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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Ensayo general]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/ensayo-general/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Ensayo general]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[¿De qué se trata la Odisea?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/trata-odisea_129_13423200.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d4a4f513-eec4-4d43-8c25-aae477f94e8b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x333y124.jpg" width="1200" height="675" alt="¿De qué se trata la Odisea?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Más que discutir la fidelidad al texto de Homero, la película de Christopher Nolan propone una interpretación del personaje. El resultado ilumina una pregunta que sigue vigente: ¿de qué está hecho, en realidad, el viaje de Odiseo?</p></div><p class="article-text">
        Lo primero que pens&eacute; cuando le&iacute; la Odisea en el colegio secundario fue que era absurdo que nos hicieran empezar una historia en la segunda parte. Cuando, a partir de ese pensamiento, fui en busca de la Il&iacute;ada, pens&eacute; dos cosas m&aacute;s. Primero, que en realidad la Il&iacute;ada tambi&eacute;n se sent&iacute;a como entrar a una saga por la mitad: tambi&eacute;n se la pasaban refiriendo a mundos, historias y personajes que una no conoc&iacute;a como si debiera conocerlos, de modo que en el fondo daba casi igual empezar por ah&iacute; y por la Odisea. Segundo, que aunque la Il&iacute;ada y la Odisea estuvieran firmadas con el mismo nombre, eran libros radicalmente diferentes. La Il&iacute;ada era una cr&oacute;nica de guerra; aunque el protagonista fuera Aquiles, se sent&iacute;a mucho m&aacute;s como una obra de protagonista colectivo. La Odisea, en cambio, se sent&iacute;a como una novela con un antih&eacute;roe moderno en el centro, aunque todav&iacute;a no existieran las novelas, ni los antih&eacute;roes, ni la modernidad. La Odisea no era una parodia ni una respuesta a la Il&iacute;ada; y sin embargo, me parec&iacute;a que m&aacute;s que una segunda parte, la Odisea era a la Il&iacute;ada lo que las novelas de caballer&iacute;a eran al Quijote. Estas intuiciones contienen tantos errores e imprecisiones que me sorprende que hayan quedado en mi mente tantos a&ntilde;os. Por lo general, al menos en mi experiencia subjetiva, las ideas malas tienen patas cortas; corren demasiado despacio y se quedan atr&aacute;s muy r&aacute;pido. Por eso conf&iacute;o mucho en mi memoria y a veces no tomo notas aunque piense que deber&iacute;a; conf&iacute;o en que las cosas que perduran son las buenas, y las que se pierden ten&iacute;an que perderse. Pero bueno; algunos errores funcionan como aprender mal una canci&oacute;n, una la canta as&iacute; para siempre y es imposible convencer a la cabeza de pensar o hacer otra cosa.
    </p><p class="article-text">
        Supongo que en parte es por todo esto que <a href="https://www.eldiarioar.com/cultura/odisea-nolan-lidera-nuevo-retorno-clasicos-no-son-libros-aburridos-pasado_1_13410813.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la Odisea de Nolan</a> me gust&oacute; m&aacute;s que a muchos otros; me gust&oacute;, evidentemente, m&aacute;s que a <a href="https://www.lrb.co.uk/the-paper/v48/n14/emily-wilson/an-uncomplicated-man" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Emily Wilson</a>, la primera mujer en traducir la Odisea al ingl&eacute;s y en cuya traducci&oacute;n Nolan dijo que se inspir&oacute; para su pel&iacute;cula. Wilson tiene raz&oacute;n en mucho de lo que dice, sobre todo, creo, en dos cosas: a la Odisea de Nolan le falta sexo y le falta humor. Le falta, en suma, un v&iacute;nculo con el deseo: el deseo de grandeza, de ser el m&aacute;s pillo, de poseer a todas las mujeres y dominar a todos los hombres. En ese sentido, como pone el t&iacute;tulo de la cr&iacute;tica de Wilson, al Odiseo de Nolan le faltan muchas facetas del car&aacute;cter complicado de Odiseo. Convertir a Odiseo en un veterano de guerra carcomido por los remordimientos es una decisi&oacute;n potente en t&eacute;rminos de la actualizaci&oacute;n del relato: y aunque pol&eacute;mica, y por supuesto traidora, me pareci&oacute; una apuesta interesante; valiente, por lo menos. Lo que sucede, y esto es lo que Wilson ve claramente, es que esa relectura deja muy poco lugar para el Odiseo antih&eacute;roe, el Odiseo moralmente cuestionable. Quiz&aacute;s es por eso que Nolan decide excluir de su Odisea mi episodio favorito, el de Naus&iacute;caa y los feacios. En el libro, Naus&iacute;caa representa la tentaci&oacute;n de un nuevo comienzo en una sociedad que, a diferencia de la griega, parece sostener todav&iacute;a la ley de la hospitalidad; Naus&iacute;caa es la princesa bella y jovenc&iacute;sima de un palacio que le abre las puertas a Odiseo, y todo indica que &eacute;l se vio tentado de quedarse all&iacute; y olvidar esa casa que quiz&aacute;s no reconocer&iacute;a al volver. Sin embargo elige seguir viaje y regresar a su historia y a su familia. Esa decisi&oacute;n lo engrandec&iacute;a, pero la tentaci&oacute;n lo humanizaba. Algo similar ocurre con lo que hace Nolan con el episodio de Calipso: la Calipso de Charlize Theron parece m&aacute;s una terapeuta que una mata hari.
    </p><p class="article-text">
        Y sin embargo, aunque a Nolan no le interese mucho la tentaci&oacute;n encarnada en las mujeres, s&iacute; creo que le interesa otra tentaci&oacute;n masculina, a la que deja muy claro que Odiseo s&iacute; sucumbi&oacute;: el deseo de novedad, el rechazo de la mismidad dom&eacute;stica. Es una trama tan peque&ntilde;a que no llega a ser una trama, tan escondida detr&aacute;s del asunto de la culpa y la hospitalidad que uno casi que puede no verla. No recuerdo exactamente en qu&eacute; escena inserta este di&aacute;logo, pero lo que Nolan muestra es que Odiseo quer&iacute;a dar un par de vueltas antes de volver a casa, ver un poco el mundo, y le termin&oacute; saliendo demasiado caro el paseo. Ese tironeo entre el deseo genuino de volver a ver a su esposa y a su gente y el hambre igualmente aut&eacute;ntico de seguir buscando la gloria me pareci&oacute;, a la vez, lo m&aacute;s moderno, lo m&aacute;s antiguo y lo m&aacute;s bello de la Odisea de Nolan. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/trata-odisea_129_13423200.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 02 Aug 2026 13:15:43 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿De qué se trata la Odisea?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ensayo general]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La trampa de discutir la "argentinidad"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/trampa-discutir-argentinidad_129_13407174.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6155fe15-a7f4-4cc8-908c-a14e848b657f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1123y645.jpg" width="1200" height="675" alt="La trampa de discutir la &quot;argentinidad&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El debate desatado por las críticas a la selección expone, más que un supuesto rasgo nacional, los prejuicios con los que parte del progresismo global sigue mirando a la Argentina. Los estereotipos, en todo caso, dicen más de quienes los enuncian que del país al que pretenden describir.</p></div><p class="article-text">
        Lo que me pasa con las conversaciones sobre la &ldquo;argentinidad&rdquo; es que me parecen una trampa, como las conversaciones sobre las mujeres o los pobres o los latinos o los j&oacute;venes. Quien, al atacar a los &ldquo;argentinos&rdquo;, te pone en la situaci&oacute;n de defenderlos, te obliga a aceptar sus t&eacute;rminos de la discusi&oacute;n: el ser argentino como un universal fijo, estable, y descriptible. A m&iacute; las generalizaciones me encantan para las charlas de borrachos y corazones rotos, pero tener que encararlas con la solemnidad de quien cree que en alguna esencia plat&oacute;nica de la naci&oacute;n se juegan cuestiones de Estado es no solo aburrido, sino inconducente. Y sin embargo, aqu&iacute; estamos, hablando de esto, intentando responder a la &ldquo;campa&ntilde;a de odio&rdquo; sin quedar atrapados en el vocabulario idiota que dicha campa&ntilde;a propone.
    </p><p class="article-text">
        No es f&aacute;cil, realmente. Sobre todo porque la Selecci&oacute;n argentina no hizo nada grave esta vez: no estamos discutiendo cantos homof&oacute;bicos ni ninguna falta grave (a menos que se considere falta grave la bandera de Malvinas, lo cual es absurdo: la prohibici&oacute;n de exhibir una consigna que no contiene ning&uacute;n discurso de odio era bastante discutible, e infringir una regla como esa solo puede parecerle terrible a quienes no crean que efectivamente existen normas injustas, y que cualquier norma se halla por encima de la justicia y, en este caso, de la libertad de expresi&oacute;n). Estamos discutiendo, en cualquier caso, una cuesti&oacute;n de tono. Y ni siquiera, tal vez: porque esos textos ignorantes que salieron publicados en prestigiosos medios norteamericanos (que creer&iacute;an que es racista y discriminatorio publicar notas con prejuicios sobre los mexicanos o los paraguayos, pero que por alguna raz&oacute;n inexplicable no ven ning&uacute;n problema en difundir prejuicios sobre los argentinos) dan cuenta de un resentimiento acumulado que precede por mucho a las picanteadas con la selecci&oacute;n espa&ntilde;ola en la final de la &uacute;ltima copa del mundo. 
    </p><p class="article-text">
        Di una pista, creo, ya, de mi tesis principal sobre el origen de este resentimiento: quienes escriben contra &ldquo;los argentinos&rdquo; son los principales creyentes y abanderados del mito de la excepcionalidad argentina. No hablamos de conservadores orgullosos ni de miembros del Ku Klux Klan, sino de personas que jam&aacute;s expresar&iacute;an en p&uacute;blico prejuicios contra &ldquo;los latinos&rdquo; (en muchos casos, de hecho, hablamos de personas que se autoperciben defensoras de &ldquo;los latinos&rdquo;) pero que han decidido que la Argentina no merece gozar de tal inmunidad. Reitero, sin muchas razones: el salario m&iacute;nimo argentino hoy es el m&aacute;s bajo de la regi&oacute;n. No somos ninguna excepci&oacute;n regional en ning&uacute;n asunto que importe. Por supuesto que tampoco somos, como algunos quieren sostener, un pueblo &ldquo;m&aacute;s violento&rdquo; que otros: la Argentina no es un pa&iacute;s excepcionalmente violento para nuestra regi&oacute;n en ning&uacute;n par&aacute;metro mensurable. En cualquier caso, tendremos otros modos, otras costumbres. Las personas sensatas entienden la diferencia entre un pueblo y sus gobernantes;  entienden en Venezuela, y por eso ninguna persona sensata dir&iacute;a que los venezolanos &ldquo;son violentos&rdquo; aunque tengan la mayor cantidad de delitos violentos del continente. La entienden en Colombia, y por eso los colombianos te dicen que no te creas que son mucho m&aacute;s buena gente que los argentinos solo porque son m&aacute;s corteses, y que ni bien escuches el &ldquo;ay qu&eacute; pena contigo&rdquo; prendas todas las alarmas. Argentina, entonces, es un pa&iacute;s latinoamericano al que hay permiso para tratar como si fuera una potencia colonizadora. Ser&aacute; por el &ldquo;colorismo&rdquo; (otra vez: quienes atacan a la Argentina por &ldquo;blanca&rdquo; est&aacute;n colaborando con una ficci&oacute;n racista, no combati&eacute;ndola) o por lo que sea: el hecho es que mucha violencia sublimada por cierta superioridad moral progresista, de quienes se creen por encima del odio y el desprecio a pesar de su ignorancia supina sobre nuestras realidades, aflor&oacute; liberada por este permiso. Hablo de una violencia inconsciente; de esa que hace que un norteamericano o un europeo te hable como a un ni&ntilde;o sin darse cuenta, o suponga que no conoces a un autor porque estudiaste en la UBA y no en NYU (por supuesto que quienes estudiamos en la UBA tenemos m&aacute;s chances de conocer a un autor gringo que un alumno de Harvard de conocer a un autor argentino, pero son sutilezas que se les escapan a quienes nunca nos han visto en carne y hueso). 
