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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Cuentos de hadas]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/cuentos-de-hadas/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Cuentos de hadas]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Cuentos de hadas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cuentos-hadas_129_11801975.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bdcc9ac4-30ed-4ce9-8118-5ebb341be453_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuentos de hadas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los seres humanos estamos hechos de historias. Los cuentos, en consecuencia, son más que simples relatos de entretenimiento, representan una parte de la estructura mental humana más allá de propósitos educativos o moralistas.</p></div><p class="article-text">
        Hace un tiempo que, cuando llevo a mi hijo menor a la cama, le narro algunos cuentos inventados. Surgieron de la improvisaci&oacute;n y se fueron consolidando en la repetici&oacute;n. Lejos de cualquier inspiraci&oacute;n, fueron una maniobra para poder tener la luz apagada y que &eacute;l durmiera m&aacute;s r&aacute;pido. 
    </p><p class="article-text">
        Decir que fueron &ldquo;inventados&rdquo; ser&iacute;a un exceso. Justamente, librado al desarrollo de las secuencias narrativas &ndash;como quien se entrega a la asociaci&oacute;n libre en un div&aacute;n&ndash; me encontr&eacute; con ciertas insistencias, con mi falta de mi imaginaci&oacute;n, como la que ilustra la an&eacute;cdota de la vez en que <strong>Lali Esp&oacute;sito</strong> le dijo a <strong>Charly Garc&iacute;a</strong>: &ldquo;Yo tambi&eacute;n hago m&uacute;sica&rdquo; y el genio respondi&oacute;: &ldquo;La m&uacute;sica ya est&aacute; hecha&rdquo;. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Tres de mis cuentos son los preferidos de mi hijo. Primero, el del pajarraco, que es la historia de un parajito que fue encontrado en la plaza por un ni&ntilde;o, del que este se convirti&oacute; en amigo, hasta que creci&oacute; y se fue de la casa. Entonces, el pajarraco se escapa (&iquest;de d&oacute;nde?) y busca a su amigo todas las noches en las casas de los ni&ntilde;os del barrio, a los que de paso les lleva regalos. Lo que el pajarraco no sabe es que aquel ni&ntilde;o ya es un hombre, cuesti&oacute;n que descubre oscuramente con cierta sospecha el d&iacute;a en que, junto a la cama de un ni&ntilde;o, desde la ventana, se da cuenta de que es muy parecido a su amigo. As&iacute; es que el pajarraco se retira a llorar a la copa de un &aacute;rbol y ah&iacute;, justamente, ve a un pajarito chillando. Lo lleva a la casa de este nuevo ni&ntilde;o y la historia, se entiende, vuelve a comenzar.
    </p><p class="article-text">
        Luego viene la historia de la familia desordenada. Es un cuento en el que los miembros de una familia &ldquo;dejan las cosas en cualquier lado&rdquo;. El padre deja el pantal&oacute;n en el sill&oacute;n, la madre deja la cartera en la heladera y as&iacute; lo mismo los cuatro hermanos &ndash;aqu&iacute; me detengo con precisi&oacute;n, ya que es el mismo n&uacute;mero de hijos que hay en mi familia y, si alg&uacute;n otro de los chicos est&aacute; presente mientras cuento esta historia, hago &eacute;nfasis en su desorden, siempre con rimas, ya que esta es la parte divertida del relato y requiere histrionismo. El drama est&aacute; en que esta familia tiene un perro, al que alimentan fueran de hora, a veces le dan mucha agua, a veces poca y, finalmente, el perro se cansa y se va. El perro se llama Orden. Entonces la familia tiene que ponerse de acuerdo para ir a buscarlo. Es un l&iacute;o. Arman la mochila m&aacute;s disparatada, hasta que entienden que tienen que llevar cosas de Orden. El final es de lo m&aacute;s previsible: cuando logran hacer orden en la mochila, el perro Orden ya apareci&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Por &uacute;ltimo, el tercer cuento. El mago Eduardo (que es el nombre de uno de los abuelos de mi hijo y mi pap&aacute;). Esta es la historia de un mago que tiene poderes, pero siempre los usa al rev&eacute;s. Camina por la calle, se encuentra con un auto detenido y cuando empuja lo hace tan fuerte que el auto vuela como un avi&oacute;n. Tiene que ayudar a una mujer a cruzar la calle y por su ansiedad (porque es un mago ansioso) da la vuelta al mundo y regresa al mismo lugar. Lo mismo le pasa cuando se encuentra con un gatito en la rama de un &aacute;rbol. Quiere ayudar a los bomberos y es tan precipitado que empuja el &aacute;rbol, que cae sobre la autobomba&hellip; Ah&iacute; el jefe de los bomberos le sugiere ir a un psic&oacute;logo. Durante un tiempo, Eduardo va a terapia hasta que se cura cuando entiende que tener poderes no es tener que hacer actos grandiosos, sino los m&aacute;s sencillos, los que el otro necesita. Por querer ser un h&eacute;roe, Eduardo usaba mal sus poderes. El cuento termina con Eduardo yendo a comprar nafta para el auto detenido, con las bolsas de la se&ntilde;ora que iba a cruzar la calle y el gato que dej&oacute; de tener miedo y baj&oacute; del &aacute;rbol porque Eduardo era amable. &iexcl;Esa es la verdadera magia!
