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    <title><![CDATA[elDiarioAR.com - Sol Gabetta]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/temas/sol-gabetta/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiarioAR.com - Sol Gabetta]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Femina argentum]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/femina-argentum_129_12619027.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7ac623e8-9397-4ada-9595-cd1ceaae007e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Femina argentum"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Martha Argerich, milagrosa como siempre, actuó en Grecia a los 84 años y reactualizó su propia mitología. Una coincidencia temporal la colocó, junto a Sol Gabetta, otra gran música argentina, en las tapas de las dos principales revistas de música clásica en el mundo. Novedades y rescates en la red, entre las redes.
</p></div><p class="article-text">
        La larga ovaci&oacute;n que recibi&oacute; <strong>Martha Argerich</strong> en la bell&iacute;sima sala principal del Megaro Mousikis, en Tesal&oacute;nica, fue un cap&iacute;tulo m&aacute;s de la leyenda. La pianista de 84 a&ntilde;os de edad deslumbr&oacute; en una versi&oacute;n nuevamente asombrosa del <em>Concierto N&ordm; 1</em> de <strong>Ludwig Van Beethoven</strong>. Como siempre, su versi&oacute;n fue diferente a cualquier otra, incluyendo las propias. 
    </p><p class="article-text">
        La pianista nacida en Buenos Aires hab&iacute;a llegado a la ciudad m&aacute;s importante de Macedonia, en el norte de Grecia, muy cerca de donde naci&oacute; Arist&oacute;teles y desde donde Alejandro invent&oacute; para siempre la idea de lo hel&eacute;nico, desde Wroclaw, en Polonia, y luego viaj&oacute; a Bucarest, en Rumania, antes de sus cuatro conciertos de la pr&oacute;xima semana en el Musikwerein de Viena y su posterior viaje a Jap&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Se present&oacute; junto con la Filarm&oacute;nica de Monte-Carlo dirigida por <strong>Charles Dutoit</strong>. La orquesta ha convertido, en los &uacute;ltimos a&ntilde;os, al repertorio franc&eacute;s de fines del siglo XIX y comienzos del XX, en su marca de f&aacute;brica. Y su concierto, conducida por quien cuatro d&eacute;cadas atr&aacute;s hizo lo propio junto con la Sinf&oacute;nica de Montreal, dej&oacute; clara esa simbiosis: adem&aacute;s del concierto de Beethoven estuvieron <strong>Maurice Ravel</strong> (<em>Pavana para una infanta difunta</em>, <em>Valses nobles y sentimentales</em> y, en uno de los bises, uno de los movimientos de <em>Mi madre la oca</em>) y esos deslumbrantes bocetos sinf&oacute;nicos escritos por <strong>Claude Debussy</strong> entre 1903 y 1905 que no hablan tanto del mar, que le da su t&iacute;tulo, como de aquello de mar&iacute;timo que su autor encuentra en la m&uacute;sica &ndash;y en la orquesta&ndash;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La actuaci&oacute;n fue precedida por una peque&ntilde;a introducci&oacute;n por parte del director art&iacute;stico del teatro, <strong>Christos Galileas</strong>, quien habl&oacute; del ambicioso ciclo que llevar&aacute; a esa sala a la orquesta MusicAeterna, creada y dirigida por <strong>Theodor Currentzis</strong>, al acordeonista <strong>Richard Galliano</strong>, la orquesta de Dresde conducida por <strong>Kent Nagano</strong>, el tenor <strong>Jonas Kaufmann</strong> y la soprano <strong>Angela Gheorghiu</strong>. Y el primer aplauso cerrado de la noche fue cuando dijo &ldquo;y hemos conseguido traer a Martha Argerich&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ella sospecha que parte del cari&ntilde;o que el p&uacute;blico le expresa tiene que ver con su edad. &ldquo;No es lindo ver una persona vieja en el escenario pero, al mismo tiempo, inspira algo de piedad y cierto sentido de maravilla y de prodigio&rdquo;, dice a <strong>Olivier Bellamy</strong>, el autor de su biograf&iacute;a, en la larga entrevista publicada en el &uacute;ltimo n&uacute;mero de la revista especializada francesa <em>Diapason</em>, que le dedic&oacute; la tapa. 