    </p><p class="article-text">
        No pude entrar en esta discusi&oacute;n sin generalizaciones, pero s&iacute; quiero terminar este texto sin hacer ninguna reivindicaci&oacute;n nacionalista. A m&iacute; no me caen bien todos los argentinos, ni mal todos los europeos; no s&eacute; qu&eacute; significa preferir un argentino a un europeo, o viceversa, porque tampoco creo que sea atinada ni interesante la pregunta de qui&eacute;n me gusta m&aacute;s a m&iacute; o me deja de gustar. Me toca construir un pa&iacute;s con mucha gente con la que no tengo nada en com&uacute;n, y un mundo con otra tanta gente con la que no comparto, tampoco, nada en especial. La pregunta de si me gusta o no es absolutamente irrelevante, salvo, supongo, si uno est&aacute; comprando pasajes y haciendo valijas, que no es mi caso; y a&uacute;n si lo estuviera pensando, ser&iacute;a una cuesti&oacute;n personal y no pol&iacute;tica. La paradoja quiz&aacute;s es que el lenguaje de los c&aacute;nticos racistas u homof&oacute;bicos que los progresistas globales supuestamente quieren combatir habla en ellos, y por ellos. Al salvajismo del que nos acusan, en el fondo, no habria que contestarle con columnas como esta, sino con el olvido, la &uacute;nica venganza y el &uacute;nico perd&oacute;n. Esa indiferencia narcisista y caprichosa que es la mayor virtud argentina (y esta reivindicaci&oacute;n me la van a perdonar): la capacidad de ignorar todas las estupideces sobre la latinidad inventadas por gente que no ha puesto un pie al sur del Ecuador. Como dijo Don Draper, porque como siempre supo Borges los argentinos hacemos nuestro mundo con pedazos de lo que se nos d&eacute; la gana: yo no pienso en vos, para nada.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/trampa-discutir-argentinidad_129_13407174.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Jul 2026 13:11:03 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El oficio imposible de criar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/oficio-imposible-criar_129_13300156.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/86684323-7fab-4a08-96be-6d9c7406c576_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El oficio imposible de criar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">De Nora Ephron a Santiago Gerchunoff, una reflexión sobre cómo la crianza dejó de ser un vínculo para convertirse en una actividad profesionalizada, atravesada por la obsesión por optimizar a los hijos y por las exigencias que los adultos se imponen a sí mismos.</p></div><p class="article-text">
        Hace un par de a&ntilde;os, cuando empezaron a circular las traducciones de <strong>Nora Ephron</strong> editadas por Libros del Asteroide, volv&iacute; a leer sus libros de ensayos, que hab&iacute;a le&iacute;do en ingl&eacute;s de adolescente y en la universidad: hablo sobre todo de mis dos preferidos, <em>Ensalada loca</em> y<em> No me gusta mi cuello</em>. Desde esa primera relectura vuelvo a ellos cada tanto, m&aacute;s como una suerte de or&aacute;culo azaroso que todas las veces va a mostrarme algo distinto. Uno de mis &uacute;ltimos hallazgos fue &ldquo;La crianza en tres etapas&rdquo;, un ensayo sobre mapaternidad que, para sorpresa de nadie, mi yo de veintitr&eacute;s hab&iacute;a pasado por alto. Volv&iacute; a recordarlo estos d&iacute;as, despu&eacute;s de leer <a href="https://elpais.com/mamas-papas/2026-06-02/santiago-gerchunoff-filosofo-vemos-a-los-hijos-como-objetos-que-se-pueden-mejorar-como-si-fueran-coches-a-los-que-se-anaden-extras.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">esta entrevista que le hicieron en El Pa&iacute;s a </a><a href="https://elpais.com/mamas-papas/2026-06-02/santiago-gerchunoff-filosofo-vemos-a-los-hijos-como-objetos-que-se-pueden-mejorar-como-si-fueran-coches-a-los-que-se-anaden-extras.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong>Santiago Gerchunoff</strong></a> sobre su libro <em>En la era de los ni&ntilde;os cosa</em>, que tengo muchas ganas de conseguir y leer.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Gerchunoff en la entrevista y Ephron en su ensayo (que es de 2006) hablan de un mismo fen&oacute;meno: la crianza como un saber profesional, algo en lo que hay que perfeccionarse como si se tratara una carrera universitaria o un nuevo puesto laboral. La palabra en ingl&eacute;s que usa Ephron en su ensayo es <em>parenting</em>, que est&aacute; muy bien traducida como <em>crianza </em>en su uso contempor&aacute;neo (compramos libros sobre crianza, hablamos con expertos en crianza) pero que podr&iacute;a traducirse tambi&eacute;n como &ldquo;paternar&rdquo;, para recoger el matiz verbal del original; especialmente porque Ephron lo diferencia de lo que hab&iacute;a antes, dice ella, que era madres y padres. Madre y padre son sustantivos, no verbos; ser madre o ser padre describe una situaci&oacute;n o una posici&oacute;n, no una <em>actividad</em>. El <em>parenting</em>, en cambio, es como el <em>running </em>o el <em>spinning </em>o el <em>trekking </em>o el <em>journaling</em>: cosas serias, no salir a caminar ni a andar en bici o anotar cositas. Son actividades solemnes, y sobre todo<em> exclusivas</em>: no algo que hac&eacute;s mientras hac&eacute;s otras cosas, sino algo a lo que se supone que deber&iacute;as dedicarle toda tu atenci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        En las respuestas que Gerchunoff da a <em>El Pa&iacute;s</em>, el acento est&aacute; puesto (como en el t&iacute;tulo de su libro, que todav&iacute;a no le&iacute;) en el supuesto resultado que se espera de esta crianza intensiva. Los ni&ntilde;os, en su hip&oacute;tesis, son tratados como &ldquo;cosas&rdquo; a ser optimizadas, mejoradas, tuneadas. Le agrego a este ni&ntilde;o ingl&eacute;s, rob&oacute;tica o comida org&aacute;nica. Ephron tambi&eacute;n habla de eso: el <em>parenting</em> supone, escribe Ephron, que un hijo es una pedazo de arcilla que podemos modelar. Los pediatras que hac&iacute;an de gu&iacute;as de la paternidad en su &eacute;poca, dice Ephron (habla del c&eacute;lebre Doctor Spock, primero, y luego de un tal Berry Brazelton que habr&iacute;a estado de moda en los 80), tend&iacute;an a explicar que los ni&ntilde;os eran de una manera o de otra y que uno como madre o padre pod&iacute;a hacer un par de cosas, pero no demasiadas, para llevarlos hacia un lado o hacia otro. Estaba, dice Ephron, la idea de que un hijo ten&iacute;a su propia <em>personalidad</em>. Luego, dice Ephron, lleg&oacute; el <em>parenting</em>, que no se trataba ya de criar un hijo, sino de transformarlo, manipularlo, pulirlo: tal como dice Gerchunoff, <em>mejorarlo</em>. Creo que Ephron se enga&ntilde;a un poco: es cierto que la novedad es la tendencia a la optimizaci&oacute;n, pero no creo que antes de eso hubiera un respeto tan supremo a la individualidad de los hijos. De hecho, se esperaba que tus hijos te siguieran en tus costumbres, tu cultura, tu religi&oacute;n, a veces hasta tu profesi&oacute;n. S&iacute; est&aacute; claro, sin embargo, que a estas expectativas se les dedicaba mucho menos tiempo y atenci&oacute;n que la que dedican hoy la mayor&iacute;a de los padres a sus hijo; en parte, probablemente, porque alcanzaba con la disciplina, que en no pocos casos era solo una palabra elegante para la violencia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; y todo, yo creo que el <em>parenting </em>no se trata tanto de los resultados: de hecho, los resultados son lo menos importante, incluso para los propios padres que lo ejercen (&iquest;lo ejercemos? Pongamos). Nora Ephron hace menci&oacute;n a algo de esto, en un par de p&aacute;rrafos breves que representan la parte m&aacute;s pol&iacute;ticamente incorrecta de su ensayo: para Ephron, la profesionalizaci&oacute;n de la crianza est&aacute; &iacute;ntimamente relacionada con el feminismo. Cuando las mujeres ingresan al mercado de trabajo y los hombres empiezan, gradualmente, a formar parte de la crianza, se hace necesario convertir a la paternidad en algo dif&iacute;cil, desafiante, algo que sea suficientemente complejo y respetable como para que lo haga un hombre. Conversamente, dice Ephron, el antifeminismo necesita hacer lo mismo: hace falta afirmar que la maternidad es dificil&iacute;sima, infinitamente compleja, que requiere tu atenci&oacute;n completa 24 horas, para justificar que la mujer que se dedica a eso no pueda hacer ninguna otra cosa (justificaci&oacute;n que puede venir tanto de una mujer que quiere hacer eso, dice Ephron, pero se siente culpable por no trabajar, como de quien quiere convencer de ser madre tiempo completo a una mujer que preferir&iacute;a otra cosa). Tanto al antifeminismo como al feminismo, entonces, dice Ephron, les <em>sirve</em> el <em>parenting</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pienso que Ephron tiene raz&oacute;n, y que ese deber&iacute;a ser el n&uacute;cleo del texto: al menos por lo que puedo ver desde afuera, conversando con padres y madres de ni&ntilde;os de todas las edades, la profesionalizaci&oacute;n de la crianza se trata mucho m&aacute;s de la subjetividad de los padres que de lo que sea que pase con los hijos. De hecho los rendimientos escolares de los chicos no parecen haber mejorado mucho, en t&eacute;rminos colectivos, ni siquiera entre los hijos <em>sobrecriados </em>de los sectores medios y altos (basta, para eso, hablar con los docentes, que no sentimentalizan los logros ni los fracasos de los ni&ntilde;os como hacemos sus propios padres); tampoco parece haber m&aacute;s pianistas prodigio o ni&ntilde;os matem&aacute;ticos, accidentes de la naturaleza que siguen ocurriendo con tanta excepcionalidad como siempre. A diferencia de lo que a veces se quiere decir, la paternidad intensiva no es una excepci&oacute;n al individualismo salvaje de la &eacute;poca, sino una extensi&oacute;n de &eacute;l, una manifestaci&oacute;n curiosa. Me gust&oacute;, de hecho, una frase de Ephron sobre esto: al &ldquo;tiempo de calidad&rdquo; del que tanto se habla hoy ella le opone el &ldquo;tiempo de cantidad&rdquo;. En eso sol&iacute;a consistir fundamentalmente, y sigue consistiendo, dice Ephron, la paternidad: un tiempo cantidad, repetitivo, desprovisto las m&aacute;s de las veces de la creatividad y glamour. Hacer cosas mientras uno piensa en otra cosa, hacerlas mal, hacerlas lo m&aacute;s r&aacute;pido posible, hacerlas y no mucho m&aacute;s.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>TT/MG</em>
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/oficio-imposible-criar_129_13300156.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 14 Jun 2026 03:01:46 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Dar que hablar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dar-hablar_129_13263944.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d1e44718-8cab-4416-ab51-0c5fd214cbfc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Dar que hablar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En nombre de la concientización y la prevención, la cobertura de los femicidios acumula perfiles, testimonios y detalles íntimos de víctimas y familiares. Este texto pone en cuestión cuánto de esa información contribuye a entender la violencia machista y cuánto responde a una lógica de consumo y morbo.</p></div><p class="article-text">
        No s&eacute; si es de mala feminista (&iquest;se sigue usando el concepto? Se siente profundamente extempor&aacute;neo, como cuando se hab&iacute;a reapropiado el concepto de mala madre), pero la realidad es que no sigo las noticias policiales, y no suelo hacer una excepci&oacute;n con los femicidios. No soy experta en el tema, no tengo grandes cosas para decir ni para pensar; trato de leer la data que se produce sobre violencia, eso s&iacute;, sobre tendencias o pol&iacute;ticas p&uacute;blicas, pero no siento que le sume a nada a nadie mi consumo del minuto a minuto de un crimen. Quiz&aacute;s me equivoco. Quiz&aacute;s es una responsabilidad c&iacute;vica amplificar esa informaci&oacute;n aunque una no tenga nada que sumar, o al menos leerla. Realmente no lo veo. De hecho me pregunto, cada vez m&aacute;s, por la pertinencia de la comunicaci&oacute;n de los detalles sobre una chica, una familia, un barrio o un pueblo; detalles que se nos comunican como si debieran decirnos algo, pero que sin la mediaci&oacute;n de un especialista rara vez dicen nada, y a menudo ni con eso. En la era de la sobreinformaci&oacute;n, decir que la informaci&oacute;n es <em>poder </em>es como m&iacute;nimo enga&ntilde;oso. No cualquier informaci&oacute;n es poder; alguna ni siquiera es m&aacute;s que un chisme, un alimento para una conversaci&oacute;n de ascensor morbosa en la que la muerte y la violencia sexual se vuelven de pronto un tema posible cuando una se ha cansado del clima o el tr&aacute;nsito.
    </p><p class="article-text">
        Creo que a veces nos salteamos demasiado r&aacute;pido esta discusi&oacute;n. Decimos que lo que hace falta es m&aacute;s <em>periodismo feminista</em>, o una <em>perspectiva feminista</em>; lo digo en primera persona porque seguramente lo he hecho yo misma. Es probable que esas afirmaciones sean ciertas, pero solo en un sentido trivial, en el mismo sentido en que es cierto que para no hacer sensacionalismo hace falta hacer <em>buen periodismo</em>. He le&iacute;do gu&iacute;as de buenas pr&aacute;cticas, he ido a talleres, y creo que no tenemos un consenso firme ni satisfactorio sobre qu&eacute; ser&iacute;a una perspectiva feminista sobre un caso policial; cuando digo satisfactorio me refiero, concretamente, a que a m&iacute; no me satisface. Se habla de comunicar &ldquo;el contexto&rdquo; de un crimen, el &ldquo;contexto&rdquo; de cada mujer, de manera respetuosa: pero incluso sin ir a buscar nada escabroso, &iquest;qu&eacute; informaci&oacute;n nos da c&oacute;mo viv&iacute;a una v&iacute;ctima? &iquest;A qu&eacute; colegio iba, de qu&eacute; trabajaba, si sus padres estaban juntos o separados, si ten&iacute;a buena o mala relaci&oacute;n con sus hijos, sus ex maridos, sus vecinos, si ganaba poco, mucho, o ning&uacute;n dinero?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En relaci&oacute;n con el caso de Agostina, la chica asesinada cuyos restos fueron hallados estos d&iacute;as por la polic&iacute;a, la discusi&oacute;n aparece dominada por la pregunta de qui&eacute;n es m&aacute;s responsable de lo que le pas&oacute; a ella, si su madre o su padre. M&aacute;s all&aacute; del revoleo acusaciones me pregunto de qu&eacute; me sirve saber todo lo que s&eacute; sobre ellos; aunque esa informaci&oacute;n est&eacute; chequeada, aunque sea p&uacute;blica. Pienso en las entrevistas a la madre, en que incluso si solo se le hicieran preguntas bien intencionadas la gente que no trabaja de dar entrevistas se enmara&ntilde;a (a veces incluso lo hace la gente que s&iacute; trabaja de eso), sobre todo si est&aacute; pasando el peor momento de su vida. Entiendo que es un valor el darle voz a las v&iacute;ctimas, pero no puedo evitar preguntarme si lo entiendo en serio o si es solo una frase hecha que no s&eacute; qu&eacute; significa.
    </p><p class="article-text">
        Pienso que el concepto de contexto es una trampa. &iquest;Qu&eacute; nos dicen los contextos de las v&iacute;ctimas sobre algo? No lo digo por pacater&iacute;a ni por prurito progresista: realmente hay v&iacute;ctimas de todos los perfiles, incluso en los casos medi&aacute;ticos. Yo, que ya dije que ni siquiera sigo el tema con demasiado rigor, puedo pensar en chicas asesinadas de clase alta y de clase baja, <a href="https://www.lanacion.com.ar/seguridad/mumi-la-mejor-companera-y-la-mejor-alumna-nid1591100/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">buenas alumnas que no sal&iacute;an de noche</a> y &ldquo;fan&aacute;ticas de los boliches&rdquo;. Se habla de prevenci&oacute;n, pero &iquest;en qu&eacute; nos puede ayudar a prevenir algo, de verdad, tener toda esta &ldquo;informaci&oacute;n&rdquo;? No me refiero, por supuesto, a datos valiosos y constructivos sobre el funcionamiento de las denuncias y el accionar de la Justicia, sino a estos coloridos perfiles personales, que hasta cuando se hacen sin juicios de valor parecen responder m&aacute;s a la curiosidad y la necesidad de generar interacci&oacute;n que a algo de lo que podamos aprender.
