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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Escala humana]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/escala-humana/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Escala humana]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Fenómeno barrial: Union Berlin, el club de fútbol que cruzó las fronteras y se convirtió en símbolo de lucha]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fenomeno-barrial-union-berlin-club-futbol-cruzo-fronteras-convirtio-simbolo-lucha_129_12630549.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d59158fb-908c-478a-bd49-c1e2a21544de_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Fenómeno barrial: Union Berlin, el club de fútbol que cruzó las fronteras y se convirtió en símbolo de lucha"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El cuadro del barrio de Köpenick mezcla vida comunitaria, disidencia histórica y hasta participación en la Champions League. A tono con el espíritu diverso de la capital alemana, hoy también nuclea a inmigrantes huérfanos de fútbol y pertenencia.
</p></div><p class="article-text">
        En K&ouml;penick, al sudeste de Berl&iacute;n, las bufandas rojas se izan en los balcones como si fueran banderas de un pa&iacute;s paralelo. El tranv&iacute;a amarillo hacia el estadio contiene una marea carm&iacute;n hecha de camisetas, gorros y pines. Hoy es domingo y el Union Berlin juega en casa. Pero no tiene que ser un d&iacute;a importante para ver estas escarapelas: ac&aacute; el club es una pertenencia cotidiana, un comentario en la panader&iacute;a, una bandera detr&aacute;s de la caja en la farmacia.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Union Berlin se cuenta a s&iacute; mismo como un milagro de barrio. Es propiedad de sus socios, que literalmente dejan todo por &eacute;l: donaron sangre y entregaron lo recaudado al club para salvarlo de la bancarrota. </strong>Pudo ascender porque, para cumplir con las exigencias de la liga, sus hinchas reconstruyeron el estadio con m&aacute;s de <strong>140.000 horas de trabajo voluntario</strong>. Es historia, pero sobre todo es un tono, un nosotros, una forma de hacer barrio y tambi&eacute;n ciudad, incluso m&aacute;s all&aacute; de los l&iacute;mites de la capital alemana.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Porque ese nosotros adopt&oacute; a muchos que vinieron de lejos, argentinos incluidos</strong>. Como a Gonzalo G&oacute;mez Sullain, hijo biol&oacute;gico de Villa Lugano y adoptivo de K&ouml;penick. &ldquo;<strong>Reci&eacute;n llegado, entend&iacute; que barrio y club van de la mano</strong>. Union Berlin me dio identidad y me abri&oacute; puertas&rdquo;, recuerda. O a Alejandro Ca&ntilde;abate, que aterriz&oacute; en la ciudad casi sin alem&aacute;n y a fuerza de trabajo termin&oacute; siendo su canchero oficial y enlace de los jardineros con el cuerpo t&eacute;cnico del cuadro.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;<strong>Aprend&iacute; el oficio y el berlin&eacute;s. Mis compa&ntilde;eros del Union me hicieron un lugar.</strong> Trabajo para el club y para la gente&rdquo;, cuenta Alejandro parado frente al verde que cuida como si fuera un altar. Corre la mirada hacia los hinchas que le sacan fotos al pasto. &ldquo;Me siento orgulloso&rdquo;, dice de su obra y su casa.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Alejandro Cañabate, aterrizó en la ciudad casi sin alemán y terminó siendo el canchero oficial del Unión Berlín."
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                Alejandro Cañabate, aterrizó en la ciudad casi sin alemán y terminó siendo el canchero oficial del Unión Berlín.                            </span>
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        La historia del Union Berlin es tan vasta que tambi&eacute;n desborda fronteras. Por ejemplo, las de esta columna. Con mi mayor poder de s&iacute;ntesis, dir&eacute; que siempre se identific&oacute; con la clase obrera del este berlin&eacute;s, en particular los metal&uacute;rgicos. Que por eso a sus hinchas y jugadores se los llama los &ldquo;Eisernen&rdquo;, es decir, &ldquo;los de hierro&rdquo;. Y que <strong>en la Alemania dividida, fue el disidente del Este y contrapunto del Dynamo, el club berlin&eacute;s &ldquo;oficial&rdquo;, respaldado por la Stasi, la polic&iacute;a secreta de la Alemania socialista.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Tras la ca&iacute;da del Muro, el Union Berlin sostuvo su lugar a fuerza de amor de socios, campa&ntilde;as comunitarias y un minimalismo orgulloso: <strong>sin concursos, presentaciones ni m&uacute;sica en los goles</strong> (como s&iacute; ocurre con otros clubes europeos), y con el viejo marcador manual a&uacute;n en funciones. El mismo esp&iacute;ritu desafiante que<strong> lleva a su hinchada a hacer 15 minutos de silencio cada vez que juega contra el RB Leipzig, para denunciar el modelo corporativo del rival</strong> (fundado por Red Bull) y representar as&iacute; &ldquo;la muerte del f&uacute;tbol&rdquo;.
    </p><h2 class="article-text"><strong>Gente en domingo</strong></h2><p class="article-text">
        <strong>El d&iacute;a de partido es una liturgia larga, de cinco horas si hace falta: dos horas antes ya hay salchichas, jardines cerveceros alrededor del estadio, charlas que no necesitan pelota para empezar</strong>. Para quienes no somos del barrio, la peregrinaci&oacute;n suele arrancar en el S-Bahn (tren metropolitano) y rematar en el tranv&iacute;a 60 o 67. En los andenes se cruzan turistas curiosos y vecinos que llevan bufandas rojas aunque haga calor, prolijamente dobladas en una bolsa.
    </p><p class="article-text">
        Dentro del estadio, hay un manifiesto de pie: <strong>gran parte del aforo mira el partido parado, &ldquo;hombro con hombro&rdquo;,</strong> uno de los lemas del club. Tras su ampliaci&oacute;n, que estar&iacute;a lista en dos a&ntilde;os, habr&aacute; 32.000 lugares de pie y 8.000 asientos, en l&iacute;nea con las reglas de la Bundesliga. No abundan los estadios as&iacute;, y esa postura vertical explica algo del &aacute;nimo resistente del &ldquo;unioner&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute; los mandamientos son claros: &ldquo;No silb&aacute;s al equipo y siempre te qued&aacute;s hasta el final, para aplaudir&rdquo;, resume Alejandro. Gonzalo confirma: &ldquo;<strong>Nunca escuch&eacute; insultar al equipo, ni en los peores momentos. A lo sumo un &lsquo;&iexcl;Despierten!</strong>&rdquo;.
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                    alt="Tras dos años de refacciones, el estadio seguirá teniendo 32.000 lugares de pie y 8.000 asientos porque en el  Unión Berlín los partidos se miran &quot;hombro con hombro&quot;."
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                Tras dos años de refacciones, el estadio seguirá teniendo 32.000 lugares de pie y 8.000 asientos porque en el  Unión Berlín los partidos se miran &quot;hombro con hombro&quot;.                            </span>
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        El canto de los hinchas empieza incluso mucho antes del partido, cuando los jugadores salen a la cancha y son recibidos uno a uno al grito de &ldquo;&iexcl;Fu&szlig;ball G&ouml;ttin!&rdquo; o &ldquo;&iexcl;Fu&szlig;ball Gott!&rdquo;, diosa o dios del f&uacute;tbol seg&uacute;n se trate del equipo femenino o el masculino.
    </p><p class="article-text">
        Pero ah&iacute; no se acaban las diferencias con el f&uacute;tbol argentino o de otras ciudades alemanas. &ldquo;<strong>En Berl&iacute;n es muy com&uacute;n ver hinchas de los dos equipos yendo en el tren y, en general, es todo muy pac&iacute;fico</strong>&rdquo;, resalta Gustavo Prepelitchi, argentino que sigui&oacute; al club por Europa. Otro factor distintivo es el <strong>alcohol en el estadio</strong>, que se puede comprar incluso ah&iacute; adentro, en vasos cuyos textos y fotos cambian de un partido a otro. &ldquo;Si metemos un gol, habr&aacute; lluvia de cerveza. Cuanto m&aacute;s picante es el partido, m&aacute;s cerveza llover&aacute;&rdquo;, advierte Gonzalo.
    </p><h2 class="article-text"><strong>M&aacute;s all&aacute; del f&uacute;tbol</strong></h2><p class="article-text">
        La vida del club excede los 90 minutos. Uni&oacute;n tambi&eacute;n es sede de convenciones barriales, jornadas inclusivas para personas con discapacidad y hasta convocatorias incre&iacute;bles a ojos argentinos. <strong>Para el Mundial de Brasil, por ejemplo, invitaron a los vecinos a llevar sus sof&aacute;s para ver los partidos sobre el c&eacute;sped. Y cada 23 de diciembre llenan el estadio con hinchas que entonan villancicos y canciones del Uni&oacute;n</strong>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;<strong>Ac&aacute; la gente no viene a ver f&uacute;tbol: viene al Uni&oacute;n. Y les da lo mismo si juega var&oacute;n o mujer</strong>&rdquo;, resume el espa&ntilde;ol Julio S&aacute;nchez, vicepresidente de la asociaci&oacute;n de fans Eiserne Internationals. Lo dice en las gradas entre canto y canto al equipo femenino, que se profesionaliz&oacute; y trep&oacute; de la tercera a la primera en dos a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n hay una nutrida agenda social, trabajada entre la fundaci&oacute;n del club y las asociaciones de fans. <strong>&ldquo;Organizamos torneos de dardos, bowling, lecturas de libros y colectas de ropa de invierno para gente que vive en la calle&rdquo;</strong>, enumera Silvio Titzmann, miembro fundador del fans club Grenzenlos Eisern (Herreros Sin Fronteras) y uno de los que m&aacute;s sabe de la historia de Union.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Pero no todo es idilio. Muchos hinchas desconf&iacute;an de cualquiera que haya conseguido entrada sin ser local. Los m&aacute;s viejos, incluso, miran de reojo a todo llegado del Oeste. </strong>Y, con el crecimiento del club, aparecieron problemas, como las <strong>calles y el S-Bahn saturados los d&iacute;as de partido</strong>. Resolver lo primero es lo m&aacute;s dif&iacute;cil: hace falta paciencia, respeto y mucho tiempo. Pero ya se tomaron cartas en el asunto para solucionar lo segundo: se est&aacute; <strong>ampliando la estaci&oacute;n K&ouml;penick del S-Bahn </strong>y se planifica abrir una calle al lado del estadio que alivie la circulaci&oacute;n.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Gonzalo Gómez Sullain, hijo biológico de Villa Lugano y adoptivo de Köpenick.                            </span>
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        Incluso esa faceta m&aacute;s ejecutiva no est&aacute; exenta de desaf&iacute;os. <strong>Es complejo dotar de equipamiento urbano a un barrio caracterizado por su paisaje natural.</strong> Casi la mitad del distrito Treptow-K&ouml;penick est&aacute; cubierta por naturaleza: un 40% de bosques y otro 12% de r&iacute;os y lagos, de acuerdo con datos del Senado de Berl&iacute;n. De hecho, el estadio del Uni&oacute;n se llama An der Alten F&ouml;rsterei, que en alem&aacute;n significa &ldquo;En la vieja casa forestal&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En cualquier caso,<strong> la pregunta inevitable es si Uni&oacute;n sobrevivir&aacute; al crecimiento</strong>. Berl&iacute;n sabe de modas, y el club camina hace a&ntilde;os por el borde entre el barrio y la vidriera internacional, habiendo competido incluso en torneos como la Champions.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;<strong>Cuando el estadio crezca de 22.000 a 40.000 espectadores, ser&aacute; un desaf&iacute;o mantener el esp&iacute;ritu</strong>&rdquo;, admite Silvio. Pero tambi&eacute;n sabe que es una nueva oportunidad de incluir: &ldquo;Quisiera que pudieran venir m&aacute;s j&oacute;venes, que viven el club de otras formas. Ahora es s&uacute;per dif&iacute;cil porque el recinto es peque&ntilde;o y desde hace muchos a&ntilde;os no hay nuevos abonos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Es domingo y cae el sol, como un rato antes cay&oacute; el gol de un rival futbol&iacute;sticamente m&aacute;s grande. El &ldquo;Tafelmann&rdquo; (hombre del tablero) gir&oacute; las hojas del marcador manual. Algunos lamentaron, pero todos aplaudieron y se quedaron hasta el final. Me voy a tomar el S-Bahn junto a miles de esos hinchas con la escena en la cabeza: un equipo que juega y una comunidad que siempre alienta. <strong>La victoria o la derrota son apenas estaciones en torno a un club que invita a quedarse</strong>.
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>Nota al pie:</strong></em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Esta columna tiene una dimensi&oacute;n testimonial inesperada: la entrevista con Silvio Titzmann, figura clave de la memoria de Union Berlin, fue la &uacute;ltima que concedi&oacute;. Muri&oacute; a los 50 a&ntilde;os, el 4 de septiembre de 2025. Queda, adem&aacute;s del relato, su voz como testigo del club que am&oacute;.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>KN/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Karina Niebla]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/fenomeno-barrial-union-berlin-club-futbol-cruzo-fronteras-convirtio-simbolo-lucha_129_12630549.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 25 Sep 2025 09:44:46 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Fenómeno barrial: Union Berlin, el club de fútbol que cruzó las fronteras y se convirtió en símbolo de lucha]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escala humana]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Delhi: entre la vaca en la ruta y el subte que vuela ]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/delhi-vaca-ruta-subte-vuela_129_12594036.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/90daef74-87e7-43ea-ae78-a4f9b6db0634_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Delhi: entre la vaca en la ruta y el subte que vuela "></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En la capital india, el tránsito es un laboratorio de transiciones y contradicciones. El metro se expande a toda velocidad mientras millones dependen de tuctucs y mototaxis, que a su vez se electrifican más rápido que los autos. Mientras tanto, las mujeres siguen teniendo que usar aplicaciones y coches de metro exclusivos para poder viajar seguras.
</p></div><p class="article-text">
        Una vaca, dos vacas, tres vacas. Ac&aacute; en la India son sagradas pero tambi&eacute;n son flacas. Hacen piquete en esta ruta camino a Gurgaon, el distrito tecnol&oacute;gico al sur de Nueva Delhi, la capital del pa&iacute;s. Los motoqueros est&aacute;n habituados a esquivarlas, a ellas y a la basura alrededor de los simb&oacute;licos tachos. Unos 15 metros m&aacute;s arriba corre el metro de una red que en cuatro a&ntilde;os sumar&aacute; a sus 350 kil&oacute;metros otros 140. Que este pa&iacute;s tiene tantas contradicciones como millones de habitantes es un clich&eacute;. Pero eso no lo hace menos verdadero.
    </p><p class="article-text">
        El tr&aacute;nsito en Delhi es an&aacute;rquico m&aacute;s all&aacute; de lo imaginable. <strong>El sobrepaso es regla y la calle, una pista. Los bocinazos </strong>no son queja ni anuncio extraordinario: <strong>son una se&ntilde;al de tr&aacute;nsito para exigir que abran paso</strong>. El hilo perpetuo de bocinas seguidas jam&aacute;s se interrumpe, a lo sumo se achica.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Adentro de un tuctuc o autorickshaw por las calles de Nueva Dehli.                            </span>
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        Caminar es de guapo: <strong>&ldquo;S&oacute;lo el 30% de las calles de Delhi tienen vereda&rdquo;, </strong>me dice el acad&eacute;mico Pravesh Biyani, docente del Instituto de Tecnolog&iacute;a de la Informaci&oacute;n Indraprastha (IIIT-Delhi). En la c&eacute;ntrica Vieja Delhi, el reto se redobla: sus pasajes no son peatonales pero s&iacute; estrechos, y a veces hay que meter el pie en un pozo antes que perderlo tras el paso de una moto.
    </p><p class="article-text">
        Ser chofer tambi&eacute;n exige coraje, si lo que se maneja es un veh&iacute;culo de dos o tres ruedas, esos taxis en forma de motos y triciclos, a tracci&oacute;n a sangre o motor. &ldquo;Mi esposo tiene un mototaxi y termin&oacute; con el brazo quebrado despu&eacute;s de que un colectivo le pasara por al lado a toda velocidad y lo terminara tirando&rdquo;, me cuenta Rashmi Chowdhury, que tambi&eacute;n conduce uno. <strong>Un tercio de los viajes que hace ella son para buscar o dejar a alguien en el subte</strong>. La red del metro crece pero a&uacute;n no resuelve la &uacute;ltima milla.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ldquo;&iquest;Qu&eacute; pasa cuando la gente tiene acceso limitado o nulo a transporte p&uacute;blico, pero no tiene auto y necesita moverse igual?&rdquo;, se pregunta Andrea San Gil Le&oacute;n, ingeniera ambiental y directora ejecutiva de la Global Network of Popular Transportation (GNPT)</strong>, red integrada por investigadores, activistas, empresas e instituciones. <strong>La respuesta es el transporte popular</strong>, un t&eacute;rmino que prefiere en lugar de &ldquo;informal&rdquo;, para reconocer su rol p&uacute;blico y frenar su mala fama.
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                La autora a bordo de un tuctuc.                            </span>
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        Y no hay mejor lugar para experimentar el transporte popular que Delhi, la capital de un pa&iacute;s cuya <strong>flota vehicular tiene dos o tres ruedas en el &iexcl;83%! de los casos</strong>. Tras una exploraci&oacute;n de dos a&ntilde;os, la GNPT invit&oacute; a periodistas como esta servidora a coronar la labor con su Delhi Deep Dive Study Tour: un viaje con la lupa puesta en esos veh&iacute;culos m&aacute;s chicos, fundamentales para navegar un tr&aacute;nsito siempre en colapso.
    </p><h2 class="article-text"><strong>Lo que el transporte dice de Delhi</strong></h2><p class="article-text">
        La movilidad revela de qu&eacute; est&aacute; hecha una sociedad, quiz&aacute;s m&aacute;s que ning&uacute;n otro aspecto. Y Delhi no es la excepci&oacute;n. <strong>Hay regateo tanto en los tuctucs como en los mercados, los bazares, los pasillos del Parlamento</strong> y las salas de reuniones de las multinacionales. <strong>Hay contradicci&oacute;n en todas partes, como en la convivencia entre buses desfinanciados y metro de primer nivel</strong>, aunque antes del molinete haya que pasar por un detector de metales, meter la mochila en una m&aacute;quina de rayos X y comprometerse a no tomar ninguna foto.
