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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Maurice Ravel]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/maurice-ravel/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Maurice Ravel]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[A través del espejo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/traves-espejo_129_12216873.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/dbb2587e-283c-44cb-b7f5-6b0039926df6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="A través del espejo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Jóvenes y viejos. Quiénes son unos y quiénes los otros. Qué música oyen. Y cómo la oyen. Una serie de preguntas sin respuesta y los algoritmos y las recomendaciones de uno mismo y las maneras, si se quiere, de escapar de allí. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Qu&eacute; se escucha en las redes. Por un lado, se sabe todo. Qui&eacute;n, cu&aacute;nto y c&oacute;mo. Qu&eacute; cantidad de minutos (o de segundos). Qu&eacute; escuchar&aacute; despu&eacute;s quien acaba de escuchar determinada canci&oacute;n. Una profec&iacute;a que, obviamente, tiende a autorrealizarse. Porque los algoritmos, al fin y al cabo, son como espejos. Y los espejos siempre deforman un poco, pero acaban dici&eacute;ndole a quien se mira c&oacute;mo es su verdadera imagen. La IA recomienda algo parecido a lo que ya se ha consumido y quien sigue sus recomendaciones acaba pareci&eacute;ndose a ese parecido. Pero, en rigor, nada se sabe. O, para decirlo de una manera m&aacute;s clara, nada se sabe sobre el otro. O lo otro. S&oacute;lo se escuchan variantes de lo que ya se ha o&iacute;do.
    </p><p class="article-text">
        Las recomendaciones siempre modelaron los gustos. Pero los tiempos del Imperio Spotify trajeron cambios. Antes, un amigo, una novia, el comentario en un diario o una revista, llevaban a incorporar cosas nuevas, a asombrarse, a rechazarlas, a discutirlas o a enamorarse de ellas. No todo tiempo pasado fue mejor pero, ahora, es uno, mediante la colaboraci&oacute;n de una m&aacute;quina, quien se recomienda a s&iacute; mismo. Todo muy especular. O masturbatorio. La cultura, como siempre, se abrir&aacute; camino, probablemente. Pero le llevara trabajo. 
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        El contacto con lo diferente siempre fue el motor principal. Marineros y mercaderes que cantaban y aprend&iacute;an canciones, que las transformaban, voluntariamente o no, que llevaban instrumentos de un conf&iacute;n a otro, pueblos que migraban con sus costumbres a cuestas y, mucho despu&eacute;s, el disco y la radio, son los responsables de que hoy no se baile ni se cante ni se festeje o se lamente o, simplemente, se escuche a secas, alrededor de una fogata o en una sala de conciertos, con los mismos sonidos que en las viejas y buenas cavernas. Lo que nadie sabe todav&iacute;a es c&oacute;mo ser&aacute; la cultura cuando todos s&oacute;lo puedan escucharse a s&iacute; mismos. 
    </p><p class="article-text">
        Se habla, y se inquiere bastante, acerca de qu&eacute; escuchan los j&oacute;venes. La pregunta posiblemente deber&iacute;a ser otra: de qu&eacute; manera escuchan. Y, por supuesto, para qu&eacute; escuchan. Es obvio que quienes en el pasado disfrutaban con un tema de <strong>Pink Floyd</strong> que duraba todo un lado de un disco, con una sonata de <strong>Johannes Brahms</strong> o una larga e intrincada improvisaci&oacute;n colectiva de jazz buscaba algo diferente que quien encontraba placer en una canci&oacute;n festiva de <strong>Palito Ortega</strong>. Las diferentes m&uacute;sicas no eran s&oacute;lo distintas formas de &ldquo;combinar sonidos&rdquo; &ndash;para tomar la cl&aacute;sica y err&oacute;nea definici&oacute;n&ndash; sino distintas maneras de satisfacer distintas necesidades y diferentes funcionalidades. La m&uacute;sica, finalmente, siempre fue el menos universal de los lenguajes. Para un encuestador, uno y sus vecinos son lo mismo. Consumen lo mismo. Tienen el mismo poder adquisitivo. Se visten m&aacute;s o menos de la misma manera. Pero escuchan m&uacute;sicas distintas &ndash;y seguramente lo hacen porque escuchan de manera diferente&ndash;. Basta una prueba. Casi todos, irremediablemente, odian la m&uacute;sica que escuchan sus vecinos. 