    </p><p class="article-text">
        Disculpen la extensi&oacute;n de estas historias, las resumo igualmente para destacar su falta de originalidad. No me duele reconocerlo. M&aacute;s bien me sorprende y alegra que, dispuesto a ir narrando un relato imaginario, reproduje n&uacute;cleos tem&aacute;ticos t&iacute;picos de los cuentos de hadas de los hermanos Grimm: el ni&ntilde;o extraviado que nace en una nueva familia, que demuestra que todo hijo debe ser adoptado; el orden que tiene que ser restablecido como acto de reparaci&oacute;n; el devenir del h&eacute;roe que tiene que revelarse a partir de una peripecia para advenir quien es en su realidad m&aacute;s &iacute;ntima.
    </p><p class="article-text">
        Seguramente aqu&iacute; alguien podr&iacute;a decirme que estos temas tambi&eacute;n son t&iacute;picos de varios mitos. En efecto, a esta observaci&oacute;n se le podr&iacute;a dar su lugar con el planteo de una pregunta: &iquest;por qu&eacute; los temas mitol&oacute;gicos quedaron reabsorbidos, con el pasaje a la modernidad, en un tipo de literatura tan espec&iacute;fica, como es la que se cuenta a los ni&ntilde;os? En este punto, se podr&iacute;a decir algo m&aacute;s contundente: es como si en la ontogenia (desarrollo infantil) se produjese una recapitulaci&oacute;n de la historia de la humanidad (filogenia) con sus relatos fundacionales. 
    </p><p class="article-text">
        Desde este punto de vista, puede entenderse que los llamados cuentos de hadas son algo mucho m&aacute;s profundo que relatos para estimular la imaginaci&oacute;n o para entretenerse. En ellos se materializa un aspecto de la estructuraci&oacute;n mental del ser humano. Este motivo tambi&eacute;n es valioso para plantear que su prop&oacute;sito no es educativo, ni buscan establecer una reflexi&oacute;n con moraleja. Estas apropiaciones racionalistas nunca llegan al hueso de lo que implica que el ser humano est&eacute; hecho de historias.
    </p><p class="article-text">
        Los cuentos de hadas &ndash;al igual que los mitos&ndash; se relacionan con nuestras pasiones, con los movimientos que alguien tiene que hacer sobre s&iacute; mismo para adquirir un estatuto que sea propiamente humano: tiene que renunciar al canibalismo (graficado en los cuentos en que se devora), tiene que domesticar su impulso expulsivo (ilustrado en los temas de abandono, p&eacute;rdida, extranjer&iacute;a), as&iacute; como apaciguar el goce de la mirada (que se tienta con lo invisible, lo oculto, lo prohibido) y los prodigios de la voz (que atrapa con encantamientos, melod&iacute;as seductoras, etc.). 