    </p><p class="article-text">
        Del mismo modo, hay una pobreza estructural que impide a millones acceder al subte. La misma que obliga a tantos a sustentarse como choferes de veh&iacute;culos de dos y tres ruedas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y hay una <strong>desigualdad de g&eacute;nero tal, que el Estado habilit&oacute; espacios exclusivamente femeninos en colectivos y subte para intentar frenar acosos y abusos</strong>, en una ciudad donde el espacio p&uacute;blico es inseguro para las mujeres en general.
    </p><p class="article-text">
        Algunas cosas cambiaron con el tiempo. Hoy apps como Uber, Ola y Rapido dan opciones que <strong>las mujeres indias consideran m&aacute;s seguras, como el mototaxi</strong>. A diferencia de un auto o un tuctuc, en dos ruedas todo est&aacute; a la vista y no hay puntos ciegos que oculten el acoso o hagan dif&iacute;cil la huida.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Mototaxistas. Al frente, la entrevistada Rashmi Chowdhury. Atrás Ajit Kumar Shukla, Vimal Kumar y Parvesh Kumar."
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                Mototaxistas. Al frente, la entrevistada Rashmi Chowdhury. Atrás Ajit Kumar Shukla, Vimal Kumar y Parvesh Kumar.                            </span>
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        Tambi&eacute;n los pagos cuentan otra historia. Aunque el efectivo sigue siendo rey para tuctucs, colectivos y taxis, un sistema digital llamado UPI volvi&oacute; ubicua la transferencia instant&aacute;nea por celular. La etiqueta tambi&eacute;n mut&oacute;: <strong>antes hab&iacute;a que discutir cada rupia, ahora la app resuelve la tarifa</strong>. Esas plataformas sirven no s&oacute;lo para contratar y pagar. Tambi&eacute;n permiten mapear, generar datos y, as&iacute;, avanzar de a poco en la integraci&oacute;n y la regulaci&oacute;n de estas formas de transporte popular. Un camino opuesto a la desregulaci&oacute;n que se impone en la Argentina.
    </p><p class="article-text">
        Hoy incluso hay mujeres que conducen tanto taxis como tuctucs y mototaxis. Una postal impensada hace apenas veinte a&ntilde;os, cuando la calle era un espacio casi exclusivamente masculino. Pero tampoco se borra el pasado de la noche a la ma&ntilde;ana.<strong> Las conductoras representan apenas el 1% del total de choferes</strong>. Y aplicaciones como Safetipin siguen siendo clave para moverse m&aacute;s seguras por la ciudad. La plataforma colaborativa permite puntuar cu&aacute;n seguro es un lugar en base a par&aacute;metros como iluminaci&oacute;n, densidad de peatones y presencia policial. <strong>Para las mujeres de Delhi, sin recaudos no hay ciudad.</strong>
    </p><h2 class="article-text"><strong>Descarbonizaci&oacute;n en la capital m&aacute;s contaminada</strong></h2><p class="article-text">
        Las calles de Delhi huelen a agua estancada, especias e incienso. Pero, tambi&eacute;n, a cientos de motores a combusti&oacute;n que vomitan humo negro. <strong>La ciudad suele ocupar el primer puesto entre las capitales m&aacute;s contaminadas. Y, aunque al principio llame la atenci&oacute;n, son los veh&iacute;culos de dos y tres ruedas los que se est&aacute;n electrificando m&aacute;s r&aacute;pido</strong>, m&eacute;rito de subsidios estatales, menores costos y la presi&oacute;n de una atm&oacute;sfera insufrible.
    </p><p class="article-text">
        El gobierno impulsa estas transiciones con incentivos fiscales y l&iacute;neas de cr&eacute;dito. &ldquo;<strong>El 60% de los veh&iacute;culos de tres ruedas ya son el&eacute;ctricos</strong>&rdquo;, celebra Biyani. Una diferencia detectable a simple vista: carrocer&iacute;a verde y amarilla si anda a GNC; azul y blanca si es el&eacute;ctrico.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Coche de metro para mujeres.                            </span>
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        Mientras tanto, el Estado complementa con medidas agresivas, como la prohibici&oacute;n de cargar combustible en autos di&eacute;sel de m&aacute;s de 10 a&ntilde;os y de nafta de m&aacute;s de 15, que se aplica desde julio con m&aacute;s quejas que &eacute;xito.
    </p><p class="article-text">
        La pregunta sigue abierta y atraviesa cada capa: <strong>&iquest;c&oacute;mo se avanza en acceso, descarbonizaci&oacute;n y seguridad en una metr&oacute;polis de m&aacute;s de 34 millones basada en la tradici&oacute;n? &iquest;C&oacute;mo se hace para no desanimarse en el camino cuando el tr&aacute;nsito abruma y la realidad es un drama? </strong>Hay demasiado por hacer y el cambio avanza a los saltos. Quiz&aacute;s la respuesta est&eacute; en esas vacas flacas, sentadas en medio de la ruta: una convivencia improbable pero real, que hace creer que lo imposible es posible. Y que, pese a todo, igual hay que avanzar. En la calle y en la agenda.
    </p><p class="article-text">
        <em>KN/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Karina Niebla]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/delhi-vaca-ruta-subte-vuela_129_12594036.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 11 Sep 2025 09:40:11 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Delhi: entre la vaca en la ruta y el subte que vuela ]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escala humana,Nueva Delhi]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El boleto invisible: lo que Alemania puede enseñar sobre tarifas de transporte]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/boleto-invisible-alemania-ensenar-tarifas-transporte_1_12546396.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1143d55d-0428-4655-81c1-9e1fe3f56be4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El boleto invisible: lo que Alemania puede enseñar sobre tarifas de transporte"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Sin molinetes y con un sistema basado en la confianza, el país europeo logró integrar casi todo su transporte público bajo un mismo modelo tarifario. Mientras el Deutschlandticket permite recorrer el país por 58 euros al mes, en la Argentina la fragmentación de precios y subsidios vuelve cada viaje un rompecabezas cada vez más caro.
</p></div><p class="article-text">
        No hay molinetes. Pod&eacute;s subirte a cualquier subte o tren sin trabas. Tampoco ten&eacute;s que pasar tarjeta en tranv&iacute;as ni bondis: entr&aacute;s por cualquier puerta. Esa es una de las primeras cosas que llaman la atenci&oacute;n de quien llega a Alemania. Un sistema de transporte que no s&oacute;lo permite viajar m&aacute;s fluido, sino que adem&aacute;s ayuda a una de las mejores cosas que tiene este pa&iacute;s europeo (y que hoy est&aacute; en parte en riesgo): su modelo de tarifas.
    </p><p class="article-text">
        A diferencia de buena parte del mundo, <strong>el transporte p&uacute;blico alem&aacute;n tiene un modelo tarifario que integra el pa&iacute;s entero y casi todos los modos de transporte.</strong> Sus primeros pasos fueron las tarifas planas seg&uacute;n zonas, horarios o duraci&oacute;n del viaje. Su mayor logro: el <strong>Deutschlandticket, que por &euro;58 al mes permite viajar sin l&iacute;mites en subtes, colectivos, tranv&iacute;as, ferris y trenes metropolitanos y de larga distancia</strong>, a excepci&oacute;n de la inmensa mayor&iacute;a de los de alta velocidad. Hasta el monorra&iacute;l suspendido de Wuppertal y los ferris que navegan por el Elba est&aacute;n incluidos.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Máquina automática de venta de boletos en terminal de ferry Elbphilharmonie en Hamburgo.                            </span>
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        Por un pu&ntilde;ado de euros, se puede ir m&aacute;s all&aacute;. <strong>Pagando un extra de &euro;2,50 ida</strong> (y otro tanto a la vuelta), <strong>pude llegar con mi Deutschlandticket a la ciudad polaca de Szczecin</strong>. Lo mismo corre para otras ciudades fronterizas alrededor de toda Alemania, aunque estos beneficios no se promocionen lo suficiente.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Todo esto se asienta en el llamado &ldquo;sistema de honor&rdquo; </strong>(<em>Ehrensystem</em> en alem&aacute;n), por el que nada te impide subirte a un transporte p&uacute;blico pero s&iacute; o s&iacute; ten&eacute;s que llevar un boleto, ya sea en papel validado en m&aacute;quinas en los andenes, en un ticket electr&oacute;nico en una aplicaci&oacute;n, o en un abono en una app o tarjeta.
    </p><p class="article-text">
        <strong>De vez en cuando aparecen controladores</strong>, la mayor&iacute;a en subtes y trenes. Si est&aacute;s en Alemania por pocos d&iacute;as, quiz&aacute;s jam&aacute;s te cruz&aacute;s uno. <strong>Si no ten&eacute;s boleto y te agarran, pag&aacute;s &euro;60 de multa.</strong> Y si se te apag&oacute; el celular para mostrarlo en la app, tambi&eacute;n sonaste. Pero, si ten&eacute;s suerte, mientras te bajan del coche pod&eacute;s pedirles un cargador, encender el tel&eacute;fono y mostrarles el ticket. Le pas&oacute; (literalmente) a una amiga.
    </p><h2 class="article-text"><strong>Boletos, pases y abonos</strong></h2><p class="article-text">
        <strong>El transporte p&uacute;blico alem&aacute;n est&aacute; organizado de lo particular a lo general, con principios de orden que le hacen honor al clich&eacute; prusiano</strong>. En cada ciudad y sus alrededores hay zonas con forma de anillos conc&eacute;ntricos, o bien dispuestas en cuadr&iacute;cula o distritos. El precio de los boletos locales dependen de cu&aacute;ntas zonas atraves&aacute;s, no de la distancia exacta. En Berl&iacute;n, AB es la ciudad central y C es periferia. As&iacute;, un pasaje AB cuesta menos que uno ABC. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Ferry por el río Elba en Hamburgo incluido en el Deutschlandticket."
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            <span class="title">
                Ferry por el río Elba en Hamburgo incluido en el Deutschlandticket.                            </span>
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        <strong>Abramos el plano: el transporte a su vez se divide en asociaciones regionales, que pueden cubrir &aacute;reas metropolitanas </strong>(por ejemplo, la VBB en Berl&iacute;n-Brandeburgo o la HVV en Hamburgo y alrededores) o bien otro tipo de zonas urbanas. Aunque var&iacute;en en los detalles, todas comparten la misma l&oacute;gica de integraci&oacute;n: <strong>un solo boleto sirve para subte, colectivo, tranv&iacute;a, ferri y tren metropolitano.</strong>
    </p><p class="article-text">
        En esa l&oacute;gica, no s&oacute;lo quienes tienen Deutschlandticket pueden gozar de los dones de la integraci&oacute;n tarifaria. <strong>Hay pases locales para viajar en todos los medios de transporte por dos horas al mismo precio</strong>, otros m&aacute;s baratos para trayectos cortos, e incluso diarios, semanales y mensuales. Tambi&eacute;n, grupales. <strong>Hasta los turistas acceden a tarifas planas en Berl&iacute;n y otras grandes ciudades alemanas</strong>.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Es cierto: el transporte p&uacute;blico alem&aacute;n est&aacute; en su peor momento</strong>. Su envejecida infraestructura, hoy en rehabilitaci&oacute;n, sigue causando buena parte de las demoras, cancelaciones e insatisfactorias reacciones de los empleados que, en el mejor de los casos, se encogen de hombros y, en el peor, sueltan gritos ante el reclamo del exigente alem&aacute;n promedio. Pero esta columna no se trata de servicios sino de tarifas.
    </p><h2 class="article-text"><strong>Consciente colectivo</strong></h2><p class="article-text">
        S&eacute; que un sistema de transporte sin barreras f&iacute;sicas es imposible en la Argentina (aunque al menos quisiera que los molinetes del subte no estuvieran separados por medio de pago). Pero tambi&eacute;n s&eacute; que<strong> la falta de plata no deber&iacute;a impedir que haya unidad tarifaria en nuestro pa&iacute;s, porque esta es m&aacute;s materia de esfuerzo que de econom&iacute;a</strong>. Nunca fuimos ricos, pero s&iacute; supimos alcanzar cierto nivel de integraci&oacute;n con la Red SUBE, mientras segu&iacute;amos con la ilusi&oacute;n de una Agencia de Transporte Metropolitano que jam&aacute;s puso primera.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Hoy llegamos al punto de que ni siquiera los especialistas en movilidad que consult&eacute; para esta nota saben bien cu&aacute;nto pagan por usar el transporte p&uacute;blico en el AMBA</strong>, entre diferencias de precio seg&uacute;n modo, descuentos de apps (que igual no ser&aacute;n eternos), aumentos tarifarios constantes y variaciones seg&uacute;n la tarjeta SUBE est&eacute; registrada o no.
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            <span class="title">
                Validador de boleto en la estación de S-Bahn Westkreuz en Berlín                            </span>
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        La atomizaci&oacute;n cada vez mayor de la red de colectivos hace que, <strong>para una misma distancia, un viaje en una l&iacute;nea de jurisdicci&oacute;n porte&ntilde;a o bonaerense hoy cueste casi 13% m&aacute;s que en una nacional</strong>. Y la brecha seguir&aacute; aumentando mientras se mantenga el esquema de subas mensuales basado en la inflaci&oacute;n m&aacute;s un 2% extra. Esa grieta es a&uacute;n mayor entre modos de transporte &ndash;con el subte en la cima de la pir&aacute;mide&ndash;, y todav&iacute;a m&aacute;s profunda entre el AMBA y el resto de las ciudades argentinas, sobre todo Rosario y C&oacute;rdoba.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, pronto se cumple un a&ntilde;o del<strong> desfinanciamiento de los descuentos de Red SUBE por parte del Estado nacional a las l&iacute;neas de colectivos que no sean de su jurisdicci&oacute;n</strong>. As&iacute;, las que operan exclusivamente dentro de la provincia de Buenos Aires ya no los tienen. Y las porte&ntilde;as los mantienen con fondos del Gobierno de la Ciudad, que asumi&oacute; el costo y lo anunci&oacute; con publicidad oficial en las propias paradas de colectivo.
    </p><p class="article-text">
        Esta fractura de la propia Red SUBE agrega otra capa de complejidad: <strong>para saber cu&aacute;ntos pesos nos ahorramos si combinamos modos de transporte, hay que armar un diagrama de flujo mental</strong>. &iquest;Viajo s&oacute;lo dentro de la Ciudad de Buenos Aires? &iquest;Hago transbordo con un bondi nacional? &iquest;Conecto colectivo con tren y subte? &iquest;Cruzo de Provincia a Capital? &iquest;O voy s&oacute;lo en l&iacute;neas provinciales? &iquest;Me conviene pagar con la app del banco? &iquest;O uso la SUBE as&iacute; tengo el descuento en la siguiente combinaci&oacute;n? De las respuestas a esas preguntas depender&aacute; qu&eacute; modo elijamos. E igual quedar&aacute; por saber el monto a pagar, que variar&aacute; seg&uacute;n qu&eacute; medio se tome primero, o a qu&eacute; jurisdicci&oacute;n pertenezca cada uno.
    </p><h2 class="article-text"><strong>Pasajeros en trance</strong></h2><p class="article-text">
        Consensuar una tarifa no es tarea f&aacute;cil. En Alemania implic&oacute; a&ntilde;os de trabajo y meses de debate oficial hasta definir un precio y acordar que la mitad de la plata para subsidiar el Deutschlandticket la pusiera el Gobierno federal, y la otra, cada estado federado. 
    </p><p class="article-text">
        Cada tanto sale alg&uacute;n alcalde, gobernador o diputado alem&aacute;n a quejarse de que los fondos federales no alcanzan a cubrir costos. Y el Gobierno federal se hace el sota mientras la inflaci&oacute;n sigue.<strong> En los &uacute;ltimos meses, Berl&iacute;n, Brandeburgo y Baviera amenazaron con abandonar el programa. As&iacute; las cosas, el Deutschlandticket resiste, pero a&uacute;n no est&aacute; fuera de peligro.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <strong>Buenos Aires, en las ant&iacute;podas, es una advertencia de c&oacute;mo fragmentar la unidad tarifaria hasta hacerla un caleidoscopio atenta contra el uso del transporte p&uacute;blico y nos hace mover m&aacute;s lento, con m&aacute;s peligro y menor sostenibilidad. </strong>No s&oacute;lo eso: tambi&eacute;n empuja a que ciertos modos de transporte colapsen por la necesidad de pagar menos, aun cuando el trayecto resulte menos eficiente.
    </p><p class="article-text">
        Si la velocidad, la eficiencia o la reducci&oacute;n de emisiones no son motivos suficientes para apoyar una integraci&oacute;n tarifaria que nos haga la vida m&aacute;s f&aacute;cil, que sea entonces por algo que los adalides del libre mercado puedan entender: el vil metal. <strong>Ninguna econom&iacute;a que quiera ganar en competitividad y eficiencia puede prescindir de un transporte que movilice de manera r&aacute;pida y sencilla a sus trabajadores</strong>. Hasta los abogados del diablo saben que <strong>todo Gobierno, cualquiera sea su ideolog&iacute;a, deber&iacute;a apoyar una movilidad accesible y de calidad</strong>.
    </p><p class="article-text">
        <em>KN/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Karina Niebla]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/boleto-invisible-alemania-ensenar-tarifas-transporte_1_12546396.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 21 Aug 2025 09:58:08 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El boleto invisible: lo que Alemania puede enseñar sobre tarifas de transporte]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escala humana,Alemania,Transporte]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El secreto mejor guardado de la noche berlinesa no es el tecno, es el Späti]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/secreto-mejor-guardado-noche-berlinesa-no-tecno-spati_1_12488033.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bd5251b3-b238-490a-ae90-3ef39c376f90_16-9-discover-aspect-ratio_default_1122567.jpg" width="1906" height="1072" alt="El secreto mejor guardado de la noche berlinesa no es el tecno, es el Späti"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Mientras Buenos Aires pierde su noche, Berlín resiste con sus kioscos 24/7. Con cerveza barata y mesas sobre veredas anchas, enseñan cómo mantener viva la ciudad cuando todo lo demás se apaga.