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            <span class="title">
                Tapa de la revista &quot;Diapason&quot;                            </span>
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        Lo cierto es que la maravilla, y el prodigio, es algo que la caracteriza desde que era casi una ni&ntilde;a y que tiene que ver no con su edad sino con la capacidad de sorprender &ndash;y hasta de sorprenderse&ndash; con la m&uacute;sica. De que cada interpretaci&oacute;n sea, para ella, una primera vez. Y, por supuesto, con el extraordinario dominio del instrumento que le permite traducirlo en sonido. Hubo dos bises, el primero de ellos la <em>Sonata en re menor Kk. 141</em> de Domenico Scarlatti, casi una obligaci&oacute;n. Y su consabido gesto de desconcierto frente al aplauso, y el extra&ntilde;o di&aacute;logo&nbsp;que, antes de cada uno de los <em>encores</em>, protagoniz&oacute; con la <em>concertino</em> de la orquesta que, visiblemente, no estaba de acuerdo con ella. Finalmente se devel&oacute; el misterio: lo que la pianista le ped&iacute;a &ndash;y lo que la violinista principal se negaba a consentir&ndash;&nbsp;era que, apenas terminara de tocar, se pusiera de pie para que, tras ella, la orquesta abandonara el escenario y el concierto terminara de manera indeclinable.
    </p><p class="article-text">
        El hurac&aacute;n Argerich hab&iacute;a pasado por Tesal&oacute;nica pero, curiosamente, no fue la &uacute;nica presencia de una gran mujer argentina en el primer plano de la m&uacute;sica de tradici&oacute;n acad&eacute;mica. Mientras la pianista estaba en la tapa de <em>Diapason</em>, en la de la otra revista m&aacute;s influyente en ese campo, la inglesa <em>Gramophone</em>, publicada ese mismo d&iacute;a, aparec&iacute;a Sol Gabetta, la cellista cordobesa afincada en Basilea y una de las grandes estrellas actuales en su instrumento. 
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                Tapa de la revista &quot;Gramaphone&quot;                            </span>
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        Tambi&eacute;n ella comenz&oacute; muy chica su carrera internacional y, como Argerich, se caracteriza por la inteligencia y la absoluta independencia de criterio a la hora de programar sus grabaciones y presentaciones en vivo. Una y otra se han rebelado sistem&aacute;ticamente a las imposiciones del mercado y, m&aacute;s bien, han logrado estar entre los poqu&iacute;simos capaces de imponerle sus designios. El pr&oacute;ximo disco de Gabetta, que se publicar&aacute; el 10 de octubre, es una prueba. Est&aacute; dedicado, principalmente, a la obra del casi desconocido <strong>Adrien-Fran&ccedil;ois Servais</strong> y al repertorio &ndash;en gran parte imaginado, ya que se sabe muy poco al respecto&ndash; de la primera cellista profesional de la historia, <strong>Lise Cristiani</strong>, a quien <strong>Felix Mendelssohn </strong>dedic&oacute; su &uacute;nica <em>Romanza sin palabras</em> para cello y piano.
    </p><p class="article-text">
        Hace ya un tiempo &ndash;todos los tiempos son largos en algunos pa&iacute;ses&ndash;, s&oacute;lo se hablaba de una pel&iacute;cula. O, mejor, de lo que cada uno supon&iacute;a de una pel&iacute;cula no vista y de las cualidades o defectos &ndash;seg&uacute;n qui&eacute;n los evaluara&ndash; de sus hacedores. Ahora, ya casi nadie habla de aquel film. Una ocasi&oacute;n inmejorable para hablar de la <em>Femina Argentum</em>, otro g&eacute;nero que el de la pel&iacute;cula de marras, cuyos ejemplos son, tal vez, m&aacute;s edificantes.
