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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Yo, libertario]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/yo-libertario/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Yo, libertario]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Cómo tolerar a los intolerantes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tolerar-intolerantes_129_12469156.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a34375fb-75c8-4532-b869-83e5e6fa3d58_16-9-discover-aspect-ratio_default_1121929.jpg" width="1014" height="570" alt="Cómo tolerar a los intolerantes"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Mientras el mundo se ahoga en dogmas y gritos, el legado de Fernando Tola y Carmen Dragonetti desarma la estupidez fanática con una idea simple y brutal: no hay verdad absoluta, y tolerar al otro no es debilidad, sino lucidez.</p></div><p class="article-text">
        Crece la intolerancia. C&oacute;mo tolerarla es lo que le preguntar&iacute;a a Fernando Tola, veterano fil&oacute;logo, ind&oacute;logo, pol&iacute;glota y traductor de filosof&iacute;a y religiones de la India al castellano, si lo tuviese a mano. Nacido en Lima en octubre de 1915, Tola falleci&oacute; un 18 de julio hace justo siete a&ntilde;os, a los 101. Su compa&ntilde;era de toda la vida, Carmen Dragonetti, veinte a&ntilde;os menor, tambi&eacute;n se fue de esta existencia un a&ntilde;o y medio m&aacute;s tarde. Tola hab&iacute;a cursado el secundario en Espa&ntilde;a, Francia y B&eacute;lgica, donde aprendi&oacute; ingl&eacute;s, alem&aacute;n, franc&eacute;s, lat&iacute;n y griego, para luego a&ntilde;adir el dominio del s&aacute;nscrito, pali, chino, tibetano, japon&eacute;s y persa antiguo, entre otras lenguas. Doctorado en Letras en la Universidad de San Marcos, se instal&oacute; con Carmen en Nueva Delhi en 1964.  En tiempos de peregrinaje hippie al Oriente, ambos se pusieron a estudiar y traducir los mayores cl&aacute;sicos budistas e hinduistas al castellano en forma directa y a realizar ediciones cr&iacute;ticas de esos libros, una labor filol&oacute;gica exigente, se&ntilde;alando los sentidos y formas en que los distintos t&eacute;rminos fueron usados en diversos textos, porque &ldquo;no es posible una investigaci&oacute;n seria en temas orientales basada en traducciones ajenas sin estudiar uno mismo los originales&rdquo;, dec&iacute;a Tola cuando lo conoc&iacute;, en 2008. En esos d&iacute;as estaba por cumplir 94 a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Lo recuerdo con su figura leve, corbata y sombrero oscuro, andar ligero, erguido, elegante, recibi&eacute;ndome en su departamento del barrio de Belgrano amoblado por libros en varios idiomas. Los de autor&iacute;a suya y en coautor&iacute;a con Dragonetti, casi todos sobre religiones y filosof&iacute;a de la India, ocupaban cuatro largos estantes de una pared vecina al escritorio: eran unos cuarenta, publicados en Argentina, M&eacute;xico, Espa&ntilde;a, Italia, Gran Breta&ntilde;a, EE. UU., Alemania, Jap&oacute;n e incluso en la India, en ingl&eacute;s. Entre ellos, primeras versiones de los <em>Yogasutras </em>de Patanjali, el <em>Dhammapada</em> y el <em>Udana</em> de Buda, el <em>Rig Veda </em>y el <em>Bhagavad-Gita</em>, ese di&aacute;logo de 700 estrofas entre Krishna y Arjuna en el campo de batalla, traducidos del pali o del s&aacute;nscrito. Carmen contaba con una beca Guggenheim en su curr&iacute;culum. Fernando hab&iacute;a sido profesor titular de S&aacute;nscrito y Filosof&iacute;a de la India en la Facultad de Filosof&iacute;a de la UBA. Ambos fueron investigadores superiores del Conicet y fundaron el Instituto de Estudios Budistas en Buenos Aires.
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        &ldquo;Sentimos una gran admiraci&oacute;n por la figura de Buda, su personalidad, su humanidad, pero no somos budistas&rdquo; me advert&iacute;a Tola. &ldquo;Por honestidad intelectual, no podr&iacute;amos serlo. Como investigadores en religiones y filosof&iacute;as tenemos que esforzarnos en evitar que las propias creencias y preferencias religiosas, pol&iacute;ticas o filos&oacute;ficas nos induzcan a deformar y distorsionar el hecho de la cultura que hemos elegido como objeto de estudio&rdquo;. Toda una actitud. Despu&eacute;s de ese encuentro me dieron m&aacute;s verg&uuml;enza ajena muchas de las llamadas &ldquo;investigaciones&rdquo; en el ecosistema medi&aacute;tico argentino, un campo minado por mercenarios y enfermo de banalidad, prejuicios e ignorancia.  
    </p><p class="article-text">
        En conversaciones y entrevistas con Tola y Dragonetti aprend&iacute; el valor de la tolerancia y la libertad intelectual cultivada por la tradici&oacute;n filos&oacute;fica india, en las ant&iacute;podas de la deriva ultraderechista que viene sufriendo ese pa&iacute;s en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas. Tolerancia es para alguna gente una palabra antip&aacute;tica, devaluada tal vez porque sugiere cierta asimetr&iacute;a en la relaci&oacute;n social, pero en la India, seg&uacute;n Tola, la aceptaci&oacute;n hist&oacute;rica de sistemas ortodoxos con enormes diferencias entre s&iacute; (dualistas, monistas, te&iacute;stas, ateos, idealistas, esc&eacute;pticos, deconstruccionistas, atomistas, etc.) habr&iacute;a sido una muestra de esa apertura expresada legalmente en los tratados de derecho hind&uacute;es que estipulaban que los soberanos deb&iacute;an proteger a todas las sectas y creencias, incluidas las que no respetaban al hinduismo ni a la casta de los brahmanes, trat&aacute;ndolas de acuerdo con las costumbres propias de cada una y asegur&aacute;ndose de que ellas pudiesen mantener esas costumbres.  Por eso, pese a que el poder pol&iacute;tico casi siempre fue detentado por elites que adher&iacute;an al hinduismo, no era habitual ejercer violencia contra adherentes de otros puntos de vista, observaba Tola: &ldquo;Buda aparece en la sociedad hind&uacute; del siglo VI a.C. negando las castas y casi todos los fundamentos de la filosof&iacute;a y la religi&oacute;n hinduista, desde el alma individual a la idea de Dios, y sin embargo no es combatido. Muere a los ochenta a&ntilde;os en su casa rodeado de todos sus disc&iacute;pulos sin haber sido nunca perseguido&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Hoy ocurre todo lo contrario. El extremismo fundamentalista dentro de la mayor&iacute;a hind&uacute; ha declarado la guerra a la &ldquo;vieja India&rdquo; multi&eacute;tnica y multi confesional, alentando cr&iacute;menes de odio hacia otras minor&iacute;as religiosas, como la isl&aacute;mica. Tambi&eacute;n la marginaci&oacute;n de los budistas en la gesti&oacute;n del templo Mahabodhi en Both Gaia, Bihar, fundado en el siglo III en el lugar en el que se cree que Buda tuvo su iluminaci&oacute;n, es otra consecuencia de la construcci&oacute;n identitaria en torno al hinduismo como credo hegem&oacute;nico que impulsa un gobierno al mismo tiempo neoliberal, populista y ultranacionalista, aliado de Trump y Netanyahu. 
    </p><p class="article-text">
        Para Tola, la tolerancia hist&oacute;ricamente en la India se bas&oacute; en la idea de que la raz&oacute;n humana es incapaz de llegar en forma total y definitiva a la verdad absoluta y que cada sujeto s&oacute;lo puede adoptar un punto de vista parcial y dependiente de su ubicaci&oacute;n: uno nunca podr&iacute;a ver al objeto en su totalidad, desde todos sus lados y partes opuestas, como en la conocida leyenda de los ciegos y el elefante. Un perspectivismo que, a diferencia del relativismo, incluir&iacute;a el respeto a los diversos puntos de vista y tambi&eacute;n la intenci&oacute;n de estudiarlos para expandir e incrementar el propio conocimiento, como gestos de apertura activa hacia lo diferente. 
    </p><p class="article-text">
        Una actitud ejemplar y opuesta a la de estos tiempos apestados de fanatismo y brutalidad. Me cuesta digerir, soportar esa marea de intolerancia. Est&uacute;pida humanidad: ojal&aacute; hubiera m&aacute;s gente como Fernando Tola y Carmen Dragonetti.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/tolerar-intolerantes_129_12469156.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 18 Jul 2025 09:45:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cómo tolerar a los intolerantes]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Yo, libertario]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Abuelitas furiosas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/abuelitas-furiosas_129_11667389.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f1ef2a37-0c8e-4420-83be-622710a1416a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Abuelitas furiosas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Inger Kronseth nunca bajaba línea, no discutía, no molestaba tratando de convencer a nadie. De temperamento alegre, sólo hablaba de sus cicatrices si alguien le preguntaba. Su furia la dirigía solamente contra el desprecio a los más débiles. 
</p></div><p class="article-text">
        En la &uacute;ltima Feria del Libro Usado compr&eacute; <em>El arrancacorazones</em>, de Boris Vian, un viejo ejemplar impreso en 1979 por Ediciones de la Flor. Una de las escenas de esa novela fant&aacute;stica que transcurre en una aldea llena de gente brutal e ignorante describe una Feria de los Viejos en la que venden y rematan personas ancianas y decr&eacute;pitas para ser abusadas sexualmente, o golpeadas y ridiculizadas por ni&ntilde;os crueles. Esas p&aacute;ginas me recordaron a una amiga que pas&oacute; la vida luchando contra la gerontofobia, el edadismo y la discriminaci&oacute;n en todas sus variantes.
