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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Bessie Smith]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Bessie Smith]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La época azul]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/epoca-azul_1_10638651.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/89d36193-f694-4a2e-ab63-139091e400db_16-9-discover-aspect-ratio_default_1083583.jpg" width="1594" height="897" alt="La época azul"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hace un poco más de un siglo, por primera vez, un blues fue grabado por músicos negros, Y exactamente hace 100 años, un cornetista llamado Louis Armstrong comenzó su carrera discográfica junto con el grupo de King Oliver. Armstrong no hubiera existido sin el blues. Pero tampoco el blues hubiera sido el mismo sin quien, a partir de 1924, fue coprotagonista de los mejores registros de Ma Rainey, Bessie Smith, Alberta Hunter, Virginia Liston, Margaret Johnson y Sippi Wallace, entre otras sacerdotisas de la nueva música.</p></div><p class="article-text">
        El 10 de agosto de 1920, a las 9 y media de la ma&ntilde;ana, una artista de vaudeville, bailarina y cantante, empez&oacute; a grabar un blues. Ya lo hab&iacute;a hecho antes, en ese mismo estudio, en febrero. Pero los m&uacute;sicos, provistos por la compa&ntilde;&iacute;a, hab&iacute;an sido blancos y todo sonaba m&aacute;s cerca de una marcha que de cualquier otra cosa. El disco, con &ldquo;That Thing Called Love&rdquo; y &ldquo;You can't keep a good man&rdquo; &ndash;la primera grabaci&oacute;n de un blues por una cantante negra&ndash; hab&iacute;a tenido bastante &eacute;xito y, tal vez por eso, el sello Okeh permiti&oacute; que esta vez <strong>Mamie Smith</strong> registrara &ldquo;Crazy Blues&rdquo;con los <strong>Jazz Hounds</strong>, el grupo con el que tocaba habitualmente: <strong>Perry Bradford</strong> en piano,<strong> Johnny Dunn</strong> en corneta, <strong>Dope Andrews</strong> en tromb&oacute;n, el clarinetista <strong>Ernest Elliott</strong> y <strong>Leroy Parker</strong> en viol&iacute;n. Todos eran negros. Y todos improvisaron. 
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        Las compa&ntilde;&iacute;as discogr&aacute;ficas hab&iacute;an recibido advertencias, por parte de los clientes del Sur en relaci&oacute;n con que boicotear&iacute;an sus productos si grababan a artistas negros e inclu&iacute;an sus nombres en los cr&eacute;ditos. La OKeh Phonograph Company decidi&oacute; correr el riesgo. &ldquo;Crazy Blues&rdquo; vendi&oacute; setenta y cinco mil copias s&oacute;lo en Harlem y en apenas un mes. En todos los Estados Unidos, las ventas pronto alcanzaron el mill&oacute;n de copias, una cifra que ese a&ntilde;o s&oacute;lo superaron <strong>Enrico Caruso </strong>y <strong>Al Jolson</strong>, con su hit &ldquo;Swanee&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El ensayista <strong>Philipp Blom</strong>, en su excelente <em>La fractura. Vida y cultura en Occidente 1918-1938</em>, publicado por Anagrama, elige comenzar su radiograf&iacute;a cultural de la entreguerra precisamente por esa escena. Antes del psicoan&aacute;lisis, de los cambios geopol&iacute;ticos, de la liberaci&oacute;n sexual de los A&ntilde;os Locos, de las flanners estadounidenses, del comienzo del feminismo, del cabaret berlin&eacute;s, del dodecafonismo&nbsp;y del cubismo, decide hablar de un disco de blues realizado por m&uacute;sicos negros, con un arreglo que se basaba en improvisaciones a partir de algunos acuerdos previos en cuanto a los roles de cada uno de los m&uacute;sicos en los distintos momentos de la pieza. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Lo que convirti&oacute; el disco de Mamie Smith en algo tan fenomenal &ndash;dice&ndash; fue que a &rdquo;Crazy Blues&ldquo; lo compraron tanto oyentes negros como blancos. Estaba ocurriendo algo nuevo. Los cantantes cl&aacute;sicos como el tenor Caruso y los cantantes mel&oacute;dicos profesionales como Jolson ya llevaban a la gente un repertorio m&aacute;s popular, pero siempre en forma tan lustrosa y bien arreglada como el pelo con brillantina de Jolson. A diferencia de ellos, Smith transmit&iacute;a una emoci&oacute;n sin barniz. Toda una cultura reconoci&oacute; su voz en la de la artista, pues &eacute;sta combinaba el preg&oacute;n de un vendedor ambulante con la garra de una lavandera furiosa tras siglos de humillaci&oacute;n, y, a la vez, el puro gusto por la vida de una joven. 
