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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Jay Mammon]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/jay-mammon/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Jay Mammon]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La hora de la "voz oblicua": a propósito del caso Jey Mammon]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/hora-voz-oblicua-proposito-caso-jey-mammon_129_10094282.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/551d68d1-3207-4096-8723-6a83b830f58d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La hora de la &quot;voz oblicua&quot;: a propósito del caso Jey Mammon"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Para el autor, fiscal federal, recuperar la credibilidad en la justicia demanda que cada ciudadano ejerza todas las atribuciones que la Constitución le otorga. "La clave es preguntar. La clave es exigir", dice. </p><p class="subtitle">Jay Mammon, tras la acusación de abuso sexual: “Estoy en shock, tomo clonazepam todo el tiempo”
</p></div><p class="article-text">
        El sistema judicial se encuentra en medio de un tironeo institucional sin precedentes. Sus problemas son reales, concretos y dif&iacute;ciles de enumerar. En t&eacute;rminos pr&aacute;cticos digamos que <strong>su capital m&aacute;s importante, la credibilidad, est&aacute; bajo sospecha. </strong>Pero &ldquo;la cuesti&oacute;n judicial&rdquo; flota en medio de la tensi&oacute;n entre la indiferencia y el h&aacute;bito de intentar apropiarse de los tribunales para conseguir fines particulares. 
    </p><p class="article-text">
        El juego de la apropiaci&oacute;n es un juego cuyos actores m&aacute;s n&iacute;tidos son las &eacute;lites pol&iacute;ticas y econ&oacute;micas. Se verifica en las tensiones en derredor de la ley de organizaci&oacute;n del Consejo de la Magistratura, del juicio pol&iacute;tico a la Corte Suprema de Justicia de la Naci&oacute;n y de <strong>verdaderos procesos de demonizaci&oacute;n</strong> mediante los cuales las sentencias se definen como leg&iacute;timas o no, de acuerdo con los intereses que afectan. Pero otros actores, con menos capital pol&iacute;tico o simb&oacute;lico, tambi&eacute;n participan del juego de la apropiaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Todo ello tiene consecuencias pr&aacute;cticas que afectan los derechos humanos. Me voy a detener en el caso del artista Jey Mammon. No me interesa el devenir del proceso. Simplemente me quiero concentrar en los efectos sociales que tuvo su irrupci&oacute;n, porque all&iacute; reside una gran peculiaridad. Me refiero a que para la administraci&oacute;n de justicia, la causa termin&oacute;.<strong> Jey Mammon fue sobrese&iacute;do por prescripci&oacute;n</strong>. Pese a ello,<strong> la sociedad reclama una respuesta p&uacute;blica. Como si la justicia no hubiese hablado.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Hay muchas explicaciones para comprender las razones de esa contradicci&oacute;n. Una de ellas tiene que ver con que la sentencia del juez que lo sobresey&oacute; y el dictamen del fiscal que le daba esa posibilidad<strong>, no fueron aceptados por la sociedad. </strong>Sus efectos se ignoraron. Pasaron como una de las tantas opiniones respecto al tema. Socialmente, se percibe que no hay una autoridad leg&iacute;tima capaz de zanjar la cuesti&oacute;n. Por ello, es la propia sociedad la que toma el toro por las astas, <strong>aunque con criterios diferentes a los de la ley.</strong> Esto es lo grave para la rep&uacute;blica democr&aacute;tica, porque est&aacute; en crisis el monopolio estatal relativo a definir con la ley qu&eacute; hacer con los delitos. 
    </p><p class="article-text">
        La idea del texto fundacional es que las sentencias judiciales pacifiquen las relaciones sociales, den por terminado un conflicto y generen las condiciones para que los ciudadanos tomen alguna postura sobre esa sentencia. La parte no negociable de esa din&aacute;mica es que la resoluci&oacute;n sea aceptada.<strong> Cuando eso no pasa, la sociedad discute formas alternativas para dirimir la cuesti&oacute;n. </strong>Ellas se vinculan con escraches y cancelaciones en las redes sociales, con juicios medi&aacute;ticos que absuelven o condenan en minutos y se vinculan tambi&eacute;n con propuestas m&aacute;s disgregadoras que incluyen la posibilidad del uso de la propia mano. Ello significa, palabras m&aacute;s palabras menos, que <strong>el Estado se revela impotente para imponer una decisi&oacute;n autoritativa como lo es una sentencia judicial. </strong>
    </p><p class="article-text">
        Las consecuencias de todo ello para la vida p&uacute;blica son inconmensurables. B&aacute;sicamente nos acerca peligrosamente a la ley del m&aacute;s fuerte. Se trata del precio que debemos pagar por los problemas de credibilidad del dispositivo institucional encargado de resolver conflictos de acuerdo con la ley. Pero hay otra consecuencia que en parte explica que la sospecha que envuelve a la palabra de los jueces fomente el h&aacute;bito de intentar apropiarse de los tribunales. Veamos.