</p></div><p class="article-text">
        Hace diez meses escrib&iacute; <a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/noche-portena-apaga-pasa-ciudad-no-dormia_129_11664578.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">una columna sobre el fin de la noche porte&ntilde;a</a> que me vali&oacute; insultos y elogios, pero que en cualquier caso se qued&oacute; corta en el Buenos Aires 2025: menos plata, m&aacute;s restaurantes y bares cerrados, horarios acotados y un transporte p&uacute;blico m&aacute;s deficiente, aunque el subte haya cerrado m&aacute;s tarde algunas veces. Hasta en Europa puede conseguirse una vida nocturna m&aacute;s intensa, al menos en Berl&iacute;n, aunque no por la raz&oacute;n que podr&iacute;a esperarse, que es su escena musical tecno. <strong>El rey de la noche ac&aacute; es el Sp&auml;ti</strong>, esa suerte de maxikiosco recargado, abierto hasta tarde, si no el d&iacute;a entero.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Späti en el barrio berlinés de Kreuzberg.                            </span>
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        Seg&uacute;n datos oficiales, <strong>hay mil Sp&auml;tis en Berl&iacute;n, uno cada 3.600 habitantes</strong>. Todos se parecen, pero cada uno es &uacute;nico. La mayor&iacute;a est&aacute; en planta baja, pero tambi&eacute;n hay en subsuelos. Muchos sacan barras a la vereda cuando hay fiestas o eventos. Algunos tienen lo b&aacute;sico (bebidas, golosinas, revistas, puchos) y otros venden incluso chips de celular, billetes de loter&iacute;a, tests de embarazo, papel higi&eacute;nico, latas de comida para gatos y perros, ramen hecho a m&aacute;quina en el momento. Algunos tienen lockers para retirar env&iacute;os. Otros dejan imprimir papeler&iacute;o urgente. Un pu&ntilde;ado deja usar el ba&ntilde;o moneda mediante. Eso s&iacute;: siempre piden efectivo, o aceptan tarjeta reci&eacute;n a partir de los 5 o 10 euros. Para eso, algunos tienen hasta cajero.
    </p><p class="article-text">
        Pero <strong>hay algo que (casi) todos los Sp&auml;tis comparten y que casi no requiere plata: socializaci&oacute;n espont&aacute;nea</strong>. Dan un espacio donde sentarse y charlar al aire libre, ya sea en mesas de pl&aacute;stico y sillas de ca&ntilde;o como los kioscos del conurbano, o en tablones de madera, regados con destapadores y ceniceros. Tambi&eacute;n dan pie a seguir la fiesta en otra parte. 
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        Por eso, si los bares est&aacute;n llenos, el p&aacute;nico no cunde: compramos unas birras en un Sp&auml;ti y las tomamos sentados en un banco enfrente del bar del que perdimos acceso. Una experiencia parecida pero por un tercio del precio, m&eacute;rito de la <strong>calidad de los espacios p&uacute;blicos berlineses, con asientos en buen estado, frondoso arbolado p&uacute;blico y veredas a veces m&aacute;s limpias</strong> (tampoco tanto) que las que encontrar&iacute;a en Buenos Aires, para sentarse en el piso en caso de que lo dem&aacute;s falle.
    </p><p class="article-text">
        Desde ya, la mayor seguridad en materia de delitos favorece mucho a los Sp&auml;tis, aunque en todos lados se cuezan habas y ac&aacute; haya algunos ajustes de cuentas a los tiros y ataques con cuchillos. Pero la probabilidad de robos es sensiblemente menor. Y la baja intensidad lum&iacute;nica de Berl&iacute;n, que en otras capitales dar&iacute;a miedo, aqu&iacute; ayuda a realzar por contraste el brillo interno de estos negocios. 
    </p><p class="article-text">
        Para atraer a&uacute;n m&aacute;s miradas, los Sp&auml;tis apelan a <strong>marquesinas con luces coloridas, a veces a falsos neones, incluso a nombres con juegos de palabras</strong>, como Sp&auml;tify o Checkpoint Ali, en referencia al famoso paso fronterizo Checkpoint Charlie.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Späti en el barrio berlinés de Moabit                            </span>
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        El origen de estos negocios es algo m&aacute;s serio y menos llamativo: nacieron en los a&ntilde;os cincuenta en la antigua Alemania Oriental (RDA) para abastecer a quienes sal&iacute;an tarde de trabajar y no llegaban a hacer las compras en las tiendas &ldquo;normales&rdquo;, es decir, las que cerraban a las 18. Tras la reunificaci&oacute;n alemana, se le empez&oacute; a llamar <strong>Sp&auml;tkauf (&ldquo;Compra tard&iacute;a&rdquo;) o su cari&ntilde;oso ap&oacute;cope Sp&auml;ti</strong> a cualquier tienda con horarios extendidos. Y, de a poco, estos comercios empezaron a tener un rol y look definidos, con la cerveza como producto estrella, en un pa&iacute;s donde tomar alcohol en la calle es legal.
    </p><h2 class="article-text"><strong>Isla nocturna</strong></h2><p class="article-text">
        Berl&iacute;n tiene una noche mucho m&aacute;s larga que el resto de Alemania, aunque las cocinas de sus restaurantes suelen cerrar temprano, a tono con el continente. Del mismo modo, su escena de m&uacute;sica tecno fue declarada patrimonio cultural inmaterial de la Unesco, pero sus boliches hoy sufren regulaciones m&aacute;s estrictas, aumento en los alquileres y cambios en los h&aacute;bitos de salida. Mientras tanto, los Sp&auml;tis siguen firmes como espacios nocturnos, aunque <strong>su n&uacute;mero se haya reducido a la mitad en la &uacute;ltima d&eacute;cada</strong>, seg&uacute;n cuentan desde Berliner Sp&auml;ti e. V., la asociaci&oacute;n que los nuclea. Parte de la culpa, dicen desde la agrupaci&oacute;n, la tiene la prohibici&oacute;n de abrir los domingos que les impuso un fallo judicial hace casi diez a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Los Sp&auml;tis no s&oacute;lo siguen resistiendo: tambi&eacute;n inyectan espontaneidad en una sociedad como la alemana, que planea cada aspecto de la vida. </strong>En ellos no hace falta programar encuentros. Y se sabe cu&aacute;ndo empieza la experiencia pero no cu&aacute;ndo termina: podemos estar all&iacute; los segundos que toma comprar un producto, los minutos que dura una charla improvisada, o las horas que se prolonga una reuni&oacute;n planificada, incluida una primera cita. 
    </p><p class="article-text">
        En Buenos Aires, no es la rigidez sino la post pandemia, la malaria y la privatizaci&oacute;n creciente del espacio p&uacute;blico lo que dinamita la socializaci&oacute;n espont&aacute;nea. En la crisis de 2001, los kioscos con mesas afuera estaban a la orden del d&iacute;a. Hoy son la excepci&oacute;n m&aacute;s que la regla: perdieron centralidad como espacio de permanencia. Y, al abrir de noche tras las rejas, se llevan mal con la nocturnidad extendida.
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                Späti serie de 2025 del canal público de televisión alemana.                            </span>
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                </figure><h2 class="article-text"><strong>La calle nunca cierra</strong></h2><p class="article-text">
        Volviendo a los Sp&auml;tis berlineses, a su espontaneidad se le suma su <strong>accesibilidad en sentido amplio: ubicados en planta baja, derramados sobre anchas veredas para que cualquiera &ndash;movilidad plena o reducida&ndash; pueda sentarse, a un costo de un euro y medio la birra</strong> (unos 2.200 pesos) pero a veces ni siquiera hace falta consumir y s&oacute;lo con estar basta. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La vida nocturna de Berl&iacute;n, aunque famosa por su energ&iacute;a y diversidad, tambi&eacute;n puede ser muy segmentada: las subculturas musicales suelen quedarse en sus propios nichos. Es poco probable que un fan del reggae se aventure en un boliche tecno, o que un entusiasta del heavy metal vaya a una fiesta pop de los noventa&rdquo;, me se&ntilde;ala la antrop&oacute;loga cultural Leonie M&uuml;ller. 
    </p><p class="article-text">
        Para la especialista, esto contrasta con los Sp&auml;tis, &ldquo;puntos de encuentro informales pero inclusivos&rdquo;, que &ldquo;re&uacute;nen a gente de or&iacute;genes dispares a trav&eacute;s de algo tan simple como una bebida fr&iacute;a&rdquo;. &ldquo;Son anclas sociales en medio del ritmo acelerado del d&iacute;a a d&iacute;a, porque ofrecen continuidad y familiaridad&rdquo;, resalta. Por eso, <strong>son &ldquo;clave para la infraestructura de la vida nocturna urbana, no tanto por su espectacularidad, sino por el poder discreto de su presencia, disponibilidad y conexi&oacute;n informal</strong>&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Mientras los espacios de la cultura independiente berlinesa son reemplazados por cadenas y algunos boliches cultivan FOMO negando el ingreso a miles cada finde, los Sp&auml;tis abrazan a todos y permiten que se cruce gente de todo tipo. Las identidades de quienes atienden tambi&eacute;n son diversas, la mayor&iacute;a de origen turco, &aacute;rabe y vietnamita.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hola, jefe&rdquo;, saluda el cliente. &ldquo;Hola, maestro&rdquo;, redobla el que atiende. M&aacute;s all&aacute; de su rol comercial, los Sp&auml;tis son escala humana en una capital que es tres veces m&aacute;s extensa que la nuestra. Son lugares chicos, familiares, que conectan a la gente en un entorno relajado. <strong>Son una invitaci&oacute;n a prolongar la noche en un mundo con nocturnidad en retirada. Y son una apuesta por la convivencia espont&aacute;nea y horizontal en tiempos de individualismo y prejuicios</strong>.
    </p><p class="article-text">
        <em>KN/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Karina Niebla]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/secreto-mejor-guardado-noche-berlinesa-no-tecno-spati_1_12488033.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 24 Jul 2025 09:20:49 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El secreto mejor guardado de la noche berlinesa no es el tecno, es el Späti]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escala humana]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Uso de drogas y drama urbano: cómo Frankfurt salva vidas desde salas de consumo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/drogas-drama-urbano-frankfurt-salva-vidas-salas-consumo_129_12415349.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b5cf5c35-ebb6-4296-8d21-1c642cf2ebed_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Uso de drogas y drama urbano: cómo Frankfurt salva vidas desde salas de consumo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En el corazón financiero alemán, el uso de heroína y crack está mucho más a la vista que en Buenos Aires, pero la ciudad apuesta por dar un espacio seguro a quienes están al límite. No es permiso ni complacencia: es una forma de recuperar dignidad y repensar lo urbano desde los márgenes.
</p></div><p class="article-text">
        Papeles diminutos cubren la vereda. Hay cinturones para apretar venas. Tambi&eacute;n pipas o restos de crack que sus usuarios recuperan con la poca destreza que les queda. Muestran ojos ca&iacute;dos, piel ulcerada, muecas severas. Est&aacute;n en la estaci&oacute;n central de trenes de Frankfurt y sus alrededores. La ciudad alemana no enfrenta los mismos problemas que Buenos Aires, pero s&iacute; otros. Y aplica soluciones muy distintas. <strong>Darle a la gente un lugar seguro donde drogarse es una de ellas</strong>.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;En los noventa, si le preguntabas a cualquier habitante de Frankfurt cu&aacute;l era el <strong>principal problema de la ciudad</strong>, te respond&iacute;a:<strong> &lsquo;Las drogas&rsquo;. Se ve&iacute;a sobre todo en los parques. Se inyectaban hero&iacute;na al aire libre todo el d&iacute;a, y tuvimos 154 muertes</strong>. As&iacute; que el municipio crey&oacute; necesario crear espacios a los que estas personas pudieran ir. Y as&iacute; empezamos con esto&rdquo;, me cuenta Gabi Becker, directora de <strong>Integrative Drogenhilfe, un centro con salas de consumo</strong> que naci&oacute; hace 33 a&ntilde;os en esta ciudad alemana, coraz&oacute;n financiero de Europa. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Sala de consumo en las afueras de Frankfurt                            </span>
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        Becker est&aacute; sentada en la oficina de una de las cinco sedes que tiene el centro, en una zona con pasado fabril a las afueras de Frankfurt. All&iacute; funcionan <strong>un parador nocturno con duchas y 24 camas, un lavadero donde se puede trabajar a cambio de lavados, cafeter&iacute;a con precios tendientes a cero, gabinete con atenci&oacute;n m&eacute;dica</strong>, un complejo de 61 camas para residentes permanentes, y un gran departamento compartido con los 12 que se ganaron tama&ntilde;a confianza.
    </p><p class="article-text">
        Y, quiz&aacute;s lo m&aacute;s importante: ac&aacute; hay <strong>ocho espacios de consumo seguro de drogas</strong>. Una sala de azulejos blancos y asepsia digna de hospital. Agujas descartables, torniquetes de compresi&oacute;n para apretar el brazo e inyectarse, pastillas de vitamina C para disolver hero&iacute;na base o crack. Un espacio donde se cumple el clich&eacute; del orden alem&aacute;n: sillas en fila, cada una con su mesa delante, un cesto de basura debajo y un espejo al frente para que los coordinadores puedan ver en todo momento qu&eacute; hace el resto. <strong>Cada usuario lleva su propia sustancia y no puede compartirla con nadie</strong>. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Ingreso de la sede de Integrative Drogenhilfe en Niddastraße, Frankfurt                            </span>
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                </figure><h2 class="article-text"><strong>Soledad compartida</strong></h2><p class="article-text">
        &iquest;Una forma de ocultar el consumo, de devolver la intimidad rota, o de darles a estos protagonistas m&aacute;s dignidad? Becker lo ve ante todo como una forma de salvar vidas. <strong>En 2023 fueron 32 las muertes por consumo de drogas al a&ntilde;o, menos de un cuarto de lo registrado tres d&eacute;cadas atr&aacute;s</strong>. A su vez, baj&oacute; la tasa de infecci&oacute;n por hepatitis C del 70% al 10%. Y la de VIH cay&oacute; al 4 o 5%. &ldquo;Estos son resultados importantes de la reducci&oacute;n de da&ntilde;os&rdquo;, destaca con orgullo.
    </p><p class="article-text">
        Frankfurt compite con <strong>Hamburgo </strong>por cu&aacute;l instal&oacute; primero las salas de consumo. Pero la ciudad del norte alem&aacute;n parece estar un poco m&aacute;s atr&aacute;s en este tema. Lo muestran las <strong>102 muertes relacionadas con el uso de drogas en 2024, su nivel m&aacute;s alto en casi 25 a&ntilde;os</strong>. Lo muestran tambi&eacute;n las calles hamburguesas: la plaza Hansaplatz, la estaci&oacute;n de S-Bahn Holstenstra&szlig;e, o los 300 metros de <strong>Steindamm entre Steintorweg y Stralsunder Stra&szlig;e, donde cuando cae el sol soy la &uacute;nica mujer entre decenas de hombres</strong>, y una de las pocas personas que puede mantenerse erguida. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                En las salas de consumo de Frankfurt, cada usuario tiene a su disposición elementos limpios y seguros para evitar la transmisión de enfermedades.                            </span>
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        Adem&aacute;s de dar un espacio seguro para usar drogas, en este tipo de salas de consumo se facilita el acceso a programas de rehabilitaci&oacute;n y tambi&eacute;n de sustituci&oacute;n (por ejemplo, de hero&iacute;na por metadona). Con todo, el consumo sigue. <strong>En los noventa, el gran problema en Frankfurt era la hero&iacute;na. Hasta que a fines de esa d&eacute;cada lleg&oacute; el crack, el protagonista de los &uacute;ltimos diez a&ntilde;os</strong>. Quienes lo fuman suelen usar tambi&eacute;n otras drogas: <strong>benzodiazepinas, anfetaminas, fentanilo, hero&iacute;na, lo que haya</strong>.
    </p><h2 class="article-text"><strong>No todas las estaciones pero, somehow, siempre estaciones</strong></h2><p class="article-text">
        &ldquo;La pandemia fue un problema porque hubo que reducir los espacios de consumo a la mitad por la distancia social, entonces no pod&iacute;amos recibir a todos. Hacer que vuelvan a entrar ahora no es tan f&aacute;cil. La relaci&oacute;n con ellos cambi&oacute; un poco&rdquo;, lamenta Andreas Geremia, responsable de otra sede de Integrative Drogenhilfe, en la calle Niddastra&szlig;e. Ac&aacute; hay una sala con 12 lugares para drogas inyectables y otra con cuatro para fumar, que en octubre ser&aacute;n 16, por la gran demanda.
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        <strong>Esta sede est&aacute; en el centro de la escena: a apenas 400 metros de la estaci&oacute;n de trenes</strong>. Cuesta imaginar que en pandemia hubiera m&aacute;s gente en la vereda que ahora, cuando se cuentan al menos 30 personas. Intento capturar parte de la escena, pero alguien detecta mis intenciones. <strong>&ldquo;&iexcl;No hagas videos!&rdquo;, exclama en alem&aacute;n. Guardo el celular</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Es el &uacute;nico hombre lo suficientemente erguido y fuerte como para gritar. El resto est&aacute; en actitud de espera (de entrar al centro, del pr&oacute;ximo saque), o sentado o recostado en el piso. A lo lejos se ven las torres de cristal en las que se cocina parte de las finanzas de un continente, ajenas a la vulnerabilidad que tengo en primer plano: ah&iacute; el consumo de drogas es m&aacute;s discreto, caro, &ldquo;funcional&rdquo;.
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                    alt="Departamento compartido en centro de salas de consumo de Frankfurt"
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                Departamento compartido en centro de salas de consumo de Frankfurt                            </span>
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        <strong>&iquest;Por qu&eacute; la gente que usa hero&iacute;na y crack va a las estaciones? Porque en esos nodos confluye todo, y no s&oacute;lo el transporte: los que van a trabajar, los que venden, los que compran, los que piden monedas, los que ofrecen (o pagan por) sexo</strong>, los que juntan botellas para llevarlas a los supermercados y as&iacute; hacerse de unos centavos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>En Berl&iacute;n tambi&eacute;n se observa una postal similar, pero m&aacute;s diluida por la vastedad de la ciudad, que equivale a cuatro Buenos Aires y media</strong>. El consumo de drogas en espacios p&uacute;blicos se concentra menos en la estaci&oacute;n central, y m&aacute;s en los pasillos de acceso a los edificios, en los alrededores de centros de rehabilitaci&oacute;n, y en nodos de transporte con historial, como Zoologischer Garten, aunque lejos del extremo que retrata la pel&iacute;cula <em>Christiane F. </em>sobre el consumo de hero&iacute;na de fines de los setenta en ese centro de trasbordo.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Gracias a las políticas de reducción de daños, en Frankfurt, las muertes por consumo de drogas cayeron a menos de un cuarto de lo registrado tres décadas atrás.                            </span>
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        <strong>Al principio, la aceptaci&oacute;n social de las salas de consumo era mayor</strong>: el problema era tan visible que nadie dudaba de que hab&iacute;a que hacer algo. Pero <strong>ahora que se logr&oacute; cierto &ldquo;orden&rdquo;, algunos vecinos quieren que estos dispositivos desaparezcan</strong>. Que la calle vuelva a ser la de medio siglo atr&aacute;s, sin recordatorios de que la ciudad tambi&eacute;n tiene bordes. <strong>El Estado y el tercer sector, con todas sus limitaciones, est&aacute;n tan presentes en Alemania que muchos se olvidan de que existen</strong>, y de lo que pasar&iacute;a si dejaran de estarlo.
