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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - The Rolling Stones]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/the-rolling-stones/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - The Rolling Stones]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Más allá del flequillo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/flequillo_129_12915279.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/43bd8149-13fb-4506-b346-6cf78dc63299_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Más allá del flequillo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La revista Pelo sacralizó, para el rock argentino, una categoría moral que colocaba la autenticidad por sobre cualquier análisis estético. Ya la música llamada clásica había instituido su valor en bases parecidas: lo espiritual por sobre lo frívolo. Pero hace tiempo que lo “popular” dejó de ser sinónimo de pasatista y lo “clásico” garantía de profundidad. Hay, sin embargo, una gran diferencia entre ambas tradiciones: el papel de la interpretación. Y versiones que se adueñaron de las obras. Y otras capaces, incluso, de mejorar a sus autores.</p></div><p class="article-text">
        En ingl&eacute;s, la palabra &ldquo;fringe&rdquo; significa, a la vez, &ldquo;flequillo&rdquo; y &ldquo;frontera&rdquo;. Y, en efecto, el pelo, desde el naciente rock de fines de los 60, signific&oacute; una verdadera franja divisoria en la configuraci&oacute;n del valor de&nbsp;la m&uacute;sica popular en la Argentina. <strong>Daniel Ripoll</strong>, un periodista que hab&iacute;a dirigido la revista <em>Pinap</em> entre 1968 y 1969, y que ese a&ntilde;o organiz&oacute; el primer gran festival dedicado a esos g&eacute;neros todav&iacute;a imprecisos que circulaban como &ldquo;beat&rdquo;, el 4 de febrero de 1970 dio a luz una nueva publicaci&oacute;n. Su nombre era <em>Pelo</em> y fue la que traz&oacute;, con claridad, la frontera.
    </p><p class="article-text">
        La revista zanjaba, en alguna medida, un duelo personal. La distancia entre <em>Pelo</em> y <em>Pinap</em> era la misma que separaba al Festival Pinap, del 69, y al primer BaRock, producido por Ripoll en 1970. Y era la que pod&iacute;a medirse entre dos discos de <strong>Los Gatos</strong>, <em>Seremos amigos</em> y <em>Beat N&ordm; 1</em>. La grabaci&oacute;n de uno y otro estuvo separada apenas por unos pocos meses &nbsp;pero, no obstante, ambos fueron radicalmente distintos. Entre ellos hubo un viaje a los Estados Unidos y la compra de instrumentos &ndash;entre ellos un &oacute;rgano Hammond&ndash;, una separaci&oacute;n y una nueva reuni&oacute;n, con un nuevo guitarrista, <strong>Pappo</strong>, en lugar de <strong>Kay Galiffi</strong>. Y si el primero de los dos discos pertenec&iacute;a a ese campo un poco difuso conocido como beat, el segundo, a pesar de su nombre, sellaba su muerte. Bastar&iacute;a, para mensurar el tama&ntilde;o de la fractura, con comparar el tema que le daba el t&iacute;tulo al primero de ellos con el que cerraba el segundo. &ldquo;Seremos amigos&rdquo; dec&iacute;a: &ldquo;Un d&iacute;a te am&eacute; y eso fue ayer./ &nbsp;Hoy no puede ser, todo ha de cambiar&rdquo;. Y, en su estribillo, rubricaba: &ldquo;S&oacute;lo seremos amigos, amigos y nada m&aacute;s. S&oacute;lo seremos amigos y nadie nos molestar&aacute;&rdquo;. En &ldquo;Fuera de la ley&rdquo;, la notable voz de <strong>Litto Nebbia</strong> cantaba: &ldquo;Yo era peque&ntilde;o y en todo cre&iacute;a, las flores de un prado me hicieron feliz; luego crec&iacute; y comprend&iacute; que esas flores ten&iacute;an que morir. Fuera de la ley, fuera de la ley, siempre hasta el final.&rdquo; De la juvenilia que atravesaba una pel&iacute;cula como <em>El extra&ntilde;o de pelo largo</em>, protagonizada por Nebbia y estrenada en 1970, a estar &ldquo;fuera de la ley&rdquo;. Pero, tambi&eacute;n, del &oacute;rgano Farfisa haciendo un ritmo bailable a una canci&oacute;n de 11 minutos, con un largo solo en el nuevo Hammond que remit&iacute;a, en gran medida, a &ldquo;In-a-Gadda- Da-Vida&rdquo;, un tema de 11 minutos, con un prominente solo de &oacute;rgano, publicado en 1968 por el grupo <strong>Iron Butterfly</strong> y difundido durante todo el 69 por el programa radial <em>Modart en la noche</em>.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <em>Pelo</em> acu&ntilde;&oacute; un nombre para los dos territorios que quedaban a un lado y el otro de la l&iacute;nea fronteriza: progresivo y complaciente. Se trataba de una cierta actualizaci&oacute;n de aquellos t&eacute;rminos utilizados por el fil&oacute;sofo <strong>Theodor W. Adorno</strong> en su ensayo &ldquo;Reacci&oacute;n y progreso&rdquo;, de 1930. Y a ello se sumaba el imperativo del idioma. Por encima de cualquier cuesti&oacute;n estil&iacute;stica, lo progresivo argentino deb&iacute;a estar cantado en castellano y el ingl&eacute;s era prueba suficiente de complacencia. Hasta podr&iacute;a imaginarse una estrofa de &ldquo;No pibe&rdquo;, de <strong>Manal</strong>, diciendo &ldquo;no hay que cantar en ingl&eacute;s, ni ir a bailes de graduaci&oacute;n&rdquo;. Incidentalmente, <strong>La Joven Guardia</strong>, el grupo cuyo &eacute;xito del 69 hab&iacute;a titulado el film estelarizado por Nebbia, tambi&eacute;n acus&oacute; el impacto de la ola &ldquo;progresiva&rdquo; con &ldquo;Los corderos enga&ntilde;ados&rdquo;,&nbsp;una canci&oacute;n grabada a fines de los 70 que, adem&aacute;s de una guitarra distorsionada incorporaba una cr&iacute;tica pol&iacute;tica y, llamativamente, una cierta burla al pacifismo que parec&iacute;a nutrir de manera homog&eacute;nea el naciente rock argentino. El bar donde se emborrachaba a los corderos estaba regenteado por el lobo. Y la letra dec&iacute;a, inequ&iacute;voca: &ldquo;Vino el &aacute;guila del norte a atender el bar/ con gaseosas y pel&iacute;culas sobre Vietnam./ &lsquo;Somos buenos&rsquo;, dijo el lobo, sin pensarlo m&aacute;s/ enga&ntilde;aba y ense&ntilde;aba/ el signo de la paz&rdquo;.