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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Ensayo general]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/ensayo-general/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Ensayo general]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Un auténtico cuento de hadas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/autentico-cuento-hadas_129_13172840.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/112d8563-ea28-4310-96e6-0e6f2d21d785_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un auténtico cuento de hadas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una reversión feroz de La Cenicienta que recupera la crueldad original del cuento: la belleza como destino, como privilegio y como condena. Con humor negro y horror corporal, "La hermanastra fea" expone el costo físico y emocional de encajar en la hegemonía estética, sin moraleja ni consuelo: solo la brutal arbitrariedad de la suerte.</p></div><p class="article-text">
        Siempre me gustaron los cuentos de hadas, y no tengo muy en claro por qu&eacute;. No me refiero solo a las versiones de Disney; hablo tambi&eacute;n de las versiones cl&aacute;sicas, las de los Hermanos Grimm, Charles Perrault o Hans Christian Andersen. En mi casa hab&iacute;a much&iacute;simas ediciones, las primeras compradas por mis abuelos o mi mam&aacute;, las siguientes por m&iacute; o al menos para m&iacute;. Rara vez aparec&iacute;an las m&aacute;s sangrientas, las m&aacute;s fieles a los originales, salvo por error, pero recuerdo muy bien esos errores: la primera vez que le&iacute; el cuento de los zapatos bailarines con el final en el que a la nena le cortan los pies (y los zapatos siguen bailando igual, con los pies amputados adentro) o la versi&oacute;n de<em> La sirenita </em>que termina cuando ella se queda primero sin voz, y despu&eacute;s se convierte en espuma de mar. A trav&eacute;s de los a&ntilde;os, son relatos que me siguen fascinando, en parte porque no tengo muy en claro, ni siquiera despu&eacute;s de haber le&iacute;do sobre el tema, qu&eacute; es un cuento de hadas: no todos tienen hadas, por supuesto. No todos tienen magia, o elementos sobrenaturales; no todos tienen princesas tampoco. No todos terminan bien; de hecho la mayor&iacute;a termina mal. Muchos empiezan bien, aunque no todos; s&iacute;, quiz&aacute;s, siguen alg&uacute;n tipo de curva parecida. En casi todos las cosas est&aacute;n muy bien antes de llegar a estar muy mal.
    </p><p class="article-text">
        <em>La hermanastra fea</em>, opera prima de la noruega Emilie Blichfeldt (MUBI), le cambia el punto de vista al cuento de<em> La cenicienta</em>, uno cuya versi&oacute;n cl&aacute;sica yo no conoc&iacute;a; aparentemente tiene much&iacute;simas encarnaciones, incluso previas a la que recogen los Hermanos Grimm, que es claramente la que toma Blichfeldt. Iba a escribir que Blichfeldt convierte <em>La cenicienta</em> en un cuento de terror sobre la belleza femenina, pero no ser&iacute;a cierto; m&aacute;s bien lo retoma. El relato de los Grimm ya tiene todos esos elementos: una Cenicienta que es primero rica, luego pobre y despu&eacute;s rica de nuevo (no tenemos, entonces, una protagonista que asciende socialmente, sino una que vuelve al lugar aristocr&aacute;tico que le pertenece leg&iacute;timamente, por nacimiento); un premio a la belleza, la mano del pr&iacute;ncipe, que organiza un baile para encontrar a la chica m&aacute;s linda de la comarca; y, lo m&aacute;s importante, un pueblo de mujeres desesperadas, dispuestas a arruinarse la salud y la vida para entrar en el zapato estrech&iacute;simo de la hegemon&iacute;a est&eacute;tica.
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                </figure><p class="article-text">
        El tema de sufrir por la belleza, y asociado al g&eacute;nero cinematogr&aacute;fico del horror corporal, estuvo de moda hace relativamente poco a ra&iacute;z del &eacute;xito de <em>La sustancia</em>, de Coralie Fargeat. <em>La sustancia</em> es divertida e ingeniosa, pero sus tesis sobre la belleza tienen poca novedad: la relaci&oacute;n de la hermosura con la juventud, la p&oacute;cima m&aacute;gica que termina siendo una trampa. <em>La hermanastra fea</em>, en cambio, tiene tanto para decir sobre la belleza que es hasta dif&iacute;cil escribirlo (mejor hacer una pel&iacute;cula). Est&aacute; la crueldad de la belleza de Agnes (Thea Sofie Loch N&aelig;ss, la Cenicienta de esta historia), la belleza natural, espont&aacute;nea e involuntaria que la hermanastra Elvira (la protagonista, Lea Myren, fant&aacute;stica) no puede comprar ni con todo el oro ni con todo el dolor del mundo; me encanta c&oacute;mo est&aacute; contada visualmente esa idea, mucho m&aacute;s interesante y dura que la de que no hay chicas feas, solo chicas pobres. Digo que se cuenta visualmente porque m&aacute;s all&aacute; de que es parte del tema de la pel&iacute;cula, sobre todo la vemos en la imagen: en la luz c&aacute;lida y poco teatral que ilumina a Agnes, una luz pensada para un rostro que no tiene nada que esconder, en contraste con la cara llena de sombras de la hermanastra fea.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La injusticia insalvable de esa diferencia natural: la injusticia de que Elvira no solo tenga que ser fea, sino, encima, verse tonta y rid&iacute;cula por sufrir por ser fea, por querer ser linda. La incerteza perversa sobre si todo ese dolor vale la pena, porque<em> La hermanastra fea </em>no es una pel&iacute;cula reconfortante, que venga a decirte que no, que no te conviene arruinarte la vida para ser linda; si te sale bien, de hecho, quiz&aacute;s te convenga bastante. Elvira termina p&eacute;simo (no es un spoiler; pase lo que pase, ya sab&eacute;s desde el principio que va a terminar p&eacute;simo) pero eso no dice nada sobre su belleza interior, o sobre c&oacute;mo las cosas podr&iacute;an haberle salido mejor de otro modo. Tiene algo muy contempor&aacute;neo, creo, <em>La hermanastra fea</em>, en su fe que tiene en el concepto de nacer con buena estrella; a Agnes le toca eso, ese derrame de hermosura, carisma y sensualidad sin esfuerzo. A Elvira, en cambio, le toca ser <em>una trabada</em>, una sin gracia a la que todo le cueste. Es dulc&iacute;simo elegir una protagonista as&iacute;; no hay nada m&aacute;s generoso, en el fondo, que meterse con amor y oscuridad en el alma de esa chica sin virtudes.
