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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Judith Kerr]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Judith Kerr]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Judith Kerr, la Ana Frank que sí sobrevivió]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/cultura/judith-kerr-ana-frank-si-sobrevivio_1_10792855.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f0d11aea-3fc7-47bd-8516-2c2007de7ee8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Judith Kerr, la Ana Frank que sí sobrevivió"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En este 2023, que ya casi termina, se conmemora el centenario del nacimiento de la autora de 'Cuando Hitler robó el conejo rosa', cuya biografía estuvo marcada por la huida del nazismo, el exilio y los golpes de suerte; una vida y una obra que estuvieron a punto de no suceder</p></div><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Cuando </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>Judith Kerr</strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> ten&iacute;a nueve a&ntilde;os, Hitler puso precio a la cabeza de su padre. Alfred Kerr era un famoso cr&iacute;tico de teatro, tan medi&aacute;tico como pod&iacute;a serlo alguien en la Alemania de los a&ntilde;os treinta. Amigo de Ibsen y Einstein, referente de la intelectualidad berlinesa, criticaba abiertamente el nazismo sin siquiera predecir todo lo que estaba por llegar.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">&ldquo;En aquellos a&ntilde;os, nadie en Alemania pensaba que Hitler, a pesar de sus gritos y desvar&iacute;os, llegara a nada&rdquo; explicaba, a&ntilde;os despu&eacute;s, la propia Judith Kerr. Pero todo cambi&oacute; en apenas un suspiro. Alguien anot&oacute; a Alfred Kerr en una lista de objetivos a eliminar para cuando los nazis llegaran al poder. Y no solo es que el nombre apareciera. Es que, adem&aacute;s, era el segundo de la lista. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Aqu&iacute; comienza la historia de Judith y de su familia. El inicio de su huida, que arranc&oacute; con la llamada de un polic&iacute;a admirador. El soplo les advert&iacute;a de la intenci&oacute;n de retirarles los pasaportes. As&iacute; que, esa misma noche, a pesar de hallarse en la cama con fiebre, Alfred Kerr se visti&oacute; y huy&oacute; a Zurich. El resto de la familia le sigui&oacute; los pasos un d&iacute;a antes de la victoria electoral de Hitler. Atr&aacute;s quedaron Berl&iacute;n y los peluches de Judith, abandonados a merced de los nazis. Tal y como la lista negra hab&iacute;a pronosticado, la Gestapo se present&oacute; en la casa de los Kerr, justo a la ma&ntilde;ana siguiente de que la barbarie ganara las elecciones.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong>Judith Kerr es un referente indispensable para varias generaciones de ni&ntilde;os y ni&ntilde;as no solo brit&aacute;nicos, sino del resto del mundo.</strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> En el mundo de habla hispana es conocida gracias a su</span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong> </strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">obra m&aacute;s emblem&aacute;tica, </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Cuando Hitler rob&oacute; el conejo rosa</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">, pero su producci&oacute;n</span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><strong> </strong></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">abarca varias novelas y, sobre todo, libros ilustrados. Una jugosa carrera que estuvo a punto de no suceder.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">La autora siempre reconoci&oacute; que su existencia fue fruto de la buena suerte. Gracias a aquel soplo, Alfred Kerr logr&oacute; salvar la vida. Por mucho que el cr&iacute;tico bromeara, ya a salvo, en Suiza, de que la cantidad de su recompensa fuera demasiado baja, hab&iacute;an esquivado el desastre por una decisi&oacute;n tomada en el momento adecuado. Un d&iacute;a despu&eacute;s, habr&iacute;a sido demasiado tarde. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">A partir de entonces, la familia luch&oacute; por sobrevivir. Mientras los nazis quemaban los libros del padre, los Kerr se refugiaban en Suiza, para m&aacute;s tarde pasar a Francia y despu&eacute;s al Reino Unido. Fue all&iacute; donde sufrieron los estragos de la pobreza y las bombas del </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>blitz</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">. Pero, curiosamente, Judith siempre record&oacute; su infancia como una aventura.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Ya anciana, en cada una de las entrevistas concedidas c&oacute;modamente en su casa, reconoc&iacute;a que, gracias al trasiego de pa&iacute;ses y de escuelas, hab&iacute;a aprendido franc&eacute;s e ingl&eacute;s. Hasta hab&iacute;a sobrevivido a un bombardeo en el hotel de Bloomsbury en el que viv&iacute;an &mdash;donde un armario aguant&oacute; el techo que se les vino encima&mdash;. Una suerte, sin duda. </span>