    </p><p class="article-text">
        Supongo que los modus operandi de los asesinos deber&iacute;an darnos alguna informaci&oacute;n que valga la pena, pero eso tambi&eacute;n termina siendo muy limitado. Se les ense&ntilde;a a las chicas a no confiar en los extra&ntilde;os, aunque las mate, las m&aacute;s de las veces, gente que las conoce; se les ense&ntilde;a todo lo que no deber&iacute;an hacer, todo aquello a lo que no deber&iacute;an &ldquo;exponerse&rdquo;; se les ense&ntilde;a, entonces, m&aacute;s a mentir que a pedir ayuda, a cubrirse entre ellas para no meterse en problemas con los adultos, antes que a decir la verdad. La verdad es que si realmente intent&aacute;ramos tomar <em>lecciones </em>de los femicidios que circulan habr&iacute;a que dejar de saludar a los vecinos, a los amigos de tus padres, quiz&aacute;s tambi&eacute;n a tus padres; no salir de noche, ni de d&iacute;a, ni quedarse en tu casa. No irse de vacaciones sola, ni con familias amigas, ni con tu propia familia. No habr&iacute;a que salir a trabajar, ni enamorarse, ni casarse, ni criar hijos, ni vivir con un tipo, ni vivir sola, ni vivir con tus t&iacute;os, ni con tus abuelos. Digo que el concepto de contexto es una trampa, y digo que es una trampa en la que caemos todos, no solo los machistas que siempre quieren inculpar a alguna otra mujer o familiar humilde. Los progresistas tambi&eacute;n, creo, y a veces sobre todos, terminamos cayendo en el juego de buscar a <em>los verdaderos culpables</em>, que nunca son el asesino, tiene que ser algo m&aacute;s abstracto, m&aacute;s interesante, algo que nos d&eacute; un poco m&aacute;s que hablar.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/dar-hablar_129_13263944.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 31 May 2026 13:59:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Dar que hablar]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ensayo general]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[No te va a gustar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/no-gustar_129_13245681.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f34aa4c5-35f6-44a5-ae5f-e2545a35cf13_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="No te va a gustar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La discusión entre Brad Mehldau y un crítico del New York Times, sumada al rechazo que recibió Fito Páez por presentar su nuevo disco en vivo, abre una misma pregunta de fondo: qué lugar queda para el gusto, el riesgo y la incomodidad artística en una época cada vez más atravesada por la lógica del consumo y la satisfacción inmediata.
</p></div><p class="article-text">
        Las pol&eacute;micas est&eacute;ticas parecen, en un mundo al borde de ciento cincuenta ataques de nervios, un divertimento tan extravagante como lo eran las discusiones sobre el peso del alma entre fil&oacute;sofos medievales. As&iacute; y todo, creo que justamente por eso tienen valor: cuando todo se vuelve mercanc&iacute;a y obsesi&oacute;n utilitaria, los debates abstractos e in&uacute;tiles se convierten en un fuego sagrado que m&aacute;s que nunca hay que mantener encendido. O es la excusa que me invent&eacute; para interesarme por dos conversaciones sobre cr&iacute;tica, gusto y cultura que vi pasar en estos d&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        La primera, un poco m&aacute;s alejada de nuestro hemisferio: hace casi un mes, el New York Times public&oacute; una lista de <a href="https://www.nytimes.com/interactive/2026/magazine/greatest-american-songwriters-alive.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&ldquo;los treinta compositores de canciones americanos vivos m&aacute;s grandes de los &uacute;ltimos treinta a&ntilde;os&rdquo;</a>. M&aacute;s all&aacute; de que estas listas est&eacute;n hechas para pelearse, me interes&oacute; sobre todo la discusi&oacute;n que se dio entre Jon Caramanica, uno de los autores del ranking, y Brad Mehldau, tal vez el pianista de jazz vivo m&aacute;s importante (&iquest;con la sola competencia de Keith Jarrett?). El debate est&aacute; bien resumido en <a href="https://bradmehldau.substack.com/p/jon-caramanica-is-a-bad-cliche" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">este textazo de Mehldau</a> , que se revela como un cr&iacute;tico cultural y autor de un nivel como para humillar a los que nos dedicamos te&oacute;ricamente a escribir y encima no sabemos tocar en el piano m&aacute;s que el feliz cumplea&ntilde;os. Mehldau est&aacute; muy enojado porque Caramanica no solo no puso en la lista a Billy Joel (uno de los cantautores favoritos de Mehldau), sino que encima tuvo el tup&eacute; de justificarse diciendo, en pocas palabras, que Billy Joel es reiterativo, que est&aacute; todo bien con &eacute;l, a &ldquo;mucha gente que quiero le gusta&rdquo; (frase que Mehldau interpret&oacute;, creo que correctamente, como una acusaci&oacute;n de que se trataba de un gusto poco sofisticado) pero no le parec&iacute;a suficientemente innovador como compositor como para que valiera la pena incluirlo en la lista. Mehldau es m&uacute;sico, y de los m&aacute;s exitosos de su medio: est&aacute; en una posici&oacute;n bastante rara en el siglo XXI, que es que realmente no necesita ya quedar bien con ning&uacute;n cr&iacute;tico ni con ning&uacute;n medio, ni siquiera con m&uacute;sicos mainstream. Lena Dunham no se anim&oacute; a criticar a Taylor Swift en nada en su memoir; Mehldau no se priva de hacerlo, no por alguna animosidad contra ella, todo indica, sino por lo que para &eacute;l representan esos cr&iacute;ticos de cincuenta a&ntilde;os que se creen demasiado cool para Billy Joel pero se pasan la vida glorificando a artistas pop casi adolescentes para demostrar que, aunque sean cr&iacute;ticos de rock de cincuenta a&ntilde;os, est&aacute;n <em>en la onda</em>.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; del chusmer&iacute;o y lo bueno que es Mehldau insultando (yo si fuera Caramanica cambiar&iacute;a de trabajo, de pa&iacute;s y de planeta despu&eacute;s de semejante paliza), lo interesante es el argumento central: a Mehldau no le molestar&iacute;a si a Caramanica le gustaran mucho las canciones de Taylor Swift, o si realmente considerara que Young Thug es mejor compositor que James Taylor. Lo que le molesta a Mehldau es que Caramanica se pase el d&iacute;a escribiendo sobre pop, o sobre rap, o sobre lo que sea que se vea joven y canchero en el momento correspondiente, sin que quede claro que genuinamente le interesen esos g&eacute;neros o autores como manifestaciones musicales. Para Mehldau, Caramanica incurre en un pecado muy frecuente hoy en la cr&iacute;tica musical y en la cr&iacute;tica cultural en general: pensar que su trabajo consiste en un an&aacute;lisis sociol&oacute;gico, fr&iacute;o y supuestamente refinado de &ldquo;fen&oacute;menos culturales&rdquo;, que prescinde no solo del an&aacute;lisis formal sino, y mucho peor, de una relaci&oacute;n real, afectiva y entusiasta con la obra en cuesti&oacute;n. Est&aacute; perfecto escribir una, dos, o tres notas, digo yo parafraseando a Mehldau, sobre por qu&eacute; se pone de moda tal artista, qui&eacute;nes lo escuchan y cu&aacute;l es su atractivo, incluso si uno no lo vive en carne propia: pero &iquest;cu&aacute;ndo se volvi&oacute; poco cool, efectivamente, estudiar y analizar con placer las cosas que a una efectivamente le gustan? Me parece particularmente interesante la relaci&oacute;n que Mehldau establece entre este gusto personal y emotivo y la cr&iacute;tica musical que vale la pena: si a una efectivamente no le gusta, por caso, Romeo Santos, es obvio que lo que escriba sobre Romeo Santos va a ser externo y fr&iacute;o. Lo que dice Mehldau es que adem&aacute;s de externo y fr&iacute;o ese an&aacute;lisis ser&aacute; chato. Hacer cr&iacute;tica musical no es hacer ciencia: la distancia con la obra no siempre &ldquo;suma&rdquo;. Lo pienso en t&eacute;rminos de mi propia pr&aacute;ctica, en las veces en que he ca&iacute;do en eso que dice Mehldau, y me pregunto si alguna vez escrib&iacute; algo interesante sobre algo que no me interesara, o que me interesara &ldquo;como fen&oacute;meno&rdquo;, que es casi decir lo mismo. Creo que efectivamente Mehldau tiene raz&oacute;n: cuando dejamos de confiar en nuestro propio o&iacute;do o nuestras propias lecturas, en los que realmente nos emociona y lo que no, terminamos refugiados en una sociolog&iacute;a de caf&eacute; que quiz&aacute;s nos sirve a algunos adultos para entender &ldquo;en qu&eacute; anda la juventud&rdquo;, pero rara vez le sirve a nadie para pensar mejor en la m&uacute;sica que escucha. Que no s&eacute; si es lo &uacute;nico que deber&iacute;a hacer la cr&iacute;tica, pero seguro es parte de su tarea: m&aacute;s en un momento en que todo est&aacute; cerca y disponible, y quiz&aacute;s lo mejor que puede hacer el periodismo por nosotros es ayudarnos a curar y pulir la sensibilidad propia, el criterio personal.
    </p><p class="article-text">
        Y despu&eacute;s estuvo la pol&eacute;mica de Fito: hace unos d&iacute;as, tambi&eacute;n, Rodolfo P&aacute;ez recibi&oacute; una respuesta hostil en el Movistar Arena cuando, en lugar de tocar los hits que la audiencia esperaba, dedic&oacute; toda la primera parte de su concierto a una presentaci&oacute;n audiovisual de su nuevo disco <em>Novela</em>. Hay mil detalles y mil lecturas disponibles: para algunos, Fito rompe el pacto con el p&uacute;blico&nbsp;haciendo un concierto muy distinto de lo que ven&iacute;a ofreciendo; para otros, la gente tiene derecho a aburrirse, sacar el tel&eacute;fono, levantarse e irse, aunque no a silbar o abuchear. M&aacute;s all&aacute; de todas estas posibilidades, que tienen cada una su grano de verdad, me dan ganas de pensar, sobre todo, en esta idea del contrato con el artista: &iquest;cambi&oacute; ese contrato en los &uacute;ltimos a&ntilde;os? Los &ldquo;Flaco, toc&aacute; muchacha&rdquo; existieron siempre; las redes solo los amplifican. Me cuesta, sin embargo, no pensar que efectivamente la palabra contrato no es inocua en este contexto: que si antes era metaf&oacute;rica, se vuelve una palabra con mucho peso en un mundo cada vez m&aacute;s transaccional, en el que<em> el cliente siempre tiene la raz&oacute;n</em>. De hecho la gente entr&oacute; al Instagram de Fito a dejar sus insultos en vivo, como si se tratara de rese&ntilde;as en Google Maps: muchas respuestas hac&iacute;an alusi&oacute;n al precio de las entradas, o a &ldquo;vine con mis hijos y se durmieron&rdquo;, como si eso tuviera alguna relaci&oacute;n con el artista. No s&eacute; si est&aacute; bien o mal, pero si me atrevo a aventurar esta intuici&oacute;n: yo no creo que Fito le haya faltado el respeto a su audiencia, pero incluso si lo hubiera hecho, antes nos aguant&aacute;bamos las locuras de los artistas con mucha m&aacute;s entereza, y eso ten&iacute;a un valor. Pasarla mal en un concierto, aburrirse o asquearse ten&iacute;a un valor, y hoy ya no lo tiene; sobre todo comparado con &ldquo;valores reales&rdquo; como el dinero de la entrada o una salida en familia que solo ten&iacute;a que dejarnos a todos de buen humor. Lo curioso es que la conversaci&oacute;n de Mehldau pone el acento en lo que te gusta, y la de Fito en lo que no te gusta, pero en el fondo, y quiz&aacute;s hasta en la superficie, los dos est&aacute;n hablando de lo mismo.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/no-gustar_129_13245681.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 May 2026 03:02:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[No te va a gustar]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ensayo general]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El fin de la potencia infinita]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/potencia-infinita_129_13209004.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6d28c801-a338-4fa4-a390-003c3cc54a95_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El fin de la potencia infinita"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La menopausia y su versión masculina, la andropausia, funcionan hoy como algo más que un asunto hormonal: son la marca de entrada a la “primera vejez”, esa etapa en la que el cuerpo empieza a hablar y el mundo empieza a correrte del centro. En "El resto bien", Benjamín Vicuña encarna a un hombre privilegiado que descubre, con sorpresa y dolor, que la vida sigue… incluso sin él como protagonista.</p></div><p class="article-text">
        Conversaba el otro d&iacute;a con algunas amigas, como<a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/quedarse_129_12567289.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> ya hemos tratado en esta columna</a>, sobre el furor de la menopausia. Est&aacute; en las series, en las pel&iacute;culas, en las novelas. No es solamente una cuesti&oacute;n subjetiva, que una escuche hablar m&aacute;s del tema porque las balas ya pican cerca. Es que los millennials (sobre todo los mayores, que casi se caen de la categor&iacute;a), la generaci&oacute;n que se hizo a s&iacute; misma en los blogs, los que encontraron sus voces escribiendo diarios &iacute;ntimos a cielo abierto, han oficialmente pasado los cuarenta. No es extra&ntilde;o, entonces, que vayan apareciendo tambi&eacute;n las versiones masculina: relatos de la andropausia, como dicen expl&iacute;citamente en <em>El resto bien</em>, la nueva serie de Flow que protagoniza <strong>Benjam&iacute;n Vicu&ntilde;a</strong>, dirigida por <strong>Daniel Burman</strong> y <strong>Daniel Hendler</strong>.