    </p><p class="article-text">
        Inger Kronseth naci&oacute; en Dinamarca en 1922 y desde los 17 a&ntilde;os fue parte de la resistencia a la ocupaci&oacute;n alemana que comenz&oacute; en 1940, ayudando a jud&iacute;os a huir en botes de pescadores, una v&iacute;a de escape que luego le servir&iacute;a a ella misma para salvar su vida. Su hermano mayor era un clandestino buscado por la Gestapo. Y lo hallaron, porque vigilaban a la familia, un d&iacute;a en que el padre se cit&oacute; con su hijo en un lugar p&uacute;blico. Intentaron detener al partisano, este se resisti&oacute; con una pistola y lo mataron ah&iacute; mismo a tiros. El padre se derrumb&oacute; ante la escena y tras el desmayo se descubri&oacute; que ten&iacute;a un soplo en el coraz&oacute;n: hundido en la tristeza y la locura muri&oacute; unos meses m&aacute;s tarde. Inger tuvo que escapar a Suecia de noche, oculta en un bote de pescadores, sin asomar la cabeza para que no la vieran.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el exilio sueco conoci&oacute; a otro refugiado dan&eacute;s y seis meses despu&eacute;s de casarse pudieron regresar a su pa&iacute;s para el d&iacute;a de la liberaci&oacute;n, el 6 de mayo de 1945. Bajaron del barco en Copenhague en medio de los festejos por el fin de la guerra. La gente bailaba en las calles. En un momento, marido y mujer fueron separados por el r&iacute;o de cuerpos que flu&iacute;a hacia el centro y un francotirador oculto en alguna azotea &ndash;un nazi dan&eacute;s&ndash; dispar&oacute; sobre la multitud. La bala alcanz&oacute; a su marido, tal vez el &uacute;ltimo muerto de la ocupaci&oacute;n alemana en Dinamarca.
    </p><p class="article-text">
        Viuda antes de los veintitr&eacute;s a&ntilde;os, Inger vivi&oacute; toda su vida atravesada por muertes violentas. En la posguerra trabaj&oacute; como periodista, fue corresponsal para diarios daneses en Par&iacute;s, Londres y Bonn, hasta que emigr&oacute; a Canad&aacute; en 1956: all&iacute; se cas&oacute; con un minero que tambi&eacute;n muri&oacute; tr&aacute;gicamente tres a&ntilde;os m&aacute;s tarde. Al parecer se dispar&oacute; a s&iacute; mismo por descuido con una carabina. Algunos creen que fue suicidio, pero seg&uacute;n Inger &eacute;l estaba limpiando su arma, la apoy&oacute; con el ca&ntilde;&oacute;n cerca de su propia cara y ah&iacute; se dispar&oacute; sin querer. Se vol&oacute; los sesos. Un accidente extra&ntilde;o. A veces pasa.
    </p><p class="article-text">
        Viuda por segunda vez, y con una hija peque&ntilde;a, Inger trabaj&oacute; como maestra en la regi&oacute;n de las monta&ntilde;as Kootenays, provincia de Columbia Brit&aacute;nica. All&iacute; creci&oacute; su hija Karen, que antes de haber cumplido veinte a&ntilde;os qued&oacute; prematuramente embarazada y dio a luz a una ni&ntilde;a en 1978. Un a&ntilde;o despu&eacute;s, la joven se propuso viajar a M&eacute;xico dejando a su hijita al cuidado de la abuela. Karen tom&oacute; un avi&oacute;n de Western Airlines que sali&oacute; de Los Angeles y se estrell&oacute; en el aeropuerto del DF: all&iacute; termin&oacute; siendo una de las 72 v&iacute;ctimas fatales de ese accidente de 1979.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ya jubilada como docente, sin hija y con una nieta, Inger se retir&oacute; a los bosques, en busca de una comunidad que pudiera ayudarla a criar esa ni&ntilde;a llamada Tamar. Encontr&oacute; su lugar y se hizo construir una caba&ntilde;a de madera m&iacute;nima, de un ambiente, que ayudamos a edificar entre todos. Tambi&eacute;n compartimos la crianza de la ni&ntilde;a entre varias parejas y personas solteras de esa comuna-familia extendida. All&iacute;, entre el trabajo del huerto comunitario y otras tareas de la vida rural, Tamar creci&oacute; hasta volverse una adolescente alt&iacute;sima, brillante, hermosa y l&uacute;cida. Adem&aacute;s de ingl&eacute;s, aprendi&oacute; a hablar espa&ntilde;ol, franc&eacute;s, dan&eacute;s. Y de pronto, a los 17 a&ntilde;os, volviendo de una fiesta con otros dos amigos, el auto en el que iban de madrugada por un camino de cornisa se desbarranc&oacute; por motivos que se desconocen &ndash;cansancio, distracci&oacute;n, alcohol, lo que fuese&ndash;, y Tamar termin&oacute; su vida en el fondo del barranco, a orillas de un lago paradis&iacute;aco.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Padre, hermano, dos maridos, hija y nieta: demasiadas muertes para soportar. Pero Inger ten&iacute;a una notable fortaleza interior, un sentido del humor a toda prueba y jam&aacute;s se autocompadec&iacute;a. Dej&oacute; de vivir en su caba&ntilde;a del bosque, se instal&oacute; en la ciudad de Victoria y comenz&oacute; a activar dentro del grupo llamado Raging Grannies: Abuelitas Furiosas. Blancas, de clase media y m&aacute;s de sesenta a&ntilde;os, algunas de ellas antrop&oacute;logas, artistas, escritoras, intervinieron con teatro callejero en manifestaciones contra las naves estadounidenses que maniobraban cerca de la isla de Vancouver, las armas nucleares, la contaminaci&oacute;n, las compa&ntilde;&iacute;as forestales que talaban bosques, el sexismo, el racismo y la discriminaci&oacute;n a todas las personas, sobre todo a las mayores.
    </p><p class="article-text">
        Iniciado en Victoria en 1987, el ejemplo de las Abuelitas se extendi&oacute; r&aacute;pidamente por todo Canad&aacute;. Con sombreros y largas faldas como las primeras sufragistas del siglo XIX pero de ropas coloridas, guirnaldas con flores y adornos en el cabello, marcharon, escribieron y cantaron canciones sat&iacute;ricas en oficinas gubernamentales y bases militares, siendo expulsadas de muchos lugares y en algunos casos, detenidas. La propia Inger fue arrestada por lo menos dos veces. Ella era de esas activistas que se abrazaban a los &aacute;rboles para impedir el trabajo de las motosierras o se sentaban en las rutas para que no pasaran los camiones que transportaban troncos. De las que iban a todas las reuniones, firmaban todos los manifiestos y solicitadas. Pero nunca bajaba l&iacute;nea, no discut&iacute;a, no molestaba tratando de convencer a nadie. De temperamento alegre, s&oacute;lo hablaba de sus cicatrices si alguien le preguntaba. Su furia la dirig&iacute;a solamente contra el desprecio a los m&aacute;s d&eacute;biles.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si el nazi fascismo se basa en creer que hay personas inferiores, sobrantes, que deben ser sojuzgadas o eliminadas, podr&iacute;a decirse que Inger Kronseth sigui&oacute; en la resistencia antinazi hasta que se despidi&oacute; de esta vida a los noventa y cinco a&ntilde;os, un 27 de septiembre de 2017.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/abuelitas-furiosas_129_11667389.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Sep 2024 09:46:33 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Abuelitas furiosas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Yo, libertario]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Derecho a réplica]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/derecho-replica_129_11591621.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7c24f298-76d8-40b2-bcc7-a40ac66748c6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Derecho a réplica"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Uno con ostentación de rostro y ademán provocador, la otra con un susurro que incita a que la palabra poética irrumpa contra el ruido de la producción masiva, Pedro Lemebel y Elvira Henández muestran en sendos libros su intento de despegarse “del pantano atmosférico en el que hemos caído”.</p></div><p class="article-text">