    </p><p class="article-text">
        Los cuentos son hadas, en su infinita variedad, son variaciones de unas pocas fantas&iacute;as que inciden sobre las pulsiones del ser humano. Este el fundamento de que no pasen de moda, tanto como de que los ni&ntilde;os pidan que se los cuenten una y otra vez, aunque ya conozcan los desenlaces.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La m&uacute;sica ya est&aacute; hecha&rdquo;, le respondi&oacute; Charly a Lali. Una de mis canciones favoritas (de <strong>Billy Joel</strong>) lo dice apenas un poco mejor: &ldquo;Nosotros no encendimos el fuego, siempre estuvo ardiendo, desde el que mundo gira&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>LL/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cuentos-hadas_129_11801975.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 08 Nov 2024 09:48:27 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cuentos de hadas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cuentos de hadas,Padres,Hijos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lo que no se aprende]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/no-aprende_129_10244046.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a89889d8-387f-41ca-9e31-d9f6e793a134_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lo que no se aprende"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Recuperando los cuentos de hadas y príncipes con los que se crió y las novelas de Bret Easton Ellis de reciente lectura, la autora enfrenta el conservadurismo narrativo  y la idea de que hay que llevarse algo de una historia. "Irse del encuentro con una obra de arte con un vacío un poco más grande que el que una había traído", propone a cambio.</p></div><p class="article-text">
        Me cri&eacute; con muchos cuentos de hadas. Pens&eacute; que era com&uacute;n, pero cada vez que le pregunto a alguien de mi edad si recuerda la historia de la princesa y el guisante o la de los zapatos bailarines me doy cuenta de que es algo bastante m&aacute;s personal de lo que yo cre&iacute;a, bastante m&aacute;s espec&iacute;fico de mi circunstancia, quiero decir. Supongo que tiene que ver con los libros viejos, tambi&eacute;n, con crecer en una familia muy tradicional en la que se valoran las que se guardan muchos a&ntilde;os y nadie se pregunta demasiado c&oacute;mo han envejecido. Si era suficientemente bueno para las nenas de hace cien a&ntilde;os, era suficientemente bueno para m&iacute;. 
    </p><p class="article-text">
        Lo que me gusta de los cuentos de hadas es que son absurdos y perversos, pero no solo en el sentido: lo son tambi&eacute;n en la forma. El cuento de la princesa y el guisante, por ejemplo, dice as&iacute;: hay un pr&iacute;ncipe que est&aacute; buscando novia. Le presentan much&iacute;simas princesas, pero no est&aacute; realmente seguro de que sean <em>aut&eacute;nticas</em> princesas. Recuerdo que la primera vez que lo le&iacute; me pregunt&eacute; un rato largo si lo de la autenticidad de las princesas refer&iacute;a a que no eran princesas en el sentido de que no ten&iacute;an ning&uacute;n reino que heredar o a algo m&aacute;s profundo, como si hubiera princesas de piel y princesas de alma; sigo sin tenerlo muy claro. Cuesti&oacute;n que una noche de tormenta llega una chica empapada pidiendo refugio en el castillo del pr&iacute;ncipe. La chica dice ser princesa, pero la reina tiene sus dudas y entonces decide ponerla a prueba. Le arman una cama mullida, con much&iacute;simos colchones uno arriba de otro, y abajo de todo ponen un guisante. Al d&iacute;a siguiente, la reina le pregunta c&oacute;mo durmi&oacute;: la muchacha dice que p&eacute;simo, que la cama parec&iacute;a c&oacute;moda pero algo le molestaba y as&iacute; pasa la prueba. Una verdadera princesa no puede descansar en esas condiciones. El pr&iacute;ncipe se casa con ella y el guisante termina, por razones completamente inexplicadas, en un museo.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Es un regalo que nunca voy a poder agradecerle lo suficiente a mi familia, haber estado expuesta de tan chica a todo esa violencia del sinsentido.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        El cuento empieza y termina en cualquier parte. No nos deja ninguna ense&ntilde;anza. Es completamente arbitrario: no se entiende por qu&eacute; la chica tiene que llegar de la nada una noche de lluvia, ni por qu&eacute; el criterio para ser una verdadera princesa es ser insoportable (si en esa &eacute;poca ya circulaban, por supuesto, historias y discursos sobre la nobleza de car&aacute;cter y las mujeres virtuosas; sin ir m&aacute;s lejos, <em>Mujercitas</em> es m&aacute;s o menos de esa &eacute;poca), lo del museo es directamente delirante y hasta rompe con una cierta convenci&oacute;n seg&uacute;n la cual si el problema era que el pr&iacute;ncipe se casara no necesitamos ninguna informaci&oacute;n posterior a ese evento. Pero&nbsp;lo que m&aacute;s me gusta de este cuento, creo, es que nadie cambie. Pienso en las ortodoxias est&uacute;pidas de la narrativa &mdash;que informan casi todas las series que se ven hoy&mdash; seg&uacute;n las cuales los personajes tienen que verse <em>transformados. </em>Tambi&eacute;n en ortodoxias un poco menos est&uacute;pidas y m&aacute;s inescapables, la idea de que en la ficci&oacute;n tiene que <em>pasar</em> algo, una no puede sencillamente pedirle a quien lee que se quede viendo a seres humanos girando en ruedas como h&aacute;msters, pero la verdad es que esa es la ficci&oacute;n que a m&iacute; m&aacute;s me gusta. Incluso cuando pasa algo, lo que m&aacute;s me interesa es lo que no pasa, lo que no cambia, lo que no se aprende. Es una suerte inmensa, haberse criado con esos cuentos en los que la gente se rebana los pies o entrega su vida a un tipo que no la quiere. Es un regalo que nunca voy a poder agradecerle lo suficiente a mi familia, haber estado expuesta de tan chica a todo esa violencia del sinsentido.
