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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Varón]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Varón]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Caballeros del goce]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/caballeros-goce_129_10750771.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4116f184-fdeb-4a7c-b712-0dc4f53d93e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Caballeros del goce"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El perverso del siglo XXI se desentiende de la "zoncera" del amor. Lo suyo pasa por la adoración del goce.</p></div><p class="article-text">
        En otras ocasiones, incluso para este mismo medio, escrib&iacute; sobre el var&oacute;n seductor. Si de alg&uacute;n modo pudiera resumir lo planteado, dir&iacute;a: el seductor no realiza un deseo, sino que busca confirmarse como deseante y, en el encuentro con otra persona, construye una escena de la que es espectador antes que protagonista.
    </p><p class="article-text">
        Por eso el seductor puede irse de boca, decir lo que se espera de su rol, prometer cosas que nunca cumplir&aacute; y, luego, una vez concluida la fantas&iacute;a proyectada, desaparecer. En este punto, el seductor &ndash;como ya dije en otras oportunidades&ndash; no es un Don Juan, ni mucho menos un hist&eacute;rico. La suya es una posici&oacute;n espec&iacute;fica y si hoy no volver&eacute; sobre estas distinciones, es porque quiero agregar un nuevo perfil que, a su vez, cabe distinguir de la que se pone en acto en la seducci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La presentar&eacute; de un modo cl&iacute;nico. Dir&eacute; que, en los &uacute;ltimos a&ntilde;os, muchas veces escuch&eacute; los casos de personas (sobre todo mujeres) que se quedaban en un v&iacute;nculo de sufrimiento, del que no pod&iacute;an tomar distancia, porque en esa relaci&oacute;n se jugaba una satisfacci&oacute;n sexual de la que no se pod&iacute;a prescindir. A estos varones se los reconoce por sus virtudes amatorias, que producen una gran dependencia.
    </p><p class="article-text">
        Se trata de varones que &ndash;m&aacute;s cerca de Casanova que de Don Juan&ndash; se prestan m&aacute;s que bien a la aventura sexual, son h&aacute;biles conocedores del goce femenino y hasta se les atribuye un saber-hacer sobre el placer. Lo que llama la atenci&oacute;n es que nunca queda bien en claro por d&oacute;nde pasa su propia satisfacci&oacute;n, tan dedicados a que goce el otro.
    </p><p class="article-text">
        Se trata de varones que trabajan para el goce del otro y, si tuviera que recordar la vieja definici&oacute;n lacaniana de la perversi&oacute;n como &ldquo;cruzado del goce&rdquo;, dir&iacute;a que hay en ellos un dejo perverso, por el modo en que apuntan a ese goce, pero no pueden poner nada m&aacute;s; es como si desconfiaran de los asuntos del amor.
    </p><p class="article-text">
        Excelentes amantes, pero que no se enga&ntilde;an con las cosas del querer. Es que cuando un var&oacute;n est&aacute; afectado amorosamente, algo de su potencia sexual se resiente. El mejor ejemplo para demostrar esto es la impotencia &ndash;m&aacute;s o menos transitoria&ndash; que les toca vivir a algunos varones cuando, por fin, consiguen estar con la mujer que desean.
    </p><p class="article-text">
        Curiosamente, estos mismos varones (llam&eacute;moslos del deseo, para nombrar a los otros por el lado del goce) no son impotentes cuando se masturban, ni cuando est&aacute;n con una mujer que no les interesa demasiado. Mejor dicho, no son impotentes cuando el encuentro ocurre &iacute;ntegramente en la fantas&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Cuando un var&oacute;n afectado por el amor, adem&aacute;s le pone el cuerpo al deseo, no es raro que aparezca un s&iacute;ntoma (como la impotencia). Los caballeros del goce, en cambio, no llegan a estar de cuerpo presente. M&aacute;s bien est&aacute;n como instrumentos del cuerpo del otro y obtienen su placer del placer del otro. Por supuesto, que esta retroalimentaci&oacute;n de la satisfacci&oacute;n est&aacute; siempre &ndash;en los mejores casos&ndash; en una relaci&oacute;n sexual. A lo que me refiero es a la situaci&oacute;n en que este se vuelve un componente aut&oacute;nomo.
    </p><p class="article-text">
        No quisiera generalizar, porque los fen&oacute;menos que voy a mencionar a continuaci&oacute;n es posible que est&eacute;n en circunstancias muy diversas, pero pienso en los casos de varones para los que acabar no es del todo importante, que a veces prescinden de este aspecto, cuyo goce gira en torno al autoerotismo de la mirada y la voz, con una inclinaci&oacute;n parcial, como si se avinieran muy bien a funcionar &ndash;parafraseando una expresi&oacute;n de <strong>Paul Preciado</strong>&ndash; como un &ldquo;dildo de carne&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En efecto, estos varones conocen los artificios de la carne, pero no del cuerpo. Y para quienes se los encuentran, se pone en juego una dependencia que, en segundo tiempo, busca plantear algunas preguntas: &iquest;c&oacute;mo puede ser que tengamos esta cama y, sin embargo, luego permanezca impert&eacute;rrito? La respuesta es tan clara como dif&iacute;cil de entender: el caballero del goce no se interesa por esa zoncera que es el amor.
    </p><p class="article-text">
        Este desentendimiento del amor como v&iacute;a de acceso a lo sexual es lo que desde hace un tiempo llamo &ldquo;perversi&oacute;n ordinaria&rdquo;. Ya no se trata de la perversi&oacute;n de los exhibicionistas o voyeuristas que, en el siglo XIX, paseaban por las plazas en busca de colegialas a las que mostrarles sus genitales, ni de los que se escond&iacute;an en los ba&ntilde;os p&uacute;blicos. 
    </p><p class="article-text">
        El perverso del siglo XXI es bastante m&aacute;s normal. Ya no colecciona trenzas ni zapatos (aunque en Internet hay furor de p&aacute;ginas de fetichistas sin fetiches, es decir, de fan&aacute;ticos de los pies), pero s&iacute; &ndash;como todo perverso&ndash; es un adorador del goce que, cuando se lo quiere conocer en su misterio, mejor que sea el de la mujer. 
    </p><p class="article-text">
        Como ya otras veces escrib&iacute; en esta columna, dir&eacute; que el amor no es un sentimiento, sino el acto de encontrar el propio cuerpo en otro cuerpo. El perverso es quien se defiende de este paso; puede ofrecer su carne para la satisfacci&oacute;n del cuerpo del otro, pero se sustrae a que su cuerpo se vea afectado. Por eso, no hay mejor detalle para conocer al var&oacute;n enamorado que la torpeza, desde el s&iacute;ntoma m&iacute;nimo de las piernas que tiemblan hasta la impotencia &ndash;a la que me refer&iacute; anteriormente. Despu&eacute;s de todo, el var&oacute;n ama con todas sus vacilaciones, con las resistencias que lo hacen avanzar como un cangrejo, pero as&iacute; y todo no deja de avanzar.
    </p><p class="article-text">
        Otra cosa es el var&oacute;n que no avanza, que est&aacute; perdido sin su estupidez &ndash;para recordar la canci&oacute;n. Para estos varones que no son donjuanes ni hist&eacute;ricos, ni seductores prevenidos que se refugian en una escena, mejor conservar la nominaci&oacute;n de &ldquo;caballeros del goce&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>LL</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luciano Lutereau]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/caballeros-goce_129_10750771.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 08 Dec 2023 03:01:46 +0000]]></pubDate>
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