>y <strong>Judy Garland</strong>. Y sus versiones de &ldquo;A Sinner Kissed an Angel&rdquo;, registrada en 1941 con <strong>Harry James</strong>, y &ldquo;Serenade in Blue&rdquo; con <strong>Benny Goodman </strong>en 1942, son verdaderas obras maestras. Y en 1943, con &ldquo;You&rsquo;ll Never Know&rdquo;, grabada junto con el grupo vocal <strong>The Song Spinners</strong>, super&oacute; el mill&oacute;n de copias vendidas. &ldquo;Les debo a mi madre el haber aprendido a cantar, a Harry James la idea de que cada canci&oacute;n debe ser cantada con todo el coraz&oacute;n y a Tommy Dorsey el saber respirar mientras canto&rdquo;, agradec&iacute;a el cantante.
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        La cantidad de pel&iacute;culas que protagoniz&oacute; en esos a&ntilde;os, por otra parte, es un indicio de su renombre: <em>Irish Eyes Are Smiling</em>, de 1944 &ndash;con <strong>June Haver</strong>&ndash;, <em>Billy Rose&rsquo;s Diamond Horseshoe</em>, con <strong>Betty Grable</strong>, y <em>State Fair</em>, con <strong>Jean Crain </strong>y <strong>Dana Andrews</strong> (ambas de 1945), <em>Do You Love Me</em>, con <strong>Maureen O&rsquo;Hara</strong> (1946), <em>The Shocking Miss Pilgrim</em>, nuevamente con Grable, y <em>Carnival in Costa Rica</em>, con <strong>Vera Ellen </strong>(ambas de 1947) y <em>Up in Central Park</em>, junto a <strong>Deanna Durbin,</strong> y <em>One Touch of Venus</em>, con <strong>Ava Gardner</strong> (las dos en 1948). Incidentalmente, en <em>State Fair,</em> aparec&iacute;a una canci&oacute;n que se converti&oacute; m&aacute;s adelante en un cl&aacute;sico del jazz y que Haymes fue el primero en grabar. &ldquo;It Might as Well Be Spring&rdquo;, con m&uacute;sica de <strong>Richard Rodgers</strong> y letra de <strong>Oscar Hammerstein II,</strong> gan&oacute; el Oscar de ese a&ntilde;o a mejor canci&oacute;n original. En la pel&iacute;cula la cantaba el personaje actuado por <strong>Jeanne Crain,</strong> que, en realidad, estaba doblada por <strong>Louanne Hogan</strong>. Haymes actuaba all&iacute; pero no cantaba. Sin embargo, ese mismo a&ntilde;o registr&oacute; la canci&oacute;n para Decca, junto a la orquesta de <strong>Victor Young</strong>, uno de los directores del sello. Y volver&iacute;a a hacerlo en 1955, con arreglos de <strong>Johnny Mandel,</strong> en la que ser&iacute;a una de las dos mejores versiones jam&aacute;s grabadas de esa canci&oacute;n (la otra fue, obviamente, la de Sinatra en <em>Sinatra with Strings</em>, de 1962, con arreglos de Don Costa).
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    </figure><p class="article-text">
        Casi podr&iacute;a hablarse de vidas paralelas. Haymes y Sinatra actuaron con las mismas orquestas y, ya como solistas, tuvieron los mismos arregladores (Haymes grab&oacute; a partir de 1946 con <strong>Gordon Jenkins</strong>, que una d&eacute;cada m&aacute;s tarde orquestar&iacute;a algunas de las mejores obras de Sinatra, Mandel trabaj&oacute; tambi&eacute;n con ambos). Los dos tuvieron grandes contratos cinematogr&aacute;ficos en la d&eacute;cada de 1940, el primero con 20th Century Fox y el segundo con la Metro y ambos se casaron con las actrices m&aacute;s bellas: Haymes con Joanne Dru, en 1941, y con <strong>Rita Hayworth,</strong> en 1953, y Sinatra con <strong>Ava Gardner.</strong> Y, sobre todo, ambos tuvieron problemas con el alcohol y ambos vieron, en un momento, c&oacute;mo se derrumbaban sus carreras. <strong>Francis Scott Fitzgerald </strong>dijo alguna vez que no hab&iacute;a segundos actos en las vidas norteamericanas. No fue cierto para Sinatra pero s&iacute; para Haymes, que a partir de 1955, en que incluso intentaron deportarlo a la Argentina, pr&aacute;cticamente desapareci&oacute; de la escena. Ese a&ntilde;o se separ&oacute; de Hayworth, <strong>Harry Cohn</strong>, cabeza de la Columbia y enamorado infructuosamente de la actriz, se cobr&oacute; su venganza y sus borracheras hicieron el resto, radi&aacute;ndolo casi por completo del cine, las actuaciones en vivo y las grabaciones. Desde 1952 no registraba un solo disco y en diciembre recibi&oacute;, por parte de Capitol, una especie de &uacute;ltima oportunidad. Fueron dos sesiones de grabaci&oacute;n, en ese mes y en abril de 1956. La vida de Haymes no mejor&oacute; pero edit&oacute; dos discos notables, ambos con arreglos de Mandel y Ian Bernard, <em>Rain or Shine</em> &ndash;con la mencionada &ldquo;It Might As Well Be Spring&rdquo;, &ldquo;How Deep is The Ocean&rdquo; y &ldquo;The Nearness of You&rdquo; para la antolog&iacute;a) y <em>Moondreams</em> (inolvidable &ldquo;If I Should Lose You&rdquo;).&nbsp;
