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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Henry Miller]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/henry-miller/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Henry Miller]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El coloso de Brooklyn]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/coloso-brooklyn_129_10752490.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/04b81eba-f5dc-434b-b9e5-43f94d02b1ea_16-9-discover-aspect-ratio_default_1086141.jpg" width="1228" height="691" alt="El coloso de Brooklyn"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Quién te recomienda un libro que va a volverte loco? Una amiga, un amigo, un profesor. A mí me lo recomendó un actor en una película atípica de Scorsese.</p></div><p class="article-text">
        Salvo en San Antonio de Areco, donde la tradici&oacute;n parece ser algo que se hereda y uno tiene que andar vestido de gaucho todo el tiempo, en otras partes la tradici&oacute;n es algo que se debe salir a buscar. La tradici&oacute;n de un poeta guatemalteco puede ser la forma en que juega al f&uacute;tbol un equipo noruego. Y a este trago se le puede mezclar las pel&iacute;culas clase B del cine americano y, quiz&aacute;, alguna mala traducci&oacute;n de El T&uacute;nel de Ernesto Sabato. &iquest;Por qu&eacute; no?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qui&eacute;n te recomienda un libro que va a volverte loco? Una amiga, un amigo, un profesor. A m&iacute; me lo recomend&oacute; un actor en una pel&iacute;cula at&iacute;pica de Scorsese, Despu&eacute;s de hora. Es una escena &ndash;pasaron muchos a&ntilde;os y nunca volv&iacute; a verla&ndash; en que un hombre est&aacute; sentado en un bar y mira a una chica que lee un libro. El tipo &ndash;para entablar conversaci&oacute;n con la chica&ndash; le empieza a recitar el comienzo del libro que ella est&aacute; leyendo: &ldquo;No tengo dinero ni recursos ni esperanzas, soy el hombre m&aacute;s feliz del mundo, hace un a&ntilde;o, hace seis meses, pensaba que era un artista, ya no lo pienso, lo soy, todo lo que era literatura se ha desprendido de m&iacute;, ya no hay m&aacute;s libros que escribir, gracias a Dios&rdquo;. La chica cierra el libro y mira al tipo. &ldquo;<strong>Henry Miller</strong>&rdquo;, dice el tipo, &ldquo;<em>Tr&oacute;pico de C&aacute;ncer</em>&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sal&iacute; del cine y empec&eacute; a buscar el libro. Elsa, la amiga de mi mam&aacute; de lentes inmensos y polera amarilla, con lo dedos manchados por la nicotina, gran lectora, lo ten&iacute;a y lo sac&oacute; de la cartera cuando se lo mencion&eacute;. Me dijo que era un libro que hab&iacute;a que leer con cuidado porque ten&iacute;a partes obscenas, pornogr&aacute;ficas. Me acuerdo que cuando mi mam&aacute; cay&oacute; en coma cuatro y estuvo a punto de morirse yo ten&iacute;a un sobretodo negro y mientras recorr&iacute;a la guardia del hospital donde estaba internada, sacaba el libro de Miller y le daba un trago, como si fuera una petaca de algo vivificador. Para m&iacute;, <em>Tr&oacute;pico de C&aacute;ncer</em> no era pornogr&aacute;fico, las escenas de sexo que tanto esc&aacute;ndalo hab&iacute;an suscitado en la &eacute;poca en que se public&oacute;, no me interesaban. Lo que me interesaba era la forma at&iacute;pica de narrar una novela, casi sin trama, con diferentes escenas al tunt&uacute;n y con la potencia l&iacute;rica de un poeta inspirado. <em>Tr&oacute;pico de C&aacute;ncer</em> estaba escrito en presente y en presente es como me gustaba vivir.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Muchas veces los libros que nos impactan en la juventud dejan de tener efecto cuando crecemos. Nos olvidamos el trato que alguna vez tuvimos con ellos. Pero esta ma&ntilde;ana, mi amigo Toto me manda una frase genial por wasap: &ldquo;Nadie puede sentirse mejor que quien se ve enga&ntilde;ado completamente. Ser inteligente puede ser una bendici&oacute;n, pero ser completamente confiado, cr&eacute;dulo hasta la idiotez, abandonarse sin reservas, es uno de los supremos placeres de la vida&rdquo;. &iquest;De qui&eacute;n es? le pregunto. Es de <em>Sexus</em>, de Henry Miller, me responde. Y como la magdalena de Proust recuerdo esos d&iacute;as intensos de mi juventud en que so&ntilde;aba con convertirme en un poeta, la idea de