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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Avenida Corrientes]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/avenida-corrientes/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Avenida Corrientes]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La calle que nunca duerme]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/calle-duerme_129_10265546.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5c3758ab-a51e-4775-888b-66085b0f38b6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La calle que nunca duerme"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"No viví, estoy más o menos segura, el esplendor de la calle Corrientes, pero sí he vivido épocas más esplendorosas que éstas". Recuerdos de infancia en el Once y adolescencia en el centro, inspiran a la autora a una reflexión sobre el trabajo como fuente de alegría.</p></div><p class="article-text">
        No viv&iacute;, estoy m&aacute;s o menos segura, el esplendor de la calle Corrientes, pero s&iacute; he vivido &eacute;pocas m&aacute;s esplendorosas que &eacute;stas. Sigue siendo mi avenida favorita, mi lugar favorito, me refiero al centro, a lo que pasa en Corrientes, del Abasto hacia el sur, aunque las librer&iacute;as ya no est&eacute;n abiertas de noche, aunque ya a nadie le importe demasiado lo que pase en esos teatros, ni en esos boliches. La noche ya no est&aacute; ah&iacute;, la calle ya no est&aacute; ah&iacute;. Y sin embargo sigo pensando que hay una parte de esa m&iacute;stica que no se puede trasladar, ni a Palermo ni a Chacarita, a ninguna parte. Quiero decir: una parte de esa m&iacute;stica se pierde cuando abandonamos el centro, no podemos llevarla a otro lado, se queda ah&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Pienso que en el centro se camina, que hasta las personas que siempre manejan en el centro se resignan a la imposibilidad de circular con autos y entonces todos habitamos la ciudad como una ciudad medieval, solo que en lugar de ir de la iglesia a la plaza central caminamos del teatro al bar, hay algo de eso, de esa peatonalidad de ciudad compartida, pero no es solo eso. Creo que fundamentalmente se trata del trabajo. Vengo pensando mucho en esto y creo que es algo que excede a la Argentina y a nuestro contexto econ&oacute;mico. El trabajo como fuente de alegr&iacute;a y de sentido ha perdido tanta importancia que parece hasta un chiste decirlo, peor que un chiste, parece un acto de cinismo. No digo que el trabajo haya sido solo eso, ni siquiera principalmente eso, antes de nuestra &eacute;poca. Pero pienso en m&iacute;, en mi infancia y mi adolescencia, y creo que parte de lo que me gustaba de circular por el centro es que all&iacute; de noche se sal&iacute;a y de d&iacute;a se trabajaba. De mi infancia en el Once y mi adolescencia en el centro recuerdo las ganas de trabajar, las ganas de ser una persona necesaria en esos lugares. Me daba una bronca tremenda circular por ah&iacute; sin que nadie me necesitara. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Tuve suerte, dejé de tener trabajos que odiaba y ahora tengo un trabajo que amo tanto que se parece más a tener un amor que un trabajo: cuando logro conectar con él, la plenitud de los días es total</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Me daban envidia mis amigas de la primaria, hijas de comerciantes, que tantas veces ten&iacute;an que ir a ayudar al negocio: a m&iacute; en mi casa nadie me precisaba para nada. Por supuesto que hay algo (casi todo) de fantas&iacute;a infantil, pero la sensaci&oacute;n de tener un prop&oacute;sito, por nimio que fuera, que excediera a tu placer inmediato y tambi&eacute;n a tu familia era para m&iacute; la definici&oacute;n de la adultez; no solo ser independiente, sino tambi&eacute;n ser necesaria. Una cosa parec&iacute;a la contracara indisociable de la otra. Creo que hay algo profundamente humano en esa necesidad de que nos necesiten, una forma sublimada de la demanda de amor que quienes piensan que la gente prefiere &ldquo;vivir de planes&rdquo; (imaginando, claro, que la contraoferta es un trabajo saludablemente soportable y no esos trabajos que son formas legales de la esclavitud) ignoran por completo, quiz&aacute;s porque tambi&eacute;n se han desconectado de ese componente inevitablemente social y colectivo de todos los trabajos, hasta el m&aacute;s solitario. 
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s crec&iacute; y tuve trabajos que odi&eacute;, pero incluso entonces nunca dej&eacute; de sentir cierta satisfacci&oacute;n derivada de la sensaci&oacute;n de que si yo faltaba, algo pasaba. De hecho, los trabajos en los que peor la pas&eacute; no fueron aquellos donde dorm&iacute;a menos y trabajaba m&aacute;s, ni siquiera los trabajos en los que m&aacute;s me demandaban o en los que peor me trataban. Lo peor era cumplir horario, hacer tiempo en una oficina sin tener nada que hacer, pedir permiso para ir al m&eacute;dico o para ir al banco a hacer un tr&aacute;mite sabiendo que ese rato no afectar&iacute;a lo m&aacute;s m&iacute;nimo mis tareas. La parte sanadora del trabajo es la verdad. Siento que la concepci&oacute;n marxista del trabajo, la que se imagina c&oacute;mo ser&iacute;a trabajar sin alienaci&oacute;n, lo sabe: producir puede llenar la existencia de vitalidad si una se siente inmersa en el por qu&eacute; y el para qu&eacute;. La parte que salva, entonces, es la verdad: la parte que angustia es la parte del poder, la parte en la que te recuerdan que es m&aacute;s importante a qui&eacute;n respond&eacute;s que lo que sea que est&eacute;s haciendo. 
    </p><p class="article-text">
        Tuve suerte, dej&eacute; de tener trabajos que odiaba y ahora tengo un trabajo que amo tanto que se parece m&aacute;s a tener un amor que un trabajo: cuando logro conectar con &eacute;l, la plenitud de los d&iacute;as es total. Cuando no, el desencuentro es doloros&iacute;simo, como no encastrar con un cuerpo que se desea pero que en el fondo no se sabe bien c&oacute;mo desear, que hay que aprender a desear con m&aacute;s delicadeza y menos ansiedad. Entiendo que la relaci&oacute;n de quienes hacemos trabajos como el m&iacute;o y sentimos que ponemos lo m&aacute;s verdadero que tenemos ah&iacute; es un poco extrema, pero siento que hay algo del mito de la vocaci&oacute;n que no quiero que se quede en el siglo XX, o en la calle Corrientes. Pienso que la gracia del centro era justamente que todos est&aacute;bamos ah&iacute;, haciendo cosas distintas, creando, corriendo, sufriendo, pari&eacute;ndola todos juntos. 
    </p><p class="article-text">
        Hoy es Instagram el lugar donde pasa todo eso, la parte m&aacute;s alienada de mi trabajo y del de todos los artistas que conozco. Se cruzan en Chacarita, en esos lugares donde est&aacute; la gente que ya no sabe si finge trabajar o si finge no trabajar, lejos de las oficinas cada vez m&aacute;s vac&iacute;as del microcentro, de sus calles cada vez menos llenas de gente orgullosa de hacer lo que hace, de estar ah&iacute; todos los d&iacute;as. <strong>Supongo que si necesito tanto seguir yendo al centro es por eso, porque me niego a aceptar la distancia cada vez m&aacute;s grande entre la gente que tiene derecho a amar lo que hace y la que apenas est&aacute; sobreviviendo, me niego a aceptar que darle a tu vida un prop&oacute;sito ya no sea para la mayor&iacute;a ni siquiera un lujo, ni siquiera un sue&ntilde;o, que sea una utop&iacute;a vieja como la democracia o los autos voladores.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>TT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/calle-duerme_129_10265546.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 04 Jun 2023 03:01:51 +0000]]></pubDate>
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