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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Juan D´Arienzo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/juan-d-arienzo/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Juan D´Arienzo]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[“No sé por qué usan pantalones”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/no-pantalones_129_10737462.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/552de1cc-ef92-4594-88b3-5dcf1347705f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="“No sé por qué usan pantalones”"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Dos canciones, una escena de una película y un poema de cuando el tango fue patotero y fascista. Y también su contracara.  Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        Hay, en una pel&iacute;cula musical argentina, una escena infamante. Lo peor, por supuesto, no es tanto lo que all&iacute; se expresa como el hecho de que se tratara de un paso de comedia que no s&oacute;lo no espant&oacute; a sus contempor&aacute;neos sino que, evidentemente, en su momento result&oacute; divertido. A nadie le parec&iacute;a mal que el personaje encarnado por <strong>Julio Sosa</strong>, en un film de 1964, dirigido por <strong>Hugo del Carril</strong> y titulado <em>Buenas noches Buenos Aires</em>, opinara sobre unos j&oacute;venes que bailaban twist haciendo el gesto de fajar a alguien &ndash;de castigarlo&ndash; mientras dec&iacute;a: &ldquo;Si yo fuera presidente, a toda esta nueva ola&hellip;&rdquo;.
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        Firulete es un canillita, alguien que vocea en este caso los diarios de la tarde. Un canillita bastante crecido, si se piensa que en general ese oficio lo desempe&ntilde;aban ni&ntilde;os o adolescentes (de all&iacute; el diminutivo). En <em>El d&iacute;a que me quieras</em>, el film de <strong>John Reinhardt</strong> con <strong>Carlos Gardel </strong>como protagonista, tambi&eacute;n hab&iacute;a un canillita. Aparec&iacute;a apenas unos tres segundos y lo personificaba <strong>Astor Piazzolla</strong> a los 13 a&ntilde;os, ignorante de que un d&iacute;a le tocar&iacute;a ser el s&iacute;mbolo del enfrentamiento con la tradici&oacute;n del tango. O con su caricatura involuntaria.
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            </figure><p class="article-text">
        En <em>Buenas noches, Buenos Aires</em> aparec&iacute;a <strong>An&iacute;bal Troilo</strong>, con el notable cuarteto que inclu&iacute;a a <strong>Roberto Grela </strong>como primer guitarrista. Y estaban, adem&aacute;s de Sosa y <strong>Beba Bidart</strong>, algunas de las figuras de <strong>El Club del Clan</strong>. El que no estaba era Piazzolla que, para ese entonces, ya hab&iacute;a publicado algunos de los discos m&aacute;s importantes del quinteto &ndash;<em>Piazzolla interpreta a Piazzolla</em>, <em>Nuestro tiempo</em> y <em>Tango para una ciudad</em>&ndash;. Firulete, que unos minutos despu&eacute;s de su fantas&iacute;a presidencial imprecaba directamente a los bailarines y llegaba a darle una patada a uno de ellos al grito de &ldquo;pare el baile&rdquo;, explicaba: &ldquo;Pasa que yo soy porte&ntilde;o, desde el jopo hasta el juanete&rdquo;. No era necesario otro justificativo para el patoterismo. Alcanzaba con ser porte&ntilde;o. 
    </p><p class="article-text">
        Ese no es, eventualmente, el &uacute;nico caso en que la prepotencia y el autoritarismo aparecen en el mundo del tango aplicados a la defensa de las tradiciones. Resulta curioso que el reclamo de pureza viniera de un g&eacute;nero mestizo en su origen y crecido en la polifon&iacute;a de una ciudad portuaria. Se trataba de una legitimidad que, por otra parte, la derecha rancia jam&aacute;s le reconoci&oacute;. La naci&oacute;n se identificaba con el campo. La plasmaba la sobreactuaci&oacute;n de los porte&ntilde;os gauchescos, hablando de espuelas y de aperos &ndash;y no, como dir&iacute;a Borges, de lo que realmente le importaba a los gauchos: la soledad, el amor, la muerte&ndash;. Y hasta la escuela p&uacute;blica, con sus dibujos de casitas con humo por parte de ni&ntilde;os argentinos que nunca hab&iacute;an visto nada distinto a un departamento, y con sus actos patri&oacute;ticos plagados de gatos y chacareras pero nunca un tango y jam&aacute;s una milonga. La Patria, como acabar&iacute;a demostr&aacute;ndose mucho despu&eacute;s, era el campo. Pero el tango se ataba a un tradicionalismo que nadie le hab&iacute;a pedido y que la Sociedad Rural estaba lejos de querer agradecer.