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Mientras los nazis quemaban los libros del padre, los Kerr se refugiaban en Suiza, Francia y Reino Unido. Allí donde sufrieron los estragos de la pobreza y las bombas del &#039;blitz&#039;. Pero, curiosamente, Judith siempre recordó su infancia como una aventura</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">A pesar de tanta vicisitud, Judith insist&iacute;a en que no se lo habr&iacute;a perdido por nada del mundo. Muchos no pudieron ni contarlo. Al contrario que otras ni&ntilde;as de su &eacute;poca, </span><a href="https://www.eldiario.es/internacional/notario-judio-habria-revelado-escondite-ana-frank-amsterdam-nazis_1_8661151.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank"><span class="highlight" style="--color:transparent;">como Ana Frank</span></a><span class="highlight" style="--color:transparent;">, Judith fue afortunada. Admit&iacute;a que, de chica, al igual que sucede ahora, so&ntilde;aba con ser famosa. Ya entonces escrib&iacute;a y pintaba. Es posible que la influencia de un padre tan medi&aacute;tico &mdash;tan ilustre, insistimos, que incluso aparece en libros como </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Sombras sobre el Hudson </em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">del premio Nobel Isaac B. Singer&mdash; le diera una pista de la estela a seguir. Cuando desde la radio alemana iban recogerla a casa con coche y guardaespaldas, Judith ve&iacute;a la figura de su padre como algo sobrehumano. Lo que entonces ignoraba era que en Berl&iacute;n, en los a&ntilde;os treinta, esa parafernalia se desplegaba para que no te mataran.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Una vez en Londres, la familia se estableci&oacute; definitivamente y pudo ver el final de la guerra y el triunfo de los aliados. Judith, ya adulta, trabaj&oacute; en un taller textil mientras que acud&iacute;a a la Escuela de Artes y Oficios por las noches. Poco despu&eacute;s lleg&oacute; otro de sus giros de suerte: un d&iacute;a, en la cantina de la BBC donde fue a comer por casualidad, conoci&oacute; a un joven guionista &mdash;el afamado Nigel Kneale&mdash; que se convirti&oacute;, poco m&aacute;s tarde, en su marido. &ldquo;A veces me pregunto c&oacute;mo habr&iacute;a sido mi vida si &eacute;l hubiera estado resfriado el d&iacute;a que fui a la BBC&rdquo; dec&iacute;a. El destino se hubiera bifurcado.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Pero afortunadamente para Judith, la historia fue por el lado correcto. Aunque se tom&oacute; su tiempo. La autora lleg&oacute; a ser a ser muy popular en el mundo literario a pesar de sus inicios tard&iacute;os. Ten&iacute;a 45 a&ntilde;os cuando public&oacute; su primer cuento ilustrado, </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>El tigre que vino a tomar el t&eacute;</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">, el punto de partida de una carrera prodigiosa.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">La obra narra la historia de un tigre que llega de visita y arrasa con todo. Se come lo que hay en la despensa y se bebe hasta el agua de las tuber&iacute;as. Cuando el padre llega a casa, propone que vayan a un restaurante. Pero al d&iacute;a siguiente, los hijos y la madre van a hacer la compra por si el tigre vuelve a aparecer. Algo que, por fortuna, nunca sucede.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">A&ntilde;os despu&eacute;s de la publicaci&oacute;n de este y de otros libros, como la saga de </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>El gato Mog</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">, Judith cont&oacute; su infancia en </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Cuando Hitler rob&oacute; el conejo rosa</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">. Le suceder&iacute;a </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>En la batalla de Inglaterra</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">, su adolescencia bajo los bombardeos de Londres &mdash;publicado, en su momento, por Alfaguara en Espa&ntilde;a, pero descatalogado actualmente&mdash; y, por &uacute;ltimo, </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>A small person far away, </em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;">que nunca lleg&oacute; a nuestro pa&iacute;s y cierra la trilog&iacute;a con un momento tan duro como necesario: la vida adulta y el regreso a Berl&iacute;n.