    </p><h3 class="article-text">Sentencias a medida</h3><p class="article-text">
        En efecto, el monopolio estatal de decir qu&eacute; es el derecho est&aacute; en crisis. Por eso, algunos grupos sociales asumen la tarea de definirlo mediante herramientas distintas a la ley. Por lo tanto, poder subordinar el aparato judicial se vuelve muy atractivo, ya que es posible elaborar un relato personal y hacerlo oficial a trav&eacute;s de los estrados judiciales. As&iacute;, cualquiera podr&iacute;a ser juez y parte. Esa suerte de &ldquo;privatizaci&oacute;n&rdquo; es letal para la apuesta democr&aacute;tica, porque ella est&aacute; edificada a partir de derechos inherentes a la condici&oacute;n humana que nadie puede alterar, salvo el dispositivo judicial. En este escenario, los derechos humanos dejan de ser inmunes a los caprichos de los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Ello explica la peculiaridad de que, pese a la sospecha que envuelve a la administraci&oacute;n de justicia, persistan los intentos de apropiarse de esa estructura burocr&aacute;tica para que tome el caso y elabore una respuesta a medida del portador. En el caso de Jey Mammon ello fue n&iacute;tido. Cuando realiz&oacute; la denuncia, Lucas Benvenuto <strong>admiti&oacute; que la prescripci&oacute;n de la acci&oacute;n penal pod&iacute;a haber operado. No obstante, igual la formul&oacute; para buscar una respuesta. </strong>A la par, los medios de comunicaci&oacute;n masiva enfatizaron que Jay Mammon buscar&iacute;a iniciar un &ldquo;juicio por la verdad&rdquo;, m&aacute;s all&aacute; de que la causa estaba t&eacute;cnicamente finalizada. &Eacute;l quer&iacute;a otro r&eacute;gimen de verdad<strong>. En ambos casos se busc&oacute; una sentencia a medida. </strong>
    </p><p class="article-text">
        Vale la pena aclarar que, en nuestro pa&iacute;s, los denominados &ldquo;juicios por la verdad&rdquo;, fueron un mecanismo a trav&eacute;s del cual el estado utiliz&oacute; la arena judicial como escenario para intentar resolver las tensiones derivadas del terrorismo de estado de los a&ntilde;os &rsquo;70 y las leyes de obediencia debida y punto final, que imped&iacute;an al propio Estado ejercer su jurisdicci&oacute;n. Es evidente, entonces, que los &ldquo;juicios por la verdad&rdquo; constituyen formas de intervenci&oacute;n p&uacute;blica muy espec&iacute;ficas, para problemas concretos que <strong>exceden los intereses de las personas individuales y alcanzan a los de la sociedad en su conjunto</strong>
    </p><p class="article-text">
        En definitiva, a&uacute;n en medio de tanto desprestigio, la capacidad que la Constituci&oacute;n le asigna a los jueces y fiscales permanece intacta, de manera que<strong> colonizar los juzgados y fiscal&iacute;as aparece como un camino atractivo</strong>. Espec&iacute;ficamente, porque el derecho conserva capacidad para incidir en la subjetividad de los ciudadanos. Entonces, poder &ldquo;decir qu&eacute; es el derecho&rdquo; a trav&eacute;s de los tribunales, es un recurso remunerativo. 
    </p><p class="article-text">
        Ello revela un rasgo complejo de nuestra vida p&uacute;blica, porque significa admitir que las instituciones pueden ser utilizadas como un instrumento. Esta peculiaridad atraviesa a toda la sociedad, como lo revel&oacute; el caso Jay Mammon. 
    </p><p class="article-text">
        Lo que brilla por su ausencia es un proyecto real para encarar una transformaci&oacute;n que ajuste al aparato judicial al rol que le asign&oacute; la Constituci&oacute;n Nacional, para que los derechos humanos no dependan del arbitrio de terceros. La pregunta obvia es:<strong> &iquest;qu&eacute; hacer?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Dudo que haya alguna receta m&aacute;gica, Es dif&iacute;cil que las &eacute;lites que se sirven del sistema judicial como instrumento tengan intenciones reales de transformarlo, porque tal como est&aacute; cumple una funci&oacute;n importante, como lo sostuve en &ldquo;Rep&uacute;blica de la Impunidad&rdquo; y en &ldquo;Injusticia&rdquo;. Es tambi&eacute;n dudoso que las grandes mayor&iacute;as tengan en su agenda de prioridades la cuesti&oacute;n judicial. Ello es as&iacute; porque, lamentablemente, hay una representaci&oacute;n social que ubica a los problemas del aparato judicial como t&oacute;picos lejanos a la vida cotidiana, aunque ello es exactamente al rev&eacute;s. Lo relevante es que por una cosa o por otra<strong>, no hay una base real capaz de encarar un proyecto capaz de generar las condiciones para que los argentinos tengamos &ldquo;una administraci&oacute;n de justicia para la democracia&rdquo;,</strong> a 40 a&ntilde;os de 1983.