&nbsp;El grupo no resisti&oacute; las diferencias ideol&oacute;gicas entre <strong>Roque Narvaja</strong> y <strong>Enrique Masllorens</strong>, por un lado, y el resto por el otro.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <em>Pelo </em>hab&iacute;a introducido, como elemento esencial, lo moral. La autenticidad. Ser complaciente con el&nbsp;<em>status quo</em> o buscar el progreso. La visceralidad. Algo que quedar&iacute;a atado a la consideraci&oacute;n del &ldquo;rock nacional&rdquo;, que configurar&iacute;a futuras grietas, como la establecida entre el pop y el rock: la simpleza &ldquo;visceral&rdquo; de <strong>Pappo&rsquo;s Blues </strong>ser&iacute;a considerada, por algunos, moralmente superior a la complejidad detallista de <strong>Virus</strong> o <strong>Soda Stereo</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Esa distancia, m&aacute;s &eacute;tica que est&eacute;tica, entre lo fr&iacute;volo y pasatista y lo profundo y espiritual, ya estaba presente &ndash;y para algunos tal vez lo siga estando&ndash; en las ideas que establec&iacute;an a la m&uacute;sica de tradici&oacute;n acad&eacute;mica como tabla de medida para todas las m&uacute;sicas. M&aacute;s all&aacute; de que, eventualmente, puede haber grandes obras fr&iacute;volas y pasatistas &ndash;mucha de la historia de la &oacute;pera est&aacute; all&iacute; para demostrarlo&ndash;, los profundos cambios en las tradiciones populares, y la percepci&oacute;n creciente de sus riquezas, posibilitados por la grabaci&oacute;n del sonido y la aparici&oacute;n del disco y la radio, tiraron aquella idea por la borda. Lo que no quiere decir que entre la m&uacute;sica llamada cl&aacute;sica y la infinidad de estilos que siguen englobados en el campo casi infinito de &ldquo;m&uacute;sica popular&rdquo; &ndash;de <strong>Shakira</strong> a <strong>John Coltrane</strong> y de <strong>King Crimson</strong> a <strong>Julio Iglesias</strong>&ndash;, no haya diferencias. Hay una y fundamental: el valor de la interpretaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Salvo en el caso de la electr&oacute;nica, no hay m&uacute;sica sin interpretaci&oacute;n. Pero, en el terreno de la tradici&oacute;n acad&eacute;mica, aun cuando alimente una parte sustantiva del mercado &ndash;el culto a determinada soprano, las preferencias por tal o cual pianista&ndash;, la interpretaci&oacute;n es vista como un agregado a la obra, a la que se presupone ya completa en la partitura. En las m&uacute;sicas populares y de tradici&oacute;n popular, en cambio, sin sus versiones no hay nada. Y, para medirlo con un cl&aacute;sico, bien pueden escucharse algunas de las lecturas can&oacute;nicas &ndash;y todas ellas diferentes entre s&iacute;&ndash; de &ldquo;La Cumparsita&rdquo;. Para la sociedad de autores, la pieza es de <strong>Gerardo Matos Rodr&iacute;guez</strong> y de quienes le fueron agregando letra. Pero la escucha indica otra cosa. Las Cumparsitas de <strong>Roberto Firpo</strong>, <strong>Juan D&rsquo;Arienzo</strong>, <strong>An&iacute;bal Troilo</strong>, o las tres registradas por <strong>Astor Piazzolla</strong>, en 1950, 1956 y 1967, no son una misma obra. O no m&aacute;s que un mismo paisaje pintado por distintos artistas.
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    </figure><p class="article-text">
        Hay interpretaciones que se adue&ntilde;aron de ciertas obras. &ldquo;Cambalache&rdquo;, de <strong>Enrique Santos Disc&eacute;polo</strong>, fue grabado por primera vez, en diciembre de 1934, por la orquesta de <strong>Francisco Lomuto</strong> junto con el cantante <strong>Fernando D&iacute;az</strong>, pero no fue hasta que <strong>Julio Sosa</strong> lo registr&oacute; en 1958 y, sobre todo, hasta su segunda versi&oacute;n, de 1964, que encontr&oacute; su voz definitiva. Lo mismo podr&iacute;a decirse de &ldquo;Gar&uacute;a&rdquo; y <strong>Roberto Goyeneche</strong>, o de sus hallazgos de los &lsquo;70, &ldquo;Maquillaje&rdquo;, &ldquo;Afiches&rdquo; y &ldquo;Naranjo en flor&rdquo;. O de <strong>Mercedes Sosa</strong> y &ldquo;Balderrama&rdquo; o <strong>Juan Carlos Baglietto</strong> y &ldquo;Carta de un le&oacute;n a otro&rdquo;. O <strong>Nina Simone</strong> y &ldquo;I Put a Spell on You&rdquo; &ndash;aunque <strong>Creedence Clearwater Revival</strong> hizo tambi&eacute;n lo suyo&ndash;. Y, desde ya, en innumerables grabaciones de jazz, un g&eacute;nero en que la interpretaci&oacute;n est&aacute; en un primer plano absoluto. No es que no haya otras versiones geniales pero la de <strong>Johnny Hartman</strong> y el cuarteto de John Coltrane de &ldquo;My One and Only Love&rdquo;, el registro de <strong>Coleman Hawkins</strong> de &ldquo;Body and Soul&rdquo;, en 1939, <strong>Miles Davis</strong> en &ldquo;It Never Entered my Mind&rdquo;, en 1954, o<strong> </strong>el tr&iacute;o de<strong> Keith Jarrett </strong>en &ldquo;&rsquo;Round Midnight&rdquo; son la vara con la cual todas las dem&aacute;s deben medirse.