    </p><p class="article-text">
        Uno de los tangos m&aacute;s deleznables de la historia, &ldquo;Che existencialista&rdquo;, apelaba por ejemplo al campo, y no a la ciudad, para enfrentarse a esa muestra de la modernidad &ndash;y la extranjer&iacute;a&ndash; encarnada por los ep&iacute;gonos locales de <strong>Jean-Paul Sartre</strong>, <strong>Simone de Beauvoir </strong>y <strong>Albert Camus</strong>. &ldquo;En esta tierra que es tierra de varones,/ hecha con lanzas de gauchos legendarios,/ nos ha brot&aacute;u una porci&oacute;n de otarios,/ que yo no s&eacute; por qu&eacute; usan pantalones&rdquo;, empezaba cantando <strong>Alberto Echag&uuml;e</strong>. La orquesta era la de <strong>Juan D&rsquo;Arienzo</strong>, y la grabaci&oacute;n hab&iacute;a sido realizada el 1&ordm; de septiembre de 1954 para el sello RCA Victor. El cantor, que en realidad se llamaba <strong>Juan de Dios Osvaldo Rodr&iacute;guez</strong>, ya desde sus comienzos con esta orquesta, a mediados de los &lsquo;30, se hab&iacute;a convertido en el representante m&aacute;s claro del tango lunfardo. &ldquo;Llevan el pelo largo y despeinado,/ el saco de un color y otro el talonpa,/ la manta en neglig&eacute;, los pobres gansos,/ y al agua y al jab&oacute;n le tienen bronca&rdquo;, caracterizaba al enemigo la letra de Rodolfo Martincho musicalizada por otro de los cantores de D&rsquo;Arienzo, <strong>Mario Landi</strong> (en realidad <strong>Mario Villa</strong>). &ldquo;Che, existencialista,/ no te hagas el artista&rdquo;, conclu&iacute;a la primera estrofa. &ldquo;Mejor cach&aacute; un pico y una pala,/ and&aacute; y yugala, flor de vag&oacute;n./ Che, existencialista,/ mejor cambi&aacute; de pista./ And&aacute; a Paul y pelate,/ alarg&aacute; el saco y ba&ntilde;ate, che cart&oacute;n&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Las &ldquo;lanzas de gauchos legendarios&rdquo; se contradec&iacute;an, en t&eacute;rminos del nacionalismo de derecha cl&aacute;sico, con la utilizaci&oacute;n del lunfardo, que acababa reconociendo de hecho a los italianos porte&ntilde;izados como dignos representantes de la argentinidad, algo que a <strong>Leopoldo Lugones</strong> &ndash;en <em>La hora de la espada</em>&ndash; o a <strong>Juli&aacute;n Martel</strong> &ndash;en <em>La bolsa</em>, que extra&iacute;a sus argumentos antisemitas de <em>La France Juive</em> de <strong>Edouard A. Drumont</strong>, publicado en 1886&ndash; les habr&iacute;a resultado muy dif&iacute;cil admitir.
