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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Fábrica de jingles]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/fabrica-de-jingles/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Fábrica de jingles]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Polaroids de intimidad extraordinaria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/polaroids-intimidad-extraordinaria_129_10443610.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/415e21ec-694c-4ca1-820a-fb4437e144a6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Polaroids de intimidad extraordinaria"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La "Fábrica de jingles", creación de Pedro Rosemblat, Ivana Szerman y Marcos Aramburu en el canal de streaming Gelatina, vuelve a poner en agenda el humor político. Una reflexión sobre los componentes cognitivos y no cognitivos que los chistes ponen en circulación.</p></div><p class="article-text">
        De todos los textos relativos a la coyuntura electoral que circularon en el &uacute;ltimo mes (y, cr&eacute;anme, aunque no los produzca ni los rese&ntilde;e, yo consumo much&iacute;simos), el &uacute;nico que me cautiv&oacute; fue la <em>F&aacute;brica de jingles</em>. La <em>F&aacute;bricas de jingles</em> <a href="https://elpais.com/argentina/2023-08-12/la-fabrica-de-jingles-cuando-argentina-se-toma-con-humor-la-campana-presidencial.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">lleg&oacute; a el diario El Pa&iacute;s de Espa&ntilde;a</a>, as&iacute; que no creo que haya muchos lectores de mi columna que no la hayan visto pasar en Internet, pero por si hiciera falta contar de qu&eacute; se trata lo cuento: en el canal de streaming <em>Gelatina</em>, los conductores <strong>Pedro Rosemblat</strong>, <strong>Ivana Szerman</strong> y <strong>Marcos Aramburu</strong> invitaron a la audiencia a mandar jingles de campa&ntilde;a para cualquier candidato, en una secci&oacute;n que por supuesto tiene algo profundamente contempor&aacute;neo pero que a m&iacute; me hizo acordar m&aacute;s&nbsp;a algunas secciones de programas de radio de otra &eacute;poca en las que se le ped&iacute;a a la audiencia que aportara an&eacute;cdotas o chistes, y en las que era entonces la gracia de los oyentes (y no la de los conductores, que dan un elegante paso al costado) la que sosten&iacute;a el valor del segmento. Se suele suponer que el mundo del streaming es mucho m&aacute;s <em>interactivo </em>que el de la vieja radio; sin embargo, en mi experiencia limitada como consumidora de esta &eacute;poca de influencers y nombres propios en la que la gente ni sabe c&oacute;mo se llaman los programas, no es del todo com&uacute;n ese protagonismo de los p&uacute;blicos. 
    </p><p class="article-text">
        Supongo que la cosa podr&iacute;a haber salido mal, caso en el cual hubiera durado una o dos emisiones hasta ser reemplazado por alguna otra clase de contenido; podr&iacute;a haber sucedido que nadie mandara nada, o que nadie mandara nada gracioso, que la gente no se tomara en serio el juego y solamente llegaran audios mal grabados de personas muri&eacute;ndose de risa de sus propios chistes; podr&iacute;a haber pasado, tambi&eacute;n, que los env&iacute;os fueran dominados por c&aacute;nticos militantes con m&aacute;s devoci&oacute;n que ingenio. Por lo que sea, nada de eso ocurri&oacute;: en todas las emisiones hay al menos uno o dos jingles aut&eacute;nticamente buenos. Hay jingles para los candidatos de todo el arco pol&iacute;tico desde <strong>Myriam Bregman</strong> hasta <strong>Javier Milei</strong>, y en muchos casos es casi imposible discernir en qu&eacute; medida se hicieron con iron&iacute;a y en qu&eacute; medida con convicci&oacute;n. El programa y sus conductores tienen un posicionamiento pol&iacute;tico claro y conocido (Rosemblat lleg&oacute; incluso a presentar una candidatura luego dada de baja en el peronismo). Pero aunque jam&aacute;s lo ocultan ni lo ponen entre par&eacute;ntesis (de hecho, es parte de lo divertido la ligera incomodidad que a veces generan las canciones contra los candidatos que los conductores prefieren, y que ellos toleran con iguales dosis de liviandad y estoicismo), ese compromiso no interfiri&oacute; ni en la diversidad ni en la frescura de la f&aacute;brica de jingles, que al menos a m&iacute; me lleg&oacute; recomendada por amigos de las preferencias pol&iacute;ticas m&aacute;s dispares.