        En la Feria de Editores de este a&ntilde;o compr&eacute; dos libros de la editorial chilena Alquimia, uno con extractos de entrevistas a <strong>Pedro Lemebel</strong> y otro con fragmentos de entrevistas a <strong>Elvira Hern&aacute;ndez.</strong> Ambos t&iacute;tulos empiezan con la palabra &ldquo;No&rdquo;: el de Lemebel, <em>No tengo amigos, tengo amores</em>; y el de Hern&aacute;ndez, <em>No soy tan moderna</em>. El procedimiento de componer textos solo en base a respuestas y sin incluir las preguntas es conocido en medios period&iacute;sticos, pero hay que saber armar con eso un libro y que funcione. En estos casos, las ediciones son impecables en su coherencia y dise&ntilde;o: el libro del cronista y performer Pedro Lemebel est&aacute; ordenado como una autobiograf&iacute;a involuntaria que va del nacimiento hasta la muerte, y el de la poeta y ensayista Elvira Hern&aacute;ndez como una serie de reflexiones sobre temas diversos, desde el oficio de escribir hasta la importancia pol&iacute;tica del poema, el feminismo y los efectos de las tecnolog&iacute;as en el lenguaje, entre otros.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Claro que, como figuras de autor/a, Lemebel y Hern&aacute;ndez est&aacute;n en las ant&iacute;podas, uno por la puesta en escena de cuerpo entero al escrutinio p&uacute;blico y la otra por su sustracci&oacute;n a la mirada. Mientras el rostro de uno se ha difundido incontables veces con maquillaje, pa&ntilde;uelos de colores y hasta pintado con hoz y martillo, al de Hern&aacute;ndez se lo encuentra serio, recatado, incluso ausente. En la portada de su libro ella posa de espaldas a la c&aacute;mara, dejando ver s&oacute;lo ese pelo lacio y oscuro cubriendo la nuca. Consistente con esa actitud, afirma: &ldquo;Siempre he pensado que el poeta debe ser un ser invisible&rdquo;. Y tambi&eacute;n: &ldquo;Lo importante no es que el escritor sea visto, sino lo que ha podido ver. Por eso la poes&iacute;a no es medi&aacute;tica. Se mueve desde rincones insignificantes que son observatorios de primera magnitud de la vida&rdquo;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Pedro Lemebel y Elvira Hernández, artistas chilenos.                            </span>
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        Por el contrario, Lemebel hizo de la extrema visibilidad una operaci&oacute;n pol&iacute;tica y literaria: &ldquo;Mi forma de vestir tiene que ver con la libertad&rdquo;. Con iron&iacute;a, proclama: &ldquo;Yo no hice nada por hacerme visible, siempre fui evidente desde un sat&eacute;lite. Me dej&eacute; llevar por cierta porf&iacute;a que experimentamos los ni&ntilde;os raros frente al adiestramiento agresivo de la formaci&oacute;n masculina, y escog&iacute; la posibilidad de una identidad siempre cambiante. En la magia tornasol me alej&eacute; del formato hombre para siempre, sin vuelta&rdquo;. De all&iacute; que &ldquo;en el &aacute;lbum macho, familiar y tradicional del canon literario chileno, quiz&aacute;s soy la t&iacute;a solterona cronista&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por su parte, Hern&aacute;ndez susurra: &ldquo;El poeta pasa a ocupar un lugar marginal. M&aacute;s que hacerse notar, es alguien que tiene que notar lo que est&aacute; ocurriendo, no al rev&eacute;s. Observar, pero no ser observado&rdquo;. La marginalidad es un tema que atraviesa ambas experiencias: &ldquo;Cuando te imputan lo marginal, es una forma de anularte&rdquo;, declara Lemebel. &ldquo;Yo prefiero intentar otras estrategias, otro cruce de fronteras, moverse en los bordes. Lo que yo hago es un gesto al interior de la literatura, de lo r&iacute;gido y patriarcal que son los g&eacute;neros literarios&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para Hern&aacute;ndez, &ldquo;el desaf&iacute;o es poder desautomatizar el lenguaje. Que es algo que de tanto usarlo va perdiendo su efectividad... Uno va reteniendo la palabra, solt&aacute;ndola de a poco. Y eso demora&rdquo;. De all&iacute; el rechazo de la poeta a la &ldquo;velocidad endemoniada&rdquo; de estos tiempos, al tr&aacute;fico de informaci&oacute;n que es tan dif&iacute;cil de asimilar, a la p&eacute;rdida de la memoria actual y la entrega de los recuerdos m&aacute;s vivos e &iacute;ntimos a m&aacute;quinas que lo fotograf&iacute;an y lo registran todo: &ldquo;Me siento adversaria de las m&aacute;quinas en la medida en que estas se han convertido en un modelo para el ser humano. Nos hacen rendir como m&aacute;quinas porque la m&aacute;quina no se cansa&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Las r&eacute;plicas est&aacute;n anotadas con referencias a las fuentes al final de ambos libros. Claro que en toda entrevista se despliega el poder del interrogatorio, como lo estudi&oacute; Barthes: la respuesta es una parte del discurso constre&ntilde;ida por la forma &ldquo;pregunta&rdquo;. Habr&iacute;a un &ldquo;terrorismo de la pregunta&rdquo;, dado que esta niega el derecho a no saber, o el derecho al saber incierto. Por eso &ldquo;detesto la obviedad de la entrevista&rdquo;, se queja Lemebel, &ldquo;hay algo de superioridad en quien pregunta, el periodista juez, el periodista inquisidor&rdquo;. De esa trampa sali&oacute; siempre gracias a su velocidad de reflejos. Cuando le preguntan si no se cansa de tener que ser siempre un personaje, responder&aacute;: &ldquo;No, porque tengo varios. Cada d&iacute;a me levanto con uno diferente&rdquo;. Adem&aacute;s, &ldquo;&iquest;por qu&eacute; debo quedarme en la marginalidad y pudrirme ah&iacute;?&rdquo;. De todos modos, &ldquo;a la poes&iacute;a le tengo un gran respeto, sin que yo sea un sujeto que respete muchas cosas. Y los poetas son buenos para la droga, para el trago, para los placeres. Si se descuidan uno les puede correr mano&rdquo;.
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                Elvira Hernández                            </span>
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        Para Hern&aacute;ndez, &ldquo;no se puede estar cerca del poder sin contaminarse. Tengo muy claro que el poeta no puede ser parte del sistema&rdquo;. Adem&aacute;s, &ldquo;es el tiempo de la mujer para hacer un viraje social&rdquo;. En una de las pocas ocasiones en las que el libro incluye una pregunta, esta es sobre si el no tener hijos fue una definici&oacute;n. Ella responde: &ldquo;S&iacute;. Hay algunas mujeres que no est&aacute;n vinculadas a la maternidad&rdquo;. Lemebel coincidir&iacute;a: &ldquo;Los discursos emancipatorios tienen que ver con mis alianzas y con mis interlocutores que en su mayor&iacute;a son mujeres&rdquo;. Despu&eacute;s de todo, &ldquo;cada uno hace lo que quiere y con quien quiere y por d&oacute;nde quiere. &iquest;No es esa la huevadita de la democracia y la libertad?&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Uno con ostentaci&oacute;n de rostro, maquillaje, performance y adem&aacute;n provocador para hablar por su diferencia, y la otra con un susurro que incita a que la palabra po&eacute;tica irrumpa contra el ruido de la producci&oacute;n masiva, las dos intentar&aacute;n despegarse &ldquo;del pantano atmosf&eacute;rico en el que hemos ca&iacute;do&rdquo;. Ah&iacute; est&aacute; la magia de estas r&eacute;plicas que fueron transcriptas de decenas de entrevistas: las frases sueltas se cruzan y se contagian y se abren a una multiplicidad enemiga del sentido &uacute;nico. En un libro dice Hern&aacute;ndez: &ldquo;La poes&iacute;a busca que uno se haga todas las preguntas que puede hacerse sobre las palabras&rdquo;. Y en otro a&ntilde;ade Lemebel: &ldquo;Escribir es una pregunta que no est&aacute; contestada&rdquo;.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>OB/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/derecho-replica_129_11591621.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Aug 2024 09:54:54 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Derecho a réplica]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Yo, libertario,Chile,Poesía,Pedro Lemebel]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Arenas del exilio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/arenas-exilio_129_11534540.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0e9424de-ee3c-41c3-b43f-523730e01f04_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Arenas del exilio"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La editorial Sigilo reeditó 'Arturo, la estrella más brillante', una novela breve del autor cubano Reinaldo Arenas.
