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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - John Cage]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - John Cage]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El silencio y la furia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/silencio-furia_129_13119179.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/841a168b-a8b3-40dc-8895-e79e10db29c6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El silencio y la furia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Woodstock y el ruido. Woodstock y lo que había sonado en 4 minutos y algo más en que no había sonado nada. Y, antes y después, una historia silenciosa que va desde Alphonse Allais y su “Marcha fúnebre para un gran hombre sordo” y el futuro imaginado por Erwin Schulhoff a Jonn Lennon y Yoko Ono, Wilco y más de 1000 artistas ingleses protestando contra la I.A. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        El <em>Festival de M&uacute;sica y Arte</em> de Woodstock, anunciado como &ldquo;una exposici&oacute;n de Acuario: tres d&iacute;as de paz y m&uacute;sica&rdquo;, no tuvo lugar en Woodstock sino 64 km al suroeste, en una granja de Bethel, en el condado de Sullivan del estado de Nueva York. Pero el nombre de ese pueblo del condado de Ulster qued&oacute; unido para siempre no solo al rock sino al momento en que, en 1969, una multitud festej&oacute; la lluvia y el canto comunitario, el propio hecho de estar all&iacute; y mucha de la mejor m&uacute;sica de tradici&oacute;n popular de la historia pero, tambi&eacute;n, a la vanguardia y el experimentalismo como algo cotidiano. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde el viernes 15 de agosto hasta la ma&ntilde;ana del lunes18 actu&oacute; una multitud de m&uacute;sicos muy j&oacute;venes, la mayor&iacute;a casi desconocidos y muy mal pagos &ndash;<strong>Carlos</strong> <strong>Santana</strong>, <strong>Joe Cocker</strong>, <strong>Melanie</strong>&ndash; y unas pocas estrellas: <strong>Creedence Clearwater Revival</strong>, <strong>Blood Sweat &amp; Tears</strong> &ndash;antes de caer en desgracia por haber actuado detr&aacute;s de la Cortina de Hierro con patrocinio de la CIA&ndash; y <strong>Jimi Hendrix</strong>. &nbsp;El concierto del guitarrista, junto con <strong>Mitch Mitchell</strong> en bater&iacute;a y <strong>Billy Cox</strong> en bajo, dur&oacute; dos horas. Iba a cerrar el festival en la noche del domingo pero finalmente subi&oacute; al escenario a las 9 de la ma&ntilde;ana del lunes. Ya quedaba, para ese momento, apenas una d&eacute;cima parte de los 400.000 asistentes. Pero 40.000 personas estaba lejos de ser una cifra menor si se piensa que aplaudieron al ruido mismo. Es cierto, lo que se escuchaba pod&iacute;a tomarse como una pieza descriptiva, casi cinematogr&aacute;fica. Remedaba las bombas y ametralladoras y, junto con la distorsi&oacute;n del Himno estadounidense, remit&iacute;a sin lugar a dudas a Vietnam. Pero se trataba, adem&aacute;s, de la ruptura; de la explosi&oacute;n literal del sonido convertida en objeto art&iacute;stico.
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        No era la primera vez que el nombre de Woodstock, ese peque&ntilde;o pueblo donde el festival no tuvo lugar, estuvo unido a la transformaci&oacute;n no solo de la m&uacute;sica sino del pensamiento acerca de lo que la m&uacute;sica era &ndash;o pod&iacute;a ser&ndash;. Diecisiete a&ntilde;os antes, el 29 de agosto de 1952, posible pero no necesariamente en el otro extremo del ruido, en el peque&ntilde;o Maverick Concert Hall, un pianista llamado <strong>David Tudor</strong> &nbsp;no hab&iacute;a tocado nada durante cuatro minutos y treinta y tres segundos. El estreno de <em>4&rsquo;33&ldquo;</em>, una nueva composici&oacute;n de <strong>John Cage</strong>, fue parte de un concierto en que se hab&iacute;a presentado otra obra del mismo autor, <em>Water Music</em>, adem&aacute;s de una de un alumno suyo de 18 a&ntilde;os llamado <strong>Christian Wolff</strong>, otra de <strong>Morton Feldman</strong> y la primera <em>Sonata</em> de <strong>Pierre Boulez</strong>. La presentaci&oacute;n hab&iacute;a contado con el patrocinio de la Benefit Artists Welfare Fund, el p&uacute;blico era una audiencia interesada y familiarizada con el arte de vanguardia y, hasta la pen&uacute;ltima pieza, todas fueron calurosamente aplaudidas. Pero <em>4&rsquo;33&rdquo;</em>, fue un esc&aacute;ndalo. &ldquo;La gente empez&oacute; a susurrarse cosas y algunos se pararon para irse. Ninguno se rio. M&aacute;s bien se irritaron cuando se dieron cuenta de que no iba a pasar nada. A&uacute;n hoy no lo han olvidado&rdquo;, comentaba Cage, casi tres d&eacute;cadas despu&eacute;s.
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                John Cage en 1952                            </span>
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        <em>4&rsquo;33&ldquo;</em> no es necesariamente una composici&oacute;n para piano &ndash;o para el silencio de un piano y un pianista&ndash;. En realidad puede ser interpretada por cualquier instrumentista o cualquier grupo de instrumentistas siempre y cuando se cumplan ciertas condiciones: su divisi&oacute;n&nbsp;en tres movimientos &ndash;que suman los cuatro minutos con treinta y tres segundos del t&iacute;tulo&ndash;, separados por la se&ntilde;al de un reloj; la utilizaci&oacute;n de una partitura (en el estreno fueron varias hojas manuscritas por Cage, con m&uacute;sica efectivamente escrita para la ocasi&oacute;n), cuyas p&aacute;ginas son dadas vuelta cada vez que comienza un movimiento; y, sobre todo, que el int&eacute;rprete o grupo de int&eacute;rpretes no toquen ning&uacute;n sonido en sus instrumentos durante la obra. Cuatro minutos treinta y tres es una obra silenciosa. O todo lo contrario: una obra cargada con la imposibilidad del silencio. 