    </p><p class="article-text">
        Lo mejor, sin dudas, de <em>La hermanastra fea</em>, es que es un aut&eacute;ntico cuento de hadas: un cuento de hadas que no tiene moraleja, un relato al que no le han agregado a posteriori ninguna ense&ntilde;anza para los ni&ntilde;os o los adultos. Hay algunos villanos, pero ninguna hero&iacute;na; no ganan ni los buenos ni los malos, no hay premios ni castigos. Solo la arbitrariedad bruta de la suerte y la belleza que viene de la verdad, de ese buceo profundo que los cuentos de hadas hacen desde tiempos inmemoriales en las miserias m&aacute;s oscuras de la naturaleza humana.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/autentico-cuento-hadas_129_13172840.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Apr 2026 03:01:44 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un auténtico cuento de hadas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ensayo general]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El amor menos pensado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/amor-pensado_129_10914170.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4fa6ae0b-12b8-46ae-ae4c-4a204a0406b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El amor menos pensado"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Es notable que en culturas tan distintas esté presente la misma idea: que hay algo deseable y romántico en que el amor esté escrito, en que nos preceda, en no elegirlo sino solamente ser intérprete o juguete.</p></div><p class="article-text">
        <em>Past Lives</em>, la &oacute;pera prima de la directora coreano-canadiense <strong>Celine Song</strong>, me hizo acordar a las primeras discusiones que generaron entre mis amigos y conocidos las apps de levante que hoy usan casi todos. La pel&iacute;cula trabaja mucho con la tecnolog&iacute;a: los dos protagonistas, Nora y Hae Sung, se conocieron de chicos en Corea y vuelven a encontrarse gracias a Facebook doce a&ntilde;os despu&eacute;s de que ella emigrara a Canad&aacute;, igual que tanta otra gente. Durante un tiempo, mantienen una de esas relaciones que la gente ten&iacute;a hace veinte a&ntilde;os, cuando internet era para conectar con alguien que estaba del otro lado del planeta y no para ver si uno logra conectar con alguien que viva a veinte cuadras; dejan de hablar, luego, a pedido de Nora, que quiere habitar su presente y su territorio en lugar de seguir enganchada con una vida que no vive ni va a vivir, y unos doce a&ntilde;os despu&eacute;s se vuelven a encontrar, esta vez f&iacute;sicamente, porque Hae Sung va a visitarla a Nueva York. Pero no fue por eso de Facebook que pens&eacute; en las conversaciones de mis amigos sobre Tinder, sino por la premisa central de la pel&iacute;cula, la pregunta por lo rom&aacute;ntico, por lo predestinado, por la manera rom&aacute;ntica (la manera buena, la manera m&aacute;gica) de conocerse y enamorarse. No estoy hablando de evidencia dura, pero la mayor resistencia a las apps de levante que recuerdo escuchar, y que todav&iacute;a circula, no viene por el lado de que sean peligrosas o de que sea imposible encontrar a alguien que valga la pena: lo que a la gente le molesta, sobre todo, es que es poco rom&aacute;ntico conocer a alguien<em> teniendo la intenci&oacute;n</em> de conocer a alguien.
    </p><p class="article-text">
        Hay algo que nos seduce de la sensaci&oacute;n de encontrarnos con alguien sin buscarnos, cruzarse con alguien de casualidad, por una casualidad verdadera, con la sensaci&oacute;n de que si las cosas hubieran sido apenas distintas (por un minuto, por un cent&iacute;metro) no hubiera sucedido el encuentro. Las comedias rom&aacute;nticas trabajan con esa fantas&iacute;a constantemente: el h&eacute;roe y la hero&iacute;na se tropiezan en la calle y &eacute;l la ayuda a levantar sus papeles, o &eacute;l le choca el auto y mientras empiezan a insultarse aparece la magia. Incluso es com&uacute;n ese tropo, el del choque de personas o de autos, como para reforzar la literalidad del accidente. <em>Past Lives</em> toma algo de ese clich&eacute;, pero lo que hace es deconstruirlo expl&iacute;citamente. En ese sentido, creo que mis escenas favoritas est&aacute;n muy cerca del principio, y mi personaje favorito tambi&eacute;n: hablo de la madre de Nora, artista y claramente algo bohemia y liberal, y que adem&aacute;s parece ser la que decide que la familia va a abandonar Corea del Sur y mudarse a Canad&aacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En medio de los preparativos, la madre de Nora le pregunta a su hija de doce a&ntilde;os qui&eacute;n le interesa &uacute;ltimamente en la escuela, para terminar organiz&aacute;ndole una cita con el chico que le gusta. D&iacute;as m&aacute;s tarde, en esa cita, la madre de Nora conversa con la de Hae Sung y le explica que est&aacute;n a punto de emigrar, y que se le ocurri&oacute; armar ese encuentro para que Nora haga buenos recuerdos antes de irse. Todo es hermoso de esa escena y de ese texto: es hermoso que la madre de Nora, en lugar de pensar solo en preparativos, piense tambi&eacute;n en las experiencias, en las cosas que no quiere que su hija se pierda. Parece algo pensado para el futuro, eso de tener recuerdos, pero tiene una idea de presente muy fuerte, en la que no importa que esa cita vaya a ser la primera y la &uacute;ltima, solo importa que sea fant&aacute;stica: no es de extra&ntilde;ar que el personaje de Nora sea despu&eacute;s efectivamente mucho menos nost&aacute;lgico que el de Hae Sung. La sensaci&oacute;n es que su madre le ense&ntilde;&oacute; algo sobre eso, que de hecho tambi&eacute;n se explicita en la conversaci&oacute;n de esa escena. La madre de Hae Sung le pregunta por qu&eacute; van a emigrar ella y su marido, &eacute;l cineasta y ella artista, por qu&eacute; habr&iacute;an de abandonar eso, una buena vida: cuando uno abandona una cosa gana otra, le contesta la madre de Nora, con much&iacute;sima calma. Pero lo mejor de la escena, en retrospectiva, es que esa cita m&aacute;gica es efectivamente puro c&aacute;lculo: esos recuerdos preciosos que Nora tiene de Corea son una decisi&oacute;n deliberada de su madre, no resultado de la pura casualidad.
    </p><p class="article-text">
        La pel&iacute;cula vuelve una y otra vez al concepto coreano de <em>in-yun</em>, que aparentemente significa &ldquo;destino&rdquo; pero sobre todo el destino de conectar con una persona, de cruz&aacute;rsela en mil vidas y estar cada vez un poco m&aacute;s cerca. Me llam&oacute; la atenci&oacute;n porque el &iacute;dish tiene una palabra muy similar, <em>bashert</em>, que tambi&eacute;n significa literalmente &ldquo;destino&rdquo; y tambi&eacute;n se usa casi exclusivamente para hablar de encontrar a la persona con la que estamos destinados a terminar. Los detalles son distintos porque el juda&iacute;smo no cree en vidas pasadas, pero es notable la coincidencia: es notable que en dos culturas tan distintas est&eacute; presente esta idea de que hay algo deseable y rom&aacute;ntico en que el amor est&eacute; escrito, en que nos preceda, en no elegirlo sino solamente ser int&eacute;rprete o juguete. Es genial que el hecho de que algo nos preceda lo haga m&aacute;s valioso, como si los amores que elegimos fueran menos nobles o m&aacute;gicos que los que alguien eligi&oacute; para nosotros. Es l&oacute;gico, pienso, que esa idea est&eacute; presente en culturas durante las que por a&ntilde;os los matrimonios fueron arreglados por padres y comunidades antes que por los individuos protagonistas: es menos l&oacute;gico, tal vez, y <em>Past Lives </em>es buena e inteligente porque tiene algo que decir sobre eso, que en el siglo XXI esa especie de desprecio del libre albedr&iacute;o nos siga haciendo tanta ilusi&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>TT/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/amor-pensado_129_10914170.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 11 Feb 2024 03:01:02 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Producir juntos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/producir_129_10657670.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c538ceda-a512-4025-8d78-32d728fee910_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Producir juntos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle"> La serie The Bear me recuerda a una época que fue imaginaria pero creo que también fue real, en la que el trabajo se entendía ni solo como explotación ni solo como realización personal, sino como algo que hacemos entre todos. </p></div><p class="article-text">
        Pienso bastante seguido, y creo que escribo bastante seguido, tambi&eacute;n, sobre la nostalgia, contra ella. La nostalgia me aterra porque es una fuerza conservadora, no solo cuando extra&ntilde;a un pasado real, sino principalmente cuando extra&ntilde;a pasados imaginarios: es una forma de decirle a la gente joven que nunca van a entender el mundo porque se perdieron la mejor parte, la primera media hora de la pel&iacute;cula en la que se explicaba todo. Me aterra la nostalgia, me aterra su matriz pol&iacute;tica y su jactancia, pero por supuesto, nunca me aterra m&aacute;s que cuando la reconozco en m&iacute;. No me pasa casi nunca, pero me doy cuenta de que me pasa cuando veo&nbsp;<em>The Bear</em>.