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        Lo que sigui&oacute; fue un prolongado ocaso, con ocasionales apariciones en televisi&oacute;n, una larga estad&iacute;a en Europa en los &rsquo;60, cantando en hoteles menguantes, y un regreso a los Estados Unidos en la d&eacute;cada siguiente, en que grabar&iacute;a sus dos &uacute;ltimos discos, <em>For You, For Me, Forever More</em> y <em>As Time Goes By</em> &ndash;reeditado como <em>Keep It Simple</em>&ndash;<em>,</em> ambos con el tr&iacute;o de <strong>Loonis McGlohon</strong>. El 28 de marzo de 1980, poco antes de cumplir 62 a&ntilde;os, muri&oacute; de c&aacute;ncer.&nbsp;
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        <em>DF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/nadie-recuerda-dick-haymes_129_10342479.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Jul 2023 03:23:16 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Nadie recuerda a Dick Haymes]]></media:title>
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      <title><![CDATA[El arte de la obsesión]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/arte-obsesion_129_10322813.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/58131040-9702-4243-a197-4a73789482e2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0." width="1200" height="675" alt="El arte de la obsesión"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">De obra vanguardista a hit imprevisto. Del maquinismo futurista y del “tejido orquestal sin música”, en palabras de Maurice Ravel, a pieza de Benny Goodman o de King Crimson, el Boléro ocupa un extraño lugar en el canon y la reciente grabación dirigida por François-Xavier Roth le devuelve, además de la velocidad y el sonido originales, la modernidad. 
Novedades y rescates en la red, entre las redes.

</p></div><p class="article-text">
        El tal&oacute;n de la pierna izquierda, situado detr&aacute;s de la derecha inm&oacute;vil, sube y baja r&iacute;tmicamente. El brazo derecho se eleva lentamente y luego desciende. Luego el izquierdo repite el movimiento. Despu&eacute;s el vientre se suma a la pulsaci&oacute;n del tal&oacute;n izquierdo y unos instantes despu&eacute;s ambos brazos, lentamente, se superponen a ese latido. La expresi&oacute;n de la cara es hier&aacute;tica. As&iacute; comienza una de las escenas de baile m&aacute;s famosas de la cinematograf&iacute;a, aquella en que todos los personajes que hab&iacute;an participado de la pel&iacute;cula miraban a <strong>Jorge Donn</strong> bailar el <em>Bol&eacute;ro </em>de Maurice Ravel, (mal) intervenido por <strong>Francis Lai</strong>. El film, <em>Los unos y los otros</em>, es de 1982 y fue dirigido &ndash;como casi siempre al borde de la cursiler&iacute;a&ndash; por <strong>Claude Lelouch</strong>.&nbsp;
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        La coreograf&iacute;a, de <strong>Maurice B&eacute;jart,</strong> hab&iacute;a sido compuesta especialmente para la bailarina Duska (Dusanka) Sifnios, que hab&iacute;a ingresado a la compa&ntilde;&iacute;a <em>Ballet del Siglo XX</em> en 1960 y estren&oacute; la obra en enero de 1961.
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            </figure><p class="article-text">
        La m&uacute;sica, compuesta por <strong>Maurice Ravel </strong>en 1928, se convirti&oacute; r&aacute;pidamente en un hit, para sorpresa de su autor. Inspirada&nbsp; &ldquo;en la idea de una f&aacute;brica&rdquo;, pensada &ldquo;como un experimento en una direcci&oacute;n muy especial y limitada&rdquo; y definida por &eacute;l como &ldquo;tejido orquestal sin m&uacute;sica&rdquo;, el <em>Bol&eacute;ro</em> es, eventualmente, la obra m&aacute;s extra&ntilde;a que pueda imaginarse. Y su sorprendente modernidad viene a cuento de una grabaci&oacute;n que acaba de publicarse, dirigida por uno de los grandes conductores del momento, Fran&ccedil;ois-Xavier Roth, al frente de la orquesta Les Si&egrave;cles, que &eacute;l fund&oacute;. All&iacute;, la velocidad es la que Ravel deseaba, las dimensiones de la orquesta se asemejan a las del estreno y los instrumentos (incluyendo violines, violas, cellos y contrabajos con cuerdas de tripa y antiguos bronces franceses de finales del siglo XIX) son los que el compositor ten&iacute;a en mente al escribir este obra en que, en sus propias palabras, no hay otra cosa que la orquesta. Los tres solos de saxo &ndash;tenor, soprano y sopranino&ndash; nunca se escucharon as&iacute;, en todo caso, y esta lectura restituye, adem&aacute;s, las casta&ntilde;uelas y tambores de la versi&oacute;n original.