    </p><p class="article-text">
        No tengo conocimientos de medicina y todav&iacute;a ni siquiera fui a una consulta con endocrin&oacute;logo, as&iacute; que desconozco las cuestiones qu&iacute;micas, pero creo que m&aacute;s all&aacute; de los procesos biol&oacute;gicos la menopausia y la andropausia aparecen hoy como metonimia o sin&eacute;cdoque de lo que podr&iacute;amos llamar la primera vejez. Ahora que la vida dura tanto y ser viejo es &ldquo;ser viejo en serio&rdquo; hay que ponerle un nombre a esa etapa en la que tus hijos ya son grandes pero tus padres todav&iacute;a est&aacute;n vivos (los viejos en serio), una edad en la que nadie te caracterizar&iacute;a como &ldquo;joven&rdquo; (si alguien lo hiciera, tu propio cuerpo te recordar&iacute;a que es solo un piropo) pero la sensaci&oacute;n es que todav&iacute;a te queda mucho por delante, sobre todo porque es cierto. Un momento en el que falta para retirarse, para darse por hecha, pero al mismo tiempo hay que reconciliarse con el fin de la potencia infinita imaginaria de la juventud, con que hay cosas que una ya no va a hacer si no hizo; que hay tiempo, todav&iacute;a, pero no tanto como para realmente hacerlo todo de nuevo. Estos t&eacute;rminos fr&iacute;os y hormonales vienen, entonces, a hablar de todo eso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ariel, el protagonista de <em>El resto bien</em>, tiene una vida objetivamente maravillosa: &eacute;xito profesional y econ&oacute;mico, una segunda esposa divina (interpretada con frescura por <strong>Violeta Urtizberea</strong>), cinco hijos divinos (un casi adulto aficionado al stand up, una adolescente que lo descansa, un p&uacute;ber freak que toca el piano y beb&eacute;s mellizos) y un porvenir que, todo indica, seguir&aacute; siendo as&iacute; de pr&oacute;spero gracias a Cocho, un dibujito que cre&oacute; hace unos a&ntilde;os con su mejor amigo. No es, a todas luces, el cincuent&oacute;n promedio: le va mucho mejor, y ha incursionado tambi&eacute;n en la rejuvenecedora (pero enloquecedora) pr&aacute;ctica de volver a ser padre de grande. Es, adem&aacute;s, un perfil de var&oacute;n en peligro de extinci&oacute;n: en un mundo de ap&aacute;ticos y f&oacute;bicos, Ariel es uno de esos entusiastas del compromiso que subliman su apreciaci&oacute;n por el sexo opuesto no siendo mujeriegos sino cas&aacute;ndose muchas veces, siempre con la misma alegr&iacute;a y esperanza.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Todos estos privilegios no lo salvan, sin embargo, de la ya mentada andropausia. Est&aacute;n las se&ntilde;ales del cuerpo; los dolores, la p&eacute;rdida de tono muscular. Est&aacute; el reconocimiento, tambi&eacute;n, de la relaci&oacute;n, en los hombres, del paso del tiempo con una merma en la masculinidad; ya no se puede cargar peso para asistir a las damas, ni correr m&aacute;s r&aacute;pido que nadie. En ese sentido, entonces, que el personaje sea un tocado por la varita (un tipo de buen pasar, fachero e hist&oacute;ricamente exitoso con las mujeres) no resulta ya una desventaja sino una buena decisi&oacute;n: as&iacute; como las mujeres sabemos que son nuestras amigas m&aacute;s lindas las que m&aacute;s sufrir&aacute;n el paso del tiempo, son los tipos que supieron vivir en la c&uacute;spide de la masculinidad los que peor llevan la ca&iacute;da.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero quiz&aacute;s lo m&aacute;s interesante de la serie es el modo en que este fin de la juventud se vive, tambi&eacute;n (y quiz&aacute;s especialmente para un hombre, aunque no exclusivamente) como una salida del centro de la escena. Su mujer, sus hijos, sus achacados padres y hasta las m&uacute;ltiples mujeres que trabajan en sus casas le viven recordando a Ariel que no es importante. &Eacute;l parece genuinamente sorprendido de que a nadie le importe mucho si va a hacerse una vasectom&iacute;a o si van a darle un premio. Se habla mucho de la euforia de los veintipico, pero no lo suficiente de eso que pasa a los treinta y a los primeros cuarenta; para bien y para mal, est&aacute;s en el medio de todo. Ya no est&aacute;s, como los de veintis, en la antesala de la vida, esperando que las cosas pasen. Son a&ntilde;os que te acostumbran a cierto protagonismo; tanto las cosas buenas como las cosas malas te pasan a vos. Conseguir un trabajo nuevo, quedarse sin trabajo, tener un hijo, perder un embarazo. En alg&uacute;n momento, parece decir <em>El resto bien</em>, las cosas empiezan a pasar a tu alrededor. La vida te empuja a un costado: tus hijos pueden vivir sin vos, los amigos van tomando sus caminos, tu &eacute;xito o tu fracaso ya no sorprende a nadie. La decisi&oacute;n que tiene que tomar Ariel, incluso en las cosas m&aacute;s simples, es qu&eacute; va a hacer con esa nueva realidad. Est&aacute; la opci&oacute;n de enojarse, de seguir demandando amor y atenci&oacute;n como un chico. Y est&aacute; la otra (la que, sin spoilear demasiado, toma el personaje): aprovechar que ya nada es tan crucial, y que uno lo sabe, para correrse del centro y estar para lo que realmente importa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>TT/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/potencia-infinita_129_13209004.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 10 May 2026 03:02:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El fin de la potencia infinita]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ensayo general]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Insoportable en serio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/insoportable-serio_129_13190762.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f7328af4-4c45-48d9-b3af-69aecfb943fd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Insoportable en serio"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En Famesick, Lena Dunham cruza fama y enfermedad como dos formas de exposición: experiencias que vuelven vulnerable, pero también egocéntrica. Más allá del chisme, el libro encuentra por fin un acontecimiento y una tesis: la víctima como figura millennial por excelencia.</p></div><p class="article-text">
        Un amigo me pregunt&oacute;, cuando quise convencerlo de leer la <em>memoir </em>de Lena Dunham, qu&eacute; hac&iacute;a ella escribiendo sus memorias tan joven. Lo gracioso es que <em>Famesick</em>, publicado a meses de que Dunham cumpliera los cuarenta, no es ni siquiera su primer libro de memorias; los aut&eacute;nticos fans ya hab&iacute;amos le&iacute;do <em>No soy ese tipo de chica</em>, la colecci&oacute;n de ensayos que public&oacute; en 2014, casi cuando <em>Girls</em> acababa de salir. Yo, que amaba <em>Girls</em>, le&iacute; el libro con un entusiasmo que se me fue desinflando a medida que avanzaba. Me pareci&oacute; que no le hac&iacute;a justicia a su autora, a su talento e inteligencia. Me dio la sensaci&oacute;n de que la forma del libro no le quedaba bien a Dunham. La tradici&oacute;n del ensayo personal norteamericano es peligrosa; tiende demasiado a la moraleja y la educaci&oacute;n, y hay que estar muy inmunizado contra el optimismo y las conclusiones para evitar terminar sonando como la versi&oacute;n sexy y millennial de un manual protestante. Todo eso era cierto, pero leyendo <em>Famesick </em>entiendo otra cosa: el problema central es que, en 2014, a Lena Dunham todav&iacute;a no le hab&iacute;a pasado nada. El libro no ten&iacute;a acontecimiento, en el sentido m&aacute;s metaf&iacute;sico de la palabra de algo que irrumpe y transforma mundos y subjetividades, y por eso tampoco ten&iacute;a tesis: dos cosas que <em>Famesick</em>, y deber&aacute;n aceptarlo incluso sus detractores, tiene de sobra.
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                </figure><p class="article-text">
        <em>Famesick </em>es una palabra inventada, un neologismo construido a imagen y semejanza de la palabra <em>carsick </em>(que se arma con las palabras <em>car </em>&mdash;auto&mdash; y <em>sick </em>&mdash;enfermo&mdash; para referirse al mareo que algunas personas sufren en medios de transporte) y en cruza con la palabra <em>fame</em>, fama: significa algo as&iacute;, entonces, como &ldquo;enferma de fama&rdquo;. Y el libro se trata de eso, en varios sentidos: de la enfermedad y la fama, de c&oacute;mo la fama puede enfermar o ser una enfermedad, de c&oacute;mo pueden llevarse la enfermedad y la fama, y quiz&aacute;s, sobre todo, de lo que la enfermedad y la fama tienen en com&uacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En las redes sociales se estuvo comentando, m&aacute;s que nada, el chisme; que si Jack Antonoff enga&ntilde;&oacute; a Lena Dunham con Lorde, que qui&eacute;nes ser&aacute;n los actores y directores a los que refiere sin nombrar, que si Adam Driver le tir&oacute; una silla a Dunham durante una grabaci&oacute;n de Girls, que si su socia Jenni Konner habr&aacute; sido tan manipuladora como el libro la pinta o por qu&eacute; no aparece mencionada Taylor Swift (si ser&aacute;, tal vez, la &uacute;nica persona a la que Dunham aut&eacute;nticamente le tiene miedo). El chisme solo es divertido; hay que decir que poca gente viva y trabajando tiene tan poco pudor con los nombres propios como ella, y hay algo valioso, en este momento del mundo en que todos quieren quedar bien con Dios y con el diablo, en ese desparpajo. Es parte de lo que hizo que <em>Girls</em> fuera tan buena como fue: una verdadera exposici&oacute;n de las miserias millennials, y no solamente una serie m&aacute;s sobre cuatro amigas.
    </p><p class="article-text">
        Pero m&aacute;s all&aacute; del exhibicionismo, o m&aacute;s bien, ahondando en &eacute;l con m&aacute;s profundidad, aparece entonces lo m&aacute;s interesante que tiene <em>Famesick</em>: la tesis central del libro, seg&uacute;n la cual la fama y la enfermedad ser&iacute;an experiencias m&aacute;s similares de lo que puede parecer a primera vista. Esta idea puede sonar absolutamente banal; incluso irrespetuosa del sufrimiento de la amplia mayor&iacute;a de las personas que sufren padecimientos cr&oacute;nicos y que, a diferencia de Dunham, no tienen para compensarlas los recursos que proporcionan la fama y la fortuna. Es probable que lo sea, banal e irrespetuosa; pero tambi&eacute;n parece incluir algo cierto, profundo, y bastante dif&iacute;cil de explicar.
    </p><p class="article-text">
        Hay dos l&iacute;neas narrativas dominantes en el texto: el nacimiento de <em>Girls </em>y la carrera profesional que Dunham construye a partir de esa serie, por un lado, y el deterioro de su salud y la b&uacute;squeda de explicaciones y soluciones, por el otro. En el relato de los problemas en torno a su endometriosis, es muy interesante seguir el v&iacute;nculo con el productor musical Jack Antonoff, su novio de esos a&ntilde;os. Mientras gente que conoce menos a Dunham la va juzgando por hacerse famosa (cada persona que la vio dos veces en la vida y le escribe pidi&eacute;ndole un favor piensa que ella se hace &ldquo;la importante&rdquo; si no satisface su demanda), Antonoff, que s&iacute; la conoce, parece ir tom&aacute;ndole bronca por sus malestares sempiternos. Hay algo en com&uacute;n en esos dos roces que a primera vista son tan distintos: es el resentimiento contra quien se pone en el centro de la escena, sea por algo &ldquo;bueno&rdquo; o por algo &ldquo;malo&rdquo;. En el primer caso, la implicancia es que en el fondo Dunham no se merece su &eacute;xito; en el segundo, que est&aacute; mintiendo o exagerando sobre su dolor, o que incluso si no lo estuviera, ella <em>goza</em> de la atenci&oacute;n en alg&uacute;n sentido. Algunos cr&iacute;ticos y lectores en internet dan por hecho que Dunham deja mal parado a Antonoff en el texto; yo creo que no es as&iacute;. Creo que efectivamente ella le concede, a &eacute;l y a todo el mundo, que es insoportable; no insoportable y encantadora como un personaje de Diane Keaton, insoportable en serio. Dunham afirma varias veces que su dolor es real frente a la desconfianza a la dem&aacute;s; y as&iacute; y todo, acepta tambi&eacute;n que eso te puede convertir en alguien que, hacia el afuuera, no puede evitar unos despliegues de hipersensibilidad y egocentrismo que la hacen dif&iacute;cil como amiga, como colega, como hija o como novia. Dunham no culpa a Antonoff por ir abandon&aacute;ndola a medida que ella se enferma cada vez m&aacute;s; por el contrario, se venga como una persona de bien, enga&ntilde;&aacute;ndolo con un amigo de la infancia. Es un final desprovisto de moralina para una relaci&oacute;n que se merec&iacute;a exactamente eso: todos estuvimos un poco mal, a otra cosa mariposa. Creo que es en el relato de esta relaci&oacute;n donde se despliega la tesis sobre la doble cara de la exposici&oacute;n, el modo en que exponerte, en tu arte y en la vida, te hace al mismo tiempo vulnerable y narcisista.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hay m&aacute;s cosas valiosas en<em> Famesick</em>, un libro muy bien escrito: grandes retratos de Adam Driver y Jemima Kirke, la radiograf&iacute;a de una una relaci&oacute;n madre e hija tremenda, plagada de codependencias, complicidades y envidias, y un fresco complet&iacute;simo de la clase cultural de NY (Lena no es nepobaby en el sentido de hija de millonarios, sino en el de hija de artistas, m&aacute;s como lo son ac&aacute; los ni&ntilde;os criados a clases de teatro con padres soci&oacute;logos que como lo ser&iacute;a la hija de una celebridad; ella hace mucho hincapi&eacute; en la diferencia, y Bourdie le dar&iacute;a la raz&oacute;n). Pero lo profundo de Famesick es esa exploraci&oacute;n de la figura de la v&iacute;ctima, el tropo millennial por excelencia, vali&eacute;ndose de la intersecci&oacute;n entre notoriedad y padecimiento; en esa investigaci&oacute;n est&aacute; la inteligencia y la capacidad de observaci&oacute;n que hizo posible <em>Girls</em>, y que hace que s&iacute;, que a pesar de ser infumable, Lena Dunham sea la voz de una generaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/insoportable-serio_129_13190762.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 May 2026 03:02:27 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un auténtico cuento de hadas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/autentico-cuento-hadas_129_13172840.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/112d8563-ea28-4310-96e6-0e6f2d21d785_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un auténtico cuento de hadas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una reversión feroz de La Cenicienta que recupera la crueldad original del cuento: la belleza como destino, como privilegio y como condena. Con humor negro y horror corporal, "La hermanastra fea" expone el costo físico y emocional de encajar en la hegemonía estética, sin moraleja ni consuelo: solo la brutal arbitrariedad de la suerte.</p></div><p class="article-text">
        Siempre me gustaron los cuentos de hadas, y no tengo muy en claro por qu&eacute;. No me refiero solo a las versiones de Disney; hablo tambi&eacute;n de las versiones cl&aacute;sicas, las de los Hermanos Grimm, Charles Perrault o Hans Christian Andersen. En mi casa hab&iacute;a much&iacute;simas ediciones, las primeras compradas por mis abuelos o mi mam&aacute;, las siguientes por m&iacute; o al menos para m&iacute;. Rara vez aparec&iacute;an las m&aacute;s sangrientas, las m&aacute;s fieles a los originales, salvo por error, pero recuerdo muy bien esos errores: la primera vez que le&iacute; el cuento de los zapatos bailarines con el final en el que a la nena le cortan los pies (y los zapatos siguen bailando igual, con los pies amputados adentro) o la versi&oacute;n de<em> La sirenita </em>que termina cuando ella se queda primero sin voz, y despu&eacute;s se convierte en espuma de mar. A trav&eacute;s de los a&ntilde;os, son relatos que me siguen fascinando, en parte porque no tengo muy en claro, ni siquiera despu&eacute;s de haber le&iacute;do sobre el tema, qu&eacute; es un cuento de hadas: no todos tienen hadas, por supuesto. No todos tienen magia, o elementos sobrenaturales; no todos tienen princesas tampoco. No todos terminan bien; de hecho la mayor&iacute;a termina mal. Muchos empiezan bien, aunque no todos; s&iacute;, quiz&aacute;s, siguen alg&uacute;n tipo de curva parecida. En casi todos las cosas est&aacute;n muy bien antes de llegar a estar muy mal.