    </p><p class="article-text">
        <em>The Bear&nbsp;</em>sigue la historia de Carmy, un muchacho de familia italiana de Chicago que se convirti&oacute; en un chef con tres estrellas Michelin y, luego de la muerte de su hermano, vuelve a su ciudad natal a hacerse cargo del bolichito de s&aacute;ndwiches familiar que &eacute;l llevaba. La primera temporada se trata de eso: Carmy profesionalizando una cocina ca&oacute;tica, ense&ntilde;&aacute;ndoles a sus empleados que lo que hacen es valioso y que saben m&aacute;s de lo que creen saber, solo tienen que organizarse y encontrarle el erotismo a la disciplina militar. En la segunda, que sali&oacute; hace unos meses, Carmy les propone un salto a&uacute;n m&aacute;s grande: convertirse efectivamente en un restaurante de&nbsp;<em>fine dining</em>, una cocina que pueda ganarse una de esas estrellas que &eacute;l ya tuvo pero que a Sydney, su sous chef, aprendiz y fan, le importan m&aacute;s que nada en el mundo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En alg&uacute;n sentido, entonces, sent&iacute; esta temporada un poco m&aacute;s desangelada que la anterior. Lo de resucitar el restaurante de la familia tiene un poco m&aacute;s de m&iacute;stica, en principio, que lo de armar un lugar lujoso para romperla. Pero a medida que avanc&eacute; me di cuenta de algo que ya hab&iacute;a intuido cuando vi la primera temporada, y es que la m&iacute;stica de&nbsp;<em>The Bear&nbsp;</em>es la m&iacute;stica de la familia y de la tradici&oacute;n, pero no la de la familia de sangre ni la de la tradici&oacute;n del barrio: es la de la familia del trabajo, y la tradici&oacute;n de la excelencia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y ah&iacute; es cuando me pongo, muy a mi pesar, nost&aacute;lgica. Viendo esta temporada me di cuenta de que es verdad que hay algo bello en la especificidad del trabajo de la cocina, de su perfeccionismo y su precisi&oacute;n, del modo en que exige creatividad y sutileza pero tambi&eacute;n una templanza (y es una tarea generosa, porque lo que exige te lo da: mi amiga cocinera dice que el verdadero zen lo encontr&aacute;s picando verduras antes que en cualquier clase de yoga, en el peso pero tambi&eacute;n en el alivio de que en la cocina haya que hacer, en alg&uacute;n sentido, todos los d&iacute;as las mismas cosas); pero si en la primera temporada me interes&oacute; m&aacute;s pensar en esa planicie de la cocina, sin buscarle simbolismos, en esta segunda no pude evitar pensar que me emociona esta historia de cocineros porque evoca la fantas&iacute;a del ascenso social, de la gente que cree que si hace las cosas bien le saldr&aacute;n las cosas bien, y en la fantas&iacute;a de lo colectivo como veh&iacute;culo de progreso y proyecto de sociedad civil.
    </p><p class="article-text">
        Eso que se ve en&nbsp;<em>The Bear</em>, c&oacute;mo cocineros de oficio pueden profesionalizarse y cambiar su vida, lo he visto en cocinas de verdad, y aqu&iacute; mismo en Argentina: la contracara positiva del boom del consumo, que a veces pienso que genera unas subjetividades un poco complicadas (el culto del goce termina convirti&eacute;ndose en algo que casi se separa de la desprolijidad que deber&iacute;a ser parte indispensable de nuestra relaci&oacute;n con el deseo y el cuerpo para convertirse en una gula de perfecci&oacute;n), produjo en la elevaci&oacute;n del status de la gastronom&iacute;a una elevaci&oacute;n potencial del status de sus trabajadores. Digo potencial porque no sucede en todos los casos, sigue siendo un trabajo altamente precarizado y porque efectivamente tambi&eacute;n la disponibilidad de esas oportunidades depende de muchos factores: es muy emocionante, por eso, la trama de los dos cocineros de cincuenta y pico&nbsp;a los que Carmy manda a educarse a la escuela de cocina, lugar en el que una florece y el otro se angustia. Pero m&aacute;s all&aacute; del caso concreto de la cocina, entonces, The Bear me recuerda a una &eacute;poca que fue imaginaria pero creo que tambi&eacute;n fue real, en la que el trabajo se entend&iacute;a ni solo como explotaci&oacute;n ni solo como&nbsp;<em>realizaci&oacute;n</em>&nbsp;<em>personal</em>, sino como algo que hacemos todos juntos. Aprend&iacute; bastante sobre esto haciendo teatro y filmando una serie: son lugares en los que esa sensaci&oacute;n de proyecto colectivo sobrevive, lugares en los que no hay que ubicarle a nadie un ping pong para que se ponga&nbsp;<em>la camiseta de la empresa</em>&nbsp;como se hac&iacute;a en 2005 porque se entiende que, de verdad, la empresa somos todos. Es algo que no se puede inventar y no se puede fingir: los proyectos son colectivos o no lo son y ning&uacute;n departamento de recursos humanos puede maquillar eso. Supongo que no todos los trabajos pueden ser as&iacute;, en una sociedad de masas; es m&aacute;s, por lo que el mundo muestra, cada vez menos trabajos pueden ser as&iacute; a la escala productiva a la que se est&aacute; moviendo el mundo. Los negocios chicos no sobreviven, los trabajos se automatizan y van quedando solamente accionistas, gente que manda mails y muy por debajo gente haciendo tareas tan rutinarias y deshumanizantes que es imposible que involucren en ella sus almas como efectivamente se puede involucrarla en un postre. Lo que me pregunto, y es pensando en las elecciones tambi&eacute;n, porque est&aacute; dif&iacute;cil pensar en otra cosa, es por la relaci&oacute;n entre la desaparici&oacute;n de estos mundos del trabajo y una relaci&oacute;n civil con lo colectivo que sin ellos es muy dif&iacute;cil de inventar. Tanto en mi generaci&oacute;n como en las que vienen despu&eacute;s en Argentina quienes hablan de lo colectivo piensan sobre todo en actividades de militancia, y est&aacute; perfecto, pero trabajando en un set o en una cocina una ve unas formas org&aacute;nicas de la construcci&oacute;n de comunidad entre gente de ideas y trayectorias muy distintas (el modo en que vamos aprendiendo a compartir no porque lo elegimos sino porque aut&eacute;nticamente lo necesitamos) que de verdad no s&eacute; si se arman en una asamblea, a las que (adem&aacute;s) no mucha gente tiene ganas de ir, y est&aacute; bien, porque no todo el mundo quiere vivir en el &Aacute;gora griega, pero esto pensaba, claro: el trabajo sol&iacute;a ser nuestra &aacute;gora. Pienso en las conversaciones que mi mam&aacute; me contaba que ten&iacute;a con sus compa&ntilde;eros de guardia en el hospital, los v&iacute;nculos que se armaban all&iacute; con todos, con enfermeros y enfermeras, con los mozos de los caf&eacute;s de la zona, socialidades ahora bastante desarmadas porque el que puede quedarse con el consultorio privado se queda all&iacute; y no vuelve m&aacute;s, porque andar comprando cafecitos es caro y ya no son los mozos los que los traen, sino que es siempre gente distinta, en fin: odio entrar con ese tango del viejo mundo, ya lo dije, lo empiezo y no me reconozco, pero de verdad le dedico bastante tiempo a pensar si hay alguna forma de aprender ese amor a producir juntos cada uno desde su casa o desde su plataforma o desde sus ganas de ser estrella, y la soluci&oacute;n no se me est&aacute; acercando; ese amor a producir juntos que produce el mundo por fuera de la familia, por fuera de lo privado, ese amor que hace nacer lo p&uacute;blico y que no se puede crear m&aacute;s qu&eacute; haciendo, m&aacute;s que encontr&aacute;ndonos en ese disfrute humano at&aacute;vico del trabajo, de encontrar el mundo desarmado y devolver otra cosa.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/producir_129_10657670.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 05 Nov 2023 03:01:30 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Producir juntos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ensayo general]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Problemas sin solución]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/problemas-solucion_1_10483802.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/462fb341-886d-41c3-a62c-4e658702ae1f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Problemas sin solución"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay asuntos que no tienen solución porque están en la raíz de nuestra subjetividad, de la pregunta por quiénes somos y qué nos hace sentir queridos o deseados.</p></div><p class="article-text">