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a del estreno, en el primer movimiento son&oacute; el viento entre las hojas y, en el segundo, algunas gotas de lluvia que comenzaron a caer. Y, claro, el mismo p&uacute;blico. Un compositor que se opon&iacute;a a la idea de composici&oacute;n hab&iacute;a compuesto una obra que no estaba compuesta. Como estaba en contra de la idea de repertorio hab&iacute;a dise&ntilde;ado algo que no pod&iacute;a entrar en el repertorio y como polemizaba con los int&eacute;rpretes perge&ntilde;&oacute; una m&uacute;sica que no pod&iacute;a ser interpretada. John Cage discut&iacute;a tambi&eacute;n el tiempo y esa obra ten&iacute;a una duraci&oacute;n totalmente arbitraria (m&aacute;s adelante Cage dijo, en un reportaje, que en ese momento ya ni siquiera indicar&iacute;a un tiempo preciso). Cuestionaba la idea del sonido reglamentado y lo omit&iacute;a, rechazaba la repetici&oacute;n y esa era una obra que no pod&iacute;a (o no deb&iacute;a) repetirse &ndash;o que nunca podr&iacute;a ser la misma una vez que se conociera lo que all&iacute; suceder&iacute;a&ndash;. Pon&iacute;a en tela de juicio el rito del concierto burgu&eacute;s y esa era una &ldquo;composici&oacute;n&rdquo; que jam&aacute;s podr&iacute;a congeniar con ese rito. Romp&iacute;a con el m&aacute;s sagrado de los dioses, aun para los m&aacute;s vanguardistas: el derecho de autor. Y no pod&iacute;a grabarse en disco &ndash;aunque, cr&eacute;ase o no, hay versiones discogr&aacute;ficas&ndash;. Pero adem&aacute;s conectaba al p&uacute;blico que as&iacute; lo quisiera con su propio sonido interior. Y con el ordenamiento que su mente y su sensibilidad hicieran de lo que sonara alrededor. Fue la obra que instituy&oacute; el silencio como hecho sonoro. No fue la primera. Tampoco fue la &uacute;ltima.
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                Erwin Schulhoff                            </span>
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        <strong>Erwin Schulhoff</strong> hab&iacute;a nacido en 1894 en Praga, en ese entonces capital de Bohemia, en el Imperio Austroh&uacute;ngaro. En la Gran Guerra, que acab&oacute; con dicho imperio, fue soldado para su ej&eacute;rcito y acab&oacute; prisionero en Italia. Un a&ntilde;o despu&eacute;s, en 1919, se presentaba como pianista en Alemania y acompa&ntilde;aba sus actuaciones con un Manifiesto: &ldquo;El arte absoluto es revoluci&oacute;n, requiere facetas adicionales para su desarrollo, conduce al derrocamiento (golpes de estado) para abrir nuevos caminos &ndash; y es a&uacute;n m&aacute;s poderoso en la m&uacute;sica&ndash;. La idea de revoluci&oacute;n en el arte ha evolucionado durante d&eacute;cadas, bajo cualquier sol en que hayan vivido los creadores, en el sentido de que, para ellos, el arte es lo com&uacute;n del hombre. Esto es particularmente cierto en la m&uacute;sica, porque esta forma de arte es la m&aacute;s viva y, como resultado, refleja la revoluci&oacute;n con mayor fuerza y profundidad: la completa evasi&oacute;n de la tonalidad y el ritmo imperialistas, el ascenso hacia un cambio ext&aacute;tico para mejor&rdquo;. De ese a&ntilde;o son su <em>Sonata Er&oacute;tica</em> (para voz femenina sola), donde la partitura detalla el ritmo y las alturas de un orgasmo de m&aacute;s de tres minutos, y sus <em>Cinco Pintorescas</em> (<em>F&uuml;nf Pittoresken</em>) para piano. &nbsp;Son piezas breves y todas, menos una, refieren a m&uacute;sicas populares, que, para la tradici&oacute;n centroeuropea, ten&iacute;an una poderosa fuerza disruptiva. Sus t&iacute;tulos eran &ldquo;Foxtrott&rdquo;, &ldquo;Ragtime&rdquo;, &ldquo;In Futurum&rdquo;, &ldquo;One-Step&rdquo; y &ldquo;Maxixe&rdquo;. La composici&oacute;n central, por su t&iacute;tulo y su contenido, pod&iacute;a, como la versi&oacute;n de Hendrix del <em>Himno estadounidense</em>, tomarse como un comentario sobre la guerra&nbsp;reci&eacute;n acabada. Y sobre la herencia que legaba. La partitura parece una notaci&oacute;n para piano, aunque invierte la posici&oacute;n entre ambos pentagramas, poniendo en el superior una clave de fa y en el otro la de sol. Un texto en italiano indica: &ldquo;Toda la pieza con expresi&oacute;n y sentimiento ad libitum, hasta el final&rdquo;. No hay notas sino silencios pero mani&aacute;ticamente escritos con intrincad&iacute;simos cambios de acentuaci&oacute;n y en compases imposibles. Por a&ntilde;adidura, inventa all&iacute; los emoticones. La escritura musical es comentada por caritas sonrientes o afligidas. Y, obviamente, se trata de una pieza silenciosa. 
