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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Miles Davis]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/miles-davis/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Miles Davis]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Los 400 golpes (de un baterista)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/400-golpes-baterista_129_12789246.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6937244e-6384-4681-80b2-649efdd67ef1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los 400 golpes (de un baterista)"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Si sólo fuera por los 31 años con el trío de Keith Jarrett alcanzaría. Pero esa no fue la única historia del jazz en la que el baterista Jack DeJohnette fue protagonista. Bill Evans, Miles Davis, McCoy Tyner o Jackie Mclean y cantantes como Abbey Lincoln o Betty Carter contaron con él. Pero tampoco eso fue todo. Sesionista estrella de los sellos CTI y ECM, pianista notable y compositor genial, participó en muchos de los más grandes discos de por lo menos tres décadas. Murió el pasado 26 de octubre, a los 83 años, y su legado es extraordinario. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Entr&oacute; por primera vez a un estudio de grabaci&oacute;n hace sesenta a&ntilde;os, cuando ten&iacute;a 23. Hab&iacute;a comenzado su carrera profesional como pianista &ndash;tocaba ese instrumento desde los 4 a&ntilde;os&ndash; y solo ocasionalmente en el papel de baterista. Uno de sus primeros trabajos fue con el saxofonista <strong>Eddie Harris</strong>, en su Chicago natal. &ldquo;&Eacute;l me dijo que tocaba muy bien el piano pero que era un baterista nato, y eso me cambi&oacute; la vida&rdquo;, cont&oacute; a la revista <em>Down Beat</em> poco antes de morir, en una pausa entre las actuaciones en tr&iacute;o con el contrabajista <strong>Dave Holland</strong> y el pianista <strong>Jason Moran</strong>, su participaci&oacute;n como percusionista en vivo en una obra teatral de <strong>Sam Shepard</strong> y sus presentaciones con el bailar&iacute;n de tap <strong>Savion Glover</strong>. <strong>Jack De Johnette</strong> falleci&oacute; el pasado 26 de octubre. Alcanzar&iacute;a, para definir su legado, con los 31 a&ntilde;os como integrante del tr&iacute;o con <strong>Keith Jarrett</strong> y <strong>Gary Peacock</strong>. Pero, por supuesto, hubo mucho m&aacute;s. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con ese tr&iacute;o lleg&oacute; a Buenos Aires, por primera vez, en 1994. En esa ocasi&oacute;n dio una cl&iacute;nica y all&iacute; desliz&oacute; una frase, aparentemente casual: &ldquo;Creo que mi mayor talento fue poder escuchar&rdquo;. &nbsp;Y su exposici&oacute;n, amplia y brillantemente ejemplificada desde la bater&iacute;a, rond&oacute; una idea poderosa: &ldquo;No se trata de un instrumento sino de un conjunto de instrumentos&rdquo;. Algo que se complement&oacute; con su afirmaci&oacute;n acerca de la relaci&oacute;n entre sus dos instrumentos amados. &ldquo;La bater&iacute;a y el piano son, al fin y al cabo, dos instrumentos de percusi&oacute;n. Y no habr&iacute;a que olvidar lo que dijo <strong>Cecil Taylor</strong>: &lsquo;un piano son 88 instrumentos de percusi&oacute;n afinados&rsquo;&rdquo;. Ambas sentencias, en todo caso, se verifican en la complejidad y riqueza del lenguaje de DeJohnette. Un idioma en que la idea de que un instrumento es, a la vez, una posible orquesta, resulta central.
    </p><p class="article-text">
        En aquella primera sesi&oacute;n de grabaci&oacute;n, en julio de 1965, con el grupo del saxofonista <strong>Jackie Mclean</strong> y el trompetista <strong>Charles Tolliver</strong>, DeJohnette toc&oacute; en dos temas, que permanecieron in&eacute;ditos. Pero dos meses despu&eacute;s, tambi&eacute;n con McLean y Tolliver pero con el agregado de otra trompeta, <strong>Lee Morgan</strong>, esas dos piezas, &ldquo;Climax&rdquo; y &ldquo;On the Nile&rdquo; volvieron a registrarse, junto con otros tres temas, &ldquo;Soft Blue&rdquo;, &ldquo;Blue Fable&rdquo; y &ldquo;Jacknife&rdquo;, que le dio t&iacute;tulo a todo el disco, una de las gemas del sello Blue Note. La &uacute;ltima grabaci&oacute;n del baterista, entre las 526 registradas en el exhaustivo cat&aacute;logo de <strong>Tom Lord</strong> (The Jazz Discography Online) fue el a&ntilde;o pasado, con el tr&iacute;o del pianista <strong>Ivan Farmakovsky</strong> y el contrabajista <strong>Christian McBride</strong>. Entre uno y otro punto se despliega una carrera ejemplar, junto a varios de los m&uacute;sicos m&aacute;s importantes del g&eacute;nero &ndash;<strong>Miles Davis</strong>, <strong>Bill Evans</strong>, <strong>McCoy Tyner</strong>, <strong>Chick Corea</strong>, <strong>Charles Lloyd</strong>, entre muchos otros&ndash;, como l&iacute;der &ndash;con New Directions y con Special Edition&ndash;, en algunos de los mejores discos de las d&eacute;cadas de 1970 y 1980 y, desde ya, con Jarrett, cuya relaci&oacute;n comenz&oacute; en 1966, como integrantes del cuarteto de Lloyd (<a href="https://www.youtube.com/watch?v=j3wo-OtHMao" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">aqu&iacute;</a> se los puede ver y escuchar en vivo, DeJohnette y un deslumbrante Jarrett, ambos de 24 a&ntilde;os) y el primer &aacute;lbum donde aparecen juntos es <em>Dream Weaver</em>&ndash; y cuyo &uacute;ltimo registro en conjunto es el del concierto del 11 de julio de 2009 en Lucerna (recogido en el disco <em>Somewhere</em>).
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    </figure><p class="article-text">
        La trayectoria de DeJohnette como instrumentista tuvo que ver, por otra parte, con dos sellos en los que, a lo largo de los 70&nbsp;y los 80, fue algo as&iacute; como un baterista emblema, CTI y ECM. Y hubo, claro, dos cap&iacute;tulos aparte: Evans y Davis. Con el primero se destaca la grabaci&oacute;n de la actuaci&oacute;n en el festival de Montreux el 15 de junio de 1968 (con el contrabajista <strong>Eddie Gomez</strong>). Y, con Miles, <em>Bitches Brew</em>, un cl&aacute;sico de su (nueva) ruptura con los moldes del jazz del momento. 
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        <em>Forces of Nature</em>, con McCoy Tyner y <strong>Joe Henderson</strong> (1966), <em>Is</em>, con Chick Corea y <strong>Woody Shaw </strong>(1969), <em>Super Nova</em>, de <strong>Wayne Shorter</strong> (tambi&eacute;n del 69), el notable <em>Joe Farrell Quartet</em> (<strong>Joe Farrell</strong> en saxo, flauta y oboe, tambi&eacute;n con Corea que alterna su lugar con el guitarrista <strong>John McLaughlin</strong>) y <em>Straight Life</em>, de <strong>Freddie Hubbard</strong> (ambos de 1970), y el fundante <em>Ruta and Dailtya</em>, en d&uacute;o con Jarrett (1971)constituyen una buena muestra del momento en que el baterista cristaliza un leguaje propio, que lleva la vieja y buena polirritmia de <strong>Roy Haynes</strong> y <strong>Elvis Jones</strong>, a un nivel de refinamiento, limpieza t&eacute;cnica y precisi&oacute;n in&eacute;ditos en la historia del instrumento.
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        Entre los casi infinitos discos en que actu&oacute; con el sesionista estrella de ECM, todos ellos excelentes, no pueden dejar de considerarse <em>Gateway</em>, con <strong>John Abercrombie</strong> y <strong>Dave Holland</strong>, <em>Timeless</em>, con <strong>Jan Hammer</strong> y Abercrombie, <em>Cloud Dance</em>, con <strong>Col</strong> <strong>https://open.spotify.com/intl-es/album/6bI8mDUAPYawREmbySOc0Wlin Walcott</strong>, Holland y Abercrombie, <em>Batik</em>, con <strong>Ralph Towner</strong> y Eddie Gomez, el tr&iacute;o con el guitarrista <strong>Terje Rypdal</strong> y el contrabajista <strong>Miroslav Vitous</strong> y, con el trompetista <strong>Kenny Wheeler</strong>, <em>Deer Wan</em>, <em>Gnu High</em> y <em>Double, Double You</em>.
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    </figure><p class="article-text">
        El DeJohnette compositor, por otra parte, requiere una atenci&oacute;n particular, sobre todo el que se nuclea a partir de un disco llamado Special Edition y toma ese t&iacute;tulo como nombre de un grupo &ndash;o grupo de grupos&ndash; que, con distintas formaciones encarn&oacute; un mismo proyecto. Ese estilo, surgido de una improbable y original&iacute;sima amalgama entre improvisaci&oacute;n colectiva a la manera del jazz primitivo de Nueva Orleans y Chicago, free, desenfado y el rescate de la tradici&oacute;n de las big bands gener&oacute; una de las propuestas m&aacute;s personales y originales &ndash;e inmediatamente reconocible&ndash; de su &eacute;poca. El primero de esos discos, con dos de los mejores saxofonistas existentes, <strong>David Murray</strong> y <strong>Arthur Blythe</strong>, un creador genial que muri&oacute; muy joven, <em>Album Album</em>, que entendi&oacute; el esp&iacute;ritu festivo como una de las bellas artes, e <em>Inflation Blues</em>, donde DeJohnette se da el gusto de cantar un reggae, conforman una galer&iacute;a indispensable, agrupada junto con <em>Tin Can Alley</em> en una caja de 4 Cds, a la que deben agregarse los dos discos con el trompetista <strong>Lester Bowie</strong> y Abercrombie, <em>New Directions</em> y <em>New Directions in Europe</em>, un &aacute;lbum con un comienzo m&aacute;s que inusual: un extraordinario solo de bater&iacute;a de casi 5 minutos e imaginaci&oacute;n desbordante. 
