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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - "Nada sucede dos veces"]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - "Nada sucede dos veces"]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Guillermo Cóppola: Un diálogo de otra era]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/guillermo-coppola-dialogo_129_10002905.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e7643cd7-96a2-4e3c-8d00-0806a6f4023b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Guillermo Cóppola: Un diálogo de otra era"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Este texto, un perfil sobre el histórico representante de Diego Maradona, forma parte de "Nada sucede dos veces", el nuevo libro del periodista y escritor Pablo Perantuono (editorial La Crujía) que recopila sus textos que van desde el Indio Solari hasta Ricardo Darín y Andrés Calamaro.</p></div><p class="article-text">
        <em>Si para algo sirve tambi&eacute;n el ejercicio de repasar perfiles del pasado es para volver a capturar cierto clima de &eacute;poca. A&uacute;n cuando sea apenas un recorte de aquel momento (a&ntilde;o 2008), el encuentro con Guillermo C&oacute;ppola nos da la pauta de c&oacute;mo algunos actores sociales hoy no tendr&iacute;an la un&aacute;nime legitimidad o el prestigio social que ten&iacute;an por entonces. Pero no s&oacute;lo eso. Tambi&eacute;n, es justo aclararlo, algunas observaciones m&iacute;as hoy, tal vez, ser&iacute;an convenientemente editadas. &nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Adem&aacute;s de plagados de an&eacute;cdotas y de di&aacute;logos rocambolescos, aquellas charlas con Coppola finalizaron con un episodio desopilante gracias al cual, me enter&eacute; muchos a&ntilde;os despu&eacute;s, se inici&oacute; una larga amistad entre el inefable Guillote y el misterioso invitado del Rutini.&nbsp;</em>
    </p><h3 class="article-text">El representante de Dios</h3><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Caiga quien caiga&rdquo;</em>, lunes, horario central, secci&oacute;n &laquo;CQ test&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        &#8213; Guillote, a una ex novia, &iquest;se le hace un service cada tanto?
    </p><p class="article-text">
        &#8213; Depende del a&ntilde;o&hellip; Si ya no paga patente no.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        La cita con Guillermo C&oacute;ppola es en el gimnasio del Paseo Alcorta, 11 de la ma&ntilde;ana de un jueves. Cuando llegamos, est&aacute; sentado debajo de su pelo de siempre: aros de algod&oacute;n que acompa&ntilde;an la sonrisa de costumbre. Habla por celular con un amigo, a quien invita a su cumplea&ntilde;os n&uacute;mero 60 que celebrar&aacute; a los pocos d&iacute;as. &ldquo;Algo tranquilo, por el tema de las bolsas, 110 personas en la Parolaccia, venite, no me falles, quiero que est&eacute;s&raquo;, le dice. Alrededor de &eacute;l hay electricidad: el lugar es una romer&iacute;a, polo muscular del establishment en la era K.
    </p><p class="article-text">
        La elite argentina cultiva su f&iacute;sico con el mismo cuidado con el que teje sus relaciones sociales. Y en este lugar, en el que se exalta el fetichismo y la vista, Guillote cumple un rol medular. No est&aacute; claro cu&aacute;l es exactamente, pero podr&iacute;amos definirlo como el capit&aacute;n simpat&iacute;a, el ingeniero ps&iacute;quico de la estructura emocional del lugar. <em>&laquo;Me lo dice la gente: cuando yo no estoy, esto no es lo mismo&raquo;</em>. C&oacute;ppola saluda a todos. Los conoce, le gusta saber qu&eacute; hacen, qui&eacute;nes son, d&oacute;nde viven. Todos all&iacute; tienen las necesidades de la opulencia b&aacute;sica satisfechas, pero pareciera que sus corazones necesitan un poco de alegr&iacute;a. &iquest;Y qui&eacute;n sino Guillote para alegrar a ese c&iacute;rculo? C&oacute;ppola, est&aacute; claro, sabe d&oacute;nde moverse.