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    </figure><p class="article-text">
        &ldquo;No debe sospecharse que apunta a lograr algo diferente o algo m&aacute;s de lo que realmente logra&rdquo;, le dijo Ravel a <strong>Michel-Dimitri Calvocoressi</strong>. &ldquo;Compuse el Bol&eacute;ro para orquesta a pedido de Madame Ida Rubinstein. Es una danza en un tempo muy moderato y absolutamente uniforme en cuanto a la melod&iacute;a, armon&iacute;a y ritmo, el cual es marcado incesantemente por el tambor&rdquo;, escribi&oacute; el compositor en una escueta autobiograf&iacute;a. &ldquo;El &uacute;nico elemento de variedad lo aporta el crescendo orquestal&rdquo;. Y para ponerlo en escena de una manera aun m&aacute;s clara utiliza el recurso de la modulaci&oacute;n &ndash;pasar de una escala y centro tonal a otro&ndash;, esencial a la idea de desarrollo y de riqueza musical durante casi dos siglos, casi como un chiste, yendo de Do Mayor a Mi Mayor unos veinte segundos antes del final: un acorde disonante y una especie de derrumbe .&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una de las dos obsesiones de <strong>Maurice Ravel </strong>en relaci&oacute;n con esta composici&oacute;n&nbsp; ten&iacute;a que ver con la velocidad. Toscanini, el primero que la dirigi&oacute; como obra de concierto, al poco tiempo de sus estreno como pieza de ballet, la hab&iacute;a despachado en menos de 14 minutos, lo que le parec&iacute;a &ldquo;un tempo rid&iacute;culo&rdquo;. &Eacute;l hablaba de unos 17 minutos pero en 1930 realiz&oacute; una grabaci&oacute;n y su tiempo fueron 15.50. Piero Coppola, que registr&oacute; el <em>Bol&eacute;ro </em>con su supervisi&oacute;n, lo hizo en 15:40.&nbsp; En la partitura hay una indicaci&oacute;n metron&oacute;mica tachada, &ldquo;negra=76&rdquo; (o sea 76 pulsos en un minuto) y reemplazada por &ldquo;negra=62&rdquo;, que es la indicaci&oacute;n escrupulosamente respetada por Roth y que hace que la pieza dure 15 minutos con 16 segundos. El otro malentendido que Ravel se ocup&oacute; de tratar de disipar era el de su supuesta espa&ntilde;olidad: &ldquo;No debe ser pintoresca y no hay ninguna intenci&oacute;n de que se convierta en una postal tur&iacute;stica&rdquo;. Y aclaraba, por si hiciera falta: &ldquo;Salvo el ritmo, y cierta idea de monoton&iacute;a, que tiene que ver con las melod&iacute;as &aacute;rabe-andaluzas, aqu&iacute; no hay nada de bol&eacute;ro&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La bailarina<strong> Ida Rubinstein</strong> era una rica empresaria que compet&iacute;a, al frente de la compa&ntilde;&iacute;a que llevaba su nombre, con los famosos Ballet Russes de <strong>Sergei Diaghilev,</strong> del que hab&iacute;a formado parte en la juventud. La coreograf&iacute;a del Bol&eacute;ro le fue encargada a <strong>Bronislava Nijinska</strong> y Rubinstein, que en 1928 ten&iacute;a 42 a&ntilde;os, decidi&oacute; volver a bailar en p&uacute;blico. El escritor cubano Alejo Carpentier, que en ese entonces, a los 24 a&ntilde;os, viv&iacute;a en Par&iacute;s, asisti&oacute; al estreno. &ldquo;Cometi&oacute; el error de creer que su talento de m&iacute;mica le permitir&iacute;a abordar nuevamente la danza &mdash;fue danzarina hace muchos a&ntilde;os&mdash;, sin peligros&rdquo;, escribi&oacute;.&nbsp;
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                Retrato de Ida Rubinstein pintado por Valentin Serov en 1910.                            </span>
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        Hubo, en rigor, muchas nuevas coreograf&iacute;as del <em>Bol&eacute;ro</em> y muchas de ellas &ndash;incluyendo la de B&eacute;jart&ndash; tomaron la idea original de una bailarina &ndash;o bailar&iacute;n&ndash; sobre una mesa. Fue una de las pocas obras que Ravel escribi&oacute; especialmente para orquesta &ndash;la mayor&iacute;a fueron orquestaciones de piezas compuestas originalmente para piano&ndash; y una de sus &uacute;ltimas creaciones. No se sabe casi nada de su vida privada y es muy poco lo que se sabe de su muerte y, sobre todo, del motivo por el que despu&eacute;s del <em>Bol&eacute;ro </em>apenas cre&oacute; tres obras, los dos conciertos para piano (el <em>Concierto en Sol</em> y el <em>Concierto para la mano izquierda</em>, ambos de 1929) y el <em>Quijote y Dulcinea</em> de 1933. El a&ntilde;o anterior hab&iacute;a sufrido un fuerte golpe en la cabeza a causa de un accidente mientras viajaba en taxi. Algunos de sus amigos dijeron que ten&iacute;a momentos de ausencia desde antes. Hubo m&eacute;dicos que diagnosticaron un tumor preexistente y otros que hablaron de deterioro mental, a secas. En 1937, a los 62 a&ntilde;os, fue operado y, despu&eacute;s de una breve mejor&iacute;a, muri&oacute;.&nbsp; El <em>Bol&egrave;ro</em>, por su parte, tuvo extra&ntilde;as sobrevidas: en 1939 fue grabado por la orquesta de <strong>Benny Goodman</strong>; en 1962 <strong>Gilbert Becaud l</strong>o utiliz&oacute; como tel&oacute;n de fondo de la canci&oacute;n &ldquo;Et manteinant&rdquo;; en 1970 su ritmo insistente fue parte del tema &ldquo;Lizard&rdquo;, de King Crimson &ndash;y habr&iacute;a que pensar que mucha de la obra de <strong>Robert Fripp</strong> le est&aacute; en deuda&ndash;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
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        <em>DF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/arte-obsesion_129_10322813.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 24 Jun 2023 03:01:40 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El arte de la obsesión]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[diego fischerman,Maurice Ravel]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Taylor Swift, el arte de contar pequeñas historias]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/taylor-swift-arte-contar-pequenas-historias_129_10282140.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b7ec00f3-9543-4734-acae-efd95748afae_16-9-discover-aspect-ratio_default_0." width="1200" height="675" alt="Taylor Swift, el arte de contar pequeñas historias"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Es la cantante más exitosa del momento. Sus shows hacen colapsar los sitios de venta de entradas y no hay premio que no haya ganado. Algunos consideran a Taylor Swift una artista única y otros no entienden por qué. Es un fenómeno pop. Y es, también, otra cosa. Novedades y rescates en la red, entre las redes.