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/400-golpes-baterista_129_12789246.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 Nov 2025 12:49:38 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Jack DeJohnette,Keith Jarrett,Miles Davis]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Danzas en espiral]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/danzas-espiral_129_12175121.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/dd29faa1-3df4-49b4-9545-39cfa338e74e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Danzas en espiral"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un cuarteto con quince años de historia mira a otro que hizo historia. Y, en un brillante juego entre figura y fondo, Belonging, el primer disco del cuarteto europeo de Keith Jarrett, a 51 años de su grabación, reencarna en el grupo de Branford Marsalis. Novedades y rescates en la red, entre las redes.

</p></div><p class="article-text">
        El jazz es un lenguaje hecho de citas y relecturas. Ya desde sus comienzos, en que la materia prima tanto pod&iacute;a venir del canto en las iglesias como de las piezas de sal&oacute;n o de una marcha, siempre se trat&oacute; del <em>c&oacute;mo</em> m&aacute;s que del qu&eacute;. La misma pieza pod&iacute;a tratarse o no de jazz dependiendo de c&oacute;mo se la tocara. Y, aunque las reglas del g&eacute;nero sean hoy muy distintas de las que reg&iacute;an el estilo de <strong>King Oliver</strong> o de los primeros grupos de <strong>Fletcher Henderson</strong> o <strong>Louis Armstrong</strong>, todav&iacute;a, a un siglo de aquellos primeros pasos, algo es jazz cuando se lo toca como jazz. Y al jazz se lo toca, b&aacute;sicamente, dialogando con el jazz. 
    </p><p class="article-text">
        Cada solo es, voluntariamente o no, un comentario a los solos anteriores que el m&uacute;sico ya ha tocado y, tambi&eacute;n, a la historia de los solos que otros han hecho sobre ese tema. Todo aquel que interprete &ldquo;Body and Soul&rdquo; estar&aacute; abrevando en, o bordeando a, la grabaci&oacute;n de <strong>Coleman Hawkins</strong> en 1939 (que a su vez refer&iacute;a a la de <strong>Chu Berry</strong>, de un a&ntilde;o antes, y la de <strong>Henry Red Allen</strong> en 1936). 
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    </figure><p class="article-text">
        En el jazz todo es, de alguna manera, un homenaje y, adem&aacute;s, los homenajes expl&iacute;citos &ndash;a <strong>Ellington</strong>, a <strong>Miles</strong>, a <strong>Bill Evans</strong> o a <strong>Coltrane</strong>&ndash; son frecuentes. Y, desde ya, a diferencia de los <em>covers</em> de otros g&eacute;neros, los homenajes consistir&aacute;n casi siempre en alejarse todo lo posible del objeto homenajeado, aunque &ndash;y ese es el secreto&ndash; rescatando aquel esp&iacute;ritu en su acepci&oacute;n m&aacute;s literal: lo esquivo, lo inmaterial, lo inasible. 
    </p><p class="article-text">
        Hace dos d&iacute;as, las plataformas publicaron uno de estos homenajes. Un cuarteto de int&eacute;rpretes extraordinarios &ndash;el saxofonista <strong>Branford Marsalis</strong>, el pianista <strong>Joey Calderazzo</strong>, el contrabajista <strong>Eric Revis</strong> y el baterista <strong>Justin Faulkner</strong>&ndash; toma como objeto otro cuarteto virtuoso, exactamente con la misma conformaci&oacute;n instrumental, y no ya un tema sino un disco completo y con sus piezas exactamente en el mismo orden. El &aacute;lbum original se grab&oacute; hace 51 a&ntilde;os, en dos sesiones, el 24 y el 25 de abril de 1974. All&iacute; tocaban <strong>Jan Garbarek</strong> en saxo tenor y soprano, <strong>Keith Jarrett</strong> en piano, <strong>Palle Danielsson</strong> en contrabajo y <strong>Jon Christensen</strong> en bater&iacute;a. Aquel disco fue el primero de lo que se conoci&oacute; como el <em>Cuarteto europeo</em> de Jarrett, para diferenciarlo del <em>americano</em>, que conformaba, en esos mismos a&ntilde;os, con el contrabajista <strong>Charlie Haden</strong>, el saxofonista <strong>Dewey Redman</strong> (dos ex integrantes del grupo de <strong>Ornette Coleman</strong>) y el baterista <strong>Paul Motian</strong> (que hab&iacute;a integrado el tr&iacute;o de Bill Evans). Fue inmensamente influyente y se llamaba <em>Belonging</em>. El de Marsalis se llama de la misma manera y, por supuesto, no podr&iacute;a ser m&aacute;s diferente y, obviamente, m&aacute;s fiel a su alma evanescente (una palabra que en el jazz tiene, forzosamente, varios significados).
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        El primer m&eacute;rito que salta a la vista es el rescate de uno de los aspectos m&aacute;s importantes &ndash;y m&aacute;s olvidados, incluso por &eacute;l mismo&ndash; de la carrera de Jarrett: su faceta como compositor. De hecho, en la d&eacute;cada de 1970 fue uno de los autores m&aacute;s prol&iacute;ficos y originales (e imitados) del jazz. En una l&iacute;nea de raigambre ornettiana, sus temas eran siempre asim&eacute;tricos e imprevisibles, con respuestas que exced&iacute;an ampliamente la medida de las preguntas. Suerte de danza en espiral, como se titula el primer tema del disco, con retornos nunca literales y recorridos que cambian a medida que son trazados. 
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    </figure><p class="article-text">
        A diferencia de lo que suced&iacute;a con Miles, no se trataba de meros riffs para dar pie a las improvisaciones del caso sino de verdaderas obras complejas. Y las hab&iacute;a en cantidades. Todos los discos de Jarrett para los sellos Atlantic e Impulse estaban llenos de temas compuestos por &eacute;l. Y &eacute;l, simplemente, un d&iacute;a dej&oacute; de hacerlo. O, mejor dicho, se especializ&oacute;, por un lado, en la composici&oacute;n instant&aacute;nea de sus largas improvisaciones solo al piano, sin mapa y sin red de seguridad, y, por otro, en componer en los bordes, o en el interior, de los standards, los temas cl&aacute;sicos del jazz. 
    </p><p class="article-text">
        Las elipsis, en esos casos, se hac&iacute;an a&uacute;n m&aacute;s el&iacute;pticas. A veces, el tema era tomado para llevarlo a su explosi&oacute;n en mil pedazos; en ocasiones no se trataba de un punto de partida sino de una posible llegada. Podr&iacute;a pensarse que Jarrett, un seguidor del sufismo y, en particular, de las ense&ntilde;anzas de <strong>Gurdjeff</strong>, se auto impon&iacute;a esa restricci&oacute;n como trabajo espiritual de superaci&oacute;n. &Eacute;l, el compositor, se obligaba a no componer m&aacute;s que a partir de las obras de otros. Pero, al fin y al cabo, de eso se trata el jazz. Y Branford Marsalis, con su cuarteto ejemplar, vuelve a hacerlo pero, parad&oacute;jicamente, tomando como <em>standards</em> las composiciones de Jarrett, aquello que &eacute;l dej&oacute; de lado para dedicarse a los <em>standards</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El estilo de Jarrett como compositor contradec&iacute;a con frecuencia, por otra parte, la identificaci&oacute;n f&aacute;cil con el lado m&aacute;s intelectual y reflexivo del jazz. Eso estaba, desde ya &ndash;aun trat&aacute;ndose de un pianista siempre al borde de la efervescencia&ndash; pero no era lo &uacute;nico que hab&iacute;a. All&iacute; aparec&iacute;an, con naturalidad, frases cercanas al rhythm &amp; blues, pinceladas pop, inflexiones latinas y hasta alguna reminiscencia de calypso. Y <em>Belonging</em>, con el groove de &ldquo;The Windup&rdquo;, el lirismo de &ldquo;Blossom&rdquo;, &ldquo;Belonging&rdquo; o &ldquo;Solstice&rdquo;, el soul &ndash;casi gospel&ndash; de la base de &ldquo;Long as you Know You&rsquo;re Living Yours&rdquo;, contrastando, nuevamente, con la espiral de la melod&iacute;a principal, es un muestrario exquisito de ese talento creador y, al mismo tiempo, como lo demuestra el cuarteto de Marsalis, un desaf&iacute;o apasionante.
    </p><p class="article-text">
        A primera vista, las genealog&iacute;as de Branford Marsalis, de Jarrett y, claro, de Garbarek &ndash;aquel con el que se confronta de manera directa&ndash; son bien distintas. No obstante, tanto el primero como el segundo pasaron, en sus comienzos, por los Jazz Messengers de <strong>Art Blakey</strong> y ambos fueron parte fugaz de grupos de Miles Davis.