Sus textos quedaron como guijarros incómodos en las costas de ese océano que une y separa al Norte imperial de una isla sometida y rebelde.</p></div><p class="article-text">
        Hace un par de meses la editorial Sigilo reedit&oacute; <em>Arturo, la estrella m&aacute;s brillante</em>, esa novela breve de <strong>Reinaldo Arenas </strong>sin puntos apartes ni seguidos en su frase &uacute;nica con subordinadas que se desencadenan a ritmo imparable de principio a fin. El realismo alucinatorio de Arenas, una de las cumbres estelares de la literatura hispanoamericana, invade con adornos neobarrocos el relato en primera persona de un joven internado en uno de esos campos de trabajo en los que el gobierno cubano encerraba a homosexuales y otros marginados para su &ldquo;reeducaci&oacute;n&rdquo;. No es realismo &ldquo;m&aacute;gico&rdquo; porque no est&aacute; tentado por ninguna alegor&iacute;a: los elefantes regios que irrumpen en estas p&aacute;ginas, entre otras figuras fant&aacute;sticas, no representan otra cosa m&aacute;s que apariciones en la extensa llanura de una mente alucinante que se fuga, a trav&eacute;s de una larga respiraci&oacute;n discursiva, de la asfixia del campo de concentraci&oacute;n. &ldquo;Arturo&rdquo; alucina climas y espacios, terrazas, bosques y palacios encantados, para recibir a un so&ntilde;ado y hermoso joven que llegar&iacute;a como un dios radiante solo para &eacute;l, mientras su cuerpo sufre las interminables jornadas de trabajo desde las cuatro de la ma&ntilde;ana cortando ca&ntilde;a al sol, empapado de sudor, vigilado por brutales soldados que lo humillan, le gritan &ldquo;maric&oacute;n&rdquo;, lo provocan y cada tanto lo hacen adentrarse en el ca&ntilde;averal para desahogar su sexo con violencia en ese cuerpo que ellos desprecian y al mismo tiempo desean.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los campos llamados Unidades Militares de Ayuda a la Producci&oacute;n se fueron cerrando o cambiando de fisonom&iacute;a en Cuba a fines de la d&eacute;cada del 60 pero el control de la disidencia sexual continu&oacute; de distintas formas y el recuerdo de las redadas policiales contra j&oacute;venes de pelo largo o ropas ajustadas permaneci&oacute; imborrable en la memoria de esa generaci&oacute;n que estuvo primero esperanzada en la revoluci&oacute;n y luego desilusionada hasta el punto del suicidio o la huida por todos los medios posibles. Una generaci&oacute;n en sentido cronol&oacute;gico preciso: el 16 de julio de 1943 nac&iacute;a <strong>Reinaldo Arenas en Holgu&iacute;n</strong> y ese mismo d&iacute;a tambi&eacute;n nac&iacute;a en Santa Clara aquel a quien Arenas dedic&oacute; esta <em>nouvelle </em>con el ep&iacute;grafe &ldquo;A Nelson, en el aire&rdquo;:<strong> Nelson Rodr&iacute;guez Leyva</strong>. Un nombre tab&uacute; en el aire de Cuba, porque fue el escritor Rodr&iacute;guez Leyva quien, tras haber pasado tres a&ntilde;os en un campo de trabajos forzados, en 1971 intent&oacute; escapar secuestrando un avi&oacute;n de cabotaje junto a su amante adolescente, <strong>&Aacute;ngel L&oacute;pez-Rabi</strong>, armados de una granada. El incidente fue tr&aacute;gico: en vez de desviarse hacia Miami como le ordenaron los secuestradores, el piloto aterriz&oacute; en La Habana, donde se produjo un altercado con un militar que era pasajero en el avi&oacute;n y tras, ser herido de un disparo, Nelson decidi&oacute; arrojar la granada hacia la parte trasera de la nave. Al explotar, la granada mat&oacute; a un asistente de aviaci&oacute;n civil, Reinaldo Naranjo. Por estos delitos, Nelson y su compa&ntilde;ero fueron fusilados en la fortaleza de La Caba&ntilde;a. Sus nombres quedaron impresos en la nota final de <em>Arturo&hellip;</em>
    </p><p class="article-text">
        Su autor, que tambi&eacute;n conoci&oacute; en carne propia los campos de trabajo, escribi&oacute; esta novela ese mismo a&ntilde;o y logr&oacute; sacarla del pa&iacute;s en forma clandestina; su primera edici&oacute;n fue en Espa&ntilde;a en 1984. En los a&ntilde;os 70, Arenas escrib&iacute;a en cuadernos a mano y viv&iacute;a a salto de mata, como un pr&oacute;fugo, casi siempre buscado por la polic&iacute;a, a veces ocult&aacute;ndose en bosques y manglares. Un d&iacute;a lo atraparon y pas&oacute; dos a&ntilde;os en el tenebroso Castillo del Morro &ndash;el escenario de las peripecias del fraile protagonista de <em>El mundo alucinante</em>&ndash; entre presos por tan diversos delitos como hurto, homicidio, contrabando, drogas, prostituci&oacute;n, homosexualidad e intentos de salir de Cuba sin permiso. Despu&eacute;s de dos tentativas de suicido, recibi&oacute; la oferta de dejar la prisi&oacute;n si confesaba que era un &ldquo;contrarrevolucionario&rdquo;, se arrepent&iacute;a de su &ldquo;debilidad ideol&oacute;gica&rdquo; y promet&iacute;a &ldquo;rehabilitarse sexualmente&rdquo;. Su sentencia final fue por &ldquo;abusos lascivos&rdquo;, con lo cual recibir&iacute;a dos a&ntilde;os de c&aacute;rcel que en realidad ya hab&iacute;an sido cumplidos. Enviado a una granja de rehabilitaci&oacute;n, en 1976 pudo recuperar la libertad de transitar y de so&ntilde;ar nuevamente con irse de Cuba.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En 1980, cuando a unas 130.000 personas se les permiti&oacute; partir desde el puerto de Mariel en embarcaciones propias, muchas de ellas precarias, en fuga de esa isla asediada por un bloqueo criminal y por el autoritarismo de un r&eacute;gimen que no toleraba la disidencia, Arenas logr&oacute; salir por un error involuntario en su salvoconducto que le permit&iacute;a deletrear su apellido como &ldquo;Arinas&rdquo; y pas&oacute; los controles en medio del caos del &eacute;xodo. Luego de varios d&iacute;as a la deriva, sin combustible ni comida, a trav&eacute;s del Golfo de M&eacute;xico, el bote en el que viajaba fue rescatado por guardacostas estadounidenses. Arrib&oacute; a Miami como la mayor&iacute;a de los refugiados cubanos pero no soport&oacute; el &ldquo;mundo pl&aacute;stico y carente de misterio&rdquo; de esa ciudad, &ldquo;que no es ciudad sino una especie de caser&iacute;o disuelto, un pueblo de vaqueros donde el caballo ha sido sustituido por el autom&oacute;vil&rdquo;. Se fue a Nueva York.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El desterrado es ese tipo de persona que ha perdido a su amante y busca en cada rostro nuevo el rostro querido y, siempre autoenga&ntilde;&aacute;ndose, piensa que lo ha encontrado&rdquo;, escribi&oacute; en sus memorias <em>Antes que anochezca</em>. Desilusionado por la mercantilizaci&oacute;n de la vida en EE.UU., viaj&oacute; esperanzado a Europa pero all&iacute; detest&oacute; encontrarse con lo que llam&oacute; &ldquo;la izquierda festiva&rdquo;, los escritores que viv&iacute;an dentro del capitalismo vivando a la m&iacute;tica revoluci&oacute;n cubana con absoluta ignorancia o negaci&oacute;n ante lo que ocurr&iacute;a en la isla.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Habiendo contra&iacute;do el sida, termin&oacute; en tres a&ntilde;os de una fr&aacute;gil salud sus memorias, en parte dictadas a un grabador para que un amigo las pase a m&aacute;quina, y se suicid&oacute; en Nueva York en diciembre de 1990. Sus cenizas fueron esparcidas en las aguas del Atl&aacute;ntico. Sus textos quedaron como guijarros inc&oacute;modos en las costas de ese oc&eacute;ano que une y separa al Norte imperial de la isla sometida y rebelde. En su carta de despedida dej&oacute; escrito: &ldquo;Cuba ser&aacute; libre. Yo ya lo soy&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>OB/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/arenas-exilio_129_11534540.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jul 2024 09:50:53 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Arenas del exilio]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Yo, libertario,Libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ideas para desertar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/ideas-desertar_129_11462652.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/55da46d5-29cf-427e-ba17-f804e809c542_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ideas para desertar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El capital financiero funciona en automático y se presenta como un sistema sin escapatoria; la sensación de impotencia es absoluta. La deserción en sus distintas variantes (a procrear, a la guerra, al consumo, al trabajo, a participar en política) aparece como una alternativa.  ¿Lo es?</p></div><p class="article-text">
        Recuerdo tiempos en los que en las paredes argentinas se le&iacute;a el grafiti &ldquo;en este pa&iacute;s la salida es Autopista Ricchieri, Ezeiza, su ruta&rdquo;. Ahora no es tan f&aacute;cil. &iquest;Ad&oacute;nde ir? Hay guerra en Europa del Este y Medio Oriente, olas de calor, migraciones masivas, odio, fanatismo, precarizaci&oacute;n. Hace poco estuve en un bar de Bolonia conversando con Franco Berardi, conocido como Bifo, acerca de su libro <em>Desertemos</em>. Su diagn&oacute;stico es implacable: <strong>hoy la subjetividad en Occidente oscila entre una epidemia depresiva y una psicosis agresiva de masas. </strong>El capital financiero funciona en autom&aacute;tico gracias a las tecnolog&iacute;as digitales y se presenta como un sistema sin alternativas, que genera una publicidad invasiva y fren&eacute;tica, destruye la salud y la educaci&oacute;n p&uacute;blica y solo crea trabajos precarios porque necesita cada vez menos mano de obra. Por todos lados hay sobrantes, excedentes humanos. Una oleada de p&aacute;nico y depresi&oacute;n alcanza a las &ldquo;generaciones precarizadas&rdquo; mientras las democracias occidentales se revelan como payasadas cuando los ciudadanos solo pueden participar votando a sus representantes cada tantos a&ntilde;os para descubrir que esos representantes &ndash;est&eacute;n m&aacute;s a la derecha o m&aacute;s a la izquierda&ndash; no cambian sustancialmente las condiciones de existencia y s&oacute;lo pueden obedecer, aun con matices, las leyes del mercado. La sensaci&oacute;n de impotencia es absoluta. Ante esto, el fil&oacute;sofo y veterano activista de la autonom&iacute;a obrera italiana plantea que la salida es la deserci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Dice Bifo en su libro que no pretende pregonar una causa sino pensar en una tendencia que observa en el comportamiento social espont&aacute;neo. Pero tambi&eacute;n propone abrazar esa tendencia, que llama &ldquo;estrat&eacute;gicamente racional, &eacute;ticamente aceptable y capaz de restituir un car&aacute;cter colectivo a la acci&oacute;n, incluso si la acci&oacute;n consiste en no actuar&rdquo;. Describe cinco tipos de deserci&oacute;n. Una es la de quienes desertan de la guerra y prefieren huir antes que matar o morir en defensa de una frontera. Otra es la p&eacute;rdida de fe en las virtudes del trabajo: ante la paga miserable y las condiciones espantosas que se impone a los trabajadores, surge el silencioso rechazo a trabajar. Luego, el rechazo al consumo, o el no consumir nada que no se genere en la comunidad de autoproducci&oacute;n (cooperativas, compras directas a productores, etc.). Tambi&eacute;n sabemos que, si no se puede dejar de consumir, se puede consumir menos. &ldquo;&iquest;Y si reduj&eacute;ramos al m&iacute;nimo nuestras necesidades econ&oacute;micas, reduciendo al m&iacute;nimo las interacciones sociales obligatorias?&rdquo;, se pregunta Bifo. Otra es la deserci&oacute;n de la participaci&oacute;n pol&iacute;tica, entendida como esa &ldquo;ficci&oacute;n democr&aacute;tica&rdquo; que induce a votar por un nuevo gobierno que no ser&aacute; diferente del anterior en cuanto a su sometimiento al mercado financiero global. Y otra es desertar de la procreaci&oacute;n: cada vez m&aacute;s gente no quiere tener descendencia, sobre todo en los pa&iacute;ses del Norte. Es m&aacute;s: &ldquo;La procreaci&oacute;n es un acto ego&iacute;sta e irresponsable cuando las probabilidades de una vida feliz se han reducido a casi cero y las &aacute;reas habitables del planeta se van reduciendo mientras la poblaci&oacute;n crece&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Le dije que conozco en persona esas cinco deserciones</strong>. Nunca quise tener hijos. Al trabajo le escap&eacute; cada vez que pude y cuando fui obligado a trabajar lo hice a conciencia de que ser&iacute;a un intercambio transitorio de tiempo por dinero. Tal como ocurre con el consumo, creo que, si no se puede dejar de trabajar, siempre se puede trabajar menos. <strong>Seg&uacute;n las &eacute;pocas, reduje mis necesidades a un m&iacute;nimo, viviendo en los bosques o en las islas, cultivando mi huerto, comprando lo menos posible</strong>; hoy mismo, ante los brutales aumentos de precios en esta Argentina que est&aacute; a la vanguardia del ataque privatizador sobre el tejido p&uacute;blico, vuelvo a mis viejas ropas y costumbres, gasto poco, compro lo indispensable. Y de la guerra, ni hablar: rechazo la violencia, detesto la militarizaci&oacute;n de la vida. Pero tengo algunas dudas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;No es deserci&oacute;n de las urnas, la abstenci&oacute;n electoral, lo que a veces lleva a que supuestos &ldquo;outsiders&rdquo; vinculados al capital financiero lleguen a puestos de poder?</strong> &iquest;No habr&iacute;a que darles alguna chance &ndash;aun a riesgo de ser nuevamente traicionados&ndash; a representantes que al menos en el Congreso nos defiendan de la codicia y del abuso de los poderosos? Pregunto nom&aacute;s.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por otro lado, se me hace dif&iacute;cil pensar que las mayor&iacute;as puedan dejar sus trabajos en masa o renunciar al deseo de consumir y mucho menos al mandato o al goce de tener hijos. Desertar en esos casos todav&iacute;a me parece una posibilidad de comportamiento para minor&iacute;as. A menos que las condiciones empeoren. Esto tambi&eacute;n es posible, incluso probable, quiz&aacute; inevitable.