    </p><p class="article-text">
        &laquo;Mir&aacute;, mir&aacute;: ese es abogado, vas a ver que cuando pasa por al lado de ese rubio que est&aacute; ah&iacute; que es empresario ni se miran&hellip; Es que tienen cuestiones pendientes&hellip;&raquo;. En efecto, cuando el hombre de ley pasa por al lado lo hace mandando un mensaje por su blackberry.
    </p><p class="article-text">
        &laquo;Hola, &iquest;c&oacute;mo est&aacute;s? &iquest;Bien?&raquo; Ahora la sonrisa de Guillote es la de un guas&oacute;n blanco. Saluda a Jazm&iacute;n de Gracia, una de las tantas modelitos que enriquecen su talento en este lugar. Jazm&iacute;n se va y Guillote cambia el objetivo de su mira: pelo casta&ntilde;o, 39, separada. &laquo;Qu&eacute; bien que est&aacute;s, sos la m&aacute;s linda del gimnasio&raquo;. Se va. &laquo;Nunca hay que dejar de tirar&hellip;&raquo;, nos dice. Es John Wayne con rayo l&aacute;ser.
    </p><p class="article-text">
        &laquo;Siempre fui as&iacute;. Y Corina, mi mujer, me conoce y me acepta&raquo;, comenta. Corina tiene 36 y est&aacute; embarazada de una nena que nacer&aacute; en enero. C&oacute;ppola ya tiene tres hijas: &laquo;No s&eacute; hacer otra cosa&raquo;, se r&iacute;e. Natalia, la m&aacute;s grande, se cas&oacute; con un amigo suyo y vive en Miami; B&aacute;rbara, de 21, hija de Yuyito Gonz&aacute;lez; y Camila, la menor, que fue reconocida por C&oacute;ppola tras un ADN. &laquo;Soy as&iacute;, mentir&iacute;a si dijera que no voy a seguir seduciendo&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        &#8213;&iquest;C&oacute;mo hac&iacute;as en la c&aacute;rcel?
    </p><p class="article-text">
        &#8213;Fueron momentos duros. Mir&aacute;, te cuento una&hellip;
    </p><p class="article-text">
        Entonces el hombre de las mil mujeres, el ex representante de Maradona, el depredador sexual que se ufana de nunca haberse acostado con una chica de m&aacute;s de 40, comienza un relato que bien podr&iacute;a formar parte de una antolog&iacute;a definitiva del onanismo carcelario.
    </p><p class="article-text">
        &laquo;Resulta que en la c&aacute;rcel hab&iacute;a un poronga que era el &uacute;nico &ndash;&iexcl;el &uacute;nico!&ndash; m&aacute;s obsesivo de la limpieza que yo. Era un morocho alto y grandote que ten&iacute;a, solo para &eacute;l, un sector del ba&ntilde;o. Lo manten&iacute;a impecable y todo decorado con p&oacute;sters de chicas, todas chicas del ambiente, &iquest;no? Como yo soy muy limpio tambi&eacute;n, el tipo, a cambio de dos tarjetas telef&oacute;nicas, me prestaba todos los d&iacute;as su rinc&oacute;n un rato para m&iacute; solo.
    </p><p class="article-text">
        &#8213;Era un lugar con mucho amor propio, &iquest;no?
    </p><p class="article-text">
        &#8213;Claro (risas). Bueno, la cuesti&oacute;n es que yo ah&iacute; me quedaba un tiempito &iquest;no?&hellip; Amor propio, ja, ja, est&aacute; bueno. Bueno, la cuesti&oacute;n es que me prestaba quince minutos el lugar y yo iba. Un d&iacute;a miraba un p&oacute;ster, otro d&iacute;a apuntaba a otro. Despu&eacute;s, eso s&iacute;, dejaba todo impecable.
    </p><p class="article-text">
        &#8213;La higiene ante todo.
    </p><p class="article-text">
        &#8213;Por supuesto. Bueno, &iquest;qu&eacute; hice cuando sal&iacute; de la c&aacute;rcel?