        Dos de mis escritoras preferidas, <strong>Nora Ephron</strong> y <strong>Susan Sontag</strong>, escribieron ensayos sobre la belleza. El de Nora es ante todo gracioso. Hay algo profundo en la sencillez con la que se pregunta c&oacute;mo hubiera sido ir por la vida siendo bella, d&aacute;ndose cuenta en el camino de que por ser normalita y no una Miss Universo se perdi&oacute; estrictamente de pocas cosas valiosas (no se perdi&oacute; oportunidades profesionales, ni le faltaron amantes, ni le faltaron amigos), pero que igual le hubiera gustado conocer esa sensaci&oacute;n de triunfo ardoroso que, podemos imaginar, deben sentir las mujeres bellas cuando entran a un cuarto y todos se dan vuelta parar mirarlas. Es un texto liviano y rencoroso en el mejor de los sentidos, pero me parece que, incluso si Ephron no lo explicita, hay un hallazgo fundamental en la idea de que la belleza nos importa a las mujeres por razones instrumentales l&oacute;gicas y tangibles, pero no solo por eso. O m&aacute;s bien, que ninguna cosa que se trate del cuerpo se termina en esa l&oacute;gica instrumental, nada que involucre al cuerpo puede quedar sin sobregirar. Sontag, por su parte, reflexiona directamente sobre lo que la implicaci&oacute;n de las mujeres con la belleza les quita, en contraposici&oacute;n con lo que les sucede a los hombres de los que se espera que cultiven otras virtudes para desplegar su subjetividad: la belleza es un poder, dice Sontag, y est&aacute; bien que lo sea, pero es un poder bastante tramposo. Es un poder pasivo, un poder que siempre implica lograr que un hombre haga algo por una, m&aacute;s que un poder hacer.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Sylvia Plath</strong> tambi&eacute;n reflexion&oacute; bastante sobre la belleza en sus diarios y en su novela <em>La campana de cristal</em>. Muchas otras escritoras lo hicieron, lo siguen haciendo. Hay en todos estos textos muchas ideas valiosas, y sin embargo pienso que lo m&aacute;s importante ya lo dijo Foucault en el primer tomo de <em>Historia de la sexualidad</em>: el discurso supuestamente liberado sobre un tema (el sexo, o el imperativo de belleza, o lo que sea) no siempre implica m&aacute;s libertad, ni una experiencia m&aacute;s aut&eacute;ntica. Los discursos del autoamor o los cr&iacute;ticos de los c&aacute;nones hegem&oacute;nicos de belleza en general (lo que Sontag llama &ldquo;la era autoconsciente de la belleza&rdquo;) muchas veces parecen sumar poco. La sensaci&oacute;n es que, sobre ciertos temas, lo que necesitamos es pensar menos, hablar menos, tratar de que no ocupen tanto espacio en nuestras vidas. Esos discursos, adem&aacute;s, generan hartazgo. Hay una especie de crisis generalizada de la consigna &ldquo;lo privado es pol&iacute;tico&rdquo;; nadie quiere ya que le hablen de parejas, de monogamia o poliamor, de si est&aacute; bien o no ponernos un cachito de b&oacute;tox o hacer dietas dudosas que se venden como el santo grial de la salud esta semana pero que todas sabemos que hacemos para ser flacas, que si en el camino de bajar de peso se te descuajeringa alguna cosa en el fondo no es grave porque la salud nunca fue m&aacute;s que una excusa. Un poco lo entiendo, pero yo no soy tan descre&iacute;da respecto del debate p&uacute;blico como lo era Foucault, y creo que el feminismo en general tampoco (no tiene buenas razones para serlo: los cambios reales y concretos que produjo en la vida de las mujeres la puesta en circulaci&oacute;n de discursos feministas cr&iacute;ticos est&aacute;n a la vista). 
    </p><p class="article-text">
        Pienso que quiz&aacute;s lo agotador es el tono, que ya ni siquiera es necesariamente el tono de quien emite: no s&eacute; bien c&oacute;mo pas&oacute;, pero tanto en Internet como en la vida empezamos a leer todo como si fuera un mandato. Si alguien cuenta de la dieta que est&aacute; haciendo se lo entiende como un comentario sobre el cuerpo. Si alguien cuenta de su vida amorosa se entiende como una bajada de l&iacute;nea sobre la familia, o en contra de la familia. Es como la filosof&iacute;a de la sospecha, pero inflada con anab&oacute;licos: todo relato es sospechoso de ser una forma de vigilancia. Creo que es lo que dir&iacute;a Foucault, pero si realmente vamos a leernos entre todos con esa paranoia es imposible conversar, jugar con las ideas, ver a d&oacute;nde nos conducen. 
    </p><p class="article-text">
        Pienso que en parte tambi&eacute;n el hartazgo de las discusiones sobre el sexo, el amor y la belleza -adem&aacute;s del tono acusador que ya no s&eacute;, reitero, si est&aacute; en c&oacute;mo se habla o en c&oacute;mo se escucha- viene de la complicaci&oacute;n emotiva, filos&oacute;fica y pol&iacute;tica de quedarse con problemas sin soluci&oacute;n. El sexo, el amor y la belleza no tienen soluci&oacute;n, en dos sentidos importantes y relacionados entre s&iacute;. El primero es que, concretamente, hay muchas cuestiones sobre los imperativos de belleza que no se resuelven con pol&iacute;ticas p&uacute;blicas: podemos dar educaci&oacute;n sexual integral, y es important&iacute;simo y es una herramienta clave en la lucha contra la violencia sexual, pero no va a terminar con la violencia sexual, ni con la dificultad de separar lo que va de lo que no. 
    </p><p class="article-text">
        Lo mismo en el caso de la belleza: tienen que existir y funcionar los controles estatales sobre los tratamientos de belleza que se ofrecen, y podr&iacute;amos incluso prohibir publicidades de tratamientos como en alg&uacute;n momento se prohibieron las publicidades de cigarrillos, pero eso no va a detener una industria que vive de crear nuevas necesidades basadas en la necesidad m&aacute;s angustiante de que te miren y te quieran, que vive de mover cada vez un poco m&aacute;s la vara de lo que llamamos &ldquo;invasivo&rdquo; o &ldquo;preventivo&rdquo; o de los riesgos que estamos dispuestas a correr. El segundo sentido en que estos problemas no tienen soluci&oacute;n es m&aacute;s profundo: no tienen soluci&oacute;n porque est&aacute;n en la ra&iacute;z de nuestra subjetividad, de la pregunta por qui&eacute;nes somos y qu&eacute; nos hace sentir queridos o deseados, en la pregunta de qu&eacute; se juega en ser queridos o deseados, que dura toda la vida. No tienen soluci&oacute;n, tambi&eacute;n, porque ya lo dije, son problemas del cuerpo. 