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    </figure><p class="article-text">
        En cuanto al saxofonista noruego, si la t&eacute;cnica impecable lo une con el estadounidense, todo en el sonido los separa. Donde Garbarek practica una luminosidad incandescente y hasta encandilante, Marsalis habita, si se disculpa el ox&iacute;moron, una brillante oscuridad. Si, para ambos, Coltrane es una figura tutelar, a Marsalis le llega a trav&eacute;s del filtro de <strong>Wayne Shorter</strong> y a Garbarek pasado por la lente (tambi&eacute;n espiralada) del <strong>Gato Barbieri</strong>. Jarrett, por otra parte, no hab&iacute;a estado ausente de los homenajes de Marsalis a una tradici&oacute;n con la que siempre se mostr&oacute; reverente aunque jam&aacute;s sumiso, como lo demostr&oacute; en sus revisitas a la &ldquo;Freedom Suite&rdquo; de <strong>Sonny Rollins</strong> y &ldquo;A Love Supreme&rdquo; de Coltrane en su disco <em>Footsteps of Our Fathers</em>, de 2002. 
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    </figure><p class="article-text">
        &ldquo;The Windup&rdquo;, esa extra&ntilde;a danza en espiral que aqu&iacute; se despliega&nbsp;en un virtuosismo colectivo e individual &ndash;el trabajo del joven baterista, que estuvo en Buenos Aires en las dos &uacute;ltimas visitas de Marsalis a Buenos Aires, en 2015 y, con este mismo cuarteto, en 2018, ya hab&iacute;a aparecido en el &aacute;lbum <em>The Secret Between The Shadow And The Soul</em>, registrado en 2017, tambi&eacute;n con este grupo y en vivo en Australia. &ldquo;The Windup&rdquo;, eventualmente, tiene una peque&ntilde;a historia propia y es, tal vez, el tema de Jarrett que m&aacute;s ha sido tocado por otros.
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    </figure><p class="article-text">
        Pero hay algo m&aacute;s que une los mundos est&eacute;ticos de Jarrett y Branford Marsalis: el culto a las largas sociedades musicales y la creaci&oacute;n de grupos que trascienden ampliamente el mero rejunte de celebridades. Los cuartetos europeo y americano de Jarrett, al igual que su tr&iacute;o con <strong>Gary Peacock</strong> y <strong>Jack DeJohnette</strong> &ndash;o incidentalmente Paul Motian&ndash; hicieron historia. Menos notorios, pero no menos trascendentes, son los equipos que Marsalis fue uniendo y sosteniendo a lo largo de m&aacute;s de cuatro d&eacute;cadas de carrera, en la que no deber&iacute;an olvidarse ni su quinteto junto al hermano Wynton ni su participaci&oacute;n en el grupo de <strong>Sting</strong>. Con Joey Calderazzo grab&oacute; por primera vez en 1990, en un &aacute;lbum a nombre del pianista (<em>In The Door</em>) y, en 1999, ya aparec&iacute;an &eacute;l y Eric Revis como miembros de su cuarteto. En ese entonces el baterista era <strong>Jeff Tain Watts</strong> y la aparici&oacute;n de Justin Faulkner, en ese entonces de 18 a&ntilde;os, se remonta a 2009 (el primer disco grabado por este cuarteto fue <em>Four MFs Playin' Tunes</em>, de 2011). Belonging es una mirada al pasado, del jazz y del propio grupo de Marsalis &ndash;m&aacute;s de quince a&ntilde;os tocando juntos se notan&ndash; pero el centro es la mirada y no el pasado. En alg&uacute;n sentido, la operaci&oacute;n del cuarteto se asemeja a la del propio Jarrett cuando se focaliz&oacute; &ndash;obsesivamente&ndash; en los standards. Una cuesti&oacute;n de figura y fondo: fijar el segundo para resaltar el primero. Mirar la historia para construir una historia nueva.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/danzas-espiral_129_12175121.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 29 Mar 2025 11:58:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Danzas en espiral]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ying + Yang = Jazz]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/ying-yang-jazz_129_12075693.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5f65b905-1bc9-44fb-a68f-731924df96e6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ying + Yang = Jazz"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Dos reediciones recientes ponen en escena el extraño arte de Gerry Mulligan, un músico inconfundible que se especializó en juntarse con sus contrarios y lograr amalgamas perfectas.</p></div><p class="article-text">
        Nada parec&iacute;a unir al pianista que llevaba la palabra Esfera como segundo nombre &ndash;y un primero, Thelonious, no menos raro&ndash; con el &uacute;nico saxofonista capaz de improvisar contrapuntos elaborados, de pensar como orquestador mientras tocaba y, de paso, convertir en solista al m&aacute;s ingrato de los saxos, el gigantesco bar&iacute;tono. Ambos, <strong>Thelonious Sphere Monk</strong> y <strong>Gerry Mulligan</strong>, fundaron la modernidad del jazz, pero ambos lo hicieron de maneras aparentemente antag&oacute;nicas. Uno desde la rugosidad, la aspereza, el choque, las rupturas; el otro desde la elegancia extrema, la fluidez en la frase, el timbre aterciopelado. 
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        Sin embargo, se parec&iacute;an. En los dos emerg&iacute;a el di&aacute;logo entre pasado y presente. Esa mano izquierda de Monk que remit&iacute;a al <em>stride</em> de los pianistas fundadores, <strong>James P. Johnson</strong>, <strong>Earl Hines, Fats Waller</strong>. Ese esp&iacute;ritu <em>&agrave; la</em> New Orleans, ese placer por la coexistencia de varias l&iacute;neas mel&oacute;dicas simult&aacute;neas, por parte del saxofonista. Y, sobre todo, un uso absolutamente libre de las disonancias, pensadas siempre como color o como efecto de acentuaci&oacute;n m&aacute;s que como recurso para moverse de unos acordes &ndash;y de unas tensiones&ndash; a otros. En 1957 tocaron juntos. El disco se llam&oacute; <em>Mulligan Meets Monk</em>. El pianista hab&iacute;a incluido en sus grupos a varios grandes saxofonistas: <strong>Sahib Shihab</strong>, <strong>Lou Donaldson</strong>, <strong>Sonny Rollins</strong>, <strong>Frank Foster</strong>, y a principio de ese mismo a&ntilde;o, <strong>John Coltrane</strong>.&nbsp;Y, con todos ellos, m&aacute;s all&aacute; de momentos musicalmente extraordinarios, hab&iacute;a siempre una especie de desacomodo. Todo sonaba bien, pero lo fragmentario de Monk, sus acentuaciones, no aparec&iacute;an en los solos de sus compa&ntilde;eros. Podr&iacute;a decirse que Mulligan, llegando desde otro lado, fue el primero que pudo integrar su estilo en el del pianista. Que encontr&oacute; una nueva cosa que, sin embargo, los inclu&iacute;a a ambos.
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        Ese no fue el &uacute;nico caso. El otro, donde las contradicciones eran menos evidentes, tuvo que ver con una de las alianzas musicales m&aacute;s importantes de la historia del jazz, la de Mulligan con el trompetista <strong>Chet Baker</strong>. El propio saxofonista lo puso en palabras: &ldquo;Cuando toqu&eacute; con &eacute;l sent&iacute; una conexi&oacute;n de una naturaleza que no hab&iacute;a sentido nunca antes y que sent&iacute; muy pocas veces despu&eacute;s&rdquo;. Ese encuentro, que hab&iacute;a sucedido cinco a&ntilde;os antes, fue tan milagroso como improbable (de eso se tratan los milagros, al fin y al cabo). Uno era neoyorquino, hab&iacute;a estudiado piano y clarinete, tocaba todos los saxos, aunque se especializ&oacute; en el bar&iacute;tono, y ya a los 19 a&ntilde;os era un orquestador de importancia (con <strong>Gene Krupa</strong> y con <strong>Clade Thornhill</strong>). El otro hab&iacute;a nacido en Oklahoma, era casi autodidacta y, seg&uacute;n sus detractores (<strong>Miles Davis</strong> entre ellos) no ten&iacute;a otras virtudes que ser blanco y bonito. Baker se sum&oacute; al grupo con el que Mulligan ven&iacute;a tocando en The Haig, un peque&ntilde;o club de Wilshire Boulevard, en Los Angeles, en 1952, muy poco despu&eacute;s de su debut con la orquesta de <strong>Vido Musso</strong>. Y el grupo &shy;&ndash;un experimento; un cuarteto sin piano (o con el piano como instrumento muy ocasional, tocado por el propio Mulligan)&ndash;, cre&oacute; instant&aacute;neamente una est&eacute;tica y un modelo para el futuro. Adem&aacute;s de varias versiones admirables que quedaron para siempre como referencia obligada. 
    </p><p class="article-text">
        En la &uacute;ltima semana, acaban de publicarse dos reediciones notables, ambas con una restauraci&oacute;n sonora ejemplar. Una, la de <em>Mulligan Meets Monk</em>, fue realizada por el sello Craft, que tamb&eacute;n por estos d&iacute;as ha restaurado <em>The Lamb Lies Down On Broadway de Genesis</em> (en Spotify se encuentra, por ahora, una sola pista) y <em>Celia &amp; Johnny</em>, de <strong>Celia Cruz</strong> con <strong>Johnny Pacheco</strong>.