    </p><p class="article-text">
        &#8213;&iquest;Seguiste yendo al rinconcito ese?
    </p><p class="article-text">
        &#8213;No, boludo. Busqu&eacute; una por una a todas las de los p&oacute;sters y me las fui bajando. Un loco&hellip;
    </p><p class="article-text">
        &#8213;&iquest;En serio? Como Kill Bill, pero del sexo.
    </p><p class="article-text">
        &#8213;Claro.
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        ***
    </p><p class="article-text">
        El atorrantismo, la noche, la gira eterna con el Diego, la sonrisa, el eco de la merca retumbando, los bucles de algod&oacute;n: C&oacute;ppola avanza por la vida convertido en mitolog&iacute;a. Podr&iacute;a decirse que con &eacute;l sucede lo mismo que con Chiche Gelblung o con el Bambino Veira: personajes pol&eacute;micos pero simp&aacute;ticos, que completan pocos casilleros del formulario de la &eacute;tica (Veira, por razones obvias, es la m&aacute;xima expresi&oacute;n de ese olvido), pero que el pos&ndash;menemismo ha convertido en casi &iacute;dolos. Un tipo de personajes con poco octanaje moral, que no poseen un saber trascendental, pero que encarnan, en alg&uacute;n sentido, un estereotipo social de la &eacute;poca. &laquo;No sab&eacute;s lo que me pasa&hellip; voy caminando por la calle y los chicos se paran y me abrazan. Me gritan &lsquo;capo&rsquo;. Es tremendo&hellip; yo no lo puedo entender. Me dicen que tengo cuatro mil entradas por d&iacute;a en el Google, es incre&iacute;ble&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        C&oacute;ppola no termina de entender las razones que construyeron su leyenda. No ha tenido, qu&eacute; duda cabe, una vida sosegada: no hay forma de tenerla si durante m&aacute;s de 20 a&ntilde;os se vive al lado del personaje m&aacute;s famoso del mundo. Cada d&iacute;a era una aventura en la monta&ntilde;a rusa, en un palacio dionis&iacute;aco, en la cima del planeta.
    </p><p class="article-text">
        Pero la fiesta se suspendi&oacute; de golpe. La noche le pas&oacute; un par de facturas. Reality show, Viale, Samantha, Diego retirado, caravana, Diego desbocado, todos desbocados.
    </p><p class="article-text">
        A los sultanes del ritmo se les acab&oacute; la joda. De pasear por Montecarlo en un convertible a Dolores, preso. Un estilo de vida se desmoronaba. Los d&iacute;as en la c&aacute;rcel fueron los m&aacute;s aciagos para el representante. Y las secuelas todav&iacute;a se hacen sentir. &laquo;De vivir en 300 metros cuadrados pas&eacute; a 60&raquo;, grafica. Y as&iacute; con todo. Perdi&oacute; autos, amigos, plata, prestigio, poder. &laquo;Tuve Lamborghini, Rolls Royce, Ferraris&hellip; hoy, no tengo nada&raquo;. C&oacute;ppola se mueve en taxi, dice que es mejor, que as&iacute; no tiene problemas para tomarse una copa de m&aacute;s cuando sale a la noche. Igual, lo m&aacute;s doloroso dice que no fueron las p&eacute;rdidas materiales. &laquo;Lo peor, lo que m&aacute;s me molest&oacute; fue perder el tiempo&raquo;. El reloj no corre cuando alguien est&aacute; encerrado. La vida se transforma en una trampa kafkiana.