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                Partitura de In Futurum, de Erwin Schulhoff                            </span>
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    </figure><p class="article-text">
        Schulhoff fue considerado un &ldquo;m&uacute;sico degenerado&rdquo; en Alemania y volvi&oacute; a su ciudad natal, para ese entonces ya la capital de un nuevo pa&iacute;s llamado Checoeslovaquia. All&iacute; sobrevivi&oacute; como pianista de radio, y entre otras cosas, en 1932 puso m&uacute;sica al <em>Manifiesto Comunista</em>. A partir de 1939, con la invasi&oacute;n alemana, debi&oacute; componer en secreto y actuar con seud&oacute;nimos. En 1941 la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica resolvi&oacute; favorablemente su petici&oacute;n de ciudadan&iacute;a pero no lleg&oacute; a emigrar. En junio de ese a&ntilde;o fue capturado y deportado al campo de concentraci&oacute;n de W&uuml;lzburg, cerca de Wei&szlig;enburg, en Bavaria. All&iacute; muri&oacute;, de tuberculosis, el 18 de agosto de 1942.
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    </figure><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; del uso consciente del silencio como elemento musical, en las obras de <strong>Carl Philipp Emanuel Bach</strong> o <strong>Ludwig Van Beethoven</strong>, antes y despu&eacute;s de Cage hubo otros silencios. El del escritor <strong>Alphonse Allais</strong>, en su &ldquo;Marcha f&uacute;nebre para un gran hombre sordo&rdquo;, de 1897, donde un grupo de m&uacute;sicos s&oacute;lo debe mover las manos y contar los compases, &ldquo;M&uacute;sica silenciosa&rdquo;, escrita por <strong>Raymond Scott</strong> en 1941, en que los &uacute;nicos sonidos son los de las llaves de los instrumentos de viento (que no son soplados) y el susurro de unas escobillas inm&oacute;viles sobre un tambor, &nbsp;la &ldquo;Sinfon&iacute;a Mon&oacute;tona y Silenciosa&rdquo;, de <strong>Yves Klein</strong>, compuesta en 1949, donde a un movimiento de 20 minutos con un solo acorde sucede otro de la misma duraci&oacute;n pero en silencio y, dede ya, las <em>3 Bagatelas para David Tudor</em> de <strong>Gy&ocirc;rgi Ligeti</strong>. Y hay tambi&eacute;n, desde ya, ejemplos notables en la m&uacute;sica de tradici&oacute;n popular y sus sat&eacute;lites en el campo de lo ambiental y el electropop. &ldquo;18 Sek&uacute;ndur fyrir s&oacute;laruppr&aacute;s&rdquo; (18 segundos antes de la sonrisa) del grupo island&eacute;s <strong>Sigur R&oacute;s</strong> ,&ldquo;23 Seconds of Silence&rdquo; de <strong>Wilco</strong> (en <em>Summerteeth</em>), y &ldquo;42 Minutes of Silence&rdquo; de <strong>Milosh</strong>, los 4 segundos de &ldquo;Nutopian International Anthem&rdquo; de <strong>John Lennon</strong> en <em>Mind Games</em> y, de &eacute;l junto con <strong>Yoko Ono</strong>, &ldquo;Two Minutes Silence&rdquo; (incluido en <em>Unfinished Music No. 2: Life with the Lions</em>)&nbsp;son algunos de ellos. Del lado del jazz, all&iacute; est&aacute; &ldquo;Leucocyte II: Ad Interim&rdquo; de <strong>E.S.T.</strong> (Esbj&ouml;rn &nbsp;Svensson Trio) con su minuto de silencio entre las ruidosas &nbsp;&ldquo;Leucocyte I: Ab Initio&rdquo; y &nbsp;&ldquo;Leucocyte III: Ad mortem&rdquo;, en el &aacute;lbum <em>Leucocyte</em>, de 2008. 
    </p><p class="article-text">
        El silencio como posible respuesta a aquella frase que cerraba <em>Cr&iacute;tica cultural y sociedad</em>, del fil&oacute;sofo <strong>Theodor Adorno</strong>, donde se dec&iacute;a que escribir poes&iacute;a despu&eacute;s de Auschwitz era un acto de barbarie. Como expresi&oacute;n de una imposibilidad o de una puerta a un universo poblado de posibilidades y, tambi&eacute;n, como medio de protesta. En 1980 se edit&oacute; <em>The Wit and Wisdom of Ronald Reagan</em> (El ingenio y la sabidur&iacute;a de Ronald Reagan). Fue publicado, en una tirada reducida y nunca reeditado, por Magic Records, un sello creado espec&iacute;ficamente para esta publicaci&oacute;n. Conten&iacute;a dos pistas, cada una de 20 minutos de duraci&oacute;n, dedicada una al ingenio y la otra a la sabidur&iacute;a del presidente mentado. Y, ya lo han adivinado, conten&iacute;an solo silencio. &nbsp;M&aacute;s recientemente, en 2025, m&aacute;s de mil artistas, entre ellos <strong>Kate Bush</strong>, <strong>Damon Albarn</strong> y <strong>Annie Lennox</strong>, firmaron una edici&oacute;n de Virgin Music Group en contra de la utilizaci&oacute;n pirata de sus obras en el entrenamiento de la I.A. Entre todos los t&iacute;tulos del disco se forma la frase: &ldquo;El gobierno brit&aacute;nico no debe legalizar el robo de m&uacute;sica para beneficiar a las compa&ntilde;&iacute;as de I.A.&rdquo; El &aacute;lbum se llama <em>Is This What We Want?</em> y no hay all&iacute; sonido alguno. 