    </p><p class="article-text">
        Es l&oacute;gico y deseable que la militancia se concentre en los problemas que s&iacute; tienen soluci&oacute;n, en las partes de los problemas que s&iacute; se pueden atacar con pol&iacute;ticas de Estado o estrategias activistas; es entendible que moleste que hablemos cr&iacute;ticamente de cosas que no sabemos c&oacute;mo enfrentar, de vidas de las que no sabemos c&oacute;mo sustraernos porque no tienen un afuera; es perfectamente comprensible que nos incomode hablar de cosas en las que siempre sentimos que estamos en falta. Pero aunque eso no funcione bien en &eacute;pocas en que se supone que las teor&iacute;as tienen que ser terap&eacute;uticas y optimistas, aunque sea mucho menos esperanzador que las luchas con objetivos claros que podemos conseguir, el feminismo siempre se trat&oacute;, adem&aacute;s de conquistas, sobre permanecer con problemas sin soluci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/problemas-solucion_1_10483802.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 Sep 2023 03:01:11 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Problemas sin solución]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Nora Ephron,Susan Sontag,Sylvia Plath,Feminismos,Ensayo general]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[No nos rompen, nos cansan]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/no-rompen-cansan_129_10467922.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/af400000-a0d6-45c0-af0c-c9685d5fe6d5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="No nos rompen, nos cansan"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La futbolista española Jennifer Hermoso se vio envuelta en la situación insoportable de tener que convertir la victoria más importante de su carrera en un lío cuando, al recibir la medalla como campeona mundial de fútbol femenino, el presidente de la Real Federación de Fútbol, Luis Rubiales, la tomó de la cara para darle un beso en la boca.</p></div><p class="article-text">
        Hace varios a&ntilde;os ya que el paradigma del consentimiento como estrategia contra la violencia sexual est&aacute; puesto en cuesti&oacute;n en diversas escenas filos&oacute;ficas, del feminismo a la teor&iacute;a queer, pasando por el giro afectivo: es como si a medida que el concepto se populariza en el mundo (en la pol&iacute;tica, en la militancia, en la justicia y en la conversaci&oacute;n cotidiana entre personas que se vinculan sexualmente) los fil&oacute;sofos y fil&oacute;sofas fueran queriendo dejarlo atr&aacute;s. No s&eacute; si tiene un nombre, pero es un fen&oacute;meno com&uacute;n en las esferas intelectuales, que si yo tuviera que bautizar llamar&iacute;a &ldquo;s&iacute;ndrome del primer fan&rdquo;, como esa gente que se cansa de escuchar una banda una vez que empieza a conocerla todo el mundo. De todos modos, no es solo eso: creo que justamente, a medida que un concepto se extiende y se empieza a usar m&aacute;s, los casos de aplicaci&oacute;n y los dilemas que aparecen en las discusiones hacen m&aacute;s evidentes los agujeros.
    </p><p class="article-text">
        En el caso del consentimiento, creo que propuestas como la del &ldquo;solo s&iacute; es s&iacute;&rdquo;, muy popular, al menos hasta hace unos a&ntilde;os, en el tratamiento de la violencia sexual en los campus norteamericanos, pusieron sobre la mesa las dificultades de definir en qu&eacute; consiste el consentimiento, en especial una vez que aparecieron conceptos como &ldquo;consentimiento impl&iacute;cito&rdquo; (absolutamente necesario, por un lado, y completamente indescifrable, por el otro) y &ldquo;consentimiento entusiasta&rdquo; (necesario, tambi&eacute;n, para que &ldquo;consentir&rdquo; no suene a &ldquo;resignarse&rdquo;, pero igualmente confuso en t&eacute;rminos de su aplicaci&oacute;n y sobre todo del requisito m&iacute;nimo de entusiasmo) para emparchar los problemas visibles que tienen estos enfoques cuando se trata de la vida real. Por otra parte, es l&oacute;gico que a muchos te&oacute;ricos y te&oacute;ricas feministas y queer les moleste la imposici&oacute;n de un marco binario del s&iacute; al no, y que supone un nivel alt&iacute;simo de conciencia y racionalidad (que una puede conocer y expresar sus deseos de manera transparente) a un dominio de lo humano tan opaco como el sexo. El impulso filos&oacute;fico, en estos casos, es el de cambiar completamente de lenguaje: creo que, en estos a&ntilde;os en los que la jerga de g&eacute;nero ha pasado con tanta fluidez de la academia al mundo y viceversa, hemos aprendido que a veces los problemas reales requieren abordajes menos elegantes. No un vocabulario conceptual maravilloso que nos sirva para todo, sino un par de vocabularios defectuosos tratando de cubrirse entre ellos. 
    </p><p class="article-text">
        Casi sin excepciones, cuando nos ponemos a hablar de consentimiento, es porque hay algo que ha salido mal. Que algo salga mal no significa siempre que alguien haya hecho algo mal. El sexo es una cosa muy complicada, y lo malentienden tanto quienes desde una supuesta perspectiva feminista piensan que podemos dar por terminado el problema del sexo (como si, efectivamente, el vocabulario del consentimiento fuera capaz de hacer eso, o la educaci&oacute;n sexual pudiera hacer eso; que no puedan resolver el problema para siempre, dicho sea, no implica que no sean &uacute;tiles) como quienes desde una perspectiva pretendidamente pro-sexo pero profundamente conservadora piensan que nunca hubo ning&uacute;n problema. En el caso que nos ocupa esta semana, la futbolista espa&ntilde;ola <strong>Jennifer Hermoso</strong> vio empa&ntilde;ado el momento m&aacute;s importante de su carrera cuando al recibir la medalla como campeona mundial de f&uacute;tbol femenino el presidente de la Real Federaci&oacute;n de F&uacute;tbol, <strong>Luis Rubiales</strong>, la tom&oacute; de la cara para darle un beso en la boca. Rubiales se defendi&oacute; del esc&aacute;ndalo diciendo que el beso hab&iacute;a sido &ldquo;consentido&rdquo; y &ldquo;espont&aacute;neo&rdquo;, y que no hab&iacute;a nada suficientemente grave como para que tuviera que renunciar como esperaban muchos; en respuesta, Jenni Hermoso aclar&oacute; que por supuesto el beso no hab&iacute;a sido consentido, y que no iba a tolerar que pusieran en duda su palabra. 
    </p><p class="article-text">
        Es cierto que a veces los besos se roban; es cierto, tambi&eacute;n, que hay situaciones en las que es mejor pedir perd&oacute;n que permiso y que tambi&eacute;n hay otras situaciones en las que una se da cuenta de que es mejor pedir permiso que perd&oacute;n. Un beso espont&aacute;neo en la calle entre dos personas festejando un campeonato del mundo no entra en ning&uacute;n est&aacute;ndar de calidad de consentimiento expl&iacute;cito, y sin embargo no produce ning&uacute;n drama (incluso si no &ldquo;sale bien&rdquo;; incluso si media el malentendido); en una situaci&oacute;n del nivel de exposici&oacute;n de una entrega de premios en la que te agarran desprevenida y te roban tu momento, en cambio, la sensaci&oacute;n es que tiene que haber algo m&aacute;s que un malentendido, porque realmente la desubicaci&oacute;n es tal que si crey&eacute;ramos que lo que sucedi&oacute; fue un mal c&aacute;lculo tenemos que pensar que estamos ante una persona completamente incapaz de leer contextos sociales y actuar como un ser humano medianamente conectado. &iquest;C&oacute;mo se mide, entonces, la diferencia entre una situaci&oacute;n y otra? A m&iacute; me gusta la respuesta de <strong>Sohaila Abdulali</strong> en su libro <em>What We Talk About When We Talk About Rape</em>: se puede intentar buscar signos o incluso recomendar manejarse con cautela, pero no hay ning&uacute;n tecnicismo que vaya a reemplazar el deseo genuino de no hacer da&ntilde;o. No hay radar posible si uno va por la vida indiferente a lo que toca y lo que rompe.