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    </figure><p class="article-text">
        En el pop-rock, un g&eacute;nero de autor, podr&iacute;a decirse, son muy pocas las versiones ajenas que se han impuesto a las de sus propios creadores. <strong>The Beatles</strong> han sido muy versionados y <strong>The Rolling Stones</strong> casi nada &ndash;una excepci&oacute;n notable es &ldquo;Sympathy for the Devil&rdquo;, en la genial relectura de <strong>Blood, Sweat &amp; Tears</strong>, y un lugar muy especial lo ocupa el Rhythm &amp; Blues que, con frecuencia, ha logrado convertir las canciones originales en otra cosa (y frecuentemente mejor). Una lista muy sucinta no deber&iacute;a omitir a <strong>Aretha Franklin</strong> en &ldquo;I Say a Little Prayer&rdquo;, empalideciendo la hermosa canci&oacute;n de <strong>Burt Bacharach</strong> que estren&oacute; <strong>Dionne Warwick</strong>, su int&eacute;rprete fetiche, <strong>Janis Joplin</strong> llevando a un plano muy diferente &ldquo;I Love Somebody&rdquo;, un &eacute;xito de <strong>The Bee Gees</strong>&nbsp;y, por supuesto, &ldquo;With a Little Help for My Friends&rdquo; por <strong>Joe Cocker</strong>. 
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/flequillo_129_12915279.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 17 Jan 2026 12:51:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Más allá del flequillo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Los Gatos,The Beatles,The Rolling Stones]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El poder, la gloria y las rebeldías]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/gloria-rebeldias_129_11252364.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d26f4249-d068-4b65-8290-e59821c3ae92_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El poder, la gloria y las rebeldías"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En el principio fue uno solo, con dos caras. Luego se convirtió en dos: un mundo Beatle y un mundo Stone. Y hace medio siglo los dos mundos, que habían procreado a Ramones y Gentle Giant, explotaron.</p></div><p class="article-text">
        El rock fue una m&uacute;sica &ndash;tal vez lo siga siendo&ndash;. O por lo menos eso entendieron algunos. El rock fue una actitud, una manera de ver la vida, una gestualidad, casi una religi&oacute;n. O eso creyeron otros. Y el pop, tal como se lo entendi&oacute; en la Argentina (en el resto del mundo la palabra es simplemente una abreviatura de popular) fue el t&iacute;o necesario pero no necesariamente querido. <strong>The Beatles</strong> y<strong> The Rolling Stones </strong>fueron dos grupos que abrevaron en (casi) las mismas fuentes, comenzaron (casi) al mismo tiempo y tuvieron (casi) la misma conformaci&oacute;n. Ambos fueron, poco a poco, incorporando canciones propias, hasta que estas ocuparon la totalidad del repertorio. El mercado cre&oacute; una rivalidad inexistente pero, como en una especie de Guerra Fr&iacute;a, la existencia de un adversario los oblig&oacute; a ser mejores. 
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    </figure><p class="article-text">
        La historia es, por supuesto, mucho m&aacute;s compleja. Pero lo que importa en este caso es lo que el sentido com&uacute;n encontr&oacute;, para explicarse a si mismo, en la Idea Beatle y en la Idea Stone. Algo que alguna vez el escritor <strong>Rodrigo Fres&aacute;n</strong> resumi&oacute; de manera tan ir&oacute;nica como brillante. &iquest;Cu&aacute;ndo fue que la Argentina dej&oacute; de ser un pa&iacute;s Beatle y se convirti&oacute; en un pa&iacute;s Stone? Por supuesto, los Stones no fueron siempre iguales. La muerte de <strong>Brian Jones</strong> los cambi&oacute; un poco y la muerte de The Beatles los cambi&oacute; del todo (de hecho abandonaron por completo esa p&aacute;tina de vanguardismo y psicodelia que hab&iacute;a estado presente entre <em>Aftermath</em> y <em>Beggar&rsquo;s Banquet</em>). Y en The Beatles la rivalidad interna, que los hab&iacute;a constituido &ndash;y tambi&eacute;n los hab&iacute;a llevado a ser mejores&ndash; acab&oacute; implosionando. Lo cierto es que hacia el futuro y hacia las lecturas que los otros hicieron de ellos, el mundo Beatle y el Mundo Stone acabaron representando la opci&oacute;n por la opci&oacute;n abstracta, cercana al ideal de m&uacute;sica pura que hab&iacute;a predominado en la m&uacute;sica art&iacute;stica de tradici&oacute;n acad&eacute;mica, por sobre el gesto, en el caso del primero, y lo contrario &ndash;gesto puro&ndash; en el del segundo.
    </p><p class="article-text">
        The Beatles, en un momento dado, dejaron de tocar en vivo. Una actitud en sinton&iacute;a con la del pianista <strong>Glenn Gould</strong>, que convirti&oacute; su primera versi&oacute;n de las <em>Variaciones Goldberg </em>de Bach, que grab&oacute; en 1955, en las tablas del mandamiento &ldquo;moderno&rdquo; de la m&uacute;sica absoluta y que, como luego el grupo de Liverpool, renunci&oacute; a presentarse en conciertos y afirm&oacute; que el lugar de la m&uacute;sica deb&iacute;a ser s&oacute;lo el disco &ndash;sin distracciones visuales; escucha con ojos cerrados&ndash;.