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      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/femina-argentum_129_12619027.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 20 Sep 2025 13:38:39 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Femina argentum]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Martha Argerich,Sol Gabetta]]></media:keywords>
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    <item>
      <title><![CDATA[Canciones sin palabras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/canciones-palabras_129_10872543.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/46db6a74-4486-4ab5-ac9e-ae92671124d6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Canciones sin palabras"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La cellista argentina Sol Gabetta y el pianista francés Bertrand Chamayou interpretan la Sonata 2 de Mendelssohn desde la primera vez que tocaron juntos, hace dieciocho años. Y acaban de registrar un disco ejemplar con toda la obra de este autor para esa conformación instrumental sumada a composiciones de autores actuales inspiradas en ellas. Novedades y rescates en la red, entre las redes.</p></div><p class="article-text">
        La idea del t&iacute;tulo hab&iacute;a sido de su hermana Fanny, que escribi&oacute; unas tempranas &ldquo;Canciones para piano&rdquo;. En cierta forma, toda la m&uacute;sica para ese instrumento compuesta en el siglo XIX podr&iacute;a pensarse como canciones instrumentales. Y es que el modelo ritmado de la poes&iacute;a, que comenz&oacute; a ser le&iacute;da habitualmente por las nuevas burgues&iacute;as &ndash;y por los compositores&ndash; atraves&oacute; todo el esp&iacute;ritu rom&aacute;ntico.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Felix Mendelssohn</strong> escribi&oacute; varias colecciones de &ldquo;Canciones sin palabras&rdquo;. Y una de ellas, aislada, para cello y piano. La noci&oacute;n no es ajena a lo que el music&oacute;logo<strong> Simon Frith</strong> afirma acerca de la relaci&oacute;n entre letra y m&uacute;sica en las canciones populares. Que lo que otorga sentido no son las palabras, muchas veces reemplazables por otras o apenas recordables, sino la m&uacute;sica. En efecto, nada suceder&iacute;a con una frase como &ldquo;Ayer todos mis problemas parec&iacute;an muy lejanos&rdquo; si no fuera por la m&uacute;sica de &ldquo;Yesterday&rdquo;. Y, desde ya, por esa parte esencial de la m&uacute;sica que el mito de la academia llev&oacute; a minimizar: la interpretaci&oacute;n. Comenzando, en este caso, por la propia voz de <strong>Paul McCartney</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Quienes durante a&ntilde;os escuchamos a <strong>The Beatles</strong>, <strong>Bob Dylan</strong>, <strong>Simon &amp; Garfunkel</strong>, <strong>Genesis</strong>, <strong>Carole King</strong> o <strong>Joni Mitchell</strong> sin saber una gota de ingl&eacute;s, e incluso los cantamos en una jerigonza fon&eacute;tica digna de <strong>Diego Capusotto</strong>, no hicimos otra cosa, finalmente, que disfrutar canciones sin palabras. Y el caso de la &oacute;pera, tan cantada desde el comienzo hasta el final, no es muy distinto. Quienes gustan del g&eacute;nero saben que nada ser&iacute;a de las palabras finales de Li&ugrave;, en Turandot, de <strong>Giacomo Puccini</strong> &ndash;&ldquo;antes de este amancer/ cerrar&eacute; cansada mis ojos/ para no verlo nunca m&aacute;s&rdquo;&ndash; si no fuera por su m&uacute;sica y por lo que la soprano sea capaz de lograr cantando al borde (exactamente en el borde) de lo audible. &nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La gente a menudo se queja de que la m&uacute;sica tiene un significado demasiado incierto, de que lo que deber&iacute;an pensar al escucharla no est&aacute; claro, mientras que todo el mundo entiende las palabras&rdquo;, escrib&iacute;a Felix Mendelssohn en 1942, en una carta. &ldquo;En mi caso ocurre exactamente lo contrario, y no s&oacute;lo en el contexto de un discurso completo, sino tambi&eacute;n en el caso de palabras individuales. Tambi&eacute;n estas me parecen tan inciertas, tan vagas, tan f&aacute;cilmente incomprensibles en comparaci&oacute;n con la m&uacute;sica genuina que llena el alma con mil cosas mejores que las palabras. Los pensamientos que me expresa la m&uacute;sica que amo no son demasiado indefinidos para expresarlos con palabras, sino al contrario, demasiado definidos.&rdquo; Eventualmente, la tensi&oacute;n entre letra y m&uacute;sica y la supuesta primac&iacute;a de una sobre la otra ven&iacute;a ocupando a los te&oacute;ricos desde la Edad Media. Y mientras que en la antig&uuml;edad la Iglesia no hab&iacute;a dudado en otorgar el cetro al texto (que era lo que diferenciaba la devoci&oacute;n del mero placer sensual), los siglos XVIII y XIX hab&iacute;an invertido los valores de manera radical. 