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    </figure><p class="article-text">
        De lo que se trata es ya no del nacionalismo aristocratizante &ndash;e hispanista&ndash; sino de algo mucho m&aacute;s cercano al ideario fascista: la identificaci&oacute;n de modernidad con mariconer&iacute;a y la oposici&oacute;n entre un mundo de trabajo y buenas costumbres &ndash;cachar la pala y cortarse el pelo&ndash; y un universo de intelectuales, lleno de ambig&uuml;edades, en el que no cuesta imaginarse al joven <strong>Juan Jos&eacute; Sebrelli </strong>escuchando grabaciones de <strong>Juliette Greco</strong> en el <em>Chez Tatave</em> del viejo Pasaje del Carmen.&nbsp;Un ideario cuya capacidad de supervivencia resulta sorprendente: &ldquo;Yo me acuerdo cuando mama me contaba/ esas historias de guapos del pasado,/ donde un var&oacute;n frente a otro se jugaba/ por la mujer o el nombre pisoteado./ Y ahora al ver a estos giles disfrazarse/ con el saco de tajito y bien cortina/ a ver si ustedes no van a chivarse/ al no saber si son hombres o minas&rdquo;, rubricaba el brulote. 
    </p><p class="article-text">
        En &ldquo;Giuseppe el crooner&rdquo;, otro tango que tambi&eacute;n cant&oacute; Echag&uuml;e con D&rsquo;Arienzo, el personaje, Giuseppe Mala Testa, ha perdido el rumbo. Ese descarr&iacute;o se colige del hecho de que se ha convertido en <em>crooner.</em> La clara filiaci&oacute;n italiana del sujeto se opone al extranjerismo de su nuevo repertorio &ndash;algo que no parece haber impedido las carreras de algunos <em>crooner</em> como <strong>Frank Sinatra </strong>y <strong>Anthony Benedetto</strong>, m&aacute;s conocido como <strong>Tony Benett</strong>&ndash;. La canci&oacute;n es de <strong>D. F. Schiaraffia</strong> y <strong>E. A. Rodr&iacute;guez</strong> y, adem&aacute;s de compartir la obsesi&oacute;n por el saco con tajito y pelo largo tambi&eacute;n asimila patria &ndash;una palabra femenina, en espa&ntilde;ol&ndash; con masculinidad y extranjerismo con mariconer&iacute;a. All&iacute; se canta: &ldquo;Che Giuseppe Mala Testa que us&aacute;s saco con tajito/ pantal&oacute;n a lo divito y melena croqui&ntilde;ol/ con los ojos bien en blanco agarr&aacute;ndote al fierrito (el micr&oacute;fono)/ no hay mujer que te resista cuando empieza la audici&oacute;n/... Che Giuseppe con tanto ti con tanto t&uacute;/ vas haci&eacute;ndote la loca/... Yo no s&eacute; con qu&eacute; herramienta te cambiaron la pintura/ con tu juego de cintura le gan&aacute;s a un boxeador/ y al hacer la voz finita chamuyando con la luna/ yo te juro, che Giuseppe, que est&aacute;s hecho un amor&rdquo;. 