    </p><p class="article-text">
        No era la primera vez que un cantante popular destacaba por esa frescura y espontaneidad, por supuesto, pero hasta entonces no se hab&iacute;a grabado una interpretaci&oacute;n como la de Mamie. La voz de los de abajo lleg&oacute; a los elegantes salones de las clases media y alta, y fueron los j&oacute;venes, en particular, quienes sintieron que tambi&eacute;n hablaba por ellos. Mientras Mamie Smith disfrutaba de su personal oleada de &eacute;xitos como &ldquo;Reina del Blues&rdquo;, otros artistas negros empezaron a difundir el atractivo del jazz dentro y fuera de los Estados Unidos. El jazz era much&iacute;simo m&aacute;s que una melod&iacute;a bailable. Era el hijo de la esclavitud, de los <em>speakeasies</em> (los bares ilegales donde actuaban), la fuente de inspiraci&oacute;n de la indecencia y la irresponsabilidad; era subversi&oacute;n ac&uacute;stica, la infiltraci&oacute;n musical de vidas al l&iacute;mite, en los m&aacute;rgenes, hacia el centro de la sociedad. 
    </p><p class="article-text">
        En Norteam&eacute;rica, un grupo de j&oacute;venes m&uacute;sicos negros &ndash;entre otros,<strong> Louis Armstrong</strong>, <strong>Jelly Roll Morton</strong>,<strong> Sidney Bechet</strong>, <strong>Bessie Smith</strong> y <strong>Duke Ellington</strong>&ndash; a menudo s&oacute;lo pod&iacute;an actuar en clubs y bares ilegales o exclusivamente para negros. En cambio, en Europa, donde todav&iacute;a coleteaba la pesadilla de la Primera Guerra Mundial, actuaban en las grandes capitales, donde los saludaban como a heraldos de una nueva &eacute;poca. En cierto modo, el jazz encarnaba todo lo que hab&iacute;a cambiado y m&aacute;s; encarnaba el hecho de que ya nada era como antes de 1914.&ldquo; 
    </p><p class="article-text">
        La palabra &ldquo;blue&rdquo;, asociada con la melancol&iacute;a, ya era utilizada en la Inglaterra del 1600&nbsp;donde se hablaba de los &ldquo;blue devils&rdquo; que surg&iacute;an en la mente durante las borracheras severas. Los mismos diablos azules aparecen en una farsa de 1798, titulada precisamente de esa manera y escrita por <strong>George Colman</strong> y, el Estados Unidos, el azul estaba unido a la idea de la alucinaci&oacute;n, el alcohol y las borracheras tristes hasta el punto de que a la ley que prohib&iacute;a la venta de alcohol los domingos la llamaban la &ldquo;blue law&rdquo;. Es importante tener en cuenta que para los angloparlantes no solo muchas palabras portan varios significados sino que la elecci&oacute;n de uno nunca descarta totalmente a los otros. Es decir que algo triste seguir&aacute; siendo, en alguna parte, algo azul. El primer uso claro registrado de esta nueva noci&oacute;n afectiva de lo azul tal vez sea el de <strong>John Adam Audubon</strong>, un viajero que lleg&oacute; a los Estados Unidos a los 18 a&ntilde;os, all&iacute; se qued&oacute;, viaj&oacute; por todos los territorios que pudo y escribi&oacute; en 1827 un libro llamado <em>The Making of an American</em> donde confiesa, en un momento &ldquo;tener el blues&rdquo; refiri&eacute;ndose obviamente a la melancol&iacute;a. Una maestra negra llamada <strong>Charlotte Forten</strong>, que ense&ntilde;aba a leer y escribir a esclavos libertos y a sus hijos, escribi&oacute;, en 1862, que la dura tarea que llevaba a cabo la hac&iacute;a regresar diariamente al hogar con &ldquo;el blues&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En cuanto al estilo, esas nuevas canciones que poco a poco fueron conquistando el status de la m&uacute;sica de escucha &ndash;primero en bares y carpas de circo y m&aacute;s tarde en el disco y la radio y mucho despu&eacute;s en salas de concierto&ndash; ten&iacute;an algunas caracter&iacute;sticas que acabar&iacute;an insemin&aacute;ndolo casi todo. El cambio de color y textura de cada nota, por breve que fuera, a lo largo de su transcurso &ndash;ese oscurecimiento del color que tan bien aprender&iacute;an el pop y el rock a trav&eacute;s de <strong>Mick Jagger</strong>&ndash; y las afinaciones microtonales, por supuesto. Pero, sobre todo, aquello que no podr&iacute;a haberse llamado de otra manera que &ldquo;blue notes&rdquo;. Esas s&eacute;ptimas, terceras y quintas de la escala descendidas, heredadas de Africa, que ya aparec&iacute;an, por ejemplo, en &ldquo;A Negro Love Song&rdquo;, el segundo movimiento de la <em>Suite Africana</em> compuesta en 1898 por <strong>Samuel Coleridge Taylor</strong>, un compositor ingl&eacute;s de padre africano (oriundo de Sierra Leona) y que ser&iacute;an centrales en el primer movimiento del <em>Concierto en Sol para piano y orquesta</em> que <strong>Maurice Ravel</strong> compuso entre 1929 y 1931.