    </p><p class="article-text">
        El fil&oacute;sofo <strong>Wilhelm Wackenroder</strong>, uno de los fundadores del romanticismo alem&aacute;n, escribi&oacute; en <em>La profunda esencia de la m&uacute;sica</em>, a los 20 a&ntilde;os, y poco antes de morir, lo siguiente: &ldquo;Ning&uacute;n arte humano puede representar con palabras ante nuestros ojos el fluir de una masa de agua agitada de manera variada por sus miles de olas (&hellip;). La m&uacute;sica, por el contrario, nos hace fluir ante los ojos la propia corriente. Audazmente, la m&uacute;sica toca su misteriosa arpa y traza en este oscuro mundo, pero con orden preciso, signos m&aacute;gicos, certeros y oscuros, y las cuerdas de nuestro coraz&oacute;n resuenan y comprendemos su resonancia&rdquo;. En el mismo texto hablaba de &ldquo;los envoltorios de las palabras, como si &eacute;stas fuesen la tumba de la profunda pasi&oacute;n del coraz&oacute;n&rdquo;. Mendelssohn, en relaci&oacute;n con una de sus <em>Canciones sin palabras</em>, escrib&iacute;a a un amigo: &ldquo;Si me preguntas qu&eacute; ten&iacute;a en mente cuando la escrib&iacute;, dir&iacute;a: simplemente la canci&oacute;n tal como es. Y si tengo ciertas palabras en mente para una u otra de estas canciones, nunca querr&iacute;a dec&iacute;rselas a nadie, porque las mismas palabras nunca significan lo mismo para los dem&aacute;s. S&oacute;lo la canci&oacute;n puede decir lo mismo, puede suscitar en distintas personas los mismos sentimientos, que, sin embargo, no se expresan con las mismas palabras.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Alrededor de las &ldquo;canciones sin palabras&rdquo; &ndash;&ldquo;para cantar con los dedos&rdquo;, escribi&oacute; su autor&ndash;, y de la m&uacute;sica de Mendelssohn para cello y piano, una de las mejores cellistas del momento, la argentina <strong>Sol Gabetta</strong>, junto con el extraordinario pianista <strong>Bertrand Chamayou</strong> &ndash;su lectura de la obra completa de Ravel para ese instrumento, es una de las dos o tres m&aacute;s importantes de la historia discogr&aacute;fica&ndash; acaban de publicar un disco ejemplar por muchas razones. 
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    </figure><p class="article-text">
        Gabetta y Chamayou ya hab&iacute;an grabado en 2015 un &aacute;lbum extraordinario dedicado a Chopin.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Como en aquella ocasi&oacute;n, la perfecci&oacute;n y, al mismo tiempo, la sensibilidad de las interpretaciones es un presupuesto. La calidad de la grabaci&oacute;n y la elecci&oacute;n de los instrumentos utilizados y de la locaci&oacute;n del registro &ndash;o sea del sonido de lo que se escucha&ndash;, es tambi&eacute;n un elemento de peso. Est&aacute; presente, desde ya, la permanente sensaci&oacute;n de di&aacute;logo que se desprende de la manera en que tocan juntos los dos int&eacute;rpretes &ndash;que vienen haci&eacute;ndolo desde hace casi veinte a&ntilde;os&ndash;, adivin&aacute;ndose m&aacute;s que sigui&eacute;ndose. Pero, lejos del &uacute;ltimo lugar en importancia, esta vez hay un concepto novedoso: la obra completa de Mendelssohn para esa conformaci&oacute;n instrumental pero no s&oacute;lo eso. El disco incluye adem&aacute;s un conjunto de piezas &ndash;la mayor&iacute;a escritas especialmente para el d&uacute;o&ndash; de compositores actuales que revisitan las &ldquo;canciones sin palabras&rdquo;, esa vieja idea rom&aacute;ntica: <strong>J&ouml;rg Widmann</strong>, <strong>Heinz Holliger</strong>, <strong>Francisco Coll</strong> y <strong>Wolfgang Rihm</strong>. 