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        <em>DF/MF</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/silencio-furia_129_13119179.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Apr 2026 13:33:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El silencio y la furia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Woodstock,Jimi Hendrix,John Cage]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El Fiord, libros sobre el sonido, La merma y Miranda July]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/fiord-libros-sonido-merma-miranda-july_1_12525386.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/abc3d353-28c9-4deb-80a1-fbacb06c2948_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El Fiord, libros sobre el sonido, La merma y Miranda July"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En este episodio Tamara y Male Rey conversan todo el rato sobre libros: uno de Osvaldo Lamborghini, uno de César Aira, uno de Sebastián Hacher, uno de John Cage, uno de María Moreno y uno de Miranda July.</p></div><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <a href="https://open.spotify.com/show/6j1i7RoKVpVfR5NnEo8bsm" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Algo Prestado</a> es un podcast de <strong>elDiarioAR</strong> realizado por <a href="https://www.eldiarioar.com/autores/tamara-tenenbaum/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Tamara Tenenbaum</a>, junto a un invitado cada semana. Est&aacute; alojado en <a href="https://open.spotify.com/episode/5h8EylXKHGWTzNqmcz6VUp" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Spotify,</a> plataforma l&iacute;der para la publicaci&oacute;n de podcast, y tambi&eacute;n en otras aplicaciones de streaming.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Tamara Tenenbaum]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/conexiones/fiord-libros-sonido-merma-miranda-july_1_12525386.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 09 Aug 2025 18:23:03 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[La música de la soledad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/musica-soledad_129_11324892.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b02bba5b-0d90-4e30-b207-21d39cdaf206_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Conlon Nancarrow"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Es uno de los compositores más importantes de la modernidad pero apenas escribió para intérpretes humanos y casi toda su obra fue creada para pianola. Conlon Nancarrow, comunista y ermitaño, nació en los Estados Unidos pero vivió en México. Sus Estudios –que no pueden estudiarse– llevan el ritmo a una ultra complejidad fácil para el jazz aunque esquiva para la tradición académica. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;El &uacute;ltimo verano encontr&eacute; en una tienda de discos de Par&iacute;s las grabaciones que ustedes hicieron con la m&uacute;sica de Conlon Nancarrow. Escuch&eacute; esa m&uacute;sica e, inmediatamente, me gan&oacute; el entusiasmo. Esta m&uacute;sica es el descubrimiento m&aacute;s grande desde Webern y Ives&rdquo;, empezaba escribiendo el gran compositor <strong>Gy&ouml;rgy Ligeti</strong> en una carta a un peque&ntilde;o sello discogr&aacute;fico de Berkeley, California, llamado 1750 Arch. El pianista <strong>Glenn Gould</strong> hab&iacute;a pensado que el disco terminar&iacute;a con los conciertos. Y <strong>Nick Hornby</strong> cont&oacute;, en <em>Alta fidelidad</em>, una historia a partir de listas de discos. En efecto, muchas de las historias del siglo XX podr&iacute;an narrarse de esa forma. La de Nancarrow, ese compositor mexicano nacido en los Estados Unidos, tambi&eacute;n. En primer lugar, porque la coprotagonista es una m&aacute;quina llamada pianola, dise&ntilde;ada para re-producir m&uacute;sica (y no para producirla) y cuya explosi&oacute;n de consumo, en los finales del siglo XIX y los comienzos del siguiente, anticip&oacute; en gran medida la de la industria discogr&aacute;fica. Pero, tambi&eacute;n, por Ligeti, ese fan a la medida de <em>Alta Fidelidad</em> que descubri&oacute; a Nancarrow, un compositor secreto, en un disco y que conclu&iacute;a su carta al sello diciendo: &ldquo;Su obra es completamente original, disfrutable, constructiva y, al mismo tiempo emocional. Para m&iacute;, es la mejor m&uacute;sica de cualquier compositor vivo&rdquo;.
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        Ese autor, un ex combatiente de la Brigada Abraham Lincoln en la Guerra Civil Espa&ntilde;ola, viv&iacute;a recluido con su tercera esposa en Las Aguilas, un suburbio del DF mexicano. Y Ligeti fue quien logr&oacute;, en 1982, que se le concediera el MacArthur Genius Grant, un premio de 300.000 d&oacute;lares por a&ntilde;o mantenido durante un lustro. Y si se escuchan los formidables <em>Estudios para piano</em> de Ligeti, escritos durante las d&eacute;cadas de 1980 y 1990, se entiende la fascinaci&oacute;n del europeo y se ve hasta qu&eacute; punto Nancarrow re configur&oacute; para &eacute;l tanto la idea virtuosismo pian&iacute;stico como la del ritmo &ndash;y de la polirritmia, eso que el jazz aprendi&oacute; muy tempranamente, pero a la tradici&oacute;n acad&eacute;mica le resulta todav&iacute;a extra&ntilde;o&ndash;.
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    </figure><p class="article-text">
        <strong>Samuel Conlon Nancarrow </strong>hab&iacute;a nacido en 1912 en Texarkana, Arkansas, y muri&oacute; en 1997. Durante su &uacute;ltimo a&ntilde;o de vida, apenas pod&iacute;a conversar contestando con monos&iacute;labos. Su muerte pas&oacute; desapercibida para casi todos. Podr&iacute;a decirse que tambi&eacute;n as&iacute; pas&oacute; su vida, y sobre todo esa extra&ntilde;a obra que, con discreci&oacute;n aparente, pone en tela de juicio varios de los presupuestos inconmovibles del arte a partir del Romanticismo &ndash;presupuestos que, en muchos casos, las vanguardias se ocuparon de mantener&ndash;.