</p></div><p class="article-text">
        Una joven con anteojos y el pelo sujeto en una cola de caballo. Al lado un genio humeante reci&eacute;n salido de una l&aacute;mpara encantada. Y un peque&ntilde;o texto: &ldquo;&iquest;Entradas para <strong>Taylor Swift</strong>? S&eacute; razonable?&rdquo;. El chiste fue publicado por <em>The New Yorker</em> el 25 de enero pasado. Empezaba la era de la <em>Era&rsquo;s Tour</em>, que traer&aacute; a la compositora y cantante a la Argentina para hacer tres presentaciones en River el pr&oacute;ximo noviembre &ndash;las entradas ya est&aacute;n pr&aacute;cticamente agotadas&ndash; y que hizo colapsar a Ticketmaster en los Estados Unidos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se trata, por un lado, de la artista m&aacute;s exitosa de los &uacute;ltimos tiempos, con ventas millonarias y nominaciones y premios incontables. Pero, ya se sabe, el &eacute;xito tiene sus razones y no necesariamente coinciden con m&eacute;ritos de otra naturaleza. Swift hace m&uacute;sica pop. Es una artista pop, con todo lo que eso implica. Usa el octavador, hay un igualador tecno en mucho de lo que hace y si alguien busca riqueza arm&oacute;nica o resoluciones mel&oacute;dicas inesperadas en sus canciones es posible que no las encuentre. Y s&iacute;. El pop es tan generacional como el tango y los ochenta y los noventa, para algunos la decadencia y el final de todo, para muchos es la m&uacute;sica de la ni&ntilde;ez y la adolescencia. Seguramente para quienes no crecieron con el pop &ndash;con ese pop&ndash; es distinto que para los que s&iacute;. Pero adem&aacute;s, si se atraviesa el l&iacute;mite del g&eacute;nero (y de la generaci&oacute;n), resulta que en Taylor Swift, cuyo nombre parece haber sido un homenaje de sus padres a <strong>James Taylor</strong>, hay otra cosa, empezando por esa extraordinaria tradici&oacute;n norteamericana que es la <em>short </em>story, ese tono a <strong>Dorothy Parker</strong> que impregna muchas de las mejores canciones populares del &uacute;ltimo siglo y al que Swift tributa con devoci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Taylor Swift empez&oacute; alguna vez en el country &ndash;esa palabra en que la idea de pa&iacute;s devino en g&eacute;nero musical&ndash;, fue una celebridad a los 16 a&ntilde;os, con su primer disco &ndash;<em>Taylor Swift</em>, de 2006&ndash;, fue criticada por novios fugaces, ex novios fugaces y, claro, cr&iacute;ticos, ensa&ntilde;ados con su inconsecuencia, con sus flirteos, con su moral y, obviamente, con su voz y su manera de cantar, y se dedic&oacute; a contestarle a cada uno de ellos. Finalmente, su voz no era la que otros quer&iacute;an; era exactamente la que le serv&iacute;a.&nbsp;
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    </figure><p class="article-text">
        Se retir&oacute; durante dos a&ntilde;os, en que nada se supo de ella, en el momento de mayor exposici&oacute;n medi&aacute;tica, convirti&oacute; un insulto (que ella era una serpiente) en s&iacute;mbolo, fue, en sus letras, del sexo expl&iacute;cito a la explicitaci&oacute;n de que el sexo era parte de la felicidad, resolvi&oacute; un conflicto con un sello discogr&aacute;fico que la hab&iacute;a estafado volviendo a grabar sus primeros tres discos con el agregado de la leyenda &ldquo;Taylor&rsquo;s Version&rdquo;, y, sobre todo, convirti&oacute; la <em>canci&oacute;n de desamor</em> en una de las bellas artes y supo construir, en la madurez, una &eacute;pica de lo cotidiano femenino &ndash;incluyendo el el&aacute;stico flojo del pantal&oacute;n de la maternidad, el pasillo a oscuras y la luz de noche brillando en el ba&ntilde;o y la patada en la vejiga de la persona por nacer&ndash;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las canciones son muchas cosas a la vez. Como puede leerse en los trabajos recopilados por <strong>Abel Gilbert </strong>y <strong>Mart&iacute;n Liut</strong> en <em>Las mil y una vidas de las canciones</em>, publicado por ese extra&ntilde;o milagro editorial argentino llamado <em>Gourmet Musical</em>, son parte &ndash;y a veces la parte m&aacute;s importante&ndash; de la vida de las personas. Pretender separarlas de la afectividad, de su lugar en la conformaci&oacute;n de identidades y de sus funcionamientos sociales es, en todo caso, imaginarlas como algo que no son. Como esferas perfectas en el vac&iacute;o en un mundo donde no hay vac&iacute;o y las esferas est&aacute;n lejos de ser perfectas.