que iba a ser imposible si no me pon&iacute;a primero a actuar como un poeta. &iquest;Pero c&oacute;mo era un poeta? El <strong>Indio Solari </strong>me cont&oacute; que <strong>Pete Townshed</strong> se preguntaba c&oacute;mo se ten&iacute;a que vestir un rocker hasta que se dio cuenta que un rocker se vest&iacute;a como &eacute;l. En una fiesta de despedida de unos compa&ntilde;eros de la facultad que se iban de viaje hasta Canad&aacute; a dedo, me encontr&eacute; con Gaspar &ndash;le dec&iacute;an todos Gaspi&ndash; y no logro recordar su cara porque lo vi esa sola vez, esa larga noche que iba a cambiar mi vida de manera definitiva. Gaspar me habl&oacute; de miles de cosas incre&iacute;bles esa vez, sent&iacute; que pod&iacute;a ser mi amigo para siempre. Y en un momento me dijo algo que me impact&oacute;: su pap&aacute; era poeta. Hasta ese entonces los padres de mis amigas o amigos eran sastres, mozos, trabajaban en f&aacute;bricas, eran visitadores m&eacute;dicos, pero ninguno poeta. Se llama <strong>Francisco Madariaga</strong>, me dijo Gaspar. Le empec&eacute; a preguntar c&oacute;mo se vest&iacute;a el padre, qu&eacute; tipo de vida llevaba. Me dijo que era un poeta surrealista con una vida realista y tranquila. Muchos a&ntilde;os despu&eacute;s yo iba a leer los poemas geniales de Madariaga. Incluso un verso suyo que me encantaba &ldquo;Oh, Mono, adi&oacute;s&rdquo;, lo iba a usar como t&iacute;tulo en un diario deportivo donde trabajaba, cuando se despidi&oacute; del f&uacute;tbol Navarro Montoya.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La frase de Toto me hizo acordar al cuarto de soltera de Lali, una chica que conoc&iacute; y que ten&iacute;a en la pared de su pieza pegada una foto de Henry Miller. Y llevaba siempre <em>Sexus</em> en la cartera, y lo sacaba para leerlo cuando nos sent&aacute;bamos en el subte y yo miraba asombrado que lo ten&iacute;a todo subrayado. A m&iacute; me gustaban los Tr&oacute;picos (el de C&aacute;ncer y el de Capricornio o <em>Primavera Negra</em>, o <em>El coloso de Marusi</em>). &iexcl;No s&eacute; de d&oacute;nde se le ocurr&iacute;an t&iacute;tulos tan geniales! Pero cada vez que intentaba leer <em>Sexus</em> me aburr&iacute;a. Me parec&iacute;a un torrente de frases sin sentido y <em>Plexus</em> o <em>Nexus</em>, con los que segu&iacute;a la trilog&iacute;a, tampoco lograban despertarme inter&eacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ac&aacute; est&aacute; la correspondencia entre <strong>Lawrence Durrell </strong>y Henry Miller. Al principio Durrell es el disc&iacute;pulo &ndash;de hecho <em>El cuaderno negro</em>, uno de sus primeros libros, es una versi&oacute;n de <em>Tr&oacute;pico de C&aacute;ncer</em>&ndash; pero despu&eacute;s se aleja del maestro y compone <em>El cuarteto de Alejandr&iacute;a</em>. En esas novelas hay una trama sofisticada, personajes inestables y complejos, cambios de punto de vista. A Durrell no le gusta <em>Sexus</em>, le parece un libro amorfo: &ldquo;Querido Henry. Recib&iacute; <em>Sexus</em> de Par&iacute;s y voy por la mitad del volumen uno. Debo confesar que estoy amargamente desilusionado. La vulgaridad moral del libro es art&iacute;sticamente dolorosa. Esas escenas tontas y sin sentido que no tienen raz&oacute;n de ser ni humor, nada m&aacute;s que infantiles explosiones de obscenidad... Qu&eacute; l&aacute;stima que un gran artista no tenga el sentido cr&iacute;tico&nbsp;como para controlar sus fuerzas y mantener su destino dirigido hacia la meta&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Charles Bukowski</strong> &ndash;un escritor de prosa seca, a la manera de Hemingway, pero vitalista como Miller&ndash; no piensa igual que Durrell y le escribe a Miller. &ldquo;Hoy cumplo 45 a&ntilde;os y con esa pobre excusa me permito el lujo de escribirte, aunque me imagino que recibir&aacute;s tantas cartas que acabar&aacute;s loco. No hay nadie como Celine o Dostoievski. A menos que se llame Henry Miller&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Estoy leyendo de nuevo <em>Sexus</em>. Es un torrente de descargas de semen. Los personajes apenas est&aacute;n delineados. El gran personaje es Henry Miller. En medio de ese torrente de palabras, aparecen frases geniales como la que me mand&oacute; Toto. U otras como &eacute;sta: &ldquo;El lenguaje empieza donde la comunicaci&oacute;n est&aacute; en peligro&rdquo;. Es un libro sobre