    </p><p class="article-text">
        Dos recientes &ndash;y excelentes&ndash; art&iacute;culos publicados en este diario por <strong>Tamara Tenembaum</strong> rondan cuestiones que, lateralmente, ata&ntilde;en a la escucha musical y que, tambi&eacute;n lateralmente, se relacionan con una vieja publicidad gr&aacute;fica y con una observaci&oacute;n del ensayista <strong>Alex Ross</strong>, el cr&iacute;tico musical de The New Yorker y autor de <em>The rest is noise</em>. <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/pie-afuera-mundo_129_12156315.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">En uno de ellos</a>, Tenembaum reflexiona acerca de una novela de Jonathan Franzen, <em>Las correcciones</em>, y, a partir de all&iacute;, sobre la vejez, las relaciones familiares, y la necesidad de los padres de tratar a sus hijos ya adultos como si a&uacute;n fueran necesarios para ellos y no lo contrario. Hay algo all&iacute; sobre quienes no quieren &ndash;o no pueden&ndash; dejar de pensarse como j&oacute;venes y que se relaciona con <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/proxima-generacion_129_12176081.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">su ensayo de una semana despu&eacute;s</a>, donde piensa alrededor de lo que se piensa &ndash;y se dice&ndash; de la serie <em>Adolescencia</em>. Y, al pasar, realiza una observaci&oacute;n brillante. Quienes hacen el film, innegablemente adultos, al pensar en los padres piensan en los suyos y no en s&iacute; mismos. 
    </p><p class="article-text">
        La antigua publicidad rezaba: &ldquo;A tu viejo le gusta el tango. A vos te gusta el rock. J&uacute;ntense hoy para escuchar a la Mississippi&rdquo;. M&aacute;s all&aacute; de la incomprobable taxonom&iacute;a que pon&iacute;a a una banda argentina de blues en la improbable intersecci&oacute;n entre el tango y el rock, aquel slogan estaba en la misma frecuencia de lo que se&ntilde;alaba Tenembaum. Padres incapaces de verse como otra cosa que hijos. El &ldquo;tu viejo&rdquo; deber&iacute;a haberse referido a los propios redactores de la publicidad, personas, casi con certeza, de entre 30 y 45 a&ntilde;os. Ross, por su parte, observa, en el ensayo que abre el volumen <em>Escucha esto</em>, la inversi&oacute;n de la relaci&oacute;n entre las edades de los artistas y su p&uacute;blico en el mundo del pop/rock y en el de la m&uacute;sica cl&aacute;sica. M&uacute;sicos mucho m&aacute;s grandes que quienes los escuchan en el primero (con casos como el de los <strong>Rolling Stones</strong>, donde ya no ser&iacute;an sus padres sino sus abuelos, o hasta sus bisabuelos); m&uacute;sicos jovenc&iacute;simos &ndash;violinistas, pianistas e incluso directores de orquesta que apenas han dejado la adolescencia&ndash; con audiencias cuyo promedio de edad supera ampliamente los cincuenta. Y nuevamente la pregunta, qu&eacute; es lo que escuchan (y c&oacute;mo lo escuchan) ellos en las redes. Una pregunta &ndash;o una serie de preguntas&ndash; que, para alguien que escribe en un diario una columna llamada &ldquo;Qu&eacute; escuchar&rdquo;, resulta inevitable.