    </p><p class="article-text">
        En los tres &uacute;ltimos discos de Taylor Swift, los casi gemelos <em>Folklore</em> y <em>Evermore</em>, de 2020 &ndash;frutos del aislamiento a causa de la pandemia&ndash; y el intimista &ndash;a su manera&ndash; <em>Midnights</em>, publicado el a&ntilde;o pasado, la est&eacute;tica de las tapas ya habla de otra b&uacute;squeda. El (auto) retrato de la artista cachorra se ha convertido en la mirada de alguien que ha vivido muchas vidas en el lapso en que muchos no llegan a vivir ni una. El material sigue siendo, para bien de muchos y mal de otros, el pop. Pero lo que Taylor Swift hace con &eacute;l &ndash;&iquest;el pop despu&eacute;s del pop?&ndash; tiene una llamativa densidad; esa manera de conseguir que una peque&ntilde;a historia &ndash;y sus peque&ntilde;os detalles&ndash; cuenten una gran historia.
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        <em>DF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 10 Jun 2023 03:04:34 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[diego fischerman,Taylor Swift]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Fito Páez, del 63 al 92 al 23]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fito-paez-63-92-23_129_10263660.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/949a0c2a-45ab-4b9c-abce-f8dda585422a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0." width="1200" height="675" alt="Fito Páez, del 63 al 92 al 23"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un disco, EADDA9223, mira a otro disco, El amor después del amor. El artista es el mismo, Fito Páez. Y la música, sin dejar de recordar el original, se convierte permanentemente en otra cosa. Novedades y rescates en la red, entre las redes.
</p></div><p class="article-text">
        Toda creaci&oacute;n es, en alg&uacute;n sentido, autobiogr&aacute;fica. Es decir, mal podr&iacute;a contar otra cosa que el mundo visto por quien lo cuenta. Y, podr&iacute;a pensarse, toda autobiograf&iacute;a es creaci&oacute;n. A veces descarada, como <em>Beneath The Underdog</em> (<em>Menos que un perro</em>, en la edici&oacute;n en castellano), donde <strong>Charles Mingus</strong> cuenta de la misma manera en que toca: por impulsos, en r&aacute;fagas, sumando voces y neg&aacute;ndose a que haya una que regule a las dem&aacute;s, que establezca una jerarqu&iacute;a. Y, por supuesto inventa.
    </p><p class="article-text">
        A todos &ndash;o casi todos&ndash; les gusta, cada tanto, mirar fotos viejas. Pero en el mero acto de mirar m&aacute;s unas que otras, de omitir las de determinadas &eacute;pocas &ndash;o aquellas en que aparecen determinadas personas&ndash; se reescribe el pasado. No se repasa una vida sino lo que se recuerda &ndash;lo que se quiere o se puede recordar&ndash; de una vida. Una operaci&oacute;n que, cuando se trata de grandes personalidades y de celebridades &ndash;los &uacute;nicos de quien alguien leer&iacute;a una autobiograf&iacute;a, al fin y al cabo&ndash;, es atravesada, inevitablemente, por un c&aacute;lculo. La celebridad sabe &ndash;o intuye&ndash; la mirada de los otros, escribe para ella y, a veces, s&oacute;lo se percibe a trav&eacute;s de ella y acaba siendo personaje en lugar de persona.