la desgracia y la felicidad de estar enamorado. Y de saber que la persona que amas es misteriosa, pero no va a serlo siempre. Y que hay aceptar esa frustraci&oacute;n. Algunos personajes toman la palabra y hablan largo y tendido, durante p&aacute;ginas. El libro se detiene, no hay acciones. Pero de golpe aparece una peque&ntilde;a descripci&oacute;n, una peque&ntilde;a frase con la que podemos aguantar el d&iacute;a. Siento que estoy con una palangana moviendo el agua al lado de un r&iacute;o buscando esa pepita de oro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En alg&uacute;n momento despu&eacute;s de la muerte de mi madre, Elsa dej&oacute; de venir a casa. No la vi nunca m&aacute;s. A <strong>Gaspar Madariaga</strong> lo vi esa sola vez. Y aunque fui varias veces a escuchar recitar a su padre &ndash;una experiencia casi sobrenatural&ndash; nunca me lo encontr&eacute;. Despu&eacute;s de esa larga noche charlando con &eacute;l no me cas&eacute; &ndash;ten&iacute;a fecha para dos semanas m&aacute;s tarde&ndash; y me fui de viaje por Am&eacute;rica durante dos a&ntilde;os, siguiendo a mis compa&ntilde;eros de facultad. Hasta el d&iacute;a de hoy no logr&eacute; ser completamente cr&eacute;dulo, no pude abandonarme sin reservas, abandonarme hasta la idiotez, ese nirvana que se propone en <em>Sexus</em>. Henry Miller muri&oacute; hace muchos a&ntilde;os y sus libros renacen cada tanto, cuando alguien los abre al azar en el subte o en una librer&iacute;a de usados.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lali vive en Francia, donde pasa hambre y fr&iacute;o. 
    </p><p class="article-text">
        <em>FC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Fabián Casas]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/coloso-brooklyn_129_10752490.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 09 Dec 2023 03:01:50 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De cómo conseguí determinados libros]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/consegui-determinados-libros_129_10140356.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/13aabdd7-3b31-4a9b-9313-16d8a1cc7acc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De cómo conseguí determinados libros"></p><p class="article-text">
        A veces todos los esfuerzos que pueda hacer&nbsp;una editorial para promocionar un libro no son suficientes. De hecho, los libros que m&aacute;s recuerdo son los que llegaron a m&iacute; de manera providencial. Por ejemplo, una noche voy a ver una pel&iacute;cula con un amigo. La pel&iacute;cula era <em>Despu&eacute;s de hora</em><strong> </strong>-un film bastante at&iacute;pico dentro de la filmograf&iacute;a de <strong>Martin Scorsese</strong>- y en ella hay una escena donde una chica est&aacute; sentada en un bar y est&aacute; leyendo T<em>r&oacute;pico de C&aacute;ncer,</em> de <strong>Henry Miller</strong>. En otra mesa est&aacute; un hombre. El tipo para tratar de ligar con la chica le recita el comienzo del libro: &ldquo;No tengo dinero ni recursos ni esperanzas, soy el hombre m&aacute;s feliz del mundo. Hace un a&ntilde;o, hace seis meses, pensaba que era un artista, ya no lo pienso, lo soy, todo lo que era literatura se ha desprendido de m&iacute;, ya no hay m&aacute;s libros que escribir, gracias a Dios&rdquo;. La chica qued&oacute; impactada, yo tambi&eacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mi mam&aacute; ten&iacute;a una amiga que se llamaba Elsa. Usaba poleras amarillas y fumaba sin parar. Eran buenas amigas a pesar de que a mi mam&aacute; la literatura le parec&iacute;a una p&eacute;rdida de tiempo y la filosof&iacute;a una manera de calentarse la cabeza con estupideces. Elsa, en cambio, adem&aacute;s de fumar, le&iacute;a mucho. Les cont&eacute; a las dos la escena de la pel&iacute;cula de Scorsese. Elsa sac&oacute; de su cartera <em>Tr&oacute;pico de c&aacute;ncer </em>y me lo regal&oacute;. Sub&iacute; a mi pieza y no par&eacute; hasta terminarlo. Era un libro vital, era como tomar whisky. Cuando pas&oacute; el tiempo y mi mam&aacute; se enferm&oacute; y estuvo varios d&iacute;as en coma, yo me la pasaba por los pasillos del hospital esperando las noticias de los m&eacute;dicos y sacaba del bolsillo de mi sobretodo el ejemplar de Miller y tomaba un trago. Era como tener una petaca para soportar el dolor. De esta manera consegu&iacute; <em>Tr&oacute;pico de c&aacute;ncer</em>.