    </p><p class="article-text">
        Mientras escribo esto, y sin saber a&uacute;n con exactitud ad&oacute;nde llegar&eacute;, pienso en las m&uacute;sicas que estuve escuchando esta semana, en las maneras en que lo hice, y en el escaso inter&eacute;s que eso podr&iacute;a tener para los lectores. Un gran pianista franc&eacute;s, <strong>Jean-Effalm Bavouzet</strong>, hab&iacute;a grabado hace 22 a&ntilde;os, a los 40, la obra completa para piano de <strong>Maurice Ravel</strong>. Y ahora volvi&oacute; a hacerlo. &iquest;Simple cuesti&oacute;n de mercado o la posibilidad &ndash;y la necesidad&ndash; de decir algo nuevo sobre algo ya vivido con anterioridad? Tres notables discos de jazz publicados el &uacute;ltimo mes, incluyen mujeres saxofonistas, un fen&oacute;meno que, con la excepci&oacute;n de <strong>Jane Ira Bloom</strong>, resulta absolutamente nuevo para el g&eacute;nero. En <em>Lotus Flowers</em>, junto al pianista <strong>Bruno Angelini</strong>, tocan <strong>Angelica Niescier</strong> y <strong>Sakina Abdou</strong>; <em>Big Visit</em> es un d&uacute;o de la brit&aacute;nica <strong>Emma Rawicz</strong> con el pianista <strong>Gwilym Simcock</strong>; en <em>Radio Paradise</em>, del pianista <strong>Yaron Herman</strong>, tocan <strong>Maria Grand</strong> y <strong>Alexandra Grimal</strong>. Una nueva versi&oacute;n de la <em>Misa en si menor</em>, a cargo del grupo <strong>Pygmalion</strong>, dirigido por <strong>Rapha&euml;l Pichon</strong>, espectacular pero que no termina de convencerme, me lleva a escuchar nuevamente otras, a comparar cantantes y pasajes y a volver a deslumbrarme con la intensa intimidad de la de <strong>Concerto Copenhagen</strong>, con la direcci&oacute;n de <strong>Lars Ulrik Mortensen</strong>, y con la voz del contratenor <strong>Alex Potter</strong> y el extraordinario fraseo de <strong>Antoine Torunccyk</strong> en el aria &ldquo;Qui Sedes&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        La cuesti&oacute;n del otro y las culturas me llev&oacute; a pensar en el antiguo Meditarr&aacute;neo, en Thessaloniki, donde conviven los Hammam turcos, las iglesias bizantinas, le herencia sefard&iacute; y el mundo portuario del reb&eacute;tiko, las canciones de los 30 y los 40 que todav&iacute;a hoy all&iacute; conoce y canta todo el mundo, y en <em>Watersong</em>, el nuevo disco del grupo <strong>Primavera en Sal&oacute;nico</strong> (el nombre sefard&iacute; de Thessaloniki), que conduce la cantante y estudiosa <strong>Savina Yannatou</strong>. &iquest;A cu&aacute;ntos les interesar&aacute; algo de todo esto? &iquest;Cu&aacute;ntos y cu&aacute;nto escuchar&aacute;n en la red y entre las redes de los algoritmos? No se sabe. Yo no lo s&eacute;. Apenas dejo una mesa, servida, como es costumbre en Grecia, con infinidad de platos. Cada uno tomar&aacute; de all&iacute; lo que desee. Repetir&aacute; si le viene en gana. O, simplemente, pasar&aacute; de largo.
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 12 Apr 2025 10:57:38 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La soledad y la máquina]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/soledad-maquina_129_12095655.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3b3a8a6f-127c-4cee-aaa2-e4106f84ac8d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La soledad y la máquina"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El compositor más secreto. Aquel del que nada se sabe salvo su música. El más misterioso y el más perfecto. Maurice Ravel a 150 años de su nacimiento. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        El arte siempre agradece los finales verdaderamente tristes. Y el de <strong>Maurice Ravel</strong>, el m&uacute;sico m&aacute;s solitario, misterioso y perfecto de la historia, no podr&iacute;a serlo m&aacute;s. Se dijo, en su momento, que la culpa hab&iacute;a sido de un fuerte golpe en su cabeza, debido a un choque mientras viajaba en taxi. Otros afirmaron que se trataba de un tumor que, no obstante, nadie encontr&oacute;. La realidad es que, simplemente, su cerebro fue dejando de funcionar. Una operaci&oacute;n fracasada y a los pocos d&iacute;as la muerte. Una muerte tan inexplicable como su vida.
