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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Orgullo y prejuicio]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/orgullo-y-prejuicio/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Orgullo y prejuicio]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La puerta que se abre al extraño y al amigo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/puerta-abre-extrano-amigo_129_10559559.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/72bdaf8f-1a71-4465-97b4-9879ef80ebfa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La puerta que se abre al extraño y al amigo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">
La socialidad de los bares y su indeterminación. La espontaneidad de la de las casas y su intimidad. Dos magias distintas.</p></div><p class="article-text">
        Empec&eacute; la semana viendo un <a href="https://www.instagram.com/p/CxptJ1OsfrV/?igshid=NzZhOTFlYzFmZQ==" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">meme</a> que mostraba la mejor pieza de cr&iacute;tica literaria existente: la cr&iacute;tica en cuesti&oacute;n era una rese&ntilde;a de goodreads que le pon&iacute;a una sola estrella a <em>Orgullo y prejuicio </em>de <strong>Jane Austen</strong> y escrib&iacute;a, como comentario, &ldquo;solo un mont&oacute;n de gente yendo a la casa del resto&rdquo;. Como todos los buenos chistes: es gracioso porque es cierto.
    </p><p class="article-text">
        Las novelas de Jane Austen son novelas de matrimonio, y antes de que existieran las citas (antes de que se considerara aceptable para una chica de familia pasar tiempo sola con un muchacho soltero) lo que hab&iacute;a para conocerse y enamorarse eran las visitas. Me parece impensable hoy a m&iacute;, que no le presento a alguien a mi familia hasta que es estrictamente obligatorio porque me estoy por ir a vivir con &eacute;l, ese nivel de proximidad entre la familia y el sexo. En alg&uacute;n sentido podr&iacute;a decirse que justamente, mantener al ritual del amor tan inserto en el hogar era una manera de ahuyentar al sexo; pero as&iacute; y todo la cercan&iacute;a es innegable. Estoy releyendo <em>Orgullo y prejuicio</em> para un taller y me angustio con el momento en que la madre de las Bennett hace que su hija Jane vaya a visitar a las chicas Bingley a caballo y no en carruaje porque va a llover, y si se larga va a tener quedarse a dormir y as&iacute; a flirtear con el hermano. Nada me parece m&aacute;s pesadillesco que tener a t&uacute; madre as&iacute; de metida en tu vida sexual, pero as&iacute; fueron las cosas por much&iacute;simo tiempo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me pongo a pensar en esto cuando me doy cuenta de que hoy tengo amigos cuya casa no conozco, y que no conocen mi casa, gente que puedo considerar bastante amiga realmente, a la que veo seguido e incluso puedo pedirle un favor cada tanto. M&aacute;s all&aacute; del cambio en la moral sexual que hizo posible el paso de las visitas a las citas, es m&aacute;s amplio el fen&oacute;meno que hace que la vida social en general, y no solo la sexual y afectiva, empiece a transcurrir en el espacio p&uacute;blico. Siento que ese proceso se sigue profundizando, y que se relaciona tanto con cambios en la relaci&oacute;n con la intimidad como con transformaciones del h&aacute;bitat (casas cada vez m&aacute;s chicas) y el consumo. 
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Cuando era adolescente me iba de un boliche a otro y luego a otro y no solo por las ganas de bailar y vivir, sino para no volver a casa, al lugar donde me sentía vigilada, donde había que ir avisando los movimientos.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Dos recuerdos: el primero, ir a comer afuera con mi familia cuando era chica, una especie de aventura, tan excepcional como un casamiento. El segundo, la vez que me puse a llorar en un colectivo, volviendo con mi mam&aacute; del curso de ingreso al ILSE, porque se atrevi&oacute; a sugerirme que invitara a mis nuevas compa&ntilde;eras a nuestro departamento que quedaba en Once y no ten&iacute;a jard&iacute;n ni pileta. 
    </p><p class="article-text">
        Dos intuiciones: la primera, las filas llenas y las reservas estalladas de los restaurantes hablan m&aacute;s de una generaci&oacute;n que hizo cotidiano a lo especial, una generaci&oacute;n a la que ya casi no le queda nada que no sea f&aacute;cil (coger es f&aacute;cil, drogarse es f&aacute;cil, salir es f&aacute;cil: no es ni bueno ni malo, es as&iacute;) que de una econom&iacute;a pujante que todos sabemos que no tenemos. La segunda: para ir a comer a un restaurante hace falta plata, es cierto, pero hace falta mucha m&aacute;s plata para tener una casa linda que te den ganas de mostrar, sobre todo en las ciudades atestadas y en los sectores medios atrapados entre la hipocres&iacute;a y la competencia infructuosa. En mi humilde experiencia anecd&oacute;tica que no representa una data objetiva, la gente fina se junta much&iacute;simo m&aacute;s en casas, igual que la gente de las clases populares.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Hoy que mi casa es parte del mundo de la espontaneidad me encanta estar ahí.</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Y m&aacute;s all&aacute; de las causas, me pregunto qu&eacute; clase de socialidad se hace consecuencia de este mundo de vivir en cajitas de f&oacute;sforos (en las que nadie quiere poner demasiado dinero porque encima, en general, no son propias) y juntarnos con nuestros amigos y parejas en bares y restaurantes. Por supuesto que me encanta comer afuera, y por supuesto que me encanta la salida de la esfera familiar que eso implica y la posibilidad de conocer gente nueva que una todav&iacute;a no admitir&iacute;a en su casa (otro factor, supongo, de las citas y encuentros sociales en lugares p&uacute;blicos: la paranoia de la &eacute;poca). Pienso, tambi&eacute;n, en que me encanta estar en mi casa porque vivo sola, o en otras palabras: porque elijo con qui&eacute;n vivo. 
    </p><p class="article-text">
        Cuando era adolescente me iba de un boliche a otro y luego a otro y no solo por las ganas de bailar y vivir, sino para no volver a casa, al lugar donde me sent&iacute;a vigilada, donde hab&iacute;a que ir avisando los movimientos. Hoy que mi casa es parte del mundo de la espontaneidad me encanta estar ah&iacute;. Son dos magias distintas, supongo, la magia de los bares y su indeterminaci&oacute;n y la de las casas y su intimidad, dos clases de erotismo. Y eso, me encanta el bar, pero algo pasa en los afectos y en el calor cuando una puede compartir con gente en su casa, no solo con mis amigos, tambi&eacute;n con los extra&ntilde;os. Algo pasa cuando una tiene el privilegio habitacional de poder armar un encuentro que no se organiza en torno del consumo de nada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>TT&nbsp;</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/puerta-abre-extrano-amigo_129_10559559.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 01 Oct 2023 03:01:46 +0000]]></pubDate>
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