    </p><p class="article-text">
        Uso el verbo romper porque funciona como una analog&iacute;a impl&iacute;cita con la escena de alguien que entra a un negocio sin mirar nada y tira cualquier cosa con la mochila en la espalda, pero en realidad quiz&aacute;s deber&iacute;a borrarlo: no quiero colaborar con las narrativas que hacen de toda agresi&oacute;n sexual un trauma, que suponen que las mujeres somos fr&aacute;giles y que estas cosas nos rompen. La mayor parte de las veces estas agresiones no nos rompen: nos cansan. En las intervenciones p&uacute;blicas de Jenni Hermoso se nota: no est&aacute; rota, est&aacute; harta. Por eso insisto con eso de que le robaron su momento, porque eso es lo grave, no el beso, y no hay que caer en la falacia de aceptarle a Rubiales que la cosa no es tan grave porque para una mujer adulta un beso espont&aacute;neo no deber&iacute;a ser tan grave, ni en la otra falacia, de tener que explicar que a a Jenni Hermoso le resulta muy traum&aacute;tico el beso, que todo este asunto se trata de un beso, del mismo modo que que te toquen el culo en la oficina rara vez se trata de que una mano en el culo se registre como trauma, sino de la din&aacute;mica que eso genera en esa oficina y lo que eso produce en tus oportunidades profesionales. 
    </p><p class="article-text">
        Jenni Hermoso se vio envuelta en la situaci&oacute;n insoportable de tener que convertir su victoria en este l&iacute;o, de tener que empa&ntilde;ar un triunfo por el que trabaja desde muy chica en un debate aburrid&iacute;simo con un tipo de evidente mala fe. Sus &uacute;nicas dos opciones eran aceptar los t&eacute;rminos del tipo en cuesti&oacute;n como hacemos tantas veces las mujeres (decir que el beso no fue tan grave), cosa que en las circunstancias presentes no le devolver&iacute;a a Jenni ni su momento ni su centralidad, o tratar de poner las cosas en su lugar, como est&aacute; intentando hacer (lo que tampoco le devolver&aacute; a ella y a su equipo su momento ni su centralidad, pero quiz&aacute;s sirva para probar p&uacute;blicamente un punto importante). No es un trauma: es una piedra del zapato, una manera m&aacute;s de complicarnos la vida, y seguimos adelante, como siempre, pero qu&eacute; ganas.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/no-rompen-cansan_129_10467922.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 27 Aug 2023 03:03:39 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[No nos rompen, nos cansan]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Tamara Tenenbaum,Ensayo general]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cómo conseguir chicas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/chicas_129_10454619.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7fdf2b85-5e55-4a28-a2cc-bdf32d6080b9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cómo conseguir chicas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La amplísima mayoría de las mujeres argentinas que no votaron a Milei no son ni woke ni feministas. Tiene que ver con ese desencuentro fundamental del incelismo, con eso que los gringos llaman “la pandemia de la soledad masculina”.</p></div><p class="article-text">
        Quiero empezar con un <em>disclaimer</em> que va a ocupar la mitad de la columna: a una tienen que dejarla pensar para la posteridad. No porque lo que una pueda pensar sea particularmente valioso, ni siquiera porque sea bueno, es porque esos son los tiempos de la actividad. Es como hacer una torta o pintar una pared o filmar una pel&iacute;cula: puede salir bien o mal, pero incluso hacerlo mal tarda lo que tarda. Digo esto porque estuve pensando y leyendo muchas cosas, y supongo que muchas de esas cosas podr&iacute;an decirme en alg&uacute;n momento, si las contin&uacute;o con la suficiente persistencia, algo sobre la sorpresa electoral del domingo pasado (porque no importa lo que digan tantos comunicadores que ahora parece que siempre la vieron, o que no la ve&iacute;an pero ahora la ven: tenemos sus titulares, sus tapas de diario, sus tweets, sus columnas, tenemos todo guardado y ninguno la vio). Lo que no quiero es tener que escribir pensando que solo porque esto es un diario esto que voy a intentar pensar ahora es un diagn&oacute;stico o una explicaci&oacute;n para la sorpresa electoral del domingo pasado. No lo es. No se trata tampoco, solamente, de una cuesti&oacute;n de tiempo. Por si me empezaron a leer hace poco: yo no soy economista, no s&eacute; de estad&iacute;stica, no tengo data de ninguna clase, y personalmente creo que cualquier cosa que intente acercarse a una explicaci&oacute;n causal de la ya varias veces mentada sorpresa electoral del domingo pasado deber&iacute;a incluir todas esas cosas. No tengo herramientas para hacer eso, y si alguien piensa que un escritor las tiene es porque se acostumbraron demasiado a leernos escribir sobre cualquier cosa; probablemente sea culpa nuestra, como gremio. Yo no me hago cargo igual, porque jam&aacute;s escribo sobre temas que me exceden, m&aacute;s por narcisismo que por modestia: odio hacer cosas en las que ya s&eacute; que no brillo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y digo todo esto porque estuve leyendo bastante en estos d&iacute;as sobre la descomposici&oacute;n del lazo social, y quiero escribir sobre eso, y s&eacute; que va a parecer que estoy explicando ya demasiadas veces mentada sorpresa electoral de domingo pasado, porque s&eacute; que es parte del problema. Pero creo que es una parte m&iacute;nima del problema, y de ninguna manera una explicaci&oacute;n. Soy ignorante de muchas cosas, pero conozco bastante bien los l&iacute;mites de mi ignorancia y los del provecho que puedo sacarle a mis saberes. Lo que yo tengo en la mano es un martillo, pero no todos los problemas son clavos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Coment&eacute; ya <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/polaroids-intimidad-extraordinaria_129_10443610.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la semana pasada</a>, en relaci&oacute;n con su tratamiento del humor, el libro de Lauren Berlant que estoy traduciendo. La parte que me toca ahora es un an&aacute;lisis bastante extenso de <em>&Uacute;ltimo tango en Par&iacute;s</em>, pel&iacute;cula ca&iacute;da en desgracia en los &uacute;ltimos a&ntilde;os por una renombrada escena de sexo que, ahora sabemos, se hizo en condiciones deplorables para la actriz francesa Maria Schneider. As&iacute; y todo, es una gran pel&iacute;cula, y Berlant la utiliza para pensar la relaci&oacute;n del sexo con la pol&iacute;tica, tal como la pens&oacute; la generaci&oacute;n de mayo del 68 y tal como la pensaron los te&oacute;ricos que reivindicaron, criticaron, y volvieron a reivindicar a la generaci&oacute;n de mayo del 68. Berlant no est&aacute; hablando, aqu&iacute;, de feminismo y de consentimiento, de esa forma de politizaci&oacute;n del sexo; est&aacute; hablando, en cambio, de algo aut&eacute;nticamente pasado de moda, del sexo &ldquo;libre&rdquo; (que para Berlant es una contradicci&oacute;n en los t&eacute;rminos: &ldquo;libre&rdquo; no es algo que pueda predicarse de ninguna forma de estar en relaci&oacute;n) como forma de desafiar a la moral burguesa, y as&iacute; tambi&eacute;n a la pol&iacute;tica burguesa, incluso al proyecto colonial. La pel&iacute;cula dibuja de manera sutil, aunque con escenas sabidamente expl&iacute;citas, una contraposici&oacute;n bastante interesante (y profundamente francesa): Jeanne (Maria Schneider), la protagonista femenina, se ve envuelta en un tri&aacute;ngulo con su prometido Tom (Jean-Pierre L&eacute;aud), por un lado, y con un completo