    </p><p class="article-text">
        Porque <strong>reducir da&ntilde;os no es sin&oacute;nimo de permitir. Es asumir que nada puede construirse sobre criminalizaci&oacute;n y muerte</strong>. Y que desplazar el problema de un lado a otro no sirve de nada. Lo que s&iacute; funciona, al menos en parte, es dar una mano. En Frankfurt, el control de da&ntilde;os naci&oacute; como respuesta al hartazgo ciudadano, pero creci&oacute; y se desarroll&oacute; gracias a la convicci&oacute;n de que <strong>con traslado y castigo no se construye una ciudad m&aacute;s vivible</strong>.
    </p><p class="article-text">
        <em>KN/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Karina Niebla]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/drogas-drama-urbano-frankfurt-salva-vidas-salas-consumo_129_12415349.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 26 Jun 2025 09:50:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Uso de drogas y drama urbano: cómo Frankfurt salva vidas desde salas de consumo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escala humana,Alemania,Reducción de daños,drogas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Buenos Aires: cuando la calle es un riesgo y el plan es quedarse quieto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/buenos-aires-calle-riesgo-plan-quedarse-quieto_129_12030362.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/555fccce-bffd-448b-a065-1a7e284406ae_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Buenos Aires: cuando la calle es un riesgo y el plan es quedarse quieto"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los choques con heridos graves casi se duplicaron en un año. Pero el nuevo plan de seguridad vial parece más un documento de mantenimiento que una estrategia para salvar vidas.</p></div><p class="article-text">
        Una psic&oacute;loga amiga ve cada vez m&aacute;s casos de gente que conduce bajo efectos de pastillas. Mis familiares de visita notan mucha m&aacute;s imprudencia al volante que la &uacute;ltima vez que vinieron. Yo misma la percibo, sobre todo en automovilistas, pero incluso en algunos peatones, que cruzan por cualquier parte sin mirar. Sin ver que son los actores m&aacute;s vulnerables de un tr&aacute;nsito cada vez m&aacute;s ansioso y temerario.
    </p><p class="article-text">
        Pero no creo en percepciones ni en algunos casos. Busco estad&iacute;stica, y tambi&eacute;n la hay: <strong>en diciembre hubo un siniestro vial cada 27 minutos en Capital, seis minutos menos que el mes con m&aacute;s choques de 2023</strong>. Es decir, mucho m&aacute;s seguido. Un llamado a repensar nuestras calles: que la seguridad tome el volante y no el auto privado, como viene siendo la norma &uacute;ltimamente.
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                </figure><p class="article-text">
        En 2024, los siniestros viales en los que el SAME intervino aumentaron un 10,8% respecto a 2023: 16.026 llamados de emergencia frente a 14.457 un a&ntilde;o antes. Pero lo peor no es eso, sino c&oacute;mo aument&oacute; la gravedad de los hechos. <strong>M&aacute;s de la mitad de esos choques requirieron traslado de emergencia por la seriedad de las heridas. En 2023, en cambio, fue uno de cada tres</strong>.
    </p><p class="article-text">
        En otras palabras, <strong>los choques con heridos graves en 2024 son casi el doble que los del a&ntilde;o previo</strong>. Los datos fueron obtenidos del Sistema Integral de Seguridad P&uacute;blica (SISeP) y enviados por el Equipo de Comunicaci&oacute;n Unificada en Emergencias Sanitarias (ECUES) a pedido de esta servidora. Muestran adem&aacute;s que la situaci&oacute;n es cada vez peor: tanto la cantidad de siniestros como la de lesionados graves fue aumentando mes a mes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De hecho,<strong> diciembre fue el mes m&aacute;s cr&iacute;tico</strong>: 1.613 auxilios, 1.638 casos de atenci&oacute;n m&eacute;dica, y <strong>un d&iacute;a r&eacute;cord, el jueves 12, en el que 202 personas debieron recibir asistencia de urgencia por choques</strong>, 90 de ellas con heridas graves.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La imprudencia individual, hija de la falta de educaci&oacute;n vial, es gran parte del problema: <strong>alcoholemia, estr&eacute;s, desconcentraci&oacute;n, agresividad e impaciencia, uso del celular, toma de psicof&aacute;rmacos contraindicados si se maneja. Y, sobre todo, exceso de velocidad</strong>, derivado de alguna de las causas anteriores, o de varias de ellas.
    </p><p class="article-text">
        Pero tambi&eacute;n hay un componente estructural, de <strong>dise&ntilde;o urbano, distribuci&oacute;n del tr&aacute;nsito y priorizaci&oacute;n de ciertos modos de movilidad, que deber&iacute;a ser a favor del transporte p&uacute;blico y en contra del auto particular</strong>, por la simple raz&oacute;n de que m&aacute;s veh&iacute;culos es igual a m&aacute;s chances de choques. Ese componente requiere medidas urgentes, sostenidas y coherentes, y no un plan de mantenimiento m&aacute;s. &ldquo;A grandes males, grandes remedios&rdquo;, dice el refr&aacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, <strong>se sacan tramos de ciclov&iacute;as, no se suma un metro de subte, y tanto ese modo de transporte como los colectivos y trenes funcionan cada vez peor</strong>. Al mismo tiempo, se agregan carriles de autos al Puente de la Innovaci&oacute;n (un proyecto que iba a ser s&oacute;lo para peatones y bicis), se anuncian 2.400 nuevos espacios para estacionar, y se habilita el Paseo del Bajo para veh&iacute;culos particulares los fines de semana.&nbsp;
    </p><h2 class="article-text"><strong>Mi auto, mi decisi&oacute;n&nbsp;</strong></h2><p class="article-text">
        No hace tanto, Buenos Aires gan&oacute; premios de movilidad como los que otorgan la ONG New Cities, el Foro Internacional del Transporte (ITF, de la OCDE), y el Instituto de Pol&iacute;ticas para el Transporte y el Desarrollo (ITDP). Tambi&eacute;n, la Certificaci&oacute;n Oro del programa What Works Cities de Bloomberg Philanthropies para gobiernos locales basados en datos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hoy, los discursos oficiales no permitir&iacute;an llenar ni un formulario de postulaci&oacute;n, porque en <strong>este tema no hay proyecto. O, mejor dicho, el proyecto es garantizar la &ldquo;fluidez del tr&aacute;nsito&rdquo;. Las &ldquo;ideas de la libertad&rdquo; permearon hasta en eso</strong>.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Cuando se habla de fluidez del tr&aacute;nsito, no se est&aacute; hablando de los peatones: se est&aacute; aludiendo s&oacute;lo a los veh&iacute;culos motores. Si pienso en fluidez asociada a la falta de obst&aacute;culos y tr&aacute;nsito como exclusivamente veh&iacute;culo motor, estoy aceptando aumentos de velocidades, porque no habr&aacute; sem&aacute;foros, reductores ni nada que afecte esa fluidez&rdquo;, responde Ema Cibotti, presidenta de la Asociaci&oacute;n Civil Activvas contra la violencia vial, cuando le pregunto sobre el tema. En cambio, &ldquo;si la fluidez involucra a todos los usuarios, podemos pensar en mejores v&iacute;as compartidas para circular a diferentes velocidades: a pie, bicicleta, motorizados&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En ese sentido, <strong>el Plan de Seguridad Vial 2024-2027 suena bastante menos ambicioso que el 2020-2023. En lugar de plantear la extensi&oacute;n de las ciclov&iacute;as, s&oacute;lo se mencionan &ldquo;estudios&rdquo; y &ldquo;mejoras&rdquo;, sin especificar m&aacute;s. </strong>Y se incluye la meta de &ldquo;atraer nuevos usuarios&rdquo; a los carriles de bicis, algo imposible de lograr si la red no se expande (y, en lugar de eso, se reduce, como muestran los metros perdidos en la calle Tucum&aacute;n). Mientras tanto, en <strong>Ciudad de M&eacute;xico se anuncia la construcci&oacute;n de 300 kil&oacute;metros de ciclov&iacute;as, en una red que ya tiene 365</strong>.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;<strong>Menos ciclov&iacute;as aumentan el riesgo vial, simplemente porque hay mayor tr&aacute;nsito de veh&iacute;culos motores</strong>, que pueden provocar lesiones severas o mortales a terceros si no se conducen respetando la normativa&rdquo;, me recuerda Cibotti.
    </p><p class="article-text">
        En el plan porte&ntilde;o actual <strong>se habla mucho menos de construir y mucho m&aacute;s de hacer informes</strong>. Y ya no se menciona la baja de las m&aacute;ximas, una medida exitosa en ciudades como Par&iacute;s o Barcelona, sino que se alude a &ldquo;velocidades seguras&rdquo;. <strong>No se propone, como antes, la &ldquo;disminuci&oacute;n de velocidades en avenidas con carriles exclusivos para colectivos&rdquo; sino &ldquo;revisar la normativa de los l&iacute;mites de velocidad&rdquo;</strong>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Incluso se mencionan como ejes de su plan una serie de tareas de mantenimiento b&aacute;sicas de toda gesti&oacute;n, como &ldquo;puesta en valor de la se&ntilde;alizaci&oacute;n&rdquo; o &ldquo;mantener actualizados los principales an&aacute;lisis de seguridad vial&rdquo;.
    </p><h2 class="article-text"><strong>Visi&oacute;n, cero</strong></h2><p class="article-text">
        El transporte p&uacute;blico jam&aacute;s recuper&oacute; su n&uacute;mero de pasajeros prepand&eacute;mico. En 2019, representaba el 50% de los viajes, mientras que los de veh&iacute;culos particulares llegaban al 22%. Tras la pandemia, el uso del transporte p&uacute;blico baj&oacute; al 46%, y el de autos subi&oacute; al 25% (y en todo el AMBA, al 31%). El &iacute;ndice de conducci&oacute;n de motos tambi&eacute;n aument&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>M&aacute;s autos en la calle demandan m&aacute;s Zonas 30 (donde la m&aacute;xima es de 30 kil&oacute;metros por hora), m&aacute;s espacio para movilidad activa para una distribuci&oacute;n m&aacute;s equitativa y, desde ya, m&aacute;s kil&oacute;metros de subte como medida para desincentivar el uso del auto</strong>. El estado de la seguridad vial requiere no s&oacute;lo mantener la ambici&oacute;n del plan en lugar de bajarla, sino ir por m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        <strong>En la &uacute;ltima d&eacute;cada y media, Buenos Aires hizo gala de una pol&iacute;tica de Visi&oacute;n Cero, seg&uacute;n la cual ninguna muerte es aceptable. </strong>Con sus matices, la Ciudad se convirti&oacute; en un caso relativamente exitoso en materia de seguridad vial, con la menor tasa de mortalidad del pa&iacute;s y una de las m&aacute;s bajas de la regi&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hoy ese avance se ve frenado. &iquest;C&oacute;mo convive el plan de seguridad vial con las amenazas repetidas a lo poco que tiene la ciudad de dise&ntilde;o indulgente, ese que previene choques al obligar a prestar atenci&oacute;n o circular m&aacute;s lento, como algunos tramos con carriles m&aacute;s estrechos en Libertador? &iquest;Qu&eacute; alcance tienen sus metas si hay cada vez m&aacute;s incentivos al uso del auto y el transporte p&uacute;blico empeora? &iquest;Cu&aacute;n lejos se puede avanzar si al mismo tiempo se ataca la movilidad activa, con la remoci&oacute;n de tramos de ciclov&iacute;as y un tope a la peatonalizaci&oacute;n?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Las soluciones est&aacute;n a mano. La pregunta es si tendremos el coraje de ponerlas en marcha antes de que otra estad&iacute;stica nos choque</strong>.
    </p><p class="article-text">
        <em>KN/JJD</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Karina Niebla]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/buenos-aires-calle-riesgo-plan-quedarse-quieto_129_12030362.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 06 Feb 2025 09:51:08 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Buenos Aires: cuando la calle es un riesgo y el plan es quedarse quieto]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Tránsito,Ciudad,Escala humana]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Somos realmente tan amigueros? Un desafío al mito porteño]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/realmente-amigueros-desafio-mito-porteno_129_11950126.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0b4e4c56-5a34-4482-b353-ff83cb9ebd69_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Somos realmente tan amigueros? Un desafío al mito porteño"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Llevamos la amistad como bandera pero, ¿qué tan fácil es integrarse a redes de amigos en Buenos Aires? ¿Qué pasa cuando alguien intenta entrar a esos círculos tan consolidados? Mitos y realidad de un vínculo exaltado.

</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;La amistad no es como all&aacute;. Ac&aacute; tiene otro significado. En Buenos Aires le dec&iacute;s a alguien de ir a tomar algo en media hora y est&aacute;n&rdquo;. Lo dice un argentino de unos 45 a&ntilde;os a dos coterr&aacute;neos, los tres sentados al fondo de un tranv&iacute;a durante un reciente viaje m&iacute;o al sur alem&aacute;n. Escucho desde otro asiento, y asiento mentalmente al dogma. Despu&eacute;s me quedo pensando. &iquest;Hay algo de verdad en esa m&aacute;xima repetida? &iquest;O s&oacute;lo es nostalgia y relato?
    </p><p class="article-text">
        <strong>En Buenos Aires la amistad se lleva como bandera</strong>. Celebramos el D&iacute;a del Amigo con una efusividad que rivaliza con cualquier fiesta nacional. Pregonamos la facilidad de los encuentros aunque vivamos a kil&oacute;metros de amigos y colegas. Mantenemos redes que, en muchos casos, se remontan a la infancia: la escuela, el club, el barrio. <strong>Pero, &iquest;qu&eacute; pasa cuando alguien intenta entrar a una red tan consolidada? </strong>&iquest;Somos realmente tan amigueros? &iquest;Estamos a s&oacute;lo un mensaje y media hora de distancia?
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        Es dif&iacute;cil saber cu&aacute;ndo naci&oacute; esta narrativa orgullosa en torno a la amistad como pr&aacute;ctica. S&iacute; s&eacute; que las redes la mantienen viva, con <strong>publicaciones que idealizan nuestra calidez o publicitan </strong>&ndash;en el sentido de hacer p&uacute;blico&ndash;<strong> las amistades a trav&eacute;s de historias de Instagram, la mostraci&oacute;n de cu&aacute;n querido se es en su versi&oacute;n m&aacute;xima</strong>. Hasta los anuncios de marcas emblem&aacute;ticas exaltan la asiduidad del encuentro.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n influyen los recuerdos a&uacute;n v&iacute;vidos de la amistad adolescente. Sus din&aacute;micas, que dejaron de ser diarias para quienes ya somos adultos, quedaron tan grabadas en la memoria como para hacernos creer que a&uacute;n est&aacute;n sanas y salvas.
    </p><p class="article-text">
        Por &uacute;ltimo, est&aacute; la comparaci&oacute;n con comunidades &ldquo;m&aacute;s fr&iacute;as&rdquo;. Y no me refiero &uacute;nicamente a las de pa&iacute;ses europeos, como el caso que inicia esta columna.<strong> &ldquo;Lo que me llevar&iacute;a a Camer&uacute;n es la costumbre de reunirse los fines de semana</strong>. All&aacute; no se juntan, salvo para una fiesta o un evento&rdquo;, me cont&oacute; el gastron&oacute;mico Maxime Tankouo en 2016 cuando lo entrevist&eacute; sobre su vida en la Argentina y su restaurante El Buen Sabor Africano.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aquella vez, Maxime me dio un ejemplo contundente: &ldquo;Me caen al local grupos de amigos que se conocen desde la primaria y, cuando me piden que les saque una foto, me sale torcida, porque me emociono&rdquo;.
    </p><h2 class="article-text"><strong>El mito en el &ldquo;Interior&rdquo;</strong></h2><p class="article-text">
        En un bar del Microcentro, hace unos meses, una amiga de una amiga de Mar del Plata me pregunt&oacute; si me sent&iacute;a porte&ntilde;a. Retruqu&eacute; preguntando qu&eacute; entend&iacute;a por porte&ntilde;os. Y ampli&eacute; la consulta a su opini&oacute;n sobre la gente en Capital, a puro reduccionismo, que para eso son las charlas de caf&eacute;. Me contest&oacute; que los ve &ldquo;abiertos&rdquo; y menos prejuiciosos, pero que dan &ldquo;hasta ah&iacute;&rdquo;. Que son solidarios hoy pero eso no significa que lo sean ma&ntilde;ana ni que eso d&eacute; pie a una amistad.
    </p><p class="article-text">
        Me pareci&oacute; un an&aacute;lisis bastante m&aacute;s complejo que <strong>el mito construido en algunas ciudades chicas, seg&uacute;n la cual tener un amigo porte&ntilde;o es casi imposible y no te dan bolilla salvo que no tengan a nadie</strong>. Que las amistades de un migrante ser&aacute;n con otros migrantes o no ser&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Me top&eacute; con este relato cuando llegu&eacute; a Buenos Aires desde Olavarr&iacute;a. <strong>El ser bonaerense me jug&oacute; a favor y en contra</strong>: se supone que est&aacute;s m&aacute;s cerca de un porte&ntilde;o tanto geogr&aacute;fica como culturalmente, pero esa cercan&iacute;a no da mucho lugar a una comunidad de apoyo como s&iacute; ocurre con los llegados de otras provincias.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tocaba hacerse amigos de Capital o del AMBA, que para un bonaerense profundo es m&aacute;s o menos lo mismo, al menos al principio. Ser poco futbolera agreg&oacute; una capa extra de dificultad, porque <strong>el f&uacute;tbol es un gran mediatizador de la amistad en esta ciudad</strong>, no s&oacute;lo para jugar sino para ir a alentar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al final la total imposibilidad de amistad con porte&ntilde;os era un mito tan grande como su opuesto. Pero, como todo mito, tiene una pizca de verdad. Despu&eacute;s de varias columnas, voy cayendo en la cuenta de que <strong>Buenos Aires quiz&aacute;s no sea tan abierta, nocturna ni de brazos abiertos como indica su autopercepci&oacute;n</strong>. Y en esto tambi&eacute;n operan cuestiones culturales y estructurales.