    </p><p class="article-text">
        C&oacute;ppola recuerda que despu&eacute;s de un tiempo consigui&oacute; que le asignaran una habitaci&oacute;n para &eacute;l solo. Todos los d&iacute;as la limpiaba con obsesi&oacute;n de orfebre y la dejaba impecable, como si fuera a recibir visitas. Lo hac&iacute;a mientras escuchaba m&uacute;sica: eran dos horas en las que su mente se escurr&iacute;a por entre las rejas. Cada d&iacute;a tambi&eacute;n, entraba Frazia, el zumbo que lo controlaba, gigante como el jefe policial de El Expreso de Medianoche, con las botas llenas de barro y le manchaba a prop&oacute;sito el piso. Lo hac&iacute;a siempre, como si fuera parte de una broma macabra, inapelable. C&oacute;ppola no dec&iacute;a nada y volv&iacute;a a limpiar su pieza. Lo hizo hasta el &uacute;ltimo d&iacute;a que estuvo all&iacute;. Un d&iacute;a, sin raz&oacute;n aparente, a C&oacute;ppola lo engomaron, que en la jerga carcelaria significa que lo encerraron sin dejarlo salir ni a mirar las estrellas. En la celda no ten&iacute;a ba&ntilde;o, y el guiso de la cena comenz&oacute; a hacer su trabajo intestinal. C&oacute;ppola golpeaba la puerta, ped&iacute;a ir al ba&ntilde;o, pero Frazia no le abr&iacute;a. &laquo;No tuve m&aacute;s remedio que garcar en una bolsa y dormir con eso al lado toda la noche&raquo;. Al d&iacute;a siguiente, C&oacute;ppola se levant&oacute;, limpi&oacute; todo, tir&oacute; la bolsa y encer&oacute; su pieza como todos los d&iacute;as. Cuando Frazia entr&oacute; y manch&oacute; con barro el piso, C&oacute;ppola se le tir&oacute; al cuello. La pelea dur&oacute; menos de un round: en un pesta&ntilde;eo, Frazia lo aplast&oacute; como a un insecto. Pasaron los d&iacute;as y nadie dijo nada. Hasta que lo trasladaron a Caseros. Antes de dejar Dolores, Frazia lo llam&oacute; para hablarle.
    </p><p class="article-text">
        &laquo;&iquest;No te das cuenta, otario &ndash;dijo, acentuando la &laquo;ta&raquo;&ndash;, que cada vez que te ensuciaba el piso lo que lograba era que durante dos horas, las dos horas que vos volv&iacute;as a limpiar, te fueras con tu mente de este lugar?&ldquo; Frazia, el vigilante existencial, le dio una lecci&oacute;n inolvidable. Al tiempo, C&oacute;ppola, ya en libertad, regres&oacute; al lugar acompa&ntilde;ado por Mar&iacute;a Fernanda Callej&oacute;n y le hizo un regalo.
    </p><p class="article-text">
        Pero la c&aacute;rcel tambi&eacute;n es un castigo metaf&iacute;sico. En el enrosque mental en el que se puede caer tras un drama como ese, C&oacute;ppola comenz&oacute; a pensar que estaba pagando por alg&uacute;n pecado. &laquo;Me preguntaba: &lsquo;&iquest;Por qu&eacute; me pasa esto? &iquest;Por algo de mi vida anterior? &iquest;Porque hab&iacute;a tocado a la mujer equivocada?&rsquo; No entend&iacute;a. Pero lo super&eacute; por suerte. La prensa que me hab&iacute;a condenado luego se resarci&oacute;. Se arm&oacute; el primer reality show de la televisi&oacute;n&hellip; Mauro Viale se fue a vivir a Le Parc, con eso te digo todo&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        &#8213;&iquest;Sufriste m&aacute;s ah&iacute; o cuando te peleaste con Diego y &eacute;l puso en duda tu honestidad?