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s de que me result&oacute; sencillamente divertida, la <em>F&aacute;brica de jingles</em> me interes&oacute; como regreso del humor pol&iacute;tico, un tipo de discurso que en los a&ntilde;os de mi vida adulta, siento, hab&iacute;a retrocedido bastante. Me intrigan las condiciones de esta reaparici&oacute;n; si para volver a re&iacute;rse de las propias convicciones hay que estar muy bien, o al contrario, si hay que estar muy mal, si la capacidad de re&iacute;rse de lo importante es un s&iacute;ntoma de descreimiento o de sabidur&iacute;a, de apertura o de repliegue, o ninguna de todas. Tiendo a creer que la gente subestima y sobreestima al humor por igual: hay algo as&iacute; como un malentendido fundamental en relaci&oacute;n con la posibilidad y la necesidad de re&iacute;rse de las cosas importantes. De un lado est&aacute;n quienes creen que el humor tiene que tener l&iacute;mites, que hay cosas o momentos en los que no se puede hacer chistes, como si &ldquo;importante&rdquo; fuera sin&oacute;nimo de sagrado y la solemnidad fuera una condici&oacute;n necesaria del respeto. Pero, muchas veces, la defensa del humor contra estos l&iacute;mites suele tomar una forma igualmente equivocada, cuando se dice que es importante no tomarse en serio a una misma, saber que el humor es &ldquo;solo&rdquo; eso, &ldquo;solo&rdquo; un chiste. El problema de esa l&iacute;nea argumental es que no entiende que efectivamente los chistes son important&iacute;simos, que los componentes cognitivos y no cognitivos que los chistes ponen en circulaci&oacute;n son densos, que los chistes no son importantes porque sean una forma de restarle importancia a las cosas sino porque son otra forma de intimidad con las cosas.
    </p><p class="article-text">
        Esto &uacute;ltimo lo pens&eacute; porque estoy traduciendo <em>On the Inconvenience of Other People</em> (&ldquo;sobre la inconveniencia de otras personas&rdquo;, o &ldquo;sobre la inconveniencia de las dem&aacute;s personas&rdquo;, o &ldquo;sobre la inconveniencia del resto de la gente&rdquo;: todav&iacute;a no me decido), el &uacute;ltimo libro que lleg&oacute; a escribir la fil&oacute;sofa <strong>Lauren Berlant</strong>, publicado poco m&aacute;s de un a&ntilde;o despu&eacute;s de su fallecimiento, y justo en las &uacute;ltimas semanas llegu&eacute; a la parte en la que se dedica expl&iacute;citamente a esto, a la pol&iacute;tica emotiva de los chistes. Berlant se monta en el c&eacute;lebre an&aacute;lisis freudiano del mecanismo del chiste y la tradici&oacute;n que dicho an&aacute;lisis inaugura, pero a Berlant le interesa mucho m&aacute;s la dimensi&oacute;n vincular del chiste que la relaci&oacute;n del humor con la conciencia y el inconsciente. M&aacute;s que pensar en lo que el humor revela o des-reprime, entonces, Berlant subraya esa intimidad transitoria que los chistes (en sentido amplio: chistes, iron&iacute;as, cualquier par&eacute;ntesis ingenioso que se introduce en la conversaci&oacute;n, sea la cotidiana o la que se da entre un profesional y una audiencia) producen entre quienes lo hacen y quienes los entienden. 