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        Gabetta naci&oacute; en C&oacute;rdoba en 1981 y es una estrella desde muy peque&ntilde;a, en que gracias a una beca del Mozarteum Argentino viaj&oacute; a Europa para perfeccionarse. Gan&oacute; innumerables premios y ha grabado versiones seminales de las principales obras del repertorio para su instrumento, entre ellas el <em>Concierto</em> de <strong>Sir Edward Elgar</strong> que la genial <strong>Jacqueine Du Pr&eacute; </strong>convirti&oacute; en emblema. &ldquo;Ella fue una referencia inevitable. Obviamente, cuando era chica no pod&iacute;a ser mujer y cellista y no tenerla en cuenta&rdquo;, me dec&iacute;a hace a&ntilde;os, cuando acababa de grabar esa obra. &ldquo;Pero, justamente en el <em>Concierto</em> de Elgar, siempre quise hacer mi versi&oacute;n, en tanto hay algo en la interpretaci&oacute;n de ella que es, por supuesto, convincente en sus manos pero no coincide con mi visi&oacute;n de la obra. Ella la hac&iacute;a de una manera muy extrovertida. Y para m&iacute; es una obra inmensamente introspectiva.&rdquo; 
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        Esta cellista pertenece a una infrecuente clase de m&uacute;sicas y m&uacute;sicos que conjuga sensibilidad, perfecci&oacute;n t&eacute;cnica e inteligencia y que controla su carrera hasta el detalle m&aacute;s peque&ntilde;o.&nbsp;&ldquo;He buscado tocar y grabar todo el repertorio para cello del Romanticismo y Clasicismo&rdquo;, contaba cuando a&uacute;n no hab&iacute;a cumplido 30 a&ntilde;os. &ldquo;Y a esto puede agreg&aacute;rsele Prokofiev y Shostakovich. Pero mucho m&aacute;s que eso no hay. As&iacute; que eso me obliga a ser curiosa y a buscar. Desde el principio de mi carrera trat&eacute; de decidir muy bien c&oacute;mo quer&iacute;a que fueran las cosas. Y siempre trato de no quedarme con lo m&aacute;s obvio. Incluso hay cosas que est&aacute;n delante de nuestros ojos y sin embargo nos cuesta darnos cuenta de que est&aacute;n all&iacute;&rdquo;, conclu&iacute;a. 
    </p><p class="article-text">
        El programa de este disco, titulado de manera escueta apenas con los nombres de los compositores y los int&eacute;rpretes, incluye una de las obras m&aacute;s bellas no s&oacute;lo de Mendelssohn sino de toda la historia, su segunda <em>Sonata para cello y piano</em>. &ldquo;La primera vez que tocamos juntos tocamos este obra. Debemos haberla tocado no menos de doscientas veces&rdquo;, afirma la cellista en las notas del folleto del disco. &ldquo;Y a pesar de eso, o tal vez por eso, este disco dedicado a Mendelssohn es lo que ambos siempre quisimos hacer&rdquo;. Elegido por la revista inglesa <em>Gramophone </em>como uno de los discos del mes, en su edici&oacute;n de febrero (ya disponible en formato virtual), para su registro, realizado en la sala de la Philharmonie de Par&iacute;s, los int&eacute;rpretes utilizaron dos pares de instrumentos distintos para las composiciones de Mendelssohn y de los autores actuales. Para el primero, Chamayou toc&oacute; en un Bl&uuml;thner de 1859 y Gabetta &nbsp;en el Stradivari &ldquo;Bonamy Dobr&eacute;e-Suggia&rdquo;, de&nbsp;1717 &ndash;cedido por la Fundaci&oacute;n Stradivari Habisreutinger&ndash; con cuerdas de tripa entorchadas con acero. Y en las obras contempor&aacute;neas los elegidos fueron un violoncello Matteo Goffriller de 1730 &ndash;con cuerdas modernas&ndash;, y un Steinway &amp; Sons de &uacute;ltima generaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <em>Diego Fischerman es autor del blog El sonido de los sue&ntilde;os: </em><a href="https://xn--sonidodesueos-skb.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>https://xn--sonidodesueos-skb.com/</em></a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fischerman]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiarioar.com/opinion/canciones-palabras_129_10872543.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Jan 2024 15:40:18 +0000]]></pubDate>
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