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    </figure><p class="article-text">
        Pero en el caso del cuarteto esa decisi&oacute;n fue a&uacute;n m&aacute;s all&aacute;. No se trat&oacute; solo de convertirse en un grupo <em>de escucha pura</em> &ndash;y en alguna medida de abdicaci&oacute;n al pop&ndash; sino de la comprensi&oacute;n de que aquello que realizaban en el estudio de grabaci&oacute;n no se trataba de un &ldquo;arreglo&rdquo;. Esa palabra indica sin lugar a dudas una exterioridad. Algo as&iacute; como una vestimenta, algo m&aacute;s cercano a la decoraci&oacute;n que a la composici&oacute;n. 
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    </figure><p class="article-text">
        Las m&uacute;sicas art&iacute;sticas de tradici&oacute;n popular, a lo largo del siglo XX, lo desmienten &ndash;&iquest;o es que La cumparista de Firpo es la misma que la de <strong>Astor Piazzolla </strong>y que &ldquo;My Funny Valentine&rdquo; es la misma obra en la versi&oacute;n de la comedia musical <em>Babes in Arms </em>que tocada por <strong>Chet Baker</strong> o por <strong>Keith Jarrett</strong> o cantada por Frank <strong>Sinatra</strong>?&shy;&ndash; pero, de hecho, a los arregladores a&uacute;n no se les ha reconocido ning&uacute;n derecho de autor&iacute;a y quienes cobran son los herederos de Matos Rodr&iacute;guez o de Lorenz y Hart. Y lo que The Beatles ponen en escena, al salir de escena, es que lo que hacen no se trata de arreglos. Que es esencial. Que es lo que constituye la obra y, por lo tanto, no hay adaptaci&oacute;n posible para hacerlo en vivo. &ldquo;Strawberry Fields Forever&rdquo;, &ldquo;A Day in the Life&rdquo;, &ldquo;Martha my Dear&rdquo; o todo el segundo lado de <em>Abbey Road</em> no son sus demos ni las piezas con las que fueron construidos. La canci&oacute;n, eventualmente, dej&oacute; de ser para ellos el objetivo y se convirti&oacute; en material de composici&oacute;n.
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        Si The Beatles hicieron m&uacute;sica de laboratorio, hasta el punto de no poder &ndash;y no querer&ndash; hacerla en vivo, Los Stones devinieron en un grupo que solo actuaba en vivo, incluso en sus discos. Y, en alg&uacute;n punto, aquellas dos versiones del pop ingl&eacute;s de mediados de los sesenta, una sustentada en sus comienzos en los grupos vocales afronorteamericanos, principalmente femeninos y la otra en el blues y el rhythm &amp; blues m&aacute;s cercano a lo rural, que hasta cierto punto hab&iacute;an sido complementarios, acabaron antag&oacute;nicas. Y, por lo menos en el plano simb&oacute;lico, fundantes de dos hechos culturales trascendentales sucedidos hace exactamente cincuenta a&ntilde;os: la formaci&oacute;n y el debut del grupo <strong>Ramones</strong> &ndash;un parad&oacute;jico homenaje a <strong>Paul McCartney</strong>, que usaba el nombre Paul Ramon para registrase de inc&oacute;gnito en los hoteles&ndash; y la edici&oacute;n del disco <em>The Power and the Glory</em> de <strong>Gentle Giant</strong>. Gesto puro, sin m&uacute;sica, podr&iacute;a decirse, o, mejor, con una m&uacute;sica que era su gesto, y m&uacute;sica pura, sin gesto en absoluto o, mejor, con un gesto que explicitaba la negaci&oacute;n del gesto.
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        Un a&ntilde;o m&aacute;s tarde, despu&eacute;s de haber tocado setenta y cuatro veces su show de exactamente 70 minutos en el Club CBGB, Ramones fue contratado para grabar su primer disco. <strong>Legs McNeill</strong>, cofundador de una nueva revista llamada <em>Punk</em>, dec&iacute;a: &ldquo;Todos llevan estas camperas de cuero negro. Y tocan esta canci&oacute;n... y es s&oacute;lo esta pared de ruido... Se ven absolutamente impresionantes. Estos tipos no son hippies. Esto es algo completamente nuevo.&rdquo; En 1975, en Inglaterra, Gentle Giant publicaba un disco, <em>Free Hand</em>, donde hab&iacute;a una canci&oacute;n, &ldquo;On reflection&rdquo;, en la que un canon perfectamente dise&ntilde;ado iba apareciendo a capella y con distintas instrumentaciones, incluyendo una bien identificable con el rock pesado, y alternaba con una versi&oacute;n del mismo tema pero convertido en pieza isabelina, para desembocar en una peque&ntilde;a fantas&iacute;a polirr&iacute;tmica y atonal. A comienzos de1976&nbsp;Ramones grab&oacute; su primer disco, llamado igual que ellos, y Gentle Giant comenzaba a desaparecer con <em>Interview</em>, el octavo de sus &aacute;lbumes y el primero en que el grupo se imitaba a s&iacute; mismo.
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        En un sentido podr&iacute;a leerse como el final de una &eacute;poca y el comienzo de otra. Pero lo cierto es que ambas coexistieron y si se piensa en las principales encarnaciones argentinas, ambos modelos pod&iacute;an situarse en canciones contiguas &ndash;por ejemplo &ldquo;Me gusta ese tajo&rdquo; y &ldquo;Credulidad&rdquo;, en el single &nbsp;de <strong>Pescado Rabioso</strong> publicado en 1973&ndash;. 