extra&ntilde;o, Paul (Marlon Brando). Tom es un director de cine que desde el principio de la pel&iacute;cula enmarca su relaci&oacute;n con Jeanne en un proyecto est&eacute;tico: de hecho, la filma todo el tiempo para un programa de televisi&oacute;n. Berlant se detiene sobre el concepto de &ldquo;matrimonio pop&rdquo; que utiliza Jeanne para describir lo que espera de su matrimonio con Paul, y que parece ser b&aacute;sicamente la versi&oacute;n flower power de la gente que piensa que cas&aacute;ndose en zapatillas va a puentear la trampa de la burgues&iacute;a; hasta habla de tener dos hijitos (un var&oacute;n y una mujer, como en una publicidad de coca cola) y ponerles Rosa y Fidel. La pel&iacute;cula parece sospechar, en cambio (o al menos eso sospecha Berlant en su lectura, y yo ya no puedo no verla) que la verdadera revoluci&oacute;n sexual sucede en el v&iacute;nculo entre Jeanne y Paul, el personaje de Marlon Brando, que se encuentran sin saber nada el uno del otro en un departamento destruido a tener algo a medio camino entre una relaci&oacute;n violenta y un v&iacute;nculo sadomasoquista sin marco te&oacute;rico. Tom y Jeanne intentan buscar una cotidianeidad para la revoluci&oacute;n: &ldquo;en otro registro&rdquo;, dice Berlant, &ldquo;llamar&iacute;amos a eso pol&iacute;tica&rdquo;. Jeanne y Paul, en cambio, persisten en una especie de revoluci&oacute;n insostenible, algo que claramente nunca puede volverse lo ordinario de la vida, pero que quiz&aacute;s sea la &uacute;nica forma en que efectivamente se puede corroer al matrimonio burgu&eacute;s sin en realidad estar haciendo solo un teatro de la corrosi&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el mismo cap&iacute;tulo, Berlant analiza el sexo y la incomodidad que inherentemente trae como una parte importante de la circulaci&oacute;n social, incluso del lazo social: el hecho de que el sexo de una &eacute;poca nos habla m&aacute;s de sus devenires pol&iacute;ticos (de sus devenires pol&iacute;ticos reales y no solamente de sus discursos pol&iacute;ticos, o de la politizaci&oacute;n de sus v&iacute;nculos) de lo que a veces nos tomamos el trabajo de pensar. Berlant destaca a la erotofobia (entendida a veces en un sentido literal, como miedo al sexo, y a veces en un sentido m&aacute;s laxo; no tener sexo, por miedo, entre otras cosas, pero probablemente no solo por eso) como un fen&oacute;meno de &eacute;poca, y me llam&oacute; la atenci&oacute;n porque yo tambi&eacute;n ven&iacute;a pensando en eso, en estas dos cosas. Por un lado, en la desexualizaci&oacute;n de una &eacute;poca en el que la gente tiene m&aacute;s ganas de comunicar sexo que de vivirlo (pasa con las adolescentes: chicas con las que hay que hablar de los peligros de andar compartiendo material er&oacute;tico online, pero que son v&iacute;rgenes); por otro lado, en lo que eso implica para el lazo social, sobre todo para el lazo heterosexual que est&aacute; m&aacute;s roto que nunca. Dije que no quer&iacute;a hablar de Milei, y un poco ment&iacute;; en la &uacute;nica encuesta p&uacute;blica de intenci&oacute;n de voto desagregada por sexo que entiendo que estuvo circulando (gentileza de <a href="https://twitter.com/fedetiberti/status/1692351230197084386?s=20" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Federico Tiberti</a>), me sorprendi&oacute;, o tal vez no tanto, la brecha de g&eacute;nero del voto a Milei: es el &uacute;nico candidato de las PASO en el que la diferencia entre votantes de varones y mujeres es as&iacute; de significativa (casi el doble, con un 26,1% de los varones declarando que lo votar&iacute;an, contra solamente un 14,8% de las mujeres; lo sepan o no, son votos de mujeres los que probablemente necesitan salir a buscar los militantes de La Libertad Avanza). Reitero, esto no es una causalidad, ni una explicaci&oacute;n: es menos que una pregunta, son anotaciones marginales alrededor de un libro que estoy traduciendo, pero hay algo, algo que tiene que ver con el feminismo pero no, desde mi humilde punto de vista, con la cultura <em>woke</em>; la ampl&iacute;sima mayor&iacute;a de las mujeres argentinas que no votaron a Milei no son ni <em>woke</em> ni feministas. Tiene que ver con ese desencuentro fundamental del incelismo, con eso que los gringos llaman &ldquo;la pandemia de la soledad masculina&rdquo;, con la repentina fama de hombres y mujeres que les ense&ntilde;an a personas heterosexuales (varones, pero tambi&eacute;n a mujeres) a buscar pareja, como si se nos hubiera roto el &oacute;rgano de hablar con el sexo opuesto, porque de hecho todo indica que se nos rompi&oacute;. Hoy quiz&aacute;s esa sea una esperanza num&eacute;rica, la incapacidad del mileismo de conseguir chicas. A la larga, pase lo que pase en octubre, creo que nos va a salir mal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>TT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/chicas_129_10454619.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 20 Aug 2023 03:01:13 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cómo conseguir chicas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Javier Milei,Tamara Tenenbaum,Marlon Brando,Ensayo general]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Polaroids de intimidad extraordinaria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/polaroids-intimidad-extraordinaria_129_10443610.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/415e21ec-694c-4ca1-820a-fb4437e144a6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Polaroids de intimidad extraordinaria"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La "Fábrica de jingles", creación de Pedro Rosemblat, Ivana Szerman y Marcos Aramburu en el canal de streaming Gelatina, vuelve a poner en agenda el humor político. Una reflexión sobre los componentes cognitivos y no cognitivos que los chistes ponen en circulación.</p></div><p class="article-text">
        De todos los textos relativos a la coyuntura electoral que circularon en el &uacute;ltimo mes (y, cr&eacute;anme, aunque no los produzca ni los rese&ntilde;e, yo consumo much&iacute;simos), el &uacute;nico que me cautiv&oacute; fue la <em>F&aacute;brica de jingles</em>. La <em>F&aacute;bricas de jingles</em> <a href="https://elpais.com/argentina/2023-08-12/la-fabrica-de-jingles-cuando-argentina-se-toma-con-humor-la-campana-presidencial.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">lleg&oacute; a el diario El Pa&iacute;s de Espa&ntilde;a</a>, as&iacute; que no creo que haya muchos lectores de mi columna que no la hayan visto pasar en Internet, pero por si hiciera falta contar de qu&eacute; se trata lo cuento: en el canal de streaming <em>Gelatina</em>, los conductores <strong>Pedro Rosemblat</strong>, <strong>Ivana Szerman</strong> y <strong>Marcos Aramburu</strong> invitaron a la audiencia a mandar jingles de campa&ntilde;a para cualquier candidato, en una secci&oacute;n que por supuesto tiene algo profundamente contempor&aacute;neo pero que a m&iacute; me hizo acordar m&aacute;s&nbsp;a algunas secciones de programas de radio de otra &eacute;poca en las que se le ped&iacute;a a la audiencia que aportara an&eacute;cdotas o chistes, y en las que era entonces la gracia de los oyentes (y no la de los conductores, que dan un elegante paso al costado) la que sosten&iacute;a el valor del segmento. Se suele suponer que el mundo del streaming es mucho m&aacute;s <em>interactivo </em>que el de la vieja radio; sin embargo, en mi experiencia limitada como consumidora de esta &eacute;poca de influencers y nombres propios en la que la gente ni sabe c&oacute;mo se llaman los programas, no es del todo com&uacute;n ese protagonismo de los p&uacute;blicos. 