    </p><p class="article-text">
        &#8213;La duda de Diego fue algo fuerte. Interiormente lo sent&iacute;. Me doli&oacute;. Pero tengo toda la tranquilidad interior. Hoy por hoy, cada uno est&aacute; haciendo su vida. Lo veo b&aacute;rbaro, lo veo en peso. Tiene una capacidad para revertir las situaciones incre&iacute;bles. Extra&ntilde;ar, extra&ntilde;o, c&oacute;mo no. Lo que m&aacute;s me preocupaba era la diferencia que &eacute;l cre&iacute;a que exist&iacute;a; eso se solucion&oacute;. No comet&iacute; ninguna equivocaci&oacute;n may&uacute;scula.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><h3 class="article-text">Seductor serial</h3><p class="article-text">
        La charla, de repente, se interrumpe. C&oacute;ppola deja de prestar atenci&oacute;n, como si hubiese ingresado un fax en su cerebro. La comunicaci&oacute;n se corta. El representante desv&iacute;a la mirada y la clava en un objetivo m&oacute;vil: dos botas negras y un jean inolvidable que avanzan.
    </p><p class="article-text">
        Tac, tac, tac: las botas le dan contundencia a las mujeres. Est&aacute; entrando a un local de cama solar en el Paseo Alcorta. C&oacute;ppola la hab&iacute;a divisado cuando ella baj&oacute; de su cuatro por cuatro y la fue siguiendo con la mirada: sus ojos eran el teleobjetivo de un rifle. La dama (la presa) avanza y Guillote (el cazador) la desnuda con la mirada. &laquo;Ah&iacute; vengo&raquo;, dice y sale disparado, el cuello adelantado, las fauces preparadas. Irrumpe en el solarium. Se presenta ante la dama, que sonr&iacute;e y asiente, halagada por la locuacidad de Guillermo, campe&oacute;n mundial del chamuyo porte&ntilde;o. Durante el di&aacute;logo, C&oacute;ppola la mira con una sonrisa estampada en la cara, con los ojos jugueteando por sus labios y la imaginaci&oacute;n recorriendo el escote. Esos minutos que anteceden al zarpazo, ese instante en el que la presa comienza a enredarse en la telara&ntilde;a de la seducci&oacute;n coppoliana y en el que &eacute;l se da cuenta de que ya es suya, de que una mancha m&aacute;s est&aacute; por pintarse en su lomo de tigre, es un momento apasionante: la celebraci&oacute;n del ego del macho, el orgasmo que antecede al orgasmo. C&oacute;ppola es el rey de la selva, su pelo se eriza m&aacute;s, el pecho le explota de narcisismo.
    </p><p class="article-text">
        &laquo;&iquest;En qu&eacute; est&aacute;bamos?&raquo;, pregunta C&oacute;ppola cuando vuelve.
    </p><p class="article-text">
        &#8213;&iquest;Qu&eacute; pas&oacute; con la mujer?
    </p><p class="article-text">
        &#8213;No, nada, cuatro&ndash;dos.
    </p><p class="article-text">
        &#8213;&iquest;&hellip;?
    </p><p class="article-text">
        &#8213;Cuatro&ndash;dos, cuarenta y dos&hellip; yo nunca m&aacute;s de 40&hellip; &iexcl;Amor propio! &iexcl;Amor propio! Me gust&oacute; esa, la voy a usar.