    </p><p class="article-text">
        Las caleidosc&oacute;picas construcciones sonoras de Nancarrow estuvieron rodeadas de silencio. Aun as&iacute;, algunos, cada tanto, descubrieron la riqueza que hab&iacute;a en ellas. Uno fue <strong>John Cage</strong>, que en 1960 convenci&oacute; a su pareja, el core&oacute;grafo <strong>Merce Cunningham</strong>, para que utilizara una composici&oacute;n de Nancarrow en una obra llamada <em>Crises</em>. <strong>Elliot Carter </strong>consigui&oacute; que New Music Editions publicara el <em>Estudio N&deg; 1</em> pero reci&eacute;n cinco a&ntilde;os despu&eacute;s de que Nancarrow se lo enviara. Y otro compositor, <strong>Harry Partch</strong>, lo visit&oacute; en M&eacute;xico, aunque sin que haya ning&uacute;n testimonio de que en alg&uacute;n momento lo haya considerado seriamente como un compositor. Y eso fue todo. Despu&eacute;s, en 1969, Columbia realiz&oacute; un disco con algunos de los <em>Estudios</em>, pero la calidad sonora fue tan mala que oblig&oacute; a que la grabaci&oacute;n fuera retirada de cat&aacute;logo inmediatamente. Y en 1976, el compositor envi&oacute; al sello Nonesuch &shy;&ndash;hoy baluarte de la <em>Americana</em> y de su lado &ldquo;cl&aacute;sico&rdquo;, con <strong>Steve Reich</strong>, <strong>Philip Glass </strong>y <strong>John Adams</strong> a la cabeza&ndash; una cinta con algunas de sus composiciones para pianola recibiendo como respuesta apenas una pregunta: &iquest;Era necesario que le enviaran la cinta nuevamente o pod&iacute;an destruirla?
    </p><p class="article-text">
        Que Cage se haya fijado en Nancarrow, en todo caso, resulta bastante significativo. Porque fue precisamente Nancarrow quien llev&oacute; a un punto extremo de radicalidad las cr&iacute;ticas que John Cage hab&iacute;a puesto en escena con sus obras. Porque si Cage hab&iacute;a ideado composiciones que dejaban descolocado o convert&iacute;an en in&uacute;til el modelo de arte rom&aacute;ntico, el virtuosismo de los int&eacute;rpretes, el modelo de circulaci&oacute;n fijado por el concierto burgu&eacute;s y los criterios de valor corrientes en el campo de la m&uacute;sica art&iacute;stica de tradici&oacute;n escrita, Nancarrow, directamente, hab&iacute;a escrito piezas que prescind&iacute;an por absoluto de todo ello. Composiciones sin int&eacute;rpretes, sin conciertos y sin posibles nuevas versiones. Estudios que no pod&iacute;an estudiarse porque ya estaban fijados para siempre en un rollo de pianola.
    </p><p class="article-text">
        El soci&oacute;logo <strong>Pierre Bourdieu </strong>analizaba algunas de las costumbres ligadas al consumo de arte en relaci&oacute;n con la acumulaci&oacute;n de capital e introduc&iacute;a la noci&oacute;n de acumulaci&oacute;n de capital cultural. El placer del arte estaba asociado, seg&uacute;n Bourdieu, a cierta informaci&oacute;n &ndash;ese capital cultural acumulado&ndash; acerca de obras, artistas, &eacute;pocas y escuelas. Saber acerca de las circunstancias de composici&oacute;n de una obra, o, en el caso de la m&uacute;sica, de una determinada interpretaci&oacute;n, no s&oacute;lo contribu&iacute;a al placer por la obra, sino que, directamente, era lo que lo constitu&iacute;a. De hecho, la mayor&iacute;a de las conversaciones que los mel&oacute;manos sostienen alrededor de la m&uacute;sica y de su valor, ponen en juego esos saberes altamente simb&oacute;licos: qu&eacute; cantante interpret&oacute; antes &ndash;y mejor&ndash; esa aria, en qu&eacute; a&ntilde;o <strong>Arturo Toscanini</strong> dirigi&oacute; esa sinfon&iacute;a, e, incluso, los detalles de la vida privada de <strong>Sviatoslav Richter</strong> o <strong>Maria Callas</strong> que lo definen a &eacute;l, al mel&oacute;mano, como alguien &ldquo;que sabe&rdquo;. Es decir, nada demasiado diferente de lo que sucede con los fans de alg&uacute;n artista pop o con el p&uacute;blico de jazz. Ni unos ni otros se consideran oyentes comunes y todos ellos basan su distinci&oacute;n en aquello que saben sobre el artista. Es decir, en aquello que sin ser la obra construye, sin embargo, la &ldquo;buena escucha&rdquo; de esa obra. Y la m&uacute;sica de Nancarrow, esas breves piezas escritas directamente sobre rollos de pianola, excluye esa clase de acumulaci&oacute;n de capital &ndash;aunque tal vez no otras, m&aacute;s ligadas al descubrimiento del artista de culto, de lo secreto o de lo exc&eacute;ntrico&ndash;.
    </p><p class="article-text">
        Pero Nancarrow tambi&eacute;n pone en tela de juicio las est&eacute;ticas dominantes en las academias a mediados del siglo XX. Sobre todo, por su utilizaci&oacute;n del ritmo, donde la complejidad, en lugar de a su disoluci&oacute;n &ndash;como en mucha de la m&uacute;sica de tradici&oacute;n acad&eacute;mica compuesta en la segunda mitad del siglo XX&ndash; conduce a su intensificaci&oacute;n. El linaje de Nancarrow remite m&aacute;s a <strong>Fats Waller</strong>, <strong>Earl Hines</strong> y <strong>Art Tatum</strong> que a Anton Webern. 