    </p><p class="article-text">
        En espa&ntilde;ol tenemos la diferencia entre re&iacute;rse-de y re&iacute;rse-con; en ingl&eacute;s tambi&eacute;n existe esa diferencia, en la contraposici&oacute;n entre <em>laughing-at</em> y<em> laughing-with</em>, pero hay una frase m&aacute;s adecuada para el an&aacute;lisis de Berlant, a la que ella efectivamente le saca el jugo, que es la de <em>to be in on the joke</em>, algo as&iacute; como &ldquo;estar adentro del chiste&rdquo;. No todos los chistes se r&iacute;en expl&iacute;citamente de alguien, pero todos los chistes, piensa Berlant, crean un adentro y un afuera, y no solamente por qui&eacute;n sea el tema del chiste: muchas nos molestan chistes que no hablan de nosotros, pero de hecho crean un adentro en el que no nos reconocemos. Me parece un buen lenguaje para entender por qu&eacute; a veces un chiste &ldquo;pol&iacute;ticamente incorrecto&rdquo; s&iacute; funciona, aunque nos incomode (porque apela a un adentro en que nos reconocemos a nuestro pesar) y porque otras veces, tal vez la mayor&iacute;a, no funciona, porque en realidad es solamente un discurso de odio disfrazado&nbsp;de chiste que no logra organizar un mundo, ni siquiera un mundo horrible.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero quiz&aacute;s estoy hablando demasiado del afuera, y justamente, en realidad, lo que m&aacute;s le importa a Lauren Berlant, lo m&aacute;s atractivo de su an&aacute;lisis, es lo que sucede cuando s&iacute; estamos adentro del chiste, cuando el chiste s&iacute; logra funcionar y produce entonces una intimidad vol&aacute;til que no podr&iacute;amos ni querr&iacute;amos habitar para siempre, pero que nos cobija por un rato; igual, explica Lauren Berlant, que el buen sexo con alguien, una especie de burburja poderos&iacute;sima para habitar durante un instante m&aacute;s all&aacute; de lo que suceda <em>despu&eacute;s</em>. La dificultad fundamental del humor pol&iacute;tico, supongo, es que trabaja con un lenguaje que ya es el mismo constructor y destructor de mundos, un material que expl&iacute;citamente organiza inclusiones y exclusiones que se sostienen en el tiempo, m&aacute;s all&aacute; de la intimidad instant&aacute;nea del chiste. Para funcionar, el humor pol&iacute;tico necesita trabajar a la vez con lo blando y con lo s&oacute;lido, ser juguet&oacute;n sin escaparse de lo importante. Igual que el buen sexo: m&aacute;s que sorprendernos de que no pase m&aacute;s seguido deber&iacute;amos disfrutar lo excepcional y milagroso del encuentro.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/polaroids-intimidad-extraordinaria_129_10443610.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 13 Aug 2023 03:01:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Polaroids de intimidad extraordinaria]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Política,Fábrica de jingles,Elecciones 2023,Humor,Humor político,Ensayo general]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Jingles y gritos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/jingles-gritos_129_10443406.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e0b5aaa4-4e53-4064-9569-a0112a18c117_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Jingles y gritos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una reflexión sobre jingles electorales como dispositivos humorísticos de una campaña con voces silentes, "en el aire tan polucionado de nuestra democracia".</p></div><p class="article-text">
        Chatura y chatarra. Detritos de una campa&ntilde;a electoral al l&iacute;mite de la agraf&iacute;a en algunos casos. Sobre esa superficie me ha llamado la atenci&oacute;n el momento l&uacute;dico de un programa que se trasmite en Internet, <em>Gelatina</em>, sobre jingles imaginarios de los partidos que compiten en las PASO. M&aacute;s que apelaciones condensadas y consignas cant&aacute;biles, se trat&oacute; de un juego de incrustaciones. En el coraz&oacute;n de ciertas canciones populares se adosaron nombres propios de los candidatos y sus razones a medias para pedir el voto. Casi todos tuvieron su momento en esa gala virtual. Ese <em>playlist</em>, fruto de la colaboraci&oacute;n de oyentes y las facilidades del <em>home studio</em>, no hizo m&aacute;s que adornar de modo festivo el cuadro yermo de la pol&iacute;tica argentina. Porque el canto, finalmente, es un habla deformada, un desaf&iacute;o a la inteligibilidad. Dicho de otra manera: cantar es una renuncia consentida al significado de las palabras. La voz se aleja de una posibilidad argumentativa, la de &ldquo;cantar la justa&rdquo;. La &ldquo;F&aacute;brica de jingles&rdquo;, como se llam&oacute; ese espacio del programa que conduce <strong>Pedro Rosemblat</strong> tuvo el tono de una estudiantina a bordo del Titanic. Un canto zumb&oacute;n, con algunas apropiaciones hilarantes, como el uso de &ldquo;Chipi chipi&rdquo;, de <strong>Charly Garc&iacute;a</strong>, para promocionar la reelecci&oacute;n de <strong>Axel Kicillof</strong> (&ldquo;yo lo quer&iacute;a de presidente/ en la provincia lo quiero aqu&iacute;&rdquo;), o los segmentos favorables a <strong>Juan Grabois</strong> (&ldquo;si digo no no no, no estoy resignado&rdquo;, con el soporte de &ldquo;Perro dinamita&rdquo;, de los Redondos) y <strong>Guillermo Moreno</strong>. &ldquo;Vasos vac&iacute;os&rdquo;, de los <strong>Cadillacs</strong>, con un imitador del insufrible <strong>Vicentico</strong> y una doble de <strong>Celia Cruz</strong>, se puso al servicio de <strong>Leandro Santoro</strong>. 