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        Uno de los aspectos interesantes es que Ramones, el arquetipo del salvajismo, obedeci&oacute; a un proyecto bastante consciente de j&oacute;venes vecinos de un barrio neoyorquino de clase media, Forest Hills &ndash;en Queens&ndash;, y Gentle Giant, en cambio, a un error. Los tres hermanos Shulman, hijos de un trompetista jud&iacute;o y escoc&eacute;s que les ense&ntilde;&oacute; a tocar infinidad de instrumentos, incluyendo viol&iacute;n, cello, xilof&oacute;n, flauta y, obviamente, guitarra y bajo, ya hab&iacute;an tenido cierto &eacute;xito con un grupo llamado <strong>Simon Dupree and the Big Sound</strong>. Y &eacute;xito &ndash;o esa clase de &eacute;xito&ndash; era exactamente lo que no quer&iacute;an. Disolvieron el grupo y grabaron un single como <strong>The Moles</strong> que acab&oacute; siendo el centro de otro mito Beatle. Se dec&iacute;a se trataba de un disco secreto del cuarteto de Liverpool, con <strong>Ringo Starr </strong>como cantante. 
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    </figure><p class="article-text">
        Pero lo que deseaban los hermanos era tener una banda de blues y para eso buscaban un organista. Lo encontraron en una fiesta. <strong>Kerry Minnear</strong>&nbsp;acababa de recibirse en la carrera de composici&oacute;n del Royal College of Music, tocaba teclados &ndash;y muchos otros instrumentos&ndash; y les asegur&oacute; que amaba el rock, aunque casi no hab&iacute;a escuchado nada: apenas los primeros discos de <strong>King Crimson</strong> y de<strong> Yes</strong>. Lo citaron para un ensayo y &eacute;l lleg&oacute; con un mont&oacute;n de partituras. Canciones compuestas especialmente para el grupo, como si fueran piezas cl&aacute;sicas. Y lo extra&ntilde;o fue que quienes quer&iacute;an ser un grupo de blues se entusiasmaron. Y, mezclando vanguardia, alusiones a Rabelais y al surrealismo, rock pesado y psicodelia, m&aacute;s una lista de 48 instrumentos posibles en su conformaci&oacute;n, en la que adem&aacute;s, cinco de sus seis miembros cantaban, Gentle Giant grab&oacute; su primer disco, con su nombre como t&iacute;tulo, en 1970. Y su segundo disco, <em>Acquiring the Taste</em>, del a&ntilde;o siguiente, formulaba, en las notas de la contratapa, una declaraci&oacute;n de principios: &nbsp;&ldquo;Expandir las fronteras de la m&uacute;sica popular contempor&aacute;nea con el riesgo de volvernos muy impopulares&rdquo;.
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    </figure><p class="article-text">
        <em>The Power and the Glory</em>, el ying &ndash;o el yang, vaya a saberse&ndash; de Ramones, con su t&iacute;tulo tomado de una novela de <strong>Graham Greene</strong>, remite, en todas sus canciones, a la pol&iacute;tica, los gobiernos y la corrupci&oacute;n. Lo intrincado del entretejido polif&oacute;nico puede sintetizarse con las dos voces de la secci&oacute;n media de &ldquo;Cogs &amp; Cogs&rdquo;, una escrita en un comp&aacute;s de 6/4 y la otra en uno de 15/8. All&iacute;, como en los &uacute;ltimos Beatles &ndash;si se descuenta <em>Get Back</em>&ndash; la complejidad es un valor y se conf&iacute;a en oyentes capaces de disfrutar con ella. En Ramones, el valor es una aparente negaci&oacute;n de lo complejo y su correspondiente anatemizaci&oacute;n. No obstante el punk, como lo demostr&oacute; con <strong>Patti Smith</strong> o <strong>The Clash</strong>, tambi&eacute;n tuvo sus complejidades. Pero, como hubiera dicho Sheherazade, esa es ya otra historia. 
    </p><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog El sonido de los sue&ntilde;os: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/gloria-rebeldias_129_11252364.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 Mar 2024 15:52:56 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El poder, la gloria y las rebeldías]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[The Beatles,The Rolling Stones,Gentle Giant,Ramones]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Milei, like un Rolling Stone]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/milei-like-rolling-stone_129_10618717.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/025f00e6-9346-4ddf-96fd-f06d4d34d07b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Milei, like un Rolling Stone"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La melena colegial en clave anarco capitalista del candidato libertario y el viaje a la próxima fiesta en la misma limusina de siempre Jagger-Richards, el mismo afán "doriangreiano" de permanecer impasible al paso de los años.</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;No s&eacute; qui&eacute;n es <strong>Lali Esp&oacute;sito</strong>, yo escucho a los <strong>Rolling Stones</strong>&rdquo;, dijo <strong>Javier Milei </strong>cuando le mentaron que una cantante <em>teen</em> sent&iacute;a pavor frente a su ascenso pol&iacute;tico. La denigra en un acto de afirmaci&oacute;n: la superioridad de sus afinidades musicales. No cualquieras. Las de su iniciaci&oacute;n. &ldquo;Es el arranque de 1983 en Argentina, al gobierno de la dictadura militar le quedan tan solo unos meses, y, mientras que los Rolling Stones triunfan con su rock demon&iacute;aco por el mundo, Milei sue&ntilde;a con ser Mick Jagger en el patio del colegio Cardenal Copello&rdquo;, relata en <em>El Loco, </em><strong>Juan Luis Gonz&aacute;lez</strong>. Tal era la fascinaci&oacute;n que, en los recreos de esa escuela de curas, bailaba como el cantante. A veces arrancaba aplausos. M&aacute;s tarde puso su voz al servicio de una banda tributo, <strong>Everest</strong>. &ldquo;Entonces empez&aacute;s a comprender de qu&eacute; va la forma en la cual me lookeo, por decirlo de alguna manera&rdquo;, dijo sobre su raro peinado viejo. Everest no solo realizaba covers. Las canciones, &ldquo;ten&iacute;an connotaciones sexuales&rdquo;. Eran &ldquo;una suerte de porno rock&rdquo;. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Me despierta cierta curiosidad saber en qué radica la temprana fascinación de Milei por Jagger. ¿Su voluptuosidad?</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Somos lo que escuchamos, quiere decirle el ultraderechista a Esp&oacute;sito. En plena veda electoral, decidi&oacute; llamarse a silencio y ser solo imagen. Fue a escuchar en el Luna Park un <em>A Beat Symphony</em>, un homenaje &ldquo;sinf&oacute;nico&rdquo; a los <strong>Beatles </strong>a cargo de <strong>&Aacute;ngel Malher</strong>. Un clip de TikTok lo muestra en primera fila moviendo los labios y la cabeza al comp&aacute;s de &ldquo;Let it be&rdquo;. Nadie puede controlar los recorridos ni las pertenencias simb&oacute;licas de las canciones. Asunto saldado, ese. Pero verlo cantar &ldquo;and in my hour of darkness&rdquo; cuando se nos viene la noche es m&aacute;s que perturbador. Su velada cultural coincidi&oacute; con la puesta en circulaci&oacute;n en todo el mundo de <em>Hackney Diamonds</em>, el &uacute;ltimo disco de la banda de <strong>Mick Jagger</strong> y <strong>Keith Richards</strong>. &nbsp;Malher agradeci&oacute; la presencia del libertario en la platea. Luego se tomaron una foto juntos. Malher con su batuta. Milei, a le espera de un bast&oacute;n de mando para zurrar comunistas fantasmales. 
    </p><p class="article-text">
        Surgi&oacute; de inmediato la especulaci&oacute;n de un nuevo salto a la pol&iacute;tica del m&uacute;sico, director y empresario, en caso de un triunfo en las urnas del ex-imitador de los Stones. Malher ya hab&iacute;a sido secretario de Cultura de <strong>Horacio Rodr&iacute;guez Larreta</strong>. Parece que <strong>Leo Cifelli</strong>, el productor de los espect&aacute;culos de<strong> &Aacute;ngel Jorge Pititto</strong>, el nombre que figura en los documentos del hombre que eligi&oacute; llamarse como el autor de <em>Das Lied von der Erde</em>, habr&iacute;a sido tentado para ocuparse de los asuntos culturales de un eventual gobierno de La Libertad Avanza (LLA). Lo cierto es que la foto que los junt&oacute; nos podr&iacute;a ayudar a pensar otras relaciones entre lo musical de la pol&iacute;tica y lo pol&iacute;tico de la m&uacute;sica, hasta desembocar en <em>Hackney Diamonds.</em>
    </p><p class="article-text">
        Primero, lo de <strong>Gustav Malher</strong>. Llamarse as&iacute;. &iquest;Por qu&eacute; no Debussy o Haendel? &iquest;&Aacute;ngel Bach? Quiz&aacute; habr&iacute;a sido excesivo. &iquest;Sibelius? No, el apellido de un compositor jud&iacute;o, v&iacute;ctima del antisemitismo vien&eacute;s de comienzos de siglo XX, y a la vez, una figura may&uacute;scula del sinfonismo. &iquest;Qu&eacute; se pone en juego en esa apropiaci&oacute;n? Quiz&aacute; nada, apenas un pr&eacute;stamo ingr&aacute;vido y sin reclamos de devoluci&oacute;n (como llamar Dad&aacute; a un vino o Picasso a un auto). Pero es Malher. <strong>Theodor W. Adorno</strong> lleg&oacute; a comparar su obra orquestal con &ldquo;la prosa &eacute;pico-objetiva&rdquo; de <strong>Franz Kafka</strong>. Su lenguaje revelaba, a pesar de sus arca&iacute;smos, un antagonismo de la sociedad. Malher, el austr&iacute;aco, hab&iacute;a forjado una &ldquo;provocativa alianza con la vulgaridad&rdquo; pero para se&ntilde;alarla de manera acusatoria. &ldquo;Las sinfon&iacute;as de &eacute;ste hacen sin pudor alarde de lo que todos tienen en el o&iacute;do, restos mel&oacute;dicos de la gran m&uacute;sica, insulsos cantos populares, coplas de ciego y canciones de moda&rdquo;. El compositor &ldquo;no quer&iacute;a encontrar en aquel lenguaje la paz que el curso del mundo perturba, sino que se apoder&oacute; de &eacute;l con violencia para con &eacute;l resistirse a la violencia&rdquo;. 
    </p><h3 class="article-text">Memoriales sonoros</h3><p class="article-text">
        En julio de 2019, el empresario musical estren&oacute; en el Teatro Col&oacute;n un R&eacute;quiem/Kadish en homenaje a las ochenta y cinco v&iacute;ctimas del atentado terrorista que se perpetr&oacute; contra la mutual de la comunidad jud&iacute;a de Buenos Aires (AMIA) el 18 de julio de 1994. Se titula <em>El amor es m&aacute;s fuerte que la muerte</em>. Suena en esa inscripci&oacute;n <em>Tango feroz</em>, la pel&iacute;cula de <strong>Marcelo Pi&ntilde;eyro</strong>. El R&eacute;quiem/Kadish de Mahler deb&iacute;a ser observado como un instrumento de disputa. Adem&aacute;s de los aplausos de las autoridades de la AMIA, la obra del ex secretario de Cultura reuni&oacute; a toda la plana mayor del Gobierno de <strong>Mauricio Macri</strong>. Embelesados ellos, claro.