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        La otra, que agrupa todas las grabaciones conjuntas de Mulligan y Baker en la d&eacute;cada de 1950 &ndash;<em>The Complete Gerry Mulligan Quartet with Chet Baker 1952.1957</em>&ndash;, incluyendo las registradas en vivo, las del breve Tentete (&iquest;ser&aacute; decaeto su traducci&oacute;n correcta?), las que suman a <strong>Lee Konitz</strong> en saxo alto y aquellas con la cantante <strong>Annie Ross</strong> (la misma del c&eacute;lebre grupo vocal <strong>Lambert, Hendricks &amp; Ross</strong>), se trata de una colecci&oacute;n de cinco discos curada y trabajada sonoramente con obsesiva meticulosidad por una editora argentina, Lantower, y lleva la marca SVR Sound (las iniciales de Sarfati Vila Restored Sound, el t&aacute;ndem virtuoso conformado por <strong>Roberto Sarfati</strong> y <strong>Diego Vila</strong>). 
    </p><p class="article-text">
        Mucho de ese material se consegu&iacute;a con anterioridad &ndash;no todo en las plataformas de streaming&ndash; pero nunca junto, ordenado con criterio, con informaciones precisas (toda una rareza para Spotify: en este caso la leyenda de cada pista incluye las fechas de grabaci&oacute;n de cada una de ellas) y, sobre todo, con una nitidez sonora, una claridad de planos y un detalle que las tomas originales, en muchos casos, como las realizadas en el club The Haig, sumamente precarias, hac&iacute;an parecer imposibles. Aqu&iacute; se hacen presentes las escobillas y el golpe de los palos contra los parches de la bater&iacute;a, las l&iacute;neas del contrabajo e, incluso, los tarareos de <strong>The Click Clock</strong>, un peque&ntilde;o coro que canta casi para s&iacute; &ndash;es posible que en las actuaciones de The Haig no tuviera micr&oacute;fono&ndash; y que en otras ediciones resulta inaudible (aqu&iacute; se lo oye con claridad en todos los registros del 20 de mayo de 1953, incluyendo las hist&oacute;ricas versiones de &ldquo;Darn That Dream&rdquo; y de lo que ser&iacute;a para siempre un cl&aacute;sico: &ldquo;My Funny Valentine&rdquo;.
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    </figure><p class="article-text">
        El material aqu&iacute; reunido abarca todos los registros realizados por el cuarteto que, entre 1952 y 1953 grab&oacute; regularmente para los sellos Pacific y Fantasy. En 1953, tocaron en The Haig con el agregado de Konitz en saxo alto y Baker integr&oacute;, tambi&eacute;n, el tentet creado por Mulligan (del que formaban parte otros grandes m&uacute;sicos, como el trompetista <strong>Pete Candoli</strong> y el saxofonista <strong>Bud Shank</strong>. Despu&eacute;s, Mulligan fue preso por una cuesti&oacute;n de drogas (y algunos dicen que por culpa de Baker) y el trompetista comenz&oacute; a hacerse famoso y a ser el centro de una especie de locura colectiva &ndash;lo que enfureci&oacute; a&uacute;n m&aacute;s a Miles Davis&ndash;. Y ya nada volvi&oacute; a ser como antes, aunque tocaron nuevamente juntos en 1957 y, ese mismo a&ntilde;o grabaron con la cantante Annie Ross. 
    </p><p class="article-text">
        Salvo por una reuni&oacute;n en el Carnegie Hall, en noviembre de 1974 &ndash;con un debutante <strong>John Scofield </strong>en la guitarra el&eacute;ctrica&ndash;, ese conjunto de registros de la d&eacute;cada de 1950 es todo lo que qued&oacute; grabado de ellos tocando juntos y esta es la mejor edici&oacute;n posible. Se trata de un cuerpo de una homogeneidad deslumbrante. No hay all&iacute; notas que sobren. Y el juego y la interrelaci&oacute;n entre ambos solistas es una fuente permanente de sorpresas &ndash;y de placer&ndash;. Se trata, ni m&aacute;s ni menos, que de la quintaesencia de lo que el mundo identifica como <em>cool jazz</em>. Y, como se escucha con claridad, &ldquo;cool&rdquo;, para el jazz, significa fino, arreglado, preciso, elegante, pero jam&aacute;s &ldquo;fr&iacute;o&rdquo;.
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    </figure><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog &ldquo;El sonido de los sue&ntilde;os&rdquo;: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/ying-yang-jazz_129_12075693.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 Feb 2025 11:41:41 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ying + Yang = Jazz]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Thelonious Monk,Gerry Mulligan,Chet Baker,Miles Davis]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Paralelo a Harlem]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/paralelo-harlem_129_10932492.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/17c46025-8bd3-4304-9063-44a0208508b2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Paralelo a Harlem"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hace cien años dirigió su primera orquesta y grabó sus primeros dos temas. Hace cincuenta, Duke Ellington murió. Atravesó la historia del jazz. Siempre fue moderno, influyó a todos pero ninguna de las revoluciones del género lo influyó a él. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        La historia no son los hechos. La historia es la manera de seleccionarlos, organizarlos, relacionarlos y contarlos. Hay, por supuesto, muchas historias posibles a partir de la historia. Una de ellas, peque&ntilde;a, personal, versa sobre un joven m&uacute;sico de 23 a&ntilde;os, pintor de carteles publicitarios, que ofrec&iacute;a a sus clientes shows musicales para amenizar las inauguraciones y eventos que publicitaba. Esa historia &nbsp;se refiere a un primer trabajo musical verdaderamente profesional, en Atlantic City y en 1923, a un contrato posterior en el Hollywood Club de Broadway &ndash;que despu&eacute;s de un incendio reabri&oacute; como Kentucky Club&ndash; y a un grupo de siete integrantes que se presentaba al principio como <strong>Elmer Snowden </strong>y su <strong>Black Sox Orchestra</strong> y luego como <strong>The Washingtonians</strong>. 
    </p><p class="article-text">
        Esa historia cuenta c&oacute;mo, a partir de la partida de Snowden a comienzos de 1924, la orquesta &shy;&ndash;ya un sexteto&ndash; pas&oacute; a tener como director musical a ese joven m&uacute;sico llamado <strong>Edward Kennedy Ellington </strong>y conocido m&aacute;s adelante como <strong>Duke</strong>. Pero no puede ser comprendida del todo sin otra historia: la del jazz y la de un mercado &ndash;y una &eacute;poca&ndash; que entendieron la modernidad como valor.
    </p><p class="article-text">
        Recientemente, a ra&iacute;z del centenario del estreno de <em>Rhapsody in Blue</em> de <strong>George Gershwin </strong>en un concierto denominado &ldquo;Un experimento en m&uacute;sica moderna&rdquo; &ndash;del que <strong>elDiarioAR </strong>dio cuenta en <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/rapsodia-ciudad_129_10891982.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">este art&iacute;culo</a>&ndash; y de una nota escrita por el pianista <strong>Ethan Iverson</strong> &ndash;solista notable e integrante del grupo <strong>The Bad Plus</strong>&ndash; y publicada en <em>The New York Times</em>, se gener&oacute; una pol&eacute;mica en la que el compositor de aquella pieza fundante &ndash;que de ninguna manera era jazz ni pretend&iacute;a serlo&ndash; era acusado de &ldquo;apropiaci&oacute;n cultural&rdquo; &ndash;ya ha habido conatos de cancelaci&oacute;n para su <em>Porgy and Bess</em>&ndash;. En el extremo opuesto, el de lo culturalmente correcto y aut&eacute;nticamente afronorteamericano, se colocaba a Ellington, que ese mismo a&ntilde;o hac&iacute;a su aparici&oacute;n como l&iacute;der de una banda &ndash;a la que siempre llam&oacute; orquesta&ndash; y grababa con ella el primer disco de su carrera, con los temas &ldquo;Choo Choo (Gotta Hurry Home)&rdquo; y &ldquo;Rainy Nights&rdquo;. 
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        Lo notable es que en esos dos temas ya aparecen varios de los rasgos que hicieron a Ellington un caso &uacute;nico: el concepto de la orquesta como un todo, la utilizaci&oacute;n de efectos sonoros y timbres inusuales, a partir de sordinas, la preferencia por los instrumentos graves &ndash;o los registros m&aacute;s graves de cada instrumento&ndash; como voces cantantes, la aparici&oacute;n de contracantos sumamente elaborados y, en particular en &ldquo;Rainy Nights&rdquo;, m&aacute;s all&aacute; de la alusi&oacute;n del t&iacute;tulo a lo brumoso &ndash;tan t&iacute;picamente ellingtoniana&ndash;, la sucesi&oacute;n de solos con un acompa&ntilde;amiento adelgazado al l&iacute;mite y muy lejos de la intrincada red de preguntas, respuestas y comentarios usuales en el jazz de la &eacute;poca (la orquesta estaba integrada por Miley en trompeta, <strong>Charlie Irvis </strong>en tromb&oacute;n, <strong>Otto Hardwick </strong>en saxo, Ellington en piano, <strong>George Francis</strong> en banjo y <strong>Sonny Greer</strong> en bater&iacute;a. De manera notable, las mismas caracter&iacute;sticas pueden escucharse en la versi&oacute;n que grab&oacute; Ellington mucho despu&eacute;s, en diciembre de 1962, de la hoy acusada <em>Rhapsody in Blue</em>. Una versi&oacute;n, esta vez s&iacute;, jazz&iacute;stica, en la que <strong>Billy Strayhorn </strong>recompone la obra y se destaca el fant&aacute;stico saxo tenor de <strong>Paul Gonsalves</strong>. En todo caso, otro de los rasgos esenciales del estilo de Ellington, su uso de formas ampliadas, con la estructura de una suite o, s&iacute;, una rapsodia, tienen a Gershwin como fuente evidente. Eventualmente, la cultura nunca es lineal y las apropiaciones, como ya hab&iacute;a sucedido con la manera en que los afronorteamericanos abrevaron en (y ridiculizaron a) los minstrels en que los blancos se burlaban de ellos, corr&iacute;an en m&aacute;s de un sentido.