    </p><p class="article-text">
        	Las canciones tienen recorridos insospechados. La experiencia de las &uacute;ltimas d&eacute;cadas es fecunda. De la voz de los autores se pasa a la voz de las tribunas o el canto colectivo de las manifestaciones, y de ah&iacute; retornar a los medios, cambiando en cada estaci&oacute;n de piel. No me canso de sorprender frente a ciertas derivas. Pensemos, una vez m&aacute;s, en &ldquo;Todav&iacute;a cantamos&rdquo;. V&iacute;ctor Heredia la compuso en una situaci&oacute;n l&iacute;mite: la desaparici&oacute;n de su hermana. La canci&oacute;n fue un s&iacute;mbolo de la memoria frente a lo ocurrido durante la dictadura. El adverbio &ldquo;todav&iacute;a&rdquo; marcaba esa tensi&oacute;n con el presente. Al ir a las tribunas, la garganta de las hinchadas de f&uacute;tbol habilito el paso de la &ldquo;resistencia&rdquo; al &ldquo;aguante&rdquo;. Faltaba una torsi&oacute;n m&aacute;s. El programa <em>TVR </em>convirti&oacute; la melod&iacute;a de &ldquo;Todav&iacute;a cantamos&rdquo; en el soporte de su momento mim&eacute;tico. Y as&iacute;, se salt&oacute; de un tema &ldquo;sobre&rdquo; los desaparecidos, es decir, las v&iacute;ctimas, a &ldquo;los parecidos&rdquo;. Y si el o&iacute;do no pudo captar esas mutaciones, el problema es pol&iacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Claro que cambiarle la letra a una canci&oacute;n popular tiene un origen que se pierde en el tiempo. No pertenece siquiera a las tecnolog&iacute;as de la reproducci&oacute;n. Eso viene de muy lejos, como se&ntilde;ala <strong>Una Mcilvenna</strong> en <em>Singing the News of Death. Execution Ballads in Europe 1500&ndash;1900. </em>Las &ldquo;baladas de ejecuci&oacute;n&rdquo; fueron un modo de comentar en el espacio p&uacute;blico las novedades punitivas. Se compusieron miles de miles, siempre sobre la base de una misma f&oacute;rmula. Primero, el cantante llamaba a los transe&uacute;ntes al grito de &ldquo;vengan todos&rdquo; para escuchar las &ldquo;&uacute;ltimas noticias&rdquo; del palacio o la corte. Entonces se cantaba la historia de alguien que admit&iacute;a su culpabilidad antes de ser pasada por las armas. Cantar era &ldquo;confesar&rdquo; los delitos, y eso, perdonen la digresi&oacute;n, se conecta a su vez con otra tradici&oacute;n del castigo: la de <em>hacer cantar</em> al convicto sobre la base de la tortura. 