    </p><p class="article-text">
        Un pa&iacute;s que ha sufrido el peor bombardeo contra una poblaci&oacute;n civil desde la posguerra, el terrorismo de Estado, un conflicto b&eacute;lico en el Atl&aacute;ntico sur y la violencia de car&aacute;cter antisemita no tiene un solo memorial sonoro que recuerde expl&iacute;citamente a sus v&iacute;ctimas siguiendo una tradici&oacute;n amplia que incluye:<em> R&eacute;quiem de guerra</em>, de <strong>Benjamin Britten</strong>;&nbsp;<em>Babi Yar</em>, de <strong>Dmitri Shostakovich</strong>; <em>El sobreviviente de Varsovia</em>, de <strong>Arnold Sch&ouml;nberg</strong>; <em>Ricorda cosa ti hanno fatto ad Auschwitz</em>, de<strong> Luigi Nono</strong>; <em>Dies ir&aelig;,</em> el oratorio de Krzysztof Penderecki dedicado a las v&iacute;ctimas del mismo campo de concentraci&oacute;n y, llegando al siglo XXI, <em>On the Transmigration of Souls</em>, de<strong> John Adams</strong>, dedicada a los que perdieron la vida tras el ataque contra las Torres Gemelas, en 2001. Fue Mahler, el nacido en Villa Devoto, el que ha tratado de llenar ese vac&iacute;o. &ldquo;&lsquo;R&eacute;quiem&rsquo; quiere decir descanso. &lsquo;Requiem eternum&rsquo;, as&iacute; empieza el texto de la plegaria cristiana y adem&aacute;s adquiere contenido judaico&hellip; &rdquo;Un grito que busca la verdad&ldquo;, explic&oacute; su autor. Claro que el &rdquo;grito&ldquo; queda ahogado desde el momento en que Mahler apenas reitera gestualidades de musical de la calle Corrientes. Esa escritura t&oacute;pica que tambi&eacute;n se mira en las bandas sonoras de cierto cine norteamericano se encuentra en<em> El jorobado de Par&iacute;s</em>, <em>Excalibur</em> o su <em>Dr&aacute;cula</em>. Y, la semana pasada, Los Beatles.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Que buena empresa la de ustedes y qu&eacute; intuitivos han de ser al comprar para un cliente en Transilvania tres propiedades y por poder&rdquo;, dice el conde en el musical. El lenguaje del libre mercado se cuela en el escenario, tan lejos de la novela. El 5 de mayo de 1897 hab&iacute;a sido publicado en Londres aquel libro amorosamente terror&iacute;fico: <em>Dr&aacute;cula</em>, de <strong>Bram Stoker</strong>. Debe ser la primera novela en la que se describe una de las grandes invenciones del siglo XIX: el grabador. La naturaleza t&eacute;cnica se manifestaba en forma de cilindros met&aacute;licos cubiertos de cera negra. &ldquo;El fon&oacute;grafo es un aparato maravilloso, pero cruelmente sincero&rdquo;, dice Mina Harker. &ldquo;Esos cilindros contienen mucho m&aacute;s que lo que usted imagina&rdquo;, le contesta el profesor Van Helsing. 
    </p><p class="article-text">
        Setenta a&ntilde;os despu&eacute;s, en la misma ciudad, los Beatles graban en cuatro pistas <em>Sgt. Pepper Lonely Heart's Club Band </em>y <em>Magical Mistery Tour</em>, discos que conten&iacute;an, tambi&eacute;n, m&aacute;s que lo imaginable. Los hijos de la clase obrera de Liverpool clavaban los colmillos en la yugular de la exhausta modernidad: iban de La Marsellesa, su himno, a la &ldquo;Invenci&oacute;n a dos voces&rdquo; en Fa mayor de Bach, del iluminismo y el citar a los clusters orquestales de la vanguardia acad&eacute;mica. Un asombroso acto de vampirismo musical.
    </p><p class="article-text">
        Desde ya que el exsecretario de Cultura Malher no transita esa senda imaginativa. Su vampirismo extrae de los objetos musicales sangre de utiler&iacute;a. No nos remite a los Beatles ni Stocker. Se parece a las recreaciones hollywoodenses del conde como la de <strong>Leslie Nielsen</strong>. La &ldquo;alianza con la vulgaridad&rdquo; a la que se refiere Adorno para exaltar a Gustav no reviste en su caso ninguna intencionalidad secreta. &iquest;Le llegar&aacute; el turno del homenaje a Jagger y Richard, otros vampiros que se muerden a s&iacute; mismos?