    </p><p class="article-text">
        La canci&oacute;n se ha ido convirtiendo en un g&eacute;nero esencialmente autobiogr&aacute;fico. Hoy ya no ser&iacute;a aceptado como natural ese &ldquo;Yo soy la muchacha del circo&hellip;&rdquo; cantado por <strong>Carlos Gardel</strong> en 1928. El p&uacute;blico rechaza, adem&aacute;s, las canciones sobre pobres cantadas por ricos y se ha sabido de alg&uacute;n popular cantautor estacionando su auto lujoso a muchas cuadras de su casa para ocultarlo de las miradas y, sobre todo, de la fantas&iacute;a autobiogr&aacute;fica acerca de la canci&oacute;n.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        En una autobiograf&iacute;a, lo mismo que en el arte, se parte de una cuota necesaria de narcisismo o pedanter&iacute;a: alguien supone que su propia vida y aquello que tiene para decir es interesante para otros. Una pedanter&iacute;a que, eventualmente, caduca cuando la auto percepci&oacute;n est&aacute; refrendada &ndash;y muchas veces amplificada&ndash; por la percepci&oacute;n ajena. Mal podr&iacute;a hablarse de narcisismo &ndash;aunque lo haya&ndash; cuando es el mercado &ndash;la editorial, la empresa discogr&aacute;fica, los oyentes, la televisi&oacute;n y los que la miran&ndash; el que est&aacute; reclamando que eso, tan privado, se vuelva p&uacute;blico.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Fito P&aacute;ez puede pensar o no que sus vueltas sobre su propia vida son interesantes (o importantes). Ya no importa. Es otro, es el p&uacute;blico que lo ha convertido en p&uacute;blico, en objeto de todos, el que lo afirma. Quienes lloran con la pel&iacute;cula en la que se cuenta su vida, los que deliran en los recitales en que vuelve a contar un disco del pasado y, ahora, con el nuevo &aacute;lbum que lo re expone, son quienes hablan, por encima de la voz de P&aacute;ez, del valor de P&aacute;ez. Un valor, un peso en el mundo de la canci&oacute;n actual, que le permite tener como c&oacute;mplices a figuras como <strong>Chico Buarque </strong>o <strong>Elvis Costello.</strong> Si esa complicidad se traduce en trascendencia est&eacute;tica o es apenas una exhibici&oacute;n decorativa de blasones, ser&aacute; terreno de an&aacute;lisis.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El disco <em>EADDA9223</em> (iniciales de <em>El amor despu&eacute;s del amor</em> y n&uacute;mero que cifra la distancia entre el original y su re lectura, 92-23) fue publicado este martes. Son las mismas 14 canciones del 92 y en el mismo orden. Pero, claro, no son las mismas. P&aacute;ez ha dicho, en varias entrevistas, que buscaba sorprender, no ofrecer lo que se esperaba. La paradoja es que eso es, precisamente, lo que se espera de una revisita a un disco ejemplar. Y podr&iacute;a tratarse, como con el actor de la biopic, de un disco que remedara, que imitara m&aacute;s o menos bien &ndash;o sea m&aacute;s o menos mal&ndash; a otro. Sin embargo, no es as&iacute;. <em>EADDA9223</em>, por varias razones, es un &aacute;lbum notable.
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    </figure><p class="article-text">
        Borges dec&iacute;a que publicaba para dejar de corregir. Y, por supuesto, no era cierto: en cada reedici&oacute;n de sus obras omit&iacute;a, ocultaba y agregaba. Compositores como <strong>Anton Bruckner, Piotr Tchaikovsky</strong> o <strong>Sergei Rachmaninov</strong> no pararon nunca de corregir sus obras. Y el jazz, con su constitutiva obsesi&oacute;n por que nada sea, nunca, igual a lo que ya fue, lo pone en escena de manera inigualable: el arte es variaci&oacute;n, es siempre re lectura, de lo propio o de lo ajeno, y, salvo en el caso de <strong>Pierre Menard</strong>, si se vuelve a decir algo se lo hace de manera diferente. Las viejas canciones que <strong>Joni Mitchell </strong>volvi&oacute; a cantar en <em>Travelogue</em>, con arreglos de <strong>Vince Mendoza,</strong> las dos versiones que <strong>Glenn Gould </strong>registr&oacute; de las <em>Variaciones Goldberg</em> de Bach &ndash;en 1955 y en 1981&ndash; son apenas algunos ejemplos de c&oacute;mo los artistas necesitan, en ocasiones, volver sobre s&iacute; mismos.
    </p><p class="article-text">
        El caso de EADDA9223, no obstante, tal vez se parezca m&aacute;s al del solo que el saxofonista <strong>Coleman Hawkins</strong> grab&oacute; en el tema &ldquo;Body &amp; Soul&rdquo; en 1939. Se trataba de un solo perfecto que, adem&aacute;s, por vez primera, ocupaba todo el espacio del tema. Y Hawkins, por pedido del p&uacute;blico o de las grabadoras, volvi&oacute; a tocar &ldquo;Body &amp; Soul&rdquo; infinidad de veces.&nbsp;
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        &iquest;C&oacute;mo volver sobre algo perfecto en s&iacute; mismo? &iquest;C&oacute;mo recordarlo y, a la vez, ser distinto? Esa es la pregunta que se hace P&aacute;ez a los 60 a&ntilde;os y, m&aacute;s all&aacute; de ciertas auto indulgencias &ndash;una escritura orquestal que no est&aacute; ni cerca del nivel de novedad que proponen sus canciones&ndash; la respuesta es tan inteligente como seductora. Parte del salvoconducto lo da el propio material. P&aacute;ez fue, desde temprano (recordar su extraordinaria &ldquo;Sobre la cuerda floja&rdquo;, incluida en el primer disco de <strong>Juan Carlos Baglietto</strong>) alguien capaz de cantar historias de otros. De separarse del lugar autobiogr&aacute;fico y ser un cronista de lo que ve&iacute;a &ndash;o de lo que le&iacute;a o miraba en el cine&ndash;.&nbsp;
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    </figure><p class="article-text">