    </p><p class="article-text">
        Y habr&aacute; que ver ad&oacute;nde vamos, como escribi&oacute; Miguel Cantilo en a&ntilde;os en los que hab&iacute;a m&aacute;s lugar para el &eacute;xodo. <strong>La deserci&oacute;n, el abandono, la huida se emparentan con la antigua noci&oacute;n tao&iacute;sta de </strong><em><strong>wu wei</strong></em><strong>: no hacer, no intervenir, no actuar,</strong> al menos como la interpret&oacute; Barthes; una especie de pasividad humilde, alejada de todo deseo de rivalidad o de violencia. Nietzsche en <em>Ecce Homo</em> contrasta esa pasividad con el resentimiento, la fuerza reactiva que agita y construye militantes, sacerdotes, mes&iacute;as, mientras que en la pasividad habr&iacute;a algo as&iacute; como la actitud del soldado ruso que, ante una campa&ntilde;a militar que le parece demasiado dura, se tiende simplemente sobre la nieve: no acepta absolutamente nada, ni siquiera se rebela en forma activa contra la guerra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El movimiento del desertor es m&aacute;s en&eacute;rgico, huye con todas sus fuerzas. &iquest;Y en el caso de que vengan a masacrarte, de no tener ad&oacute;nde huir? Bifo ofrece un ejemplo para pensar en situaci&oacute;n y en contexto. Dice: si hubiera vivido en Kiev, y ante la invasi&oacute;n rusa me hubiesen dicho que deb&iacute;a defender el &ldquo;mundo libre&rdquo;, hubiera desertado; pero tal vez para defender mi casa y mis hermanos habr&iacute;a entrado en la resistencia. O sea, tomar el camino del medio, con disponibilidad total para inclinarse hacia uno u otro lado. <strong>Sin dogmatismo, con iron&iacute;a, sin cinismo y sin arrodillarse ante el poder.</strong> Algo as&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        <em>OB/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/ideas-desertar_129_11462652.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Jun 2024 03:02:41 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ideas para desertar]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Yo, libertario,Libertarios,capitalismo,Consumo,Occidente]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Diatriba contra el mascotismo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/diatriba-mascotismo_129_10950193.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e9149ef4-c58c-4e26-ab5d-372f19a3413a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Diatriba contra el mascotismo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No tengo nada contra los animales de compañía, lo cuestionable es esa ideología especista que promueve tener animales en domicilios particulares para entretenimiento, contacto físico y amuletos contra la soledad. 
</p></div><p class="article-text">
        Me dijeron no te metas con esto, hay gente que te va a saltar a la yugular como una fiera. La autocensura funciona: el g&eacute;nero diatriba en este caso iba a ser dirigido &ldquo;contra las mascotas&rdquo; pero ese t&iacute;tulo ser&iacute;a impropio o precisar&iacute;a una extensa aclaraci&oacute;n que superar&iacute;a los l&iacute;mites de esta columna. Porque no tengo nada contra los animales de compa&ntilde;&iacute;a, esos seres maravillosos de otras especies de los que podemos aprender much&iacute;simo, incluida la capacidad de amar y cuidar. Lo cuestionable es el mascotismo, la pr&aacute;ctica de retener animales silvestres en un domicilio particular y que como concepto aqu&iacute; voy a extender a todos los animales, incluso los que atravesaron procesos de domesticaci&oacute;n por milenios.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa pr&aacute;ctica o h&aacute;bito de tener animales en la propia casa porque es &ldquo;saludable&rdquo; o &ldquo;altruista&rdquo; reduce a esos animales a la funci&oacute;n de mascota, t&eacute;rmino cuyo origen ser&iacute;a <em>mascotte,</em> o sea amuleto, objeto que se supone trae buena suerte, y que derivar&iacute;a de la lengua occitana <em>masca</em>, con la que se llamaba a las brujas en zonas de Italia y Francia. Me encontr&eacute; con esta palabra en la pel&iacute;cula de animaci&oacute;n <em>No dogs or italians allowed </em>de Alain Ughetto y como una cosa lleva a la otra, entre la animaci&oacute;n y la animalada, me puse a pensar en<strong> esa ideolog&iacute;a especista que promueve tener animales para entretenimiento, contacto f&iacute;sico y amuletos contra la soledad. </strong>Ideolog&iacute;a que convierte sobre todo a canes y felinos &ndash;aunque tambi&eacute;n a loros, tortugas, h&aacute;msters, etc.&ndash; en objetos a manipular, comprar, vender, encerrar, castrar y usar sin miramientos.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa ideolog&iacute;a pondera los beneficios (las mascotas pueden prevenir la depresi&oacute;n y la ansiedad, dar afecto incondicional, mejorar los problemas cardiovasculares, combatir el estr&eacute;s) pero no calcula los costos y problemas de mantenerlas en casa, ni las necesidades propias de esos animales o su interacci&oacute;n con el vecindario. De estos &uacute;ltimos, los m&aacute;s obvios: los maullidos de gatos en celo por las noches, los ladridos en horarios de descanso (a veces por perros que han sido dejado solos todo el d&iacute;a), las heces que reposan sobre las veredas a la espera de que alguien las aplaste y desparrame (&ldquo;buena suerte, pis&eacute; mierda&rdquo;). Y la poblaci&oacute;n de mascotas crece. No tengo estad&iacute;sticas, pero veo cada vez m&aacute;s gente paseando perros por la calle.&nbsp; A veces cuatro, cinco o seis (y no son paseadores de oficio). Hay lugares del mundo en los que no est&aacute; permitido tener todos los perros que uno quiera. Y otros en los que se multa a vecinos que molestan con sus ladridos (s&iacute;, los vecinos ladran a trav&eacute;s de sus perros).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde luego que hay perros que son necesarios para guiar a personas ciegas, otros que son rescatistas. Y gatos que son fuente de placer y contacto corporal para gente con enfermedades y distintas formas de vulnerabilidad. Paliar la soledad es comprensible, hay mucha gente sola en las grandes ciudades, adem&aacute;s de aquellas que por su condici&oacute;n de salud necesitan compa&ntilde;&iacute;a animal. Tambi&eacute;n es comprensible que algunas almas caritativas rescaten o adopten cachorros abandonados. Ahora bien, <strong>&ldquo;adoptar&rdquo; es una palabra t&iacute;pica y equ&iacute;voca del l&eacute;xico de ese lugar com&uacute;n que familiariza la relaci&oacute;n con los animales como si fueran eternos beb&eacute;s, hijos no biol&oacute;gicos.</strong> Pero no debe haber mucha gente que adopte a un ni&ntilde;o como hijo a sabiendas de que se le va a morir a los doce, quince o veinte a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Hemos naturalizado el tener animales cautivos en casa por gusto o por incapacidad de vivir a solas. </strong>Se dir&aacute; que no todos esos animales son cautivos, que algunos podr&iacute;an irse, pero no se van y prefieren quedarse con sus &ldquo;amigos&rdquo; humanos. Pero el poder que tenemos sobre ellos es casi infinito y est&aacute; lejos de la amistad, por m&aacute;s que se celebren los cumplea&ntilde;os de gatos y perros como si entendieran el calendario gregoriano o el d&iacute;a de San Valent&iacute;n como si fuesen enamorados.