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                Louis Armstrong y Bessie Smith                            </span>
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        Otro elemento que el blues leg&oacute; a otras m&uacute;sicas &ndash;al jazz en primer lugar&ndash; fue la manera de imitarse mutuamente entre la voz y los instrumentos, algo notable en las numerosas grabaciones junto a cantantes de blues que a partir de 1924 realiz&oacute; un joven cornetista llamado <strong>Louis Armstrong</strong> que el a&ntilde;o anterior hab&iacute;a comenzado su larga carrera discogr&aacute;fica como integrante del grupo de King Oliver. En esos primeros a&ntilde;os, hace casi exactamente un siglo, Armstrong particip&oacute; en registros de las int&eacute;rpretes de blues m&aacute;s importantes del momento: <strong>Ma Rainey</strong>, <strong>Virginia Liston</strong>, <strong>Alberta Hunter</strong>, <strong>Margaret Johnson</strong>, <strong>Sippie Wallace</strong>, <strong>Maggie Jones</strong>, <strong>Clara Smith</strong>, <strong>Bessie Smith</strong>, <strong>Trixie Smith</strong>, <strong>Blanche Clloway</strong>, <strong>Bertha &ldquo;Chippie&rdquo; Hill</strong> y <strong>Hociel Thomas</strong>. En algunas de esas grabaciones aparecen tambi&eacute;n otros nombres fundantes del jazz, como los pianistas <strong>Clarence Williams</strong> y <strong>Fletcher Henderson</strong> &ndash;en cuyas bandas tambi&eacute;n revist&oacute; Armstrong en esa &eacute;poca&ndash;, los clarinetistas <strong>Don Redman</strong> y <strong>Sidney Bechet</strong> y la pianista <strong>Lil Armstrong</strong>. Y en todo ese conjunto maravilloso de canciones e int&eacute;rpretes que rara vez se escucha y del casi nunca se habla, aparece lo mismo: la corneta y las voces juegan a ser cada una la otra y surge una unidad expresiva extraordinaria. Escuchen en detalle, por ejemplo, las preguntas y respuestas entre la voz y la corneta en el &ldquo;St. Louis Blue&rdquo; grabado por Bessie Smith el 14 de enero de 1925 con Armstrong y <strong>Fred Longshaw</strong> en &oacute;rgano.
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    </figure><p class="article-text">
        Hubo blues rural, blues del Delta &ndash;es decir del Sur Profundo&ndash;, urbano, carcelario, blues de Memphis y de Chicago y, desde ya, tambi&eacute;n blues blanco. Algunos cantaron historias de abandono, otros eran abiertamente er&oacute;ticos, los hubo humor&iacute;sticos. Hubo m&uacute;sicos como <strong>Robert Johnson</strong> y m&aacute;s adelante <strong>Freddie </strong>y <strong>Albert King</strong> inmensamente influyentes para el rock &ndash;y para el blues ingl&eacute;s&shy;&ndash;, y, si bien no existe jazz que no dialogue de alguna manera con el blues, la obra de algunos artistas como <strong>Charlie Mingus</strong> es directamente impensable sin esa referencia. Pero, como hubiera dicho Sheherazade &ndash;alguien que tal vez en otra &eacute;poca y otro lugar hubiera sido cantante de blues&ndash; esa ya es otra historia.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog El sonido de los sue&ntilde;os: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">https://xn--sonidodesueos-skb.com/</a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/epoca-azul_1_10638651.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 28 Oct 2023 13:05:01 +0000]]></pubDate>
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