    </p><p class="article-text">
        Es una metr&oacute;polis con mucho m&aacute;s movimiento que otras, con amor por los lugares de encuentro y hasta nostalgia por las distintas viviendas a lo largo de la vida, al punto de llamarlas por el nombre de su calle (&ldquo;Qu&eacute; buenos recuerdos de Yerbal&rdquo;, &ldquo;Qu&eacute; bien la pas&aacute;bamos en Ramallo&rdquo;).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero cada vez es m&aacute;s dif&iacute;cil encontrar un lugar para comer tarde, cada vez m&aacute;s caro juntarse, y buena parte de los bares notables que alabamos se vienen a pique por topadoras o falta de mantenimiento, porque esa protecci&oacute;n no tiene un correlato pr&aacute;ctico. Un poco <strong>con la amistad en esta ciudad pasa lo mismo: la idealizamos m&aacute;s de lo que la cuidamos</strong>.
    </p><h2 class="article-text"><strong>M&aacute;s all&aacute; de las tribus</strong></h2><p class="article-text">
        Las dificultades para encontrarnos con amigos no son exclusivas de Buenos Aires. Pero <strong>en pocas ciudades del mundo se exalta tanto la narrativa del encuentro y la amistad como ac&aacute;</strong>. Al menos desde el discurso, se valoran los lazos que se construyen, pero a veces hay poco espacio para sumar amistad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dos aclaraciones antes de que los porte&ntilde;os de crianza me maten. Una es que es dif&iacute;cil entrar a un grupo pero que, si finalmente se logra, hay altas probabilidades de que esa amistad dure. La otra es que <strong>esa resistencia a abrir el c&iacute;rculo no es necesariamente por falta de amabilidad, sino por ausencia de necesidad</strong>. Intuyo que quienes no han tenido que migrar tienden a conservar grupos m&aacute;s cerrados, &ldquo;de toda la vida&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Nuestro sistema educativo favorece esa tendencia</strong>. La conformaci&oacute;n grupal es mucho m&aacute;s fuerte ac&aacute; que en otras grandes ciudades como, por ejemplo, Nueva York, donde los cursos escolares se reorganizan cada a&ntilde;o para que los compa&ntilde;eros se mezclen. O, como ocurre tambi&eacute;n en el resto de los Estados Unidos, cada materia de la secundaria tiene su propio grupo, en lugar de ser cursadas como una misma divisi&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Probablemente tambi&eacute;n influya el momento hist&oacute;rico que vivimos. <strong>Las amistades de siempre son un ancla frente a la incertidumbre de un pa&iacute;s convulsionado</strong>. Pero tambi&eacute;n hay algo de p&eacute;rdida en no permitirse abrir esas redes y dejar que otros aires las renueven.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Ser&aacute;n las &ldquo;tribus&rdquo; de amigos de toda la vida la barrera para integrarse a un nivel profundo con amigos reci&eacute;n llegados? &iquest;En qu&eacute; medida influye la edad? &iquest;C&oacute;mo las din&aacute;micas propias de amistad moldean las relaciones sociales en un pa&iacute;s tan marcado por la migraci&oacute;n interna y externa? Para estas preguntas a&uacute;n no tengo respuestas que me convenzan. Pero s&iacute; creo que seguir en contacto con los amigos de siempre no deber&iacute;a cerrarnos a una nueva amistad.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Quiz&aacute;s la clave est&eacute; en no ver estas relaciones como una elecci&oacute;n binaria entre lo viejo y lo nuevo, sino como un espacio que puede expandirse</strong>. Como todo v&iacute;nculo, la amistad implica voluntad, tiempo y la disposici&oacute;n de salir de la zona de confort. Y eso no s&oacute;lo aplica para quienes llegan, sino tambi&eacute;n para los que ya estamos ac&aacute; desde siempre o hace tiempo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En un mundo que se mueve a ritmo fren&eacute;tico, con fronteras cada vez m&aacute;s borrosas, quiz&aacute; lo m&aacute;s revolucionario sea abrir las puertas de las tribus. La amistad, como el mate, siempre tiene espacio para uno m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        <em>KN/MG</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Karina Niebla]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/realmente-amigueros-desafio-mito-porteno_129_11950126.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 09 Jan 2025 10:01:16 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Somos realmente tan amigueros? Un desafío al mito porteño]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escala humana]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mi perro, mi rey: las actitudes de los dueños y cómo impactan en la ciudad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/perro-rey-actitudes-duenos-impactan-ciudad_1_11629818.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2fc74923-bfc7-4f3b-ad4e-cba65772ecfe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mi perro, mi rey: las actitudes de los dueños y cómo impactan en la ciudad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El crecimiento de la población canina sumada a la anomia general da como resultado un problema social. En una ciudad donde hay más perros que nenes, ¿hay manera de convivir en el espacio público en paz?</p></div><p class="article-text">
        Dos amigas pasean a su perra y tienen una idea maravillosa: dejar vagar al animal por la plaza de una de las zonas m&aacute;s densas de la ciudad, rodeada de autos que aprovechan cada hueco y de colectivos pisteando como campeones. Le tiran una pelota a la perra para que se las devuelva y pasa lo esperado: el objeto cae a la avenida, el animal va corriendo a buscarlo, sale de la plaza, baja al pavimento, cruza dos carriles de colectivos y termina entre un auto y un 29 cuyo chofer no llega a frenar.
    </p><p class="article-text">
        Incre&iacute;ble, pero la historia tiene final feliz. <strong>La perra logra comprimirse en ese m&iacute;nimo espacio y sale ilesa v&iacute;a alg&uacute;n milagro</strong>. Pasa tan r&aacute;pido que es imposible saber c&oacute;mo hizo. Por suerte ning&uacute;n conductor frena a cero por susto, lo que podr&iacute;a haber causado un choque en cadena. El d&uacute;o de amigas aprende una valiosa lecci&oacute;n sobre la importancia de seguir las normas de seguridad para su perra. Esto &uacute;ltimo si fuera una peli de Hollywood con moraleja. Ac&aacute; me permito dudar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la Ciudad hay m&aacute;s perros que chicos, y no es una forma de decir. <strong>Son m&aacute;s de 493.000 los canes que viven en hogares porte&ntilde;os</strong>, seg&uacute;n la Encuesta Anual de Hogares 2022 de la Direcci&oacute;n General de Estad&iacute;stica y Censos de la Ciudad. Unos 16 cada 100 personas. Casi 100.000 m&aacute;s que los nenes menores de diez a&ntilde;os, quienes totalizan 394.000 seg&uacute;n la &uacute;ltima proyecci&oacute;n poblacional por edad de la misma Direcci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Ese aumento sostenido de la poblaci&oacute;n canina tiene su contrapartida emprendedora, con m&aacute;s guarder&iacute;as, m&aacute;s paseadores, m&aacute;s peluquer&iacute;as caninas, <em>pet shops</em> m&aacute;s sofisticados, obras sociales para mascotas y hasta <em>apps</em> que conectan due&ntilde;os con cuidadores. Lo que no crece al mismo ritmo es la infraestructura adecuada. Tampoco aumenta el respeto por el animal ni por su entorno, sean el tr&aacute;nsito, gente u otros animales.
    </p><p class="article-text">
        El descontrol es tal que lleg&oacute; a la Legislatura. Emmanuel Ferrario (Vamos Juntos) present&oacute; un proyecto para actualizar la normativa, con medidas como la creaci&oacute;n de un registro voluntario de mascotas. Y ac&aacute; est&aacute; uno de los puntos que m&aacute;s me interesan: incluye un curso obligatorio sobre bienestar animal, con contenidos como &ldquo;uso adecuado del espacio p&uacute;blico por parte de los cuidadores responsables&rdquo; y &ldquo;buena convivencia entre vecinos y animales&rdquo;. Adem&aacute;s, si el perro tiene antecedentes de haber mordido a alguien, los due&ntilde;os deben darle al paseador una p&oacute;liza de seguro de responsabilidad civil.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Podr&aacute; discutirse despu&eacute;s la utilidad de proponer un registro, o las herramientas para hacer cumplir una ley as&iacute;. Pero menciono estos proyectos para mostrar hasta d&oacute;nde lleg&oacute; el problema: parece que hace falta una normativa para recordar la importancia de algo tan b&aacute;sico como saber convivir.&nbsp;
    </p><h2 class="article-text"><strong>&ldquo;Un potrero en dos meses&rdquo;</strong></h2><p class="article-text">
        Tener un perro es idealmente un acto generoso pero que en la pr&aacute;ctica no siempre lo es tanto. &iquest;Cu&aacute;ntos, con la excusa de tener una mascota, exigen que se prioricen sus necesidades? &iquest;Extienden su ocupaci&oacute;n del espacio p&uacute;blico a trav&eacute;s del pobre perro? &iquest;Cometen negligencias, <strong>desde no levantar la caca de la vereda hasta hacerse el tonto cuando el animal lastima a alguien</strong>? &iquest;Y si, adem&aacute;s, esa justificaci&oacute;n anida violencia verbal o, en un caso extremo, f&iacute;sica?<em> Not all </em>tutores de perros, lo s&eacute;, <em>but somehow </em>un tutor de perro.
    </p><p class="article-text">
        Hace apenas dos semanas, un d&uacute;o canino sin correa ni bozal embisti&oacute; a una mujer en el Parque Las Heras y la hizo caer. Ella termin&oacute; con el codo quebrado, una cirug&iacute;a de urgencia y una deuda de 7 millones de pesos en concepto de copago. Su hijo cuenta que el due&ntilde;o de los perros se escap&oacute; y que est&aacute; intentando acceder a las im&aacute;genes de las c&aacute;maras de seguridad del parque para identificarlo.
    </p><p class="article-text">
        D&iacute;as despu&eacute;s, un pitbull sin correa atac&oacute; a un caniche por las calles de Devoto y lo lastim&oacute;. La due&ntilde;a del perro atacante no se hizo cargo ni acompa&ntilde;&oacute; a la tutora del otro a la veterinaria. Seg&uacute;n cuenta esta &uacute;ltima, le dijo &ldquo;Mi pitbull se cri&oacute; con ni&ntilde;os, es bueno&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, <strong>hay denuncias de envenenamiento de perros en parques porte&ntilde;os, caniles incluidos</strong>. Hace poco le toc&oacute; al parque Rivadavia, en Caballito, donde los vecinos sostienen que hubo animales muertos e intoxicados por veneno para ratas escondido en cebos con formas de alb&oacute;ndigas.
    </p><p class="article-text">
        Estos incidentes no son aislados, sino parte de un mismo problema que afecta tanto al espacio p&uacute;blico como a la convivencia urbana. De estos temas he hablado por ejemplo con Yamila (36), una amiga nacida en Azul y con quien compart&iacute; momentos en mi natal Olavarr&iacute;a. Ahora vive en Capital y lamenta lo que pas&oacute; con su amada plazoleta detr&aacute;s de la estaci&oacute;n Caballito. &ldquo;Hasta hace un a&ntilde;o sol&iacute;a ser un rosedal divino con &aacute;rboles a&ntilde;ejos. Tiene un cartel de ordenanza que dice que est&aacute; prohibido el ingreso de mascotas. Fui hace dos semanas: devastado&rdquo;, lamenta.
    </p><p class="article-text">
        Ahora que se mud&oacute; a Villa Crespo observa lo mismo, como porte&ntilde;a adoptiva pero tambi&eacute;n como alguien que creci&oacute; con menos cemento. &ldquo;<strong>Imposible disfrutar del verde sin que haya caca u orina</strong>. Parquizaron todo hace dos meses y ya es un potrero de nuevo &ndash;observa&ndash;. Para quienes nos criamos en la naturaleza, es un tema que no haya espacios dignos de habitar, recostarse en el pasto, hacer alguna pr&aacute;ctica, beneficios tan necesarios para mantenerse vital&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En esa etapa, Yamila se anim&oacute; a hablar con el cuidador de una plaza de Villa Crespo donde hay canil y le pregunt&oacute; cu&aacute;les eran las instrucciones sobre perros que deb&iacute;a hacer cumplir. &ldquo;Me contest&oacute; que no deber&iacute;an estar fuera del canil por obvias razones de higiene y cuidado pero que, como los due&ntilde;os no le dan bolilla o, lo que es peor, se violentan, ahora directamente no les dice nada&rdquo;, recuerda.
    </p><p class="article-text">
        S&eacute; que la situaci&oacute;n a nivel de infraestructura no ayuda desde el vamos. Hay 97 caniles en la Ciudad, pero quedan parques y plazas que todav&iacute;a no los tienen, o s&iacute; pero sin parquizar: son de cemento &ndash;desaconsejable para los mismos animales y para la capacidad de absorci&oacute;n del suelo&ndash; o de tierra sin pasto, por lo que cuando llueve todo es barro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa carencia b&aacute;sica no excluye la necesidad de responsabilidad individual. No explica <strong>por qu&eacute; hay tantos perros desatados por la calle, aunque la ordenanza 41.831 establezca que deben ir &ldquo;con rienda y pretal o collar y bozal&rdquo; en la v&iacute;a p&uacute;blica</strong>, y la ley porte&ntilde;a 4.078 disponga que tienen que seguir con correa y pretal en todo momento si son de razas peligrosas o pesan m&aacute;s de 20 kilos.&nbsp;
    </p><h2 class="article-text"><strong>&ldquo;No hace nada&rdquo;</strong></h2><p class="article-text">
        No importa si &ldquo;es mansito&rdquo; y &ldquo;no hace nada&rdquo;. El comportamiento animal es imprevisible y su due&ntilde;o tiene una responsabilidad legal y moral si el perro invade el espacio de una persona o de otro animal, o bien lastima, o genera riesgos de choques como en la historia que abre esta columna.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s a&uacute;n, esto de &ldquo;mansito&rdquo; puede encerrar cierta falta de empat&iacute;a. Porque el solo hecho de que con su due&ntilde;o el perro sea as&iacute; no implica que para todos lo sea. Y porque esa frase coloca la carga en el otro, aquel que puede sentir miedo o tensi&oacute;n ante esa presencia demasiado cercana &ndash;no es mi caso, pero puedo entender a quienes lo padecen&ndash; y no sabe si es &ldquo;mansito&rdquo; porque: a) nunca lo vio, b) no es su tutor o c) est&aacute; obligado a creer en la palabra de otro, incluso aunque vaya contra su propio instinto.
    </p><p class="article-text">
        Aclaraci&oacute;n antes de que los perristas salgan a matarme (si a&uacute;n no quieren hacerlo): <strong>amo los perros, me conmueven, me parecen tiernos, los mimo, juego con ellos</strong>. Pero creo que en Buenos Aires no hay escisi&oacute;n entre la presencia de animales dom&eacute;sticos y la negligencia, una actitud invasora que rara vez tienen los perros &ldquo;de la calle&rdquo;. La responsabilidad se diluye de un lado mientras se pone en el otro, se&ntilde;alado de ortiba, quejoso, intolerante, exagerado, insensible o irracional.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se puede amar a los perros y justamente por eso decir esto: hay chances de que reaccionen de forma inesperada si hay est&iacute;mulos que no conocen, como gente nueva o ruidos fuertes. Incluso un perro que normalmente es d&oacute;cil puede ser agresivo si se siente amenazado o confundido.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Esta columna es un llamado a la solidaridad o, mejor dicho, a la responsabilidad</strong>. Un mensaje en favor de la ciudad que queremos, con mezcla de usos y especies, con gente de distintas edades disfrutando o jugando, cada uno a su manera, con o sin mascotas. Un bello concierto que hay que cuidar y por eso demanda esfuerzo. El Estado tiene que estar presente, pero tambi&eacute;n la gente.
    </p><p class="article-text">
        Porque un gran amor conlleva una gran responsabilidad. Parte de ese amor entre la persona y su mascota tiene que ir a desear que los dem&aacute;s tambi&eacute;n la pasen bien. No deber&iacute;a existir un amor que implique un desamor frente al mundo.
    </p><p class="article-text">
        <em>KN/JJD</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Karina Niebla]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/perro-rey-actitudes-duenos-impactan-ciudad_1_11629818.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 05 Sep 2024 09:46:13 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mi perro, mi rey: las actitudes de los dueños y cómo impactan en la ciudad]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escala humana,Mascotas,Perros,Ciudad de Buenos Aires]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Por qué vivir en Buenos Aires]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/vivir-buenos-aires_1_11335094.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/743850fc-5612-44c8-9029-3a49d323a05d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Por qué vivir en Buenos Aires"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una pregunta que vale hacerse más que nunca. Sobre todo si crece el trabajo en casa, los alquileres rozan las nubes y el transporte empeora cada día. </p></div><p class="article-text">
        Entre el home-office, la sobrecarga de trabajo y la falta de plata, a veces <strong>me pregunto si realmente estoy sacando provecho de vivir en Buenos Aires o mi vida podr&iacute;a seguir sin mayores cambios en una ciudad cualquiera</strong>. Una pregunta que esquivo cada vez que puedo, pero que resurgi&oacute; en una columna anterior, sobre el Microcentro. Y ya no puedo hacerme m&aacute;s la boba.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Pienso en qu&eacute; vida construimos trabajando desde casa, sin cruzarnos nunca con extra&ntilde;os, y c&oacute;mo en ese repliegue vamos perdiendo (lo mejor que tiene vivir en) la ciudad&rdquo;, me se&ntilde;al&oacute; tras esa columna la colega Emilia Erbetta v&iacute;a Twitter, y as&iacute; volvi&oacute; a plantar los interrogantes que por fin me animo a cosechar. Vivir en la Ciudad de Buenos Aires sale caro. &iquest;C&oacute;mo no voy a aprovecharlo?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n ZonaProp, en febrero, <strong>alquilar un depto de dos ambientes cost&oacute; $416.991 en promedio. Es un 62% m&aacute;s que en el oeste y sur del Gran Buenos Aires, un 96% m&aacute;s que en Rosario, un 131% m&aacute;s que en C&oacute;rdoba Capital</strong>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Habitar esta ciudad cuesta caro tambi&eacute;n en salud: hay m&aacute;s contaminaci&oacute;n atmosf&eacute;rica, lum&iacute;nica y sonora. Faltan espacios verdes. Y, para los porte&ntilde;os adoptivos, adem&aacute;s hay desarraigo, que a su vez demanda plata en forma de nafta, &oacute;mnibus, avi&oacute;n o tren. Mientras tanto, la &ldquo;porte&ntilde;idad&rdquo; por antonomasia -sentarse a tomar un caf&eacute; y mirar gente, comer una pizza en la calle Corrientes, ir al teatro- va mutando a lujo de turistas. En el acoso diario de las necesidades materiales, lo primero que se quita es lo &ldquo;prescindible&rdquo;. Hace unos d&iacute;as quise hacer plan gasolero y salir a correr, pero los mosquitos me mataban a m&iacute; m&aacute;s que yo a ellos, y el repelente est&aacute; a entre 8.000 y 14.000 pesos. &iquest;<strong>Si vivo as&iacute;, por qu&eacute; sigo en Buenos Aires? &iquest;Por las oportunidades laborales, cuando cada vez m&aacute;s son remotas? &iquest;Por los tr&aacute;mites, si buena parte es online? &iquest;Por el periodismo, que cada vez m&aacute;s se encierra en s&iacute; mismo? </strong>&ldquo;&iquest;C&oacute;mo voy a encontrar historias si mi contacto con el mundo es la computadora? No que eso no sea el mundo, pero una parte queda afuera&rdquo;, resumi&oacute; mi colega en un segundo tuit.