    </p><p class="article-text">
        Las revistas de m&uacute;sica m&aacute;s importantes, las inglesas <em>Gramophone</em> y <em>BBC Music</em> y la francesa <em>Diapason</em>, ilustran sus tapas de este mes con su fotograf&iacute;a. El pr&oacute;ximo viernes 7 de marzo se cumplir&aacute;n 150 a&ntilde;os de su nacimiento y, m&aacute;s all&aacute; de la afici&oacute;n del mercado a los m&uacute;ltiplos de cincuenta, posiblemente se trate del aniversario m&aacute;s inc&oacute;modo que pueda imaginarse. De Ravel no se sabe casi nada que no sea su m&uacute;sica &ndash;y que no haya sido ya contado&ndash; y su obra, adem&aacute;s de ser brev&iacute;sima y de haber sido ya recorrida por todos los grandes int&eacute;rpretes a lo largo de un siglo, es, salvo por algunas pocas obras, un muy peque&ntilde;o n&uacute;mero de piezas repetido dos veces. O no, y esa es precisamente la cuesti&oacute;n.
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        La casi totalidad de sus composiciones para orquesta existe tambi&eacute;n en su versi&oacute;n para piano. Y una de las m&aacute;s famosas, en rigor, <em>sus</em> <em>Cuadros de una exposici&oacute;n</em> &ndash;basta la escucha del original de <strong>Modest Mussorgsky</strong> para saber que se trata de otra obra&ndash;, no le pertenece del todo. Como en el cuento &ldquo;La loca y el relato del crimen&rdquo;, una brillante fantas&iacute;a ling&uuml;&iacute;stico-policial de Ricardo Piglia, la verdad hay que buscarla en aquello que no se repite. En las peque&ntilde;as variaciones. En las anomal&iacute;as. Y eso alcanza tambi&eacute;n a la clasificaci&oacute;n estil&iacute;stica de la obra de Ravel en su conjunto. Ni impresionista &ndash;y es que en verdad no hubo tal cosa como una escuela musical asimilable a esa corriente&ndash; ni neocl&aacute;sica ni brutalista ni puntillista. Eventualmente, todo eso. Y por momentos neo arcaica. Y vanguardista. Tan inabarcable por una sola palabra que a veces queda reducida a adjetivos casi descalificatorios: elegante; bella: difusa; refinada. Y al peor de todos: perfecta.
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        Si toda biograf&iacute;a florece en la fantas&iacute;a de que las revelaciones privadas iluminan lo p&uacute;blico, la de Ravel es virtualmente imposible. Y es que qu&eacute; podr&iacute;a decir acerca de <em>Bol&eacute;ro </em>o del <em>Concierto en Sol</em> para piano y orquesta la vida de alguien cuya m&aacute;xima preocupaci&oacute;n declarada parece haber tenido que ver con la manera en que las medias deb&iacute;an combinar con el pa&ntilde;uelo. Tal vez explique algo m&aacute;s su inter&eacute;s por coleccionar juguetes y relojes. Lo mec&aacute;nico, en todo caso, entronca con una de las obsesiones del arte en las primeras d&eacute;cadas del Siglo XX. La precursora <em>Fundici&oacute;n de hierro</em> de <strong>Alexander Mossolov</strong> (1917), los trenes en <em>Pacific 231</em> de <strong>Arthur Honegger</strong> (1923) y &nbsp;<em>El paso de acero</em> de <strong>Sergei Prokofiev</strong> (1926), el <em>Ballet M&eacute;canique</em> de <strong>George Antheil</strong> (1924), y, claro, la <em>Metropolis</em> de <strong>Fritz Lang</strong>, con su ballet mec&aacute;nico inspirado en las danzas de <strong>Josephine Baker</strong>, estrenada en 1927, el a&ntilde;o en que Ravel completaba se segunda <em>Sonata para viol&iacute;n y piano</em>, esa que, como indicaci&oacute;n de tempo en su segundo movimiento, en lugar de Adagio, Largo o Lento colocaba la palabra &ldquo;Blues&rdquo;. Y, por supuesto, el <em>Bol&eacute;ro</em> de 1928, una obra, seg&uacute;n Ravel, &ldquo;inspirada en una f&aacute;brica&rdquo;, a la que defini&oacute; como &ldquo;tejido orquestal sin m&uacute;sica&rdquo; y regida por un crescendo permanente y un implacable tambor. &ldquo;&iexcl;Los delicados tocan el amor con tiernos violines! Pero el ruido se sirve de timbales&rdquo;, hab&iacute;a escrito <strong>Vladimir Maiakovsky</strong> en 1915, &nbsp;en &ldquo;La nube en pantalones&rdquo;, un poema fundante del futurismo.