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    </figure><p class="article-text">
        En Nancarrow, por otra parte, hay un reconocimiento (un reconocimiento compartido por los primeros compositores de m&uacute;sica electr&oacute;nica) de la imposibilidad del int&eacute;rprete para hab&eacute;rselas con determinado grado de dificultad. El serialismo integral &ndash;una de las modalidades derivadas del dodecafonismo, donde todo se derivaba de los par&aacute;metros fijados en una serie inicial de sonidos, ataques, intensidades, configuraciones r&iacute;tmicas y timbres&ndash; se hab&iacute;a arribado a un punto imposible, parad&oacute;jico y sin retorno, donde cuanto m&aacute;s importante era, para el compositor, la precisi&oacute;n absoluta en matices y duraciones, menos fiable era la interpretaci&oacute;n y en que, a mayores exigencias de la escritura, aparec&iacute;an mayores incapacidades pr&aacute;cticas. &iquest;C&oacute;mo lograr que la duraci&oacute;n de un sonido fuera exactamente doce veces menor que la del anterior y siete mayor que la del pr&oacute;ximo y que simult&aacute;neamente se tocaran sonidos con intensidad diferente &ndash;y exactamente mensurada&ndash; y con modos de ataque tambi&eacute;n distintos? En el serialismo, mucha m&uacute;sica pensable no era ni interpretable ni escuchable. 
    </p><p class="article-text">
        Nancarrow, en cambio, part&iacute;a de la base de que mucho de lo que pod&iacute;a ser pensado &ndash;y, en particular, escuchado&ndash; no era factible para personas, pero s&iacute; pod&iacute;a serlo para un instrumento mec&aacute;nico. &Eacute;l hab&iacute;a comenzado como trompetista de jazz y sab&iacute;a que la clase de complejidad r&iacute;tmica que lograban pianistas como Hines y Tatum en la improvisaci&oacute;n era imposible de reproducir mediante la codificaci&oacute;n en una partitura y una posterior decodificaci&oacute;n de un int&eacute;rprete. La soledad de Nancarrow, eventualmente, estaba prefigurada en ese arduo trabajo de composici&oacute;n realizado literalmente sobre la materia, que implicaba m&aacute;s de un a&ntilde;o de labor para lograr unos cinco minutos de m&uacute;sica (aunque cinco minutos cargados con una densidad de informaci&oacute;n incre&iacute;ble).
    </p><p class="article-text">
        La totalidad de sus estudios fue grabada por el sello alem&aacute;n Wergo y editada en cinco Cds. Para hacerlo, se trasladaron equipos de grabaci&oacute;n digitales a su estudio, donde Nancarrow ten&iacute;a la vieja pianola Ampico de 1927, reformada por &eacute;l mismo, para la que escribi&oacute; la gran mayor&iacute;a de su obra. M&aacute;s cerca en el tiempo, el sello MDG (Musikproduktion Dabringhaus und Grimm), famoso por la alt&iacute;sima calidad t&eacute;cnica de sus grabaciones, volvi&oacute; a registrar los <em>Estudios</em> pero, esta vez, en un B&ouml;sendorfer Grand Piano conectado, mediante computadora, con la pianola Ampico de 1927 Ampico player piano mechanism (all tracks) y, en dos de los Estudios, el 44b y el 48, con un Gran Piano Fischer conectado a una Ampico de 1925, seg&uacute;n especificaciones del compositor. Curiosamente, en esta m&uacute;sica sin int&eacute;rpretes ni interpretaci&oacute;n, surgen, a partir de esta nueva edici&oacute;n discogr&aacute;fica, cuestiones que parec&iacute;an reservadas s&oacute;lo a Bach, Beethoven y compa&ntilde;&iacute;a. &iquest;Cu&aacute;l es la mejor versi&oacute;n, la de la precaria pianola, con el sonido que Nancarrow tuvo en su cabeza al componer las piezas, o la m&aacute;s nueva, en que su obra suena sobre un piano moderno, de gran sonido, como si alguien efectivamente estuviera toc&aacute;ndola. En cualquier caso, el contrapunto &ndash;en un nivel de abstracci&oacute;n y, al mismo tiempo, de eficacia sonora s&oacute;lo comparable a los de Bach o H&auml;ndel&ndash;, el ritmo entendido como materia &ndash;y no como variable de la melod&iacute;a o la armon&iacute;a&ndash; y el efecto de multiplicaci&oacute;n &ndash;de fractalidad, dir&iacute;a un matem&aacute;tico&ndash; convierten a esa m&uacute;sica no s&oacute;lo en una de las m&aacute;s trascendentes del siglo pasado sino en una de las m&aacute;s gratas, seductoras e interesantes.
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    </figure><p class="article-text">
        Algunas otras composiciones &ndash;tres cuartetos para cuerdas, un tr&iacute;o para clarinete, fagot y piano, unas pocas piezas para piano y dos obras para peque&ntilde;a orquesta, escritas en 1943 y 1985&ndash; marcan su relaci&oacute;n con el mundo de la interpretaci&oacute;n humana.
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    </figure><p class="article-text">
        Pero, a partir de la d&eacute;cada de 1990, un grupo de m&uacute;sicos dio una nueva vuelta de tuerca a su m&uacute;sica mec&aacute;nica al comenzar a tocar transcripciones de sus estudios para pianola. En ese sentido, el pianista <strong>Yvar Mikhashoff</strong>, que realiz&oacute; la mayor&iacute;a de esas transcripciones, y el <strong>Ensemble Modern</strong>, que las registr&oacute; con la conducci&oacute;n de <strong>Ingo Metzmacher</strong>, se&ntilde;alaron un nuevo standard para la pr&aacute;ctica musical al volver posibles esas piezas que hab&iacute;an partido de la idea de la imposibilidad. 
