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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Robert Maxwell]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/robert-maxwell/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Robert Maxwell]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Neoliberalismo, burocracia y Robert Maxwell: cómo las revistas científicas primaron el negocio sobre el saber]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/neoliberalismo-burocracia-robert-maxwell-revistas-cientificas-primaron-negocio_1_9969524.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c8140445-36d7-4d4f-9a2a-9c5e55bd915f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Neoliberalismo, burocracia y Robert Maxwell: cómo las revistas científicas primaron el negocio sobre el saber"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El mercado editorial, hasta entonces en manos de las sociedades científicas, sufrió un primer cambio a mediados del SXX a través de la figura de Maxwell; la llegada del neoliberalismo e internet en los 90 terminó de transformarlo</p></div><p class="article-text">
        La Ciencia no siempre fue as&iacute;. Hubo un tiempo en el que los investigadores no pagaban por publicar, en el que las revistas cient&iacute;ficas no eran un ping&uuml;e negocio y se centraban m&aacute;s en el conocimiento que en los ingresos. Pero una lluvia de dinero, el aumento del volumen de trabajo y por tanto de la carga administrativa y la ambici&oacute;n de <strong>Robert Maxwell</strong> en la Europa de la posguerra transformaron el sector.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Hoy los cient&iacute;ficos tienen que costearse sus propias publicaciones con fondos que en teor&iacute;a son para investigar, editan el trabajo de sus colegas gratis y, en ocasiones, tienen que pagar de nuevo &ndash;personalmente, los menos, o sus instituciones&ndash; por leer el trabajo que ellos mismos generan para que otros se queden con los beneficios.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Pero la Ciencia no siempre fue as&iacute;, insiste <strong>Carlos Chaccour</strong>, investigador del ISGLOBAL. &ldquo;Desde que aparecieron en el siglo XVII las primeras publicaciones cient&iacute;ficas y la diseminaci&oacute;n del conocimiento, estaba todo en manos de las sociedades cient&iacute;ficas. Pero eran simplemente los cient&iacute;ficos cont&aacute;ndose sus historias y compartiendo hallazgos&rdquo;, recuerda Chaccour.
    </p><p class="article-text">
        Luego vendr&iacute;an las revistas propiamente, pero el sistema se mantuvo bajo ese modelo hasta mediados del siglo XX. Entonces, en la Europa de la posguerra se junt&oacute; todo: un modelo agotado, peque&ntilde;o, ineficiente e incapaz de dar una respuesta &aacute;gil en t&eacute;rminos de publicaci&oacute;n a la creciente producci&oacute;n cient&iacute;fica, que se acumulaba en las sociedades esperando turno, una lluvia de dinero para las instituciones y la irrupci&oacute;n de la persona que cambiar&iacute;a el mercado para siempre.
    </p><h3 class="article-text">Un tipo ambicioso con muchas ideas</h3><p class="article-text">
        Achacar todo el cambio que se produjo en un sector cualquiera a un solo hombre suele ser complicado &ndash;excepto para los Henry Ford de la vida&ndash;, y m&aacute;s un cambio tan grande, pero quienes conocen esta historia le ponen nombre y apellido al <em>declive</em>: Robert Maxwell.
    </p><p class="article-text">
        Maxwell es una figura intrigante. Checo de nacimiento y brit&aacute;nico de adopci&oacute;n, muri&oacute; en las Canarias en 1991 al, supuestamente, caerse de su barco y ahogarse, una versi&oacute;n cuestionada desde muchos frentes. Pese a que fue multimillonario, falleci&oacute; sepultado en deudas y tras haber vaciado el fondo de pensiones de sus empleados. Sobre su figura han pesado tambi&eacute;n sospechas de que era agente del Mossad, el servicio secreto israel&iacute;, y tuvo una relaci&oacute;n muy cercana con la URSS. 
    </p><p class="article-text">
        Este editor pas&oacute; a los libros como un magnate de la prensa capaz de rivalizar con Rupert Murdoch &ndash;fueron enemigos de negocios y tambi&eacute;n ideol&oacute;gicos&ndash; y fue incluso diputado laborista brit&aacute;nico. Entre todas estas actividades encontr&oacute; tiempo para modificar por completo la estructura de publicaci&oacute;n de ciencia y ser considerado el padre del actual sistema de revistas.