    </p><p class="article-text">
        Veamos un caso t&iacute;pico. En 1609, <strong>Violante de Bats du Chasteau</strong>, una noble viuda, fue decapitada en Toulouse por ordenar el asesinato de su segundo marido. La mandaron al pat&iacute;bulo por conspirar con sus cuatro amantes: un sacerdote y profesor de teolog&iacute;a, un concejal, un abogado y un estudiante), que tambi&eacute;n pagaron con sus vidas. Los t&eacute;rminos de la sentencia se conocieron cinco a&ntilde;os despu&eacute;s. Una balada &ldquo;Complaincte faicte par feue damoiselle Chasteau (Queja hecha por la difunta se&ntilde;orita Chasteau)&rdquo; funcion&oacute; mientras como comentario judicial. La propia Chasteau<em> medita</em> ah&iacute; sobre su ca&iacute;da en el crimen, expresa su remordimiento por sus malas acciones y su horror ante la idea de su muerte violenta: &ldquo;Se me ha ordenado/ Ser ejecutada/ Y para castigar mi vicio/ Requiere de m&iacute; este pago&rdquo;. Las canciones se cantaban en primera persona, como en este caso, o en tercera, un modo de experimentar indirectamente las emociones del condenado. Lo que facilitaba el canto de los otros y su proliferaci&oacute;n, a partir de una hoja impresa, era el conocimiento previo de la melod&iacute;a. Su t&iacute;tulo sol&iacute;a figurar en el panfleto, con una indicaci&oacute;n como &ldquo;al son de...&rdquo;, lo que permit&iacute;a a cualquiera injertarle las nuevas palabras. Gran parte de los &ldquo;usuarios&rdquo; eran analfabetos y, sobre ese pacto, pod&iacute;a hacerla suya. Un modo pr&aacute;ctico de comentar las noticias de ayer. Mcilvenna nos informa que ese mecanismo de transmisi&oacute;n informativa se extendi&oacute; hasta el siglo XIX. &ldquo;Son actos multimedia y performativos (el enunciado y la acci&oacute;n van de la mano) que se cantaban y se volv&iacute;an a cantar cada vez que alguien compraba una o la ve&iacute;a pegada en un lugar visible&rdquo;. Adem&aacute;s de reportar sobre un hecho judicial, las canciones ten&iacute;an un efecto moralizante e intimidatorio. El oyente internalizaba, a trav&eacute;s de la voz de sentenciado, aquello que le pod&iacute;a suceder si torc&iacute;a su camino de la probidad y la obediencia. 
    </p><p class="article-text">
        Desde ya que los jingles de <em>Gelatina</em> no se apoyan en los mismos principios disciplinarios e informativos. La instancia jocosa es apenas un reconocimiento musical de la imposibilidad de pensar el drama circundante. La escucha no habilita una risa subversiva, que quiere dar vuelta la tortilla. Suena m&aacute;s al autoconsuelo de una comunidad. O, para conectarlas con las baladas de ejecuci&oacute;n, el reconocimiento de una pena, la de una sociedad &ldquo;condenada&rdquo; a elegir entre males menores y sin horizontes a la vista.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La m&aacute;s maravillosa m&uacute;sica&rdquo;, defini&oacute; Rosemblat a ese fresco sonoro. Apelaci&oacute;n a la frase de despedida de <strong>Juan Domingo Per&oacute;n</strong>, el 12 de junio de 1974. No deja de ser interesante que varios candidatos hicieron propias las invenciones de la &ldquo;Fabrica de jingles&rdquo; y las divulgaron en sus redes sociales. M&aacute;s all&aacute; de <em>Gelatina</em>, me ha llamado la atenci&oacute;n el car&aacute;cter fantasmal de la &ldquo;Marcha peronista&rdquo; en las PASO. Silente, deber&iacute;a decir. &ldquo;Y como siempre daremos/un grito de coraz&oacute;n&rdquo;. Esa promesa que se hac&iacute;a contra el paso del tiempo (&ldquo;siempre&rdquo; es un adverbio mucho m&aacute;s poderoso y enf&aacute;tico que &ldquo;todav&iacute;a&rdquo;, que habla de un empecinamiento y una adversidad) fue reemplazada por las consignas publicitarias. Aquello de &ldquo;a la gran masa del pueblo/combatiendo al capital&rdquo; ha pasado por el filtro de las inversiones de sentido: el capital combate <em>alla </em>(con) Massa o a trav&eacute;s de sus variantes m&aacute;s draconianas y extractivistas. 
    </p><p class="article-text">
        En cuanto al &ldquo;grito&rdquo;. &iquest;Qui&eacute;n ha gritado en las tribunas proselitistas? 