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Su m&uacute;sica humana, por otra parte, nunca tuvo demasiada suerte. El compositor mexicano <strong>Julio Estrada </strong>recuerda, por ejemplo, la frase del clarinetista <strong>Anastasio Flores </strong>ante la partitura del Tr&iacute;o: &ldquo;Van a pensar que estamos borrachos si tocamos esto&rdquo;. Estrada es, precisamente, uno de los que ubica al compositor en un lugar de privilegio y lo compara con <strong>Silvestre Revueltas</strong> &ldquo;si se entiende a ambos bajo el signo del genio musical y la combatividad pol&iacute;tica y que comienzan a ser hoy un&aacute;nimemente distinguidos fuera y dentro de M&eacute;xico como nuestros grandes m&uacute;sicos del siglo&rdquo;. 
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    </figure><p class="article-text">
        La similitud, en realidad, va m&aacute;s all&aacute;. Ambos fueron mexicanos en un sentido esencial y alejado de cualquier pintoresquismo de postal. Uno, Silvestre Revueltas, tuvo, en todo caso, la astringencia del tequila. El otro, Conlon Nancarrow, militante comunista en Estados Unidos y compositor sobre rollos de pianola en Las &Aacute;guilas, tuvo esa clase de distancia con los lugares comunes de su &eacute;poca que s&oacute;lo pod&iacute;a lograrse en los m&aacute;rgenes. M&aacute;rgenes que, en este caso, &eacute;l mismo traz&oacute;, por fuera del mercado y de las academias. La m&uacute;sica de Nancarrow es, en muchos aspectos, la m&uacute;sica de la soledad y, como imagin&oacute; <strong>Malcolm Lowry</strong>, tal vez no haya mejor lugar para la soledad &ndash;y para su m&uacute;sica&ndash; que M&eacute;xico, ese lugar en que el aguardiente se produce a partir de un c&aacute;ctus cuyo nombre la poes&iacute;a envidiar&iacute;a, el agave azul.
    </p><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog &ldquo;El sonido de los sue&ntilde;os&rdquo;: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/musica-soledad_129_11324892.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Apr 2024 13:16:42 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La música de la soledad]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los premios]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/premios_129_10597945.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e3f957aa-8aac-4d7d-8097-a1e42908ce52_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los premios"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Dos discos. En uno, las rivales cantan. En el otro, solo se oye la voz de quien oye. En ambos aparece una misma cantante, la extraordinaria soprano Véronique Gens, premiada como “Artista del año”. Ese y otros reconocimientos en el galardón más importante en el mundo del disco clásico, el que otorga anualmente la revista inglesa Gramophone. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Una de las cantantes ten&iacute;a la voz m&aacute;s cristalina y brillante. La otra pose&iacute;a un timbre m&aacute;s oscuro. Aterciopelado, dir&iacute;an los amantes de las met&aacute;foras. Madame Dugazon y Madame Saint-Huberty fueron las estrellas de la Op&eacute;ra-Comique y de la Op&eacute;ra de Par&iacute;s a fines del siglo XVIII. No se sabe si se odiaban o no. S&iacute; que jam&aacute;s cantaron juntas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V&eacute;ronique Gens</strong>, nacida en 1966, debut&oacute; a los 20 a&ntilde;os, cuando a&uacute;n estudiaba en el Conservatorio de Par&iacute;s, como cantante en el grupo <strong>Les Arts Florissants</strong>, uno de los m&aacute;s importantes en el estudio y la aplicaci&oacute;n de las pr&aacute;cticas interpretativas del barroco franc&eacute;s y en el auge de ese repertorio a partir de las &uacute;ltimas d&eacute;cadas del siglo pasado. Y dos a&ntilde;os despu&eacute;s, en una grabaci&oacute;n de <em>The Fairy Queen</em>, de <strong>Henry Purcell</strong>, compart&iacute;a el elenco con otra de las grandes cantantes de su generaci&oacute;n, la soprano <strong>Sandrine Piau</strong>, nacida en 1965, que tambi&eacute;n hab&iacute;a conocido a <strong>William Christie</strong>, el director del grupo, en el Conservatorio &ndash;donde estudiaba arpa&ndash;. 
    </p><p class="article-text">
        Gens y Piau actuaron juntas infinidad de veces. Y grabaron, el a&ntilde;o pasado, el disco que acaba de ganar el premio <em>Gramophone</em>, el m&aacute;s prestigioso en el &aacute;mbito de la m&uacute;sica cl&aacute;sica, en el rubro &ldquo;voz con ensamble&rdquo;. El disco se titula, obviamente, Rivales, y recorre el repertorio de arias y d&uacute;os de &oacute;pera que la Dugazon y la Saint-Hubert cantaron (aunque nunca juntas). 