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    </figure><p class="article-text">
        Hubo, en los finales de 1924, algunos otros registros de Ellington solo o con algunos integrantes de la orquesta, acompa&ntilde;ando a cantantes como <strong>Alberta Prime</strong> y <strong>Jo Trent</strong>. Lo importante es que la historia del Duque, una de las m&aacute;s at&iacute;picas y &ndash;&shy;tal vez por eso&ndash; m&aacute;s cl&aacute;sicas historias del jazz, hab&iacute;a comenzado. En esas primeras grabaciones, con grupos como los Washingtonians o su orquesta del Kentucky Club y junto a m&uacute;sicos como el trompetista <strong>Bubber Miley</strong>, coautor expl&iacute;cito o impl&iacute;cito no solo de muchas de las nuevas piezas del repertorio sino del <em>color</em> de la orquesta en ese entonces, aparece un estilo que, independientemente de su evoluci&oacute;n estuvo presente a lo largo de medio siglo. 
    </p><p class="article-text">
        Se trataba de aspectos que no s&oacute;lo no eran corrientes &ndash;ni siquiera imaginables&ndash; a mediados de la d&eacute;cada de 1920 sino que, si despu&eacute;s fueron incorporados al universo del jazz fue precisamente por m&eacute;rito de Ellington. El primero de ellos, la idea de la orquesta como una unidad construida a partir de peculiaridades. Si la orquesta de <strong>Fletcher Henderson</strong>, en los mismos a&ntilde;os, se conform&oacute; siempre como grupos de grandes solistas, la de Ellington, en cambio, se estructur&oacute; alrededor de &ldquo;rarezas&rdquo;: el trompetista que mejor manejaba la sordina <em>wah-wah</em>, el saxofonista alto que mejor realizaba los <em>glissandi</em>, el saxofonista bar&iacute;tono que mejor &ldquo;cantaba&rdquo; con su instrumento. El sonido colectivo de la orquesta de Ellington siempre fue claramente distinto de cualquier otro y estaba basado, adem&aacute;s de en los rasgos de la escritura, en esas particularidades individuales que, por otra parte, eran aprovechadas en la manera de concebir la orquestaci&oacute;n. A diferencia de Henderson &ndash;o luego Goodman, para quien Henderson fue orquestador, o <strong>Artie Shaw</strong>&ndash;, Ellington no se dejaba tentar por los solistas m&aacute;s deslumbrantes sino por los m&aacute;s claramente distinguibles en sus particularidades.
    </p><p class="article-text">
        Y, adem&aacute;s, el <em>sonido Ellington</em>, era el producto de colores caracter&iacute;sticos, logrados con combinaciones sumanente novedosas de los timbres de la orquesta. Mientras di clase en la carrera de Jazz en el Conservatorio Manuel de Falla, a&ntilde;o tras a&ntilde;o desafi&eacute; a mis alumnos a descubrir qu&eacute; instrumentos sonaban en la presentaci&oacute;n del tema, en la grabaci&oacute;n de 1930 de &ldquo;Mood Indigo&rdquo;, un tema que ser&iacute;a rele&iacute;do innumerables veces, a veces desarrollando esa orquestaci&oacute;n primigenia, y a veces como simple veh&iacute;culo para la sucesi&oacute;n de solos sobre un esquema arm&oacute;nico de blues. El desaf&iacute;o fue siempre infructuoso. Y es que la idea de Ellington, imposible de imaginar en 1930, todav&iacute;a es asombrosa. All&iacute; el clarinete, habitualmente encargado de la voz solista, hace un contracanto por debajo del tromb&oacute;n con sordina, que, en su registro m&aacute;s agudo, es el que lleva la parte protag&oacute;nica, con la trompeta, tambi&eacute;n con sordina, completando los acordes en el centro del entramado.&nbsp;
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    </figure><p class="article-text">
        Entre los m&uacute;sicos de Ellington y su director, por otra parte, se estableci&oacute; una especie de relaci&oacute;n simbi&oacute;tica sumamente inusual en el mundo del jazz. Adem&aacute;s de la fidelidad de algunos de estos m&uacute;sicos, que llegaron a estar m&aacute;s de cuatro d&eacute;cadas en el mismo grupo, el estilo de muchos de ellos fue siempre un &ldquo;estilo Ellington&rdquo;, aun cuando tocaran con otros grupos e incluso fueran sus l&iacute;deres. <strong>Johnny Hodges</strong>, <strong>Harry Carney</strong>, Miley, <strong>Cootie Williams</strong>, <strong>Cat Anderson</strong>, <strong>Barney Bigard</strong>, <strong>Jimmy Hamilton</strong>, Gonsalves, funcionaron la mayor&iacute;a de las veces como prolongaciones del lenguaje ellingtoniano. Esa simbiosis alcanz&oacute;, por otra parte, a los orquestadores y compositores que trabajaron con Ellington. &ldquo;Caravan&rdquo;, de <strong>Juan Tizol</strong>, grabado por primera vez en 1936 por una orquesta sos&iacute;as de la de Ellington, los <strong>Jazzopaters</strong> de <strong>Barney Bigard</strong>, es inseparable de Duke como lo son las orquestaciones y composiciones de <strong>Mary Lou Wiliams</strong> en la d&eacute;cada de 1940 (por ejemplo la notable &ldquo;Trumpets no End&rdquo;, una especie de reescritura de &ldquo;Blue Skies&rdquo; donde la melod&iacute;a est&aacute; totalmente oculta, que Ellington toc&oacute; en su concierto en el Carnegie Hall en 1947). Y, sobre todo, como los temas y arreglos &ndash;e incluso la manera de tocar el piano&ndash; de <strong>Billy Strayhorn</strong>, el m&aacute;s perfecto <em>doble</em> de Ellington que pueda imaginarse. 
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        Ellington, por otra parte, siempre congeni&oacute; el modernismo con &nbsp;su condici&oacute;n de entretenedor, o, mejor, con las reglas del mercado musical estadounidense, a las que tens&oacute; con elegancia ducal. El af&aacute;n de exotismo de su primer p&uacute;blico &ndash;blancos que se fascinaban con ese nuevo arte negro llamado jazz&ndash; lo llev&oacute; a inventar un seudo africanismo donde las disparatadas escenograf&iacute;as selv&aacute;ticas en el medio de las que tocaba con su orquesta tuvieron como correlato el &ldquo;sonido <em>jungle</em>&rdquo;, donde el remedo de gru&ntilde;idos salvajes a cargo de trombones y trompetas acab&oacute; convirti&eacute;ndose en estilo. Los cuadros que acompa&ntilde;aba esta m&uacute;sica rondaban lo pornogr&aacute;fico. 
    </p><p class="article-text">
        Bailarines como <strong>Fredericka Carolyn &ldquo;Fredi&rdquo; Washington </strong>y <strong>Bessie Dudley</strong>, vestidos con plumas y collares, se contoneaban en danzas er&oacute;ticas que rubricaban, por ejemplo, el rescate de una rubia reina cautiva de una tribu presumiblemente africana, a manos de un aviador negro que se arrojaba a la selva en paraca&iacute;das. Es posible que para una parte considerable del p&uacute;blico hubiera escasos grados de separaci&oacute;n entre las poblaciones selv&aacute;ticas y los afronorteamericanos que trabajaban en sus negocios o empresas o como camareros en ferrocarriles, bares u hoteles. Ellington, que proven&iacute;a de una familia de clase media, podr&iacute;a haberse sentido humillado por esas escenas en las que tomaba parte y donde los negros eran reducidos a lo que los blancos &ndash;incluso muchos blancos que gustaban del jazz&ndash; ve&iacute;an en ellos: tan s&oacute;lo cuerpos y ritmo <em>salvajes</em> &ndash;y salvajemente er&oacute;ticos. Sin embargo, su punto de vista era m&aacute;s bien pragm&aacute;tico: &ldquo;Este tipo de experiencia teatral, y las exigencias que nos impon&iacute;a, era tan educativo como enriquecedor. Y tra&iacute;a consigo un mayor ensanchamiento de los alcances de la m&uacute;sica.&rdquo; 
    </p><p class="article-text">
        Son frecuentes los an&aacute;lisis que enfatizan el lado vanguardista de Ellington y que, tal vez, encuentran lo que no hay. <strong>Gunther Schuller</strong>, por ejemplo, atribuye a la escucha de <strong>Arnold Sch&ouml;nberg</strong> las disonancias de la introducci&oacute;n orquestal y la primera secci&oacute;n de piano solo de &ldquo;The clothed woman&rdquo;, que grab&oacute; en su concierto del 27 de diciembre de 1947 en el Carnegie Hall. Y si bien el parecido con el tipo de fraseo fragmentado del atonalismo libre y el dodecafonismo resulta evidente, puede haberse tratado de una cita, de un chiste (el tema desemboca, luego, en una especie de rag, antes de internarse nuevamente en la atonalidad), o de un gui&ntilde;o hacia alguien en particular o hacia la propia circunstancia de estar tocando en el Carnegie Hall. 