    </p><p class="article-text">
        <em>La hermanastra fea</em>, opera prima de la noruega Emilie Blichfeldt (MUBI), le cambia el punto de vista al cuento de<em> La cenicienta</em>, uno cuya versi&oacute;n cl&aacute;sica yo no conoc&iacute;a; aparentemente tiene much&iacute;simas encarnaciones, incluso previas a la que recogen los Hermanos Grimm, que es claramente la que toma Blichfeldt. Iba a escribir que Blichfeldt convierte <em>La cenicienta</em> en un cuento de terror sobre la belleza femenina, pero no ser&iacute;a cierto; m&aacute;s bien lo retoma. El relato de los Grimm ya tiene todos esos elementos: una Cenicienta que es primero rica, luego pobre y despu&eacute;s rica de nuevo (no tenemos, entonces, una protagonista que asciende socialmente, sino una que vuelve al lugar aristocr&aacute;tico que le pertenece leg&iacute;timamente, por nacimiento); un premio a la belleza, la mano del pr&iacute;ncipe, que organiza un baile para encontrar a la chica m&aacute;s linda de la comarca; y, lo m&aacute;s importante, un pueblo de mujeres desesperadas, dispuestas a arruinarse la salud y la vida para entrar en el zapato estrech&iacute;simo de la hegemon&iacute;a est&eacute;tica.
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                </figure><p class="article-text">
        El tema de sufrir por la belleza, y asociado al g&eacute;nero cinematogr&aacute;fico del horror corporal, estuvo de moda hace relativamente poco a ra&iacute;z del &eacute;xito de <em>La sustancia</em>, de Coralie Fargeat. <em>La sustancia</em> es divertida e ingeniosa, pero sus tesis sobre la belleza tienen poca novedad: la relaci&oacute;n de la hermosura con la juventud, la p&oacute;cima m&aacute;gica que termina siendo una trampa. <em>La hermanastra fea</em>, en cambio, tiene tanto para decir sobre la belleza que es hasta dif&iacute;cil escribirlo (mejor hacer una pel&iacute;cula). Est&aacute; la crueldad de la belleza de Agnes (Thea Sofie Loch N&aelig;ss, la Cenicienta de esta historia), la belleza natural, espont&aacute;nea e involuntaria que la hermanastra Elvira (la protagonista, Lea Myren, fant&aacute;stica) no puede comprar ni con todo el oro ni con todo el dolor del mundo; me encanta c&oacute;mo est&aacute; contada visualmente esa idea, mucho m&aacute;s interesante y dura que la de que no hay chicas feas, solo chicas pobres. Digo que se cuenta visualmente porque m&aacute;s all&aacute; de que es parte del tema de la pel&iacute;cula, sobre todo la vemos en la imagen: en la luz c&aacute;lida y poco teatral que ilumina a Agnes, una luz pensada para un rostro que no tiene nada que esconder, en contraste con la cara llena de sombras de la hermanastra fea.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La injusticia insalvable de esa diferencia natural: la injusticia de que Elvira no solo tenga que ser fea, sino, encima, verse tonta y rid&iacute;cula por sufrir por ser fea, por querer ser linda. La incerteza perversa sobre si todo ese dolor vale la pena, porque<em> La hermanastra fea </em>no es una pel&iacute;cula reconfortante, que venga a decirte que no, que no te conviene arruinarte la vida para ser linda; si te sale bien, de hecho, quiz&aacute;s te convenga bastante. Elvira termina p&eacute;simo (no es un spoiler; pase lo que pase, ya sab&eacute;s desde el principio que va a terminar p&eacute;simo) pero eso no dice nada sobre su belleza interior, o sobre c&oacute;mo las cosas podr&iacute;an haberle salido mejor de otro modo. Tiene algo muy contempor&aacute;neo, creo, <em>La hermanastra fea</em>, en su fe que tiene en el concepto de nacer con buena estrella; a Agnes le toca eso, ese derrame de hermosura, carisma y sensualidad sin esfuerzo. A Elvira, en cambio, le toca ser <em>una trabada</em>, una sin gracia a la que todo le cueste. Es dulc&iacute;simo elegir una protagonista as&iacute;; no hay nada m&aacute;s generoso, en el fondo, que meterse con amor y oscuridad en el alma de esa chica sin virtudes.
    </p><p class="article-text">
        Lo mejor, sin dudas, de <em>La hermanastra fea</em>, es que es un aut&eacute;ntico cuento de hadas: un cuento de hadas que no tiene moraleja, un relato al que no le han agregado a posteriori ninguna ense&ntilde;anza para los ni&ntilde;os o los adultos. Hay algunos villanos, pero ninguna hero&iacute;na; no ganan ni los buenos ni los malos, no hay premios ni castigos. Solo la arbitrariedad bruta de la suerte y la belleza que viene de la verdad, de ese buceo profundo que los cuentos de hadas hacen desde tiempos inmemoriales en las miserias m&aacute;s oscuras de la naturaleza humana.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/autentico-cuento-hadas_129_13172840.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Apr 2026 03:01:44 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un auténtico cuento de hadas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ensayo general]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El amor menos pensado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/amor-pensado_129_10914170.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4fa6ae0b-12b8-46ae-ae4c-4a204a0406b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El amor menos pensado"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Es notable que en culturas tan distintas esté presente la misma idea: que hay algo deseable y romántico en que el amor esté escrito, en que nos preceda, en no elegirlo sino solamente ser intérprete o juguete.</p></div><p class="article-text">
        <em>Past Lives</em>, la &oacute;pera prima de la directora coreano-canadiense <strong>Celine Song</strong>, me hizo acordar a las primeras discusiones que generaron entre mis amigos y conocidos las apps de levante que hoy usan casi todos. La pel&iacute;cula trabaja mucho con la tecnolog&iacute;a: los dos protagonistas, Nora y Hae Sung, se conocieron de chicos en Corea y vuelven a encontrarse gracias a Facebook doce a&ntilde;os despu&eacute;s de que ella emigrara a Canad&aacute;, igual que tanta otra gente. Durante un tiempo, mantienen una de esas relaciones que la gente ten&iacute;a hace veinte a&ntilde;os, cuando internet era para conectar con alguien que estaba del otro lado del planeta y no para ver si uno logra conectar con alguien que viva a veinte cuadras; dejan de hablar, luego, a pedido de Nora, que quiere habitar su presente y su territorio en lugar de seguir enganchada con una vida que no vive ni va a vivir, y unos doce a&ntilde;os despu&eacute;s se vuelven a encontrar, esta vez f&iacute;sicamente, porque Hae Sung va a visitarla a Nueva York. Pero no fue por eso de Facebook que pens&eacute; en las conversaciones de mis amigos sobre Tinder, sino por la premisa central de la pel&iacute;cula, la pregunta por lo rom&aacute;ntico, por lo predestinado, por la manera rom&aacute;ntica (la manera buena, la manera m&aacute;gica) de conocerse y enamorarse. No estoy hablando de evidencia dura, pero la mayor resistencia a las apps de levante que recuerdo escuchar, y que todav&iacute;a circula, no viene por el lado de que sean peligrosas o de que sea imposible encontrar a alguien que valga la pena: lo que a la gente le molesta, sobre todo, es que es poco rom&aacute;ntico conocer a alguien<em> teniendo la intenci&oacute;n</em> de conocer a alguien.
    </p><p class="article-text">
        Hay algo que nos seduce de la sensaci&oacute;n de encontrarnos con alguien sin buscarnos, cruzarse con alguien de casualidad, por una casualidad verdadera, con la sensaci&oacute;n de que si las cosas hubieran sido apenas distintas (por un minuto, por un cent&iacute;metro) no hubiera sucedido el encuentro. Las comedias rom&aacute;nticas trabajan con esa fantas&iacute;a constantemente: el h&eacute;roe y la hero&iacute;na se tropiezan en la calle y &eacute;l la ayuda a levantar sus papeles, o &eacute;l le choca el auto y mientras empiezan a insultarse aparece la magia. Incluso es com&uacute;n ese tropo, el del choque de personas o de autos, como para reforzar la literalidad del accidente. <em>Past Lives</em> toma algo de ese clich&eacute;, pero lo que hace es deconstruirlo expl&iacute;citamente. En ese sentido, creo que mis escenas favoritas est&aacute;n muy cerca del principio, y mi personaje favorito tambi&eacute;n: hablo de la madre de Nora, artista y claramente algo bohemia y liberal, y que adem&aacute;s parece ser la que decide que la familia va a abandonar Corea del Sur y mudarse a Canad&aacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En medio de los preparativos, la madre de Nora le pregunta a su hija de doce a&ntilde;os qui&eacute;n le interesa &uacute;ltimamente en la escuela, para terminar organiz&aacute;ndole una cita con el chico que le gusta. D&iacute;as m&aacute;s tarde, en esa cita, la madre de Nora conversa con la de Hae Sung y le explica que est&aacute;n a punto de emigrar, y que se le ocurri&oacute; armar ese encuentro para que Nora haga buenos recuerdos antes de irse. Todo es hermoso de esa escena y de ese texto: es hermoso que la madre de Nora, en lugar de pensar solo en preparativos, piense tambi&eacute;n en las experiencias, en las cosas que no quiere que su hija se pierda. Parece algo pensado para el futuro, eso de tener recuerdos, pero tiene una idea de presente muy fuerte, en la que no importa que esa cita vaya a ser la primera y la &uacute;ltima, solo importa que sea fant&aacute;stica: no es de extra&ntilde;ar que el personaje de Nora sea despu&eacute;s efectivamente mucho menos nost&aacute;lgico que el de Hae Sung. La sensaci&oacute;n es que su madre le ense&ntilde;&oacute; algo sobre eso, que de hecho tambi&eacute;n se explicita en la conversaci&oacute;n de esa escena. La madre de Hae Sung le pregunta por qu&eacute; van a emigrar ella y su marido, &eacute;l cineasta y ella artista, por qu&eacute; habr&iacute;an de abandonar eso, una buena vida: cuando uno abandona una cosa gana otra, le contesta la madre de Nora, con much&iacute;sima calma. Pero lo mejor de la escena, en retrospectiva, es que esa cita m&aacute;gica es efectivamente puro c&aacute;lculo: esos recuerdos preciosos que Nora tiene de Corea son una decisi&oacute;n deliberada de su madre, no resultado de la pura casualidad.
    </p><p class="article-text">
        La pel&iacute;cula vuelve una y otra vez al concepto coreano de <em>in-yun</em>, que aparentemente significa &ldquo;destino&rdquo; pero sobre todo el destino de conectar con una persona, de cruz&aacute;rsela en mil vidas y estar cada vez un poco m&aacute;s cerca. Me llam&oacute; la atenci&oacute;n porque el &iacute;dish tiene una palabra muy similar, <em>bashert</em>, que tambi&eacute;n significa literalmente &ldquo;destino&rdquo; y tambi&eacute;n se usa casi exclusivamente para hablar de encontrar a la persona con la que estamos destinados a terminar. Los detalles son distintos porque el juda&iacute;smo no cree en vidas pasadas, pero es notable la coincidencia: es notable que en dos culturas tan distintas est&eacute; presente esta idea de que hay algo deseable y rom&aacute;ntico en que el amor est&eacute; escrito, en que nos preceda, en no elegirlo sino solamente ser int&eacute;rprete o juguete. Es genial que el hecho de que algo nos preceda lo haga m&aacute;s valioso, como si los amores que elegimos fueran menos nobles o m&aacute;gicos que los que alguien eligi&oacute; para nosotros. Es l&oacute;gico, pienso, que esa idea est&eacute; presente en culturas durante las que por a&ntilde;os los matrimonios fueron arreglados por padres y comunidades antes que por los individuos protagonistas: es menos l&oacute;gico, tal vez, y <em>Past Lives </em>es buena e inteligente porque tiene algo que decir sobre eso, que en el siglo XXI esa especie de desprecio del libre albedr&iacute;o nos siga haciendo tanta ilusi&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>TT/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/amor-pensado_129_10914170.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 11 Feb 2024 03:01:02 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El amor menos pensado]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ensayo general,Tamara Tenenbaum]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Producir juntos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/producir_129_10657670.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c538ceda-a512-4025-8d78-32d728fee910_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Producir juntos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle"> La serie The Bear me recuerda a una época que fue imaginaria pero creo que también fue real, en la que el trabajo se entendía ni solo como explotación ni solo como realización personal, sino como algo que hacemos entre todos. </p></div><p class="article-text">
        Pienso bastante seguido, y creo que escribo bastante seguido, tambi&eacute;n, sobre la nostalgia, contra ella. La nostalgia me aterra porque es una fuerza conservadora, no solo cuando extra&ntilde;a un pasado real, sino principalmente cuando extra&ntilde;a pasados imaginarios: es una forma de decirle a la gente joven que nunca van a entender el mundo porque se perdieron la mejor parte, la primera media hora de la pel&iacute;cula en la que se explicaba todo. Me aterra la nostalgia, me aterra su matriz pol&iacute;tica y su jactancia, pero por supuesto, nunca me aterra m&aacute;s que cuando la reconozco en m&iacute;. No me pasa casi nunca, pero me doy cuenta de que me pasa cuando veo&nbsp;<em>The Bear</em>.
    </p><p class="article-text">
        <em>The Bear&nbsp;</em>sigue la historia de Carmy, un muchacho de familia italiana de Chicago que se convirti&oacute; en un chef con tres estrellas Michelin y, luego de la muerte de su hermano, vuelve a su ciudad natal a hacerse cargo del bolichito de s&aacute;ndwiches familiar que &eacute;l llevaba. La primera temporada se trata de eso: Carmy profesionalizando una cocina ca&oacute;tica, ense&ntilde;&aacute;ndoles a sus empleados que lo que hacen es valioso y que saben m&aacute;s de lo que creen saber, solo tienen que organizarse y encontrarle el erotismo a la disciplina militar. En la segunda, que sali&oacute; hace unos meses, Carmy les propone un salto a&uacute;n m&aacute;s grande: convertirse efectivamente en un restaurante de&nbsp;<em>fine dining</em>, una cocina que pueda ganarse una de esas estrellas que &eacute;l ya tuvo pero que a Sydney, su sous chef, aprendiz y fan, le importan m&aacute;s que nada en el mundo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En alg&uacute;n sentido, entonces, sent&iacute; esta temporada un poco m&aacute;s desangelada que la anterior. Lo de resucitar el restaurante de la familia tiene un poco m&aacute;s de m&iacute;stica, en principio, que lo de armar un lugar lujoso para romperla. Pero a medida que avanc&eacute; me di cuenta de algo que ya hab&iacute;a intuido cuando vi la primera temporada, y es que la m&iacute;stica de&nbsp;<em>The Bear&nbsp;</em>es la m&iacute;stica de la familia y de la tradici&oacute;n, pero no la de la familia de sangre ni la de la tradici&oacute;n del barrio: es la de la familia del trabajo, y la tradici&oacute;n de la excelencia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y ah&iacute; es cuando me pongo, muy a mi pesar, nost&aacute;lgica. Viendo esta temporada me di cuenta de que es verdad que hay algo bello en la especificidad del trabajo de la cocina, de su perfeccionismo y su precisi&oacute;n, del modo en que exige creatividad y sutileza pero tambi&eacute;n una templanza (y es una tarea generosa, porque lo que exige te lo da: mi amiga cocinera dice que el verdadero zen lo encontr&aacute;s picando verduras antes que en cualquier clase de yoga, en el peso pero tambi&eacute;n en el alivio de que en la cocina haya que hacer, en alg&uacute;n sentido, todos los d&iacute;as las mismas cosas); pero si en la primera temporada me interes&oacute; m&aacute;s pensar en esa planicie de la cocina, sin buscarle simbolismos, en esta segunda no pude evitar pensar que me emociona esta historia de cocineros porque evoca la fantas&iacute;a del ascenso social, de la gente que cree que si hace las cosas bien le saldr&aacute;n las cosas bien, y en la fantas&iacute;a de lo colectivo como veh&iacute;culo de progreso y proyecto de sociedad civil.