    </p><p class="article-text">
        Una noche volv&iacute;a tarde a mi casa en el subte de la l&iacute;nea E. Entr&eacute; a un vag&oacute;n vac&iacute;o y en uno de los asientos alguien se hab&iacute;a olvidado un libro boca abajo. Me acerqu&eacute; y lo di vuelta -como cuando alguien da vueltas un naipe para ver de qu&eacute; se trata el destino- el libro era <em>La Campana de Cristal</em>, de <strong>Sylvia Plath</strong>. Le&iacute;: &ldquo;Era un verano extra&ntilde;o y sofocante, el verano en que electrocutaron a los Rosemberg, y yo no sab&iacute;a que estaba haciendo en Nueva York. Le tengo man&iacute;a&nbsp;a las ejecuciones. La idea de ser ejecutada me enferma y eso era lo &uacute;nico de que hablaban todos los peri&oacute;dicos -titulares que, como ojos saltones me miraban fijamente&nbsp;en cada entrada mohosa y oliente a man&iacute; del subterr&aacute;neo-. No ten&iacute;a nada que ver conmigo, pero no pod&iacute;a evitar preguntarme qu&eacute; se siente al ser quemada viva de la cabeza a los pies&rdquo;. El libro era de la editorial Tiempo Nuevo, estaba usado y subrayado por alguien. Lo encontr&eacute; de esta manera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me gustaba caminar por la ciudad saltando entre librer&iacute;as de usados. En una de la Avenida de Mayo, encontr&eacute; una mesa de saldo muy grande. Me puse a escarbar. Saqu&eacute; un libro de poes&iacute;a. Parec&iacute;a una edici&oacute;n de autor o una edici&oacute;n de esas impresiones fantasmas, esas editoriales que nacen para sacar uno o dos libros y nada m&aacute;s. Abr&iacute;, le&iacute; uno de los poemas porque me atrajo el t&iacute;tulo &ldquo;Basuras al amanecer&rdquo;, supongo porque hasta ese momento asociaba a la poes&iacute;a con los poemas de amor, los cantos a la naturaleza del romanticismo, pero no con los residuos de nuestra cultura. Le&iacute;: &ldquo;Esta madrugada/ en la calle/ dominado por una especie/ de curiosidad sociol&oacute;gica/ hurgu&eacute; con un palo en el mundo surrealista/ de algunos tachos de basura./ Comprob&eacute; que las cosas no mueren sino que son asesinadas./Vi ultrajados papeles, c&aacute;scaras de fruta, vidrios/de color in&eacute;dito, extra&ntilde;os y atormentados metales,/ trapos, huesos, polvo, sustancias inexplicables/ que rechaz&oacute; la vida. Me llam&oacute; la atenci&oacute;n/ el torso de una mu&ntilde;eca con una mancha oscura,/ una especie de muerte en un campo rosado./ Parece que la cultura consiste/ en martirizar a fondo el material y empujarlo/ a lo largo de un intestino implacable./ Hasta consuela pensar que ni el mismo excremento/ puede ser obligado a abandonar el planeta&rdquo;. Me qued&eacute; tieso. La forma extra&ntilde;a de adjetivar, los versos que pod&iacute;an ser muy cortos o largos, prosaicos, una m&uacute;sica rara que gestaba el poema me conmovi&oacute;. Hab&iacute;a algo ah&iacute;, un logaritmo nuevo que yo no entend&iacute;a del todo. Y si bien el poema afirmaba algo en su eficacia conclusiva, todo estaba puesto en estado de pregunta. El poeta se llamaba <strong>Joaqu&iacute;n Giannuzzi</strong>, compr&eacute; el libro por unos pocos pesos&nbsp;y decid&iacute; copiarlo palmo a palmo en los poemas que yo quer&iacute;a escribir alg&uacute;n d&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ahora estoy en Salta, hace varios meses que estoy viajando. Fue un viaje largo de dos a&ntilde;os a lo largo de buena parte de Am&eacute;rica, tengo 21 a&ntilde;os. Entro en una