    </p><p class="article-text">
        Hay palabras o nombres que nos llegan del pasado reciente, digamos medio siglo, y que se revisten de nuevas capas de significados. Nadie polemizar&iacute;a sin embargo sobre el sentido de la palabra <em>stone.</em> Se trata apenas de una piedra. Ahora bien, de qu&eacute; hablamos cuando hablamos de los Rolling Stones. El desacuerdo ser&iacute;a inmediato. Me despierta cierta curiosidad saber en qu&eacute; radica la temprana fascinaci&oacute;n de Milei por Jagger. &iquest;Su voluptuosidad? &iquest;El modo de silabear? &iquest;La simpat&iacute;a por <strong>Margaret Thatcher</strong>? &iquest;Su t&iacute;tulo nobiliario de caballero imperial? Tal vez esa admiraci&oacute;n se solapa en el presente con su amor canino/filial y le fascina <em>Dogs into Camera</em>, la fotograf&iacute;a de <strong>Michael Josep</strong> que iba a ilustrar <em>Beggars Banquet</em>. La imagen, considerada una de las m&aacute;s logradas en la larga historia de la banda y la propia iconograf&iacute;a del rock, fue tomada en junio de 1968. Los Stones llegaron puntuales a la sesi&oacute;n de fotos. Josep hab&iacute;a dise&ntilde;ado un espacio on&iacute;rico. Hab&iacute;a en la sala cabras y muchos perros. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text"> Las canciones llegan justo a tiempo para las dos bonanzas americanas a las que parece algorítmicamente destinado: el gasto navideño y la publicidad de la Super Bowl</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        El diario <em>El Pa&iacute;s </em>acaba de preguntarle al cantante qu&eacute; piensa sobre las consecuencias del Brexit, el posible regreso de <strong>Donald Trump</strong>, la llegada a los parlamentos de los partidos de extrema derecha. &ldquo;Es una pregunta muy complicada para esta entrevista&rdquo;, dijo el autor de &ldquo;Street Fighting Man&rdquo; -la canci&oacute;n que, como pocas, represent&oacute; el esp&iacute;ritu de 1968- convertido al conservadurismo. Nada m&aacute;s. En rigor, la respuesta de Jagger y los Stones est&aacute; en <em>Hackney Diamonds.</em> Es objeto de &eacute;poca. El disco, se&ntilde;al&oacute; la revista <em>Pitchfork</em>, &ldquo;refuerza la peor parte de la otrora agresiva imagen de forajidos de los Stones: la eterna avaricia&rdquo;. Las canciones llegan justo a tiempo &ldquo;para las dos bonanzas americanas a las que parece algor&iacute;tmicamente destinado: el gasto navide&ntilde;o y la publicidad de la Super Bowl&rdquo;. Es &ldquo;el tipo de &aacute;lbum que le regalas a un padre de mediana edad, a mitad de divorcio, que se desvive por encontrar una direcci&oacute;n mientras recorre la ciudad a toda velocidad en su coche deportivo despu&eacute;s de la separaci&oacute;n, poniendo a todo volumen los desplantes anti-rom&aacute;nticos de los Stones&rdquo;. 
    </p><h3 class="article-text">Gestos sobre el escenario</h3><p class="article-text">
        Canta Jagger en &ldquo;Depending on you&rdquo; como si tuviera 60 a&ntilde;os menos: &ldquo;Ahora ella est&aacute; dando mi amor a alguien nuevo/ Yo invent&eacute; el juego, pero perd&iacute; como un tonto/ Ahora soy demasiado joven para morir y demasiado viejo para perder&rdquo;. La letra te la debo. &nbsp;A&ntilde;ade <em>Pitchfork</em>: los Stones son, a estas alturas, &ldquo;tan ins&iacute;pidos como los polvos de talco&rdquo; aunque sean retocados por t&eacute;cnicos y media docena de ingenieros. Si lo leemos en clave argentina podr&iacute;a decirse: <em>alla</em> Malher<em>. </em>&ldquo;Jagger se pasa los primeros 30 minutos de Hackney Diamonds representando una versi&oacute;n m&aacute;s joven de s&iacute; mismo, todo gallito, pavone&aacute;ndose y fingiendo. S&oacute;lo resulta convincente cuando canta sobre lo que es real y est&aacute; cada d&iacute;a m&aacute;s cerca&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Bite My Head Off&rdquo;, con la colaboraci&oacute;n de <strong>Paul McCartney</strong>, es, seg&uacute;n <em>Les Inrockuptibles</em>,<em> </em>una salida punk &ldquo;bastante c&oacute;mica&rdquo; que remeda a <strong>The Clash</strong>, aunque sin el perfume agresivo de su tiempo (m&aacute;s cerca de <em>El profesor punk</em>, la pel&iacute;cula que protagoniz&oacute; <strong>Jorge Porcel</strong> en 1988). &ldquo;En 1977 espero ir al cielo/ Porque llevo demasiado tiempo desocupado/ Y no puedo trabajar/ Extranjero peligroso/ Ser&aacute; mejor que te pintes la cara/ Ni Elvis, ni Beatles, ni The Rolling Stones&rdquo;, cantaba el grupo de <strong>Joe Strummer</strong> en &ldquo;1977&rdquo;. Jagger deber&iacute;a seguido su ejemplo e invertir el sentido: &ldquo;ni Clash, ni Pistols&rdquo;, pero habr&iacute;a sido tautol&oacute;gico. 
    </p><p class="article-text">
        La revista francesa les perdona al final la vida y dice que no es el &ldquo;peor&rdquo; de los discos de la banda. Recuerda una an&eacute;cdota de <em>Life</em>, la autobiograf&iacute;a de Richards y su jactancia de haber esnifado coca&iacute;na mezclada con las cenizas de su padre. &iquest;No inhala <em>Hackney Diamonds </em>los despojos de un estilo otrora poderoso y hoy disimulado a trav&eacute;s de los beneficios de la inteligencia artificial? Frente a discos crepusculares y estremecedores como <em>Blackstar</em> y <em>You Want It Darker,</em> los &uacute;ltimos &aacute;lbumes de <strong>David Bowie</strong> y<strong> Leonard Cohen</strong>, los Stones quieren seguir la fiesta en una limusina, siempre j&oacute;venes. La melena de Milei nos comunica lo mismo en clave anarco capitalista, ese af&aacute;n <em>doriangreiano </em>de permanecer impasible al paso de los a&ntilde;os y ser, a la vez, m&aacute;s indulgente y despiadado frente a los asuntos del mundo&nbsp;(otro pacto con la vulgaridad). El libertario preserva ciertos gestos de Sir Mick que trae del colegio. Fueron evidentes cuando irrumpi&oacute; en los escenarios de sus actos de campa&ntilde;a. &ldquo;Espero que adivines mi nombre, oh s&iacute;/ Ah, &iquest;qu&eacute; te desconcierta? / Es la naturaleza de mi juego&rdquo;, podr&iacute;a cantar si se cumplen los peores presagios.
    </p><p class="article-text">
        <em>AG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Abel Gilbert]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Oct 2023 03:02:17 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Milei, like un Rolling Stone]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Javier Milei,The Rolling Stones,Lali Espósito]]></media:keywords>
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