    </p><p class="article-text">
        Eso que se ve en&nbsp;<em>The Bear</em>, c&oacute;mo cocineros de oficio pueden profesionalizarse y cambiar su vida, lo he visto en cocinas de verdad, y aqu&iacute; mismo en Argentina: la contracara positiva del boom del consumo, que a veces pienso que genera unas subjetividades un poco complicadas (el culto del goce termina convirti&eacute;ndose en algo que casi se separa de la desprolijidad que deber&iacute;a ser parte indispensable de nuestra relaci&oacute;n con el deseo y el cuerpo para convertirse en una gula de perfecci&oacute;n), produjo en la elevaci&oacute;n del status de la gastronom&iacute;a una elevaci&oacute;n potencial del status de sus trabajadores. Digo potencial porque no sucede en todos los casos, sigue siendo un trabajo altamente precarizado y porque efectivamente tambi&eacute;n la disponibilidad de esas oportunidades depende de muchos factores: es muy emocionante, por eso, la trama de los dos cocineros de cincuenta y pico&nbsp;a los que Carmy manda a educarse a la escuela de cocina, lugar en el que una florece y el otro se angustia. Pero m&aacute;s all&aacute; del caso concreto de la cocina, entonces, The Bear me recuerda a una &eacute;poca que fue imaginaria pero creo que tambi&eacute;n fue real, en la que el trabajo se entend&iacute;a ni solo como explotaci&oacute;n ni solo como&nbsp;<em>realizaci&oacute;n</em>&nbsp;<em>personal</em>, sino como algo que hacemos todos juntos. Aprend&iacute; bastante sobre esto haciendo teatro y filmando una serie: son lugares en los que esa sensaci&oacute;n de proyecto colectivo sobrevive, lugares en los que no hay que ubicarle a nadie un ping pong para que se ponga&nbsp;<em>la camiseta de la empresa</em>&nbsp;como se hac&iacute;a en 2005 porque se entiende que, de verdad, la empresa somos todos. Es algo que no se puede inventar y no se puede fingir: los proyectos son colectivos o no lo son y ning&uacute;n departamento de recursos humanos puede maquillar eso. Supongo que no todos los trabajos pueden ser as&iacute;, en una sociedad de masas; es m&aacute;s, por lo que el mundo muestra, cada vez menos trabajos pueden ser as&iacute; a la escala productiva a la que se est&aacute; moviendo el mundo. Los negocios chicos no sobreviven, los trabajos se automatizan y van quedando solamente accionistas, gente que manda mails y muy por debajo gente haciendo tareas tan rutinarias y deshumanizantes que es imposible que involucren en ella sus almas como efectivamente se puede involucrarla en un postre. Lo que me pregunto, y es pensando en las elecciones tambi&eacute;n, porque est&aacute; dif&iacute;cil pensar en otra cosa, es por la relaci&oacute;n entre la desaparici&oacute;n de estos mundos del trabajo y una relaci&oacute;n civil con lo colectivo que sin ellos es muy dif&iacute;cil de inventar. Tanto en mi generaci&oacute;n como en las que vienen despu&eacute;s en Argentina quienes hablan de lo colectivo piensan sobre todo en actividades de militancia, y est&aacute; perfecto, pero trabajando en un set o en una cocina una ve unas formas org&aacute;nicas de la construcci&oacute;n de comunidad entre gente de ideas y trayectorias muy distintas (el modo en que vamos aprendiendo a compartir no porque lo elegimos sino porque aut&eacute;nticamente lo necesitamos) que de verdad no s&eacute; si se arman en una asamblea, a las que (adem&aacute;s) no mucha gente tiene ganas de ir, y est&aacute; bien, porque no todo el mundo quiere vivir en el &Aacute;gora griega, pero esto pensaba, claro: el trabajo sol&iacute;a ser nuestra &aacute;gora. Pienso en las conversaciones que mi mam&aacute; me contaba que ten&iacute;a con sus compa&ntilde;eros de guardia en el hospital, los v&iacute;nculos que se armaban all&iacute; con todos, con enfermeros y enfermeras, con los mozos de los caf&eacute;s de la zona, socialidades ahora bastante desarmadas porque el que puede quedarse con el consultorio privado se queda all&iacute; y no vuelve m&aacute;s, porque andar comprando cafecitos es caro y ya no son los mozos los que los traen, sino que es siempre gente distinta, en fin: odio entrar con ese tango del viejo mundo, ya lo dije, lo empiezo y no me reconozco, pero de verdad le dedico bastante tiempo a pensar si hay alguna forma de aprender ese amor a producir juntos cada uno desde su casa o desde su plataforma o desde sus ganas de ser estrella, y la soluci&oacute;n no se me est&aacute; acercando; ese amor a producir juntos que produce el mundo por fuera de la familia, por fuera de lo privado, ese amor que hace nacer lo p&uacute;blico y que no se puede crear m&aacute;s qu&eacute; haciendo, m&aacute;s que encontr&aacute;ndonos en ese disfrute humano at&aacute;vico del trabajo, de encontrar el mundo desarmado y devolver otra cosa.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/producir_129_10657670.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 05 Nov 2023 03:01:30 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Ensayo general]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Problemas sin solución]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/problemas-solucion_1_10483802.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/462fb341-886d-41c3-a62c-4e658702ae1f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Problemas sin solución"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay asuntos que no tienen solución porque están en la raíz de nuestra subjetividad, de la pregunta por quiénes somos y qué nos hace sentir queridos o deseados.</p></div><p class="article-text">
        Dos de mis escritoras preferidas, <strong>Nora Ephron</strong> y <strong>Susan Sontag</strong>, escribieron ensayos sobre la belleza. El de Nora es ante todo gracioso. Hay algo profundo en la sencillez con la que se pregunta c&oacute;mo hubiera sido ir por la vida siendo bella, d&aacute;ndose cuenta en el camino de que por ser normalita y no una Miss Universo se perdi&oacute; estrictamente de pocas cosas valiosas (no se perdi&oacute; oportunidades profesionales, ni le faltaron amantes, ni le faltaron amigos), pero que igual le hubiera gustado conocer esa sensaci&oacute;n de triunfo ardoroso que, podemos imaginar, deben sentir las mujeres bellas cuando entran a un cuarto y todos se dan vuelta parar mirarlas. Es un texto liviano y rencoroso en el mejor de los sentidos, pero me parece que, incluso si Ephron no lo explicita, hay un hallazgo fundamental en la idea de que la belleza nos importa a las mujeres por razones instrumentales l&oacute;gicas y tangibles, pero no solo por eso. O m&aacute;s bien, que ninguna cosa que se trate del cuerpo se termina en esa l&oacute;gica instrumental, nada que involucre al cuerpo puede quedar sin sobregirar. Sontag, por su parte, reflexiona directamente sobre lo que la implicaci&oacute;n de las mujeres con la belleza les quita, en contraposici&oacute;n con lo que les sucede a los hombres de los que se espera que cultiven otras virtudes para desplegar su subjetividad: la belleza es un poder, dice Sontag, y est&aacute; bien que lo sea, pero es un poder bastante tramposo. Es un poder pasivo, un poder que siempre implica lograr que un hombre haga algo por una, m&aacute;s que un poder hacer.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Sylvia Plath</strong> tambi&eacute;n reflexion&oacute; bastante sobre la belleza en sus diarios y en su novela <em>La campana de cristal</em>. Muchas otras escritoras lo hicieron, lo siguen haciendo. Hay en todos estos textos muchas ideas valiosas, y sin embargo pienso que lo m&aacute;s importante ya lo dijo Foucault en el primer tomo de <em>Historia de la sexualidad</em>: el discurso supuestamente liberado sobre un tema (el sexo, o el imperativo de belleza, o lo que sea) no siempre implica m&aacute;s libertad, ni una experiencia m&aacute;s aut&eacute;ntica. Los discursos del autoamor o los cr&iacute;ticos de los c&aacute;nones hegem&oacute;nicos de belleza en general (lo que Sontag llama &ldquo;la era autoconsciente de la belleza&rdquo;) muchas veces parecen sumar poco. La sensaci&oacute;n es que, sobre ciertos temas, lo que necesitamos es pensar menos, hablar menos, tratar de que no ocupen tanto espacio en nuestras vidas. Esos discursos, adem&aacute;s, generan hartazgo. Hay una especie de crisis generalizada de la consigna &ldquo;lo privado es pol&iacute;tico&rdquo;; nadie quiere ya que le hablen de parejas, de monogamia o poliamor, de si est&aacute; bien o no ponernos un cachito de b&oacute;tox o hacer dietas dudosas que se venden como el santo grial de la salud esta semana pero que todas sabemos que hacemos para ser flacas, que si en el camino de bajar de peso se te descuajeringa alguna cosa en el fondo no es grave porque la salud nunca fue m&aacute;s que una excusa. Un poco lo entiendo, pero yo no soy tan descre&iacute;da respecto del debate p&uacute;blico como lo era Foucault, y creo que el feminismo en general tampoco (no tiene buenas razones para serlo: los cambios reales y concretos que produjo en la vida de las mujeres la puesta en circulaci&oacute;n de discursos feministas cr&iacute;ticos est&aacute;n a la vista). 
    </p><p class="article-text">
        Pienso que quiz&aacute;s lo agotador es el tono, que ya ni siquiera es necesariamente el tono de quien emite: no s&eacute; bien c&oacute;mo pas&oacute;, pero tanto en Internet como en la vida empezamos a leer todo como si fuera un mandato. Si alguien cuenta de la dieta que est&aacute; haciendo se lo entiende como un comentario sobre el cuerpo. Si alguien cuenta de su vida amorosa se entiende como una bajada de l&iacute;nea sobre la familia, o en contra de la familia. Es como la filosof&iacute;a de la sospecha, pero inflada con anab&oacute;licos: todo relato es sospechoso de ser una forma de vigilancia. Creo que es lo que dir&iacute;a Foucault, pero si realmente vamos a leernos entre todos con esa paranoia es imposible conversar, jugar con las ideas, ver a d&oacute;nde nos conducen. 
    </p><p class="article-text">
        Pienso que en parte tambi&eacute;n el hartazgo de las discusiones sobre el sexo, el amor y la belleza -adem&aacute;s del tono acusador que ya no s&eacute;, reitero, si est&aacute; en c&oacute;mo se habla o en c&oacute;mo se escucha- viene de la complicaci&oacute;n emotiva, filos&oacute;fica y pol&iacute;tica de quedarse con problemas sin soluci&oacute;n. El sexo, el amor y la belleza no tienen soluci&oacute;n, en dos sentidos importantes y relacionados entre s&iacute;. El primero es que, concretamente, hay muchas cuestiones sobre los imperativos de belleza que no se resuelven con pol&iacute;ticas p&uacute;blicas: podemos dar educaci&oacute;n sexual integral, y es important&iacute;simo y es una herramienta clave en la lucha contra la violencia sexual, pero no va a terminar con la violencia sexual, ni con la dificultad de separar lo que va de lo que no. 
    </p><p class="article-text">
        Lo mismo en el caso de la belleza: tienen que existir y funcionar los controles estatales sobre los tratamientos de belleza que se ofrecen, y podr&iacute;amos incluso prohibir publicidades de tratamientos como en alg&uacute;n momento se prohibieron las publicidades de cigarrillos, pero eso no va a detener una industria que vive de crear nuevas necesidades basadas en la necesidad m&aacute;s angustiante de que te miren y te quieran, que vive de mover cada vez un poco m&aacute;s la vara de lo que llamamos &ldquo;invasivo&rdquo; o &ldquo;preventivo&rdquo; o de los riesgos que estamos dispuestas a correr. El segundo sentido en que estos problemas no tienen soluci&oacute;n es m&aacute;s profundo: no tienen soluci&oacute;n porque est&aacute;n en la ra&iacute;z de nuestra subjetividad, de la pregunta por qui&eacute;nes somos y qu&eacute; nos hace sentir queridos o deseados, en la pregunta de qu&eacute; se juega en ser queridos o deseados, que dura toda la vida. No tienen soluci&oacute;n, tambi&eacute;n, porque ya lo dije, son problemas del cuerpo. 
    </p><p class="article-text">
        Es l&oacute;gico y deseable que la militancia se concentre en los problemas que s&iacute; tienen soluci&oacute;n, en las partes de los problemas que s&iacute; se pueden atacar con pol&iacute;ticas de Estado o estrategias activistas; es entendible que moleste que hablemos cr&iacute;ticamente de cosas que no sabemos c&oacute;mo enfrentar, de vidas de las que no sabemos c&oacute;mo sustraernos porque no tienen un afuera; es perfectamente comprensible que nos incomode hablar de cosas en las que siempre sentimos que estamos en falta. Pero aunque eso no funcione bien en &eacute;pocas en que se supone que las teor&iacute;as tienen que ser terap&eacute;uticas y optimistas, aunque sea mucho menos esperanzador que las luchas con objetivos claros que podemos conseguir, el feminismo siempre se trat&oacute;, adem&aacute;s de conquistas, sobre permanecer con problemas sin soluci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/problemas-solucion_1_10483802.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 Sep 2023 03:01:11 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Problemas sin solución]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Nora Ephron,Susan Sontag,Sylvia Plath,Feminismos,Ensayo general]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[No nos rompen, nos cansan]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/no-rompen-cansan_129_10467922.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/af400000-a0d6-45c0-af0c-c9685d5fe6d5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="No nos rompen, nos cansan"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La futbolista española Jennifer Hermoso se vio envuelta en la situación insoportable de tener que convertir la victoria más importante de su carrera en un lío cuando, al recibir la medalla como campeona mundial de fútbol femenino, el presidente de la Real Federación de Fútbol, Luis Rubiales, la tomó de la cara para darle un beso en la boca.</p></div><p class="article-text">
        Hace varios a&ntilde;os ya que el paradigma del consentimiento como estrategia contra la violencia sexual est&aacute; puesto en cuesti&oacute;n en diversas escenas filos&oacute;ficas, del feminismo a la teor&iacute;a queer, pasando por el giro afectivo: es como si a medida que el concepto se populariza en el mundo (en la pol&iacute;tica, en la militancia, en la justicia y en la conversaci&oacute;n cotidiana entre personas que se vinculan sexualmente) los fil&oacute;sofos y fil&oacute;sofas fueran queriendo dejarlo atr&aacute;s. No s&eacute; si tiene un nombre, pero es un fen&oacute;meno com&uacute;n en las esferas intelectuales, que si yo tuviera que bautizar llamar&iacute;a &ldquo;s&iacute;ndrome del primer fan&rdquo;, como esa gente que se cansa de escuchar una banda una vez que empieza a conocerla todo el mundo. De todos modos, no es solo eso: creo que justamente, a medida que un concepto se extiende y se empieza a usar m&aacute;s, los casos de aplicaci&oacute;n y los dilemas que aparecen en las discusiones hacen m&aacute;s evidentes los agujeros.