    </p><h3 class="article-text">Argentina, 1983</h3><p class="article-text">
        En efecto, a partir de 1983 recuperamos y consolidamos la democracia como procedimiento de selecci&oacute;n de coaliciones para que ocupen los roles de gobierno. Pero la democracia es una forma de organizaci&oacute;n pol&iacute;tica en base a derechos cuyo horizonte es inacabado. La posibilidad de extender la rep&uacute;blica democr&aacute;tica carece de l&iacute;mites porque sus l&iacute;mites, nunca fijos, dependen de la decisi&oacute;n del cuerpo pol&iacute;tico. 
    </p><p class="article-text">
        Durante los a&ntilde;os &rsquo;80 y &rsquo;90 del siglo pasado la ciencia pol&iacute;tica discuti&oacute; mucho qu&eacute; significaba consolidar la democracia. <a href="https://www.colibri.udelar.edu.uy/jspui/handle/20.500.12008/7022?mode=full" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">Guillermo O&rsquo;Donnell </a>fue parte de ese debate. En cierta ocasi&oacute;n, se&ntilde;al&oacute; el peso de las voces ciudadanas en aquel sendero de la consolidaci&oacute;n. El poder de las voces, afirm&oacute;, reside en que la gente hablando crea poder. <strong>&nbsp;O&rsquo;Donnell distingui&oacute; la voz vertical, la voz horizontal y la voz oblicua</strong>. Digamos r&aacute;pidamente que la voz vertical se expresa en las elecciones. El pueblo cuando elige interpela. La voz horizontal es el medio que genera una identidad colectiva. Se trata del nosotros que luego se articula para expresar inquietudes al poder instituido. Pero me interesa la voz oblicua.
    </p><p class="article-text">
        La voz oblicua, nos dice O&rsquo;Donnell, existe en contextos de restricciones de derechos. Esto es en contextos sociales que tienen poco que ver con los escenarios que inspiraron a las constituciones. Pensemos en sociedades violentas, fragmentadas por la desigualdad y en las que los derechos rigen pero que se cumplen poco. En tales condiciones surge la voz oblicua. Su rasgo principal es que<strong> une a personas muy diferentes, pero que piensan parecido en algunas cosas</strong> como, por ejemplo, &ldquo;deshacerse de una dictadura&rdquo; o &ldquo;terminar con la corrupci&oacute;n&rdquo;. Cuando se hallan en juego cuestiones vitales de la vida p&uacute;blica, como contar con un sistema judicial cre&iacute;ble, <strong>la voz oblicua es capaz de crear las condiciones para que la regeneraci&oacute;n institucional trepe a la cima de la agenda p&uacute;blica. </strong>
    </p><p class="article-text">
        La voz oblicua, como articulador ciudadano del problema judicial, supone dar el primer paso para iniciar el camino de la recuperaci&oacute;n de las instituciones judiciales para la democracia. Es decir, transformar el h&aacute;bito que las concibe como un instrumento capaz de dotar de m&aacute;s insumos a un actor situado en un puntual conflicto social. Puede ser el caso Jey Mammon o una disputa de &eacute;lites. 
    </p><p class="article-text">
        Pero, &iquest;c&oacute;mo hacerlo?. Creo que aqu&iacute; no hay muchas recetas. Se trata de asumir que recuperar la credibilidad del sistema judicial, como parte de un saneamiento institucional sobre el que <em>oblicuamente</em> hay consenso,<strong> requiere que cada ciudadano ejerza toda la potencia que la Constituci&oacute;n le asigna a su condici&oacute;n de tal.</strong> &iquest;C&oacute;mo? Exprimiendo las herramientas que el mundo actual proporciona para hacerse escuchar seg&uacute;n las leyes. <strong>La clave es preguntar. La clave es exigir. </strong>
    </p><p class="article-text">
        La voz oblicua, en estas condiciones, constituye una obligaci&oacute;n moral. A 40 a&ntilde;os de 1983 se impone consolidar la rep&uacute;blica democr&aacute;tica. Esto es, extenderla para que todos los comportamientos se vean subordinados a la Constituci&oacute;n y evitar la impunidad. Pero para ello es preciso recuperar la credibilidad del dispositivo judicial. 
    </p><p class="article-text">
        <em>CC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Federico Delgado]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/hora-voz-oblicua-proposito-caso-jey-mammon_129_10094282.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 04 Apr 2023 08:35:52 +0000]]></pubDate>
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