&nbsp; M&aacute;s sincera es la palabra &ldquo;amo&rdquo;. Porque es como si fuesen esclavos dom&eacute;sticos a los que se trata bien (con suerte). Podemos castrarlos (de hecho, se recomienda hacerlo para control de poblaci&oacute;n). Podemos sacrificarlos cuando llegan a viejos y tienen una enfermedad terminal; sacarlos a pasear, orinar o defecar cuando se nos ocurra; darles comida cuando nos parece adecuado; dejarlos solos en casa cuando se nos da la gana. Alguna gente hasta se siente con derecho a abandonarlos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por otra parte, alimentarlos con esa comida industrial que llaman &ldquo;balanceada&rdquo; cuesta mucho dinero, sobre todo en una econom&iacute;a inflacionaria. Y ojal&aacute; que no se enfermen porque llevar la mascota al veterinario hoy te puede costar un ojo de la cara. Ser&aacute; muy saludable tener una mascota para las personas mayores que viven solas, pero el d&iacute;a que se enferme la mascota habr&aacute; que lidiar tambi&eacute;n a solas con un animalito que tendr&aacute;s que acarrear hasta la veterinaria m&aacute;s cercana, o quiz&aacute; la vienen a buscar por un costo adicional, adem&aacute;s de comprar medicamentos car&iacute;simos y tal vez afrontar una cirug&iacute;a o internaci&oacute;n que te costar&aacute; los dos ojos de la cara. Hay que estar lo m&aacute;s sano posible, porque la mascota suele ser demandante y requerir atenci&oacute;n, alimento y periodicidad en ocuparse de sus necesidades. &ldquo;Primero las mascotas&rdquo;, rezan las consignas de las industrias y comercios que explotan y promueven este h&aacute;bito, consumo o adicci&oacute;n. Pero cuando se est&aacute; enfermo, las mascotas pueden ser m&aacute;s un problema que una soluci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Aclaro que he tenido perros y ahora tengo dos gatos, a los que protejo y alimento lo mejor posible. <strong>No siento que soy superior a ellos por ser de la especie humana, s&oacute;lo s&eacute; que somos diferentes.</strong> La cuesti&oacute;n es que, como creemos en la libertad, si yo quisiera tener cinco o diez gatos, nadie me lo impedir&iacute;a, pero alguien deber&iacute;a hacerlo, juntarse todo el vecindario, quejarse. No hay nada que justifique el derecho a tener todos los animales que uno quiera en su casa. Lo que s&iacute; habr&iacute;a que defender es la dignidad de esos seres vivos atrapados entre humanos que los tienen de juguetes. Y librarse de la compulsi&oacute;n o capricho infantil de reducirlos para que funcionen de mascotas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/diatriba-mascotismo_129_10950193.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 23 Feb 2024 09:40:30 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Diatriba contra el mascotismo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Yo, libertario,Animales,Derecho animal]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Postales de otra desmesura]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/postales-desmesura_129_10867796.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/867d9b59-00f4-4b6a-9e3b-66ec51d61271_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Jonas Mekas, diarista, reportero, cronista y documentalista."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Para Jonas Mekas el proceso, aquello que se juega en el ademán de poner el cuerpo en escritura o imagen, siempre será más interesante que el resultado. Dejó libros escritos con una absoluta libertad formal y expresiva, una actitud realmente libertaria que se encuentra a años luz de quienes hoy balbucean la palabra libertad sin saber de qué se trata.
</p></div><p class="article-text">
        Tengo en mi mesa de luz tres libros escritos con una absoluta libertad formal y expresiva, una actitud realmente libertaria que se encuentra a a&ntilde;os luz de quienes hoy balbucean la palabra libertad sin saber de qu&eacute; se trata: <em>Ning&uacute;n lugar ad&oacute;nde ir</em>, <em>Cuadernos de los Sesenta</em> y <em>Destellos de belleza</em>, de<strong> Jonas Mekas,</strong> de cuya muerte se cumplieron cuatro a&ntilde;os el pasado 23 de enero. Mekas fue desde su infancia y adolescencia un prol&iacute;fico diarista, reportero y cronista antes de volverse el documentalista experimental dedicado a registrar en sus pel&iacute;culas-diario todo lo que ocurr&iacute;a a su alrededor. Confieso que sus textos me resultan m&aacute;s fascinantes que algunos de esos documentales que pueden requerir horas o d&iacute;as de labor para verlos, no digamos hasta el final porque a veces con un fragmento es suficiente, sino incluso en parte. Hay en ellos una defensa sin atenuantes del arte aficionado, no-profesional y espont&aacute;neo: &ldquo;El diario en el arte es el formato m&aacute;s personal y democr&aacute;tico&rdquo;, escribe Mekas. &ldquo;Quien elige llevar un diario en el mundo del arte es alguien abierto a todas las posibilidades, que no descarta nada, porque todo eventualmente encuentra su uso&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ser&aacute; dif&iacute;cil encontrar en estos escritos ese narcisismo de autor/a que se regodea en relatar en primera persona lo que pens&oacute; al mirarse en el espejo del ba&ntilde;o al levantarse por la ma&ntilde;ana antes de preparar su desayuno con caf&eacute; y medialunas, como si esa &ldquo;an&eacute;cdota&rdquo; tuviera alguna importancia. Mekas s&iacute; ten&iacute;a qu&eacute; contar, porque le pas&oacute; (casi) de todo en la vida, especialmente cuando tuvo que enfrentar la ocupaci&oacute;n de su Lituania natal primero por los nazis y despu&eacute;s por los sovi&eacute;ticos. Ocho meses de trabajos forzados en un campo alem&aacute;n en los suburbios de Hamburgo, bombardeos, un intento fallido de llegar a Dinamarca, trabajos en una granja empujando carretillas cargadas de bosta de vaca, fr&iacute;o, pies congelados, sobrevivir en campamentos de refugiados, viajes a trav&eacute;s de territorios devastados por la guerra, otro intento fallido de emigrar (a Israel) en la posguerra, al fin llegar a Brooklyn en barco y con hambre, luego una frustrante b&uacute;squeda de trabajo y un deambular sin rumbo hasta que se pudo abrirse camino entre la comunidad de artistas de Manhattan a partir de la compra de una c&aacute;mara Bolex.
    </p><p class="article-text">
        Documentar su nueva vida por escrito en un cuaderno o en film mediante esa c&aacute;mara que llevar&iacute;a a todas partes se convirti&oacute; en su principal obsesi&oacute;n y fuente de goce. Motivos no le faltar&iacute;an, porque Nueva York, la Meca de Mekas, fue desde fines de los 50 el epicentro de una explosi&oacute;n de creatividad que el cronista pudo presenciar, y de alguna manera potenciar, desde su llegada. Una vez que se instal&oacute; en el m&iacute;tico hotel Chelsea, cerca de la habitaci&oacute;n de Janis Joplin, las an&eacute;cdotas fluyeron como agua de manantial. Amigo de Andy Warhol y tambi&eacute;n de Valerie Solanas, quien le dispar&oacute; tres tiros a Warhol en 1968, supo ser confidente de ella cuando estuvo presa por &ldquo;asalto culposo&rdquo; y pudo decir que conoci&oacute; bien de cerca esa infortunada pasi&oacute;n por asesinar a la &ldquo;mujer incompleta&rdquo; (como todo macho) que Solanas ve&iacute;a en Warhol. &ldquo;No estaba loca&rdquo;, dictamin&oacute; Mekas. &ldquo;La describir&iacute;a como a una feminista dostoievskiana fan&aacute;tica. Mi vida siempre ha estado dominada por una atracci&oacute;n hacia las personas extremas y desequilibradas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El registro en diario o cr&oacute;nica de esos a&ntilde;os parece tan inestable como una c&aacute;mara en mano, pero los testimonios de aquella atracci&oacute;n son irrefutables. Por sus memorias desfilan Allen Ginsberg, William Burroughs, Susan Sontag, Timothy Leary, John Lennon y Yoko Ono, entre otras, en forma de di&aacute;logos, entrevistas, rese&ntilde;as y manifiestos, como &ldquo;En defensa de la perversi&oacute;n&rdquo; en el que Mekas proclamaba: &ldquo;En una sociedad bastarda, estandarizada, conformista y enferma, la perversi&oacute;n es una fuerza de liberaci&oacute;n. Ser <em>beat</em> hoy es ir contra la normalidad y el conformismo, ser inmoral, ser perverso&rdquo;. Y esto lo dec&iacute;a en 1958.