        <strong>Fito P&aacute;ez </strong>fue tambi&eacute;n, ya en el primer disco a su nombre, alguien que pod&iacute;a convocar referencias en lo musical &ndash;el tango, los folklores de Am&eacute;rica del Sur, los Beatles, el soul&ndash;.&nbsp;
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    </figure><p class="article-text">
        Las referencias cambian, o se ampl&iacute;an, y este disco lo muestra con honestidad. Se trata del P&aacute;ez de hoy mirando al P&aacute;ez de ayer. &iquest;De qu&eacute; se trata el P&aacute;ez de hoy? De alguien en quien las citas son (a&uacute;n) m&aacute;s conscientes. De alguien que ya no pertenece &ndash;o no exclusivamente&ndash; al auto invocado rock nacional sino, con claridad, a la canci&oacute;n latinoamericana. El aire colombiano de &ldquo;La balada de Donna Helena&rdquo;, la participaci&oacute;n de <strong>Mon Laferte</strong> en &ldquo;Sasha, Sissi y el C&iacute;rculo de Baba&rdquo;, de <strong>Marisa Monte </strong>en &ldquo;Un vestido y un amor&rdquo;, o el valseado lento en &ldquo;El amor despu&eacute;s del amor&rdquo; dan parte del tono general. El acorde de &ldquo;Within You, Without You&rdquo; &ndash;la canci&oacute;n &ldquo;india&rdquo; de <em>Sgt Pepper</em>&ndash; precediendo el flamenco de &ldquo;Detr&aacute;s del muro de los lamentos&rdquo;, los contracantos de la guitarra, tan Beatles, en &ldquo;La rueda m&aacute;gica&rdquo; (que gira m&aacute;gica), ampl&iacute;an o hacen m&aacute;s expl&iacute;cita la enciclopedia de siempre. Otras son menos evidentes: Chico Buarque en &ldquo;P&eacute;talos de sal&rdquo;, por ejemplo. Pero, en todos los casos, los nombres son m&aacute;s que simples se&ntilde;ales en el universo del negocio musical: Wos y Ca7riel en la segunda secci&oacute;n de &ldquo;La balada&hellip;&rdquo;. <strong>Elvis Costello</strong> en &ldquo;Tr&aacute;fico por Katmand&uacute;&rdquo;, <strong>&Aacute;ngela Aguila</strong>r en &ldquo;Brillante sobre el mic&rdquo;, <strong>Conociendo Rusia</strong> en &ldquo;La rueda&hellip;&rdquo; o <strong>Nathy Peluso</strong> en &ldquo;La ver&oacute;nica&rdquo; hacen mucho m&aacute;s que poner el visto. No son banderitas en el mapa de los territorios conquistados sino que en cada caso le dan a las canciones su aire definitivo (por ahora). En todo caso, esta es una autobiograf&iacute;a gozosa, escrita desde la plenitud de las posibilidades. No se trata de nostalgia &ndash;aunque la hay&ndash; y, mucho menos de melancol&iacute;a. El objeto es un disco en que el despu&eacute;s ya estaba inscripto en el t&iacute;tulo. Y el P&aacute;ez que mira tiene tanto para decir como el que es mirado.
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        <em>DF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fito-paez-63-92-23_129_10263660.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 03 Jun 2023 03:01:57 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Fito Páez, del 63 al 92 al 23]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[diego fischerman,Fito Páez]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una tesis sobre la figura y el fondo, con Brad Mehldau sentado al piano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/tesis-figura-fondo-brad-mehldau-sentado-piano_1_9964258.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f557477a-3bb9-43d5-807f-18eee0d53b3c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una tesis sobre la figura y el fondo, con Brad Mehldau sentado al piano"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Los g&eacute;neros musicales son, sobre todo, un pacto. Y un sistema de valor. Lo que hace bueno a quien canta tangos no lo es lo mismo que se espera de quien interpreta blues o arias de &oacute;pera. Aquello que es esencial en el jazz no tiene ninguna importancia en el rock y la b&uacute;squeda de la sutileza arm&oacute;nica de <strong>Bill Evans</strong> en un grupo de metal o el impulso irrefrenable de las m&uacute;sicas bailables en un romance de <strong>Eduardo Fal&uacute;</strong>, no podr&iacute;a sino decepcionarse. 
    </p><p class="article-text">
        No obstante, los l&iacute;mites entre unos y otros fueron volvi&eacute;ndose m&aacute;s laxos y, si en el pasado reciente un pr&eacute;stamo significaba casi siempre una apropiaci&oacute;n &ndash;<strong>Aretha Franklin </strong>con una canci&oacute;n de <strong>Burt Bacharach</strong> o <strong>Janis Joplin</strong> con una pieza de <strong>The Bee Gees</strong> simplemente las fagocitaban desde el soul o el Rhythm &amp; Blues&ndash;, hoy el rasgo predominante es otro. Se trata m&aacute;s de miradas y de maneras de pensar un material que de mudanzas de g&eacute;nero. Por eso resulta tan interesante y tan actual &ndash;adem&aacute;s de tan bello&ndash; el reci&eacute;n editado &uacute;ltimo disco del pianista <strong>Brad Mehldau</strong>. Su objeto es el cuerpo de canciones m&aacute;s usado &ndash;y abusado&ndash; en el campo de las m&uacute;sicas de tradici&oacute;n popular: las que <strong>The Beatles</strong> grabaron en los apenas seis a&ntilde;os que dur&oacute; su carrera. Pero lo que hace nada tiene que ver con operaciones como las de <strong>Count Basie</strong> o <strong>Duke Ellington</strong> que, en el siglo pasado, intentaron sin &eacute;xito (pero con mal gusto) convertir las obras de Lennon y McCartney &ndash;el turno de Harrison llegar&iacute;a despu&eacute;s&ndash; en piezas de swing. Mehldau no transforma las canciones de <strong>The Beatles</strong> en temas de jazz sino que, sencillamente, las piensa como solo un m&uacute;sico de jazz puede pensarlas. Un m&uacute;sico que adem&aacute;s, en este caso, tiene un ampl&iacute;simo arco de procedimientos en su imaginario y un notable &ndash;e infrecuente&ndash; dominio t&eacute;cnico de su instrumento. 