librer&iacute;a y me encuentro una edici&oacute;n de la obra completa de <strong>Juan</strong> <strong>Gelman</strong> editada por Corregidor. La trato de robar porque no ten&iacute;a un peso, pero el librero era como esos marcadores centrales italianos que no te dan respiro. As&iacute; que vuelvo al camping donde estaba parando con mis compa&ntilde;eros de filosof&iacute;a y busco entre mis cosas. Me acuerdo que el sereno del camping me hab&iacute;a elogiado mis botas na&uacute;ticas que estaban debajo del alero de la carpa. Se las vendo. Voy y compro el libro. A los dos d&iacute;as me entero que al sereno lo echaron por robar de las carpas. &iquest;Por qu&eacute; me pag&oacute; por mis botas si me las podr&iacute;a haber robado? De esta manera consegu&iacute; el libro de Gelman que ahora, con el paso del tiempo, se ha ido desgajando. Cuando muchos a&ntilde;os despu&eacute;s conoc&iacute; a Gelman, le mostr&eacute; el libro y &eacute;l me dijo que estaba lleno de erratas. Pero yo no me di cuenta de eso, para m&iacute; las erratas eran genialidades de Gelman.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Volv&iacute; al pa&iacute;s. Pas&oacute; el tiempo. Estoy en otro camping. En Miramar. Mi amigo Fafa est&aacute; en la carpa de al lado. Una noche me dice que ya no puede pagar m&aacute;s el camping y que como est&aacute; debiendo plata, se va a ir sin pagar, me pide que le desarme la carpa durante la noche y que la esconda en la m&iacute;a. As&iacute; que Fafa se las toma y yo voy con una linterna y le desarmo la carpa. De golpe algo se cae al pasto. Lo alumbro con la linterna y veo que es un libro. En la contratapa, bajo la luz de mi linterna y el cuidado de una luna inmensa, observo por primera vez la cara extraordinaria de <strong>Samuel Beckett</strong>. Me pareci&oacute; que esa cara no pod&iacute;a escribir mal. El libro se llamaba <em>Molloy</em> y era su primera novela escrita en franc&eacute;s. Este libro no ten&iacute;a una trama convencional, parec&iacute;a escrito por un enfermo mental. Me hizo revisar todo lo que pensaba hasta ese momento sobre escribir novelas.
    </p><p class="article-text">
        Estamos en los a&ntilde;os noventa. Voy a una de esas fiestas improvisadas en las casas de amigos, esas en las que &eacute;ramos mortales porque no hab&iacute;a nadie dici&eacute;ndote por el celular que hab&iacute;a otra fiesta mejor en otro lado. Cuando entr&aacute;bamos a esas casas, hab&iacute;a una cama o un sill&oacute;n, donde dej&aacute;bamos los abrigos. Yo usaba un sobretodo negro, de bolsillos largos. En alg&uacute;n momento abandono la fiesta y salgo a caminar. Noto que en mi bolsillo hay algo que pesa un poco. Es un libro, <em>Cicatrices</em> de <strong>Juan Jos&eacute; Saer.</strong> &iquest;Qui&eacute;n se equivoc&oacute; y lo puso ah&iacute;? Conoc&iacute;a a Saer de nombre pero nunca lo hab&iacute;a le&iacute;do. Me fui al Astral, un bar de la calle Corrientes que estaba abierto toda la noche. Empec&eacute; a leer <em>Cicatrices</em> y no lo pod&iacute;a creer. Era casi contempor&aacute;neo de <em>Rayuela</em>, pero hab&iacute;a esquivado todos los recursos promocionales, no pertenec&iacute;a a ning&uacute;n boom, no parec&iacute;a venir de ning&uacute;n lado.
    </p><p class="article-text">
        FC
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Fabián Casas]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 Apr 2023 03:42:01 +0000]]></pubDate>
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