    </p><p class="article-text">
        Excitado, C&oacute;ppola grita esas dos palabras disfrutando de su alarido. Cuando las enuncia, lo hace con rapidez: un latiguillo convertido en latigazo. Hay silencio. M&aacute;s silencio. Y de repente:
    </p><p class="article-text">
        &laquo;&iexcl;Amor propio! &iexcl;Amor propio!&raquo;
    </p><p class="article-text">
        La gente lo mira. Nos re&iacute;mos, un poco por la verg&uuml;enza, otro poco por las reminiscencias onanistas de su referencia. Por suerte suena el celular. C&oacute;ppola se pone a ajustar los detalles de su viaje a los Emiratos &Aacute;rabes. Tiene grandes proyectos en ese territorio, virgen en varios sentidos. M&aacute;s que vender, C&oacute;ppola quiere traer el dinero del petr&oacute;leo. Tiene ideas megal&oacute;manas, como construir un estadio (&laquo;Los tipos le hicieron la cancha al Arsenal en Londres&raquo;) o remodelar el Luna Park. &laquo;Dubai es el m&aacute;ximo desarrollo del mundo. Mir&aacute; que yo viaj&eacute; y nada me sorprende, pero lo que pasa ah&iacute; es tremendo. Hay hoteles nueve estrellas&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ahora el celular le suena, pero por un asunto m&aacute;s festivo: su cumplea&ntilde;os 60. &laquo;Algo tranquilo &ndash;repite&ndash;. 110 personas, nada m&aacute;s. A fin de a&ntilde;o, cuando la cosa se calme, la hacemos m&aacute;s grande&raquo;. En el universo coppoliano la comida es un elemento omnisciente. &laquo;Nunca fui de mesas chicas, siempre fui de mesas grandes&raquo;, explica, deslizando los motivos por los cuales para alguien como &eacute;l un festejo &iacute;ntimo de un cumplea&ntilde;os es como la fiesta de egresados de alguien normal. La raz&oacute;n de esa capacidad desbordante para trabar amistad con la gente se palpa en el espacio, en su carisma demoledor. &laquo;Seduzco tanto a hombres como a mujeres. Tengo un arte, soy un encantador en el buen sentido. A mis amigos les gusta estar conmigo. Te pongo en clima. Integro, integro, me encanta&hellip; lo aprend&iacute; en Europa, en N&aacute;poles. Respeto mucho a la gente. Nunca una mujer te va a hablar mal de m&iacute;. Yo, adem&aacute;s, sigo haciendo las cosas que a las mujeres les gustan. A cualquier mujer le gusta que le abras la puerta del auto o que le prendas el faso. Tenga 18 a&ntilde;os o 40.
    </p><p class="article-text">
        &#8213;Pero en alg&uacute;n momento hiciste ostentaci&oacute;n&hellip;
    </p><p class="article-text">
        &#8213;Yo estuve al lado del m&aacute;s grande y tal vez me confund&iacute; un poco. En alg&uacute;n momento pens&eacute; en el reloj, en la mina, en el auto&hellip; &iexcl;Era un pelotudo! Eso de estar impecable para llegar en enero a la playa para mostrarte&hellip; &iexcl;Mostrar qu&eacute;!&hellip; &iexcl;Mostr&aacute; la pija!&hellip;. &iexcl;Amor propio! &iexcl;Amor propio!
    </p><p class="article-text">
        &#8213;Bueno, estamos en un gimnasio, ven&iacute;s a cuidarte ac&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        &#8213;S&iacute;, pero hay una fantas&iacute;a conmigo, con la noche, con la droga, y la verdad es que yo siempre me cuid&eacute;, siempre jugu&eacute; al f&uacute;tbol. Adem&aacute;s, al gimnasio tengo que venir porque hace un mes y medio tuve una arritmia. Pierna derecha inm&oacute;vil. Brazo derecho inm&oacute;vil. Un susto, nada m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        &#8213;&iquest;Qui&eacute;nes se borraron durante la c&aacute;rcel?
    </p><p class="article-text">
        &#8213;Varios, pero te voy a nombrar a dos que s&iacute; estuvieron: Bianchi y Basile. Y tambi&eacute;n mis socios de ahora.
    </p><p class="article-text">
        &#8213;&iquest;Sos amigo de Basile?
    </p><p class="article-text">
        &#8213;C&oacute;omo.
    </p><p class="article-text">
        A continuaci&oacute;n, C&oacute;ppola disca el celular de Basile. Llama pero no contesta. No eran d&iacute;as f&aacute;ciles para el entrenador: estaba a punto de ser deglutido por el monstruoso peso de la selecci&oacute;n y de ser reemplazado, paradojas de este mundo, por el gran 10.