    </p><p class="article-text">
        Supongo que la cosa podr&iacute;a haber salido mal, caso en el cual hubiera durado una o dos emisiones hasta ser reemplazado por alguna otra clase de contenido; podr&iacute;a haber sucedido que nadie mandara nada, o que nadie mandara nada gracioso, que la gente no se tomara en serio el juego y solamente llegaran audios mal grabados de personas muri&eacute;ndose de risa de sus propios chistes; podr&iacute;a haber pasado, tambi&eacute;n, que los env&iacute;os fueran dominados por c&aacute;nticos militantes con m&aacute;s devoci&oacute;n que ingenio. Por lo que sea, nada de eso ocurri&oacute;: en todas las emisiones hay al menos uno o dos jingles aut&eacute;nticamente buenos. Hay jingles para los candidatos de todo el arco pol&iacute;tico desde <strong>Myriam Bregman</strong> hasta <strong>Javier Milei</strong>, y en muchos casos es casi imposible discernir en qu&eacute; medida se hicieron con iron&iacute;a y en qu&eacute; medida con convicci&oacute;n. El programa y sus conductores tienen un posicionamiento pol&iacute;tico claro y conocido (Rosemblat lleg&oacute; incluso a presentar una candidatura luego dada de baja en el peronismo). Pero aunque jam&aacute;s lo ocultan ni lo ponen entre par&eacute;ntesis (de hecho, es parte de lo divertido la ligera incomodidad que a veces generan las canciones contra los candidatos que los conductores prefieren, y que ellos toleran con iguales dosis de liviandad y estoicismo), ese compromiso no interfiri&oacute; ni en la diversidad ni en la frescura de la f&aacute;brica de jingles, que al menos a m&iacute; me lleg&oacute; recomendada por amigos de las preferencias pol&iacute;ticas m&aacute;s dispares.
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s de que me result&oacute; sencillamente divertida, la <em>F&aacute;brica de jingles</em> me interes&oacute; como regreso del humor pol&iacute;tico, un tipo de discurso que en los a&ntilde;os de mi vida adulta, siento, hab&iacute;a retrocedido bastante. Me intrigan las condiciones de esta reaparici&oacute;n; si para volver a re&iacute;rse de las propias convicciones hay que estar muy bien, o al contrario, si hay que estar muy mal, si la capacidad de re&iacute;rse de lo importante es un s&iacute;ntoma de descreimiento o de sabidur&iacute;a, de apertura o de repliegue, o ninguna de todas. Tiendo a creer que la gente subestima y sobreestima al humor por igual: hay algo as&iacute; como un malentendido fundamental en relaci&oacute;n con la posibilidad y la necesidad de re&iacute;rse de las cosas importantes. De un lado est&aacute;n quienes creen que el humor tiene que tener l&iacute;mites, que hay cosas o momentos en los que no se puede hacer chistes, como si &ldquo;importante&rdquo; fuera sin&oacute;nimo de sagrado y la solemnidad fuera una condici&oacute;n necesaria del respeto. Pero, muchas veces, la defensa del humor contra estos l&iacute;mites suele tomar una forma igualmente equivocada, cuando se dice que es importante no tomarse en serio a una misma, saber que el humor es &ldquo;solo&rdquo; eso, &ldquo;solo&rdquo; un chiste. El problema de esa l&iacute;nea argumental es que no entiende que efectivamente los chistes son important&iacute;simos, que los componentes cognitivos y no cognitivos que los chistes ponen en circulaci&oacute;n son densos, que los chistes no son importantes porque sean una forma de restarle importancia a las cosas sino porque son otra forma de intimidad con las cosas.
    </p><p class="article-text">
        Esto &uacute;ltimo lo pens&eacute; porque estoy traduciendo <em>On the Inconvenience of Other People</em> (&ldquo;sobre la inconveniencia de otras personas&rdquo;, o &ldquo;sobre la inconveniencia de las dem&aacute;s personas&rdquo;, o &ldquo;sobre la inconveniencia del resto de la gente&rdquo;: todav&iacute;a no me decido), el &uacute;ltimo libro que lleg&oacute; a escribir la fil&oacute;sofa <strong>Lauren Berlant</strong>, publicado poco m&aacute;s de un a&ntilde;o despu&eacute;s de su fallecimiento, y justo en las &uacute;ltimas semanas llegu&eacute; a la parte en la que se dedica expl&iacute;citamente a esto, a la pol&iacute;tica emotiva de los chistes. Berlant se monta en el c&eacute;lebre an&aacute;lisis freudiano del mecanismo del chiste y la tradici&oacute;n que dicho an&aacute;lisis inaugura, pero a Berlant le interesa mucho m&aacute;s la dimensi&oacute;n vincular del chiste que la relaci&oacute;n del humor con la conciencia y el inconsciente. M&aacute;s que pensar en lo que el humor revela o des-reprime, entonces, Berlant subraya esa intimidad transitoria que los chistes (en sentido amplio: chistes, iron&iacute;as, cualquier par&eacute;ntesis ingenioso que se introduce en la conversaci&oacute;n, sea la cotidiana o la que se da entre un profesional y una audiencia) producen entre quienes lo hacen y quienes los entienden. 
    </p><p class="article-text">
        En espa&ntilde;ol tenemos la diferencia entre re&iacute;rse-de y re&iacute;rse-con; en ingl&eacute;s tambi&eacute;n existe esa diferencia, en la contraposici&oacute;n entre <em>laughing-at</em> y<em> laughing-with</em>, pero hay una frase m&aacute;s adecuada para el an&aacute;lisis de Berlant, a la que ella efectivamente le saca el jugo, que es la de <em>to be in on the joke</em>, algo as&iacute; como &ldquo;estar adentro del chiste&rdquo;. No todos los chistes se r&iacute;en expl&iacute;citamente de alguien, pero todos los chistes, piensa Berlant, crean un adentro y un afuera, y no solamente por qui&eacute;n sea el tema del chiste: muchas nos molestan chistes que no hablan de nosotros, pero de hecho crean un adentro en el que no nos reconocemos. Me parece un buen lenguaje para entender por qu&eacute; a veces un chiste &ldquo;pol&iacute;ticamente incorrecto&rdquo; s&iacute; funciona, aunque nos incomode (porque apela a un adentro en que nos reconocemos a nuestro pesar) y porque otras veces, tal vez la mayor&iacute;a, no funciona, porque en realidad es solamente un discurso de odio disfrazado&nbsp;de chiste que no logra organizar un mundo, ni siquiera un mundo horrible.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero quiz&aacute;s estoy hablando demasiado del afuera, y justamente, en realidad, lo que m&aacute;s le importa a Lauren Berlant, lo m&aacute;s atractivo de su an&aacute;lisis, es lo que sucede cuando s&iacute; estamos adentro del chiste, cuando el chiste s&iacute; logra funcionar y produce entonces una intimidad vol&aacute;til que no podr&iacute;amos ni querr&iacute;amos habitar para siempre, pero que nos cobija por un rato; igual, explica Lauren Berlant, que el buen sexo con alguien, una especie de burburja poderos&iacute;sima para habitar durante un instante m&aacute;s all&aacute; de lo que suceda <em>despu&eacute;s</em>. La dificultad fundamental del humor pol&iacute;tico, supongo, es que trabaja con un lenguaje que ya es el mismo constructor y destructor de mundos, un material que expl&iacute;citamente organiza inclusiones y exclusiones que se sostienen en el tiempo, m&aacute;s all&aacute; de la intimidad instant&aacute;nea del chiste. Para funcionar, el humor pol&iacute;tico necesita trabajar a la vez con lo blando y con lo s&oacute;lido, ser juguet&oacute;n sin escaparse de lo importante. Igual que el buen sexo: m&aacute;s que sorprendernos de que no pase m&aacute;s seguido deber&iacute;amos disfrutar lo excepcional y milagroso del encuentro.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/polaroids-intimidad-extraordinaria_129_10443610.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 13 Aug 2023 03:01:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Polaroids de intimidad extraordinaria]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Política,Fábrica de jingles,Elecciones 2023,Humor,Humor político,Ensayo general]]></media:keywords>
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