    </p><p class="article-text">
        Yo tambi&eacute;n me lo pregunto. Sigo caminando la ciudad lo m&aacute;s que puedo y hago trabajo de campo para estas columnas. Pero son esfuerzos planificados, conscientes. El viaje diario a un trabajo suma las mejores ideas, porque son las que no se buscan. Quedarse quieto no ayuda. A&uacute;n menos en el home-office de la dispersa periferia porte&ntilde;a en la que hoy vivo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De hecho, estos d&iacute;as en los que el Bafici me &ldquo;oblig&oacute;&rdquo; a moverme fueron posiblemente las dos semanas del a&ntilde;o en que m&aacute;s disfrut&eacute; y vi Buenos Aires m&aacute;s all&aacute; de mi trabajo, y eso me da alegr&iacute;a, por m&aacute;s hipster que suene. Me hace sentir conectada, en sinton&iacute;a con la ciudad. Que la re vivo, literal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Me genera profunda depresi&oacute;n el silencio de los barrios, la falta de ruido humano y automotor, la ausencia de humo y contaminaci&oacute;n. Soy hombre de gran ciudad, necesito movimiento extremo de personas y cosas sin parar, de d&iacute;a y de noche&rdquo;, tuite&oacute; el polemista Carlos Maslat&oacute;n hace m&aacute;s de un a&ntilde;o. Sin llegar a ese extremo, en parte me identifico. Y s&eacute; que <strong>las historias se multiplican donde m&aacute;s gente vive, en la ciudad compacta cuyas bondades, aunque est&eacute;n cerca, me pierdo</strong>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n hay algo m&aacute;s profundo, un mal generalizado: retraimiento, anidamiento y una b&uacute;squeda de volver a casa, en lugar de habitar la siempre incierta pero tambi&eacute;n siempre viva calle. <strong>Con la pandemia perdimos &ldquo;roce&rdquo;, esa adaptabilidad que derriba prejuicios</strong>, nacida de frecuentar personas ajenas a nuestro c&iacute;rculo. &iquest;El futuro era trabajar en casa? &iquest;O se nos fue la mano y ahora hay que poner parches en forma de planes para no terminar habl&aacute;ndole a una planta?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No toda la culpa la tiene el home-office. El retraimiento se potencia si el espacio p&uacute;blico se resiste cada vez m&aacute;s a que nos apropiemos de &eacute;l.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por un lado, porque <strong>Buenos Aires est&aacute; m&aacute;s oscura</strong>: en la Terminal de Retiro, en un pasaje c&eacute;ntrico como Disc&eacute;polo, en la plaza Mafalda en Colegiales o en distintos tramos de la General Paz. Por el otro, porque <strong>hay menos vida nocturna</strong>, entre el consumo gastron&oacute;mico que cae, los robos que crecen, el transporte p&uacute;blico que pierde frecuencia, y los parques y plazas que se cierran con rejas. Por &uacute;ltimo, por la degradaci&oacute;n del territorio, no a causa de la <strong>gente en situaci&oacute;n de calle que el Gobierno de la Ciudad saca en sus denominados &ldquo;operativos especiales de orden y limpieza&rdquo;, </strong>sino de la reducci&oacute;n del mantenimiento urbano integral.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Percibo esa desapropiaci&oacute;n, que a veces muta en miedo. Una sensaci&oacute;n de que, <em>evilparafraseando </em>a Rivette, Buenos Aires ya no nos pertenece. <strong>Durante meses, el Covid acechaba afuera. Despu&eacute;s, el mosquito. Hoy, afuera, hay una ciudad m&aacute;s hostil</strong>. A los hechos se le suma una subjetividad negativa, por el efecto anteojeras que tiene vivir ac&aacute; hace tiempo. Fui perdiendo la mirada fresca propia de los visitantes. Ahora la busco en mi hermana Gabriela, que vive en Olavarr&iacute;a y abre ojos de turista cada vez que viene. Es ella quien me recuerda las cosas que doy por sentadas y las que me pierdo -de hacer y de vista- por ese &ldquo;acostumbramiento&rdquo; o &ldquo;desensibilizaci&oacute;n&rdquo;:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Los centros culturales, los museos y los circuitos ligados a la cultura, la historia y la memoria.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -La posibilidad de estar siempre acompa&ntilde;ada: de ir a espacios p&uacute;blicos y que realmente haya gente. &ldquo;Es una ciudad que, de alg&uacute;n modo, sigue siempre despierta. Donde hay algo para hacer, a la hora que sea&rdquo;, dice.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -La variedad de culturas que pueden conocerse a trav&eacute;s de un plato (paraguaya, japonesa, peruana, boliviana, china, venezolana, siria, india, rusa y etc&eacute;teras).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Inspirada en su lista (y a modo de final de &ldquo;Manhattan&rdquo; del cancelado Woody Allen), sumo algunas l&iacute;neas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por qu&eacute; vale la pena vivir la vida (en Buenos Aires):&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Un Rosedal, una Confiter&iacute;a del Molino, un Grand Splendid (como espacio preservado m&aacute;s que como librer&iacute;a).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Ferias gigantescas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Talleres y clases de lo que se te ocurra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Una llanura y una grilla cuadricular que la hacen una capital ideal para caminar y andar en bici.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Funciones de cine con subt&iacute;tulos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Cementerios que tambi&eacute;n son paseo art&iacute;stico y cultural.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Una red de transporte p&uacute;blico que me permiti&oacute; vender el auto, aunque cada vez sufre m&aacute;s problemas (algunos por negligencia y otros deliberados, como la media sanci&oacute;n a la privatizaci&oacute;n de trenes de anteayer).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Clubes de barrio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Bares para leer solo sin que crean que sos un loser.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Tours gratuitos guiados.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -Y, &uacute;ltimo pero igual de importante, apertura. <strong>Hay un progresismo que motiva chistes c&iacute;nicos pero tambi&eacute;n manifestaciones gigantes. Hay una tradici&oacute;n de protesta social que sorprende al mundo no s&oacute;lo por su magnitud sino porque contiene cientos de miles de personas de diversos or&iacute;genes y destinos sin que por eso haya disturbios</strong>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Vivir en Buenos Aires obliga a hacer un balance. De un lado el amor por su singularidad; del otro, la realidad cotidiana que te mete una pi&ntilde;a. Hay obst&aacute;culos, pero tambi&eacute;n motivos. Sigo eligi&eacute;ndola por metas que, m&aacute;s que mandatos, son gu&iacute;as: recorrerla m&aacute;s, cuestionarla m&aacute;s, vivirla m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        <em>KN/AB</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Karina Niebla]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/vivir-buenos-aires_1_11335094.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 02 May 2024 09:30:03 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Por qué vivir en Buenos Aires]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escala humana]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[No estamos listos para tanta lluvia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/no-listos-lluvia_129_11261821.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7ab65bcd-ec7a-47f5-bb98-3ca4e47ec84b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="No estamos listos para tanta lluvia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Después de La Niña y su sequía olvidada, es el turno de El Niño y su agua torrencial. En una ciudad donde las precipitaciones sorprenden más de lo que debería, la ausencia de prevención se hace paradójicamente cada vez más presente.
</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Ac&aacute; llueve m&aacute;s de abajo para arriba que de arriba para abajo&rdquo;, sol&iacute;a decirme una periodista riojana, nost&aacute;lgica de la tierra semi&aacute;rida que dej&oacute; atr&aacute;s para venir a esta ciudad. Buenos Aires con lluvia es un campo minado. Hay que esquivar las baldosas que &ldquo;escupen&rdquo;, eludir los paraguas de gente poco habituada al objeto, chequear qu&eacute; transporte est&aacute; frenado por cascadas. Tras los temporales de estos meses, estoy segura de que mi colega jam&aacute;s extra&ntilde;&oacute; tanto su soleada provincia natal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con La Ni&ntilde;a y su sequ&iacute;a, nos olvidamos de c&oacute;mo era ver llover por tanto tiempo. <strong>Hoy con El Ni&ntilde;o instalado y semanas enteras de agua concentrada, recordamos que no estamos preparados ni para la precipitaci&oacute;n excesiva ni para la moderada. </strong>Ni en lo micro ni en lo macro. Ni a escala humana ni nacional.
    </p><p class="article-text">
        Es cierto que por estas pampas somos adeptos al lamento, y eso no escapa a la lluvia. Basta un poco de agua ca&iacute;da para que cancelemos actividades y nos quejemos de cosas que podr&iacute;an solucionarse con ropa adecuada. El escritor y traductor Daniel Tunnard, ingl&eacute;s nativo y porte&ntilde;o adoptivo, me da perspectiva: &ldquo;Siempre me hizo gracia que cuando ac&aacute; llueve se suspendan cosas, porque en Inglaterra nunca lo hab&iacute;a visto. All&aacute; llueve constantemente, aunque sin la fuerza que hay ac&aacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pero tambi&eacute;n es cierto que los recientes temporales son mucho m&aacute;s grandes que nuestra tendencia a exagerar: <strong>r&aacute;fagas de hasta 150 kil&oacute;metros por hora, rayos que hacen sonar timbres, precipitaciones de todo un mes concentradas en horas.</strong> &ldquo;En promedio mensual no llueve mucho m&aacute;s, pero cada tormenta es mucho m&aacute;s intensa&rdquo;, me apunta el meteor&oacute;logo Leandro B. D&iacute;az. La lluvia llega toda junta como quien cobra una deuda.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                . Basta un poco de agua caída para que cancelemos actividades y nos quejemos de cosas que podrían solucionarse con ropa adecuada.                            </span>
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        En V&iacute;ctor, la &uacute;nica parag&uuml;er&iacute;a porte&ntilde;a que aparece en Google, crecieron tanto las ventas como las reparaciones. La &uacute;ltima vez que fui, la sequ&iacute;a amenazaba a este local de 66 a&ntilde;os que lleg&oacute; a vender juegos de cubiertos con tal de sobrevivir a nubes flacas. Ahora, en cambio, desfila por all&iacute; la misma cantidad de gente en una semana que sumando la de todo enero y febrero.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A V&iacute;ctor Fern&aacute;ndez, su due&ntilde;o, no le hace falta ver por la ventana para constatar que llueve. Lo sabe con solo atender clientes. &ldquo;No hay un consumo preventivo de paraguas. Vienen a comprarlo en el momento en el que lo necesitan y no antes&rdquo;, me cuenta en este local de Almagro casi Boedo. Tambi&eacute;n recuerda que casi no se usan pilotos y mucho menos galochas, esos cubrecalzados hechos de tela impermeable. Ignoro si es algo global o s&oacute;lo parte de nuestra idiosincrasia. S&oacute;lo s&eacute; que&hellip;
    </p><p class="article-text">
        &hellip; No estamos listos para tanta lluvia. A la falta de ropa apropiada se le suma el estado de las veredas, que en buena parte tienen <strong>baldosas sueltas o rotas, aunque esta sea la ciudad con m&aacute;s recursos del pa&iacute;s</strong>. Las bocas de tormenta tapadas hacen crecer en las cunetas charcos que parecen piletas y obligan a los peatones a bajar a la calle para esperar a cruzar: si aguardan en la acera terminan empapados por los autos que doblan. Las paradas de colectivos tienen techos peque&ntilde;os que no alcanzan. Y los choferes, cuando llueve, no paran en cualquier esquina, aunque as&iacute; lo establezca el C&oacute;digo de Tr&aacute;nsito y Transporte de la Ciudad.
    </p><p class="article-text">
        No estamos listos para tanta lluvia. El estado del tiempo se usa m&aacute;s como tema de charla de ascensor que como factor en la prevenci&oacute;n y la planificaci&oacute;n urbana. Mientras el pa&iacute;s es presidido por un negador del cambio clim&aacute;tico, <strong>el Servicio Meteorol&oacute;gico Nacional opera con diagrama de emergencia tras el despido de 48 trabajadores la semana pasada</strong>.
    </p><p class="article-text">
        No estamos listos para tanta lluvia. La poda de los &aacute;rboles, cuando est&aacute; mal hecha, los hace m&aacute;s vulnerables al viento, punto demostrado en la tormenta del 17 de diciembre, que hizo caer m&aacute;s de 600 ejemplares. El corte de ra&iacute;ces para pasar cables subterr&aacute;neos ya ven&iacute;a agravando el panorama.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Lluvia en Microcentro, circa 1930.                            </span>
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        No estamos listos para tanta lluvia. Falta colmar las veredas de &ldquo;jardines de lluvia&rdquo;, una alternativa a la alcantarilla que drena agua hacia el subsuelo y demora su llegada al sistema pluvial, como se hace en San Pablo o Montevideo. En lugar de eso, se suma cemento. Los nuevos edificios se comen los pulmones de manzana y restan extensi&oacute;n a una superficie absorbente ya de por s&iacute; escasa. Y las intervenciones oficiales, como el proyecto Calles Verdes, no impactan en el poder de retenci&oacute;n h&iacute;drica porque son demasiado chicas.
    </p><p class="article-text">
        No estamos listos para tanta lluvia. <strong>En el &uacute;ltimo temporal, el agua en la Villa 20 lleg&oacute; a la cintura y 50 familias perdieron todo. Los vecinos denunciaron que no hubo plan oficial para reponer lo perdido, a&uacute;n menos para prevenirlo: </strong>tuvieron que desobstruir los desag&uuml;es ellos mismos. Hoy son ellos los que se organizan para remar la emergencia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No estamos listos para tanta lluvia. Las obras de infraestructura no alcanzan y las que hab&iacute;a en proceso hoy duermen. En el norte porte&ntilde;o, resta licitar una parte del proyecto hidr&aacute;ulico para aliviar los efectos de un posible desborde del Medrano, el segundo arroyo entubado m&aacute;s importante en territorio porte&ntilde;o.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Porque, aunque no la veamos, el agua estuvo y est&aacute;: en el r&iacute;o al que le damos la espalda, en las lluvias que retornan y en los cursos subterr&aacute;neos. Mientras la ciudad se empapa, una cosa est&aacute; clara: hay que prepararse para lo que el cielo nos traiga, que no son fuerzas sino agua. La capacidad de respuesta puede marcar la diferencia. Que tanta lluvia ya no nos sorprenda.
    </p><p class="article-text">
        <em>KN/MT</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Karina Niebla]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/no-listos-lluvia_129_11261821.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 04 Apr 2024 09:00:02 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[No estamos listos para tanta lluvia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escala humana,Buenos Aires,Lluvias,lluvia en Buenos Aires,Tormenta,Ciudades]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Malvenidos a Retiro: retrato de una terminal que los viajeros odian]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/malvenidos-retiro_129_10946136.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/28b29baf-ca32-4882-a0fa-68358932a488_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Malvenidos a Retiro: retrato de una terminal que los viajeros odian"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La terminal argentina más importante está rodeada de oscuridad, maltrato y negligencia pública y privada. Está operada hace más de 30 años por TEBA S.A., con la prórroga del contrato de concesión vencida. Un paisaje urbano donde cada deficiencia se vuelve un negocio.
</p></div><p class="article-text">
        La valija salta entre v&iacute;as y pozos. La arrastro mientras gambeteo puestos, peatones y basura que despierta olfatos con el calor de finde carnavalesco. Tantos a&ntilde;os viniendo a esta terminal me dieron reflejos. Si algo contribuye a la movilidad en Retiro es la pulsi&oacute;n de moverse r&aacute;pido para escapar.
    </p><p class="article-text">
        Punto obligado hacia gran parte de la Argentina, puerta de entrada de turistas, mal necesario para porte&ntilde;os por adopci&oacute;n como yo: la Terminal de Retiro es todo eso pero es, ante todo, maltrato. <strong>No s&eacute; si cuesta m&aacute;s llegar, irse o quedarse. Tampoco s&eacute; por qu&eacute; fue olvidada por cada gobierno. S&iacute; s&eacute; una cosa: los pol&iacute;ticos jam&aacute;s pasan por esto.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de la pandemia, hubo obras de mejora adentro y afuera, pero por la zona desfilan 200.000 almas diarias y hace falta mantenimiento. Enseguida los ba&ntilde;os volvieron a estar rotos y desprovistos; la carteler&iacute;a, intrusada con stickers o revestida con papeles impresos; las plataformas, llenas de caca de paloma; el entorno nocturno, pleno de oscuridad. <em>Why we can&rsquo;t have nice things.</em> Quiz&aacute;s Horacio le haya preguntado eso a Taylor.
    </p><p class="article-text">
        Por dentro, la terminal est&aacute; m&aacute;s limpia, pero en su &uacute;ltima reforma trunc&oacute; pasillos y salidas, sum&oacute; salas de espera vidriadas que ya quedaron en desuso y dej&oacute; al &uacute;nico cajero autom&aacute;tico convertido en ruina. La mitad de las escaleras mec&aacute;nicas no funcionan. Hay m&aacute;s locales en alquiler que nunca. Y en Mesa de Informes no hay nadie: s&oacute;lo un tel&eacute;fono fijo con un cartel que indica marcar 530. Del otro lado no se escucha nada.