    </p><p class="article-text">
        C&oacute;ppola le deja un mensaje a Basile a velocidad fast forward:
    </p><p class="article-text">
        &laquo;Hola Coquito ac&aacute; Guillote, quer&iacute;a ver c&oacute;mo estabas, c&oacute;mo andaba todo, la familia, los asuntos, todo eso, acordate de que te espero el s&aacute;bado en la Parolaccia, algo tranquilo, los &iacute;ntimos, no me falles, te quiero mucho&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><h3 class="article-text">El gran Gatsby</h3><p class="article-text">
        Al d&iacute;a siguiente quedamos en almorzar en la Recoleta. La consigna era &laquo;Invita C, pero no lleves al plantel entero de V&eacute;lez&raquo;. A partir de ahora, la charla, la nota y hasta el lenguaje cambian por completo.
    </p><p class="article-text">
        Todo lo que pasa de aqu&iacute; en m&aacute;s es estrictamente cierto. C&oacute;ppola llega. &laquo;Hola querido, en un rato vienen un par de amigos, &iquest;no hay problema, &iquest;no?&raquo; &laquo;No, todo bien&raquo;. Seguimos la nota. A los 10 minutos llega Carlos Randazzo, delantero de Boca en los a&ntilde;os 80, ex presidiario. &laquo;Carlitos, un grande&raquo;. C&oacute;ppola empieza a hablar de Carlitos como si Carlitos no estuviera. &laquo;Un loco, un loco, un tipo con c&oacute;digos, un gran jugador. Se comi&oacute; un a&ntilde;o en Caseros por algo que no cometi&oacute;. Y no delat&oacute; a nadie, eh&hellip; muy respetado&raquo;. A los 15 minutos llegan tres amigos m&aacute;s, tres personajes con la misma sonrisa f&aacute;cil de Guillermo, claro que sin su &aacute;ngel (o diablo), aunque tambi&eacute;n elegantes y lenguaraces. &laquo;Pidamos&raquo;, dice C&oacute;ppola, mientras le suena el celular marca Ferrari de cinco mil euros. El ringtone es el sonido del motor del F1. &laquo;Igual al que tiene Ra&uacute;l, el del Real&raquo;, informa. &laquo;Pero es feo, parece una arm&oacute;nica&raquo;, le dicen. A los 15 minutos est&aacute;n todos comiendo como b&uacute;falos, lanzados sobre sus platos, intensos, encendidos. A cada uno le suena el celular cada cinco minutos. C&oacute;ppola comienza a hablar de nuevo de su cumplea&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        No sabemos muy bien c&oacute;mo, pero en un momento nos vemos todos hablando de la dotaci&oacute;n varonil de Guillote. S&iacute;, de eso. Se habla con seriedad, con tono doctoral. &laquo;No, no, momento, hay cuatro fotos m&iacute;as: una con el Diego, otra en N&aacute;poles, otra de cuando me oper&eacute; &ndash;s&iacute;, se me achic&oacute;&ndash; y otra en Punta del Este&raquo;. Uno de los tres amigos &ndash;el m&aacute;s grande, un aire a Tony Soprano&ndash; es el que trajo a colaci&oacute;n el tema. &laquo;Estuve en una cena con amigos y se habl&oacute; mucho de tu pija, Guillermo &ndash;dijo, mientras intentaba pinchar con su tenedor un pedazo de pulpo a la parrilla&ndash;. Ellos dec&iacute;an que la ten&iacute;as chica&raquo;. La situaci&oacute;n es desopilante, pero C&oacute;ppola contesta como si estuviera hablando con el cardi&oacute;logo. &laquo;No, no, se me achic&oacute;, es cierto, pero siempre la tuve bien. Ta bien, no como la de Carlitos, es cierto, pero igual siempre estuve bien&raquo;. Carlitos es Randazzo, que escucha sin pesta&ntilde;ear y asiente, como si en lugar de hablar de su anatom&iacute;a se estuviera hablando de su auto.