    </p><p class="article-text">
        La de Maxwell es la historia de un oportunista, una persona con ambici&oacute;n, visi&oacute;n y talento que tras pelear en la II Guerra Mundial con los brit&aacute;nicos se encontr&oacute; en Berl&iacute;n en 1946, con 23 a&ntilde;os y el objetivo declarado de hacerse millonario, <a href="https://amp.theguardian.com/science/2017/jun/27/profitable-business-scientific-publishing-bad-for-science" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">seg&uacute;n recuerda este art&iacute;culo de </a><a href="https://amp.theguardian.com/science/2017/jun/27/profitable-business-scientific-publishing-bad-for-science" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>The Guardian</em></a>. All&iacute; se encontr&oacute; en el sitio exacto en el momento preciso.
    </p><p class="article-text">
        Tras la guerra, el Gobierno brit&aacute;nico estaba preocupado por el paup&eacute;rrimo estado en el que se encontraba el ecosistema nacional de publicaciones cient&iacute;ficas, varios a&ntilde;os por detr&aacute;s de un cuerpo cient&iacute;fico que inclu&iacute;a apellidos ilustres como Fleming o Darwin (nieto). As&iacute; que decidi&oacute; relanzar la hist&oacute;rica editora nacional Butterworths, uni&eacute;ndola con la solvente &ndash;y alemana&ndash; Springer. 
    </p><p class="article-text">
        Maxwell, que viv&iacute;a entonces en la capital germana y hab&iacute;a colaborado con Springer, encontr&oacute; en esa fusi&oacute;n su oportunidad. Empez&oacute; a trabajar para la nueva empresa y termin&oacute; haci&eacute;ndose con ambas editoriales. El momento fue perfecto. Llam&oacute; a la uni&oacute;n de ambas Pergamon Press &ndash;a&ntilde;os m&aacute;s tarde se la vender&iacute;a a Elsevier&ndash;, y se dispuso a cambiar el sector. El primer gran movimiento, que de hecho empez&oacute; su socio, Paul Rosbaud, fue convencer a las sociedades cient&iacute;ficas, que hist&oacute;ricamente hab&iacute;an controlado sus propias revistas, de que necesitaban m&aacute;s publicaciones, m&aacute;s especializadas, cada una en su peque&ntilde;o nicho. Para ello bastaba con persuadir a la persona adecuada y, premio, ponerla al frente. El siguiente paso fue vender las suscripciones de estas revistas a las bibliotecas universitarias, boyantes de dinero en aquellos momentos. El sistema estaba montado.
    </p><h3 class="article-text">Una nueva revista por semana</h3><p class="article-text">
        <strong>Isidro F. Aguillo</strong>, responsable del laboratorio de Cibermetr&iacute;a del Instituto de Pol&iacute;ticas y Bienes P&uacute;blicos del CSIC de Espa&ntilde;a, cuenta que en su momento m&aacute;s &aacute;lgido el editor lleg&oacute; a abrir una revista nueva cada semana. &ldquo;Se dio cuenta del negocio que hab&iacute;a&rdquo;. En 1959, Pergamon editaba 40 publicaciones. En 1965 sumaba 150. Era la cabeza del mercado sin un rival cercano. Fue perfeccionado y ampliando el m&eacute;todo: pas&oacute; de crear revistas a comprar las que a&uacute;n editaban las sociedades, o gestionarlas a cambio de una cuota mensual.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n cambi&oacute; las <em>maneras</em> en la ciencia. Abordaba a los cient&iacute;ficos en las conferencias para ficharlos y que editaran o publicaran en exclusiva con &eacute;l. Lo hac&iacute;a de manera agresiva u ofreci&eacute;ndoles lujos (fiestas, viajes en barco) a los que no estaban acostumbrados. Gan&oacute; cient&iacute;ficos para sus revistas, pero perdi&oacute; a su socio Rosbaud, que no estaba de acuerdo con sus m&eacute;todos. El dinero que pon&iacute;a por delante pod&iacute;a con todo. &ldquo;Era muy impresionante&rdquo;, dijo en una ocasi&oacute;n Leslie Iversen, antiguo editor del <em>Journal of Neurochemistry</em>. &ldquo;Cen&aacute;bamos y tom&aacute;bamos un buen vino, y al final nos entregaba un cheque: unos miles de libras para la sociedad. Era m&aacute;s dinero del que nosotros, los pobres cient&iacute;ficos, jam&aacute;s hab&iacute;amos visto&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Una de las claves del &eacute;xito de Maxwell fue que supo ver (o crear) un hecho clave: el mercado de la publicaci&oacute;n cient&iacute;fica es infinito. </strong>Cuando se entiende que cada art&iacute;culo es &uacute;nico, que da cuenta de un descubrimiento exclusivo y que no se puede reemplazar por otro, se llega a la conclusi&oacute;n de que crear una nueva revista no le quita negocio a su te&oacute;rica competidora. Solo lo ampl&iacute;a. Cuando aparece una nueva revista simplemente los cient&iacute;ficos pedir&aacute;n a su instituci&oacute;n que se suscriba a ella para estar informados. Y a seguir facturando.