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">D&eacute;cadas m&aacute;s tarde, Kerr encontrar&iacute;a un archivo con cartas de su padre. Descubrir&iacute;a que, ya desde el exilio, Alfred Kerr escrib&iacute;a sin descanso a sus amigos para obtener dinero. Pero ni Judith ni su hermano&mdash;el jurista Michael Kerr&mdash; fueron conscientes de ello. Sus padres consiguieron ocultarles su angustia.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">La visita de regreso de Judith a Berl&iacute;n fue dura. Costaba divisar la misma estaci&oacute;n desde la que ellos partieron hacia una buena vida &mdash;la actual Friedrichstrasse&mdash; mientras que otros muchos lo hicieron hacia los campos de exterminio. Y no solo eso. Para Kerr fue muy complicado enfrentarse como adulta a la comprensi&oacute;n del drama de sus padres. Los intentos de suicidio de su madre &mdash;que planeaba efectuar junto a sus hijos durante la guerra, seg&uacute;n una de las cartas familiares&mdash;, la desesperaci&oacute;n y la defenestraci&oacute;n de Alfred Kerr, su triste muerte, y lo que sufre cualquier refugiado al no pertenecer a ning&uacute;n sitio. </span>
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Judith siempre contaba que no había sido consciente de aquel tormento mientras era pequeña y todos huían. Pues los niños no entienden de geopolítica. Es posible que esa capacidad de refugiarse en la realidad infantil fuera su salvavidas</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Judith siempre contaba que no hab&iacute;a sido consciente de aquel tormento mientras era peque&ntilde;a y todos hu&iacute;an. Los ni&ntilde;os no entienden de geopol&iacute;tica. Es posible que esa capacidad de refugiarse en la realidad infantil fuera su salvavidas. Los ni&ntilde;os fabrican su propio mundo l&oacute;gico. Un terreno asociado, por norma general, a la fantas&iacute;a.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Tal vez por eso se consagr&oacute; en vida y obra a complacer a la infancia. Cuando su hijo Matthew Kneale &mdash;de adulto, tambi&eacute;n un famoso escritor&mdash; vio el musical de </span><span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>Sonrisas y l&aacute;grimas,</em></span><span class="highlight" style="--color:transparent;"> crey&oacute; entender por lo que hab&iacute;a pasado su madre. Judith Kerr decidi&oacute; que era el momento de contar lo que hab&iacute;a ocurrido en realidad. As&iacute; que compuso la primera novela de su famosa trilog&iacute;a. Puede que en un intento de explicar algo de por s&iacute; inexplicable.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Pero Judith sab&iacute;a, y siempre remarcaba, que los ni&ntilde;os solo son eso: ni&ntilde;os. Peque&ntilde;os seres que van de un lado para otro sin que nadie les aclare nada. Ya sean refugiados o v&iacute;ctimas de la injusticia. Incluso cuando les cortan los suministros o los bombardean sin descanso.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Puede que por hacer frente a esa falta de razones, Ana Frank deseara ser escritora. Mientras los d&iacute;as se suced&iacute;an en su escondite de Prinsengracht 263, en Amsterdam, so&ntilde;aba con ver publicado su diario. Hasta comenz&oacute; a prepararlo para cuando llegara el d&iacute;a de salir y respirar. Pero no pudo ser.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Judith, en cambio, termin&oacute; su vida en la misma casa del suroeste de Londres en la que vivi&oacute; durante cincuenta a&ntilde;os. Con la estabilidad de hallarse en el mismo estudio de siempre, acompa&ntilde;ada por los libros de su padre, de su marido y de su hijo. De los suyos propios. Una genealog&iacute;a literaria que no hubiera sido posible sin los golpes de suerte. </span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Es posible que la historia de Judith sea la cara de la moneda. La que nos recuerda que cuando se mata a un ni&ntilde;o, no solo se cercena una vida. Se destruye todo lo que podr&iacute;a llegar a ser. La muerte se traduce en relatos que no se transmiten, tradiciones que no persisten, creatividad que ya no prospera. Matar deber&iacute;a ser muy complicado. Pero es dolorosamente f&aacute;cil.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;">Judith Kerr es el claro ejemplo de lo que estuvo a punto de no ser. Lo que Ana Frank no fue nunca. Kerr misma lo sab&iacute;a: &ldquo;He tenido una vida muy feliz, pero casi no llega a suceder&rdquo;. Y aclaraba: &ldquo;Nunca podr&eacute; olvidar lo afortunada que fui&rdquo;.</span>
    </p><p class="article-text">
        <span class="highlight" style="--color:transparent;"><em>AC</em></span>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ana Campoy]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 25 Dec 2023 03:02:23 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Judith Kerr]]></media:keywords>
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