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    </figure><p class="article-text">
        El propio D&rsquo;Arienzo, tan amado por el p&uacute;blico mayoritario como vilipendiado por la intelligentzia, lo dec&iacute;a con bastante claridad en un reportaje realizado por <strong>Andr&eacute;s Mu&ntilde;oz </strong>en 1949: &ldquo;A mi modo de ver, el tango es, ante todo, ritmo, nervio, fuerza y car&aacute;cter. El tango antiguo, el de la Guardia Vieja, ten&iacute;a todo eso, y debemos procurar que no lo pierda nunca. Por haberlo olvidado, el tango argentino entr&oacute; en crisis hace algunos a&ntilde;os. Modestia aparte, yo hice todo lo posible para hacerlo resurgir&rdquo;. Y despu&eacute;s de una larga parrafada sobre el papel pernicioso del protagonismo dado a los cantantes (&ldquo;Los m&uacute;sicos, incluyendo al director, no eran m&aacute;s que acompa&ntilde;antes de un divo m&aacute;s o menos popular&rdquo;), el violinista y director se despacha: &ldquo;Reaccion&eacute; contra la crisis del tango. Trat&eacute; de restituirle su acento varonil, que hab&iacute;a ido perdiendo a trav&eacute;s de los sucesivos avatares. Le imprim&iacute; as&iacute; en mis interpretaciones el ritmo, el nervio, la fuerza y el car&aacute;cter que le dieron carta de ciudadan&iacute;a en el mundo musical (...). Por suerte, esa crisis fue transitoria, y hoy ha resurgido el tango, nuestro tango, con la vitalidad de sus mejores tiempos. Mi mayor orgullo es haber contribuido a ese renacimiento de nuestra m&uacute;sica popular&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        No obstante, no fue &eacute;l el &uacute;nico reaccionario ni la idea de que el tango era m&aacute;s una religi&oacute;n &ndash;o una ideolog&iacute;a acerca de la patria&ndash; que una cuesti&oacute;n de gustos musicales lo tuvo como cultor exclusivo. Como mostraba otro texto violento, esta vez escrito por <strong>Enrique Cad&iacute;camo</strong>, el tango no pod&iacute;a convivir con otros g&eacute;neros. Negaba al otro. Lo odiaba y pretend&iacute;a borrarlo. Gustar de otra m&uacute;sica &ndash;o hacerla&ndash; era, sencillamente, una traici&oacute;n (a la patria). &ldquo;Unos chantas amigos me invitaron/ a escuchar discos a un lugar pituco,/ me sirvieron un whisky y comenzaron/ a darle le&ntilde;a a un tango de Pichuco&rdquo;, dec&iacute;a el texto del letrista de &ldquo;Los mareados&rdquo;. M&aacute;s adelante relataba c&oacute;mo &ldquo;puso un cretino/ canciones de los Beat&rsquo;s y les declaro/ que la sufr&iacute; como un tormento chino./ Era un ruido de cuerdas que mataba,/ un tono y dominante insoportable,/ el cantor era un rope que ladraba <em>(&iquest;ser&iacute;a Lennon o McCartney?)</em>/ y todos lo encontraban formidable./ Esa moda que a m&iacute; me reventaba,/ a ellos les hac&iacute;a erizar la piel&hellip;/ &iquest;Ninguno de estos turros &ndash; yo pensaba &ndash;/ habr&aacute; escuchado un disco de Gardel&hellip;?&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En 1955, casi al mismo tiempo que &ldquo;Che existencialista&rdquo; ve&iacute;a la luz, el canillita que hab&iacute;a re&iacute;do junto a Gardel veinte a&ntilde;os antes grababa en Par&iacute;s, imbuido de existencialismo &ndash;y de un gesto modernista innegable&ndash; una obra maestra, su homenaje a los marrones y azules del pintor <strong>Georges Bracque</strong>.
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    </figure><p class="article-text">
        Como tantas otras veces el borramiento del otro se demostraba no s&oacute;lo indeseable sino imposible. El tango &ndash;o la m&uacute;sica de Buenos Aires, si se prefiere&ndash; estaba lejos de la homogeneidad y mientras unos declamaban a la patria con discursos autoritarios, desde otro lado se dibujaba un lenguaje que, como el propio tango, con su impureza y su permeabilidad a los sonidos de su tiempo, acabar&iacute;a siendo una de las m&uacute;sicas m&aacute;s propias y reconocibles de esa ciudad. Unos a&ntilde;os despu&eacute;s, cuando Sosa promet&iacute;a el escarmiento para quienes bailaban otra m&uacute;sica, Piazzolla volv&iacute;a a dejar un moj&oacute;n, &ldquo;Tango para una ciudad&rdquo;, que, con su impulso fabuloso, con ese swing casi en el aire, dibujaba un nuevo mapa para Buenos Aires.
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    </figure><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog El sonido de los sue&ntilde;os:</em> <a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">https://xn--sonidodesueos-skb.com/</a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 02 Dec 2023 03:01:42 +0000]]></pubDate>
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