    </p><p class="article-text">
        La relaci&oacute;n de Mehldau con este repertorio no es reciente. Ya en 1997 hab&iacute;a incluido &ldquo;Blackbird&rdquo; en su primer volumen de la serie <em>The Art of the Trio</em>. En una entrevista publicada por la revista inglesa Jazzwise, el pianista cuenta que la idea de interpretar esa canci&oacute;n con una nota persistente en el contrabajo (una nota pedal) la tom&oacute; de la manera de acompa&ntilde;arse de <strong>Nick Drake</strong>, dejando frecuentemente una cuerda de la guitarra al aire y toc&aacute;ndola en ostinato. Lig&oacute; eso, relata, a los acompa&ntilde;amientos de muchos corales de Bach y a algo sagrado, ritual, que escucha en los Beatles, principalmente en las canciones de McCartney. Si a eso se suma el manejo de la armon&iacute;a y de los micro matices heredado de <strong>Bill Evans </strong>y <strong>Herbie Hancock</strong> y la tradici&oacute;n del jazz en cuanto a bordear, comentar y referirse a un tema sin tocarlo del todo &ndash;pero al mismo tiempo sin olvidarlo&ndash; se puede entrever la paleta con la que Mehldau elabora sus re-composiciones. 
    </p><p class="article-text">
        El nuevo &aacute;lbum se llama <em>Your Mother Should Know</em> y delinea, por otra parte, un canon Beatle absolutamente at&iacute;pico. Grabado en vivo en septiembre de 2020 en la Philharmonie de Par&iacute;s, y lejos de ce&ntilde;irse al campo habitual, que se centra en el per&iacute;odo postrero del grupo, incluye piezas como &ldquo;I Saw Her Standing There&rdquo;, &ldquo;She Said, She Said&rdquo; o &ldquo;Baby in Black&rdquo;, que le permite a Mehldau conectar con elementos del jazz primitivo y de m&uacute;sicas en las que abrev&oacute;, como el gospel. De <em>Abbey Road</em>, por otra parte, pone el foco en la muchas veces subestimada &ldquo;Maxwell&rsquo;s Silver Hammer&rdquo; &ndash;en una versi&oacute;n lent&iacute;sima cuya velocidad tiene el efecto de una revelaci&oacute;n&ndash; y en la muchas veces desapercibida &ldquo;Golden Slumbers&rdquo;. Como final, uno de los temas que fue parte de los bises en el concierto parisino, una suerte de comentario a un comentario: Mehldau haciendo &ldquo;Life on Mars?&rdquo;, de <strong>David Bowie.</strong> En todo caso, m&aacute;s all&aacute; de lo sorprendentes que puedan resultar algunas de sus versiones &ndash;y de lo llamativamente literales de algunas otras&ndash; el pianista elabora, adem&aacute;s de un obvio homenaje a una m&uacute;sica que lo constituy&oacute; desde afuera del jazz, una tesis sobre la figura y el fondo que no es ajena, en lo profundo, a la propia naturaleza del solo y la improvisaci&oacute;n en el g&eacute;nero. Mehldau no trastoca los temas de los Beatles en standards de jazz. No los trabaja seg&uacute;n la cl&aacute;sica forma de exposici&oacute;n del tema, solo improvisado con variaciones o proliferaciones de ese tema &ndash;o aproximaciones al mismo&ndash; y re exposici&oacute;n. Y, sin embargo, hace con ellos lo que hace el jazz: los utiliza como una suerte de pantalla en la cual proyectar &ndash;y poner en primer plano&ndash; su propio recorte. Lo hace, por otra parte, con un pianismo de una elegancia y perfecci&oacute;n asombrosas. Baste escuchar los ligados en &ldquo;Your Mother Should Know&rdquo; y los matices de la nota repetida en el acompa&ntilde;amiento de &ldquo;For No One&rdquo;.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <strong>M&aacute;s Beatles</strong>
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; una lista con versiones, algunas curiosas, muchas inevitables y la mayor&iacute;a extraordinarias, en que son otros los que leen a The Beatles, tan lejos como se puede de la idea del cover o la m&iacute;mesis.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <em>DF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/tesis-figura-fondo-brad-mehldau-sentado-piano_1_9964258.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 18 Feb 2023 03:51:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[diego fischerman,Música,The Beatles,Brad Mehldau]]></media:keywords>
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