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        En los 30 Ellington no cambia de estilo pero lo exagera. Es autoconsciente y, de alguna manera, se interpreta a s&iacute; mismo. En esa d&eacute;cada registra, adem&aacute;s, sus primeras versiones de temas como &ldquo;Diminuendo Blue&rdquo; y peque&ntilde;as obras maestras como &ldquo;Reminiscing in Tempo&rdquo; &shy;&ndash;una suerte de lecci&oacute;n de orquestaci&oacute;n a partir de poco m&aacute;s que un <em>ostinato</em>, poniendo en evidencia, adem&aacute;s del notable grado de modernismo de su escritura, no solo la tolerancia sino la b&iacute;usqueda y el regocijo del mercado del entretenimiento estadounidense para con esos osados experimentos. 
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        El negocio de la m&uacute;sica cambiaba y, entre las maneras de enriquecerse,&nbsp;a la composici&oacute;n de &eacute;xitos comenzaba a sumarse la posibilidad de ser un director de orquesta famoso. &ldquo;Hab&iacute;a muchas mujeres bonitas, mucho champagne, gente simp&aacute;tica y dinero de sobra&rdquo;, dec&iacute;a Ellington. En 1929 hab&iacute;a participado de un musical de Broadway, <em>Show Girl</em>, de Gershwin, y, un a&ntilde;o despu&eacute;s, de un exitoso espect&aacute;culo con <strong>Maurice Chevalier</strong>. Tambi&eacute;n apareci&oacute; en dos pel&iacute;culas, un corto titulado <em>Black and Tan Fantasy</em> (un peque&ntilde;o cuento de amor y muerte realizado por <strong>Dudley Murphy</strong> en 1929, donde baila la bell&iacute;sima <strong>Fredi Washington</strong>) y <em>Good, Very Good</em>, un film consensuadamente espantoso que, no obstante, sirvi&oacute; para acrecentar su fama. 
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        Ya a fines de la d&eacute;cada de 1920 Ellington era mencionado en los diarios principales y comenzaba a circular la certeza acerca de que se trataba de algo m&aacute;s que del director de una orquesta bailable. Y en ese proceso de reconocimiento ocuparon un lugar central los art&iacute;culos de <strong>Robert Donaldson Darrell </strong>para la <em>Phonograph Monthly Review</em>, que llamaron la atenci&oacute;n y fueron le&iacute;dos por cr&iacute;ticos de m&uacute;sica cl&aacute;sica como <strong>Constant Lambert </strong>y que derivaron en un ensayo (en realidad un libro fallido) donde Darrell hablaba de la influencia (bastante improbable en ese momento) de la m&uacute;sica de <strong>Maurice Ravel</strong> y de <strong>Edward Delius</strong> en las composiciones de Ellington. En 1932, por primera vez, su grupo era elegido como la &ldquo;mejor orquesta negra&rdquo; por el <em>Pittsburgh Review</em> y ya el a&ntilde;o anterior, cuando el presidente <strong>Edgar Hoover </strong>decidi&oacute; invitar a la Casa Blanca a un grupo de afronorteamericanos destacados, Ellington hab&iacute;a estado entre ellos.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Pero, adem&aacute;s, estaba la legitimaci&oacute;n de la academia. Tambi&eacute;n en 1932, Ellington fue invitado por el compositor <strong>Percy Grainger</strong> (un australiano radicado en Nueva York) para que diera un concierto y una conferencia en la Universidad de Columbia. Lo interesante es, eventualmente, c&oacute;mo la mirada de un cierto p&uacute;blico y la valoraci&oacute;n de un sector ilustrado retroaliment&oacute; la m&uacute;sica de Ellington, cambi&oacute; la mirada del compositor sobre s&iacute; mismo y lo llev&oacute; a enfatizar los rasgos modernistas de su estilo y los experimentos formales. La forma de la suite, como en &ldquo;Black, Brown &amp; Beige&rdquo;, un homenaje a Harlem escrito para su primer concierto en el Carnegie Hall, el 23 de enero de 1943, luego grabado fragmentariamente en 1945 (un registro que la revista especializada <em>Down Beat</em> calific&oacute; como el fin del jazz &ndash;&ldquo;all&iacute; no hay beat, y si no hay beat no hay jazz&rdquo;&ndash;) y ampliado a todo un disco, ya en los a&ntilde;os sesenta, y con la voz de <strong>Mahalia Jackson</strong>. Y tambi&eacute;n los peque&ntilde;os poemas sinf&oacute;nicos, como &ldquo;Paralell to Harlem&rdquo;, que junto con los temas brumosos y abstractos, a la manera de &ldquo;Mood Indigo&rdquo;, con su revolucionaria b&uacute;squeda de color orquestal, fueron dise&ntilde;ando un perfil cada vez m&aacute;s alejado del de la orquesta de baile y m&aacute;s cercano, en su funcionalidad expresa, al de la m&uacute;sica de concierto. 
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        El <em>fen&oacute;meno Ellington</em>, no obstante, est&aacute; lejos de agotarse en ese temprano modernismo de las d&eacute;cadas de 1920 y 1930 o en el apogeo de los cuarenta y los cincuenta, en el que <em>Such Sweet Thunder,</em> el disco dedicado a Shakespeare y en particular &ldquo;The Star Crossed Lovers&rdquo;, donde Romeo y Julieta son personificados por los saxos de <strong>Johnny Hodges</strong> y <strong>Harry Carney</strong>, ostenta un lugar de privilegio. 
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        La culminaci&oacute;n tal vez sea la extraordinaria <em>Far East Suite</em>, de 1967: una suerte de recorrido por un Oriente absolutamente imaginario donde el encanto pasa precisamente, por esa cualidad de invenci&oacute;n. No se trata del Oriente sino de lo que el Oriente significa para Ellington y, eventualmente, para todo un Occidente que en ese mismo momento descubr&iacute;a &ndash;y se fascinaba con&ndash; los ragas de <strong>Ravi Shankar </strong>por la v&iacute;a de <strong>The Beatles</strong>. Nuevamente son los colores que crea Ellington, la manera en que hace sonar su orquesta &ndash;y la forma en que lo lejano sirve de pretexto para la creaci&oacute;n de texturas y matices in&eacute;ditos hasta el momento en el contexto de una banda de jazz&ndash;, lo que define la novedad y el encanto de su m&uacute;sica, m&aacute;s que un particular uso de la armon&iacute;a o los estilos de sus solistas, ce&ntilde;idos siempre a una especie de evoluci&oacute;n personal y &uacute;nica de las modalidades de las d&eacute;cadas del veinte al cuarenta. 
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        Ellington es, en su atipicidad, uno de los pilares de un g&eacute;nero que se edific&oacute; a s&iacute; mismo sobre las ideas de originalidad y de la construcci&oacute;n del sonido propio. Fue siempre moderno (y modernista) aunque ninguno de los modernismos del jazz, a lo largo de su carrera, lo toc&oacute; de cerca. Ni el Bop, ni el Free, ni <strong>Miles Davis</strong> ni <strong>Thelonious Monk</strong> tuvieron eco alguno en el estilo de su orquesta. Y, sin embargo, todos ellos &ndash;y <strong>Charles Mingus</strong>, obviamente&ndash; fueron, en mayor o menor medida, influidos por &eacute;l. No se pareci&oacute; a nada que no fuera &eacute;l mismo &ndash;o sus ac&oacute;litos&ndash; y en esa condici&oacute;n &uacute;nica es donde fund&oacute; su valor como figura clave. A un siglo de su primera orquesta y sus primeras grabaciones y a cincuenta a&ntilde;os de su muerte, el 24 de mayo de 1974, Ellington se erige no como la n&eacute;mesis de <strong>George Gershwin</strong>, como fuerzan las interpretaciones de algunos &ndash;historias sobre la historia&ndash; sino como su continuador m&aacute;s claro, en el campo del jazz (un campo al que Gershwin influy&oacute; como pocos pero al que jam&aacute;s perteneci&oacute;). Como el &iacute;nterprete m&aacute;s preciso, ya desde los comienzos del jazz, de esa revolucionaria idea del siglo XX: las m&uacute;sicas <em>de escucha</em> desarrolladas a partir de tradiciones populares 
    </p><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog El sonido de los sue&ntilde;os: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/paralelo-harlem_129_10932492.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 17 Feb 2024 03:01:41 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[De vez en cuando (ahora y entonces)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/vez-ahora_129_10657282.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6d5a8f5f-2d82-4a5d-921c-be1c79023552_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De vez en cuando (ahora y entonces)"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Lo nuevo (¿lo nuevo?) de The Beatles. El peor disco del jazz convertido en el mejor. Y los luminosos recortes del pasado de Joni Mitchell. O lo que la historia y la cultura construyen con las obras. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Dos bastidores con sus telas en blanco. Uno est&aacute; en la casa de alguien que estudia Bellas Artes. Acaba de comprarlo. Nunca hasta el momento ha pintado al &oacute;leo. El otro cuelga en una galer&iacute;a de arte. Es la &uacute;ltima obra de una celebridad. Alguien que ha pintado durante a&ntilde;os. Y est&aacute; rodeado por los complej&iacute;simos, casi barrocos, cuadros creados en el &uacute;ltimo quinquenio. Los dos bastidores son iguales. Hasta podr&iacute;an ser intercambiados. Y, sin embargo, no son lo mismo. Uno es una obra de arte. Expresa algo sobre el arte &ndash;la negativa a pintar, un posible vac&iacute;o existencial, el eventual hartazgo de quien ha pintado&ndash;. El otro no. Y lo que diferencia a esos dos objetos aparentemente iguales es algo que no est&aacute; en los objetos mismos sino en aquello que se sabe de ellos.