    </p><p class="article-text">
        En <em>Cuadernos de los Sesenta</em> se cruzan rese&ntilde;as de happenings y de danza, comentarios de conciertos de John Cage y de pel&iacute;culas del New American Cinema con fotos y posters de &eacute;poca junto a largas conversaciones con artistas publicadas pr&aacute;cticamente sin edici&oacute;n, para conformar un inmenso collage deseante que parece querer abarcar la totalidad de lo que Mekas vivi&oacute; al llegar a esa ciudad que adopt&oacute; como su hogar de exilado. &ldquo;El trabajo del cronista nunca acaba, lo guarda todo, es un ojo abierto, es el balde de basura en el que todo cabe y todo lo recibe&rdquo;, afirmaba. Aunque ese recipiente de residuos ten&iacute;a un filtro, un sesgo en la mirada que invert&iacute;a el canon y las jerarqu&iacute;as para dejar abajo lo profesional o comercial y poner arriba lo subterr&aacute;neo, improvisado y amateur: &ldquo;El no-arte del material crudo es m&aacute;s potente en su estado aleatorio que el resultado final&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Los l&iacute;mites de esa desmesura se har&iacute;an visibles en sus di&aacute;logos con Pasolini, a quien Mekas expondr&iacute;a su fantas&iacute;a &ndash;que &eacute;l mismo admit&iacute;a &ldquo;exagerada&rdquo;&ndash; de que todas las c&aacute;maras caseras de 16 mm y 8 mm que hab&iacute;a en los hogares de Estados Unidos en los a&ntilde;os 60 fuesen &ldquo;liberadas&rdquo; &ndash;es decir, expropiadas&ndash; y redistribuidas entre la gente que deseara hacer pel&iacute;culas para &ldquo;quitarle el cine a la industria y a Hollywood&rdquo;. El l&uacute;cido y desencantado Pasolini ten&iacute;a sus dudas y le pregunt&oacute; cu&aacute;ntos millones de m&aacute;quinas de escribir habr&iacute;a en ese pa&iacute;s y si cre&iacute;a que redistribuir esas m&aacute;quinas para que las usara el pueblo tambi&eacute;n har&iacute;a alguna diferencia. O por qu&eacute; pensaba que el cine ser&iacute;a una mejor herramienta para la revoluci&oacute;n que la literatura. Ingenuo pero valiente, Mekas mantuvo su postura vital hasta los 97 a&ntilde;os: el proceso, aquello que se juega en el adem&aacute;n de poner el cuerpo en escritura o imagen, siempre ser&aacute; m&aacute;s interesante que el resultado. Preferir lo crudo a lo cocido, el momento en que se afinan los instrumentos al concierto en s&iacute;. Por mi parte, disfruto la edici&oacute;n capaz de pulir y dar m&aacute;s brillo al material en crudo, pero no puedo dejar de admirar esa desmedida apuesta por todo lo que surge en el instante.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>OB/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/postales-desmesura_129_10867796.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 26 Jan 2024 09:30:44 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Postales de otra desmesura]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Yo, libertario]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una voz contra la agonía de la luz]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/voz-agonia-luz_1_10634084.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c69d0fd5-efb5-4607-b70b-64f8bb0be9c8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una voz contra la agonía de la luz"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En tiempos de crisis e incertidumbre cada cual tendrá que conseguir su remedio para atravesar la noche. El autor vuelve al poeta Dylan Thomas y a los versos que le dan cobijo.</p></div><p class="article-text">
        En tiempos de crisis e incertidumbre cada cual tendr&aacute; que conseguir su remedio para atravesar la noche. A m&iacute; cada tanto me basta con tomar refugio en un poema, que es como decir en el canto, la plegaria, el mantra, la oraci&oacute;n. Y Dylan Thomas (ese poeta de Gales cuyo nombre de pila inmortaliz&oacute; Robert Zimmerman) cre&oacute; versos que son como bunkers fabricados con palabras. Naci&oacute; un d&iacute;a como hoy, 27 de octubre, de 1914 y muri&oacute; en Nueva York poco despu&eacute;s de cumplir treinta y nueve a&ntilde;os, un 7 de noviembre de 1953. &iquest;Qu&eacute; es la muerte de un poeta? Nada. Son las fuerzas que motivaron sus palabras lo que permanecen, en una lengua u otra. Para el mito, qued&oacute; aquella legendaria frase que pronunci&oacute; una madrugada, cuando se levant&oacute; de la cama de su habitaci&oacute;n de hotel con la excusa de que necesitaba aire fresco y se dirigi&oacute; a una taberna cercana, de la que volvi&oacute; un rato m&aacute;s tarde para decirle a su joven asistente Liz Reitell, quien tambi&eacute;n se hab&iacute;a convertido en su amante: &ldquo;me tom&eacute; 18 whiskies; creo que es todo un r&eacute;cord&rdquo;. Y se fue a dormir o, mejor dicho, se derrumb&oacute; en su cama. Literalmente, dijo &ldquo;18 <em>straight</em> whiskies&rdquo;, lo que significa que entraron puros al buche, sin hielo ni gaseosas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero en este d&iacute;a quisiera recordarlo con aquellos versos que me dan el mayor cobijo. Est&aacute; el c&eacute;lebre &ldquo;No entres d&oacute;cilmente en esa noche quieta&rdquo;, que invoca a rebelarse ante la fatalidad: &ldquo;que al fin de la jornada la vejez deber&iacute;a/delirar y arder con rabia contra la agon&iacute;a de la luz&rdquo;.&nbsp; Tambi&eacute;n el m&aacute;s pol&iacute;tico &ldquo;La mano que firm&oacute; el papel&rdquo;, que alude a la mano de un d&eacute;spota que con su sola firma puede destruir una ciudad y duplicar el n&uacute;mero de muertos:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;&ldquo;La mano que firm&oacute; el tratado engendr&oacute; fiebre&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        y creci&oacute; el hambre y vino la langosta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Grande es la mano que domina al hombre&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        tan solo por haber garabateado un nombre&ldquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        An&aacute;rquico en su vida personal y prof&eacute;tico en sus visiones, Dylan le cantaba como un predicador pante&iacute;sta a la unidad de todos los seres vivos y a la correspondencia entre las fuerzas creativas y destructivas del universo. Apostaba siempre por la lectura en voz alta, jugando con aliteraciones, asonancias, rimas internas y finales para construir una poes&iacute;a por momentos oscura y sin embargo tan popular que contaba con audiencias de centenares y alguna vez miles de fans que iban a verlo a sus recitales en Gran Breta&ntilde;a y Estados Unidos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entre octubre y noviembre de 1953, hace justo setenta a&ntilde;os, se aprestaba a dar un nuevo tour de lecturas en Chicago y Nueva York. En esta ciudad se hospedaba en el Chelsea, el famoso &ldquo;hotel de los artistas&rdquo; del Greenwich Village. Pero hubo un pico de contaminaci&oacute;n del aire en esos d&iacute;as; Dylan sufr&iacute;a de los bronquios, ten&iacute;a que usar un inhalador para respirar y se quejaba de asfixia y dolores en el pecho. Incluso tuvo que retirarse temprano de su fiesta de cumplea&ntilde;os y colaps&oacute; varias veces entre ensayos. Igual cumpli&oacute; con sus compromisos. Ley&oacute; su obra <em>Bajo el bosque l&aacute;cteo</em> al p&uacute;blico en Cambridge, la grab&oacute; en Manhattan y se prepar&oacute; para presentarla en el prestigioso Poetry Center de Nueva York, cuyo director, John Brinnin, que tambi&eacute;n era su agente literario, cobrar&iacute;a un veinticinco por ciento de las ganancias del poeta (s&iacute;, alguien pod&iacute;a hacer dinero con un poeta en ese tiempo y lugar).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al mediod&iacute;a del 4 de noviembre, Dylan despert&oacute; quej&aacute;ndose de que no pod&iacute;a respirar. Su asistente llam&oacute; a un m&eacute;dico que ya lo hab&iacute;a atendido, un doctor Feltenstein que, tras revisarlo, lleg&oacute; a la conclusi&oacute;n de que ten&iacute;a delirium tremens debido a la ingesta de alcohol de aquella madrugada. Sin embargo, como mostraron los bi&oacute;grafos David Thomas y Simon Barton despu&eacute;s de entrevistar a quienes lo conocieron y a m&eacute;dicos residentes del hospital Saint Vincent, la causa de su muerte no habr&iacute;a sido el whisky sino el diagn&oacute;stico equivocado de alguien que bien podr&iacute;a merecer el ep&iacute;teto de &ldquo;matasano&rdquo;, seg&uacute;n mi <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/impacientes-versus-matasanos_129_10553374.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">columna anterior en este diario</a>, si no fuera porque el estado de salud del poeta estaba bastante deteriorado. Lo cierto es que en vez de internarlo de inmediato en un hospital donde pod&iacute;a haberse descubierto que hab&iacute;a una infecci&oacute;n en los bronquios, el m&eacute;dico procedi&oacute; a darle inyecciones de morfina. Cada ampolla conten&iacute;a una dosis de diez miligramos. Como las dos primeras parecieron no tener suficiente efecto, le dio una tercera inyecci&oacute;n. Y esta habr&iacute;a sido fatal. Ya con treinta miligramos de morfina en el cuerpo, Dylan Thomas entr&oacute; en coma esa misma noche. Termin&oacute; internado en el Saint Vincent, donde falleci&oacute; pocos d&iacute;as despu&eacute;s. All&iacute; luego se confirm&oacute; que no hab&iacute;a muerto por un coma et&iacute;lico sino por una inflamaci&oacute;n y da&ntilde;o cerebral causados por una bronconeumon&iacute;a que le hab&iacute;a reducido el suministro de ox&iacute;geno, m&aacute;s los efectos de esa morfina que puede suprimir &aacute;reas del cerebro que controlan funciones como la respiraci&oacute;n. Entretanto, aquellos 18 whiskies con los que hab&iacute;a alardeado ante su chica calzaron como anillo al dedo para la prensa de la &eacute;poca y para la posteridad del mito bohemio del poeta bebedor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por eso hoy, m&aacute;s que al mito, quisiera evocar al ser humano que sigue vivo dentro de ese poema incorregiblemente optimista que enfrenta al futuro con la voz en alto, titulado &ldquo;Y la muerte no tendr&aacute; se&ntilde;or&iacute;o&rdquo;. Esta l&iacute;nea es de la traducci&oacute;n de Esteban Pujals en Espa&ntilde;a, pero tambi&eacute;n podr&iacute;a traducirse como &ldquo;Y la muerte no ser&aacute; soberana&rdquo;, para sostener una relaci&oacute;n actualizada y m&aacute;s directa con el original <em>And death shall have no dominion. </em>Hay en Youtube una grabaci&oacute;n del autor declamando este poema como si cantase. All&iacute; se pueden apreciar la musicalidad, el ritmo, los acentos y las alturas de su voz. En versi&oacute;n local, su estrofa inicial dir&aacute;:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Y la muerte no ser&aacute; soberana.