    </p><p class="article-text">
        Empec&eacute; a leer a <strong>Bret Easton Ellis</strong> hace poco. Como siempre, hice todo al rev&eacute;s. Le&iacute; primero <em>Suites imperiales</em>, porque me gust&oacute; el nombre, y me enter&eacute; cuando iba por la mitad del libro de que era la continuaci&oacute;n de <em>Menos que cero</em>, la primera novela que Ellis public&oacute; a los veinte a&ntilde;os, veinticinco a&ntilde;o antes de esta secuela. Finalmente estuvo bien, haber le&iacute;do as&iacute;. Esta semana le&iacute;<em> Menos que cero</em> y pens&eacute; que hab&iacute;a algo de inocencia en las versiones adolescentes de los personajes que en<em> Suites imperiales </em>tienen treinta y pico pero fundamentalmente son los mismos. No han aprendido nada, no han cambiado nada. Clay, el narrador protagonista, si algo hizo fue empeorar. En<em> Menos que cero</em>, una de las &uacute;ltimas escenas lo muestra yendo a la casa de unos amigos que est&aacute;n b&aacute;sicamente violando a una chica de doce a&ntilde;os. Es potente la escena, porque por primera vez en toda la novela Clay parece decidir que hay que ponerle alguna clase de l&iacute;mite a la voluntad de poder. &ldquo;No me parece que est&eacute; bien&rdquo;, le dice a uno de los otros chicos despu&eacute;s de p&aacute;ginas y p&aacute;ginas de haber estado ok con toda clase de maltratos y violencias. &ldquo;&iquest;Y qu&eacute; est&aacute; bien?&rdquo;, le contesta su amigo. &ldquo;Si uno quiere algo, tiene derecho a cogerlo. Si quieres hacer algo, tienes derecho a hacerlo&rdquo;. Si yo no hubiera le&iacute;do ya <em>Suites imperiales</em>, pensar&iacute;a que efectivamente Clay se ha dado cuenta de que es distinto de sus amigos, de que &eacute;l s&iacute; tiene l&iacute;mites, y quiz&aacute;s me hubiera enojado un poco con Ellis, solamente porque odio las escenas &mdash;y m&aacute;s todav&iacute;a si est&aacute;n cerca del final&mdash; que hacen quedar tan bien a sus protagonistas. Pero ya le&iacute; <em>Suites imperiales</em>, y en <em>Suites imperiales</em> Clay se pasa casi toda la novela extorsionando abiertamente una joven actriz para que siga siendo su novia a cambio de que &eacute;l le consiga un papel en la pel&iacute;cula que acaba de escribir.
    </p><p class="article-text">
        Cuando pienso en el p&aacute;nico moral y la ficci&oacute;n me preocupa m&aacute;s esto que las ficciones feministas o con personajes progresistas; me preocupa m&aacute;s el conservadurismo narrativo, lo que esperamos de las historias, que si esas historias tienen ideas en ella. Me angustia m&aacute;s la idea de que hay que llevarse algo de una historia, la idea de que tiene que terminar con una resoluci&oacute;n, que la idea de la moraleja. En el fondo, si hay una resoluci&oacute;n, da igual si es una resoluci&oacute;n moral o inmoral: lo moralista es la necesidad de que las cosas se resuelvan en lugar de destejerse. Vuelvo a esa frase de<em> llevarse algo</em> porque me parece de lo peor, cuando alguien sale del teatro y me dice que la obra no le gust&oacute; porque <em>no le dej&oacute; nada</em>, porque sali&oacute; de ella vac&iacute;a, cuando yo en alg&uacute;n sentido siento que eso es exactamente lo que tiene que pasar, como en el cuento de la princesa del guisante que solo deja desconcierto, y maravilla ante ese desconcierto: irse del encuentro con una obra de arte con un vac&iacute;o un poco m&aacute;s grande que el que una hab&iacute;a tra&iacute;do.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/no-aprende_129_10244046.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 28 May 2023 03:02:30 +0000]]></pubDate>
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