    </p><p class="article-text">
        En un sentido similar, el c&eacute;lebre pianista <strong>Glenn Gould</strong>, en uno de sus breves films documentales, habla del hipot&eacute;tico descubrimiento de un manuscrito con la partitura de una obra en estilo mozartiano. Si el hallazgo llevara a la conclusi&oacute;n de que se trata de una composici&oacute;n perdida de Mozart no tendr&iacute;a la misma importancia que si se comprobara que no fue escrita por el bueno de Wolfgang. Si, por otra parte, las investigaciones llevaran a la conclusi&oacute;n de que la obra antecede a Mozart en cien a&ntilde;os se tratar&iacute;a de la revelaci&oacute;n de un genio. Y si, por el contrario, se constatara que el manuscrito en cuesti&oacute;n es actual, posiblemente un ejercicio de composici&oacute;n de alguien que estudia esa materia, el hallazgo no significar&iacute;a nada de nada. Obviamente la partitura, al ser tocada, sonar&iacute;a exactamente igual en todos los casos. Pero tampoco en este caso ser&iacute;a la misma obra. Y lo que la har&iacute;a distinta ser&iacute;a, como en el caso de los bastidores, algo que se sit&uacute;a afuera del objeto en s&iacute; &ndash;las telas en blanco, las notas en estilo mozartiano&ndash; pero que es lo que acaba confiri&eacute;ndole su esencia y su valor.
    </p><p class="article-text">
        Una muy linda canci&oacute;n pop, de estilo indudablemente Beatle, cantada por una voz juvenil, tan parecida a la de <strong>John Lennon</strong> aunque m&aacute;s delgada &nbsp;&ndash;&iquest;ser&aacute; un imitador? &iquest;Uno de sus hijos?&ndash; podr&iacute;a no ser nada m&aacute;s que eso: una canci&oacute;n m&aacute;s, destinada en el mejor de los casos, como tantas, a alg&uacute;n &eacute;xito fugaz y un duradero olvido. Pero, claro, no lo es. Y es que se trata, ni m&aacute;s ni menos, que de una canci&oacute;n Beatle. Fantasmal, extra&ntilde;a, lograda en parte gracias a la Inteligencia Artificial y elaborada en una suerte de viaje temporal de m&aacute;s de cuatro d&eacute;cadas entre una grabaci&oacute;n casera de Lennon y su versi&oacute;n final, publicada ayer con el t&iacute;tulo de &ldquo;Now and Then&rdquo;. El demo de Lennon era de fines de los setenta. En 1995, &eacute;poca de las <em>Anthology,</em> McCartney, Harrison y Starr ya le hab&iacute;an dado vueltas a ese registro en casette. Voz y piano, latosos ambos, m&aacute;s un zumbido inevitable. George lleg&oacute; a grabar algunas partes de guitarra pero el proyecto fue abandonado por imposible hasta la aparici&oacute;n, ayer nom&aacute;s, del programa MAL, el mismo con el que se logr&oacute; aislar las voces con las que se construy&oacute; el monumental documental <em>Get Back</em>. Paul, Ringo y MAL se juntaron y, Abracadabra, hay una nueva canci&oacute;n de <strong>The Beatles</strong>.
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    </figure><p class="article-text">
        &nbsp;La cuesti&oacute;n no es tan nueva. Al fin y al cabo nadie conoce el <em>Requiem</em> de Mozart sin lo que <strong>Franz Xaver S&uuml;ssmayr </strong>(el MAL de su &eacute;poca) le agreg&oacute; a partir de los apuntes del compositor (los demos, podr&iacute;a pensarse) una vez que este ya hab&iacute;a muerto. Y los propios Beatles ya hab&iacute;an dejado jurisprudencia, a partir de <em>Revolver</em> y con toda claridad en <em>Abbey Road</em>, acerca de que una canci&oacute;n pod&iacute;a componerse en el laboratorio &ndash;el estudio de grabaci&oacute;n&ndash; a partir de fuentes y materiales m&uacute;ltiples. Las <em>Anthology</em> y las distintas versiones de <em>Leti t Be / Get Back</em> (desnudo o re vestido) no hicieron otra cosa que refrendar esa idea y ya &ldquo;Free as a Bird&rdquo;, hace casi treinta a&ntilde;os, se hab&iacute;a tratado de un experimento post mortem. Tal vez <strong>Umberto Eco</strong> se refiriera a esto al hablar de la &ldquo;obra abierta&rdquo;. Algo que termina de conformarse con todo lo que la cultura elabora con ella. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Now and Then&rdquo; no ser&iacute;a nada m&aacute;s que una canci&oacute;n bonita si no supi&eacute;ramos que es de los Beatles. Pero es de los Beatles. Un caso testigo es el del disco del sexteto de <strong>Miles Davis</strong>, con <strong>John Coltrane</strong>, <strong>Bill Evans</strong>, <strong>Cannonball Adderley</strong>, <strong>Paul Chambers</strong> y <strong>Jimmy Cobb</strong> &ndash;el mismo del can&oacute;nico <em>Kind of Blue</em>&ndash; en vivo en Newport en 1958 y de c&oacute;mo se convirti&oacute; del peor disco imaginable &ndash;de hecho su publicaci&oacute;n se demor&oacute; seis a&ntilde;os&ndash;, con el registro de una actuaci&oacute;n que en su momento se consider&oacute; simplemente mala, en uno de los mejores discos de la historia. No hay ning&uacute;n secreto. 
    </p><p class="article-text">
        En esa ocasi&oacute;n, Coltrane no escuch&oacute; a nadie, Evans toc&oacute; a solas, Adderley ni se inmut&oacute; e hizo de cuenta que estaba en cualquier banda de hard bop y Davis estuvo audiblemente malhumorado. Faltaba la pieza clave del jazz: la interacci&oacute;n. Cada uno estuvo por su lado. Un verdadero fracaso. Salvo que se sepa &ndash;algo imposible en ese momento&ndash; ad&oacute;nde fue estil&iacute;sticamente cada uno de ellos a partir de all&iacute;. A menos que la historia convierta &ndash;como lo hizo&ndash; a ese disco en un <em>Big Bang</em> del jazz por venir.
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                Joni Mitchell                            </span>
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        Ninguna obra est&aacute; totalmente cerrada. La <em>Pasi&oacute;n seg&uacute;n San Mateo</em> o las <em>Variaciones Goldberg</em> de Johann Sebastian Bach no sonar&iacute;an igual sin la mitolog&iacute;a que existe a su alrededor. Y, en particular, las canciones populares, como demuestra el brillante <em>Las mil y una vida de las canciones</em>, compilado por <strong>Abel Gilbert</strong> y <strong>Mart&iacute;n Liut</strong> y publicado por Gourmet Musical con un notable pr&oacute;logo de <strong>Pablo Sem&aacute;n</strong>, son indivisibles de sus funcionamientos culturales. Una canci&oacute;n casi improvisada por una joven compositora y cantante, junto con amigos es algo totalmente diferente cuando se conoce esa canci&oacute;n en su versi&oacute;n final y cuando la joven artista es<strong> Joni Mitchell </strong>y sus amigos se llaman <strong>David Crosby</strong>, <strong>James Tylor</strong>, <strong>Graham Nash</strong> y <strong>Neil Young</strong>. Como en el <em>Borges</em> de Bioy Casares, aunque sin maledicencias, o en los estudios de Rembradt, en los geniales <em>Archives</em> con los que Mitchell est&aacute; curando su propia memoria &ndash;acaba de publicarse el tercer volumen, dedicado al per&iacute;odo 1972-1975, en que grab&oacute; para el sello Asylum los discos <em>For The Roses</em>, <em>Court and Spark</em>, <em>Miles of Aisles</em> y <em>The Hissing of Summer Lawns</em>&ndash; se asiste a un Lado B de las cosas que es mucho m&aacute;s que eso. En este caso se trata de otra cosa. No es solo la historia y lo que se sabe acerca de la obra y del artista lo que convierte en joyas a esas 50 piezas que la componen, entre demos, versiones primitivas de canciones e interpretaciones en vivo. Son joyas.