    </p><p class="article-text">
        En el caso del consentimiento, creo que propuestas como la del &ldquo;solo s&iacute; es s&iacute;&rdquo;, muy popular, al menos hasta hace unos a&ntilde;os, en el tratamiento de la violencia sexual en los campus norteamericanos, pusieron sobre la mesa las dificultades de definir en qu&eacute; consiste el consentimiento, en especial una vez que aparecieron conceptos como &ldquo;consentimiento impl&iacute;cito&rdquo; (absolutamente necesario, por un lado, y completamente indescifrable, por el otro) y &ldquo;consentimiento entusiasta&rdquo; (necesario, tambi&eacute;n, para que &ldquo;consentir&rdquo; no suene a &ldquo;resignarse&rdquo;, pero igualmente confuso en t&eacute;rminos de su aplicaci&oacute;n y sobre todo del requisito m&iacute;nimo de entusiasmo) para emparchar los problemas visibles que tienen estos enfoques cuando se trata de la vida real. Por otra parte, es l&oacute;gico que a muchos te&oacute;ricos y te&oacute;ricas feministas y queer les moleste la imposici&oacute;n de un marco binario del s&iacute; al no, y que supone un nivel alt&iacute;simo de conciencia y racionalidad (que una puede conocer y expresar sus deseos de manera transparente) a un dominio de lo humano tan opaco como el sexo. El impulso filos&oacute;fico, en estos casos, es el de cambiar completamente de lenguaje: creo que, en estos a&ntilde;os en los que la jerga de g&eacute;nero ha pasado con tanta fluidez de la academia al mundo y viceversa, hemos aprendido que a veces los problemas reales requieren abordajes menos elegantes. No un vocabulario conceptual maravilloso que nos sirva para todo, sino un par de vocabularios defectuosos tratando de cubrirse entre ellos. 
    </p><p class="article-text">
        Casi sin excepciones, cuando nos ponemos a hablar de consentimiento, es porque hay algo que ha salido mal. Que algo salga mal no significa siempre que alguien haya hecho algo mal. El sexo es una cosa muy complicada, y lo malentienden tanto quienes desde una supuesta perspectiva feminista piensan que podemos dar por terminado el problema del sexo (como si, efectivamente, el vocabulario del consentimiento fuera capaz de hacer eso, o la educaci&oacute;n sexual pudiera hacer eso; que no puedan resolver el problema para siempre, dicho sea, no implica que no sean &uacute;tiles) como quienes desde una perspectiva pretendidamente pro-sexo pero profundamente conservadora piensan que nunca hubo ning&uacute;n problema. En el caso que nos ocupa esta semana, la futbolista espa&ntilde;ola <strong>Jennifer Hermoso</strong> vio empa&ntilde;ado el momento m&aacute;s importante de su carrera cuando al recibir la medalla como campeona mundial de f&uacute;tbol femenino el presidente de la Real Federaci&oacute;n de F&uacute;tbol, <strong>Luis Rubiales</strong>, la tom&oacute; de la cara para darle un beso en la boca. Rubiales se defendi&oacute; del esc&aacute;ndalo diciendo que el beso hab&iacute;a sido &ldquo;consentido&rdquo; y &ldquo;espont&aacute;neo&rdquo;, y que no hab&iacute;a nada suficientemente grave como para que tuviera que renunciar como esperaban muchos; en respuesta, Jenni Hermoso aclar&oacute; que por supuesto el beso no hab&iacute;a sido consentido, y que no iba a tolerar que pusieran en duda su palabra. 
    </p><p class="article-text">
        Es cierto que a veces los besos se roban; es cierto, tambi&eacute;n, que hay situaciones en las que es mejor pedir perd&oacute;n que permiso y que tambi&eacute;n hay otras situaciones en las que una se da cuenta de que es mejor pedir permiso que perd&oacute;n. Un beso espont&aacute;neo en la calle entre dos personas festejando un campeonato del mundo no entra en ning&uacute;n est&aacute;ndar de calidad de consentimiento expl&iacute;cito, y sin embargo no produce ning&uacute;n drama (incluso si no &ldquo;sale bien&rdquo;; incluso si media el malentendido); en una situaci&oacute;n del nivel de exposici&oacute;n de una entrega de premios en la que te agarran desprevenida y te roban tu momento, en cambio, la sensaci&oacute;n es que tiene que haber algo m&aacute;s que un malentendido, porque realmente la desubicaci&oacute;n es tal que si crey&eacute;ramos que lo que sucedi&oacute; fue un mal c&aacute;lculo tenemos que pensar que estamos ante una persona completamente incapaz de leer contextos sociales y actuar como un ser humano medianamente conectado. &iquest;C&oacute;mo se mide, entonces, la diferencia entre una situaci&oacute;n y otra? A m&iacute; me gusta la respuesta de <strong>Sohaila Abdulali</strong> en su libro <em>What We Talk About When We Talk About Rape</em>: se puede intentar buscar signos o incluso recomendar manejarse con cautela, pero no hay ning&uacute;n tecnicismo que vaya a reemplazar el deseo genuino de no hacer da&ntilde;o. No hay radar posible si uno va por la vida indiferente a lo que toca y lo que rompe.
    </p><p class="article-text">
        Uso el verbo romper porque funciona como una analog&iacute;a impl&iacute;cita con la escena de alguien que entra a un negocio sin mirar nada y tira cualquier cosa con la mochila en la espalda, pero en realidad quiz&aacute;s deber&iacute;a borrarlo: no quiero colaborar con las narrativas que hacen de toda agresi&oacute;n sexual un trauma, que suponen que las mujeres somos fr&aacute;giles y que estas cosas nos rompen. La mayor parte de las veces estas agresiones no nos rompen: nos cansan. En las intervenciones p&uacute;blicas de Jenni Hermoso se nota: no est&aacute; rota, est&aacute; harta. Por eso insisto con eso de que le robaron su momento, porque eso es lo grave, no el beso, y no hay que caer en la falacia de aceptarle a Rubiales que la cosa no es tan grave porque para una mujer adulta un beso espont&aacute;neo no deber&iacute;a ser tan grave, ni en la otra falacia, de tener que explicar que a a Jenni Hermoso le resulta muy traum&aacute;tico el beso, que todo este asunto se trata de un beso, del mismo modo que que te toquen el culo en la oficina rara vez se trata de que una mano en el culo se registre como trauma, sino de la din&aacute;mica que eso genera en esa oficina y lo que eso produce en tus oportunidades profesionales. 
    </p><p class="article-text">
        Jenni Hermoso se vio envuelta en la situaci&oacute;n insoportable de tener que convertir su victoria en este l&iacute;o, de tener que empa&ntilde;ar un triunfo por el que trabaja desde muy chica en un debate aburrid&iacute;simo con un tipo de evidente mala fe. Sus &uacute;nicas dos opciones eran aceptar los t&eacute;rminos del tipo en cuesti&oacute;n como hacemos tantas veces las mujeres (decir que el beso no fue tan grave), cosa que en las circunstancias presentes no le devolver&iacute;a a Jenni ni su momento ni su centralidad, o tratar de poner las cosas en su lugar, como est&aacute; intentando hacer (lo que tampoco le devolver&aacute; a ella y a su equipo su momento ni su centralidad, pero quiz&aacute;s sirva para probar p&uacute;blicamente un punto importante). No es un trauma: es una piedra del zapato, una manera m&aacute;s de complicarnos la vida, y seguimos adelante, como siempre, pero qu&eacute; ganas.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/no-rompen-cansan_129_10467922.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 27 Aug 2023 03:03:39 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[No nos rompen, nos cansan]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Tamara Tenenbaum,Ensayo general]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cómo conseguir chicas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/chicas_129_10454619.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7fdf2b85-5e55-4a28-a2cc-bdf32d6080b9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cómo conseguir chicas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La amplísima mayoría de las mujeres argentinas que no votaron a Milei no son ni woke ni feministas. Tiene que ver con ese desencuentro fundamental del incelismo, con eso que los gringos llaman “la pandemia de la soledad masculina”.</p></div><p class="article-text">
        Quiero empezar con un <em>disclaimer</em> que va a ocupar la mitad de la columna: a una tienen que dejarla pensar para la posteridad. No porque lo que una pueda pensar sea particularmente valioso, ni siquiera porque sea bueno, es porque esos son los tiempos de la actividad. Es como hacer una torta o pintar una pared o filmar una pel&iacute;cula: puede salir bien o mal, pero incluso hacerlo mal tarda lo que tarda. Digo esto porque estuve pensando y leyendo muchas cosas, y supongo que muchas de esas cosas podr&iacute;an decirme en alg&uacute;n momento, si las contin&uacute;o con la suficiente persistencia, algo sobre la sorpresa electoral del domingo pasado (porque no importa lo que digan tantos comunicadores que ahora parece que siempre la vieron, o que no la ve&iacute;an pero ahora la ven: tenemos sus titulares, sus tapas de diario, sus tweets, sus columnas, tenemos todo guardado y ninguno la vio). Lo que no quiero es tener que escribir pensando que solo porque esto es un diario esto que voy a intentar pensar ahora es un diagn&oacute;stico o una explicaci&oacute;n para la sorpresa electoral del domingo pasado. No lo es. No se trata tampoco, solamente, de una cuesti&oacute;n de tiempo. Por si me empezaron a leer hace poco: yo no soy economista, no s&eacute; de estad&iacute;stica, no tengo data de ninguna clase, y personalmente creo que cualquier cosa que intente acercarse a una explicaci&oacute;n causal de la ya varias veces mentada sorpresa electoral del domingo pasado deber&iacute;a incluir todas esas cosas. No tengo herramientas para hacer eso, y si alguien piensa que un escritor las tiene es porque se acostumbraron demasiado a leernos escribir sobre cualquier cosa; probablemente sea culpa nuestra, como gremio. Yo no me hago cargo igual, porque jam&aacute;s escribo sobre temas que me exceden, m&aacute;s por narcisismo que por modestia: odio hacer cosas en las que ya s&eacute; que no brillo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y digo todo esto porque estuve leyendo bastante en estos d&iacute;as sobre la descomposici&oacute;n del lazo social, y quiero escribir sobre eso, y s&eacute; que va a parecer que estoy explicando ya demasiadas veces mentada sorpresa electoral de domingo pasado, porque s&eacute; que es parte del problema. Pero creo que es una parte m&iacute;nima del problema, y de ninguna manera una explicaci&oacute;n. Soy ignorante de muchas cosas, pero conozco bastante bien los l&iacute;mites de mi ignorancia y los del provecho que puedo sacarle a mis saberes. Lo que yo tengo en la mano es un martillo, pero no todos los problemas son clavos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Coment&eacute; ya <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/polaroids-intimidad-extraordinaria_129_10443610.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la semana pasada</a>, en relaci&oacute;n con su tratamiento del humor, el libro de Lauren Berlant que estoy traduciendo. La parte que me toca ahora es un an&aacute;lisis bastante extenso de <em>&Uacute;ltimo tango en Par&iacute;s</em>, pel&iacute;cula ca&iacute;da en desgracia en los &uacute;ltimos a&ntilde;os por una renombrada escena de sexo que, ahora sabemos, se hizo en condiciones deplorables para la actriz francesa Maria Schneider. As&iacute; y todo, es una gran pel&iacute;cula, y Berlant la utiliza para pensar la relaci&oacute;n del sexo con la pol&iacute;tica, tal como la pens&oacute; la generaci&oacute;n de mayo del 68 y tal como la pensaron los te&oacute;ricos que reivindicaron, criticaron, y volvieron a reivindicar a la generaci&oacute;n de mayo del 68. Berlant no est&aacute; hablando, aqu&iacute;, de feminismo y de consentimiento, de esa forma de politizaci&oacute;n del sexo; est&aacute; hablando, en cambio, de algo aut&eacute;nticamente pasado de moda, del sexo &ldquo;libre&rdquo; (que para Berlant es una contradicci&oacute;n en los t&eacute;rminos: &ldquo;libre&rdquo; no es algo que pueda predicarse de ninguna forma de estar en relaci&oacute;n) como forma de desafiar a la moral burguesa, y as&iacute; tambi&eacute;n a la pol&iacute;tica burguesa, incluso al proyecto colonial. La pel&iacute;cula dibuja de manera sutil, aunque con escenas sabidamente expl&iacute;citas, una contraposici&oacute;n bastante interesante (y profundamente francesa): Jeanne (Maria Schneider), la protagonista femenina, se ve envuelta en un tri&aacute;ngulo con su prometido Tom (Jean-Pierre L&eacute;aud), por un lado, y con un completo extra&ntilde;o, Paul (Marlon Brando). Tom es un director de cine que desde el principio de la pel&iacute;cula enmarca su relaci&oacute;n con Jeanne en un proyecto est&eacute;tico: de hecho, la filma todo el tiempo para un programa de televisi&oacute;n. Berlant se detiene sobre el concepto de &ldquo;matrimonio pop&rdquo; que utiliza Jeanne para describir lo que espera de su matrimonio con Paul, y que parece ser b&aacute;sicamente la versi&oacute;n flower power de la gente que piensa que cas&aacute;ndose en zapatillas va a puentear la trampa de la burgues&iacute;a; hasta habla de tener dos hijitos (un var&oacute;n y una mujer, como en una publicidad de coca cola) y ponerles Rosa y Fidel. La pel&iacute;cula parece sospechar, en cambio (o al menos eso sospecha Berlant en su lectura, y yo ya no puedo no verla) que la verdadera revoluci&oacute;n sexual sucede en el v&iacute;nculo entre Jeanne y Paul, el personaje de Marlon Brando, que se encuentran sin saber nada el uno del otro en un departamento destruido a tener algo a medio camino entre una relaci&oacute;n violenta y un v&iacute;nculo sadomasoquista sin marco te&oacute;rico. Tom y Jeanne intentan buscar una cotidianeidad para la revoluci&oacute;n: &ldquo;en otro registro&rdquo;, dice Berlant, &ldquo;llamar&iacute;amos a eso pol&iacute;tica&rdquo;. Jeanne y Paul, en cambio, persisten en una especie de revoluci&oacute;n insostenible, algo que claramente nunca