    </p><p class="article-text">
        Dice la antrop&oacute;loga mexicana <strong>Ana Lidia Dom&iacute;nguez Ru&iacute;z</strong>: &ldquo;el grito es la emisi&oacute;n vocal m&aacute;s intensa que puede producir el ser humano; intensidad que no solo radica en su potencia ac&uacute;stica sino en las fuerzas afectivas que lo engendran, y que aquello que lo singulariza como fen&oacute;meno vocal es su violencia&rdquo;. Y aclara que, al hablar de<strong> </strong>&ldquo;violencia&rdquo;<strong>, </strong>apela a la acepci&oacute;n etimol&oacute;gica del t&eacute;rmino latino <em>violentus </em>(de vis, vigor y olentus, abundancia). &ldquo;Cuando digo que todo grito es violento me refiero a su caracter&iacute;stico exceso de energ&iacute;a, que no necesariamente se descarga sobre algo o alguien<strong> </strong>&mdash;por lo menos no de manera intencionada&mdash;, aunque, por supuesto, este sea uno de sus usos m&aacute;s frecuentes&rdquo;. As&iacute; es, si pensamos en la voz de Milei, esa ronquera de cantante de heavy metal que tambi&eacute;n tiene intenciones performativas y cumplir aquello que profiere. Si, como dice Dom&iacute;nguez Ru&iacute;z en <em>Una historia cultural del grito, </em>este siempre viene de la mano de un sobrante, con distintas gradaciones de intensidad, el candidato de La Libertad Avanza satura a los parlantes: supera par&aacute;metros de aceptaci&oacute;n (el v&uacute;metro de la consola de audio muestra con su aguja que se pas&oacute; la l&iacute;nea roja, el &uacute;nico momento tolerado de esa coloratura), convierte en valor la distorsi&oacute;n de una se&ntilde;al sonora, en este caso su garganta, para comunicar un programa y un nuevo orden. Esa emisi&oacute;n es la de la ira misma del capital en su estado beligerante. Alarido y alarde. Milei no escatima decibeles frente al micr&oacute;fono. Ese es un gasto necesario. Si a veces gritamos porque no podemos m&aacute;s, el economista que quiere tanto a sus perritos obra en sentido contrario. Exhibe a trav&eacute;s de la voz una musculatura. El coraz&oacute;n del grito mileaiano es, en su escala mayor, amenazante como quisiera llevar mucho m&aacute;s lejos uno de los prop&oacute;sitos de aquellas baladas de ejecuci&oacute;n: avisa qu&eacute; har&iacute;a y temblamos. Estamos frente a un fen&oacute;meno ac&uacute;stico, ps&iacute;quico, sociocultural y pol&iacute;tico. Un grito que, sin embargo, para las orejas de sus seguidores, parece sonar como un acto creador, inaugural e instituyente. <em>M&uacute;sica celestial. </em>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hola a todos, yo soy Milei/voten por m&iacute; o los cago a trompadas/me recalienta la inflaci&oacute;n/me recalienta la concha de mi hermana&rdquo;, se mofa uno de los jingles de la f&aacute;brica gelatinosa, en un palimpsesto sonoro entre la vocalidad del ultraderechista y la canci&oacute;n de <strong>La Renga</strong>, &ldquo;El le&oacute;n&rdquo;. Carcajada que no parece tom&aacute;rselo realmente en serio. Hasta cuando vemos una foto suya, con la boca bien abierta, nos aturde. Es un grito silencioso que no da para la chacota. Esas representaciones anidan tormentas. Dom&iacute;nguez Ruiz piensa especialmente en el cuadro de <strong>Edvard Munch</strong>, una de las grandes im&aacute;genes del expresionismo, a comienzos del siglo XX. &ldquo;Se trata de una suerte de implosi&oacute;n cuya energ&iacute;a no se proyecta a trav&eacute;s de la, voz, pero, en cambio, se imprime en todo el cuerpo&rdquo;. <em>El grito</em> aviva la imaginaci&oacute;n sonora, al igual que la momia peruana del guerrero de Chachapoyas, en cuyos rostro y manos est&aacute;n marcados todos los horrores de la vida y de la muerte, o <em>La Medusa</em>, del siglo XVI. Caravaggio pint&oacute; sobre el lienzo una mirada llena de espanto. El mismo grito, que es el de Perseo en el momento que se le corta la cabeza. Un pavor similar nos provoca escuchar/ver a Milei o los otros aspirantes presidenciales que sacan de sus pulmones las pulsiones restauradoras y blanden sus espadas en el aire tan polucionado de nuestra democracia.
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Abel Gilbert]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/jingles-gritos_129_10443406.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 13 Aug 2023 03:01:48 +0000]]></pubDate>
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