    </p><h3 class="article-text">La llegada del neoliberalismo</h3><p class="article-text">
        A Maxwell tambi&eacute;n se lo relaciona, explica Chaccour, con la creaci&oacute;n del factor de impacto, el &iacute;ndice bibliogr&aacute;fico m&aacute;s utilizado en Ciencia y que mide la frecuencia con la cual fue citado el art&iacute;culo promedio de una revista en un a&ntilde;o en particular. &ldquo;No aceptaba todo, solo ciertos art&iacute;culos, lo que favorece que se cite m&aacute;s, m&aacute;s gente quiera publicar en sus revistas y &eacute;l pueda seleccionar&rdquo;, explica el investigador.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n esta teor&iacute;a, esto model&oacute; el factor de impacto, que se utiliza hoy para evaluar la calidad de una revista. En ocasiones los editores tambi&eacute;n tiran de este &iacute;ndice para justificar sus precios, tanto para suscribirse como para publicar. Y para indexar una revista en la Web of Science (WoS) o Scopus, los dos sitios de referencia, las empresas tienen m&aacute;s capacidad que las sociedades cient&iacute;ficas. Un&aacute;se a toda esta corriente el desembarco del neoliberalismo en la Ciencia y la comercializaci&oacute;n total de las revistas y salen los ingredientes para el siguiente gran cambio en el sector de la publicaci&oacute;n cient&iacute;fica.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vicenzo Pavone</strong>, del Instituto de Pol&iacute;ticas y Bienes P&uacute;blicos del CSIC, explica que hacia finales de los 80 &ldquo;las revistas de referencia estaban gestionadas por las propias comunidades o sociedades cient&iacute;ficas, y segu&iacute;an el mismo protocolo de calidad que se sigue hoy&rdquo;. Los costes de editar las revistas se cubr&iacute;an con las cuotas de membres&iacute;a de los propios cient&iacute;ficos que pertenec&iacute;an a estas sociedades.
    </p><p class="article-text">
        Pero a partir de los noventa, contin&uacute;a Pavone, &ldquo;las sociedades cient&iacute;ficas empezaron a subcontratar o directamente vender sus revistas a empresas como Elsevier. Es decir, la gesti&oacute;n cient&iacute;fica (gratuitamente ofrecida)&nbsp;se quedaba en la sociedad cient&iacute;fica, pero la gesti&oacute;n t&eacute;cnica y comercial de la revista pasaba a ser tarea de las editoriales&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En paralelo lleg&oacute; la sustituci&oacute;n del papel por internet. Antes de esto las revistas ya aplicaban una pol&iacute;tica de suscripciones particular, que no se basaba en el valor del producto que vend&iacute;an, explica Aguillo. &ldquo;Hab&iacute;a precios diferentes para suscripciones de revistas. Uno era el individual, que pod&iacute;a ser 40 o 50 d&oacute;lares anuales. Pero si lo compraba una instituci&oacute;n el precio se multiplicaba por 20 o 30 hasta los 900 o 1000 d&oacute;lares&rdquo;. Por el mismo producto, una revista en papel.