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        Cabe preguntarse si ese Ravel es el mismo que compone sus <em>Melod&iacute;as populares griegas</em> a partir de lo que escucha en un recital bautizado literalmente &ldquo;Canciones de pueblos oprimidos&rdquo; &ndash;la masacre de Qu&iacute;os hab&iacute;a sido pintada por <strong>Eug&egrave;ne Delacroix</strong> cien a&ntilde;os antes&ndash;, si el acuarelista de <em>Juegos de agua</em> es el mismo de la explosi&oacute;n infernal de <em>La valse</em>, si el <em>flaneur</em> del pasado que se regodea con <em>La Tombeau de Couperin</em> es quien, en 1922, compone la descarnadamente modernista, casi astringente, <em>Sonata para viol&iacute;n y cello</em>.&nbsp;La respuesta es, obviamente, afirmativa, pero transgrede la mayor&iacute;a de los lugares comunes &ndash;y falsedades&ndash; que circulan alrededor de la m&uacute;sica. La primera de ellas es que un mundo est&eacute;tico puede ser reducido a una f&oacute;rmula. A una palabra. En Ravel no hay un solo estilo, y mucho menos una receta reveladora, pero su verdad subyace en todos ellos y es reconocible de inmediato. Y aqu&iacute; es donde aparece nuevamente la palabra maldita: perfecci&oacute;n. Ese t&eacute;rmino que parece excluir la visceralidad, la necesidad profunda de expresi&oacute;n. Qui&eacute;n otro que un desapasionado, un extranjero a las verdades del arte, podr&iacute;a preocuparse por la exactitud o la elegancia. Al fin y al cabo, sobre esos t&oacute;picos se ha edificado la supuesta fractura entre el rock y el pop. Una concepci&oacute;n deudora, adem&aacute;s, de la idea rom&aacute;ntica del sufrimiento. Los que no lo padecen no son verdaderos artistas y, ya se sabe, los elegantes, los perfectos, no sufren. Pero qu&eacute; pueden saber los otros acerca de quien nada se sabe, salvo su m&uacute;sica, ese tejido preciso detr&aacute;s de cuyos mecanismos impecables tiembla el latido de la soledad.
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    </figure><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog &ldquo;El sonido de los sue&ntilde;os&rdquo;: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/soledad-maquina_129_12095655.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Mar 2025 14:43:15 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[El arte de la obsesión]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/arte-obsesion_129_10322813.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/58131040-9702-4243-a197-4a73789482e2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0." width="1200" height="675" alt="El arte de la obsesión"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">De obra vanguardista a hit imprevisto. Del maquinismo futurista y del “tejido orquestal sin música”, en palabras de Maurice Ravel, a pieza de Benny Goodman o de King Crimson, el Boléro ocupa un extraño lugar en el canon y la reciente grabación dirigida por François-Xavier Roth le devuelve, además de la velocidad y el sonido originales, la modernidad. 
Novedades y rescates en la red, entre las redes.

</p></div><p class="article-text">
        El tal&oacute;n de la pierna izquierda, situado detr&aacute;s de la derecha inm&oacute;vil, sube y baja r&iacute;tmicamente. El brazo derecho se eleva lentamente y luego desciende. Luego el izquierdo repite el movimiento. Despu&eacute;s el vientre se suma a la pulsaci&oacute;n del tal&oacute;n izquierdo y unos instantes despu&eacute;s ambos brazos, lentamente, se superponen a ese latido. La expresi&oacute;n de la cara es hier&aacute;tica. As&iacute; comienza una de las escenas de baile m&aacute;s famosas de la cinematograf&iacute;a, aquella en que todos los personajes que hab&iacute;an participado de la pel&iacute;cula miraban a <strong>Jorge Donn</strong> bailar el <em>Bol&eacute;ro </em>de Maurice Ravel, (mal) intervenido por <strong>Francis Lai</strong>. El film, <em>Los unos y los otros</em>, es de 1982 y fue dirigido &ndash;como casi siempre al borde de la cursiler&iacute;a&ndash; por <strong>Claude Lelouch</strong>.&nbsp;
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        La coreograf&iacute;a, de <strong>Maurice B&eacute;jart,</strong> hab&iacute;a sido compuesta especialmente para la bailarina Duska (Dusanka) Sifnios, que hab&iacute;a ingresado a la compa&ntilde;&iacute;a <em>Ballet del Siglo XX</em> en 1960 y estren&oacute; la obra en enero de 1961.