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Gens construye un cuadro de dramatismo supremo en una escena de <em>Ariadne dans la l&rsquo;isle de Naxos</em>, de <strong>Jean Fr&eacute;d&eacute;ric Edelmann</strong>; Piau corta el aliento &ndash;de quien escucha&ndash; en &ldquo;Se mai senti&rdquo;, de una &oacute;pera temprana de <strong>Christoph Willibald Gluck</strong>, <em>La clemenza de Tito</em>, que m&aacute;s adelante &eacute;l recicl&oacute; en <em>Iphig&eacute;nie en Tauride</em>. Y ambas deslumbran &ndash;y empastan/contrastan como los dioses (o las diosas)&ndash; en piezas de <strong>Johann Christian Bach</strong> y <strong>Nicolas Dalayrac</strong>. La notable orquesta barroca <strong>Le Concert de la Loge</strong> &ndash;con cuerdas de tripa, flautas de madera y ty cornos sin pistones&ndash; fundada y dirigida por <strong>Julien Chauvin</strong>, es, eventualmente, parte indisoluble de la fiesta, al igual que la exquisita grabaci&oacute;n del sello franc&eacute;s Alpha. Pero donde se encuentra la ra&iacute;z del premio (los otros candidatos en la categor&iacute;a eran <em>Contra tenor</em>, un recital del extraordinario tenor <strong>Michael Spyres</strong>, y una colecci&oacute;n de arias del bel canto franc&eacute;s por la soprano <strong>Lisette Oropesa</strong>) es en uno de los caballitos de batalla de la cr&iacute;tica especializada internacional: la imaginaci&oacute;n a la hora de elegir el repertorio. Las rivales de Gens y Piau traen a la vida una serie de obras y compositores &shy;&ndash;Monsigny, Loiseau, los mencionados Dalayrac y Edelmann&ndash; que, junto con los (apenas) m&aacute;s conocidos Gluck, Gr&eacute;try y Cherubini conforman un universo est&eacute;tico tan interesante como bello. 
    </p><p class="article-text">
        Pero Gens, la &ldquo;artista del a&ntilde;o&rdquo;, edit&oacute; un disco m&aacute;s en 2023, su versi&oacute;n (ahora de referencia para el futuro) de <em>La voz humana</em>, una de las obras m&aacute;s geniales y at&iacute;picas del siglo XX. Una &oacute;pera situada por afuera de todos los &ldquo;ismos&rdquo; de su &eacute;poca, tan alejada del pasado como de su presente, donde uno de los personajes est&aacute; del otro lado del tel&eacute;fono y su voz solo puede ser adivinada en las r&eacute;plicas de esa mujer que esper&oacute; el llamado cinco a&ntilde;os y que escucha a quien la ha abandonado. <strong>Francis Poulenc</strong>, brazo musical del surrealismo en los a&ntilde;os 20, art&iacute;fice mayor de la canci&oacute;n menor y autor, en 1943, de una cantata llamada <em>Figure humaine</em> &ndash;ocho poemas de <strong>Paul &Eacute;luard</strong> que conclu&iacute;an con el famoso &ldquo;Libert&eacute;&rdquo; y con la nota m&aacute;s aguda escita jam&aacute;s para una soprano de coro&ndash;, prohibida por el gobierno colaboracionista. Con un miedo indecible a la muerte y atormentado por la culpa que le produc&iacute;a su homosexualidad, Poulenc se convirti&oacute; en lo m&aacute;s parecido a un militante musical del catolicismo despu&eacute;s de la crisis m&iacute;stica que sigui&oacute; a la depresi&oacute;n causada por la muerte de su pareja, <strong>Lucien Roubert</strong>, en 1955. 
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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        Los a&ntilde;os de la enfermedad de Lucien fueron los mismos en que compuso <em>Di&aacute;logo de carmelitas</em>, una &oacute;pera en que un grupo de monjas rebeldes a la Revoluci&oacute;n de 1789, discuten sobre problemas existenciales y sobre la naturaleza de la fe y acaban decapitadas en uno de los finales m&aacute;s estremecedores de la historia del teatro musical: el coro va perdiendo una voz en cada estrofa y el sonido de la guillotina punt&uacute;a el relato musical.
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        Despu&eacute;s de la depresi&oacute;n, de un colapso nervioso y de una internaci&oacute;n en una cl&iacute;nica en las afueras de Par&iacute;s, Poulenc asisti&oacute; al &eacute;xito de su &oacute;pera y comenz&oacute; una nueva relaci&oacute;n sentimental con un exsoldado, <strong>Louis Gaultier</strong>. Y, en 1958, compuso, junto con su amigo <strong>Jean Cocteau</strong>, <em>La voix humaine</em>. En muchos momentos la voz, sola &ndash;y llena de soledad&ndash; alterna con la orquesta. Se contestan mutuamente. La comunicaci&oacute;n se interrumpe. Al comienzo hay una llamada equivocada. La interpretaci&oacute;n de Gens &ndash;que va mucho m&aacute;s all&aacute; del canto&ndash; junto con la <strong>Orquesta de Lille</strong>, con direcci&oacute;n de <strong>Alexandre Bloch</strong>, es ejemplar. Y el disco se completa con la <em>Sinfonietta</em>, un divertimento escrito en 1947 remedando la liviandad de su estilo de los a&ntilde;os locos.&nbsp;
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        Otros discos premiados que merecen especial atenci&oacute;n son los <em>Quintetos para cuerdas</em> de Mozart por el violista <strong>Antoine Tamestit</strong> junto con el <strong>Cuarteto &Eacute;b&egrave;ne</strong>, la obra coral de <strong>John Cage</strong> por el <strong>Coro de la Radio Letona </strong>con direcci&oacute;n de <strong>Sigvards Klava</strong>, la genial<strong> Nurit Stark </strong>en viol&iacute;n y viola haciendo obras para instrumento solo de autores h&uacute;ngaros &ndash;Bart&oacute;k, Lijgeti, Veress y E&ouml;tv&ouml;s&ndash;, el pianista <strong>Krystian Zimerman</strong> interpretando a Szymanowski y las <em>Sinfon&iacute;as 4</em> y <em>5</em> de Nielsen por la <strong>Orquesta Sinf&oacute;nica Nacional de Dinamarca</strong> dirigida por <strong>Fabio Luisi</strong>.
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    </figure><p class="article-text">
        <em>DF</em>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Diego Fischerman</strong> es autor del blog <em>El sonido de los sue&ntilde;os</em>: <a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">https://xn--sonidodesueos-skb.com/</a>&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 14 Oct 2023 15:18:13 +0000]]></pubDate>
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