    </p><h3 class="article-text">Y lleg&oacute; internet: otro soporte, mismo negocio</h3><p class="article-text">
        Internet lo cambi&oacute; todo, tambi&eacute;n en este sector. &ldquo;Aunque lo que cobraban [las revistas] por el papel ya entonces no era real, dej&oacute; de ser cierto definitivamente [sin los costes del papel y de imprimir]&rdquo;, explica Aguillo. Pero a los editores les sigui&oacute; pareciendo natural seguir cobrando por la suscripci&oacute;n; pod&iacute;a haber cambiado el formato, pero el producto era el mismo.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, ante la proliferaci&oacute;n de revistas algunas de las universidades norteamericanas m&aacute;s potentes (Harvard, Stanford) se plantaron, recuerda Aguillo. Pagaban muchas suscripciones y sus cient&iacute;ficos les ped&iacute;an m&aacute;s. No hab&iacute;a fondos para todo. &ldquo;Este fue uno de los or&iacute;genes del <em>open access</em>&rdquo;, asegura el investigador del CSIC.
    </p><p class="article-text">
        Ante el pie en pared de muchos clientes y el impulso de las instituciones de la &ldquo;ciencia abierta&rdquo;, se cre&oacute; otro modelo. En vez cobrar por la lectura de los art&iacute;culos a trav&eacute;s de suscripciones, las revistas cargaron los costos a los investigadores que quer&iacute;an publicar. Les cobraban una cantidad en concepto de &ldquo;procesamiento de art&iacute;culos&rdquo; (APC, en sus siglas en ingl&eacute;s), que var&iacute;a seg&uacute;n el factor de impacto de la revista (actualmente puede subir hasta los 10.000 d&oacute;lares en las de m&aacute;s prestigio) &ndash;pese a que todo el trabajo t&eacute;cnico lo hacen, de manera gratuita, los propios cient&iacute;ficos&ndash;, pero abr&iacute;an el acceso a todo el mundo.
    </p><p class="article-text">
        Pavone lamenta que instituciones como la UE hayan apostado por la ciencia abierta, pero sin plantearse otro modelo al de pagar por publicar que se termin&oacute; imponiendo. &ldquo;No se ha esforzado, ni siquiera se ha debatido, en buscar un modelo alternativo. Creo que la soluci&oacute;n no es crear nuevas revistas&rdquo; de acceso libre y sin coste para el investigador, rechaza la idea que proponen algunos cient&iacute;ficos. &ldquo;Las hay muy buenas y son las que la gente lee. Pero si la UE me paga a m&iacute; [a trav&eacute;s de los proyectos de investigaci&oacute;n] para que yo le pague a una editorial, &iquest;por qu&eacute; no le pagan directamente a las academias para que gestionen sus revistas?&rdquo;, se pregunta.
    </p><p class="article-text">
        Aguillo recuerda que &ldquo;el &aacute;nimo mercantilista de las revistas no es nuevo, quiz&aacute; sea m&aacute;s evidente. Pero antes era la biblioteca la que pagaba y estaba presionada por los investigadores para tener las suscripciones y ahora se ha pasado el coste a los investigadores, que se han vuelto m&aacute;s conscientes de lo que supone&rdquo;. Una evoluci&oacute;n que recuerda a la de tantos sectores, que poco a poco han ido desplazando los costes al usuario final.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; balance global dej&oacute; el cambio de modelo? &ldquo;El usuario final de pa&iacute;ses en desarrollo ha ganado porque tiene acceso ahora a revistas que antes no pod&iacute;a&rdquo;, opina. &ldquo;Pero han perdido los investigadores que no tengan un proyecto (sea de manera estructural o coyuntural) y han perdido los j&oacute;venes y por supuesto los investigadores privados, que no tienen una instituci&oacute;n detr&aacute;s que pague por publicar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>DSC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Daniel Sánchez Caballero]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 21 Feb 2023 03:02:43 +0000]]></pubDate>
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