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        La m&uacute;sica, compuesta por <strong>Maurice Ravel </strong>en 1928, se convirti&oacute; r&aacute;pidamente en un hit, para sorpresa de su autor. Inspirada&nbsp; &ldquo;en la idea de una f&aacute;brica&rdquo;, pensada &ldquo;como un experimento en una direcci&oacute;n muy especial y limitada&rdquo; y definida por &eacute;l como &ldquo;tejido orquestal sin m&uacute;sica&rdquo;, el <em>Bol&eacute;ro</em> es, eventualmente, la obra m&aacute;s extra&ntilde;a que pueda imaginarse. Y su sorprendente modernidad viene a cuento de una grabaci&oacute;n que acaba de publicarse, dirigida por uno de los grandes conductores del momento, Fran&ccedil;ois-Xavier Roth, al frente de la orquesta Les Si&egrave;cles, que &eacute;l fund&oacute;. All&iacute;, la velocidad es la que Ravel deseaba, las dimensiones de la orquesta se asemejan a las del estreno y los instrumentos (incluyendo violines, violas, cellos y contrabajos con cuerdas de tripa y antiguos bronces franceses de finales del siglo XIX) son los que el compositor ten&iacute;a en mente al escribir este obra en que, en sus propias palabras, no hay otra cosa que la orquesta. Los tres solos de saxo &ndash;tenor, soprano y sopranino&ndash; nunca se escucharon as&iacute;, en todo caso, y esta lectura restituye, adem&aacute;s, las casta&ntilde;uelas y tambores de la versi&oacute;n original.
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    </figure><p class="article-text">
        &ldquo;No debe sospecharse que apunta a lograr algo diferente o algo m&aacute;s de lo que realmente logra&rdquo;, le dijo Ravel a <strong>Michel-Dimitri Calvocoressi</strong>. &ldquo;Compuse el Bol&eacute;ro para orquesta a pedido de Madame Ida Rubinstein. Es una danza en un tempo muy moderato y absolutamente uniforme en cuanto a la melod&iacute;a, armon&iacute;a y ritmo, el cual es marcado incesantemente por el tambor&rdquo;, escribi&oacute; el compositor en una escueta autobiograf&iacute;a. &ldquo;El &uacute;nico elemento de variedad lo aporta el crescendo orquestal&rdquo;. Y para ponerlo en escena de una manera aun m&aacute;s clara utiliza el recurso de la modulaci&oacute;n &ndash;pasar de una escala y centro tonal a otro&ndash;, esencial a la idea de desarrollo y de riqueza musical durante casi dos siglos, casi como un chiste, yendo de Do Mayor a Mi Mayor unos veinte segundos antes del final: un acorde disonante y una especie de derrumbe .&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una de las dos obsesiones de <strong>Maurice Ravel </strong>en relaci&oacute;n con esta composici&oacute;n&nbsp; ten&iacute;a que ver con la velocidad. Toscanini, el primero que la dirigi&oacute; como obra de concierto, al poco tiempo de sus estreno como pieza de ballet, la hab&iacute;a despachado en menos de 14 minutos, lo que le parec&iacute;a &ldquo;un tempo rid&iacute;culo&rdquo;. &Eacute;l hablaba de unos 17 minutos pero en 1930 realiz&oacute; una grabaci&oacute;n y su tiempo fueron 15.50. Piero Coppola, que registr&oacute; el <em>Bol&eacute;ro </em>con su supervisi&oacute;n, lo hizo en 15:40.