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                Puertas clausuradas en la terminal de Retiro.                            </span>
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        La desolaci&oacute;n no se debe s&oacute;lo a la ca&iacute;da en la venta de pasajes. Tambi&eacute;n al ascenso del sistema online, que redunda en cada vez menos boleter&iacute;as. Influyen adem&aacute;s las elecciones de los pasajeros, que evitan partir de (o llegar) ac&aacute;. Muchos deciden hacerlo en el parador de Liniers, aunque ofrezca menos opciones de transporte. Y crecen los servicios a pueblos cercanos con puntos de partida irregulares como Once o Palermo, que en parte son elegidos porque ahorran el paso por la terminal.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Pero todav&iacute;a no llegamos al peor Retiro, que es cuando oscurece. Salir de la terminal de noche es entregarse a la penumbra. Las luces LED de la avenida Ramos Mej&iacute;a est&aacute;n completamente apagadas. </strong>S&oacute;lo los reflectores de los puesteros ayudan a tajear la tiniebla, entre la entrada a la villa y la estaci&oacute;n ferroviaria. As&iacute; es m&aacute;s dif&iacute;cil esquivar la basura, que a esa hora brota de a kilos fuera de bolsas despanzurradas. O ir a esperar el colectivo, &uacute;nica alternativa de transporte p&uacute;blico a la medianoche, cuando ya no quedan opciones por v&iacute;as, excepto el Ferrocarril San Mart&iacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Quienes viajamos seguido aprendimos a reconocer el ruido de la baulera del micro cuando se roban las valijas en pleno proceso de ingreso. O a correr para esquivar asaltos sobre todo de noche y antes de entrar a pie por Ant&aacute;rtida Argentina, el &uacute;nico acceso peatonal que le queda a la terminal. Tambi&eacute;n el m&aacute;s alejado del resto de las estaciones y del Centro de Trasbordo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Es en los 100 metros previos a ese acceso donde ocurren la mayor&iacute;a de los asaltos. Bien lo saben las v&iacute;ctimas de esa zona, cuyo caso m&aacute;s resonante fue el del turista franc&eacute;s Andr&eacute; Meteir en noviembre pasado</strong>: muri&oacute; de un paro card&iacute;aco mientras hac&iacute;a la denuncia por el robo de su mochila al llegar a la terminal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El ingreso m&aacute;s cercano, en la avenida Ramos Mej&iacute;a, se abandon&oacute; para siempre. Con persiana eternamente baja, ese t&uacute;nel apodado &ldquo;el Gusano&rdquo; supo ser el acceso m&aacute;s seguro, aunque tuviera rampas mec&aacute;nicas que pasaban m&aacute;s tiempo rotas que en funcionamiento.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Suerte similar tuvieron cuatro de los cinco puentes de los que parten y llegan autos particulares y taxis, tapiados con barretas y candados. Del &uacute;nico puente operativo cuelga un cartel que indica que all&iacute; es zona s&oacute;lo de descensos. Pero, ya de vuelta de mi viaje, el &ldquo;abrepuertas&rdquo; me invita a subirme a un auto all&iacute; mismo. Una vez arriba, el chofer se niega a encender el tax&iacute;metro y me pregunta a d&oacute;nde voy. No tiene sus datos en la parte de atr&aacute;s del asiento. &ldquo;A ning&uacute;n lado&rdquo;, digo. Y me bajo.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, <strong>la terminal sigue -como hace m&aacute;s de 30 a&ntilde;os- operada por TEBA S.A., vinculada al empresario N&eacute;stor Otero. La pr&oacute;rroga del vencid&iacute;simo contrato de concesi&oacute;n caduc&oacute; a mediados de enero, pero sigue de facto, r&eacute;plica del piloto autom&aacute;tico que se ve hoy en todos los niveles del Estado. </strong>Como en la Secretar&iacute;a de Transporte no se designaron subsecretarios ni directores, &ldquo;no se puede firmar nada&rdquo;, apunta una fuente nacional. Mucho menos hay pliegos para llamar a licitar.
    </p><p class="article-text">
        Hoy a sus plataformas entran 500 micros por d&iacute;a, con picos de 700 los findes largos, menos de la mitad de lo que ocurr&iacute;a antes de la pandemia. Pero el c&aacute;non, fuertemente subsidiado, pasa a ser simb&oacute;lico en este marco inflacionario. Y lo que no se cobra por usar la d&aacute;rsena se percibe en el alquiler de los locales, tan caros como el agua que estos comercios venden a $1.400 o como el Gatorade a $2.300.
    </p><p class="article-text">
        <strong>En la Terminal de Retiro, donde hay una necesidad nace un negocio: para poder cargar el celular o sentarse c&oacute;modo hay que consumir en alguno de los bares, que tienen precios de caf&eacute; de especialidad. </strong>&ldquo;Con lo que me est&aacute;n cobrando, poneme un poco m&aacute;s&rdquo;, apura un hombre mayor al empleado del bar del puente 3, que acaba de servirle un &ldquo;caf&eacute; largo&rdquo; muy corto. El joven obedece y rellena con agua caliente hasta el borde del vaso de cart&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Hay territorios de frontera donde el cruce de jurisdicciones es la excusa perfecta para no actuar. Que Retiro es de Naci&oacute;n, que de la vereda para all&aacute; es Ciudad. Ning&uacute;n pol&iacute;tico mira el lugar, ni siquiera como oportunidad para hacer m&aacute;rketing. Mientras uno le tira la pelota al otro, el &uacute;nico camino bien pavimentado es el de la anarqu&iacute;a. En el centro de la capital del pa&iacute;s se levanta una peque&ntilde;a &ldquo;zona marr&oacute;n&rdquo; tal como la entendi&oacute; Guillermo O&rsquo;Donnell: un territorio con baja presencia del Estado, liberado a actos irregulares y actores informales. <strong>Mientras muy cerca se ensalza cierto concepto de libertad, en Retiro estamos hace a&ntilde;os librados a nuestra suerte.</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>KN/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Karina Niebla]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/malvenidos-retiro_129_10946136.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 22 Feb 2024 09:27:19 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Malvenidos a Retiro: retrato de una terminal que los viajeros odian]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escala humana]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Microcentro, un ritual en extinción]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/microcentro-ritual-extincion_129_10905570.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/60cbdfba-e597-430c-a0ad-6e1404d5be13_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Microcentro, un ritual en extinción"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las calles céntricas van perdiendo su cultura de tránsito y reunión para limitarse a mero destino laboral, ya reducido tras la pandemia. Un registro de esa trama en crisis, que aún conserva algunas perlas.
</p></div><p class="article-text">
        Suena &ldquo;Hace 20 a&ntilde;os&rdquo; de Piazzolla y Mor&aacute;n cumple el ritual de todo animal de Microcentro: se pone el traje que pas&oacute; la noche prolijo sobre la silla, viaja en subte con mirada ausente y ni una palabra a nadie, toma un caf&eacute; apurado en la barra de un bar, deja la medialuna sin tocar, paga y levanta un dedo para anunciar que se va, camina a su puesto de trabajo entre c&uacute;pulas francesas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>&ldquo;Film&eacute; un Microcentro que ya no existe&rdquo;</strong>, dijo el cineasta que dirigi&oacute; estas escenas, tras una funci&oacute;n en el MALBA hace semanas.<strong> </strong><a href="https://www.eldiarioar.com/conexiones/delincuentes-ensayo-libertad_129_10675957.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Mor&aacute;n es el protagonista de &ldquo;Los delincuentes&rdquo;, de Rodrigo Moreno</a>. Me siento a tomar un caf&eacute; en el mismo bar de la pel&iacute;cula y compruebo en parte sus dichos: la barra no est&aacute; habilitada para sentarse, falta el diario desde los inicios de la pandemia, por momentos hay m&aacute;s mozos que clientes.
    </p><p class="article-text">
        Algo se perdi&oacute; en el medio, m&aacute;s all&aacute; de la obvia distancia entre realidad y ficci&oacute;n. No es casual que el director haya elegido el tango &ldquo;Hace 20 a&ntilde;os&rdquo; para iniciar su relato. Aunque las escenas hayan sido filmadas postpandemia, reflejan una cultura anterior, desconocida para los reci&eacute;n llegados a este ecosistema, extra&ntilde;ada por quienes ya no se cruzan con sus compa&ntilde;eros virtud del esquema h&iacute;brido o el home-office, encarnada a&uacute;n por quienes pueden darse el lujo de pagar un caf&eacute; en un bar y, sobre todo, de sentarse un minuto a saborearlo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hoy ese desayuno tan t&iacute;pico de Microcentro es casi contracultura. <strong>Un acto de consumo sin intenciones ulteriores, que no se presume en redes, que simplemente se disfruta, que suspende el tiempo por un rato, que &ldquo;no sirve&rdquo; para nada m&aacute;s que lo que es, &iquest;realmente existe?</strong> La l&oacute;gica productivista de estos tiempos lo negar&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Lo mismo ocurre del otro lado del mostrador, en la masita o el vaso de soda junto al pocillo: hospitalidad pura, un extra que no se traduce inmediatamente en ganancia. Todo suma a la parad&oacute;jica intimidad de un ritual en un lugar p&uacute;blico, donde simplemente somos &ldquo;maestro&rdquo;, &ldquo;jefe&rdquo;, &ldquo;pibe&rdquo; o &ldquo;piba&rdquo;. Una cuenta inservible seg&uacute;n la actual lente utilitarista.
    </p><p class="article-text">
        Son los signos de la socialidad de Microcentro, <strong>una trama de relaciones basada en el trato con extra&ntilde;os, la peor pesadilla de las nuevas generaciones. </strong>Esos extra&ntilde;os que despu&eacute;s ser&aacute;n c&oacute;mplices o compinches: oficinistas (abogados, contadores, bancarios, lobbistas), parroquianos, kiosqueros, cajeros, barrenderos, artistas, cafeteros ambulantes, mozos, mozos que llevan caf&eacute; a otros negocios, porteros, cartoneros, vecinos, encargados, garajistas, lustradores de zapatos, arbolitos, silleteros.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa socialidad, que vemos pasar en pel&iacute;culas como &ldquo;Los delincuentes&rdquo; o la reestrenada &ldquo;Nueve reinas&rdquo;, es la que ahora est&aacute; en crisis. De casa al trabajo y del trabajo a casa es m&aacute;s real que nunca para quienes volvieron a la presencialidad en Microcentro. <strong>Limitadas cada vez m&aacute;s a mera zona laboral, las calles c&eacute;ntricas dejan de ser territorio realmente vivido por sus trabajadores, contemplado, recorrido, cargado de la afectividad del contacto casual.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Antes la gente se encontraba. Hoy lo que hay es desencuentro. Los que laburan ac&aacute; no vienen todos los d&iacute;as o no salen al mismo horario&rdquo;, explica Bernardo Speroni, contador con oficina en San Mart&iacute;n y Paraguay.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La mudanza de oficinas al norte porte&ntilde;o no ayuda. Tampoco el estado actual del entorno c&eacute;ntrico. Basura en cunetas y canteros, malos olores y en general menor limpieza, una tarea del Estado en la que el personal de edificios suele colaborar, pero se complica con oficinas y locales a&uacute;n vac&iacute;os.<strong> Pese a ciertos esfuerzos del Gobierno porte&ntilde;o para que m&aacute;s gente se mude a este centro, lo que se multiplic&oacute; por cuatro fue la cantidad de personas que viven ac&aacute; pero en la calle</strong>.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Se limitaron a ofrecer beneficios impositivos y cr&eacute;ditos para quienes invirtieran ac&aacute;, pero los resultados hasta el momento fueron bastante escuetos. Apenas un pu&ntilde;ado de edificios&nbsp; se reconvirtieron en viviendas&rdquo;, analiza el periodista <a href="https://www.eldiarioar.com/autores/federico-poore/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Federico Poore</a>, cuya tesis de Maestr&iacute;a en Econom&iacute;a Urbana se centr&oacute; en el teletrabajo en territorio porte&ntilde;o.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde su garaje en Corrientes y Maip&uacute;, Rafael Masid lo resume: &ldquo;Reconvertir muchas veces es m&aacute;s caro que hacer desde cero. Quiz&aacute;s sea un proyecto que lleve 20 a&ntilde;os. Pero, &iquest;qu&eacute; due&ntilde;o aguanta 20 a&ntilde;os? <strong>&iquest;Qu&eacute; barrio aguanta 20 a&ntilde;os de soledad?&rdquo;.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Se hace de noche y sigo por Florida, la calle c&eacute;ntrica que mejor soport&oacute; la pandemia. Entre Avenida de Mayo y Corrientes s&oacute;lo hay algunos haciendo turismo y otros tratando de dormir sobre las baldosas. Cruzo la avenida y llego hasta Lavalle. &ldquo;&iquest;Tiene un minuto para hablar de dios padre?&rdquo;, me pregunta una mujer de pollera casi tan larga como el pelo, la pr&eacute;dica escurrida en el hueco temporal que le dejaron artistas, arbolitos y pregoneros de men&uacute; a bajo precio.
    </p><p class="article-text">
        Quienes llegamos a la gran ciudad desde una provincia sufrimos por la urbe las mismas etapas del amor: enamoramiento, decepci&oacute;n, aceptaci&oacute;n. Me pas&oacute; tambi&eacute;n con Microcentro.<strong> </strong>Me conquist&oacute; como turista, me desencant&oacute; cuando me instal&eacute; ac&aacute;, lo acept&eacute; cuando me mud&eacute; a otro barrio. Ca&iacute; en un segundo idilio a&ntilde;os despu&eacute;s, cuando uno de sus habitantes fue mi novio y me hizo volver a frecuentar sus calles de noche, superar el miedo al vac&iacute;o, sentir que a esas horas sus texturas y voluptuosidades estaban s&oacute;lo para m&iacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Extra&ntilde;o esa fascinaci&oacute;n. <strong>Hoy el Microcentro vive la fase descendente de sus tantos ciclos, aunque su belleza siga. En una ciudad desfigurada por la piqueta, las calles c&eacute;ntricas a&uacute;n custodian su arquitectura m&aacute;s admirada. </strong>Olvidamos seguido lo bello que es. Nadie va a gusto al centro. El mismo Mor&aacute;n quiere huir del trabajo que lo ancla ac&aacute;. Los que no lo vemos seguido lo valoramos. Miramos para arriba en lugar de hacia adelante.
    </p><p class="article-text">
        Traje blanco y mo&ntilde;o negro, bandeja con vaso de cerveza, equilibrio para subirla por la escalera curva reci&eacute;n pulida: una postal de otro tiempo que a&uacute;n encarnan los mozos del Florida Garden. Pero del resto queda poco. En Caf&eacute; Paul&iacute;n van m&aacute;s turistas que oficinistas. Los Panchitos del Sol tiene menos clientela que la merecida. Y el otro basti&oacute;n c&eacute;ntrico, Le Caravelle, orient&oacute; la barra de su nuevo local para mirar hacia afuera, a la vereda. No es para habitu&eacute;s, sino para turistas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>KN/DTC</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Karina Niebla]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/microcentro-ritual-extincion_129_10905570.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 08 Feb 2024 10:10:43 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Microcentro, un ritual en extinción]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escala humana,Planificación urbana,Ciudad de Buenos Aires]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cafés que reviven, cafés que mueren]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cafes-reviven-cafes-mueren_129_10765303.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6f3bbc93-7beb-40f7-a7aa-e7a3c5e8cb9a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cafés que reviven, cafés que mueren"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Asegurar su supervivencia conlleva adaptarlos a estos tiempos, por lo tanto torcer sus rumbos. ¿Valen las resurrecciones? ¿O su espíritu original nunca volverá?
</p><p class="subtitle">Otro notable que se va: a punto de cumplir 100 años, cierra Café Los Andes en Palermo</p></div><p class="article-text">
        La realidad siempre va r&aacute;pido, pero en estos d&iacute;as marcha a varias revoluciones m&aacute;s: el nuevo presidente, sus nombramientos, sus impuestazos, la subida del d&oacute;lar, la de los precios, la de las tarifas. Incre&iacute;blemente la vida sigue y este jueves la ciudad contin&uacute;a poblando los caf&eacute;s (y viceversa). El diario all&iacute; sigue ley&eacute;ndose aunque las cosas pasen m&aacute;s velozmente que lo que tarda la tinta en secarse.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por m&aacute;s contraintuitivo que suene, acodarse a tomar un caf&eacute; (&iquest;quiz&aacute;s el &uacute;ltimo?) puede ser una buena idea para llorar este cimbronazo, para dejarse cobijar por un lugar donde las cosas permanecen, donde el mundo por un rato se detiene y donde es posible digerir el panorama a un ritmo m&aacute;s humano, m&aacute;s lento. Mientras el bolsillo aguante.
    </p><p class="article-text">
        Pero <strong>en los bares, aunque no parezca, tambi&eacute;n hay cambios, vidas que se terminan y otras que empiezan o se recuperan. </strong>Por un lado, hace dos semanas cerraba en Palermo el notable Los Andes, que el a&ntilde;o que viene iba a cumplir un siglo, una despedida que cubr&iacute; <a href="https://www.eldiarioar.com/sociedad/notable-punto-cumplir-100-anos-cierra-cafe-andes-palermo_1_10718113.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">en esta nota</a>. Por otro lado, se anunciaba la inminente reapertura del cl&aacute;sico Caf&eacute; de Garc&iacute;a en Devoto de la mano de Los Notables, el mismo grupo gastron&oacute;mico detr&aacute;s del futuro renacimiento del caf&eacute; Lavalle, en esquina con Rodr&iacute;guez Pe&ntilde;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de la nota del cierre de Los Andes, pas&oacute; lo de siempre: mensajes y comentarios con lamentos por mail o por redes, de dolor sincero, algunos de culpa por haber dejado de ir o no haberse animado a entrar y conocerlo. Acotaciones que yo tambi&eacute;n he hecho en otros cierres, porque me apena mucho que estos lugares se pierdan. Pero tambi&eacute;n me quedo con una pregunta, que retomar&eacute; unos p&aacute;rrafos m&aacute;s abajo.