    </p><p class="article-text">
        Desnudos los muertos se habr&aacute;n vuelto uno
    </p><p class="article-text">
        con el hombre del viento y la luna poniente.
    </p><p class="article-text">
        Cuando sus huesos est&eacute;n ro&iacute;dos y se hayan hecho polvo,
    </p><p class="article-text">
        tendr&aacute;n estrellas a sus codos y a sus pies.
    </p><p class="article-text">
        Aunque se vuelvan locos ser&aacute;n cuerdos,
    </p><p class="article-text">
        aunque se hundan en el mar emerger&aacute;n de nuevo,
    </p><p class="article-text">
        aunque los amantes se pierdan quedar&aacute; el amor,
    </p><p class="article-text">
        y la muerte no ser&aacute; soberana&ldquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>OB</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/voz-agonia-luz_1_10634084.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 Oct 2023 09:35:41 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una voz contra la agonía de la luz]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Yo, libertario,Poesía]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Impacientes versus matasanos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/impacientes-versus-matasanos_129_10553374.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/63f317ab-502c-4863-8872-5e345e6d0b81_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Impacientes versus matasanos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El conocimiento médico trasciende todo lo que sé de mi propio cuerpo. Como es trascendente, solo puedo relacionarme con ese conocimiento mediante la fe. Algo semejante a lo que se requiere ante los cantos de un chamán que danza y hace gestos mágicos alrededor para expulsar espíritus malignos. </p></div><p class="article-text">
        Soy de la raza que lee libros en la sala de espera de un consultorio. La raza mayoritaria se entretiene con su celular pero a m&iacute; un libro me acompa&ntilde;a mejor cuando la consulta se demora una eternidad, lo que es frecuente, como si los m&eacute;dicos te hicieran esperar a prop&oacute;sito, por goce s&aacute;dico. Ya s&eacute; que tienen mucha gente para ver, que alguien los explota o se auto explotan. La cuesti&oacute;n es que m&eacute;dicos y pacientes son polos opuestos (y no necesariamente complementarios) que a veces terminan siendo enemigos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mi viejo los llamaba &ldquo;matasanos&rdquo;. Pero hay que comprender al enemigo, con todo lo que este tiene que enfrentar: hay pacientes o impacientes que son de temer. Una obra de teatro que vi el a&ntilde;o pasado se llamaba &ldquo;Adversarios&rdquo; y era una adaptaci&oacute;n del cuento &ldquo;Enemigos&rdquo; de Chejov. Un m&eacute;dico abrumado por la muerte s&uacute;bita de su &uacute;nico hijo recibe, cinco minutos despu&eacute;s, la visita de un terrateniente que reclama que lo acompa&ntilde;e urgente a atender a su esposa enferma. El m&eacute;dico al principio se niega, su hijo acaba de morir y en ese momento terrible necesitaba quedarse junto a su propia esposa, pero la insistencia del visitante y quiz&aacute; el juramento hipocr&aacute;tico lo llevan a cumplir con su deber aun en medio de la conmoci&oacute;n por su tragedia. Sin arruinar el desenlace, dir&eacute; que la mujer a atender no estaba tan enferma, es m&aacute;s, estaba demasiado sana. Y que la indignaci&oacute;n del m&eacute;dico por haberse sentido burlado, por el capricho o la ignorancia de un necio, finalmente explota. &ldquo;Los desgraciados son ego&iacute;stas, mal&eacute;volos, injustos, crueles, y menos capaces de comprenderse mutuamente que los imb&eacute;ciles&rdquo; escribi&oacute; Chejov, que tambi&eacute;n era m&eacute;dico. &ldquo;La desgracia no une a las gentes, sino que las separa&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que fui con un libro a la guardia de un hospital e imagin&eacute; que todos los matasanos deb&iacute;an estar ocupados con desgracias propias o ajenas para que tardaran tanto en atenderme, si es que no estaban contando chistes mientras tomaban mate con facturas; se escuchaban risas. Quer&iacute;a consultar por un dolor en una parte de esas llamadas pudendas, en alusi&oacute;n al nervio que est&aacute; en la regi&oacute;n p&eacute;lvica y se origina en el plexo sacro. Uno siempre tiembla, porque vaya a saber qu&eacute; es el <em>fucking</em> grano que tiene en la jeta o en la punta del pene y s&oacute;lo espera o&iacute;r del doctor el dictamen sagrado: &ldquo;es benigno&rdquo;. Hab&iacute;a pedido ver alg&uacute;n ur&oacute;logo o dermat&oacute;logo, no estaba seguro porque uno de los problemas del sistema sanitario, sea p&uacute;blico o privado, es que nos movemos a ciegas entre opciones de especialidades distintas sin saber cu&aacute;l es la adecuada, como dice Boris Groys en <em>Filosof&iacute;a del cuidado</em>, este libro que no recomiendo jam&aacute;s llevar a un hospital. Es para leer lejos de ah&iacute;, porque Groys pone el dedo en la llaga: describe c&oacute;mo las opiniones m&eacute;dicas muchas veces se contradicen unas a otras en cuestiones de fondo, y al mismo tiempo todas parecen muy profesionales. Se hace dif&iacute;cil elegir qui&eacute;n nos va a atender o el tipo de tratamiento necesario sin tener conocimientos espec&iacute;ficos. Encima, cada tanto hay que dar consentimiento por escrito a ciertos procedimientos, aceptando las eventuales consecuencias negativas de esos procedimientos sin saber realmente lo que est&aacute; en juego. Esa firma es un acto de fe, dice Groys. Un acto irracional, porque yo no puedo estudiar mi cuerpo como a un cad&aacute;ver en una clase de anatom&iacute;a ni hacerme una radiograf&iacute;a o una tomograf&iacute;a computada e interpretarlas. El conocimiento m&eacute;dico trasciende todo lo que s&eacute; de mi propio cuerpo. Como es trascendente, solo puedo relacionarme con ese conocimiento mediante la fe. Algo semejante a lo que se requiere ante los cantos de un cham&aacute;n que danza y hace gestos m&aacute;gicos alrededor para expulsar esp&iacute;ritus malignos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ese d&iacute;a en la guardia me atendi&oacute; un joven cl&iacute;nico. Me hizo las preguntas de rigor, quiso saber mis antecedentes, si tomaba alguna medicaci&oacute;n y otros datos por el estilo, y luego me revis&oacute;. Estuvo un rato mir&aacute;ndome el glande con cara de piedra, inexpresivo, y dijo que no era nada, que me quedara tranquilo. Que ser&iacute;a algo as&iacute; como un dolor reflejo. &iquest;Reflejo de qu&eacute;? &iquest;De algo m&aacute;s que est&aacute; por ah&iacute; para ser detectado?&nbsp; No, dijo el aprendiz de cham&aacute;n, ser&aacute; de un herpes que usted habr&aacute; tenido en otra &eacute;poca. Pudo haber quedado una inervaci&oacute;n sensitiva, algo com&uacute;n en el nervio dorsal, ya que ese virus no puede ser tratado de ning&uacute;n modo y no contagia ni siquiera en la relaci&oacute;n sexual a menos que se presenten lesiones en la piel, desgarraduras,<strong> </strong>que no hab&iacute;a en este caso. No era necesario ning&uacute;n an&aacute;lisis de sangre ni resonancias, tomograf&iacute;as, radiograf&iacute;as, ni nada. El cl&iacute;nico parec&iacute;a muy seguro de su observaci&oacute;n. Si el dolor continuaba, paracetamol y, en caso extremo, tramadol. Y listo.
    </p><p class="article-text">
        Milagro: al salir del consultorio el dolor hab&iacute;a desaparecido o se hab&iacute;a atenuado a un nivel casi imperceptible. Quiz&aacute; por el placebo de la palabra m&eacute;dica, que es como palabra de dios. Un dios que tambi&eacute;n se equivoca, se enferma y se muere.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Admito que en otras &eacute;pocas yo era menos comprensivo y me quejaba mucho del poder m&eacute;dico. Me he moderado en parte porque ahora tengo que consultarlos m&aacute;s seguido y me cuido, no sea que alguno lea o se entere de mis cr&iacute;ticas, se ofenda y me deje de atender.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aquella obra de teatro &ldquo;Adversarios&rdquo; estaba codirigida por una m&eacute;dica, Mar&iacute;a Noble. Y nobleza obliga: aqu&iacute; mencion&eacute; a todos en masculino porque los que me tocaron en los &uacute;ltimos tiempos eran chabones, pero he conocido excelentes m&eacute;dicas. Carezco de estad&iacute;sticas sobre cu&aacute;nta eficacia o ineficacia, cuidado o negligencia se pueden encontrar repartidos por g&eacute;nero en este campo; s&eacute; que hay profesionales de ambos sexos y de todos los sexos que entregan la vida entera a sus pacientes. Conoc&iacute; de cerca una de esas m&eacute;dicas dispuestas a dejar todo lo que estaba haciendo, aun en medio de su propia desgracia personal, para atender a gente que estaba bastante mejor de salud. Se llamaba Susana Gonz&aacute;lez. Conviv&iacute; con ella. La am&eacute; y la perd&iacute; a principios de octubre hace justo tres a&ntilde;os. Hoy solo quise recordarla con estas palabras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>OB</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Osvaldo Baigorria]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 Sep 2023 09:09:13 +0000]]></pubDate>
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