    </p><p class="article-text">
        &laquo;Carlitos, cuando estuviste en la c&aacute;rcel, &iquest;te quisieron empomar?&raquo;, pregunta uno de los socios. Se hace un silencio. Randazzo mastica, mira hacia adelante. No me queda claro si cavila o simplemente no pudo procesar cognitivamente la pregunta. &laquo;No &ndash;contesta serio&ndash;, nadie se hizo el vivo conmigo&raquo;. Pero insisten: &laquo;&iquest;Y vos, te pusiste de novio&hellip;?&raquo; La charla conserva su miga: nadie se r&iacute;e. Randazzo otra vez se toma su tiempo para articular la respuesta: &laquo;No, pero me hac&iacute;a tirar la goma por el novio del poronga del pabell&oacute;n&hellip;&raquo; Un sudor me recorre la espalda. Se hace otro silencio y observo al resto: todos miran sus platos, concentrados en cortar la comida, como si el espesor del di&aacute;logo, en vez de ser, como es, el paroxismo de la procacidad, maridara sin tensi&oacute;n alguna con la atm&oacute;sfera monacal de un almuerzo en un restaurante premium.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entonces Coppola interviene: &laquo;&iexcl;Qu&eacute; grande Carlitos! Un loco&hellip; un loco&hellip; &iexcl;Amor propio! &iexcl;Amor propio! Les cont&eacute; a ellos lo del amor propio&hellip; pidamos otro vino, paga Pablo&raquo;. A C&oacute;ppola le hierve la sangre. Se mueve como un sonajero. Est&aacute; feliz con la reuni&oacute;n. Yo, en cambio, transpiro. La cuenta, seguramente, se acerca peligrosamente al total de mi sueldo.
    </p><p class="article-text">
        En ese momento, llega al restaurante un hombre corpulento, con gesto contrariado, de elegante sport. Cruza miradas conmigo y saluda. Saluda tambi&eacute;n a Coppola. &laquo;&iquest;Qui&eacute;n es?&raquo;, pregunta Guillote.
    </p><p class="article-text">
        Yo creo recordarlo, me acerco. &laquo;&iquest;Sos Pica, no? &laquo;S&iacute;, querido, &iquest;c&oacute;mo and&aacute;s?&raquo;
    </p><p class="article-text">
        Pica es Pica Benedictini, 60 a&ntilde;os, m&iacute;tico lobista porte&ntilde;o, radical ch&uacute;caro, socio de pol&iacute;ticos conspicuos, amigo del representante Gustavo Mascardi, un personaje que ya vio todo, que parece no conmoverse con nada. El coronel Kurtz de Apocalypse Now. Est&aacute; con su hija.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;Quer&eacute;s venir a la mesa?&raquo; Pica acepta y viene con su botella de Rutini de $200 y se sienta. Nos sirve a todos y empieza a hablar. &laquo;Yo era el due&ntilde;o de todo el mediocampo de Boca en el a&ntilde;o 84&raquo;, le dice a Randazzo. Randazzo lo mira en silencio, como un lagarto. No dice nada. Pica contin&uacute;a. Pasa el tiempo, pasa el postre, llega el Baron B, luego el caf&eacute;, despu&eacute;s la cuenta. La de Pica es de $300. La de la mesa -pagaba yo-, $680. C&oacute;ppola habla por celular, los amigos tambi&eacute;n. Este cronista mete su mano en el bolsillo con la parsimonia de un caracol. En dos segundos, Capi abre su billetera. &laquo;Dame todo&raquo;, dice y tira once gambas ($1.100) arriba de la mesa. &laquo;Me deben un almuerzo&raquo;, suelta, antes de levantarse e irse por Posadas.
    </p><p class="article-text">
        Lleno de cabernet y de alivio, yo tambi&eacute;n se despide. La ciudad comienza a tragarse al sol. Al llegar a la calle Corrientes, me meto en una librer&iacute;a de usados. Veo que por 10 pesos se consigue un ejemplar de El gran Gatsby.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Nota actual: desde aquel momento, Coppolla y Benedictini son amigos estrechos.&nbsp;</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Perantuono]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/sociedad/guillermo-coppola-dialogo_129_10002905.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Mar 2023 03:51:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Guillermo Cóppola: Un diálogo de otra era]]></media:title>
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