    </p><p class="article-text">
        Porque arranco antes con una hip&oacute;tesis: <strong>los bares que s&iacute; reviven &ndash;en general v&iacute;a cambio de due&ntilde;os&ndash; muchas veces decepcionan. </strong>Hay una gran distancia entre el bar original y el posterior, aunque se sigan llamando igual y la reforma se haya encarado seriamente. Pero hay m&aacute;s distancia a&uacute;n entre ese bar renovado y aquel de nuestra memoria, que muy probablemente no frecuent&aacute;bamos desde mucho antes del cierre.
    </p><p class="article-text">
        El caso m&aacute;s paradigm&aacute;tico fue La Giralda, el caf&eacute; notable que reabri&oacute; en agosto de 2021, tras pasar cerrado dos a&ntilde;os. La restauraci&oacute;n estuvo a cargo de Gustavo Cerrotti, del estudio Pereiro Cerrotti &amp; Asociados, el mismo que tambi&eacute;n recuper&oacute; el Petit Col&oacute;n, La &Oacute;pera y La Puerto Rico. Esa reapertura trajo alegr&iacute;a pero tambi&eacute;n desaz&oacute;n. &iquest;A d&oacute;nde fueron a parar los azulejos blancos de siempre? &iquest;Por qu&eacute; los pisos ahora son de m&aacute;rmol y granito? &iquest;Por qu&eacute; la barra de f&oacute;rmica mut&oacute; a una de madera con pasamanos de bronce?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ajeno a las reacciones, el arquitecto explic&oacute; que s&iacute; tuvo en cuenta la tradici&oacute;n de La Giralda. Que intent&oacute; ubicarse en los or&iacute;genes del local en los treinta pero que, como muchos de los elementos originales se perdieron con el tiempo, hizo a nuevo los artefactos de iluminaci&oacute;n y los apliques, y les dio un tono art d&eacute;co, coherente con la d&eacute;cada de su comienzo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Tomo La Giralda porque quiz&aacute;s sea el caso reciente que haya despertado m&aacute;s cr&iacute;ticas, cargadas de desencanto, de frustraci&oacute;n o de enojo ante lo que algunos entendieron como una traici&oacute;n a la identidad, la tradici&oacute;n y la esencia del lugar</strong>, conceptos necesarios pero, por su amplitud, casi imposibles de definir. &iquest;Hasta d&oacute;nde es La Giralda y hasta d&oacute;nde es otra cosa?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; de lo justificadas que sean las cr&iacute;ticas, y que acuerde con muchas de ellas, me pregunto qu&eacute; se puede hacer para mantener exactamente como est&aacute;n algunos lugares que, en el estado actual, sufren la escasez de clientela, la decadencia de sus instalaciones, la falta de adaptaci&oacute;n a un mercado cambiante. El propio due&ntilde;o de Los Andes admit&iacute;a que su bar no invitaba a entrar. Y, efectivamente, pocos entraban.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sin dudas, hay casos de recuperaci&oacute;n y pase de manos mucho m&aacute;s respetuosos de la memoria colectiva del bar, como Los Galgos, Roma del Abasto, Montecarlo y La Ideal, esta &uacute;ltima renovada por el mismo estudio que La Giralda. Pero en todos ellos hubo un cambio fundamental, ya se tratara de ampliar la carta, convertir el caf&eacute; parcialmente en una pizzer&iacute;a o un restor&aacute;n, o sumar tiendas de regalos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Probablemente estos cambios en los usos de los bares tengan m&aacute;s impacto que los del ambiente o la decoraci&oacute;n. Pero <strong>la gastronom&iacute;a no es un museo. Ante todo es un negocio. </strong>Aunque amemos esos espacios, aunque los hagamos historia propia, aunque formen parte de nuestro &aacute;lbum familiar, los due&ntilde;os de esos caf&eacute;s deben enfrentarse a una realidad que agobia y que puede hacerles perder registro de lo que significa el local para sus clientes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Me quedo pensando en qu&eacute; es mejor, si habilitar la muerte digna, o celebrar su resurrecci&oacute;n, que no es lo mismo que continuidad, porque revivir un lugar implica modificarlo.</strong> Asegurar la supervivencia de un caf&eacute; conlleva adaptarlo a estos tiempos. Aunque eso no implique gentrificarlo, nunca volver&aacute; a ser el que era. No hay manera.
    </p><p class="article-text">
        Un caso interesante es el del bar Varela Varelita, ubicado en la misma avenida que Los Andes pero con una suerte bien distinta. Este notable de m&aacute;s de 70 a&ntilde;os reforz&oacute; su comunicaci&oacute;n en redes, sum&oacute; promociones, capacit&oacute; al personal en un colorido arte latte, y lo hizo sin tapujos y sin pensar en lo que dir&iacute;an los m&aacute;s puristas. As&iacute; mantuvo su clientela fiel y le sum&oacute; j&oacute;venes, incluidos los denostados hipsters.
    </p><p class="article-text">
        Me pregunto entonces tambi&eacute;n si esa idealizaci&oacute;n de la inmutabilidad de los bares no es una suerte de ancla, una intenci&oacute;n testaruda de que sean esos caf&eacute;s los que nos permitan seguir viendo una Buenos Aires que se homogeneiza. <strong>Los viejos caf&eacute;s, &iquest;forman parte de nuestra vida, o estamos trat&aacute;ndolos como galer&iacute;as? Nos gusta verlos por redes, nos gusta que existan, pero &iquest;en qu&eacute; medida los consumimos?</strong> &iquest;O simplemente les rendimos tributo en una pantalla pero dejamos que sean otros los que vayan y los vivan, desventajas incluidas?
    </p><p class="article-text">
        Todos lamentamos el amague de cierre de El Palacio de la Papa Frita y m&aacute;s de uno se prometi&oacute; a s&iacute; mismo volver a comer all&iacute; todas las semanas. Pero a las palabras se las lleva el viento &ndash;costumbres o econom&iacute;a mediante&ndash; y no le hacen justicia a un lugar que mucha gente recuerda s&oacute;lo cuando est&aacute; cerca su final, yo incluida.
    </p><p class="article-text">
        En esta ciudad cada futuro bar es mirado por la gente con la expectativa con la que se espera a un ni&ntilde;o por nacer: asom&aacute;ndose a su interior para ver c&oacute;mo ser&aacute;, consultando a los vecinos, preguntando a los obreros cu&aacute;ndo arranca. &ldquo;La comida saca opiniones muy fuertes entre los porte&ntilde;os&rdquo;, me hab&iacute;a dicho el periodista estadounidense Kevin Vaughn. Me atrevo a decir que eso tambi&eacute;n ocurre con los bares y da lugar a preguntas, lamentos y columnas.
    </p><p class="article-text">
        <em>KN</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Karina Niebla]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/cafes-reviven-cafes-mueren_129_10765303.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 14 Dec 2023 09:55:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cafés que reviven, cafés que mueren]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escala humana]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las manos más rápidas que la vista]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/manos-rapidas-vista_129_10729423.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c9fdd3fc-e287-410f-a738-a74fa8f10276_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las manos más rápidas que la vista"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A diez días de un nuevo Gobierno porteño, se posterga el prometido cambio del Código Urbanístico. Mientras tanto, la Ciudad cambia a un ritmo imposible de seguir, sin que se aclare para quién y hacia dónde. 
</p></div><p class="article-text">
        No importa cu&aacute;ndo leas esto: hoy en Buenos Aires est&aacute;n demoliendo.<strong> </strong>Podr&iacute;a ser una casa de alto valor patrimonial, como la de molduras que aguarda estoica su venta en San Luis al 3100, donde pueden construirse 11 pisos. O podr&iacute;a ser un local singular que roba miradas, como la lencer&iacute;a art d&eacute;co Casa del Campo en la avenida Santa Fe, que pese a sus apenas ocho metros de frente dar&aacute; lugar a 13 pisos m&aacute;s retiros. Como si su final no fuera suficiente, en estos meses previos a la obra debe alojar la instalaci&oacute;n art&iacute;stica &ldquo;Entre pozos y amenities&rdquo;, montada por la desarrolladora. La intervenci&oacute;n, que incluye luces de ne&oacute;n de colores y una nave hecha con dos piletas, es &ldquo;un recorrido en los intersticios entre la est&eacute;tica de una &#64257;esta de demolici&oacute;n y un sal&oacute;n de ventas&rdquo;, seg&uacute;n explica en su web la propia empresa.
    </p><p class="article-text">
        <strong>As&iacute; como existi&oacute; la Buenos Aires virreinal o la Buenos Aires moderna, nace una nueva Buenos Aires de la que se ignora el destino.</strong> Un fen&oacute;meno de reconstrucci&oacute;n acelerado al que se le ve el comienzo pero no el fin, entendido este como conclusi&oacute;n pero tambi&eacute;n como meta. Aunque los vecinos resistan y los periodistas lo cubramos, el cambio avanza m&aacute;s r&aacute;pido. No llegamos a verlo del todo. La transformaci&oacute;n no para. Por el contrario, hay quienes la celebran.
    </p><p class="article-text">
        Cuando queramos darnos cuenta, esa esquina enana, ese bar, ese negocio de barrio desaparecieron. La ciudad que se va se pierde en los huecos que no llegan a cubrir los fot&oacute;grafos callejeros, los &aacute;lbumes familiares o las ilustraciones de Natalia Anush Kerbabian de @ilustroparanoolvidar. De repente Google Street View es documento hist&oacute;rico de un pasado cercano pero ya muy distinto.
    </p><blockquote class="instagram-media" data-instgrm-version="14" data-instgrm-permalink="https://www.instagram.com/p/Czr7KTgMRAu/" data-instgrm-captioned></blockquote><script async src="https://www.instagram.com/embed.js"></script><p class="article-text">
        El organizador es la mano invisible del mercado, las oportunidades de negocio que aparezcan, la normativa que se rige por la altura, ya que la superficie de los terrenos dej&oacute; de ser criterio del tama&ntilde;o de lo que se construye. As&iacute; es como una casa de laja y venecitas en Barrio Na&oacute;n da paso a un edificio de 14 pisos, aunque una mole as&iacute; tenga poco que ver con un sub-barrio uniforme de pasajes, casas de tejas y manzanas tallar&iacute;n. En ese lote de apenas nueve metros de frente, el C&oacute;digo Urban&iacute;stico porte&ntilde;o (CUr) autoriza a levantar hasta 38 metros de alto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>El pr&oacute;ximo mi&eacute;rcoles ese C&oacute;digo cumple cinco a&ntilde;os, pero ya envejeci&oacute; y r&aacute;pido. M&aacute;s de 20 organizaciones vecinales exigen que se lo reforme integralmente</strong>, incluidos los usos permitidos del suelo, por los cuales algunas zonas residenciales terminaron satur&aacute;ndose de comercios o restaurantes. Siete barrios presentaron adem&aacute;s proyectos de modificaci&oacute;n para que se limiten las alturas, una de las cuestiones m&aacute;s urgentes, por irreversibles.
    </p><p class="article-text">
        Fueron justamente las elevadas alturas el punto que el propio jefe de Gobierno electo Jorge Macri critic&oacute; en campa&ntilde;a cuando abogaba por un &ldquo;equilibrio entre desarrollo y perfil barrial&rdquo;. En ese momento prometi&oacute; &ldquo;repensar&rdquo; el CUr: propuso limitar la construcci&oacute;n de desarrollos inmobiliarios a las avenidas, pese a que fue su propio partido el que propuso ese C&oacute;digo y el que vendi&oacute; tierra p&uacute;blica para levantar edificios, como ilustran los proyectos en Costa Salguero y estaci&oacute;n Colegiales, entre otros.
    </p><p class="article-text">
        A diez d&iacute;as de que asuma, ya se sabe que ese &ldquo;repensamiento&rdquo; se posterg&oacute; al menos hasta marzo. El nuevo texto del Ejecutivo a&uacute;n no est&aacute; terminado y no llegar&aacute; a tratarse en la Legislatura este a&ntilde;o. <strong>Ser&aacute;n as&iacute; otros 90 d&iacute;as en los que podr&aacute; seguir demoli&eacute;ndose y construy&eacute;ndose en altura en todos los barrios de la Ciudad del modo en que se viene haciendo desde marzo de 2019, cuando se reglament&oacute; la normativa</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Antes de su aprobaci&oacute;n en 2018, el Gobierno porte&ntilde;o hab&iacute;a usado de forma muy particular el paradigma de ciudad compacta y densificada, dise&ntilde;ada para tener cerca el trabajo, el comercio y la escuela. &ldquo;Necesitamos una ciudad m&aacute;s sustentable y que la gente pueda trabajar donde vive&rdquo;, hab&iacute;a dicho el entonces ministro de Desarrollo Urbano y Transporte porte&ntilde;o, Franco Moccia. Ocho a&ntilde;os antes, su antecesor Daniel Cha&iacute;n hab&iacute;a escrito: &ldquo;La Ciudad actual cuenta con 200 millones de metros cuadrados construidos y, seg&uacute;n la normativa vigente, en su territorio se podr&iacute;an construir unos 300 millones m&aacute;s&rdquo; (<em>Modelo territorial Buenos Aires 2010-2060</em>).
    </p><p class="article-text">
        Ese paradigma entra en crisis cuando es cada vez m&aacute;s dif&iacute;cil acceder a una vivienda tanto para comprar como para alquilar. <strong>En barrios donde la construcci&oacute;n florece, el metro cuadrado a estrenar promedia los 2.500 d&oacute;lares (Villa Devoto, Coghlan, Chacarita, Parque Chas), o bien supera ese monto ampliamente (Colegiales, N&uacute;&ntilde;ez, Palermo). As&iacute;, el boom desarrollador actual funciona como reserva de valor m&aacute;s que como creaci&oacute;n de oferta habitacional.</strong>
    </p><p class="article-text">
        El mismo secretario de Desarrollo Urbano porte&ntilde;o &Aacute;lvaro Garc&iacute;a Resta ha admitido que &ldquo;la mayor cantidad de obras en construcci&oacute;n obedece a una corrida al ladrillo para que no se deprecien los ahorros&rdquo;, es decir, &ldquo;tiene un origen econ&oacute;mico-financiero&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un poco de CUr por ac&aacute;, un poco de ausencia de cr&eacute;dito por all&aacute;, un poco de alquileres por las nubes por todos lados: chau eslogan de ciudad compacta, bienvenida paradoja. <strong>Aunque los edificios proliferen, los porte&ntilde;os se ven obligados a mudarse a la periferia, a desplazarse a mayores distancias, a depender de un transporte que no est&aacute; completamente bien planificado o bien a usar el auto.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Lejos quedaron los tiempos de &ldquo;voluntad p&uacute;blica proyectual sobre la ciudad&rdquo; del que habl&oacute; Andr&eacute;s Gorelik en su libro <em>La grilla y el parque</em> (1998). En la &eacute;poca de la expansi&oacute;n territorial de 1887, la Ciudad fij&oacute; sus l&iacute;mites actuales y as&iacute; pas&oacute; de 4.400 a m&aacute;s de 18.000 hect&aacute;reas, territorio que &ldquo;no fue ocupado al mero designio de la especulaci&oacute;n inmobiliaria o la modernizaci&oacute;n t&eacute;cnica&rdquo;, destac&oacute; en su texto el arquitecto e historiador urbano.
    </p><p class="article-text">
        Hoy la falta de una planificaci&oacute;n centralizada deja todo en manos del mercado, que a su vez concentra su desarrollo en el norte porte&ntilde;o &mdash;donde hay m&aacute;s inversi&oacute;n y circulaci&oacute;n de capital&mdash; y relega el sur, que carece de ese flujo. <strong>Es tal la falta de disimulo sobre ese rol que, cuando hace poco se trat&oacute; el cambio de los l&iacute;mites del Distrito del Vino en la Legislatura, se lo hizo en la comisi&oacute;n de Desarrollo Econ&oacute;mico en lugar de en la de Planeamiento Urbano.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, Macri Primo prev&eacute; fusionar Desarrollo Urbano y Transporte en un Ministerio de Infraestructura, un t&eacute;rmino que genera suspicacias tanto como expectativas. Por un lado, el presidente electo Javier Milei amenaza con frenar la obra p&uacute;blica. Por el otro, es la inversi&oacute;n en infraestructura acorde a la magnitud del boom inmobiliario la que justamente est&aacute; faltando.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para comprobarlo, no hace falta irse a un barrio denso como Caballito, del que me mud&eacute; cansada de los cortes de luz, gas y agua. Las fallas en los servicios se ven cada vez m&aacute;s seguido en barrios hist&oacute;ricamente menos densos, como Villa Devoto, Villa del Parque, Villa Santa Rita, Villa Ort&uacute;zar o Parque Chas. All&iacute; lleg&oacute; el nuevo proceso de construcci&oacute;n deliberada despu&eacute;s de que otros barrios m&aacute;s ricos, como Belgrano o N&uacute;&ntilde;ez, se quedaran sin lugar.
    </p><p class="article-text">
        <strong>El resultado: una peor calidad de vida, que se ve tambi&eacute;n en menos luz solar por la sombra de las torres, en menos verde por la invasi&oacute;n de los pulmones de manzana, en materiales poco durables. Incluso en menor pretensi&oacute;n est&eacute;tica</strong>: se pierde no solo la belleza de los detalles &uacute;nicos &mdash;la diversidad de las casas bajas&mdash; sino tambi&eacute;n la armon&iacute;a en la uniformidad de ciertas series de edificios, como los complejos de casas obreras devenidos barrios no oficiales o la l&iacute;nea constante de cornisas en Alem, Diagonal Norte o Avenida de Mayo.
    </p><p class="article-text">
        Para disimular hay intervenciones art&iacute;sticas como en Casa del Campo. Pero, m&aacute;s a menudo, una simple pintada culp&oacute;gena de negro: de ese color ti&ntilde;en los frentes las desarrolladoras antes de plantar bandera en el lote y demoler lo que haya. El relieve identitario se borra y ya es dif&iacute;cil saber si lo que funcion&oacute; all&iacute; fue la lencer&iacute;a m&aacute;s famosa de Palermo, el s&uacute;per barrial frente a la estaci&oacute;n de Villa del Parque, un taller de refrigeraci&oacute;n en una esquina de Ort&uacute;zar o un restaurante hist&oacute;rico como El Trapiche en Palermo.
    </p><p class="article-text">
        <em>KN</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Karina Niebla]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/manos-rapidas-vista_129_10729423.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 30 Nov 2023 09:30:20 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Las manos más rápidas que la vista]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escala humana,Ciudad de Buenos Aires]]></media:keywords>
    </item>
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