&nbsp; En la partitura hay una indicaci&oacute;n metron&oacute;mica tachada, &ldquo;negra=76&rdquo; (o sea 76 pulsos en un minuto) y reemplazada por &ldquo;negra=62&rdquo;, que es la indicaci&oacute;n escrupulosamente respetada por Roth y que hace que la pieza dure 15 minutos con 16 segundos. El otro malentendido que Ravel se ocup&oacute; de tratar de disipar era el de su supuesta espa&ntilde;olidad: &ldquo;No debe ser pintoresca y no hay ninguna intenci&oacute;n de que se convierta en una postal tur&iacute;stica&rdquo;. Y aclaraba, por si hiciera falta: &ldquo;Salvo el ritmo, y cierta idea de monoton&iacute;a, que tiene que ver con las melod&iacute;as &aacute;rabe-andaluzas, aqu&iacute; no hay nada de bol&eacute;ro&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La bailarina<strong> Ida Rubinstein</strong> era una rica empresaria que compet&iacute;a, al frente de la compa&ntilde;&iacute;a que llevaba su nombre, con los famosos Ballet Russes de <strong>Sergei Diaghilev,</strong> del que hab&iacute;a formado parte en la juventud. La coreograf&iacute;a del Bol&eacute;ro le fue encargada a <strong>Bronislava Nijinska</strong> y Rubinstein, que en 1928 ten&iacute;a 42 a&ntilde;os, decidi&oacute; volver a bailar en p&uacute;blico. El escritor cubano Alejo Carpentier, que en ese entonces, a los 24 a&ntilde;os, viv&iacute;a en Par&iacute;s, asisti&oacute; al estreno. &ldquo;Cometi&oacute; el error de creer que su talento de m&iacute;mica le permitir&iacute;a abordar nuevamente la danza &mdash;fue danzarina hace muchos a&ntilde;os&mdash;, sin peligros&rdquo;, escribi&oacute;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Retrato de Ida Rubinstein pintado por Valentin Serov en 1910.                            </span>
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        Hubo, en rigor, muchas nuevas coreograf&iacute;as del <em>Bol&eacute;ro</em> y muchas de ellas &ndash;incluyendo la de B&eacute;jart&ndash; tomaron la idea original de una bailarina &ndash;o bailar&iacute;n&ndash; sobre una mesa. Fue una de las pocas obras que Ravel escribi&oacute; especialmente para orquesta &ndash;la mayor&iacute;a fueron orquestaciones de piezas compuestas originalmente para piano&ndash; y una de sus &uacute;ltimas creaciones. No se sabe casi nada de su vida privada y es muy poco lo que se sabe de su muerte y, sobre todo, del motivo por el que despu&eacute;s del <em>Bol&eacute;ro </em>apenas cre&oacute; tres obras, los dos conciertos para piano (el <em>Concierto en Sol</em> y el <em>Concierto para la mano izquierda</em>, ambos de 1929) y el <em>Quijote y Dulcinea</em> de 1933. El a&ntilde;o anterior hab&iacute;a sufrido un fuerte golpe en la cabeza a causa de un accidente mientras viajaba en taxi. Algunos de sus amigos dijeron que ten&iacute;a momentos de ausencia desde antes. Hubo m&eacute;dicos que diagnosticaron un tumor preexistente y otros que hablaron de deterioro mental, a secas. En 1937, a los 62 a&ntilde;os, fue operado y, despu&eacute;s de una breve mejor&iacute;a, muri&oacute;.&nbsp; El <em>Bol&egrave;ro</em>, por su parte, tuvo extra&ntilde;as sobrevidas: en 1939 fue grabado por la orquesta de <strong>Benny Goodman</strong>; en 1962 <strong>Gilbert Becaud l</strong>o utiliz&oacute; como tel&oacute;n de fondo de la canci&oacute;n &ldquo;Et manteinant&rdquo;; en 1970 su ritmo insistente fue parte del tema &ldquo;Lizard&rdquo;, de King Crimson &ndash;y habr&iacute;a que pensar que mucha de la obra de <strong>Robert Fripp</strong> le est&aacute; en deuda&ndash;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
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        <em>DF</em>
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      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/arte-obsesion_129_10322813.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 24 Jun 2023 03:01:40 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El arte de la obsesión]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[diego fischerman,Maurice Ravel]]></media:keywords>
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