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        <em>Diego Fischerman es autor del blog El sonido de los sue&ntilde;os:</em> <a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">https://xn--sonidodesueos-skb.com/</a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/vez-ahora_129_10657282.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Nov 2023 13:23:48 +0000]]></pubDate>
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    <item>
      <title><![CDATA[Ivan Lins, el cartomante]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/ivan-lins-cartomante_129_10519135.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2fde600b-b8c1-478b-95f1-c5740926e1f4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ivan Lins, el cartomante"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En Buenos Aires cantó con Luis Alberto Spinetta. Elis Regina, Sarah Vaughan, Ella Fitzgerald, Quincy Jones y Terence Blanchard interpretaron sus canciones. Lleva más de medio siglo de carrera y, a los 78, el músico brasileño acaba de sacar un nuevo disco.</p></div><p class="article-text">
        No fue la primera vez. Esa cantante de poco m&aacute;s de metro y medio de estatura, que giraba sus brazos mientras cantaba &ndash;por algo la llamaban &ldquo;elisc&oacute;ptero&rdquo;&ndash; descubr&iacute;a nuevos compositores y ellos, sabi&eacute;ndolo, empezaron a crear para ella. <strong>Elis Regina </strong>eleg&iacute;a como ninguna, lo que interpretaba lo convert&iacute;a en &eacute;xito &shy;y lo mismo sucedi&oacute; con una canci&oacute;n llamada &ldquo;Madalena&rdquo; y con un joven nacido en R&iacute;o de Janeiro, educado en Boston y capaz de moverse con la misma naturalidad en el samba y sus herencias y en el jazz. Se llamaba &ndash;se llama&ndash; <strong>Ivan Lins</strong>, fue interpretado por <strong>Sarah Vaughan</strong>,<strong> Ella Fitzgerald</strong> y <strong>Quincy Jones</strong> entre muchos otros, fue imitado hasta el hartazgo y <strong>Miles Davis</strong> proyect&oacute; alguna vez hacer un &aacute;lbum doble con sus canciones. Ayer, a los 78 a&ntilde;os, acaba de sacar un nuevo disco. 
    </p><p class="article-text">
        Con el t&iacute;tulo <em>My Heart Speaks</em>, algunas de las letras traducidas al ingl&eacute;s por la cantante <strong>Jane Monheit </strong>(que participa como invitada en la canci&oacute;n &ldquo;Rio&rdquo; &ndash;originariamente &ldquo;Rio de maio&rdquo;&ndash;) y suntuosos arreglos de<strong> Kuno Schmid </strong>para la Orquesta Sinf&oacute;nica de Tbilisi, Georgia, el &aacute;lbum muestra al mejor Lins. Un autor que define a la revista inglesa <em>Jazzwise</em> su concepci&oacute;n de las canciones como &ldquo;m&uacute;sica que funciona con las palabras&rdquo; y, por supuesto, hace mucho m&aacute;s que eso.
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    </figure><p class="article-text">
        A un poco m&aacute;s de medio siglo de aquella &ldquo;Madalena&rdquo; con la que Elis cerraba su disco <em>Ela</em>, publicado en 1971 y que &eacute;l hab&iacute;a incluido en <em>Agora,</em> su primer &aacute;lbum, de un a&ntilde;o antes, Lins se considera un &ldquo;compositor pol&iacute;tico&rdquo; y explica que la mayor&iacute;a de sus obras en conjunto con el letrista <strong>Vitor Martins</strong>, compuestas durante la dictadura que hab&iacute;a comenzado en 1964, &ldquo;eran metaf&oacute;ricas, estaban casi siempre en clave&rdquo;. &ldquo;Madalena&rdquo; no. Era una canci&oacute;n de amor: &ldquo;Mi pecho se dio cuenta, que el mar era una gota comparado con mi llanto&rdquo;, dec&iacute;a. 
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    </figure><p class="article-text">
        &ldquo;Escuchar una canci&oacute;n m&iacute;a cantada por Elis Regina me transform&oacute;, me abri&oacute; un camino. Una vez que uno sabe que algo puede ser cantado y que puede sonar como sonaba algo cuando lo cantaba ella, es inevitable que uno empiece a pensar teniendo en cuenta esa posibilidad&rdquo;, recordaba en 2005, en ocasi&oacute;n de una de sus visitas para actuar en Buenos Aires. &ldquo;Mi generaci&oacute;n lleg&oacute; cuando ya hab&iacute;a un terreno ganado; cuando ya hab&iacute;a una m&uacute;sica brasile&ntilde;a poderos&iacute;sima y bella&rdquo;, me contaba en una entrevista realizada para el peri&oacute;dico <em>P&aacute;gina/12</em>. &ldquo;Y eso provoca una vocaci&oacute;n inequ&iacute;voca por el arte, por la m&uacute;sica, por la creatividad. Las ganas de hacer lo que uno hace nacen, en gran medida, de las ganas colectivas. Hubo un momento que creo que fue irrepetible, en que hab&iacute;a una gran libertad, un gran deseo por hacer cosas nuevas y, al mismo tiempo, un gran respeto por nuestros maestros, que estaban all&iacute; nom&aacute;s. Crecer con la tutela de <strong>Jo&acirc;o Gilberto</strong> y de <strong>Tom Jobim</strong> no es poca cosa. Adem&aacute;s, en muy poco tiempo sucedi&oacute; de todo: la bossa nova, el tropicalismo, la MPB (m&uacute;sica popular brasile&ntilde;a), una manera de hacer canciones que registraba la influencia de los Beatles y, despu&eacute;s, del jazz, pero que segu&iacute;a sonando brasile&ntilde;a.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        La primera actuaci&oacute;n de Lins en Buenos Aires fue en 1984, en el Luna Park, y tuvo como partenaires a <strong>Le&oacute;n Gieco</strong>, <strong>Pedro Aznar</strong>, con quien interpret&oacute; a d&uacute;o &ldquo;Setembro&rdquo; y <strong>Luis Alberto Spinetta</strong>, de quien cant&oacute; &ldquo;Maribel se durmi&oacute;&rdquo;.
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        En su nuevo disco hay otras dos cantantes invitadas, la consagrada <strong>Diane Reeves</strong> y la joven <strong>Twanda</strong>, reciente ganadora de la Competencia Internacional de Canto &ldquo;Sarah Vaughan&rdquo;. Y tambi&eacute;n aparece en un tema, &ldquo;Missing Miles&rdquo; &ndash;que no tiene letra&ndash; el notable trompetista <strong>Randy Brecker</strong>. &ldquo;Parte de la magia de la canci&oacute;n popular es que, una vez que salen de la cabeza de alguien, son un poco de todos&rdquo;, afrimaba Lins en aquella entrevista. &ldquo;Hay algo, una esencia, que persiste en todas las versiones, por m&aacute;s sorprendentes que sean. Eso, en todo caso, es lo que pertenece al autor. Pero tampoco es que le pertenezca en el sentido de propiedad. Es algo que &eacute;l ha lanzado para que estimule, para que provoque cosas en el int&eacute;rprete, para que lo lleve a hacer su propia m&uacute;sica. Las canciones viajan, de unas personas a otras.&rdquo; 
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    </figure><p class="article-text">
        Las canciones, en efecto, viajan. La que da t&iacute;tulo al nuevo &aacute;lbum ya hab&iacute;a aparecido, al igual que &ldquo;Congada Blues&rdquo;, en un disco del trompetista y compositor <strong>Terence Blanchard</strong> &shy;&ndash;el autor de la &oacute;pera <em>Fire Shut Up in My Bones</em>, estrenada en la Metropolitan Opera House de Nueva York en 2021&ndash; totalmente dedicado a la obra de Ivan Lins. 
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    </figure><p class="article-text">
        &nbsp;Otras dos canciones vienen de la &eacute;poca de la dictadura, &ldquo;N&acirc;o h&aacute; porque&rdquo; y &ldquo;Corpos&rdquo;, un valsecito aparentemente ligero cuya letra habla de los desaparecidos (&ldquo;Intent&eacute; saber, intent&eacute; en m&iacute;, intent&eacute; en vos, intent&eacute; en todos, en el barro, en el lodo, en la fiebre y el fuego, existen m&aacute;s cuerpos, o muertos o vivos, entre vos y yo&hellip;&rdquo; Lo que une al disco, adem&aacute;s de la voz creativa de Lins, en la impecable producci&oacute;n de <strong>George Klabin</strong>, fundador del sello <em>Resonance</em>, que public&oacute; el disco y que, hasta ahora, se hab&iacute;a dedicado a la curaci&oacute;n y restauraci&oacute;n de material hist&oacute;rico. Lins dec&iacute;a que si su m&uacute;sica sucede en un clube de jazz y ante un p&uacute;blico de jazz, es m&uacute;sica de jazz pero que si sucede en otra parte deja de serlo. Estas palabras del coraz&oacute;n son una prueba palpable &ndash;una m&aacute;s&ndash; de la valoraci&oacute;n que el mundo del jazz hace de &eacute;l. &ldquo;Uno no es muy consciente de los cambios&rdquo;, reflexionaba Lins en Buenos Aires. &ldquo;Hay rumbos que se buscan y otros que no; que aparecen, simplemente. Y a veces uno no los ve mientras eso sucede sino mucho despu&eacute;s. Creo que cada vez tengo m&aacute;s m&uacute;sicas en mi cabeza y que eso, inevitablemente, se nota en mis canciones.&rdquo; Y es cierto.
    </p><p class="article-text">
        <em>DF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/ivan-lins-cartomante_129_10519135.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 16 Sep 2023 03:13:40 +0000]]></pubDate>
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