puede volverse lo ordinario de la vida, pero que quiz&aacute;s sea la &uacute;nica forma en que efectivamente se puede corroer al matrimonio burgu&eacute;s sin en realidad estar haciendo solo un teatro de la corrosi&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el mismo cap&iacute;tulo, Berlant analiza el sexo y la incomodidad que inherentemente trae como una parte importante de la circulaci&oacute;n social, incluso del lazo social: el hecho de que el sexo de una &eacute;poca nos habla m&aacute;s de sus devenires pol&iacute;ticos (de sus devenires pol&iacute;ticos reales y no solamente de sus discursos pol&iacute;ticos, o de la politizaci&oacute;n de sus v&iacute;nculos) de lo que a veces nos tomamos el trabajo de pensar. Berlant destaca a la erotofobia (entendida a veces en un sentido literal, como miedo al sexo, y a veces en un sentido m&aacute;s laxo; no tener sexo, por miedo, entre otras cosas, pero probablemente no solo por eso) como un fen&oacute;meno de &eacute;poca, y me llam&oacute; la atenci&oacute;n porque yo tambi&eacute;n ven&iacute;a pensando en eso, en estas dos cosas. Por un lado, en la desexualizaci&oacute;n de una &eacute;poca en el que la gente tiene m&aacute;s ganas de comunicar sexo que de vivirlo (pasa con las adolescentes: chicas con las que hay que hablar de los peligros de andar compartiendo material er&oacute;tico online, pero que son v&iacute;rgenes); por otro lado, en lo que eso implica para el lazo social, sobre todo para el lazo heterosexual que est&aacute; m&aacute;s roto que nunca. Dije que no quer&iacute;a hablar de Milei, y un poco ment&iacute;; en la &uacute;nica encuesta p&uacute;blica de intenci&oacute;n de voto desagregada por sexo que entiendo que estuvo circulando (gentileza de <a href="https://twitter.com/fedetiberti/status/1692351230197084386?s=20" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Federico Tiberti</a>), me sorprendi&oacute;, o tal vez no tanto, la brecha de g&eacute;nero del voto a Milei: es el &uacute;nico candidato de las PASO en el que la diferencia entre votantes de varones y mujeres es as&iacute; de significativa (casi el doble, con un 26,1% de los varones declarando que lo votar&iacute;an, contra solamente un 14,8% de las mujeres; lo sepan o no, son votos de mujeres los que probablemente necesitan salir a buscar los militantes de La Libertad Avanza). Reitero, esto no es una causalidad, ni una explicaci&oacute;n: es menos que una pregunta, son anotaciones marginales alrededor de un libro que estoy traduciendo, pero hay algo, algo que tiene que ver con el feminismo pero no, desde mi humilde punto de vista, con la cultura <em>woke</em>; la ampl&iacute;sima mayor&iacute;a de las mujeres argentinas que no votaron a Milei no son ni <em>woke</em> ni feministas. Tiene que ver con ese desencuentro fundamental del incelismo, con eso que los gringos llaman &ldquo;la pandemia de la soledad masculina&rdquo;, con la repentina fama de hombres y mujeres que les ense&ntilde;an a personas heterosexuales (varones, pero tambi&eacute;n a mujeres) a buscar pareja, como si se nos hubiera roto el &oacute;rgano de hablar con el sexo opuesto, porque de hecho todo indica que se nos rompi&oacute;. Hoy quiz&aacute;s esa sea una esperanza num&eacute;rica, la incapacidad del mileismo de conseguir chicas. A la larga, pase lo que pase en octubre, creo que nos va a salir mal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>TT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/chicas_129_10454619.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 20 Aug 2023 03:01:13 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cómo conseguir chicas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Javier Milei,Tamara Tenenbaum,Marlon Brando,Ensayo general]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Polaroids de intimidad extraordinaria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/polaroids-intimidad-extraordinaria_129_10443610.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/415e21ec-694c-4ca1-820a-fb4437e144a6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Polaroids de intimidad extraordinaria"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La "Fábrica de jingles", creación de Pedro Rosemblat, Ivana Szerman y Marcos Aramburu en el canal de streaming Gelatina, vuelve a poner en agenda el humor político. Una reflexión sobre los componentes cognitivos y no cognitivos que los chistes ponen en circulación.</p></div><p class="article-text">
        De todos los textos relativos a la coyuntura electoral que circularon en el &uacute;ltimo mes (y, cr&eacute;anme, aunque no los produzca ni los rese&ntilde;e, yo consumo much&iacute;simos), el &uacute;nico que me cautiv&oacute; fue la <em>F&aacute;brica de jingles</em>. La <em>F&aacute;bricas de jingles</em> <a href="https://elpais.com/argentina/2023-08-12/la-fabrica-de-jingles-cuando-argentina-se-toma-con-humor-la-campana-presidencial.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">lleg&oacute; a el diario El Pa&iacute;s de Espa&ntilde;a</a>, as&iacute; que no creo que haya muchos lectores de mi columna que no la hayan visto pasar en Internet, pero por si hiciera falta contar de qu&eacute; se trata lo cuento: en el canal de streaming <em>Gelatina</em>, los conductores <strong>Pedro Rosemblat</strong>, <strong>Ivana Szerman</strong> y <strong>Marcos Aramburu</strong> invitaron a la audiencia a mandar jingles de campa&ntilde;a para cualquier candidato, en una secci&oacute;n que por supuesto tiene algo profundamente contempor&aacute;neo pero que a m&iacute; me hizo acordar m&aacute;s&nbsp;a algunas secciones de programas de radio de otra &eacute;poca en las que se le ped&iacute;a a la audiencia que aportara an&eacute;cdotas o chistes, y en las que era entonces la gracia de los oyentes (y no la de los conductores, que dan un elegante paso al costado) la que sosten&iacute;a el valor del segmento. Se suele suponer que el mundo del streaming es mucho m&aacute;s <em>interactivo </em>que el de la vieja radio; sin embargo, en mi experiencia limitada como consumidora de esta &eacute;poca de influencers y nombres propios en la que la gente ni sabe c&oacute;mo se llaman los programas, no es del todo com&uacute;n ese protagonismo de los p&uacute;blicos. 
    </p><p class="article-text">
        Supongo que la cosa podr&iacute;a haber salido mal, caso en el cual hubiera durado una o dos emisiones hasta ser reemplazado por alguna otra clase de contenido; podr&iacute;a haber sucedido que nadie mandara nada, o que nadie mandara nada gracioso, que la gente no se tomara en serio el juego y solamente llegaran audios mal grabados de personas muri&eacute;ndose de risa de sus propios chistes; podr&iacute;a haber pasado, tambi&eacute;n, que los env&iacute;os fueran dominados por c&aacute;nticos militantes con m&aacute;s devoci&oacute;n que ingenio. Por lo que sea, nada de eso ocurri&oacute;: en todas las emisiones hay al menos uno o dos jingles aut&eacute;nticamente buenos. Hay jingles para los candidatos de todo el arco pol&iacute;tico desde <strong>Myriam Bregman</strong> hasta <strong>Javier Milei</strong>, y en muchos casos es casi imposible discernir en qu&eacute; medida se hicieron con iron&iacute;a y en qu&eacute; medida con convicci&oacute;n. El programa y sus conductores tienen un posicionamiento pol&iacute;tico claro y conocido (Rosemblat lleg&oacute; incluso a presentar una candidatura luego dada de baja en el peronismo). Pero aunque jam&aacute;s lo ocultan ni lo ponen entre par&eacute;ntesis (de hecho, es parte de lo divertido la ligera incomodidad que a veces generan las canciones contra los candidatos que los conductores prefieren, y que ellos toleran con iguales dosis de liviandad y estoicismo), ese compromiso no interfiri&oacute; ni en la diversidad ni en la frescura de la f&aacute;brica de jingles, que al menos a m&iacute; me lleg&oacute; recomendada por amigos de las preferencias pol&iacute;ticas m&aacute;s dispares.
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s de que me result&oacute; sencillamente divertida, la <em>F&aacute;brica de jingles</em> me interes&oacute; como regreso del humor pol&iacute;tico, un tipo de discurso que en los a&ntilde;os de mi vida adulta, siento, hab&iacute;a retrocedido bastante. Me intrigan las condiciones de esta reaparici&oacute;n; si para volver a re&iacute;rse de las propias convicciones hay que estar muy bien, o al contrario, si hay que estar muy mal, si la capacidad de re&iacute;rse de lo importante es un s&iacute;ntoma de descreimiento o de sabidur&iacute;a, de apertura o de repliegue, o ninguna de todas. Tiendo a creer que la gente subestima y sobreestima al humor por igual: hay algo as&iacute; como un malentendido fundamental en relaci&oacute;n con la posibilidad y la necesidad de re&iacute;rse de las cosas importantes. De un lado est&aacute;n quienes creen que el humor tiene que tener l&iacute;mites, que hay cosas o momentos en los que no se puede hacer chistes, como si &ldquo;importante&rdquo; fuera sin&oacute;nimo de sagrado y la solemnidad fuera una condici&oacute;n necesaria del respeto. Pero, muchas veces, la defensa del humor contra estos l&iacute;mites suele tomar una forma igualmente equivocada, cuando se dice que es importante no tomarse en serio a una misma, saber que el humor es &ldquo;solo&rdquo; eso, &ldquo;solo&rdquo; un chiste. El problema de esa l&iacute;nea argumental es que no entiende que efectivamente los chistes son important&iacute;simos, que los componentes cognitivos y no cognitivos que los chistes ponen en circulaci&oacute;n son densos, que los chistes no son importantes porque sean una forma de restarle importancia a las cosas sino porque son otra forma de intimidad con las cosas.
    </p><p class="article-text">
        Esto &uacute;ltimo lo pens&eacute; porque estoy traduciendo <em>On the Inconvenience of Other People</em> (&ldquo;sobre la inconveniencia de otras personas&rdquo;, o &ldquo;sobre la inconveniencia de las dem&aacute;s personas&rdquo;, o &ldquo;sobre la inconveniencia del resto de la gente&rdquo;: todav&iacute;a no me decido), el &uacute;ltimo libro que lleg&oacute; a escribir la fil&oacute;sofa <strong>Lauren Berlant</strong>, publicado poco m&aacute;s de un a&ntilde;o despu&eacute;s de su fallecimiento, y justo en las &uacute;ltimas semanas llegu&eacute; a la parte en la que se dedica expl&iacute;citamente a esto, a la pol&iacute;tica emotiva de los chistes. Berlant se monta en el c&eacute;lebre an&aacute;lisis freudiano del mecanismo del chiste y la tradici&oacute;n que dicho an&aacute;lisis inaugura, pero a Berlant le interesa mucho m&aacute;s la dimensi&oacute;n vincular del chiste que la relaci&oacute;n del humor con la conciencia y el inconsciente. M&aacute;s que pensar en lo que el humor revela o des-reprime, entonces, Berlant subraya esa intimidad transitoria que los chistes (en sentido amplio: chistes, iron&iacute;as, cualquier par&eacute;ntesis ingenioso que se introduce en la conversaci&oacute;n, sea la cotidiana o la que se da entre un profesional y una audiencia) producen entre quienes lo hacen y quienes los entienden. 
    </p><p class="article-text">
        En espa&ntilde;ol tenemos la diferencia entre re&iacute;rse-de y re&iacute;rse-con; en ingl&eacute;s tambi&eacute;n existe esa diferencia, en la contraposici&oacute;n entre <em>laughing-at</em> y<em> laughing-with</em>, pero hay una frase m&aacute;s adecuada para el an&aacute;lisis de Berlant, a la que ella efectivamente le saca el jugo, que es la de <em>to be in on the joke</em>, algo as&iacute; como &ldquo;estar adentro del chiste&rdquo;. No todos los chistes se r&iacute;en expl&iacute;citamente de alguien, pero todos los chistes, piensa Berlant, crean un adentro y un afuera, y no solamente por qui&eacute;n sea el tema del chiste: muchas nos molestan chistes que no hablan de nosotros, pero de hecho crean un adentro en el que no nos reconocemos. Me parece un buen lenguaje para entender por qu&eacute; a veces un chiste &ldquo;pol&iacute;ticamente incorrecto&rdquo; s&iacute; funciona, aunque nos incomode (porque apela a un adentro en que nos reconocemos a nuestro pesar) y porque otras veces, tal vez la mayor&iacute;a, no funciona, porque en realidad es solamente un discurso de odio disfrazado&nbsp;de chiste que no logra organizar un mundo, ni siquiera un mundo horrible.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero quiz&aacute;s estoy hablando demasiado del afuera, y justamente, en realidad, lo que m&aacute;s le importa a Lauren Berlant, lo m&aacute;s atractivo de su an&aacute;lisis, es lo que sucede cuando s&iacute; estamos adentro del chiste, cuando el chiste s&iacute; logra funcionar y produce entonces una intimidad vol&aacute;til que no podr&iacute;amos ni querr&iacute;amos habitar para siempre, pero que nos cobija por un rato; igual, explica Lauren Berlant, que el buen sexo con alguien, una especie de burburja poderos&iacute;sima para habitar durante un instante m&aacute;s all&aacute; de lo que suceda <em>despu&eacute;s</em>. La dificultad fundamental del humor pol&iacute;tico, supongo, es que trabaja con un lenguaje que ya es el mismo constructor y destructor de mundos, un material que expl&iacute;citamente organiza inclusiones y exclusiones que se sostienen en el tiempo, m&aacute;s all&aacute; de la intimidad instant&aacute;nea del chiste. Para funcionar, el humor pol&iacute;tico necesita trabajar a la vez con lo blando y con lo s&oacute;lido, ser juguet&oacute;n sin escaparse de lo importante. Igual que el buen sexo: m&aacute;s que sorprendernos de que no pase m&aacute;s seguido deber&iacute;amos disfrutar lo excepcional y milagroso del encuentro.
    </p><p class="article-text">
        <em>TT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/polaroids-intimidad-extraordinaria_129_10443610.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 13 Aug 2023 03:01:48 +0000]]></pubDate>
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